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Full text of "El general Artigas y su época"

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l^atbarU  College  libraru 


FROM  THE  FUND 


FOR    A 


PkOFESSORSHIP  OF 

LATIN-AMKRICAN  HISTORY  AND 

ECONOMICS 


ESTABLISHED    I913 


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Y  SU  ÉPOCA. 


APVIirTEli    DOCUMElVTADOli 


PARA  LA 


HlSf  Qllá  QSISITáli 


POR 

jtJSTO    ^  a.:e:  &  Of 

BX-DIRECTOR  DE  LA  OFICINA  DB  ESTADÍSTlC'Aj:)E  BÜBNO«  AIRES,' 

MIBMBRO  DEL  INSTITUTO  HISTÓRICO   GEOGRÁFICO  DEL   RIO   I»E  LA  PLATA; 

DB     LA    ASOCIACIÓN     AUXILIADORA     DB    LA    INDUSTRIA    NACIONAL 

DE  RIO  JANEIRO;  / 

DE  LA   SOCIEDAD  DE   AMIGOS   DE  LA  ILlíiTRACION,  ^ 

DE  VALPARAÍSO;  ETC.,  ETC.  .  v 


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MONTEVIDEO 


JlP.  pRIBNTAL  X  pA3  DE  fe.S.A  Y  JloUSTAN,  TREINTA  Y  JP.ES  N.°  ÜO 


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HARVARD  COLLEQE  LIBRARY 

■)EC  24  1915 

LATtN-AM£RICAN 
PR0FES60RSHIP  FUHft 


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Esta  o&ra  es  propiedad  de  su  autor,  quien  se 
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9         m 


ESTUDIO  PRELIfflMR 

SOBBE  Zh 

lilillfc  llfliái 

Y  SU  ÉPOCA. 
El  general  Artigas  ant^  la  historia  oriental. 


ja  eminente  personalidad  del  General  Artigas  concentra  en 
/  representa  en  la  vida  de  su  pueblo,  tres  distintas  épocas, 
a  una  de  ellas  á  cual  mas  anormal  pero  á  la  vez  más  glorio- 
en  cada  nna  de  las  cuales  elévase  á  la  más  honorable  y 
umbrada  altura. 

jS  en  la  primera  época,  el  caudillo  popular,  el  jefe  presti- 
30  bajo  cuyas  órdenes  ó  incitaciones  se  congregan  entusias- 
lente  las  poblaciones  armadas  y  los  mas  pudientes  vecinos 
.a  entonces  provincia  Oriental,  y  á  su  frente  toma  desde  Fe- 
ro  de  1811,  uua  parte  tan  activa  como  gloriosa  en  las  ope- 
rónos de  aquella  triunfal  campaña,  solo  interrumpida  por  la 
arde  é  inicua  entrega  del  tratado  de  Octubre  de  1811,  en  la 
las  batallas  de  las  Piedras  y  del  Cerrito,  probaron  el  tem- 
de  alma  de  los  revolucionarios  y  hermanaron  en  una  glo- 
comun  las  anuas  argentinas  y  orientales  hasta  hacer  su- 
ibir  el  inerte  poder  español  en  esta  vasta  región  del  Rio  de 
•lata. 


—  4  — 

En  la  segimda  ¿poca  Artigas  inicia  y  dirige  un  pronuncia- 
miento popular  clecidido  y  legítimo,  reaccionando  este  pueblo 
viril  contra  el  despotismo  centralizador  y  esclusivista  de  los 
Directores  Supremos  de  las  Provincias  Unidas  don  G-ervasio 

Antonio  Posadas  y  General  Alvear. 

Sus  gobiernos  violando  los  mandatos  de  la  igualdad  y  de  la ' 
libertad,y  faltando  á  todos  los  compromisos  solemnemente  con- 
traidos desdo  1810,  por  la  primera  Junta  Gubernativa  de  Bue- 
nos Aires  en  su  célebre   circular  á  las   Provincias,  trataron  & 
Montevideo  y  á  toda  la  Provincia  Oriental  como  á  país  conquis- 
tado, sin  conceder  i  sus  hijos  durante  tres  años  de  sacrificios  y 
combates  una  parte  en  la  dirección  de  los   asuntos  militares, 
negándoles  hasta  el  derecho  de  organizar  una  administración 
municipal  propia;  enviándoles  sus  gobernadores  absolutamen- 
te desconocidos  en  el  país;  imp'oniendo  odiosas  contribuciones 
de  guerra;  exigiendo  la  aprobación  del  jefe  de  la  guarnición 
hasta  para  la  elección  de   tenientes  alcaldes;  despojando  por 
último  á  Montevideo,  capital  fortificada  de  la  Provincia,  del 
ÍTiinonDn  material  de  guerra  que  el  poder  español  había  acumu- 
ella,  una  gran  parte  del  cual,   cuando  menos,  le  correa- 
in  justicia;  persiguiendo  y  hostilizando  con  feroz  encar- 
ito  á  las  miliciaíi  orientales  tan  probadas  en  su  ahnega- 
^rificíos  patrióticos:  practicando  á.  la  vez  otros  actos 
!a  violencia,  negando  á  los  hijos   del  país  hasta  el 
de  quejarse,  castigado  entonces  como  un  delito   de  in- 
la  militar  bajo  la  ley  marcial  mas  rigorosa  é  inapelable, 
i  año  y  medio  de  ardiente  lucha  civil,  en  que  se  dieron 
sangrientas  batallas  entre  los  hermanos  en  armas.  Ar- 
ela y  dirijo  la  resistencia,  y  después  de  la  victoria  del 
>,  obtenida  por  el  general  Rivera,  consigue  al  fin  ven- 
itivamente  las  fuerzas  de  Alvear,  y  hacerlas  desalojar 
video. 
9mo  tiempo  que  sn  nombre  y  su  causa  simbolizan  los 


-,  5  — 

randes  principios  políticos  de  igualdad  y  autonomía  para  las 
rovincias  argentinas,  Devando  en  influencia  y  bu  acción  pr©- 
otente  á  Entre-Ríos,  é.  Corrientes,  á  Santa  Fé,  y  su  prestigio 
■  ejemplo  hasta  Córdoba  y  Tucumán,  Artigas  contribuye  efi- 
azmente,  en  la  otra  orilla  del  Plata  por  medio  de  su  iniciativa 

sostén,  á  la  caída  de  sus  poderosos  é  implacables  enemigos 
errocados  del  poder  por  la  revolución  militar  de  Fontezuelas, 
Balizada  con  los  mismos  elementos  conque  el  Director  Supre- 
10  General  Alvear  se  aprestaba  á  invadir  y  asolar  la»,  provin- 
ias  de  Santa  Fé,  Entre- Eios  y  Banda  Oriental,  inflíjiéndoles 
n  cruel  escarmiento  por  sus  pretensiones  de  administración 
ropia . 

En  la  última  y  tercera  época,  Artigas  inicia,  organiza  y  ro- 
ustece  con  sus  reducidos  elementos  propios,  la  temeraria  de- 
ansa  del  territorio  patrio,  ocupado  entonces  por  una  población 
otal  apenas  de  cuarenta  á.  cincuenta  mil  almas,  contra  el  po- 
.eroso  ejército  portugués  compuesto  de  mas  de  quince  mU 
úmbres  entre  portugueses  peninsulares  y  brasileros,  con  sii- 
lerabundantes  elementos  de  guerra:  al  mismo  tiempo  que  en 
1  Entre- Ríos  sostiene  una  encarnizada  guerra  contra  el  Di- 
ectorio  de  Pueyrredon  hasta  vencerlo  en  dos  batallas,  y  en 
lanta  Fe  inicia  y  contribuye  á,  la*  derrotas  del  mismo  Direc- 
orio  hasta  dar  en  tierra  definitivamente  con  él . 

Adonde  vá  Artigas,  vá.  el  pueblo  Oriental,  y  con  ellos 
'á  la  gloria  ó  el  sacrificio. 

TrM  años  mantiene  la  provincia  Oriental  y  las  Misiones  en 
onatante  militarización,  convertidas  en  un  vasto  campo  de  ba- 
alla,  haciendo  al  fin  ¿1  y  sus  leales  tenientes  la  única  resisten- 
ia  posible,  la  de  la  guerra  de  recursos,  ardiente  é  infatiga- 
lemente  sostenida  después  de  los  irreparables  desastres  de  la 
ndía  Muerta,  Corumbé,  Ibiracoahy  y  Catalán. 

Unos  tras  de  otros  van  cayendo  aquellos  leones  en  la  homé- 
ica  lucha,  asombrando  cada  vez  más  á  sos  mismos  vencedo- 


—  6  — 

res,  en  tanto  que  el  desleal  y  fanatizado  círculo  político  que 
imperaba  en  1816  y  17  en  Buenos  Aires  veía  impasible  avan- 
zar la  obra  de  su  inicua  complicidad:  y  se  cruzaba  de  brazos, 
dejando  sola  y  abandonada  ala  provincia  Oriental,  á  pesar  de 
la  amarga  censura  que  la  opinión  Tiacia  pesar  sobre  él;  conclu- 
yendo al  fin  por  hacerle  también  la  guerra  fi*atricida  de  Caín 
invadiendo  las  provincias  de  Santa  Fó  y  Entre-Eios. 

En  su  zana  feroz  contra  Artigas,  esa  oligarquía  autocrática 
parecía  no  poder  prever  no  solo  la  imborrable  ignominia  que 
siempre  pesaría  sobre  ella  por  aquella  vergonzosa  defección  á 
la  causa  americana,  sino  hasta  el  peligro  vital  para  las  mismas 
provincias  del  litoral,  de  dejar  al  codicioso  y  secular  usurpador 
portugués  enseñorearse  de  esta  Banda  del  Rio  de  la  Plata,  el 
más  anhelado  blanco  de  sus  ávidas  aspiraciones  de  conquista 
territorial,  desde  la  época  en  que  su  general  el  Gobernador  de 
Rio  Janeiro  don  Manuel  Lobo  llegó  el  1 .  **  de  Enero  de  1680  á 
fundar  la  Colonia  del  Sacramento  en  esta  tierra  de  la  «Nova 
Conquista» . 


"»-»->»JS}?j^gsgt-€C  C  * 


Las  tres  épocas  de  Artígas. 


Esas  tres  épocas  tan  sobresalientes  en  la  historia  de  la  Re- 
pública Oriental,  el  sublime  triángulo  de  su  primera  grandeza 
moral,  constituyen  ante  el  criterio  imparcial  del  observador 
justiciero  la  glorificación  de  Artigas; 

Como  libertador  de  bu  pueblo : 

Como  sostenedor  de  los  derechos  politicoa  de  su  Provincia^ 

Y  como  inflexible  defensor  de  su  Independencia  contra  la 
conquista  extranjera. 

Diez  años  de  lucha  bravia  ó  incesante;  afrontando  todos  los 
peügroa,  ajigantándose  cada  vez  más  eu  el  prestigio  y  popu- 
laridad de  sus  compatriotas  de  una  y  otra  banda  del  gran 
rio;  sin  más  aspiraciones  ni  más  interés  que  salvar  el  al- 
tivo honor  y  la  autonomía  de  eu  provincia,  considerada 
y»  como  un  Estado;  sin  más  compensación  ni  satisfacción  per- 
sonal que  la  conciencia  del  deber  cumplido:  el  primero  en 
arrostrar  los  peligros,  el  último  en  quejarse  de  insoporta- 
bles privaciones;  teniendo  en  sus  manos  centenares  de  prisio- 
neros, qiie  devolvía  sin  hacerles  sufrir  el  menor  vejamen,  sin 
hacer  uso  délas  represalias  á  que  lo  autorizaban  las  atrocida- 
des practicadas  por  sus  contrarios;  atendiendo  en  medio  de 
esa  lucha,  siempre  desigual  y  azarosa,  al  bien  pro-comunal,  á 
la  mejora  de  todos  los  ramos  del  servicio  público;  á  la  severisi- 
ma  y  ejemplar  administración  de  los  dineros  fiscales;  recur- 
riendo siempre,  como  un  leal  demócrata,  en  todos  sus  actos 
mas  caracterizados,  ala  gran  fuente  purificadora  del  sufragio 
popular  para  elejir  las  autoridades  municipales  y  políticas,  y 
lo  que  es  más  asombroso  aún  en  aquella  época,  /tosía  las  auto- 
ridades militares,  que  frecuentemente  eran  elejidas  por  los  ve- 


_  8  — 

.contrastable  en  sus  conTÍccjones  republí- 
1  medio  de  tentadores  sedaccioties,  y  de 
zosas  claudicaciones  y  defecciones  de  otros 
distas  eminentes;  luchando  á  un  mismo 
o  enemigos  á  cual  mas  irreconciliables  y 
spañoles;  los  gobiernos  de  las  Provincias 
,  y  los  descontentos,  los  cobardes  6  los 
ior,qne  le  zapaban  su  obra,  y  que  por  anu- 
n  ante  el  invasor  extranjero,  y  traiciona- 
iños,  decimos,  de  esa  vida  excepcional,  dan 
)s  títulos  para  ser  considerado  como  uno 
lolo  de  su  país,  sino  de  la  revolacion  Ame- 

ita  obra  lo  demostrar&n  acabadamente. 


"—aa^em' 


Deficiencias  de  la  Historia  Oriental. 


Es  evidente  que  la  historia  primitiva  del  pueblo  Oriental 
desde  1810  no  se  ha  escrito  hasta  ahora  sino  de  un  modo  im- 
perfecto ó  incompleto . 

Apenas  si  se  han  diseñado  sus  principales  rasgos  por  los 
ilustrados  y  laboriosos  escritores  que  desde  1860,  en  medio  de 
ingratas  contrariedades,  se  dedicaron  á  consignarlos  en  sus 
obras  más  ó  menos  elementales . 

Una  gran  parte  de  las  glorias  y  sacrificios  de  los  Orientales 
en  la  lucha  de  las  tres  Independencias,  permítasenos  esta  frase, 
porque  ella  es  correcta,  queda  aún  oculta  en  la  penumbra  de 
un  ingrato  olvido,  ó  cuando  menos  de  una  imnerecida  indife- 
rencia. 

Diriase  que  hay  en  la  Eepública  Oriental  tanto  acopio  de 
aquellas  glorias,  que  no  hay  empeño  en  atesorarlas  todas  en  un 
sagrario  nacional . 

Seáse  como  fuese,  es  un  hecho  que  se  advierte  á  primer  vis- 
ta un  lamentable  vacío  en  la  historia  inicial  de  la  Eepública, 
como  provincia  argentina,  hasta  la  invasión  portuguesa,  y  du- 
rante toda  ésta . 

Observaremos  así  mismo,  que  esa  oscuridad  y] deficiencias 
tienen  hasta  cierto  punto,  su  justificada  esplicacion. 

Las  tremendas  guerras  civiles  que  han  despedazado  la  Re- 
pública Oriental  han  monopolizado  en  su  absorvente  y  fe- 
bril atracción  las  inteligencias  mas  preclaras  del  país,  desde 
1830  hasta  1860,  obligándolas  á  ejercitarse  y  concentrarse  en 
la  ardiente  lucha  diaria  de  los  partidos  políticos,  en  sus  predo- 
minantes exijencias,  en  sus  sangrientos  episodios  y  alterna- 
tivas. 2 


•_  10  _ 

Es  asi,  fatalmente,  como  se  explica  la  auomalia  de  que  una 
nación  dotada  de  tantos  y  tan  claros  ingenios,  con  un  campo 
histórico  tan  vasto  en  que  ocuparse  y  sobresalir,  y  aún  á  pesar 
de  munificentes  larguezas  hechas  á  uno  de  sus  más  ilustrados 
publicistas,  para  obtener  en  él  xtn  historiógrafo  nacional:  se 
ha  visto  privada  hasta  1860  del  galardón  honroso  que  repre- 
senta para  un  pueblo  culto  la  posesión  de  un  historiador  na- 
cional consagrado  á  la  laboriosa  redacción  de  sus  anales.  Es 
justamente  en  los  primeros  tiempos  de  la  emancipación  defini- 
tiva de  este  país,  desde  1830  al  50,  cuando  hubiera  podido  ser 
facilísima  la  realización  de  tan  importante  trabajo.  * 

En  ese  período  sobrevivían  aún  muchos  de  los  eminentes 
ciudadanos  y  jefes  que  habían  tomado  una  parte  activísima  y 
notable  en  aquellos  sucesos.  Habría  podido  entonces  oírse  de 
sus  labios  respetables  la  verídica  narración  y  esplícacíon  de 
aquellos, y  completar  ese  conjunto  de  inestimables  informes  con 
el  precioso  contingente  de  los  documentos  públicos  y  aiin  pri- 
vados, que  entonces  podrian  haberse  á  las  manos  fácilmente. 

Los  distinguidos  escritores  que  desde  1860  acá  se  han  dedi- 
cado á  coordinar  y  redactar  la  historia  del  país  han  carecido, 
pues,  muy  á  su  pesar  sin  duda,  de  aquella  base  preliminar  in- 
dispensable para  la  ampliación  y  perfección  do  sus  excelentes 
obras . 

Cuando  dieron  princíj)io  á  su  noble  tarea,  yá  la  tumba  ocul- 
taba la  mayor  parte  «le  los  proceres  de  1812  á  1820,  y  los  que 
sobrevivían  en  el  ocaso  de  sus  últimos  días,  apenas  si  po- 
dían conservar  vagos  recuerdos  del  glorioso  pasado  para  evo- 
carlo en  sus  más  atrayentes  detalles. 

Del  mismo  modo,  les  ha  faltado  á  esos  modernos  escritores 
para  llevar  á  cabo  una  obra  completa,  el  indispensable  conoci- 
miento de  la  multitud  de  documentos  oficíales  que  no  se  han 
encontrado  hasta  ahora  en  los  archivos;  que  han  sido  disemi- 
nados ó  perdidos  en  las  revoluciones;  y  que  han  permanecido^ 


—  11  — 

ignorados,  sea  en  Montevideo  ó  en  los  departamentos,  sea  en 
los  archivos  de  los  Cabildos;  deteriorados  ó  abandonados  en 
los  de  las  Juntas  Económicas,  ó  conservados  en  poder  de  parti- 
culares más  ó  menos  relacionados  con  los  ciudadanos  y  con  los 
jefes  que  desde  1811  tomaron  una  parte  activa  en  la  vida  pú- 
blica del  país. 

En  ese  cúmulo  de  documentos  extraviados,  despedazados, 
ó  perdidos,  se  hallaría  hoy  una  clave  para  explicar  muchos  he- 
chos de  la  primitiva  historia  nacional  tan  escasa  y  vaga  hasta 
ahora  en  sus  más  importantes  informes . 

Réstanos  aiin  agregar  un  lamentable  detalle.  Muchos  de 
esos  documentos,  y  la  correspondencia  más  interesante  de  al- 
gunos prohombres  orientales,  ha  caido  en  poder  de  escritores 
adversos  á  Artigas,  que  han  cuidado,  probablemente  por  la 
misma  razón,  de  no  dar  publicidad  á  pruebas  que  en  otras  ma- 
nos serían  una  arma  contra  su  apasionada  y  hostil  propagan- 
da, y  un  título  más  de  honor  para  algunos  patriotas,  y  princi- 
palmente para  Artigas. 


b 


Documentación  de  la  Historia  Oriental. 


Es  debido  á  la  falta  de  aquellos  documentos  y  manuscritos 
que  los  más  notables  ó  importantes  incidentes  de  la  primera 
vida  de  este  pueblo,  en  su  varonil  resistencia  á  toda  opresión 
estraña,se  hallan  aún  envueltos  en  una  indescifrable  confusión, 
conservándose  apenas  algunas  tradiciones  que  mal  pueden  dar 
la  más  mínima  explicación, ni  ninguno  de  los  íntimos  y  exactos 
detalles  de  esos  incidentes;  por  más  que  estos  sean  conocidos 
superficialmente  en  su.  conjimto,  como  hechos  generales  y  no- 
torios. 

Para  dar  cuenta  exacta  de  acontecimientos  importantísimos 
en  la  historia  Oriental,  sus  causas  y  consecuencias  desde  los 
primeros  pasos  de  la  emancipación  colonial,  habría  sido  preci- 
so buscar  y  descubrir  en  la  República,  a!sí  como  en  Buenos 
Aires,  Entre-Ríos,  Santa  Fe,  Corrientes  y  Paraguay,  documen- 
tos que  nadie  conoce  hasta  ahora,  que  han  permanecido  en  la 
más  completa  oscuridad;  siendo  la  carencia  de  ellos  la  que  ha 
dado  lugar  á  errores  y  estravíos  de  aj)reciacÍQn  histórica,  que 
necesariamente  han  influido  en  menoscabo  del  prestigio  y  re- 
nombre de  algunos  eminentes  patriotas  orientales. 

No  es  posible  escribir  la  historia  de  un  pueblo  recien  en  la 
infancia,  pero  que  así  mismo  surje  de  su  turbulenta  niñez  ar- 
mado y  batallador  como  un  viejo  guerrero,  sin  conocer  y  estu- 
diar minuciosamente  los  documentos  que  expliquen  y  revelen 
muchos  hechos  de  su  nueva  vida,  así  como  los  buenos  ó  malos 
actos  de  sus  hou^bres  notables;  justificándose  de  ese  modo  los 
juicios  que  se  emitan,  y  autorizando  la  palabra  del  historiador 
con  su  irrecusable  evidencia  y  testimonio. 

En  cuanto  ala  Provincia  Oriental,  desde  1810  á  1820,  puede 


—  14  — 

asegnrarse  que  hay  á  aquel  respecto,  el  mas  lamentable  vacío, 
el  cqbI  Bolo  después  de  maclios  añOB,  y  mediante  sucesivos  es- 
fuerzos, podrá  irse  llenando. 

No  se  atribuya  á  petulancia  nuestra,  porque  tenemos  casi  la 
seguridad  de  evidenciarlo:  hay  que  rehacer  la  historia  Orien- 
tal, descubriéndose  así  nuevas  y  desconocidas  causas  de  los 
efectos  y  consecuencias  que,por  ignorarse  aquellas,  han  debido 
ser  mal  apreciadas. 

La  investigación  histórica  en  este  caso,  y  muy  particular- 
mente en  el  nuestro  con  el  procedimiento  que  hemos  tenido 
que  observar,  se  asemeja  no  poco  á  la  del  paleontólogo  que  es- 
cudriña y  desentierra  fatigosamente  unas  tras  otras  las  capaa 
geológicas  de  uua  creación  desaparecida,  para  ir  descubriendo 
aquí  y  allá,  entre  los  escombros  de  las  edades  pre-histórícas, 
los  vestigios  y  los  fragmentos  inconexos  ó  perdidos,  que  agre- 
gados entre  si,  y  coordinados  metódicamente,  deben  hacer  Bur- 
jir  en  su  magestuoso  conjunto,  el  mundo  nuevo  del  pasado,  que 
viene  á  ostentarse  en  su  grandiosidad  ante  la  admiración  y  el 
asombro  del  presente. 

Es  á  esa  labor  de  investigación  y  reconstrucción,  diremos 
asi,  á  la  que  hemos  dedicado  nuestros  esfuerzos;  siendo  el  fruto 
de  estos  el  libro  que  presentamos  hoy  al  pueblo  Oriental,  como 
una  ofrenda  de  nuestro  leal  cariño  y  de  nuestras  profundas 
conviecioues  desde  la  edad  juvenil. 

En  cuanto  á  esta  afirmación  última  muy  luego  la  compro- 
baremo". 


Hechos  notables  ignorados. 


En  la  patria  d^  Artigas,  nadie  conoce  hasta  hoy  los  detallse 
de  los  primeros  pasos  de  éste  en  el  glorioso  año  11,  algunos 
meses  antes  de  su  primera  proclama  al  iniciar  su  campaña  con  • 
tra  los  españoles;  ni  los  detalles  del  asalto  y  defensa  de  Santo 
Domingo  Soriano;  ni  el  combate  reñido,  y  primera  toma  de 
San  Jofcé  por  el  valiente  Bartolomé  Quinteros  y  su  segundo  el 
bravo  y  desgraciado  Manuel  Francisco  Artigas,  mal  herido  en 
esa  audaz  empresa;  ni  la  segunda  toma  de  San  José  por  Bena- 
vides;  ni  la  rendición  de  Minas,  San  Carlos  y  Maldonado,  por 
don  Manuel  Artigas,  hermano  del  general,  ni  la  organización 
de  las  fuerzas  de  éste  antes  de  la  gloriosa  victoria  de  las 
Piedras. 

Con  estos  documentos  á  la  vista,  habria  podido  el  historia- 
dor conocer  y  apreciar  la  iniciativa,  la  importancia  y  la  multi- 
plicidad de  los  esfuerzos  hechos  directamente  por  los  orientales 
en  defensa  de  su  independencia,  así  como  el  hecho  interesante 
de  quienes  fueron  sus  primeros  y  más  enérgicos  patriotas,  y  el 
grado  de  espontaneidad  con  que  tomaban  parte  en  esas  em- 
presas; no  como  subordinados  acatando  una  intimación  ii  orden 
militar,  sino  como  ciudadanos  que  obedecian  resueltamente  á 
sus  propias  inspiraciones,  á  sn  deseo  injénito  de  emaf^parse 
del  poder  español  que  los  subyugaba  y  envilecía . 

Esa  hermosa  página  está  aún  por  escribirse. 

Nadie  conoce  aún  detallada  y  auténticamente  las  primeras 
elocuentes  y  persua^sivas  intimaciones  de  rendición  á  la  fuerte 
plaza  de  guerra  de  Montevideo,  dirigidas  desde  el  Cerrito  por 
Artigas  bajo  su  prestigioso  nombre,  al  general  español  Elio,  y 
al  Cabildo,  tres  dias  después  de  la  victoria  de  las  Piedras. 


—  16    - 

Estamos  seguros  que  nuestros  lectores  nos  agradecerán  que 
les  anticipemos  el  placer  de  conocer  alguna  parte  de  esos  inte- 
resantes documentos,  trascribiendo  á  continuación  algunos  pár- 
rafos de  la  nota  fecha  21  de  Marzo  de  1811,  dirijida  por  Arti- 
gas desde  su  campamento  al  Cabildo  de  Montevideo,  exhortán- 
dolo para  que  contribuyese  á  la  rendición  de  la  plaza,  abrien- 
do aquel  por  su  cuenta  esa  comunicación  nueve  dias  antes  de 
llegar  el  general  en  jefe  Rondeau,  que  reprodujo  á  su  turno 
las  mismas  infructuosas  intimaciones   algunos  dias  después . 

Sin  duda,  el  general  Artigas  en  la  exaltación  de  su  hermosa 
triunfo  de  las  Piedras,  ambicionaba  la  noble  gloria  de  ser  el 
primero  en  someter  la  fuerte  plaza. 

Hé  aquí  dichos  párrafos: 

«Exmo  señor:  Entre  cuantas  autoridades  ha  creado  la  poli- 
tica,  no  hay  alguna  ni  más  honrosa,  ni  más  sagrada  que  la  de 
los  cabildos:  no  hay  otra  que  permita  el  dulcísimo  atributo  de 
padres  de  la  patria,  título  casi  divino  bastante  á  llenar  los  de- 
seos de  la  ambición  más  gloriosa;  pero  tampoco  hay  alguna 
que  denigre  más  los  nombres  de  los  que  abusan  de  ella  ó  aban- 
donan los  deberes  que  les  impone;  su  memoria  es  llevada  con 
horror  hasta  las  futiiras  generaciones,  y  el  ódi^  y  la  execración 
marcan  todos  sus  pasos.  V.  E.  se  halla  en  el  caso  de  adoptar 
necesariamente  uno  de  ambos  extremos;  gloria  eterna,  ó  eterno 
oprobio:  constituido  representante  de  un  pueblo  numeroso  que 
le  ha  confiando  sus  votos,  V.  E.  puede  salvarle  del  precipicio 
á  que  corre;  y  yo  le  hago  el  honor  de  creer,  que  oirá  con  madu- 
rez las  proposiciones  que  como  jefe  de  las  tropas  prontas  á^  asal- 
tar esos  muros,  quiero  dirijirle,  no  solo  para  dar  la  más  clara 
y  última  prueba  de  los  sentimientos  de  humanidad  que  me 
mueven,  sino  también  para  que  caiga  sobre  V .  E .  el  peso 
todo,  de  las  desgracias  que  ocasione  su  indisculpable  apatía  so- 
bre la  suei-te  de  ese  pueblo  infortunado,  que  siente  ya  los  ma- 
les á  que  le  ha  espuesto  el  ciego  capricho  de  un  jefe  precipita- 


~  17  — 

do.  Dicliosos  desaciertos  los  que   dejan  tiempo  y  esperiencia, 
aunque  tristo  para  evitar  otros  mayores!» 

«  Los  habitantes  todos  de  esta  vasta  campaña  han  desperta- 
do del  letargo  en  que  yacían,  y  sacudido  el  yugo  pesado  de 
una  esclavitud  vergonzosa;  todos  se  han  puesto  en  movimien- 
to, y  unidos  á  las  aguerridas  y  numerosas  tropas,  con  que  les 
ha  auxiliado  la  Excma  Junta,  marchan  guiados  por  la  victo- 
ria á  libertar  á  sus  hermanos  que  gimen  dentro  de  esos  débiles 
muros.  Ya  han  ocupado  todos  los  pueblos  y  fortalezas  déla 
Banda  Oriental;  ya  han  visto  desaparecer  ese  ejército  délas 
Piedras,  en  que  V.  E.  tenia  depositada  su  confianza;  cayendo 
en  su  poder  todas  las  armas  y  artillería;  ya  están  á  la  vista  de 
esa  plaza,  único  obstáculo  que  les  resta,  y  en  pocos  dias, 
enpocas  horas  harán  sentir  dentro  de  ella  todos  los  horrores  de 
una  guerra . 

«La  Excma.  Junta  de  estas  i:>rovincias  confoime  siempre 
en  los  principios  que  ha  adoptado  no  puede  mirar  con  indife- 
rencia la  efusión  de  sangre  particularmente  entre  hermanos; 
y  yo  uniforme  en  mis  sentimientos,  doy  este  paso  con  el  objeto 
de  evitarla:  V.  B  .ecomb  'representante  de  ese  pueblo  puede 
mejorar  su  suerte,  haciendo  valer  su  autoridad  para  que  sea 
reconocido  aquel  superior  gobierno,  y  se  entregue  la  plaza  á 
las  tropas  de  mi  mando,  para  que  vivan  sus  habitantes  libres 
de  la  opresipn  en  que  gimen;  en  cuyo  concepto  ofrezco  á  V. 
E .  en  nombre  de  aquella  superioridad  conceder  á  ese  pueblo 
todas  las  j)roposiciones  justas  y  acostumbradas  en  iguales 
casos.» 

«Estos  son  los  momentos  preciosos  para  enmendar  los  pasa- 
dos yerros,  y  esta  la  única  senda  gloriosa  que  ofrece  á  V.  E.  la 
suerte  para  que  se  haga  digno  de  nuestra  consideración.» 

Hasta  aquí  el  extracto  de  la  intimación  del  general  Artigas, 
que  tanto  lo  honra  como  audaz  guerrero  y  como  oriental. 


—  18   ^ 

Continuando  ahora  en  nuestras  investigaciones  sobre  pre- 
ciosos documentos  históricos  no  conocidos,  séanos  licito  inqui- 
rir ¿quién  ha  oído  nombrar  en  la  República  Oriental  al  coman- 
dante don  Ramón  Fernandez,  como  primer  promotor  del 
pronunciamiento  de  la  campaña  oriental  contra  los  españoles, 
el  primero  en  reunir  fuerzas  en  la  Capilla  Nueva  de  Merce- 
des; en  donde  se  hallaba  destacado  por  el  general  Elio  con 
alguna  tropa,  y  el  cual  en  su  parte  oficial  del  1*^  de  Mayo  de 
1811,  comunica  á  la  Junta  de  Buenos  Aires  hallarse  á  la  ca- 
beza de  una  división  de  300  hombres,  con  los  que  abrió  su 
campaña  el  24  de  Febrero  anterior,  apoderándose  del  pueblo 
de  Mercedes,  defendido  por  ciento  y  tantos  veteranos  con  cin- 
co cañones:  «  rindiéndolos  á  discreción^  «oficiando  á  don  José 
«  Artigas  que  se  hallaba  ya  reuniendo  gente  en  «Nogoyá»,  jii- 
<K  risdiccion  de  Santa-Fé  »,  y  anunciando  que  ha  nombrado  por 
su  segundo  á  doii  Pedro  Viera^  que  es  á  quien  injustamente  se 
ha  atribuido  la  exclusiva  gloría  de  esa  iniciativa,  aun  por  los 
biógrafos  de  Artigas  que  pretenden  estar  mejor  informados; 
revelándose  así  por  otra  parte  que  Artigas  participó  en  la 
preparación  de  ese  primer  pronunciamiento  oriental,  inician- 
dolo  desde  Entre-Rios,  mucho  antes  de  su  regreso  á  esta  pro- 
vincia .  Ningún  historiador  recuerda  en  esa  campaña  al  intré- 
pido Fernandez,  para  quien  la  mas  ingrata  prescindencia  no 
ha  permitido  que  se  le  adjudique  el  mas  leve  recuerdo  á  su 
memoria,  no  obstante  que  mas  tarde  se  le  vé  servir  como  un 
jefe  leal  y  valiente  á  las  órdenes  de  Artigas. 


Documentos  importantes  desconocidos. 


¿Quién  conoce  el  oficio  del  ilustre  general  Belgrano  de  23 
de  Abril  de  1811,  comunicando  la  toma  del  Colla  por  Benavi- 
des,  y  anunciando  que  el  «Teniente  General  don  José  Artigas, 
«segundo  gefe  interio  del  ejército  marcha  á  estrechar  á  sus 
«enemigos»;ni  la  nota  de  Benavides  en  que  informa  á  Belgrano 
que  ha  enviado  «Zos  presos  europeos  y  soldados  prísiorc&i'os  al 
segundo  general  Artigas»  con  una  lista  de  todos  ellos,  mya  lista 
«{Aice)  7nantengo  en  mi  poder  para  cuando  la  Excma.  Junta  6 
V.  E.  ordene  se  la  manifieste;»  dándose  á  conocer  así  la  ten- 
dencia de  aquellos  subalternos  á  reconocer  ya  á  Artigas  co- 
mo al  gefe  de  los  orientales? 

Nadie  conoce  en  la  Repúblita  todavía  los  documentos  ofi- 
ciales de  los  primeros  heroicos  combates  antes  de  las  Piedras; 
y  solo  existe  publicado  uno  de  los  dos  partes  oficiales  de  ese 
glorioso  hecho  de  armas,  el  dirigido  á  la  Junta  Gubernativa  de 
Buenos  Aires;  ni  las  admirables  declaraciones  é  informes  á  la 
Junta  Gubernativa  del  Paraguay  en  1812,  campendiados  por 
el  General  Artigas  en  el  documento  más  explicativo  y  admira- 
por  sus  conceptos  y  por  sus  revelaciones  que  podrian  ostentar 
los  anales  aun  no  escritos  de  aquellos  grrandes  dias. 

No  son  tampoco  conocidos  los  primeros  ensayos  electorales 
políticos  en  la  Provincia,  iniciados  por  Artigas,  ni  la  elección  y 
organización  del  primer  gobierno  Económico,  fundado  por  ini- 
ciativa de  aquel;  ni  los  primeros  Congresos  de  5  y  21  de  Abril 
de  1813,  instalados  en  el  alojamiento  del  General  elijiendo 
aquel  Gobierno  y  reconociendo  á  este  como  el  Gefe  Goberna- 
dor de  la  Provincia;  ni  las  comunicaciones  cambiadas  sobre  el 
doble  rechazo  de  los  Diputados  de  Buenos  Aires;  ni  las  pro- 


—  20  — 

puestas  reservadas  del  Director  Posadas  ú  los  españoles  en 
1814,  hechas  por  los  doctores  Gómez  y  Echevarría  para  ayu- 
darlos á  someter  á  Artigas,  cuatro  meses  antes  de  la  rendición 
de  Montevideo,  y  quince  días  después  de  la  separación  de  aquel 
de  las  líneas  sitiadoras;  ni  las  quejas  y  exortacioncs  del  Gefe  do 
los  Orientales  para  que  se  diese  un  carácter  fraternal  y  conci- 
liador á  la  política  hostil  y  tiránica  observada  por  los  primeros 
gobiernos  de  Buenos  Aires;  ni  sus  doscientas  catorce  notas  di- 
rigidas solamente  al  Cabildo  Gobernador  de  Montevideo,  sobre 
toda  clase  de  materias  políticas,  militares,  administrativas, 
financieras,  judiciales,  económicas,  religiosas,  municipales,  etc., 
ni  su  Convenio  de  Comercio  celebrado  con  un  agente  Inglés, el 
primero  de  su  clase  pactado  en  Sud- América;  ni  tantos  otros 
documentos  de  inapreciable  mérito  que  hemos  logrado  recopi- 
lar ó  copiar,  y  con  los  cuales  puede  iluminarse  suficientemente 
la  oscuridad  de  los  primeros  días  de  la  independencia  de  la 
Provincia  Oriental,  y  hacer  cesar  el  ingrato  olvido  ó  la  igno- 
rancia inescusable  sobre  los  primeros  hechos  mas  notables  de 
aquel  hombre  eminente,  que  enaltece  con  ellos  toda  la  primiti- 
va historia  de  su  patria. 


y 


Cómo  se  ha  ignorado  hasta  ahora  donde  nació 

Artigas. 


Para  colmo  de  admiración  de  nuestros  lectores,  terminare- 
mos esta  serie  de  nuevos  informes'con  el  siguiente: 

En  la  patria  de  Artigas,  nadie  sabia  hasta  ahora  ni  el  sitio 
verdadero  de  su  nacimiento,  cuál  era  la  ciudad  que  debía  hon- 
rarse con  el  hecho  de  haber  recibido  en  ella  el  primer  soplo  de 
vida  aquel  grande  hombre  ni  mucho  menos  la  verdadera  fecha 
de  su  nacimiento . 

La  mayor  parte  de  los  historiadores  orientales  afirmaban 
que  nació  el  año  de  1756  en  el  pueblito  de  las  Piedras,  juris- 
dicción del  departamento  de  Montevideo,  de  cuyo  Curato  se 
habría  podido  encontrar  la  fó  de  bautismo  respectiva,  á  no 
haber  sobrevenido,  decíase,  la  desgracia  de  haberse  quemado 
hace  muchos  años  el  archivo  de  aquella  pequeña  iglesia.  Esta 
circunstancia  bastó  sin  duda  para  hacer  desistir  de  *  nuevas 
averiguacione?,  quedando  aceptados  como  indubitables  aquellos 
informes  hasta  que  nos  ha  sido  posible  á  nosotros,  después  de 
repetidas  averiguaciones  cerca  de  algunos  antiguos  señores 
Curag  de  la  iglesia  Matriz,  descubrir  la  verdad  en  ambos  casos 
y  destruir  el  error  en  que  se  ha  estado  hasta  ahora. 

Merced,  pues,  á  la  bondad  de  los  señores  doctores  Brid  y 
Yeregui,  hemos  podido  descubrir  que  el  general  Artigas  nació 
el  año  de  1764  en  la  misma  capital  de  Montevideo,  indudable- 
jüente  en  la  casa  paterna  sita  en  la  esquina  que  forman  hoy 
las  calles  de  Washington  y  Pérez  Castellanos,  cuyo  terreno  re- 
cibió en  donación  el  año  1726  el  fundador  de  la  familia,  don 


—  22  — 

Juan  Antonio  Artigas^  natural  de  Zaragoza,  uno  de  los  prime- 
ros pobladores  que  al  efecto  vinieron  de  Buenos  Aires. 

Considerando  este  hecho  de  bastanfe  importa-ncia,  y  como 
Tin  honor  mas  para  esta  ciudad,  nos  complacemos  en  reprodu- 
cir á  continuación  la  partida  de  bautismo  que  asi  lo  acredita, 
y  ^^^  P^r  primera  vez  se  tratcribe  en  letra  de  molde. 


«  Rafael  Yeregui,  Cura  Párroco  de  la  Catedral  Basilica  de 
la  Purísima  Concepción  y  de  los  Santos  A^íóstoles  Felipe  y 
Santiago  de  Montevideo: 

«  Certifico  que  en  el  libro  primero  de  Bautismos  al  folio 
doscientos  nueve  vuelta,  se  halla  la  partida  del  tenor  siguiente: 

«  En  diez  y  nueve  de  Junio  de  mil  setecientos  sesenta  y 
cuatro  nació  Josef  Gervasio,  hijo  lejítimo  de  don  Martin  Josof 
Artigas  y  de  doña  Francisca  Antonia  Armas,  vecinos  de  la 
ciudad  do  Montevideo;  y  Yo  el  doctor  Pedro  García  lo  bautizé, 
puse  oleo  y  chrisma  en  la  Iglesia  Parroquial  de  dicha  ciudad, 
el  veinte  y  uno  del  expresada  mes  y  año:  Fué  su  padrino  don 
Nicolás  Zamora .  — Doctor  Pedro  Garcia. 

«  Concuerda  con  el  original  á  que  me  refiero,  y  á  petición  de 
parte  interesada,  expido  la  presente  que  firmo  y  sello  en  Mon- 
tevideo á  diez  de  Octubre  de  mil  ochocientos  ochenta  y  cuatro. 

(Firmado) — Rafael  Yeregui . » 


-tx^^^aí-' 


—  25  — 

una  de  las  mas  tempestuosas  épocas  de  la  Revolución  Ameri- 
cana, en  ambas  riberas  del  Plata,  asi  como  los  rasgos  más  rele- 
vantes de  algunos  de  los  prohombres  que  en  ella  descollaron. 

En  la  estructura  y  elaboración  de  nuestro  libro  no  nos  limi- 
taremos mucbas  veces  á  seguir  en  una  estricta  sucesión  el  or- 
den cronológico  de  los  hechos . 

Los  clasificaremos  frecuentemente  según  el  carácter  de  los 
acontecimientos,  y  dividiéndolos  en  grupos  principales,  que 
sigan  su  distinto  y  respectivo  rumbo,  sin  que  por  esto  se 
rorapa  ^  vínculo  que  los  conexiona,  y  sin  que  cesen  de  formar 
un  todo  armónico . 

Aspiramos  con  esto  á  sobreponer  la  sucesión  moral  de  las 
causas  á  la  sucesión  material  de  los  sucesos ;  sustituyendo  por 
una  cronología  mas  elevada,  la  cronología  del  almanaque . 

Aunque  en  este  lijoro  estudio,  que  no  es  sino  el  prefacio  de 
nuestra  obra,  no  podemos  observar  un  orden  histórico  bien  sis- 
temado,  por  lo  mismo  que  en  él  nos  limitamos  á  consideracio- 
nes generales,  tendentes  á  revelar  los  caracteres  mas  notables 
de  la  época  Artiguista,  las  cualidades  más  sobresalientes  del 
general  Artigas,  y  las  causas  y  móviles  de  su  conducta  como 
jefe  de  su  pueblo ;  no  podemos  así  mismo  rehusarnos  á  la  sa- 
tisfacción de  autorizar  nuestras  opiniones  con  documentos  ofi- 
ciales de  incuestionable  autenticidad . 

De  este  modo,  bien  justificadas  sus  tendencias  decisivas  y 
terminantes,  nuestros  juicios  sorprenderán  menos  á  todos  los 
que  se  han  educado  oyendo  calumniar  y  deprimir  á  Artigan. 

Así  reconocerán  que  esos  juicios  no  son  el  fruto  de  una  sis- 
temática parcialidad  ó  de  una  pasión  irreflexiva,  sino  que  son 
en  realidad,  hijos  de  una  laboriosa  investigación,  de  un  estudio 
detenido,  y  de  un  sentimiento  irresistible  de  justicia,  de  adhe- 
sión á  las  virtudes  que  mas  ennoblecen  al  ciudadano . 


8 


Pruebas  de  que  opinamos  y  sentimos  en  1883 

como  en  1853. 


Debemos  hacer- una  reserva,  ó  más  bien  dar  una  explicación 
que  reclama  y  fortalece  la  misma  sinceridad  de  los  juicios  que 
emitimos,  y  la  espontaneidad  de  la  misión  que  nos  hemos  im- 
puesto, después  de  largos  años  de  residencia  en  este  hospita- 
lario pais,en  donde  hemos  formado  una  numerosa  y  honorable 
familia,  en  la  que  siete  hijos  nacidos  en  él  dan  mas  autoridad  y 
sinceridad  de  afectos  á  nuestra  leal  palabra. 

Podría  pretenderse,  y  aún  acusársenos  por  algunos,  de  que 
como  argentinos,  hay  de  nuestra  parte  indignas  y  censurables 
adulaciones  al  sentimiento  de  provincialismo  Oriental  de  1814, 
elevado  desde  1830,  al  carácter  de  patriotismo  nacional,  que 
de  algún  tiempo  á  esta  parte  busca  en  Artigas  su  más  enérgi- 
ca y  digna  representación. 

Para  rebatir  ese  cargo  tan  malevolente  como  infundado, 
afirmamos,  y  vamos  á  probar,  que,  Zioy,  eyi  1883 j  con  espontá- 
nea y  sincera  convicción,  sentimos  y  opinamos  como  sentíamos 
y  opinábamos  treinta  años  antes,  en  1853,  en  nuestra  primera 
juventud,  cuando  estábamos  muy  distantes  de  prever  que  po- 
dríamos algún  dia  formar  parte  durante  tantos  años,  del  hospi- 
talarío  hogar  de  los  Oríentales. 

En  aquella  época  lejana,  en  las  extensas  anotaciones  histó- 
rícas  con  que  ampliamos  nuestra  traducción  en  dos  tomos  de 
la  importante  obra  de  Sir  Woodbine  Parish  «Buenos  Aires  y  las 
Provincias  del  Bio  de  la  Plata»  (1)  sosteníamos  con  juvenil  fogo- 


(1)  Sobre  este  libro,  entre  otros  varios  juicios  de  la  prensa  argentina  á 
su  respecto,  se  publicó  en  El  Nacional  de  Buenos  Aires  en  Junio  de  1854, 


—  28  — 

sidad,  ^as  mismas  ideas  y  opiniones  que  hoy  sostenemos  en 
nuestra  edad  madura,  refiriéndonos  al  general  Artigas  y  á  los 
caudülos  provinciales  que  antes  del  año  20  pugnaron  por  de- 
fender respectivamente  la  autonomía  provincial  contra  la  ver- 
dadera tiranía  centralizadora  ó  irresponsable  de  algunos  go- 
bernantes de  Buenos  Aires,  a  la  oual  siempre  hemos  combatido, 
lo  mismo  en  1853,  como  en  1856  hasta  1863. 

Hay  j)ruebas  cuya  exhibición  no  debe  aplazarse,  á  fin  de  no 
dejar  ni  por  un  momento  sin  refutación  un  cargo  injusto  ó 
depximente. 

Por  esta  razón  y  defiriendo  á  esa  prueba  do  la  lealtad  de 
nuestras  opiniones,  llamamos  la  atención  del  lector  á  las  apre- 
ciaciones siguientes  que  tomamos  de  dos  de  aquellas  anotacio- 


un  extenso  cditoria.1,  del  cual  juzgamos  muy  oportuno  trascribir  los  i)¿ir- 
rafos  siguientes.  La  circunstancia  de  ser  redactado  ese  diario  en  esa 
época  por  el  entonces  coronel  don  Bartolomé  Mitre,  á  quien  agradeci- 
mos su  benevolencia,  dá  á  esta  trascripción  un  marcado  interés  tra- 
tándose de  las  opiniones  que  emitíamos  en  aquel  libro  sobre  el  origen  de 
nuestras  guerras  civiles.  Dice  así: 

,,A1  grado  á  que  ba  llegado  esta  publicación  es  nuestro  deber  como 
escritores  iDÚblicos,  y  como  argentinos,  llamar  sobre  ella  la  atención 
general,  recomendando  al  señor  Maeso  al  aprecio   do   sus  compatriotas. 

„E1  libro  del  señor  Parisli  como  libro  noticioso  es  en  su  íí-énero  lo 
más  completo  que  se  ba  escrito  sobre  las  Provincias  del  Eio  de  la  Pla- 
ta, aunque  se  reciente  del  modo  de  compilar  los  hechos  á  la  inglesa.  La 
historia  política  y  civil,  la  geografía,  la  botánica,  la  mineralógia,  la  es- 
tadística en  especial,  y  otros  muchos  puntos  casi  totalmente  desconoci- 
dos aún  por  la  generalidad  de  los  hijos  del  país,  tienen  su  lugar  en 
ese  precioso  libro,  rico  de  hechos,  y  escrito  en  un  estilo  fácil,  sencillo  y 
elegante  que  nada  ha  perdido  en  la  traducción  del  señor  Maeso.  Las 
noticias  comerciales  contenidas  en  el  libro  del  señor  Parish,  son  todas  de 
mayor  importancia,  y  por  lo  general  inéditas,  debiéndose  su  publicación 
al  celo  infatigable  del  escritor  extranjero  que  compulsó  para  formarla 
una  gran  copia  de  documentos  en  que  las  apoya. 

„Antes  de  la  obra  del  señor  Parish  no  teníamos  más  libros  que  los 
Viages  de  Azara  para  estudiar  la  historia  natural  de  estos  países,  su 
comercio  y  sus  producciones  en  general,  pero  esta  obra  (que  del 
punto   de  vista  de  que  el   autor  tomó  su  asunto,  es  indudablemente 


—  29  — 

nes  escritas  por  nosotros,  como  hemos  dicho  en  nuestra  prime- 
ra iuventud. 

Esas  opiniones  y  juicios,  con  el  trascurso  de  los  años,  y  con 
más  concienzudo  examen  de  los  sucesos  ocurridos,  no  han  he- 
cho lo  repetimos,  sino  arraigarse  en  nuestro  ánimo,  fortale- 
ciendo cada  dia  más  nuestra  convicción  de  que  una  de  las  cau- 
sas más  eficientes  de  las  desgracias  y  guerras  civiles  entre  las 
provincias  que  formaron  el  Vireinato  del  Rio  de  la  Plata, 
principalmente  la  llamada  entonces  Banda  Oriental,  tuvo  su 
origen  en  las  tendencias  tiránicas  y  avasalladoras  de  que  abu- 
saron en  la  mayor  parte  de  sus  actos,  algunos  gobiernos  y 
oligarquías  revolucionarias  imperantes  en  Buenos  Aires,  in- 
tentando sustituirse  al  poder  español,  que  todas  las  provincias 


la  fuente  mas  pura  que  podemos  consultar)  fué  escrita  antes  de  nuestra 
emancipación  política,  bajo  un  plan  semejante  al  de  los  célebres  Via- 
ges  de  Humbold,  de  manera  que  dejaba  mucho  que  desear  por  esa  par- 
te, y  por  otra  carecía  de  actualidad  y  de  aplicación. 

„  El  libro  de  Parish  llenaba  los  principios  que  habia  dejado  los  es- 
critos de  Azara  pero  desgraciadamente  ese  libro  escrito  para  Buenos 
Aires  era  poco  menos  que  desconocido  en  Buenos  Aires,  tanto  por  ©1 
corto  número  de  ejemplares  que  se  encontraban  en  las  bibliotecas, 
cuanto  por  lo  poco  generalizada  que  se  halla  entre  nosotrss  la  lengua 
inglesa.  Hoy  mismo  no  se  encuentra  en  las  librerías  de  Buenos  Aires 
un  ejemplar  de  Parish  en  inglés,  y  para  obtener  uno  (especialmente  de 
la  última  edición)  es  preciso  encargarlo  á  Londres. 

„  El  señor  Maeso  se  propuso  generalizar  y  popularizar  esta  obra  en 
castellano,  y  lo  ha  conseguido,  apesar  de  las  dificultades  con  que  ha  lu- 
chado y  de  la  indiferencia  con  que  al  principio  fué  recibido  el  anuncio 
de  su  publicación. 

„  Pero  el  trabajo  del  señor  Maeso  no  se  ha  limitado  á  esto. 

„  Además  del  trabajo  material  de  la  traducción  en  que  se  revela  la 
pluma  diestra  del  escritor  capaz  de  escribir  bajo  el  dictado  de  su  ins- 
piración, el  señor  Maeso  la  ha  enriquecido  con  una  multitud  de  notas 
históricas,  geográficas  y  estadísticas,  que  valen  mas  que  las  que  "VVal- 
kecnaer  puso  á  la  obra  de  Azara.  Ellas  por  sí  solas,  metodizadas  y 
ligadas  entre  si  por  otras  noticias,  bastarían  para  formar  una  obra  por 
separado  digna  de  ser  consultada  por  el  estadista  y  el  comerciante.  No 
solo  ilustran  y  complementan  el  texto,  sino  que   dan  actualidad  á  la 


—  30  — 

combatían  con  el  mismo  ardor;  y  suprimir  en  ellas  toda  aspi- 
ración de  igualdad  y  de  autonomía . 

Véase  como  nos  expresábamos  en  dicha  obra  hace  treinta 
años,  censurando  ya  esa  política  disolvente  y  suicida  (página 
111  tomo  1^). 

«  Hay  un  episodio  muy  notable  en  la  historia  de  este  país 
entre  los  años  10  y  11,  que  es  oportuno  recordar.  La  Junta 
gubernativa  de  Buenos  Aires  dirijió  en  27  de  Mayo  de  1810 
una  circular  á  las  provincias,  en  que  se  les  pedia  enviasen  sus 
diputados  para  que  tomasen  parte  en  la  composición  de  la 
misma  Junta,  que  debía  regir  la  nación .  En  Diciembre  de  ese 
año  se  incorporaron  á  dicha  Jimta  compuesta  entonces  de 
siete  vocales  de  Buenos  Aires,  los  que  enviaban  las  Provin- 


obra,  pues  abrazan  el  período  que  media  entre  la  época  en  que  se  escri- 
bió la  obra  original  y  la  traducción  del  señor  Maeso.  Principalmente 
respecto  de  las  provincias  Argentinas,  de  sus  producciones,  su  comer- 
cio y  población,  el  señor  Maeso  ha  sabido  reunir  infinidad  de  datos 
curiosos  é  inéditos  en  su  mayor  parte,  que  revelan  la  perseverancia 
infatigable  del  hombre  laborioso  y  la  ci-itica  ilustrada  del  que  sabe  me- 
ditar sobre  las  cifras,  haciéndoles  hablar  el  lenguaje  elocuente  de  los 
hechos. 

„  La  obra  del  señor  Maeso  toca  ya  á  su  término,  y  aunque  durante  el 
período  de  su  publicación  por  entregas  no  le  ha  faltado  la  protección  del 
público,  creemos  que  tendrá  un  gran  espendio  asi  que  se  hayan  comple- 
tado los  dos  tomos,  y  aún  podemos  asegurarle  salida  en  el  Brasil,  en  el 
Estado  Oriental,  en  Chile  y  especialmente  en  el  interior  de  la  República. 

„  Con  este  trabajo  el  señor  Maeso  ha  conquistado  un  puesto  entre  los 
escritores  de  nuestra  patria,  y  entre  los  apóstoles  de  los  intereses  mate- 
riales á  cuya  cabeza  figura  siempre  el  señor  Arenales  con  sus  estudios 
sobre  el  Gran  Chaco ,  que  posteriormente  han  explotado  hábilmente 
Sarmiento,  Fragueiro  y  otros,  y  recientemente  el  señor  Maeso  en  la  obra 
que  con  tanto  placer  hemos  elogiado,  para  que  sus  afanes  encuentren  al 
menos  la  noble  recompensa  que  busca  siempre  el  que  ama  de  veras  á  su 
y^  patria :  el  progreso  del  suelo  que  lo  vio  nacer  y  la  estimación  de  sus 
conciudadanos . " 

( De  ÍJZ  Nacional ) . 


—  31  — 

cías:  no  sin  haberse  opuesto  bastante  los  mismos  que  los  ba- 
bian  llamado  á  integrarla;  lo  que  bace  decir  al  Dean  Funes, 
diputado  por  Córdoba,  en  su  Ensayo:  «  Estábamos  4  mediados 
de  Diciembre,  y  no  se  babia  dado  cumplimiento  ¿  esta  pro- 
mesa. » 

« 

«Es  indudable  que  un  Poder  Ejecutivo  compuesto  de  16  per- 
sonas era  una  máquina  que  solo  podia  servir  para  destrozarse 
é  inutilizarse  á  si  misma,  llevando  un  germen  de  confusión  en 
tpdas  sus  disposiciones,  sin  unidad  alguna  de  acción  ni  vigor 
gubernativo.  Pero  desgraciadamente,  peor  sin  comparación  fué 
el  remedio  que  se  le  dio .  Don  Feliciano  Obiclana,  Intendente 
que  babia  sido  de  Potosí,  y  que  por  sus  manejos  clandestinos 
é  intrigas  con  los  españoles  babia  sido  conducido  de  aquella 
ciudad  á  la  cárcel  de  Buen(^  Aires,  en  la  que  se  bailaba  por 
entonces  siguiéndosele  proceso  por  aquella  conducta,  consiguió 
por  medio  de  un  motin  militar,  hacer  que  la  Junta  renunciase 
y  se  disolviese,  y  erigir  un  Triunvirato  del  que  se  hizo  Presi- 
dente ó  Director,  escojiendo  por  colegas  á  los  distinguidos 
patriotas  Sarratea  y  Passo.  Después  de  esta  usurpación,  que, 
como  acaece  con  todas,  se  vistió  con  colores  brillantes  que  la 
cohonestasen,  y  que  á  pesar  de  todo  no  era  sino  un  ataque 
injusto  é  inolvidable  á  los  fueros  solemnemente  reconocidos 
de  las  Intendencias  ó  provincias,  en  cada  una  de  las  cuales 
funcionaba  ya  una  Junta  Lejislativa  y  otra  Gubernativa;  en- 
vióles Chiclana  orden  á  estas  para  que  prestasen  en  cabildo 
abierto  el  juramento  de  obediencia  á  su  Gobierno.  La  Banda 
Oriental  en  la  que  don  José  Artigas  jugaba  ya  un  rol  impo- 
nente por  algunos  triunfos  que  babia  obtenido  sobre  los  espa- 
ñoles, rechazó  semejante  exijencia;  y  en  Salta  y  Córdoba  hubo 
su  asomo  de  resistencia,  que  solo  pudo  sofocarse  por  hallarse 
ya  en  ellas  parte  de  los  500  hombres,  que  á  las  órdenes  primero 
de  Ocampo  y  después  de  Balcarce  y  Castelli,  babia  destacado 
de   Buenos   Aires  la    Junta   Gubernativa,   para  ayudar  á 


—  sa- 
las   provincias    en    su   pronunciamiento    contra   los    espa- 
ñoles . 

«  Dígase  lo  que  se  quiera:  pero  fijando  la  atención  en  ese 
hecho,  puede  asegurarse  que  toda  esa  larga  serie  de  guerras  y 
odios  provinciales  que  han  ensangrentado  y  destruido  la  Re- 
pública, tiene  su  oríjen  en  esa  y  otras  revoluciones  parecidas. 

«  Si  a  esto  se  agregan  las  rivalidades  de  los  jefes  militares 
que  salian  á  la  cabeza  de  fuerzas  de  Buenos  Aires  con  los  que 
mandaban  ya  tropas  levantadas  en  las  provincias,  no  se  ostra- 
ñará  que  tan  profundos  hayan  sido  esos  odios.— Atacábase  en 
éstos  su  poca  cultura,  su  impericia  militar,  ó  su  carácter  des- 
pótico: llamabáseles  caudillos,  caciques:  etc.;  y  cada  dia  se  hacia 
mas  difícil  la  reconciliación,  y  mas  envenenado  el  rencor. 

«  Viose  de  este  modo  á  Güemes,  el  heroico  guerrillero  Sal- 
teño,  luchar  á  la  vez  contra  las  tropas  españolas  y  resistir  con 
ventaja  á  las  del  general  porteño  Rondeau :  a  Artigas  lidiando 
con  tropas  ^enviadas  de  Buenos  Aires  al  mando  de  Olemberg  y 
de  Dorrego,  mientras  combatía  primero  con  los  esj)añoles  y 
luego  con  los  portugueses;  á  los  paraguayos  derrotando  al 
ilustre  general  porteño  Belgrano  en  Tacuarí ;  al  mismo  tiempo 
que  minaban  y  destruían  la  dominación  española  del  general 
Velasco ,  etc . 

«  Esos  eri'ores  y  rencillas  fatales  que  muchas  veces  tenían  su 
origen  en  mezquinas  asj^iraciones ,  en  criminales  antagonis- 
mos ,  ó  en  una  indomable  y  torpe  altanería  por  parte  de  unos 
y  otros ,  han  contribuido  también  poderosamente  á  hacer  en- 
démica esa  enfermedad  que  diezma  la  República  —  la  guerra 
civil . » 

En  la  página  124  del  mismo  tomo  1.**  nos  expresábamos 
también  de  este  modo  sobre  el  origen  de  las  disidencias  entre 
los  gobernantes  de  Buenos  Aires  y  algunas  provincias,  concre- 
tando en  esas  opiniones  el  juicio  que  hoy  venimos  á  ratificar  y 
ampliar  con  extensas  pruebas  sobre  las  verdaderas  causas  ge- 


—  33  — 

neradoras  de  la  anarquía  y  guerra  civil  que  por  tantos  años 
desolaron  las  provincias  Argentinas  y  contribuyeran  á  des- 
membrar el  Estado  Oriental.  Deciamos  así: 

«  Ya  habían  tenido  lugar  algunos  desgraciados  aconteci- 
mientos "que  habían  preparado  los  ánimos  y  exaltádolos  á  tér- 
minos de  no  ver  otra  solución  que  la  de  las  armas.  Absurdo 
sería  querer  justificar  semejante  modo  de  discutir  y  arreglar 
cuestiones  políticas,  pero  por  desgracia,  los  pueblos  se  habían 
habituado  á  no  echar  mano  de  otro,  y  esto  acaso  puede  excu- 
sarlos. Haremos  una  breve  reseña  de  ellos. 

«  El  15  de  Abril  de  1815,  como  á  los  tres  meses  de  estar  en  el 
poder,  una  revolución  derribó  de  él  al  Director  Supremo  del 
Estado,  general  Alvear,  y  al  Congreso  General  de  las  provin- 
cias que  lo  había  elegido;  siendo  electo  en  su  lugar  el  21  del 
mismo  el  general  Rondeau,  que  se  hallaba  entonces  en  Potosí 
á  la  cabeza  del  eiército  Argentino.  Este  delegó  el  mando  su- 
premo en  el  coronel  maj^-or  don  Ignacio  Alvarez,  primer  mo- 
tor de  la  revolución,  quien  en  consecuencia  asumió  al  Direc- 
torio. 

«  El  general  Alvear  y  su  predecesor  don  Gervasio  Posadas, 
habían  adoptado  una  política  de  exterminio  para  con  Artigas, 
y  los  que  como  él  proclamaban  la  Federación  en  Córdoba, 
Santa  Fe,  Entre  Ríos  y  Corrientes.  Hombres  de  ilustración  y 
de  valor,  se  alucinaban  con  la  esperanza  de  cimentar  á  todo 
trance  un  sistema  político  que  creían  haría  feliz  al  país,  y 
para  alcanzar  ese  sueño  de  su  orgullo  y  de  su  patriotismo,  no 
titubeaban  en  adoptar  medidas  las  mas  reprobadas  y  funestas» 

«  Ante  la  imposibilidad  de  sujetar  á  los  que  llamaba  rébéldeSj 
al  Director  Posadas,  fundándose  en  que  Artigas  se  había  se- 
parado del  ejército  porteño  para  pelear  por  su  cuenta  contra 
los  españoles,  tiró  un  decreto,  en  que  lo  declaró  infame,  lo  pri- 
vó de  sus  empleos,  y  lo  puso  fuera  de  la  ley  y  de  la  patria;  po- 


r 


—  34  — 

niendo  su  cabeza  á  precio  por  seis  mil  pesos.  Con  justicia  dice 
Funes: 

«  Qué  otro  efecto  podia  producir  un  rigor  impotente,  sino 
el  desprecio  de  la  autoridad  y  la  obstinación  del  delincuente? 
Aún  esto  no  era  todo:.  Los  orientales  tenian  levantado  tronos 
en  sus  pechos  al  general  Artigas:  como  nunca  tiene  razón  el 
que  es  aborrecido,  las  mismas  pruebas  en  que  el  Director  fun- 
daba su  decreto,  eran  otros  tantos  convencimientos  de  la  ino- 
cencia del  general:  su  proscripción  venia  á  ser  la  de  aquellos 
vastos  distritos,  y  su  reconciliación  casi  imposible:  ¡Ojalá  que 
esta  triste  verdad  no  la  viésemos  perpetuada  bajo  el  sello  del 
tiempo!» 

«  Alvear  sucesor  de  Posadas,  lo  sobrepujó,  por  decirlo  asi  en 
imprudente  y  estéril  crueldad  sin  contar  con  menos  i'ecursos 
que  él,  (pues  el  ejército  de  Buenos  Aires  que  operaba  en  el  Al- 
to Perú  se  habia  sublevado  contra  su  autoridad)  y  forzó  al  Ca- 
bildo de  Buenos  Aires  á  suscribir  una  execrable  proclama. 

«  Entre  tanto,  las  fuerzas  de  los  Directores  habían  sufrido  du- 
ros reveses.  El  Comandante  D.  Fructuoso  B,ivera,  á  la  cabeza 
de  tropas  de  Artigas,  habia  derrotado  completamente  en  Ene- 
ro de  ese  año  al  coronel  Dorrego;  que  mandaba  el  ejército  de 
Buenos  Aires,  en  la  acción  del  Gtiayaho.  Gorria  que  mandaba 
fuerzas  á  las  órdenes  del  Gobierno  de  Buenos  Aires,  lo  fué  en 
Corrientes  sobre  el  Rio  Vatel.  El  general  porteño  D.  Eusta- 
quio Diaz  Velez  es  den^otado  y  tomado  piisionero  en  Santa 
Fé  por  fuerzas  de  aquella  provincia  y  de  orientales.  Otros  de- 
sastres parciales  hacían  cada  vez  más  débil  el  partido  denomi- 
nado de  los  Lautaros  que  encabezaba  el  general  Alvear.  Este, 
como  iiltimo  esfuerzo,  preparó  una  expedición  « i)ara  sujetar  & 
los  yueVlos  á  un  yugo  aborrecido, »  Pero  el  coronel  Alvarez,  jefe 
de  su  vanguardia  se  sublevó,  disolviéndose  á  poco  el  ejército 
de  Alvear  que  acampaba  en  los  Olivos. 

«  Con  motivo  de  esta  revolución  el^Congreso  del  año  16  en  su 


—  86  — 

manifiesto  á  los  pueblos,  del  1®  de  Agosto  de  ese  año  decía  lo 
siguiente: 

«  Aun  está  reciente  la  memoria  del  movimiento  del  IB  de 
Abril  antepasado,  en  que  la  capital  sacudió  el  yugo  de  la  fac- 
ción atrevida  que  la  tiranizaba;  la  dulce  satisfacción  de 
haber  arrojado  á  sus  opresores,  la  inspiró  el  deseo  ge- 
neroso de  asociar  los  pueblos  á  su  nueva  fortuna,  atrayéndolos 
á  la  imitación  del  modelo  con  que  se  constituia,  y  de  las  fran- 
quezas que  dispensaba  á  sus  derechos  el  Estatuto  provisorio 
con  que  los  invitaba.  ¿Podria  creerse  que  esta  insinuación 
complaciente  fuese  un  toque  de  alarma  que  excitase  la  suspi- 
cacia y  desconóanzas  con  reacción  tan  enérgica  que  trozando 
en  piezas  el  Estado  obrase  su  disolución?  » 

«  Depuesto  y  proscrito  Alvear,  fusilado  su  teniente  coronel 
Paillardell,  y  corriendo  riesgo  igual  sus  demás  adictos,  tomó- 
se el  extremo  opuesto  de  la  política  de  aquél.  Mandóse  que- 
mar por  mano  del  verdugo  la  proclama  que  el  mismo  Cabildo 
había  firmado  días  antes  contra  Artigas.  En  un  manifiesto  del 
30  de  Abril,  prodigaba  el  Cabildo  á  éste  los  encomios  de  «  d 
üiistre^  él  benemérito^  el  héroe,  el  invicto,  él  Menheclior  generoso  que 
ha  acreditado  de  un  modo  plausible  la  rectitud  de  sus  inten- 
ciones, y  sufrido  con  injusticia  las  atroces  imposturas  con  que 
os  lo  ha  presentado  odioso  la  tiranía. »  Para  colmo  de  estúpi- 
da bajeza,  porque  no  pedía  tanto  la  justicia  que  se  debía  á 
aquel  distinguido  jefe,  se  le  remitieron  engrillados  (habiéndo- 
les embargado  sus  bienes)  á  seis  de  los  militares  (dos  de  ellos 
orientales)  que  más  se  habían  hecho  notar  como  opositores  á 
él  y  adictos  á  Alvear  para  que  los  fusílase  ó  hiciese  de  ellos  lo 
que  se  le  antojase.  Artigas,  con  un  desinterés  sublime, los  devol- 
vió al  Gobierno  de  Buenos  Aires  no  queriendo  ser  su  verdugo . 

«  Por  otra  parte,  el  Director  Alvarez  en  su  proclama  de  23  de 
Julio  de  ese  año  decía  á  los  habitaoites  de  la  «  comarca  de  Santa 
Fé.)>  -Habéis  querido  encargaros  de  vuestra  propia  dirección, 


—  36  — 

nombrar  vuestros  magistrados,  y  romper  los  vínculos  que  Off 
unían  al  pueblo  de  Buenos  Aires,  como  á  capital  del  Estado  y 
particular  de  vuestra  provincia.  No  temáis  que  un  ejército  en- 
viado por  mis  órdenes  vaya  á  hacer  el  cambio  de  vuestros 
consejos .  No  se  dirá  en  los  días  de  mi  gobierno  que  he  subyu- 
gado a  los  pueblos  hermanos:  libres  sois . . .  ciudadanos  santa- 
fesinos,  creedme:  amo  vuestra  tranquilidad;  protegeré  y  res- 
petaré vuestros  derechos  * » 

«  Por  entonces  se  había  promulgado  el  Estatuto  provisional 
para  el  Estado,  de  5  de  Mayo  de  1815,  y  enviádose  de  Bue- 
nos Aires  á  los  señores  coronel  don  Blas  José  Pico  y  don 
Francisco  B/i varóla  para  celebrar  con  Artigas  un  tratado  de 
Concordia,  que  resultó  de  discox'dia. 

«  A  pesar  de  todo  lo  antedicho  no  habían  pasado  muclios'clías 
cuando  fuerzas  de  Buenos  Aires  á  las  órdenes  del  coronel  Via- 
mont  marcharon  sobre  Santa  Eé.  Murió  Candiotí  que  g-ober- 
naba  allí,  y  en  la  elección  del  teniente  gobernador  Tarragona^ 
influyeron  de  tal  modo  las  tropas  porteñas,  que  á  pocos  días 
don  Mariano  Vera  encabezó  una  revolución  contra  ellas,  lo- 
grando derrotarlas  y  rendirlas . 

«  Esto  era  ya  un  desengaño  para  las  provincias,  que  esperaban 
del  nuevo  Directorio  el  respeto  á  sus  derechos .  Bechazaron 
el  Estatuto  provisional,  y  ocurrieron  nuevos  disturbios.  Cór- 
doba se  proclamó  independiente,  y  el  coronel  Lamadrid  en- 
viado por  Belgrano  ó  Pueirredon,  fusiló  en  Santiago  del  Este- 
ro á  Borges  y  Farias,  que  pretendían  lo  mismo  para  su  Pro- 
vincia. Verdad  es  que  el  Congreso  había  dictado  una  ley  al 
efecto. 

«  El  20  de  Julio  de  1816  el  Congreso  reunido  en  Tucuman, 
nombró  de  Director  Supremo  del  Estado  ¿  don  Juan  Martin 
Pueirredon,  que  tanto  se  había  distinguido  en  la  reconquista  ie 
Buenos  Aires.  Dejando  á  un  lado  su  conducta  administrativa 
respecto  del  Estado ,  juzgada  ya  por  sus  contemporáneos,  na 


—  37     - 

cabe  duda  que  se  valió  de  cuantos  medios  estuvieron  á  su  al- 
cance, malos  y  buenos  ( hasta  contribuir  á  que  el  general  por- 
tugués Lecor  invadiese  la  Banda  Oriental  para  destruir  á  Ar- 
tigas), para  hacer  sentir  á  las  provincias  confederadas  un  sis- 
tema para  ellas  de  inaguantable  opresión .  Entre  tanto  el  odio 
á  Buenos  Aire.s  iba  Uegando  en  eUas  á  un  extremo  brutal  y  fu- 
nesto . 

«  Depues  de  la  invasión  á  Santiago  del  Estero,  Córdoba»  lo  fué 
tres  veces,  la  Rioja  lo  fué  también.  Salta  fué  abandonada  á  sus 
propios  recursos,  teniendo  al  frente  un  ejército  de  6  á  7.000 
españoles,  parto  del  cual  llegó  basta  el  Bañado,  á  10  leguas  de 
Salta  para  acá,  para  ser  destrozados  por  las  milicias  del  bravo 
Güemez;  se  envió  al  coronel  Montesdeoca  con  fuerzas  escogi- 
das de  Buenos  Aires  para  invadir  al  Entre-Rios,  aunque  fué 
derrotado  sobre  la  margen  del  Uruguay;  envíósele  luego  al 
coronel  Marcos  Balcárce,  que  lo  es  sobre  la  del  Paraná .  » 

Hasta  aquí  nuestras  anotaciones. 

Ante  la  lectura  de  las  trascripciones  anteriores,  se  hallará 
justificada  nuestra  afirmación  de  que  hoy,  en  1883  sostenemos 
los  mismos  principios  políticos  que  en  1853;  y  que  al  defender 
hoy  á  Artigas  no  hacemos  sino  repetir  lo  que  hicimos  hace 
treinta  años  al  frente  del  partido  vencedor  entonces,  que  siem- 
pre fué  su  implacable  enemigo. 


-:»í3^®e^-€*** 


J 


i 


La  inflexible  ley  moral  que  domina  en  nuestro  libro. 


Hemos  quizá  abusado  de  la  indulgencia  del  lector  con  las 
dos  extensas  trascripciones  que  anteceden,  pero  hemos  creído 
que  ese  era  el  medio  mas  eficaz  para  atestiguar  en  absoluto  la 
sinceridad  de  nuestras  opiniones,  y  la  firmeza  de  convicciones 
que  al  través  de  treinta  años  se  robustecen  cada  dia  mas  en 
nuestro  ánimo  con  el  examen  desapasionado  de  los  hechos. 

Esas  citas  son  una  explicación,  aún  mas,  una  decorosa  y 
digna  justificación  de  los  móbiles  que  nos  han  impulsado  á 
este  trabajo  desde  1881,  reuniendo  materiales  y  adelantando 
nuestra  obra  tres  años  antes  que  se  produjera  el  entusiasmo 
que  hoy  se  ha  generalizado  con  tanta  razón  en  favor  de  la 
memoria  de  Artigas.  El  fragmento  que  hemos  publicado  en 
Octubre  de  este  año  83  en  El  Siglo^  sobre  la  batalla  de  las 
Piedras  con  referencia  á  informes  que  obtuvimos  mucho  antes, 
así  lo  acreditan  también.  Esperábamos  que  nuestro  libro  con- 
tribuiría eficazmente  á  enaltecer  el  renombre  de  Artigas;  y  dos 
años  después,  cuando  nos  es  posible  darlo  á  la  imprenta,  en- 
contramos que  la  opinión  pública  ya  le  rinde  los  mas  mereci- 
dos y  calorosos  homenajes . 

Réstanos  ahora  agregar  algunas  observaciones  que  espera- 
mos serán  consideradas  como  muy  fundadas  y  justas. 

Nosotros,  como  argentinos  creemos  no  deber  subordinar 
nuestras  opiniones  á  ese  apasionamiento  exaltado  que  juzga 
como  una  traición  la  censura  de  los  actos  de  los  gobiernos  ó 
de  los  partidos  políticos  de  nuestro  pais,  tratándose  de  hechos 
relativos  á  países  y  gobiernos  estraños.  Creemos  que  no  es  la 
ciega,  la  intransigente  pasión  de  nacionalidad,  la  que    debe 


—  40  — 

predominar  en  nuestros  juicios,  y  estraviarlos  más  ó  menos 
según  sus  vehementes  impulsos. 

Seria  una  violación  de  todo  principio  de  justicia,  querer  im- 
poner al  historiador  la  obligación  de  sancionar  y  justificar  los 
delitos,  ó  los  errores  que  se  hubiesen  cometido  por  sus  compa- 
triotas, ó  por  los  poderes  públicos  de  su  pais  contra  naciones 
ó  partidos  estraños,  tan  solo  porque  son  obra  de  aquellos,  y 
por  haberse  llevado  á  cabo  en  la  región  en  que  vio  la  luz  del 
dia  el  autor. 

Nosotros  creemos  que  ante  todo  y  sobre  todo,  el  verdadero 
historiador  sólo  debe  someterse  á  los  dictados  de  la  moral  y  de 
la  justicia,  que  son  universales,  que  no  reconocen  mas  fronte- 
ras que  las  que  les  marcan  los  mandatos  del  bien  y  del  dere- 
cho; y  ser  tanto  mas  recto  y  justiciero  cuanto  mas  estrechos 
son  los  vínculos  que  pueden  ligarlo  á  los  hombres  públicos  cu- 
yos actos  examina  y  juzga,  y  cuya  residencia  y  res2)onsabili- 
dad  hace  efectivas  ante  la  severa  imparcialidad  de  la  historia. 

El  general  Mitre  en  sus  «  Comprobaciones  Históricas  »  ha 
expresado  con  su  claro  y  i)ersuasivo  estilo  este  mismo  senti- 
miento de  rectitud  inquebrantable  al  que  nosotros  adaj)tamos 
nuestro  proceder  como  una  austera  regla  de  conducta  : 

«  Si  del  patriotismo  en  la  historia  se  trata,  dice  aquel  (pági- 
«  na  206)  lo  entendemos  como  todos  los  que  escribiéndola  de 
«  buena  fe,  y  con  espíritu  libre  buscan  en  olla  la  verdad,  sin 
«  halagar  preocupaciones  propias  ni  extrañas,  ni  fomentar 
«  odios  internacionales,  y  la  dicen  con  franqueza  y  sin  temor, 
«  sea  que  favorezca  ó  no  al  pais  de  su  nacimiento,  porque  el 
«  sentimiento  conservador  de  la  nacionalidad  que  se  inspira  en 
«  el  pasado,  busca  en  la  verdad  lecciones  y  reglas  de  conducta 
«  para  el  presente  y  el  futuro,  y  no  la  estéril  satisfacción  de  la 
«  vanagloria. » 

Por  otra  parte, la  austera  verdad  histórica  vá  abriéndose  paso 
cada  dia  y  haciendo  la  rigurosa  disección  que  revela  al  fin  las 


Mimos  vínculos  entre  la  historia  Oriental  y  la 

Argentina. 


Ko  69  posible  escribir  con  lá  amplitud  necesaria  la  historia 
primitiva  del  Estado  Oriental,  sin  escribir  al  mismo  tiempo  la 
de  la  República  Argentina;  asi  como  no  es  posible  escribir  la  de 
ambas  nacionalidades  sin  hallar  á  Artigas  intimamente  Ugado 
á  ambas. 

Mas  bien  puede  decirse,  que  ambos  países  tienen  una  mis- 
mísima his'toria:  aumentándose  la  comunidad  é  identi^cacion 
de  ésta,  cuanto  mas  se  aproxima  el  historiador  á  la  época 
coloniaL 

Por  otra  parte,  si  se  quiere  conocer  bien  á  fondo  la  dirección 
de  los  sucesos  políticos  desde  la  guerra  de  lo  que  llamaremos 
prúnera  Independencia^  porque,  como  lo  hemos  dicho,  la  Repú- 
blica ha  sostenido  tres  guerras  contra  distintos  gobiernos  cada 
una  en  defensa  de  su  emancipación;  si  se  quiere  conocer  deci- 
mos, con  exactitud  y  profundidad  la  mayor  ó  menor  impor- 
tancia de  los  acontecimientos  que  se  desarrollaban  en  esta 
Banda  del  Rio  de  la  Plata,  la  grandeza  moral  de  sus  prohom- 
bres, la  lealtad  ó  la  enerjía  de  sus  gobernantes;  hay  indeclina- 
blemente que  estudiar  al  mismo  tiempo  la  historia  Argentina, 
no  solo  como  clave  ó  esplicacion  de  la  mayor  parte  de  los  su- 
cesos, sino  como  informe  capital  ó  indispensable  sobre  la  direc- 
ción inicial  y  desenlace  de  aquellos  acontecimientoH. 

No  deberá  extrañarse,  pues,  que  dediquemos  una  parte  im- 
portante en  esto  libro  á  narraciones  esencialmente  argentinas . 

Solamente  mediante  ellas  podrá  comprenderse  de  una  mane- 
ra satisfactoria  el  giro  de  los  sucesos,  y  la  influencia  que  en 


ellos  tuvieron  respectivamente  los  eatadiatas,  loa  políticos,  ó 
los  grandes  ciudadanos  y  militares  de  una  y  otra  banda. 

Por  otra  parte,  es  necesario  inculcar  bien  en  el  hecho  de  que 
la  eminente  figura  histórica  de  Artigas  se  empequeñecerla  has- 
ta cierto  panto  sise  le  redujese  álos  estrictos  límites  de  lo  que 
es  hoy  Ja  Eepiiblica  Oriental. 

Hombre  de  grandes  aspiraciones,  é  impulsado  por  móviles  y 
principios  que  debían  sucesivamente  extenderse  por  todo  el 
continente  americano,  extremeciéndolo  en  una  lucha  suprema 
para  su  definitiva  organización  política  desdo  Méjico  al  Rio  de 
la  Plata,  oscilando  entre  el  régimen  de  gobierno  unitario  y  el 
federal;  el  rol  de  Artigas  en  la  historia  americana  no  lia  sido 
todavía  debidamente  apreciado,  como  ha  de  ir  riéndolo  desde 
que  se  proyecten  á  la  luz  del  claro  día  los  hechos  y  pruebas 
que  hasta  ahora  han  permanecido  en  una  vergonzante  é  indis- 
culpable oscuridad. 

En  las  influencias  é  intereses  antagónicos  que  violentameute 
se  entrechocaban  en  toda  la  extensión  de!  antiguo  vireiuato  del 
Rio  de  la  Plata,  reconocíanse  tres  distintas  corrientes  de  opi- 
nión y  de  aspiracioiies,  que  preponderando  sobre  todas  las 
demás,  trataban  de  someterse  y  aún  extirparse  reciprocamente 
en  una  lucha  suprema. 

Las  aspiraciones  de  la  capital  de  Buenos  Aires  dominada 
por  su  oligarquía  soberbia  y  poderosa,  con  sus  ejércitos  y  sus 
grandes  recursos  bélicos,  con  su  intelijencia  superior,  con  el 
brillo  de  sus  conquistas,  pugnaban  en  este  vasto  escenario  por 
asegiu-arse  una  exclusiva  y  absoluta  preponderancia,  sin  dete- 
nerse en  medios,  casi  siempre  por  las  armas,  y  muy  rara  vez 
por  la  persuasión  ola  conciliación. 

A  su  tumo.  Artigas  representando  la  Banda  Oriental,  y 
arrastrando  tras  de  si  por  el  entusiasmo  bélico,  y  por  la  propa- 
ganda, la  población  viril  y  bravia  de  los  vastos  territorios  en 
los  cuales  surgieron  poco  después,  por  su  obra,  tres  belicosas 


-  46  — 

¡ncias, — y  la  antigua  provincia  de  Misiones,  tomóse  á 
)  partido  con  aquella  oligarquía  prepotente  de  Buenoa  Ai- 
in  qne  lo  arredrasen  la  pujanza  de  sus  gobiernos  ni  loa 
[simos  elementos  contra  los  cuales  tenia  que  luchar,  hasta 
legó  á  vencerlos  y  anularlos  en  los  hechos  y  en  las  doctri- 
lel  modo  mas  absoluto,  llevando  á  las  demás  provincias  au 
itu  emancipador. 

,  otra  entidad  opositora,  aunque  de  mucha  menor  impor- 
a  moral  y  material,  levantábase  al  otra  extremo  del  terri- 
en  las  provincias  arribeñas,  y  en  las  del  Alto  Perú,   cou- 
D  con  el  fuerte  apoyo  de  muchos  miembros  distinguidos 
longreso  de  Tucuman,  diputados  por  aquellas  y  estas;  con 
luntad  complaciente  y  decidida  del  enérgico  pero  candido 
ral  Belgrano  al  frente  del  ejército  vencedor  en  las  glorio- 
atallaa  de  Salta  y  Tucuman,  y  con  la  decisión  y  adhesión 
ran  caudillo  de  Salta,  el  general  Güemez  que  hacia  elegir 
iputados  al  grito  de  «Mueran  los  Porteños». 
Tan  diversos  pero  fuertes  elementos  aunábanse  en  una  mis- 
ma vehemente   aspiración   contra  el  predominio   de   Buenos 
Aires,  tratando  á  todo  trance  de  trasladar  la  sede  y  centro  del 
poder  de  aquella  hetereogenea  y  naciente  nación  á  la  remota 
ciudad  del  Cuaco,  la  secidar  residencia  de  los  Emperadores 
Incas  del  Perú  estableciendo  en  ella,  ó  mejor  si  era  posible,  en 
alguna  ciudad  de  las  cuatro  Intendencias  en  que  se  dividia  el 
vasto  territorio  que  forma  hoy  Bolivia;  y  en  último  caso  en  el 
mismo  Tucuman,  la  capital  del  nuevo  artiñcial  y  farsaico  Im- 
perio de  algún  cholo  ó  cuíco  descendiente  de  los  Incas. 

La  legitimidad  nacional  con  todo  sn  prestigio  naciente  for- 
cejeaba asi  al  mismo  tiempo  en  la  mayoría  del  Congreso  de 
Tucuman  compuesto  de  hombrea  eminentes  en  las  letras  y  en 
Derecho,  por  destituir  i  Buenos  Aires  de  eu  alto  rango  de  me- 
trópoli delUio  de  la  Plata,  fortaleciendo  de  este  modo  con  an 
invaloable  contingente  la  causa  de  los  reaccionarios  que  al 


—  éC  — 

Kortd  de  esa  vasta  región  desde  Salta  diiigidoB  por  Oüunez, 
hostilizaban  la  odiada  oligarquía  porteQa,^  mismo  tiempo  que 
las  del  Sud  en  el  Plata  y  Uruguay  la  combatían  dirigidos  por 
Artigas. 

Véase  como  se  expresa  el  mismo  Dr.  López  en  bu  obra  des- 
cribiendo majistralmente  este  grande  elemento  reaccionario 
Inca  robustecido  por  fuertes  prestigios  militares: 

«En  estos  momentos,  cae  derrepente  en  Buenos  Aires,  con 
mido  general  y  con  un  escándalo  profundo,  nada  menos  que 
la  proclamación  de  la  Monarquía  Constitucional  y  el  restable- 
cimiento de  la  Casa  de  los  Incas,  hecba  &  los  pueblos  por  el 
general  Belgranb,  gi>neral  en  jefe  del  ejército  Auxiliar  del 
Perú,  y  por  don  Martin  Güemez,  Gobernador  de  Salta  y  caudi- 
llo omnipotente,  diremos  asi,  de  las  provincias  del  Norte;  en 
cuyas  manos  estaba  concentrado  todo  el  entusiasmo  militar  de 
las  masas,  que,  bajo  sii  mando,  guerreaban  con  heroicidad  ycon 
éxito  contra  el  Ejército  Realista  que  procuraba  invadimos. 
El  hecho  no  tenia  duda:  venia  consignado  en  dos  proclamas 
solemnes  y  pretenciosas,  firmadas  por  ambos  jefes.  A  este 
acto  público,  habia  precedido  en  el  Congreso   de  Tucuman^  /^ 

una  discusión  sobre  la  misma  materia,  cuyos  rumores  vagos  y  i 

Casi  burlezcos  habiau  sido  mirados  con  menosprecio  en  Buenos 
Aires,  porque  los  mas  creian  que  eran  delirios  absurdos  de 
cabezas  enfermas,  que  soñaban  en  grandezas  y  gerarqula,  y  ! 

que  no  obtendrían  jamás  el  apoyo  de  la  fuerza.  Pero  la  cosa 
variaba  repentinamente  de  aspecto:  Belgrano,  aunque  algo 
desacreditado  en  la  opinión  popular,  y  mal  mirado  también 
por  los  jefes  del  partido  democrático  á  cuya  cabeza  figuraban 
Dorrego  como  hombre  de  mando  militar,  y  don  Manuel  More- 
no como  hombre  político,  era  siempre  para  la  parte  propietaria 
sensata  y  pelucoua  de  toda  la  República,  nna  gran  figura  cu- 
yas virtudes  y  sublime  probidad  hacía  que  faese  también 
una  gran  fuerza  moral,  que  pesaba  mucho  del  lado  &  que  se 


:1 


—  47  — 

inclinaba.  Ayudado  por  Güemez,  era  natural  suponer  que  al 
proclamar  la  monarquía,  habrían  r^uelto  apoyarla  con  las  ba- 
yonetas del  Ejército,  y  con  la  adhesión  de  las  masas  populares 
del  Korte.  Era  natural  también  suponer  que  e!  general  San 
Híartin  estuviera  comprometido  en  la  misma  negociación;  por 
que  todos  conocían  la  cordial  estimación  y  la  comunidad  de 
miras  que  ligaban  al  general  San  Martín  con  el  general  Bel- 
grono  y  con  el  Congreso;  y  aunque  aquel  general  nunca  hasta 
entonces,  se  hubiera  pronunciado  por  semejante   resolución  WS 

monárquica,  sino  que  por  el  contrario,  habia  hablado  siempra  '  .  í; 
(con  cierta  moderación,  es  verdad)  de  sus  principios  república-  -  v  Jj^ 
nos:  todos  conocían  también  las  destrezas  y  artificios  de  su  ^  ^ 

carácter;  y  no  era  de  suponer  que  fuese   ajeno  4   un  acto  tan  "^'^ 

avanzado  y  tan  capital  para  el  Estado,  como  la  solemne  pro- 
clamación de  la  monarquía  hecha  por  Belgrano  y  GüemeZ  á  la  '- 
cabeza  de  las  tropas.  / 

«  Natural  era,  pues,  que  el  general  San  Martín  estuviese  en 
conocimiento  previo  de  este  paso;  y  que  habiéndolo  autoriza- 
do, estuviese  también  comprometido  y  resuelto  á  apoyarlo  con 
el  Ejército  de  su  mando,  y  con  las  tres  provincias  en  que  im- 
peraba absolutamente.  Todos  estos  antecedentes  compKcaban 
también  al  Director  Supremo  del  Estado,  cuyas  conexiones 
personales  y  estrechas  con  los  otros  actores  de  esta  escena, 
eran  de  una  notoriedad  pública.  De  modo  que  resultaba  una 
gjfande  conjuración,  tramada  en  las  provincias  por  los  más  ele- 
vados personajes,  para  apoderarse  del  Poder  absoluto,  para 
eliminar  la  República,  crearse  una  monarquía  con  pingües  po- 
siciones oficiales,  y  humillar  en  definitiva  los  instintos  más 
pronunciados  del  pueblo  en  favor  de  la  democracia.» 

Hasta  aquí  el  doctor  López. 

Existía,  pues,  una  lucha  suprema  entre  esos  tres  elementos 
liostiles  y  divergentes  entre  si,  exclusivistas  y  batalladores  por 
la  misma  robustez  de  su  vitalidad,  ¿  insaciables  en  las  aspira- 


—  4S  — 

triunfo  absoluto;  por  mas  efímero  y  deleznable- 
lartido  que  públicamente  podría  llamarse  dinástico, 
ie  concluir  por  buscar  sus  reyes  en  Europa, 
í  contienda  con  sus  múltiples  faces  y  ■alternativas 
;e  interna.  Las  demás  eran  muy  subalternas  y  de 
su  mayor  parte,  banderías  de  entidades  ambicio- 
I  de  triunfos  personales. 

Lba  la  magna  lucha  con  la  poderosa  é  intratable- 
ic  sucesivamente  ara.'.gaba  por  todas  p'artes,  con 
de  Tristan,  de  Pezuela,  de  Lasema  por  el  Alto 
de  Osorío  ó  Marcó  por  Chile,  con  los  de  Abascal 
on  los  de  Murillo  y  Abisbal  por  la  peninsula,  desde 
31?. 

I  y  mortales  como  eran  esta  lucha  externa  y  estas 
•manentes,  ellas  no  bastaban  así  mismo  para  ha- 
los combatientes  déla  giieiTa  intestina  que  los 
lilitaba;  hasta  que  la  facción  del  Rey  Inca  quedó 
itre  la  burla  y  el  desprecio  popular  que  enterró 
ausa,  pero  no  sin  quedar  profundos  rencores  que 
u  mas  tarde  á  facilitar  la  desmembración  de  Ta- 
iccion  de  otras  provincias  hoy  bolivianas,  y  las 
is  ditiideucias  y  lucha  armada  con  Güemez;  que- 
jólos frente  á  frente  Artigas  con  su  bandera  fede- 
igarqnia  de  Buenos  Aires  con  su  unidad  de  réjimen 
hasta  que  esta  quedó  vencida  y  postrada  en  la  torri- 
le  Cepeda,  y  anulada  en  los  Tratados  del  Pilar,  á 
ion  y  redacción  asistía  moralmente  el  gran  caudillo 
tas  leguas  de  distancia  en  los  campos  brasileros 
vadido,  se  batia  en  esos  momentos  en  territorio- 
defensa  de  la  independencia  de  su  patria, 
adera,  pues,  cuanto  precitia  el  historiador  dar  am- 
nche  ásus  investigaciones  si  quiere  abarcar  debi- 
d,  extensión  de  esa  grandiosa  arena  política, 


-?''J.i^?^J^^^i 


_  49  — 

jdelos  Andes  al  Uruguay,  y  desde  laLagiiua  Meriu  Kaata  el 
isaguadero  sobre  el  Perú;  en  la  que  bregaban  entre  sí  los  tres 
indes  gladiadores  de  la  guerra  de  la  Independencia  sud  ame- 
ana  y  juntos  ó  separados,  á  su  vez,  con  el  colosal  atleta,  español. 
Contemplando  en  su  conjunto  ese  gran  cuadro  es  como  apa- 
le  el  general  Artigas  tal  como  es  en  realidad,  el  defensor  de 
indes  principios  políticos,  el  iniciador  de  trascendentales  re- 
mas en  la  revolución  americana .   . 

Asi  lo  vemos  nosotros  A  la  luz  de  la  fllosoíía  de  nuestra  inci- 
snte  historia,  y  no  como  han  querido  verlo  y  empequeñecer- 
sus  calumniadores  enemigos,  degradando  su  gran  rol  en  la 
¡toria  de  las  luchas  por  la  organización  política  del  Eio  de 
Plata,  y  reduciéndolo  á  las  mezquinas  proporciones  de  un 
idillejo  vulgar. 

Los  orientales  que  sepan  enaltecer  la  memoria  de  ese  grande 
mbro  y  medir  la  importancia  de  sus  hechos,  reconocerán  la 
ictitud  y  justicia  de  nuestras  vistas,  aprobando  el  criterio 
itórico  que  nos  guia  á  esto  respecto,  y  justificando  asi  la  ne- 
iidad  de  ligar  el  desarrollo  de  la  democracia  oriental  al  de 
argentina,  como  dos  raudales  que  se  bifurcan  y  apartan  na- 
indo  de  una  misma  poderosa  con-iente . 


#^ 


Artigas  ha  sido  más  calumniado  que  ningún  otro 

procer  americano. 


Entre  los  fiíndadores  de  la  independencia  americana,  muy 
xaros  son  los  que  en  la  amplitud  de  su  esfera  de  acción  relati- 
va, y  dados  los  reducidos  elementos  y  recursos  de  que  podian 
disponer  en  la  suprema  lucha  contra  la  España,  hayan  desem- 
peñado un  rol  más  influyente  que  el  general  Artigas  en  su 
doble  faz  política  y  militar,  no  solo  en  su  país,  sino  á  su  rede- 
dor sobre  todos  sus  limítrofes;  ni  que  á  la  vez  hayan  sido  víc- 
timas expiatorias  de  mas  implacables  odios,  de  más  violentas 
invectivas,  de  mas  persistentes  y  denigrantes  calumnias. 

Otro  tanto  podría  decirse  respecto  de  las  épocas  en  que  unos 
y  otros  han  predominado  ó  funcionado,  y  cuyo  desarrollo  haya 
sido  tan  mal  conocido  y  adulterado  como  la  del  General  Arti- 
gas, la  cual  nos  proponemos  hacer  resplandecer  con  la  luz  de 
la  verdad  histórica. 

Todos  los  libertadores  de  la  América  latina,  y  aun  Sajona, 
han  sido  el  blanco  de  atroces  calumnias;  pero  en  ninguno  como 
en  el  general  Artigas  se  patentiza  aquella  tristísima  verdad, 
que  evidencia  hasta  que  punto  pueden  falsificarse  los  hechos 
públicos  mas  notorios,  desde  que  se  trate  de  imponer  á  la  pos- 
teridad una  tradición  de  odios  implacables. 

Reconociendo  esa  verdad,  es  como  el  observador  imparcial 
no  puede  hoy  menos  de  asombrarse  ante  el  frió  examen  de  los 
hechos,  desde  que  ellos  revelan  de  qué  modo  el  mas  genuino  y 
fiel  representante  de  las  aspiraciones  legítimas  de  su  pueblo,  el 
mas  infatigable  y  heroico  campeón  de  sü  libertad  política,  ha 
podido  tener  á  su  frente  tantos  implacables  enemigos,  y  ha 


visto  entregado  su  nombre  y  bus  hechod  á  la  indiferencia,  al 
menos  precio,  ó  á  la  injusta  censura  de  sucesivas  generaciones . 

El  general  Artigas  dirigiéndose  á  sus  compatriotas,  liabria- 
podido  repetir  muchas  ocasiones  las  mismas  amargas  pala- 
bras con  que  el  gran  Bolívar  se  dirigía  á  los  suyos  en  Bogotá 
«  el  20  de  Enero  de  1830;  Colombianos:  He  sido  víctima  de 
«  sospechas  ignominiosas,  sin  que  haya  podiilo  defenderme  la 
«  pureza  de  mis  principios.  Los  mismos  que  aspiran  al  mando 
«  supremo,  se  han  empeñado  en  arrancarme  de  vuestros  cora- 
«  zones,  atribuyéndome  sus  propios  sentimientos;  haciéudora© 
«  parecer  autor  de  proyectos  que  han  concebido, 

«  Desengañaos,  colombianos;  mi  único  anhelo  ha  sido  el  de 
«  contribuir  á  vuestra  libertad,  y  á  la  conservación  de  vuestro 
!<  reposo:  si  por  esto  he  sido  culpable,  merezco  mas  que  otro 
!<  vuestra  indignación.  No  escuchéis,  os  ruego,  la  vil  calumnia 
«  y  torpe  codicia,  que  por  todas  partes  agitan  la  discordia.  ¿Os 
«  dejareis  deslumhrar  perlas  imposturas  de  mis  detractores? 
«  ¡Vosotros  no  sois  insensatos!  » 

Loa  grandes  ciudadanos,  antes  de  llegar  al  panteón  de  la  in- 
mortalidad tienen  que  andar  por  el  doloroso  Via  Crucis  de  to- 
da clase  de  torturas  morales  aguzadas  por  la  calumnia,  en  tan- 
to que  las  mediocridades  vejetan  en  el  tranquilo  sueño  del  ol- 
vido. 

Estudiando  imparcial  y  serenamente  los  valiosos  y  descono- 
cidos documentos  que  con  improba  labor  hemos  reunido,  y 
vamos  á  publicar,  se  reconocerá  que  hay  una  augusta  justicia 
postuma,  por  mas  tardía  que  ella  sea,  en  presentar  á  aquel  ver- 
dadero libertador  de  su  pueblo  bajo  muy  distinto  aspecto  del 
que  se  le  ha  considerado  con  el  extranjero,  y  aún  en  su  misma 
patria,  hasta  hace  pocos  años;  ya  sea  olvidando  6  amenguan- 
do sus  inestimables  servitáos  á  la  causa  de  la  libertad;  ya  se& 
denigrando  sus  altas  prendas  morales,  ya  sea  adulterando  y 
íalsí£caudo  sus  hechos . 


—  53  ~ 

A  ese  mismo  fin  tienden  nuestras  aspiraciones  y  propósitos 
en  esta  obra . 

Algunos  ilustrados  publicistas  uruguayos,  como  el  doctor 
don  Carlos  María  Ramírez  y  señores  Bauza,  De  María,  Díaz 
Frejeiro  y  Pereíra  nos  han  precedido  en  esta  labor  de  tardía 
pero  condigna  reparación,  combatiendo  con  mucho  mayores 
luces  sin  duda,  y  con  palabra  más  autorizada  que  la  nuestra,  la 
herencia  de  odios  y  de  desprestigio  que  pesaba  sobre  el  nom- 
bre del  vencedor  do  las  Piedras. 

Pero  si  bien  encontramos  facilitada  y  autorizada  esta  tarea 
por  las  valiosas  publicaciones  á  que  nos  referimos,  croemos  po- 
der asegurar  sin  pretenciosas  reservas,  que  ninguna  de  aque- 
llas ha  podido  tener  las  condiciones  de  incontestable  docu- 
mentación histórica  y  extensión  á  ampliación  de  pruebas,  que 
revestirá  la  nuestra,  debido  á  la  solicita  pereeverancia  con  que 
desde  muchos  años  á  esta  parte  venimos  dedicándonos  al  estu- 
dio de  aquella  época,  á  la  consecución  de  importantísimos  do- 
cumentos aqiií  y  en  la  República  Argentina,  y  á  la  persistente 
investigación  de  las  verdaderas  causa^  que  produjeron  sus 
principales  acontecimieiítos  ■ 

Nuestro  libro  no  podrá,  pues,  sobresalir  por  los  actractivos  ó 
méritos  de  un  trabajo  rigtirosamente  histórico,  elaborado  y 
realzado  con  altos  dotes  literarios  de  que  carecemos,  como  los 
que  hermosean  algunas  de  las  publicaciones  que  se  han  dedica- 
do tanto  á  combatir  y  á  denigrar,  como  á  defender  los  hechos 
del  general  Artigas. 

Será  solo  el  fiel  reflejo  de  la  época  que  fotografía. 


-«*»~=ÉSie-í*»" 


El  historiador  debe  afirmar  con  pruebas 
complacencia  al  contribuir  á  una  gra 
de  Justicia. 


Croemos  que  una  de  la»  mas  excelentes  é  indispeí 
lidades  del  historiador  es  observar  con  escnipolos 
la  linea  divisoria  entre  las  conjecturas  que  puede 
las  pntebas  que  puede  presentar,  sobre  todo,  tra 
combatir  las  opiniones  mas  generalmente  admitida 
zandolas  con  la  suya  propia. 

Pero  nosotros  creemos  tener  derecho  ala  confían 
del  lector,  porque  siendo  parcos  en  todo  género  de 
de  afirmaciones  extremas,  nunca  intentaremos  prt 
inferencia  nuestra  como  un  hecho;  y  porque  des( 
apartemos  de  aqueUas  opinionee  admitidas  por  ofr 
haremos  presentando  pruebas  y  fundamentos  qi 
completa  razón  en  el  ánimo  de  los  hombres  imparc 

Pero  a!  mismo  tiempo  que  pedimos  al  público  un 
indulgencia  para  nuestro  modesto  ensayo,  no  creem' 
reos  de  una  censurable  petulancia  al  pretender,  con 
dicho  antes  que  nuestra  publicación  es  la  primera  i 
tara  mas  amplios  justificativos  oficiales,  auténticos 
bles  de  nuostrfis  afirmaciones;  abundando  ou  pnieb 
ta  hoy  eran  desconocidas  para  los  mismos  oriuntíib 
que  seria  poco  menos  que  un  delito  dejar  por  mas 
la  oscuridad  ó  en  el  olvido .  No  todos  puedeu  estar 
de  conocer  la  historia  de  su  paia;  pero  es  justo  y  ne 
se  sepa  cuiíuto  hay  en  ella  de  digno,  de  lionoral 
patria. 


—  56  — 

La  historia  del  general  Artigas  ea  la  historia  de  sn  pueblo» 
con  todas  sus  glorias,  con  sus  cruelessacrificios,  con  sus  inmen- 
sas desgracias;  con  su  fatal  inexperencia,  con  su  indomable 
soberbia,  con  su  triste  y  sombrío  eclipse. 

Al  publcar  pues,  aquellos  documentos,  con  tribuimos  también 
á  complementar  la  historia  hasta  hoy  en  mucha  parte  descono- 
cida de  este  pueblo  tan  pequeño  por  su  población,  tan  grande 
por  sus  hechos. 

Por  otra  parte,  queremos  también  contribuir  con  nuestro 
leal  contingente  á  justificar  y  robustecer  con  testimonios  in- 
contestables la  simpatía  que  de  algunos  años  d  esta  parte  ha 
principiado  á  dispensársele  á  Artigas  en  la  tierra  de  su  naci- 
miento, como  deuda  de  legitima  gratitud  nacional,  acaso  como 
ofrenda  de  apasionado  patriotismo;  sin  darse  cuenta  en  muchos 
casos  sus  mismos  defensores  y  apolojistas,  de  que  liahia  hechos 
y  pruebas  superabundantes,  que  ellos  mismos  no  conocían,  con 
las  que  se  podía  justificar  y  enaltecer  el  prestigio  de  que  se  ha 
comenzado  á  rodear  su  nombre. 

Hechas  estas  francas  declaraciones,  nos  quedará  la  legitima 
satisfacción  de  haber  contribuido  con  nuestros  humildes  tra- 
bajos preliminares  de  observación  y  recopilación,  á  un  gran- 
de acto  de  justicia  nacional  respecto  de  Artigas,  rindiendo  un 
reclamado  homenaje  á  la  memoria  del  heroico  guerrero  de  la 
Independencia,  del  defensor  abnegado  de  su  pueblo,  del  inicia- 
dor consciente  del  sistema  de  Gobierno  federativo  que  tardo  ó 
temprano  ha  de  imperar  en  todas  las  repúblicas  americanas,  y 
■  aún  en  el  Imperio  vecino,  contribuyendo  á  la  fraternidad  poli- 
tica,  y  mutua  defensa  de  todas  aquellas,  como  naciones  inde- 
pendientes unas  de  otras 

En  pos  de  nosotros,lo  esperamos,  vendrán  otros  historiadores 
asi  como  algunos  de  los  que  nos  han  precedido,  que  utilizarán 
nuestros  trabajos,  y  á  los  que  nos  será  muy  grato  haber  facili- 
tado su  ardua  labor,  cooperando  á  ella  con  la  tarea  modesta 


—  57  — 

que  nos  hemos  asignado  al  dedcorrer  una  parte  del  velo  que 
durante  tantos  años  ha  ocultado  la  historia  primitiva  de  los 
orientales,  y  envuelto  en  espesas  y  oscuras  nieblas  la  borrascosa 
aurora  de  su  independencia. 

Una  luz,  como  dice  Littré,  sean  cuales  fuesen  las  manos  que 
la  lleven,  proyecta  á  su  alrededor  los  rayos  de  su  claridad. 

Nuestro  ensayo  hará  esa  luz. 


^HinraH^ 


í 


El  general  Mitre  y  nosotros  contra  el  doctor  López. 


Loa  detractores  del  general  Artigas,  tanto  argentinos  como 
orientales,  no  solo  no  han  querido  procurar  algunos  documen- 
tos auténticos  é  impareialea  para  fundar  ó  paliar  de  aigun  mo- 
do su  aborrecimiento  y  sus  calumnias  contra  aquel,  sino  que 
hasta  han  prescindido  arbitrariamente  de  los  mismos  que  se 
les  presentaban  á  la  vista,  cuyo  testimonio  podria  reveíar  la 
inexactitud  de  sus  asertos,  ó  la  incorregible  parcialidad  de  sus 
juicios. 

La  calumnia  histórica  tiene  también  su  dictadura  irrespon- 
sable, y  esa  la  han  ejercido  sin  medida  ni  escrúpulos. 

En  general,  es  asi  como  aquellos  historiadores  han  escrito 
sobre  Artigas  y  la  Provincia  Oriental,  dejando  correr  la  pluma 
envenenada  en  reprensibles  y  ciegas  antipatías,  sin  tomarse  el 
mas  leve  empeño  en  fundar  sus  afirmaciones  con  la  autoridad 
de  algunos  comprobantes  auténticos  ó  respetables. 

El  mismo  general  Mitre,  tan  eminente  por  su  ilustración  y 
competencia  corrió  historiador,  ha  censui'ado  acerbamente  ese 
método  tan  falaz  de  escribir  la  historia,  (que  el  mismo,  senti- 
mos tener  que  decirlo,  ha  adoptado  á  su  tumo  no  pocas  veces) 
enrostra  al  doctor  López  tan  grande  defecto  en  sus  Njuítaa 
Comprobaciones  históricas,  capítulos  1°,  13  y  17  en  los  t<írminos 
siguientes: 

«  Ta  se  vé  por  estas  muestras  cuan  diferente  es  la  lüstoria 
«  real  de  las  historias  pseudo-filosóücas  que  se  emancipan  lias- 
«  ta  de  los  documentos  impresos .  » 

Y  en  otra  parte: 

«  Negar  la  cooperación  recíproca  en  la  obra  constanto  de  la 
«  labor  histórica,  en  que  todos  somos  obreros  en  la  medida  de 


—  60  - 

«  nuestras  fuerzas,  con  la  cooperación  del -tiempo,  es  incnrrir 
«  en  la  aberración  del  Tostado,  que  pidió  al  Rey  que  mandase 
«  quemar  todos  los  libros  que  no  fuesen  los  suyos,  porque  todo 
<c  estaba  encerrado  en  sus  volúmenes . 

o  En  tal  estado,  y  por  tal  criterio,  la  discusión  no  tiene  cam- 
<c  po  y  la  polémica  no  dá  nada  de  si;  la  historia  no  adelanta  un 
«  paso,  y  los  caracteres  se  rebajan,  comprometiendo  la  digni- 
r.  dad  y  el  buen  gusto  de  las  letras  y  hasta  la  noble  cultura  del 
«:  espíritu.» 

<c  Y  si  se  piensa  (dice  en  otra  parte  el  general  Mitre)  que 
«con  esta  liviana  documentación,  y  sin  consultar  un  solo  docu- 
«  mento^  se  ha  pretendido  historiar  y  esplicar  los  hechos  más 
«  trascendentales  de  la  revolución  que  decidieron  de  sus  desti- 
«  nos;  que  sobre  esa  tradición  mal  interpretada  se  ha  pretendió 
«  do  hasar  unaffiísrra  con  d  Portugal^  en  la  mal  nunca  sepeyísb  (*) 
«  que  se  ha  supuesto  un  abandono  de  la  expedición  al  Perú  y 
<c  una  ruptura  de  la  alianza  argentino-chilena,  un  ultraje  al 
c  general  San  Martin  por  su  gobierno,  y  una  disidencia  de 
«  ideas  políticas  y  militares  entre  este  y  el  Director  Pueyrre- 
<;  don,  en  puntos  que  afectaban  la  suerte  de  la  América;  la  que 
«  por  fortuna  nunca  existió;  entonces  se  verá  que  la  máxima  de 
<<  Pero  Grullo,  que  hemos  recordado  en  otra  ocasión,  tiene  aquí 
«  nuevamente  su  aplicación  oportuna:  <da  historia  no  puede  es- 
:  rrihirse  sin  documentos j  y  menos  aún  por  informaciones  orales 
<  ó  intuiciones  contrarias  ádlos.» 

Perdónesenos  si  somos  algo  extensos  en  nuestras  trascrip- 
ciones, yendo  á  buscarlas,  tal  confianza  abrigamos  en  la  justi- 
cia <le  la  causa  que  defendemos,  en  el  arsenal  mismo  do  nues- 
tros adversarios. 


(*)  La  guerra  que  Pueyrredon  aparentaba  querer  iniciar  contra  el  Por- 
tugal por  su  conquista  del  Estado  Oriental,  engañando  así  al  pueblo  ar- 
gentino, indignado  contra  el  por  su  inicua  tolerancia  y  complicidad. 

Neta  dd  autor* 


^  61  — 

A  la  vez  que  damos  asi  mayor  interés  á  este  estudio  que  re- 
sume la  sustancia  de  las  comprobaciones  que  hemos  acumulado 
en  el  texto  de  la  obra,  creemos  que  tratándose  de  una  grande  ó 
indisputable  autoridad  intelectual  y  moral  como  lo  es  el  gene- 
ral Mitre,  conviene  robustecer  nuestras  impugnaciones  al  doc- 
tor López  y  á  sus  discipulos  más  fieles  é  imitativos  como  el 
doctor  Borra,  haciendo  valer  los  juicios  y  opiniones  de  aquel 
eminente  historiador,  coincidentes  en  todo  con  las  nuestras 
respecto  de  unos  mismos  sucesos . 

El  general  Mitre,  aunque  también  muy  adverso  á  Artigas, 
sometiéndose  á  esa  crónica  pasión  del  localismo  de  raza,  que 
no  pocas  veces  en  nuestras  guerras  civiles  del  53  al  70  lo  cegó 
como  procer  y  como  jefe  del  mismo  tradicional  partido  políti- 
co á  que  pertenecieron  todos  los  enemigos  de  Artigas,  trata 
cuando  menos  de  procurar  para  sus  afirmaciones  alguna  sem- 
blanza de  pruebas,  no  emitiendo  juicios  decisivos  y  absolutos, 
sin  dejar  de  procurar  algunos  justificativos  en  que  fundarlos. 

Evidenciando  de  este  modo  un  espíritu  y  tendencia  reflexiva 
y  justiciera,  conatos  de  leatad  y  equidad,  que  esperamos  lo 
harán  modificar  con  el  tiempo  y  ante  las  pruebas  que  presen- 
taremos muchos  de  sus  involuntarios  errores  de  apreciación,  la 
opinión  del  general  Mitre  debe  tenerse  en  mucha  cuenta  en 
los  grandes  debates  históricos,  desde  que  él  no  pretende  por  lo 
general,  imponerse  como  el  doctor  López  en  el  juicio  del  lector, 
sino  convencerlo  con  las  pruebas  que  exibe. 

No  se  estrañe,  pues  que  hagamos  valer  con  tanto  empeño 
las  opiniones  de  aquel  al  respecto,  desde  que  eUas  son  coinci- 
dentes con  las  nuestras  en  cuanto  al  arbitrario  y  fantástico  sis- 
tema de  escribir  historia  patria  observado  por  el  doctor  López, 
y  desde  que  ellas  cooperan  en  este  caso  á  evidenciar  á  todas 
luces  entre  tantos  otros  ejemplos,  la  sin  raaon  y  falacia  de  los 
cargos  que  se  le  hacen  al  general  Artigas  por  su  mas  violento 
¿implacable  calumniador,  abrogándose  en  "fello  espontánea- 


—  62  — 

mente  la  odiosa  misión  de  erijirse  en  el  heredero  forzoso  y  re- 
vindicador  de  los  feroces  rencores  de  1814  al  20. 

Véase,  pues,  como  se  expresa  el  general  Mitre  en  sus  «Nue- 
ras Comprobaciones»,  juzgando  la  obra  del  Dr.  López: 

«  Por  eso  la  historia  se  modela  sobre  la  vida,  como  el  bronce 
«  en  fusión  en  el  molde  en  que  se  vacia;  y  así  como  sin  docu- 
«  mentos  no  j^uede  escribirse  historia,  y  sin  metal  no  pueden 
«  fundirse  estatuas,  sin  historia  de  hechos  documentados  y 
<c  bien  comprobados,  no  es  posible  escribir  su  filosofía,  (pági- 
<c  na  20'. 

« No  es  la  brevedad  lo  que  le  hemos  tachado,  cuando  dos 
veces  en  siete  renglones,  le  hemos  señalado  catorce  errores  ca- 
pitales— como  desj)ues  le  señalaremos  cincuenta  errores  en  so- 
lo cinco  páginas, — sino  el  de  no  haberse  ajustado  á  la  verdad 
histórica,  haciendo  caber  tan  grandes  errores  en  tan  corto 
espacio:  de  tal  manera  que  el  contenido  es  mayor  que  el  conti- 
nente, (ptig.  26) 

«La  historia  de  la  Revolución  Argentina  »  es  una  obra  que 
ha  brotado  de  la  fuente  nativa  de  una  cabeza  pensador «,,  aun- 
que no  muy  bien  equilibrada  en  sus  facultades,  con  tendencias 
á  buscar  en  los  hechos  su  causa,  su  significado  y  su  correlación 
necesaria. 

Como  producto  intelectual,  es  espontáneo,  y  revela  aptitud  y 
meditación  para  encarar  de  hito  en  hito  la  múltiple  vida  na- 
cional y  sus  pavorosos  problemas  de  un  punto  de  vista  nuevo, 
y  á  veces  profundo,  supliendo  con  la  adivinación  lo  qice  le  falta 
en  información.  De  aquí  resurge  un  sentimiento  de  patriotis- 
mo indígena,  opuesto  á  un  amplio  espíritu  filosófico,  que  ins- 
pirándole a  veces  bien,  lo  extravía  otras  por  sendas  estrechas 
y  oscuras,  encerrándolos  en  espaxiios  limitadísimos,  sin  hori- 
zontes y  sin  luz.  Su  tendencia  es,  en  realidad,  mas  bien  poKtica 
que  filosófica,  —  participa  de   las  pasiones  del  pasado,  que 


y 


—  63  — 


«destiñe  en  sus  páginas  su  no  apagado  colorido: — tiene  las 
preocupaciones,  los  enconos,  la  parcialidad,  las  repugnancias 
instintivas  y  el  exclusivo  criterio  retrospectivo  de  las  memo- 
rias contemporáneas,  imprimiéndole  este  sello  peculiar,  sus  es- 
cursiones  anecdóticas  y  los  recuerdos  orales  que  evoca  y  repro- 
duce casi  á  la  letra.  Su  hilo  conductor  al  través,  de  los  sucesos, 
es  la  tradición,  interpretada  por  la  intuición,  que,  según  el  sis- 
tema psicológico  de  Kant,  se  forma'en  su  mente  por  sensación 
despertada  co'n  la  lectura  de  les  documentos  impresos  «sparoi- 
dos  en  periódicos  principalmente,  según  puede  deducirse  de  lo 
q^ue  él  mismo  dice .  Sus  juicios  reflejan  la  intolerancia  política 
de  la  época  de  la  luáia  de  los  partidos  históricos^  que  pretenden 
imponerse  sin  contradicción,  lo  que  oscurece  su  fina  y  natural 
penetración;  y  participan  del  carácter  retrospectivo  que  le  he- 
mos señalado:  á  veces  son  irritantes  para  la  serena  imparciali- 
dad de  los  presentes,  y  á  menudo  pecan  por  falta  de  medida  ó 
equilibrio  moral.  Exagera  por  demás  las  mediocridades  de 
uno  de  los  bandos,  que  los  documentos  originales  van  reducien- 
do á  sus  verdaderas  proporcionas,  no  obstante  que  algunas  ga- 
nen en  ser  vistas  de  cerca .  Incurre  en  el  mismo  defecto  cuan- 
do se  ocupa  de  los  hombres  superiores  del  otro  bando  en  bien 
ó  en  mal,  ya  se  abandone  al  lirismo  filosófico,  ya  pronuncie  un 

fallo  sin  apelación»,  (pág .  42) 

-*••••■•••■*•■••#•••« •••••••••••••  >••.•■.••.•.*»••.••• 

«  Por  eso  dijimos  y  escribimos  más  de  una  vez  al  doctor  don 
Juan  Maria  Gutiérrez, — el  debe  conocer  las  cartas,  puesto  que 
ha  tenido  ó  tiene  su  archivo.  —  «  ¡  Lástima  que  con  tan  bellas 
dotes  de  historiador,  escriba  sin  documentos,  y  asegure  con 
tanta  frecuencia  lo  contrario  de  lo  que  los  documentos  dicen  y 
prué}an, »  (pág.  44) .  , 

■«•••••.  •.•••..•••■..•.••.•...•%••••■•••••.......••••« 

«  Los  hombres  que  nos  presenta  el  señor  López  en  su  histo- 
ria, son  recortados  en  un  papel  blanco,  sin  ningún  rasgo  que 


—  64    - 

compruebe  la  autenticidad  del  perfil.  El  los  hewe  hablar  y  ges- 
ticular según  una  tradición  inconsistente  con  sus  propios  tes- 
timonios escritos,  desprovista  de  lógica  y  licusta  de  todo  sentido 
(pág.  360). 

«  Tal  es  el  cuadro  que  el  señor  López  nos  ojfrece  alumbrado 
por  el  candil  de  Tagle,  que  es  una  de  sus  autoridades  históri- 
cas, á  quien  presenta  como  á  un  Richelieu  ó  á  un  Talleyrand 
aforrado  en  un  Maquiavelo  digno  de  figurar  en  el  retablo  de 
Maese  Pedro . » 

«  La  historia  no  puede  escribirse  por  tanteos,  alumbrándola 
con  candilejas,  como  las  representaciones  de  títeres  donde  figu- 
ran muñecos  de  fantasía: — la  lámpara  del  estudioso,  á  cuya 
luz  se  leen  sus  documentos  y  se  destacan  en  sus  páginas  sus 
hombres  tales  como  fueron,  in  animo  é  factis,  es  la  única  que 
disipa  las  sombras  del  pasado  y  de  la  mente,  proyectando  sus 
resplandores  en  el  tiempo . »  (pág .  352) . 

Con  las  trascripciones  que  anteceden  reconocerá  el  lector  im- 
parcial que  son  mas  que  suficientemente  autorizadas  nuestras 
afirmaciones  y  censuras  al  plan  observado  por  el  doctor  López 
en  la  confección  lírica  de  su  Revolución  Argentina^  verdadero 
miraje  histórico,  tan  admirable  por  sus  bellos  tintes  y  precio- 
sos contomos,  como  efímero  ante  la  firme  refracción  de  la  ver- 
dad, en  cuanto  se  relaciona  con  Artigas  y  la  historia  Oriental . 


Filiación  genealógica  de  la  obra  del  Dr.  López 


Permítasenos  ahora  presentar  algunas  explicaciones  pre- 
ventivas muy  oportunas  sobre  el  origen  remoto  y  muy  poco 
conocido  para  la  mayoría  de  los  lectores,  de  la  exaltación  y 
violencia  de  opiniones  de  ese  ilustradísimo  escritor. 

Entre  los  detractores  mas  violentos  y  sistemáticos  de  Arti- 
gas, el  doctor  López,  ocupa  sin  duda  el  primer  lugar  con  su 
importantisima  obra  sobre  la  Sevoliicion  Argentina,  cuya  es- 
tructura y  espíritu  iia  delineado  tan  gráficamente  el  general 
Mitre,  que  solo  viene  en  segundo  lugar  como  difamador  y  ad- 
versario del  jefe  oriental. 

En  su  edad  madura  sin  ningún  previo  examen  ni  nueva 
comprobación  el  doctor  López  no  ha  hecho  sino  reproducir  y 
remodemar  como  infalibles  en  su  resurrección  momificada,  las 
versiones  calumniosas,  las  imputaciones  y  malos  juicios  sobre 
Artigas  que  oyó  acentuar  en  su  niñez  y  en  su  primera  juven- 
tud, en  el  hogar  paterno,  como  un  articulo  de  ciega  fé. 

El  padre  del  doctor  López,  el  venerable  doctor  López  y  Pla- 
nes, fué  en  1811  y  12  uno  de  los  Secretarios  de  Estado  del  pri- 
mer Triunvirato  de  que  formaba  parte  don  Manuel  Sarratea, 
comerciante  y  hombre  hábil  é  instruido,  diplomado  déla  noch» 
á  la  mañana  como  Capitán  General,  y  general  en  jefe  del  ejér- 
cito patriota  de  la  Banda  Oriental,  el  mismo  Sarratea  que  tan- 
to hostilizó  á  Artigas  hasta  que  éste  consiguió  expulsarlo  del 
ejército  sitiador  de  Montevideo  junto  con  algunos  jefes  y  ofi- 
ciales de  su  adhesión  personal. 

Conviene  de  paso  no  olvidar  que  es  el  mismo  Sarratea,  quien. 
mas  tarde  en  1819,  vengó  algunos  de  los  agravios  de  Artigas, 
inferidos  por  él  mismo  en  parte,  abriendo  el  ignominioso  pro- 


V: 


—  66  — 

ceso  del  Congreso  y  de  todos  los  miembros  del  Directorio  de 
PueyíTedon,  que  tanto  hostilizó  á  aquel;  presentándolos  coa 
pruebas  incontestables,  incluso  al  mismo  doctor  López  y  Pla- 
nes, miembro  del  Congreso  de  1818,  como  traidores  á  la  patria, 
por  mas  que  este  hubiese  salvado  su  voto  en  algunos  puntos 
de  la  sanción  dada  al  inicuo  tratado  con  los  portugueses,  se- 
gún nosotros  mismos  lo  hicimos  constar  en  cuanto  al  doctor 
López  en  una  de  nuestras  anotaciones  á  la  obra  de  Parish  en 
1853.  (1) 

En  181B  el  doctor  López  y  Planes  estuvo  siempre  al  lado 
del  encarnizado  enemigo  de  Artigas,  el  Director  Supremo  ge- 
neral Alvear,  de  quien  se  mostró  tan  decidido  partidario  que  á 
la  caida  de  éste,  fue  cruelmente  perseguido,  metido  en  la  cár- 
cel, y  aun  sino  estamos  mal  informados  se  le  intentó  engrillar 
junto  con  tantos  otros  adictos  de  Alvear,  deiTOcado  del  poder 
por  el  gran  pronunciamiento  iniciado  con  la  sublevación  del 
general  Alvarez  Thomás  en  Portezuelas. 


(1)  Kos  es  muy  grato  poder  evidenciar  después  de  treinta  años  de  tras- 
curso, la  identidad  de  nuestras  opiniones  respecto  de  estos  grandes  inci- 
dentes liistóricos.  Por  otra  parte,  la  lectura  de  la  siguiente  anotación 
escrita  por  nosotros  hace  tantos  años,  en  la  obra  indicada  de  Parisb 
tiene  un  interés  directo,  y  se  relaciona  intimamente,  con  el  desenvolvi- 
miento de  los  sucesos  de  que  nos  vamos  k  ocupar,  demostrando,  de  parte 
de  Al  tigas  firmeza  y  lealtad  &  los  principios  republicanos,  y  de  parte  de 
sus  enemigos  y  calumniadores  la  vacilación,  la  duplicidad,  las  complici- 
daíles  monarquistas,  ó  la  defección  á  la  Independencia  Americana. 

Decíamos  asi: 

"A  consecuencia  del  articulo  7.  ®  de  la  anterior  Convención  se  levantó 
por  orden  del  gobernador  de  Buenos  Aires,  Sarratea,  un  proceso,  que 
como  se  dice  en  él:  "comprende  lo  relativo  al  delito  de  alta  traición  de 
que  es  acusado  el  Congreso  y  Directorio.  Por  cuerdas  separadas  sedarán 
los  que  deben  formarse  particularmente  sobre  la  última  rebelión,  robos 
públicos, y  quejas  privadas  que  ocurran." 

"De  ese  proceso  se  aclararon  algunas  iniquidades.  Una  de  ellas  un 
tratado  secreto  con  Portugal  por  el  que  se  entregaba  á   Artigas,  que  mal 


-  67  — 

El  mismo  doctor  López  y  Planes  fué  también  desde  1816  al 
17  influyentísimo  Ministro  de  Gobierno  del  Director  Supremo, 
general  Pueyrredon,  el  enemigo  mas  acérrimo  é  implacable  de 
Artigas  y  de  la  misma  Provincia  Oriental,  como  lo  evidenciare- 
mos mas  adelante;  tomando  el  doctor  López  y  Planes,  como  era 
consiguiente,  una  parte  activísima,  á  pesar  de  su  moderación 
enpoliticay  elevación  de  ideas,  en  todos  los  trabajos  y  tenta- 
tivas, que  se  llevaron  á  cabo  para  someter  á  los  orientales,  pa- 
ra hostilizar  á  Artigas,  y  en  último  caso,  para  facilitar  la  in- 
vasión y  la  conquista  portuguesa.  Firmó  así  mismo  los  decre- 
tos de  proscripción  que  tanto  desprestigiaron  el  gobierno  de 
Pueyrredon . 

Y  como  si  esto  no  bastase  para  convertir  en  una  apasionada 


ó  bien  defendía  la  Banda  Oriental,  á  los  portugueses,  obligándose  per  el 
artículo  3.  ^  el  gobierno  de  las  Provincias  Unidas  "á  retirar  inmediata- 
mente todas  las  tropas  que  con  sus  respectivas  municiones  de  guerra 
hubiese  mandado  en  socorro  de  Artigas;  y  á  no  prestarle  en  lo  ñituro 
auxilios  algunos  de  cualquier  aprecio  y  denominación  que  sean;"  y  por 
último  á  pedir  la  cooperación  de  fuerzas  portuguesas  en  el  caso  que  Ar^ 
ligas  se  asilase  al  territorio  Argentino,  del  que  se  le  débia  expulsar. 

"Once  de  los  artículos  de  este  tratado  debianser  conservados  secretos, 
bajo  pena  de  muerte,  hasta  para  el  misino  Director  del  Estado,  si  los  des- 
cubriese, obligándose  el  gobierno^e  las  "Provincias  Unidas  "á  contradecir 
de  un  modo  solemne  y  comprometiendo  su  dignidad,  si  fuera  preciso,  la  exis- 
tencia de  tales  arñcuJos" 

Felizmente  para  la  dignidad  del  Congreso,  que  el  10  de  Diciembre  de 
1817  discutió  y  sancionó  este  tratado,  hubieron  algunos  diputados  que 
salvaron  su  voto  en  todo  ó  en  parte:  los  doctores  Maza,  Zudañes,  Vi- 
cente López,  Teodoro  Bustamante,  Matias  Patrón,  Dean  Zavaleta  y  Pe- 
dro Araoz. 

„  Resultaron  también  del  proceso  dos  ó  tres  traiciones  ó  entregas  de 
Buenos  Aires,  á  poderes  estraños» 

„  Una  sobre  la  coronación  de  un  príncipe  de  la  casa  de  Braganza  en 
„  calidad  de  monarca  de  las  Provincias  Unidas,  con  Sujeción  á  la  Cons- 
„  titucion  que  el  Soberano  Congreso  le  presentcure .  " 

(Nota  reservada  del  director  Pueyrredon  á  éste,  fecha  19  de  Noviembre 
de  1816),  y  otras  sobre  coronación  del  duque  de  Luca,  protejido  por  la 
Francia. 


—  68  — 

y  rencorosa  tradición  de  familia  el  odio  inveterado  á  Artigas, 
la  señora  madre  del  doctor  Lope:á  y  Planes  era  hermana,  si  no^ 
estamos  mal  informados,  ó  parienta  muy  próxima,  del  tenien- 
te gobernador  de  Misiones,  don  Bernardo  Pérez  y  Planes,  que 
tanto  hostilizó  al  coronel  artiguísta  Blas  Basualdo,  hasta  que 
este  consiguió  derrotarlo,  tomarlo  prisionero,  y  conducirlo  al 
campamento  de  Artigas . 

Desde  1811,  Planes  habia  revelado  contra  Artigas  grande 
rencor,  difamándolo  de  todos  modos,  sublevándole  algunos  par- 
tidas oficiales  y  ulteriormente  en  1813  tomó  parte  en  varias 
agresiones  contra  los  subalternos  de  ésto,  llegando  hasta  fusir 
lar  bárbaramente  algunos,  como  se  acredita  por  el  párrafo  si- 
guiente de  una  nota  del  general  Artigas  al  Gobierno  de  Bue- 
nos Aires  fecha  19  de  Junio  de  1813,  en  que  se  expresa  así: 


„  Agregúese  ¿  esto  lo  siguiente: 

„  El  doctor  don  Antonio  Saenz,  diputado  por  Buenos  Aires  al  Con- 
greso de  Tucuraan,  en  su  informe  á  la  Junta  Electoral  de  Buenos  Aires 
fecha  1.*^  de  Febrero  de  1817  decia: 

„  A  los  diputados  por  Buenos  Aires  no  les  "  fm  difícil  reunir  la  gtr 
tieralidad  de  dictámenes  á  favor  de  la  monarquía  constitiicionaL  Los  diputa- 
dos de  Córdoba,  de  Salta  y  casi  todos  los  del  Perú  hicieron  formal  em- 
peño para  que  al  mismo  tiempo  se  declarase  por  capital  al  Cuzco,  y  se 
pusiese  la  dinastía  en  la  familia  de  los  Incas.^ 

„  Todo  esto  pudiera  llamarse  criminal  en  extremo,  si  no  rayara  en 
irracional  absurdo.  ¡Incomprensible  anomalía! 

„  Los  pueblos  todos  de  la  República,  porque  en  eso  fraternizaban,  no 
tenian  otro  Dios  que  la  patria,  la  libertad,  el  republicanismo,  el  odio  k 
los  Reyes,  porque  rey  era  el  de  España,  inoculados  con  el  entusiasma 
santo  de  las  batallas  mas  encarnizadas  de  la  guerra  de  la  independencia, 
se  entregaban  &  la  embriaguez  de  su  emancipación  casi  salvaje.  Los 
triunfos  de  Alvear,  Belgrano,  San  Martin,  las  proezas  personales  casi 
increíbles  de  Artigas,  Rivera,  Diaz  Veles,  Lavalle,  Güemez,  Arias,  Bal- 
caree,  Pacheco,  La  Madrid,  Brandzen,  Brown,  Moldes,  Aldao,  tenian  en- 
candecida de  orgullo  la  imaginación  de  los  pueblos  que  veian  derrotados 
de  este  modo  á  los  españoles  vencedores  de  Napoleón;  y  pretender  en- 
tonces que  los  cabalgase  un  Duque  de  Luca,  ó  un  Príncipe  Portugnesf 

yy  ¡Pobres  hombres  de  talento!  " 


—  69  — 

«  Bendecía  mi  providencia  por  este  homenaje  rendido  al 
amor  de  la  paz,  cuando  el  sub-delegado  Planes  reuniendo  la 
fuerza  del  departamento  de  Yapeyú,  y  convocando  la  de  Con- 
cepción, marcha  y  se  acampa  en  el  Miriñay,  llevando  su  alarma 
hasta  Mandisovi:  imparte  sus  órdenes  y  publica  la  discordia^ 
metiendo  en  el  rol  de  reos  á  cuantos  sirviesen  bajo  mis  órde- 
nes .  En  consecuencia  son  arrestados  en  su  pasage  á  Yapeyú 
Tin  capitán  y  un  sirviente,  y  sin  otro  proceso,  pasados  al  mo- 
mento por  las  armas . » 

Se  comprenderá  así,  con  lo  que  dejamos  expuesto,  como  el 
doctor  don  Vicente  Fidel  López  conserva  inalterable  la  tradi- 
•cion  de  odios  que  heredó  de  sus  respetables  mayores . 

El  eminente  doctor  don  Vicente  López  y  Planes,  de  carác- 
ter sobremanera  apacible  pero  demasiado  dócil  á  las  imposi- 
ciones de  la  tiránica  política  directorial,  prestó  importantísi- 
mos servicios  á  la  patria  como  ciudadano  abnegado  y  leal  re- 
público, pero  arrebatado  como  tantos  otros  por  la  impetuosa 
corriente  del  fanatismo  político  de  la  Comuna  porteña,  de  que 
aveces  habla  su  mismo  hijo  co^^  reprobación,  fué  también  par- 
ticipe y  sostenedor  acérrimo  de  la  política  opresora  que  se  im- 
ponía á  todo  trance  á  las  provincias  por  algunas  facciones  im- 
perantes en  Buenos  Aires,  no  tanto  por  derecho  de  conquista, 
sino  á  título  únicamente  de  disponer  de  mayor  fuerza,  de  ma- 
yores recursos,  y  de  mayor  ilustración . 

Con  estos  títulos  tan  sospechosos  y  cuestionables  ante  la 
igualdad  republicana  que  se  proclamaba,  como  el  sagrado  dog- 
ma de  la  revolución  de  Mayo,  y  ante  la  justicia  y  la  moral  po- 
lítica de  cualquier  época^  muchos  ríjidos  pero  candidos  patrio- 
tas como  el  doctor  Lapez,  se  escandaUzabcyi  é  indignaban  ante 
las  resistencias  provinciales. 

De  este  modo,  y  con  la  mas  anjelLcal  borihomie^  sin  escrúpu- 
los de  conciencia,  no  vacilaban  en  decretar  la  persecución,  mas 
aúu;  el  exterminio  de  los  provincianos  anarquistas,  representan- 


—  To- 
tes de  la  barbarie,  segun  López  y  Sarmiento,  que  por  usar  tm 
poncho  y  aparecer  como  gancbos,  no  podian  gobernarse  á  sí 
mismos  teniendo  la  audacia  de  pretender  para  si  la  dirección 
local,  la  que  por  derecho  exclusivo  creían  pertenecerles  los 
políticos  sedentarios  de  Buenos  Aires,  quienes  desde  su  bufete 
6  desde  su  tertulia  de  juego  en  el  Café  de  Marcó  y  en  el  de 
Catalanes,  ó  desde  el  antro  sigiloso  de  la  omnipotente  Logia 
Lautaro,  querían  excluaivamente  organizar  y  combinar  la  go- 
bernación del  antiguo  Vireínato,  desde  Potosí  hasta  Maldo- 
nado. 

Es  así  como  el  doctor  don  Vicente  Fidel  López  en  su  respe- 
tabla  hogar  se  saturó  desde  su  niñez  en  cuanto  á  preocupacio- 
nes políticas,  en  las  emanaciones  malsanas  del  porteñismo  de 
mala  ley,  intransigente  en  su  olimpica  soberbia,  vengativo  é 
incorregible  en  su  tradicional  infatuación,  que  después  de  se- 
senta años  emerje  provocativo  y  dictatorial  en  las  pajinas  de 
su  obra. 

A  pesar  de  todo,  es  difícil  hallar  entre  nosotros  un  libro  his- 
tórico escrito  con  más  indisputable  talento,  con  mas  viva  ima- 
jinacion,  con  mas  profundidad  y  generalización  de  vista^  que 
el  del  doctor  López;  pero  que  al  mismo  tiempo,  sea  más  con- 
tradictorio en  sus  afirmaciones,  más  fácil  de  refutarse  por  si 
propio,  y  por  consiguiente,  menos  fidedigno  en  sus  informes  y 
conclusiones  en  cuanto  al  Estado  Oriental,  su  historia  y  sus 
prohombres. 

No  se  nos  crea  exagerados  y  audaces .  Con  solo  dar  vuelta 
algunas  páginas  y  escudriñar  inquisitivamente  en  ellas,  puede 
tenerse  la  seguridad  de  hallar  fácilmente  la  impugnación  de 
lo  que  aquel  mismo  dijo  ó  dedujo  antes,  aún  sobre  hechos  ca- 
pitales .  Otro  tanto,  aunque  con  menos  recrudecencia  de  odios 
podría  decirse  de  la  historia  de  Belgrano  por  el  general  Mitre, 
al  cual  pueden  aplicarse  también  en  mucha  parte  nuestras 
observaciones  sobre  el  doctor  López. 


„  71  — 

En  el  autor  se  encierran  dos  entidades  morales  que  se  repe* 
len  radicalmente:  el  partidario,  ciego,  absoluto,  intransijente;  y 
el  historiador,  que  tiene  que  narrar  los  hechos  con  más  ó  menos 
exactitud,  de  acuerdo  con  un  recto  criterio  moral. 

Obedeciendo  á  un  plan  preconcebido  como  partidario,  en  la 
dualidad  censurable  de  su  misión  y  de  su  carácter,  el  historia- 
dor liOpez,  al  descubrir  tales  6  cuales  acontecimientos,  se  olvi- 
da por  necesidad  de  esta  su  primera  condición;  pero  asi  mismo 
no  puede  menos,  siguiendo  la  ley  inflexible  de  los  hechos,  de 
narrarlos,  pero  atribuyéndoles  causas  opuestas  á  las  que  más 
tarde  tiene  que  confesar  ó  describir.  Crucifica  asi,  mutila  la 
historia,  y  se  lava  las  manos  ante  la  mutilación  que  el  mismo 
ha  hecho  con  fria  ferocidad. 

De  ahí  la  mas  deplorable  confusión  de  principios,  la  contra- 
dicción mas  flagrante  de  conclusiones  en  cuanto  á  la  historia 
Oriental .  El  crimen  resulta  en  sus  hábiles  manos  de  prestidi- 
jitador  un  arrebato  de  la  fogosa  juventud,  así  como  la  virtud 
y  el  civismo  son  frecuentemente  según  él,  la  explosión  de  la 
barbarie .  Con  un  pasmoso  espíritu  de  generalización,  con  una 
inagotable  facundia,  con  una  flexibilidad  poco  escrupulosa,  re- 
salta sobre  todo  ese  conjunto  una  inescusable  dictadura  de  jui- 
cios que  pisotea  á  capricho  todo  otro  criterio,  que  no  se  ajuste 
al  criterio  artificial  del  autor  como  partidario . 

La  historia  en  sus  manos  nos  recuerda  esas  habilísimas  crea- 
ciones de  Julio  Veme,  en  sus  novelas  científicas,  ora  haciéndo- 
nos remontar  á  la  luna  con  el  proyectil  de  su  Gtin  Cluh^  ora 
surcando  el  interior  tenebroso  de  los  mares  con  Ñero,  ora  ha- 
ciéndonos danzar  en  el  aire  en  una  ciudad  oxijenada.  No  nos 
movemos  de  nuestro  asiento  leyendo,  pero  sudamos  y  nos  es- 
peluznamos ante  sus  arrebatadores  cuadros . 

Pero  Vonie  pide  estudiosamente  á  las  ciencias  su  laborioso 
continjente,  hermoseado  por  una  vivificante  imaginación;  en 
tanto  que  el  doctor  López  prescinde  de  todo,  y  pide  solo  á  su 


—  72  — 

fogoso  corazón  y  á  sus  inexorables  pasiones  de  antiguo  parti- 
dario de  nuestra  edad  de  piedra  revolucionaria,  la  agria  leva- 
dura de  su  ampulosa  masa  histórica. 

La  austera  verdad  parece  ser  secundaria  para  él.  La  liistoria 
en  sus  manos  es  un  pilori  ó  un  cadalso  para  sus  contrarios,  y 
un  apoteosis  para  sus  amigos.  Justicia  sumaria,  que  trasciende 
al  antiguo  preboste  de  la  Hermandad,  inapelable,  feroz .  Hay 
algo  del  aiito  de  fe  del  implacable  Torquemada  político .    ^ 

En  este  caso  especial  podría  también  aplicarse  con  perfecta 
y  justísima  razón  á  la  obra  del  doctor  López,  la  severa  opi- 
nión que  el  mismo  emite  en  el  tomo  2 .  ^  pagina  462  de  su  iíe- 
volucion  Argentina  condenando  algunos  detractores  de  Pueyx- 
redon,  por  hacer  lo  mismísimo  que  él  hace  calumniando  á  Ar- 
tigas. 

Kefiriéndose  al  cargo  que  se  ha  hecho  al  Director  Pue3nTe- 
don  de  haber  tomado  una  parte  activa  en  las  intrigas  diplomá- 
ticas y  solicitudes  palaciegas  que  se  hicieron  en  Europa  por 
sus  agentes  oficialtjs  para  traer  al  Príncipe  de  Luca  como  rey 
de  los  argentinos,  bajo  el  protectorado  de  la  Francia,  se  expre- 
sa así  el  doctor  López: 

«  El  (ese  complot  monárquico)  hizo  además  un  ruido  tan 
grande  cuando  se  descubríó  en  1820,  que  sirvió  para  acusar  y 
perseguir  á  la  mayoría  del  Congreso  por  elcrímen  de  alta  trai- 
ción &  la  patria.  Y  despties  de  ese  rumor  desfavorable  se  ha  con- 
tinuado dando  pdvtdo  con  eso  á  la  mala  fé  de  las  facciones  polí- 
ticas para  denigrar  á  hombres  ilustres  bajo  otros  muchos  sentidos, 
para  hacer  dudosa  su  reputación  d  los  ojos  de  la  historia,  y  para 
proporcionar  medios  indignos  de  ataque  á  los  que  por  otro  géne- 
ro de  intereses  quisieran  todavía  q^e  los  juicios  desleales  de  los 
partidos  de  aquel  tiempo  perdurasen  como  veredictos  inapdables 
de  la  posteridííd . » 

Es  así  como  el  doctor  López  forcejea  por  hacer  perdurar  los 


—  41  — 
Dcias  de  nuestro  primitivo  organismo 

con  la  historia  general  Argentina, 
ibe  y  se  presenta  una  nueva  historia 
loontece  con  las  de  Santa  Fe,  la  de 
tes,  la  de  Salta,  la  de  Jujuy,  etc. 
nó  confirmar  nuestro,  aserto,  y  atesli- 
cia  de  juicios  y  opiniones  no  es  sino 
xibleley  moral,  á  cuyo  fallo  debe 
oberbia  ó  nuestra  obcecación  en  ma- 
[¡as,  de  preocupaciones  provinciales,  y 
;al  sobre  los  organismos  fragmenta- 
s  de  nuestra  nacionalidad. 


■4 


dispensable  ser  Oriental,  ni  lisonjear  •     '"/í 

ocaHsmo  y  de  nacionalismo  para   en-  ^ 

'  mismo   al  general  Artigas,   como  á  /-J 

[patriotas,  quienes    luchando  per  la  ^ 

merecieron  bien  de  la  humanidad,  y  - 

stra  misma  patria.  .' 

que  sostenemos  que  la  calidad  de  ar- 
ir  ni  hacer  vacilarla  mano  que  en  pá- 
:ne  la  reprobación  de  hechos  injustos 
icta  de  algunos  gobernantes  extra- 
otra  misma  nacionahdad;  gobernan- 
ien  la  censura  de  nuestros  mismos 
3re3  en  multitud  de  casos,  en  los  cua- 
linaban  una  condigna  conlenacion. 
isotros  los  argentinos  la  histoiia  del 
en  una  gloria  nuestra,  esencialmente 
1  de  nuestra  sangre,  y  alma  de  nues- 
a  con  él  sus  empresas,  la  que  lo  auxi- 
igrandecia,  dándole  por  vasto  campo 
r!os  de  Entre-Eios,  Misiones,  Corrien- 


—  42  — 

tes  y  Santa  Fé,  cuatro  vastas  provincias  argentinas  que  le 
prodigaban  todos  sus  recursos,  y  su  mis  intrépida  juventud, 
sin  contar  con  Córdoba,  donde  su  nombre  era  querido,  y  que  & 
no  haber  sino  la  sublevación  de  Fontezuelas  contra  Alvear, 
terminando  la  nueva  guerra  que  este  iniciaba,  le  habria  dado 
poderosos  contingentes  como  el  que  le  envió  en  su  división  de 
500  hombres  á  las  órdenes  del  coronel  Bulnes . 

En  la  provincia  de  Buenos  Aires  contaba  Artigas  con  el 
prestigio  de  patriotismo  que  hacia  asociar  su  nombre  &  todas 
las  resistencias  y  oposiciones  &  los  malos  gobernantes,  presti- 
gio que  importaba  una  gran  fuerza  moral,  y  que  tanto  contri- 
buyó al  derrocamiento  del  terrible  Alvear,  y  al  derrumbe  del 
Directorio  en  1820. 

La  historia  Oriental  está  intimamente  ligada  con  la  Argen- 
tina, y  ambas  tan  estrechamente  vinculadas  ¿  la  poderosa  ac- 
ción de  Artigas  durante  algunos  años,  que  puede  asegurarse 
no  hay  acontecimiento  de  importancia  en  esta  región,  sacudi- 
mientos, triunfos,  males  y  desgracias  que  no  hayan  compartido 
unidos  los  pueblos  de  ambas  riberas  en  sus  causas  y  en  sus  re- 
sultados. 

En  la  lucha,  en  la  tregua,  en  la  agresión,  en  la  resistencia, 
siempre  han  palpitado  conjuntamente  los  fuertes  corazones  de 
uno  y  otro  pais,  como  hermanos  de  una  misma  descendencia 
como  compañeros  de  una  misma  causa,  como  mártires  de  un 
mismo  sacrificio . 


—  73  — 

juicios  y  odios  del  partido  &  que  perteneció  sa  familit 
al  20,  como  un  veredicto  inapelable . 

Ss  asi  también  como  podemos  juzgar  esa  obra  en 
reñere  á  Artigas,  á  quien  necesariamente  tiene  que 
muy  á  su  pesar  el  doctor  López  uña  gran  parte  de  si 
vas  calumnias,  porque  tropieza  con  él  á  cada  pasoj  y 
mismo  Artigas,  ya  por  sus  aliados  y  partidarios,  ya  p 
oion  prepotente  de  aquel  durante  diez  años  en  el  i 
de  los  sucesos  políticos  argentinos. 

Ese  libro  es  muy  poco  conocido  aquí .  Pero  en  la  ] 
Argentina  en  donde  ee  tan  encomiado,  prevalece  irrej 
la  autoridad  del  indisputable  talento  de  su  eminei 
que  ha  recibido  del  Congreso  Nacional  veinte  mil  d 
la  reimpresión  de  esta  obra;  sin  haber  encontrado  hs 
mas  que  en  el  general  Mitre  quien  lo  haya  combatii 
cuestionable  superioridad  de  principios  morales,  ai 
alguna  pasión  personal,  producida  por  gratuitas  pi 
nes  de  parte  del  doctor  López . 

Ss  tan  solo  con  una  cooperación  semejante  que  noi 
alentados  á  esta  impugnación  sumaria,  buscando,  lo  i 
en  aquel  eminente  historiador,  aún  siendo  enemigo  d 
un  poderoso  auxiliar,  que  á  la  vez  que  nos  escude  ei 
debilidad  relativa,  nos  ayude  á  autorizar  y  fundar 
leales  afirmaciones. 

Un  libro  doctrinario  y  reformador  es  poderoso  ; 
según  la  influencia  que  ejerce  en  la  opinión  pública, 
mente  la  que  pudiera  tener  en  la  actualidad  argentii 
del  doctor  López  en  cuanto  ú  cuestiones  y  conflictos 
ca  nacional  é  interprovincial,  es  de  todo  punto  negai 

Opinamos  asi  desde  que  él  trata  en  cuanto  á  nuest: 
políticas  intestinas,  de  resucitar,  justiflcar,  y  enaltece: 
cupaciones  exageradamente  porteñas  de  1815,  que 
odiosamente  absorventes,  combatió  tanto  el  mismo  é 


—  74- 

pez  en  18B3  como  Ministro  de  Instmccion  Pública  y  como 
político. 

Desde  la  sangrienta  catástrofe  de  Junio  de  1881,  ellas  han 
tenido  que  subordinarse  y  anularse  por  fortuna,  ante  el  patrio- 
tismo argentino  de  buena  ley,  que  las  ha  suprimido  como  una 
fiebre  perniciosa  del  pasado,  capitalizando  la  ciudad  de  Bue- 
nos Aires,  y  reemplazando  desde  entonces  aquellas  preocupa* 
cioues  intransijentes  con  levantados  sentimientos  de  republi- 
cana igualdad  y  libertad,  de  conciliación  fratemizadora,  como 
los  únicos  principios  salvadores  de  la  Union  Argentina . 

Ese  libro  del  doctor  López  es,  pues,  una  nota  discordante  en 
las  atractivas  armonías  políticas  dol  dia .  Es  hasta  un  lamen- 
table anacronismo  que  ha  de  ir  provocando  violentas  y  mere- 
cidas impugnaciones,  ó  un  grande  y  lamentable  descreimiento 
en  la  sinceridad  ó  en  los  sentimientos  de  justicia  de  su  ilustra- 
do autor. 

En  1828,  en  seguida  de  la  sublevaeion  de  Diciembre,  y  del 
fusilamiento  del  mártir  Dorrego,  lá  Revolución  Argentina  del 
doctor  López,  babria  podido  ser  de  actualidad  y  basta  podido 
servir  de  programa  político  para  la  invasión  á  las  provincias 
del  Interior,  con  que  hizo  asolar  á  estas  el  general  Lavalle. 
Con  ella  también  babrian  podido  justificarse  las  matanzas  de 
prisioneros  rendidos  que  el  gobierno  del  doctor  Obligado  llevó 
¿  cabo,  con  participación  y  aprobación  del  general  Mitre  en 
Tille  Mayor  y  Laguna  de  Oardoso , 

Pero  en  1883;  no  es  sino  un  libro  del  pasado  con  sus  tremen- 
dos errores;  con  sus  Triunviros  y  Directores,  decididos  servi- 
dores de  la  patria,  pero  fanatizados  por  la  sed  insaciable  de  un 
dominio  absoluto  y  tiránico;  cuyo  ejemplo  seria  uua  nefasta 
calamidad  para  los  pueblos  argentinos  si  se  adoptase  boy  como 
norma  política  por  los  poderes  nacionales,  por  más  que  el  au- 
tor quiera  enaltecer  aquellos  con  inescusable  imparcialidad . 

Cuando  más  podría  haber  habido  en  ese  libro,  á  no  ser  pos- 


tenor  en  su  fecha  la  incubación  del  sistema  de  venganzas  ho- 
micidas que  !a  Administración  Mitre  en  Córdoba  y  la  Bioja,  y 
el  gobierno  Sarmiento  en  San  Juan,  Moieron  prevíJecar  por 
medio  de  los  generales  Paunero  y  Arredondo  y  los  coroneles 
Sandes,  Iseas,  Igarzabal,  etc . ;  asi  como  de  loa  ezosos  y  desma- 
nea de  la  primera,  envikiido  á.  los  pontones  y  al  destierro  á  ilus- 
trados escritores  públicos  y  á  distinguidos  ciudadanos  opoñto- 
roe,  bajo  un  férreo  estado  de  sitio,  tal  como  Alvear  y  Pueyr- 
redon  lo  hicieron  en  1815  y  en  1817;  y  el  otro  contribuyendo 
¿  hacer  lancear  é,  aus  adversarios  con  jefes  militares  en  su 
provincia,  como  el  medío  mas  benéfico  para  suprimir  reaccio- 
narios autónomos,  y  aspiraciones  federativas. 

Por  fortuna  para  los  pueblos  argentinos,  hoy  la  nación  y  sn 
gobierno  desde  1880  repudian  y  execran  tan  funestas  doctri- 
nae  y  tan  aborrecibles  prácticas. 

No  terminaremos  sin  declarar  que  hemos  emitido  estas  ob- 
servaciones exentas  ya  de  pasiones  y  de  todo  odio  de  partido, 
Muy  lejos  de  esto,  profesamos  hoy  á  los  generales  Mitre  y  Sar- 
miento, asi  como  muy  especialmente  al  doctor  López,  el  m&s 
afectuoso  respeto  y  aún  admiración . 

En  cuanto  á  este  último,  debemos  agregar  algunas  indica- 
ciones que  se  relacionan  con  su  acción  en  la  vida  tormentosa 
de  nuestro  país,  con  su  participación  en  la  política  militante 
durante  el  gran  período  de  1852  y  ulteriormente. 

£1  mismo  implacable  detractor  de  los  caudillos  federales  de 
1815  al  20,  el  doctor  López,  aparecía  desde  1852  al  62  someti- 
do sin  duda  é.  ineludibles  exigencias  de  la  política  reorganiza- 
dora urquizista,  sirviéndola  con  entusiasmo,  ya  oficial  ya  pri- 
vadamente, como  su  espontáneo  y  ardiente  defensor.  Cuando 
nosotros  eramos  secretarios  de  la  Legación  Argentina  en  Mon- 
tevideo antes  de  Cepeda,  lo  hemos  visto  y  oido  entonces  como 
un  enconado  federalista  de  la  vieja  Guardia,  tan  crudo  como 
los  compañeros  de  cansa  que  después  de  Pavón  fueron  despe- 


—  76  -- 
or  el  general  Flores  en  la  funesta  Cañada  de  GrO- 

eomo  el  doctor  López  desde  18B3,  contra  el  partido 
el  cual  el  general  Mitre  era  uno  de  los  mas  impor- 
lustrados  Leaders  en  las  Cámaras,  en  la  prensa  y  en 
os,  sostuvo  principios  da  justicia  y  de  igualdad  poli- 
^ndó  el  grande  ideal  de  reorganizar  constitucional- 
confederación  Argentina.  Fué  asi  también  como 
)  á  reaccionar  airadamente  como  político  activo,  oo- 
Lsta  intelijentíaimo,  como  orador,  como  publicista, 
con  los  brios  de  su  impetuoso  carácter,  contra  ese 
itimiento  exclusivista  del  uUra-iwrfeñismo  que  Mitre 
la  en  laa  célebres  Sesiones  de  Junio  de  1852,  sobre 
9  de  San  Nicolás. 

conocido  el  rol  enérgico  y  tempestuoso  que  desem- 
Uos  el  imperterito  ex-unitario  doctor  López. 
lulenta  y  enaltada  barra  de  la  Cámara  de  Diputados 
i  Aires  lo  combatía  y  lo  ultrajaba  porque  defendía 
istro  al  Director  General  Urquiza,  y  dos  horas  des- 
edreaba  al  salir  de  las  puertas  de  la  Cámara  pronto 
zarlo  si  no  se  hubiera  guarecido  saliendo  á  escape  en 
el  Jefe  de  Policía  Azcuénaga . 
Dr  López  en  su  fogoso  discurso  había  lanzado  al  ros- 
eblo  irritado  el  procaz  apostrofe  de  «  pueblo  de  came- 
}  qu&ia  aceptar  ninguna  organización  política  que  no 

él,  no  obstante  de  haber  sido  tan  pisoteado  por  la  U- 

lente  con  estas  declaraciones,  y  ¿  pesar  de  persecu- 
slacables,  el  doctor  López  combatió  ese  réjimen  ar- 
io durante  diez  años,  al  lado  del  elemento  más  reac- 
el  federalismo,  como  que  brotaba  audaz  ó  intransi- 
[a  tierra  del  Oran  Supremo,  en  donde  Artigas  lo 
ilantado  sólidamente.  Asi  ayudó  y  sostuvo  al  Gl-o>- 


—  77  — 

mo  del  Paraná  que  nosotros  también  Bosteniamos  en 
anos  Aires  en  La  Prensa  con  el  ilustre  pensador  Francisco 
bao  y  con  el  doctor  Monguillot . 

3on  tales  antecedentes,  es  incomprensible  esa  propaganda 
I  tan  calorosamente  hace  el  doctor  López  en  sn  obra;  reac- 
lando  contra  sos  mismos  hechos,  haciendo  que  resalte  en 
i  en  alto  relieve  la  intransigente  gloriñcacíon  de  algunas 
ndes  y  colpables^ediocridades  políticas  y  militares;  por  el 
)  hecho  de  haber  sostenido  ellas  ese  mismo  centralismo 
oritario  que  hizo  tan  odioso  el  nombre  de  algunos  gobier- 
de  Buenos  Aires,  como  base  de  un  despotismo  sucesor  del 
La  iE^paña,  no  pocas  veces  mas  violento  que  este  mismo,  y 
que  solo  queda  hoy  una  aleccionadora  recordación. 
nosotros  también  como  argentinos,  acostumbrábamos  oír  en 
istra  infancia  execrar  el  nombre  de  los  anarquistas,  entre 
cuales  se  nos  presentaba  el  odiado  nombre  de  Artigas, 
10  el  del  primero  de  los  monstruos,  el  gran  aico  cuya  pre- 
cia debia  hacemos  entrar  en  vereda  en  nuestra  buena 
líela  de  don  Rufino  Sánchez,  y  obligamos  á  estudiar  nues- 
s  alfabetos  español  y  francés,  si  aquel  llegaba  á  salir  de  su 
'ase  del  Paraguay  para  aterrar  otra  vez  los  pueblos  del  Plata, 
?ero  en  la  edad  de  la  razón  pudimos  descubrir  la  injusticia 
3rpeza  de  esas  odiosas  preocupaciones,  reaccionando  contra 
ts  con  viril  energía,  suscitándonos  con  tal  motivo  no  pocos 
08  y  recriminaciones , 

3omo  acabamos  de  probarlo  desde  nuestros  primeros  ensa- 
:  en  trabajos  literarios  y  políticos,  tuvimos  ocasión  de  oom- 
ir  como  hemos  combatido  después  en  la  mala  y  en  la  buena 
!;nna,  durante  treinta  años,  ese  sistema  de  Oobiemo  funes- 
[ue  produjo  la  desgracia  y  la  desmembración  de  nuestro 
s,  el  descrédito  de  nuestras  instituciones  políticas  y  qne  tan 
fundo  abismo  abrió  entre  Buenos  Aires  y  las  Provincias 
Interior,  esterilizando  durante  muchos  años  todas  las  fuer- 
vivas  de  la  Nación  en  guerras  fratricidas . 


Error  capital  de  los  juicios  historíeos  de  los  ge- 
nerales Mitre  y  Sarmiento,  y  doctores  López  y 
Berra. 


Por  mae  dificü  qne  seft  en  observancia  por  algunos  eacríto- 
res  públicos,  es  sin  duda  un  principio  vulgar  de  jtuticia  y  de 
moralidad,  reconocer  que  los  grandes  caracteres  histórícoe,  no 
deben  examinarse  ni  juzgarse  sino  á  la  luz  de  los  tiempos  ó 
épocas  en  qne  sobresalieron,  y  con  relación  al  país  y  á  la  escena 
pública  en  que  adquirieron  renombre  y  autoridad. 

Al  abrir  juicio  sobre  las  generaciones  pasadas  y  sob  prohom- 
bres, ningún  escritor  que  se  inspire  en  sentimientos  de  morali- 
dad y  de  lealtad,  dejará  de  aceptar  aquel  criterio  como  el  fun- 
damento de  sos  fallos  y  opiniones . 

Falt-ar  á  esta  regla  de  equidad  es  falsear  la  misión  del  histo- 
riador, y  llevar  al  ánimo  público  juicios  é  impresiones  erróneas 
6  malevolentes,  que  necesariamente  terminarán  en  el  folseo- 
niiento  absoluto  délos  hechos,  ó  en  la  terjiversacíon  de  la  ver- 
dad histérica. 

No  vacilamos  en  afirmar  que  ninguno  de  los  escritores  que  ae 
han  ocupado  de  Artigas  para  combatirlo  ó  condenarlo,  ha 
dado  pruebas  de  haberse  sometido  á  esa  ley  justiciera  de  la 
fílosofia  de  la  historia . 

Han  apreciado  al  vecino  rural  de  1811,  educado  por  el  re- 
trogrado coloniaje  español,  aislado  de  los  elementos,  exijencias 
y  condiciones  de  su  ¿poca,  excluyéndolo  de  su  genuino  centro 
de  acción,  encerrándolo  dentro  del  circulo  de  hierro  de  Popilio 
de  una  artificial  evolución  académica,  y  bajo  el  mismo  criterio 
con  que  habrian  juzgado  al  general  Mitre  como  Presidente  de 


—  so- 
la Bepública  Argentina  en  1868,  y  como  este  metódico  y 
geométrico  revolucionario  en  1874 

Quizá  Be  alegará  como  excusa,  que  es  casi  imposible  en  los 
historiadores  despojarse  totalmente  del  apasionamiento  ó  de 
la  exaltación  irreflexiva  que  infunde  una  opinión  ó  una  pre- 
dilección arraigada  desde  la  niñez,  trasmitida  ó  impuesta  por 
la  cariñosa  autoridad  paterna. 

Aquellos  escritores,  es  verdad,  se  han  educado  bajo  estas 
impresiones;  se  han  imbuido  desde  su  primera  juventud  en  las 
predilecciones  de  partido  que  debían  dominar  en  sus  juicios 
futaros;  las  mismas  que  á  muchos  de  ellos  les  han  hecho  in- 
currir en  graves  errores  en  la  vida  pública  después  de  la  revo- 
lución del  11  de  Setiembre  de  1853  en  Buenos  Aires,  llevando 
la  agresión  y  la  guerra  á  muerte  á  las  provincias  disidentes 
del  Interior,  tal  como  la  célebre  revolución  en  coche  del  general 
Paz,  que  debia  regenerarlas  por  el  acero  6  el  fuego,  6  la  inicua 
expedición  de  Hornos  al  Entrerioa,  atacando  de  improviso  la 
Concepción  del  Uruguay  para  llevar  la  guerra  á  esta  provin- 
cia, que  meses  antes  habia  libertado  á  Buenos  Aires  de  la  ti- 
ranía de  Bosas. 

Es  asi  como  se  explica  que  esos  historiadores  han  querido 
bosquejar  en  el  general  Artigas  un  execrable  monstruo,  allí 
donde  no  habia  sino  un  patriota  inflexible;  matanzas  y,  excesos 
sanguinarios,  allí  donde  no  existían  sino  resistencias  heroicas 
é  indomables,  y  castigos  severos  á  los  crímenes  ordinarios  ó  á 
la  indisciplina;  anarquía  y  desórdenes  irrefrenables,  alli  donde 
solo  se  pretendía  igualdad  de  derechos  y  soberanía  provincial; 
brutalidad  y  reacia  ignorancia,  allí  donde  solo  habia  lealtad  y 
firmeza  en  los  principios  del  verdadero  dogma  de  Mayo,  que 
invocaba  la  igualdad  y  proclamaba  un  intransiiente  odio  á  to- 
da dominación  extranjera;  y  por  ultimo  ambición  salvaje  de 
mando,  allí  donde  no  habia  sino  aspiración  al  triunfo  de  la 
igualdad  provincial,  y  respeto  al  gobierno  propio. 


Las  fantiufas  de  la  novela  no  cuadran  con  la  aus- 
teridad de  la  historia. 


La  verdad  es  que  no  hay  nada  más  fácil  ni  más  c¿modo  que 
escribir  y  delinear  á  fantasía  la  pretendida  historia  de  un  pue- 
blo, no  tomándose  el  más  pequeño  trabajo  en  procurar  ni  con- 
sultar documentos  fehacientes,  ni  autoridades  imparciales;  si- 
guiendo solo  las  tradiciones  orales  sobre  algunos  hechos  que 
el  6dio  ó  la  impostura  hayan  podido  originariamente  inventar 
ó  adulterar,  trasmitidos  con  máa  ó  menos  ampliaciones  ó  hipér- 
-  boles  de  »mos  escritores  en  otros;  y  sobre  ese  cúmulo  de  hechos 
&lsificado3  ó  terjiversadoa  á  capricho,  preparar  y  cimentar  el 
deleznable  armazón  de  una  ficción  de  historia. 

Para  esa  labor  de  reconocida  Kviandad,  y  de  irreparable  in- 
justicia, en  que  se  suprime  todo  estudio  y  examen,  todo  juicio 
contradictorio,  toda  audiencia  imparcial,  todo  comprobante  fe- 
haciente, y  lo  que  es  peor,  hasta  se  prescinde  de  ellos  á  sabien- 
das; para  esa  labor,  decimos,  sin  duda  se  precisa  una  grande 
inteligencia,  pero  ensimismada  ó  incorregible,  emancipada  de 
los  imperativos  dictados  de  la  moral,  algunos  conocimientos 
superficiales  en  las  crónicas  y  rumores  de  la  época,  y  una  ima- 
ginación vivaz  y  colorista. 

Con  esos  elementos  á  que  con  tanta  razón  ha  llamado  el  ga- 
neral  Mitre,  el  «ÍJaja?e  íiwfflwo  áeí  docíor  Lop(g.>,  pueden  bos- 
quejarse de  cualquier  modo  los  incidentes  que  se  suponen 
ocurridos,  describirse  arbitrariamente  los  caracteres  y  lo3  he- 
chos que  se  ponen  en  relieve  ó  acción,  concluyendo  por  enga- 
lanen ese  juego  de  relucientes  frases  y  conceptos  más  ó  menos 


"^^^^^^■^x 


SLIF*'  «<f 


k. 


—  82  — 


sofisticos  con  las  flores  de  una  galante  retórica  de  relumbrón  ó 
con  los  brochazos  de  un  soberbio  pincel  novelista . 
i;  *   Estamos  muy  distantes  de  permitimos  aplicar  este  juicio  a 

la  magistral  obra  del  Dr.  López,  pero  si  censuramos  ese  mé- 
todo de  escribir  historia  que  él  ha  seguido  invariablemente, 
tratándose  de  Artigas,  y  el  que  han  observado  con  el  mismo 
sana  fac^on  algunos  escritores  modernos,  emancipándose  de 
toda  comprobación  ó  imparcial  investigación  histórica .  ^ 

La  verdad  es,  que  este  método  de  lirismo  inventivo  que  no 
nos  atrevemos  á  comparar  al  de  las  chispeantes  novelas  Listó- 
ricas  de  Sué,  de  Soulié  ó  de  Israeli,  pero  que  tiene  con  ellas  sus 
puntos  de  contacto  por  la  imaginación  disfrazada  con  el  traje 
augusto  de  la  historia,  nunca  será  el  espejo  fiel  del  pasado, 
sino  su  grotezca  caricatura. 

Cuando  más,  podrá  parecerse  á  las  hermosas  Tradiciones  del 
espiritual  Ricardo  Palma. 

Podrá  también  como  en  el  bellisimo  Ostracismo  de  los  Car^ 
rera,  que  devorábamos  fascinados  en  nuestra  primera  juven- 
tud, ó  en  el  sensacional  Faamdo,  por  ejemplo,  presentar  un 
poema  lleno  de  atractivos,  brillante  de  colorido,  recamado  de 
iridescentes  oropeles  literarios,  de  juicios  absolutos,  majistral- 
mente  exornados,  que  logre  encantar  la  susceptible  imagina- 
ción popular. 

Pero  esas  bellezas  puramente  literarias  nunca  podrán  impo- 
nerse al  criterio  inquisitivo  de  los  hombres  pensadores  y  aus- 
teros, como  narración  fiel  y  desapasionada  de  los  anales  d©  un 
pueblo,  ó  de  los  hechos  de  un  hombre,  por  más  que  éste  sea  el 
feroz  Quiroga,  ó  el  intrépido  flibustero  Carrera,  ambos  á  cual 
más  bárbaros  en  la  violencia  siniestra  de  sus  pasiones  y  de  sus 
atroces  hechos. 

De  este  modo,  en  vez  de  ser  la  historia  verídica  y  co^nprobada 
de  una  nacionalidad,  ó  de  un  personaje  más  ó  menos  sobresa- 
liente, en  épocas  determinadas,  dejenerará  en  un  romance  ei- 


'1 


orito  en  prosa  correcta  y  atractiva  por  algun  fecundo  y  poco 
escTupnloao  novelista .  Podrá  ser  mi  poema  pictórico  sin  la  ri- 
ma ni  las  licencias  poéticas;  pero  nunca  será  un  libro  de  oon- 
Bnlta,  de  estúdio,y  lo  que  es  más,  de  respetable  enseñanza. 

Podrá  juzgársele  bajo  la  misma  férula  majistral  con  que  ©1 
doctor  López  flajela  sin  piedad  al  señor  Vicuña  Mackena  del 
modo  siguiente  por  su  Ostracismo  de  los  Carrera. 

«  Lanzado  el  escritor  novelezco  en  este  campo  de  fosfórica 
«  fantasía,  todo  lo  modifica  con  un  singular  desembarazo,  y  si 
«  no  fuera  proverbial  la  ligereza  de  las  alas  con  que  sabe  atra- 
«  vesar  las  cosas  do  la  historia,  tendríamos  derecho  á  enros- 
«  trarle  faltas  de  honradez  literaria  que  en  ¿1  no   sou  tal  vez  ./3 

«  sino  meras  tentaciones  de  justificar  ej  colorido  falso  que  dea-  ■    k 

«  de  el  principio  habia  resuelto  dar  á  su  obra.;'  ;S 

y  en  otra  parte,  refutando  afirmaciones  realmente  fantásti-  ^S 

cas  del  mismo  fecundo  escritor  chileno,  le  dedica  estas  acerbas  '.^ 

expresiones  ( Tomo  3.°  páj.  742 ) :  '  '  ■ 

«  Que  don  José  Migiiel  Carrera  haya  sido  el  amigo  predi- 
lecto de  Ramírez,  y  que  éste  cubriera  con  su  poder  los  esfuer- 
zos que  el  otro  hacia  para  fonnar  una  división,  é-  ir  á  apoderarse 
de  Cuyo,  es  cosa  que  nadie  ha  puesto  en  duda.  Pero  deducir  de 
esto,  y  asentarlo  como  hecho  histórico;  que  Carrera  haya  pre- 
dominado, en  sil  propio  nombre,  sobre  los  partidos  argentinos: 
que  haya  gobernado  per  sé,  tenido  bandera  ó  jurisdicción  suya, 
en  la  política  argentina,  ni  sido  otra  cosa  que  un  apéndice  al 
servicio  de  cosas  y  de  hombres  de  quienes  él  dependía,  es  on 
antojo  inocente  que  solo  ha  podido  tener  el  que  haya  querido 
escribir  un  panfleto  en  Ingar  de  un  libro:  un  romanra  sin  nin- 
gún valor  literario,  y  vulgarmente  escrito  en  la  manera  del  Fa- 
cundo: que  esa  nucstraMstoHa  real,lo  que  una  mascarada  de 
Carnaval  á  nuestra  vida  ordinaria.  » 

El  delirio  del  odio  en  un  historiador  es   tan  censurable  y 


—  84    - 

enfermizo  como  el  delirio  de  la  alabanza  y  de  la  admiración.  Am- 
bas disfrazan  la  historia  cuando  obedecen  su  pasión  y  su  fan- 
tasía, emancipándose  de  probar  lo  que  afirman.  El  doctor  Ló- 
pez ñilminando  á  Artigas,  y  Vicuña  Mackoxia  endiosando  á 
Oarerra,  se  han  hecho  reos  de  la  mismísima  culpa . 


•íá^í®(£3^* 


Nuestras  afirmaciones  tendrán  su  comprobación 
documentada.  Cómo  debe  escribirse  la  Historia 
y  cómo  se  ha  escrito  este  iibro. 


En  algunos  casos,  los  detractores  BÍstemáticos  de  Artigas  y 
de  algunos  caudillos  provinciales  argentinos,  han  observado 
un  proceder  análogo  al  que  acabamos  de  censurar,  cuando  han 
pretendido  escñbir  la  historia  de  los  hechos  de  aquel,  ó  las 
condiciones  de  su  poder  y  de  la  política  que  lo  guiaba . 

Nosotros  nos  proponemos  adoptar  un  método  díametral- 
mente  opuesto. 

No  nos  atreveremos  á  emitir  una  afirmación  cualquiera  sin 
apoyarla  en  pruebas  y  documentos  auténticos. 

Nuestra  publicación  no  podrá  ser,  pues,  una  historia,  sino 
mas  bien  una  compilación  documentada,  cu3ras  pruebas  servi- 
rán al  verdadero  historiador  para  autenticar  y  fundar  sus 
futuros  iuicios  y  afirmaciones.  Nos  será  así  muy  grato  que 
pueda  decirse  de  nuestro  libro,  lo  que  se  ha  dicho  de  un  his- 
toriador moderno  que  ha  acumulado  muchas  comprobaciones 
en  su  obra,  «que  no  circula  el  aire  en  ella  como  entre  una 
frondosa  arboleda,  tal  es  la  exuberancia  de  documentación 
con  que  ahoga  casi  el  texto.» 

Mediante  nuestra  labor  y  perseverancia  esperamos  asom- 
brar al  lector  reflexivo  con  la  multiplicidad  é  importancia  de 
los  documentos  que  hemos  recopilado  en  cuyo  texto  mejor  que 
eu  nuestras  afirmaciones  podrá  conocerse  con  exactitud  la  es- 
tricta verdad  de  loa  principales  hechos  relatados.  (*) 


(*)  Desde  1881  hemos  tenido  en  Uontevideo  alganas  veces  hasta  tres 
escribientes  b1  mismo  tiempo  copiando  diaríunente  en  los  archivos  de 


i'' 


Beconocemos  que  en  multitad  de  casos,  un  documento  pú- 
blico puede  fácilmente  falsear  la  verdad,  y  tacer  incurrir  en 
graves  errores  al  observador  que  intente  guiarse  exclnsiva- 
mente  por  él,  como  norma  de  sus  juicios. 

Pero  cuando  ana  serie  de  hechos  concordantes  entre  si, 
coincide  virtualmente  y  se  ratifica  con  los  juicios  ó  declaracio- 
nes de  ese  documento,  explicándolos  este,  y  robustecién- 
dolos, entonces  la  historia  confirma  y  legitima  esa  fuente  de 
informes  fidedignos.  Una  vez  fortalecidos  estos  de  ese  modo, 
solo  la  parcialidad  mas  ciega  podría  recusar  sus  comprob^io- 
nes  ó  rechazarlas. 

Es  asi  como  la  hintoña  viene  á  revestir  tales  documentos, 
de  una  inapelable  autoridad. 

Los  c¡uo  publicaremos  merecerán  ©levarse  á  esa  respetable 
categoría,  y  esperamos  confiadamente  que,  inducirán  á  com- 
partir nuestras  opiniones  á  los  hombres  ^e  recto  ó  imparcial 
criterio  en  una  y  otra  orilla  del  Rio  de  la  Plata,  los  que  Basta 
ahora  se  han  dejado  impresionar  por  la  corriente  de  difama- 
ción y  de  impostura  que  durante  tantos  años  ha  predominado 


la  Jauta  Económica  multitud  de  documentos  entre  la  poca  conocida 
acumulación  de  libros  y  manuscritos  del  extinguido  Cabildo  depositados 
allí;  importunan  Jo  ¿  su  obsecuente  y  solícito  depositario  el  señor  don 
Nicolig  PoKolo,  asi  como  más  tarde  en  el  nuevo  Archivo  Nacional  y  en 
la  Biblioteca  dirijidas  por  el  progresista  é  ilustrado  doctor  Uascaró; 
siéndonos  grato  presentarles  en  esta  ocasión  á  nno  y  otro  nuestros  ti- 
tos agradecimientos. 

AI  mismo  tiempo  que  desenterrábamos  asi  multitud  de  preciosos  do- 
cumentos ignorados,  y  no  contando  sino  con  escasísimos  recursos,  em- 
pleábamos en  Buenos  Aires  dos  escribientes  destinados  &  copiar  desde 
1882  valiosos  documentos  de laa  colecciones  de  antiguos  impresos  que  alH 
se  conservan  y  la  mayor  parte  de  los  cuales  no  son  conocidos  aquf,  bus- 
cando al  mismo  tiempo  otro^  en  Santa  Fé,  Entre-Rios,  Corrientes,  Cór- 
doba y  Paraguay;  y  en  la  Tecina  Provincia  de  Rio  Grande,  merced  &  la 
bondadosa  colaboración  del  distínguido  Cónsul  Oriental  don  Teodoro 
Barbosa. 


-ar- 


en absolnio  en  aquellas,  adtilteraiido  y  matilando  la  liistoría 
de  Artigas  y  la  de  sa  grande  ¿poca,  con  vergonzoso  desdoro 
de  la  misma  lústoria  americana. 

No  concltiiremos  sin  emitir  algunas  opiniones  sobre  la  regla 
capital  que  debe  presidir  segnn  nuestro  criterio  en  toda  labor 
histérica,  despojadEi  de  reprensibles  ó  injustas  predilecciones. 

Entendemos  que  la  historia  política  debe  escribirse  como 
lo  hoce  lord  Maoaulay,  cuando  denuncia  é.  la  reprobación  de 
sus  compatriotas  á  los  estadistas  ó  á.  los  políticos  qne  en  situa- 
ciones especiales,  antepusieron  sus  conveniencias  personales,  ó 
su  ambición  de  mando,  á  la  f¿  de  sus  juramentos  y  deberes. 

Con  mano  inflexible  revela  el  grande  historiador  la  desleal- 
t-d  y  la  traición  alli  donde  las  encuentra,  bien  sea  el  delicuen- 
te  el  Almirante  de  nna  escuadra,  como  Lord  Kuaell,  ó  bien  el 
gran  jefe  militar  de  la  Inglaterra  como  el  duque  de  Malbo- 
rougb,  para  condenarlos  ante  la  opinión  pública  de  su  pais 
como  pérfidos  tránsfugas  de  la  causa  de  la  Constitución  y  del 
fiel  vasallaje  que  habian  solemnemente  jurado  al  nuevo  Bey 
de  Inglaterra,  el  Príncipe  de  Orangé. 

Habrá  demasiada  severidad,  acaso  excesiva  y  austera  intran- 
sigencia en  estos  fallos,  pero  es  así  como  creemos  que  única- 
mente puede  enaltecerse  la  causa  de  la  moral  y  de  la  justicia, 
si  se  quiere  producir  en  la  susceptible  conciencia  popular  una 
saludable  y  aleccionadora  impresión.  Sin  esta  condición  puri- 
ficadera la  historia  tiene  que  falsear  su  noble  misión  en  la  edu- 
cación y  perfeccionamiento  de  las  sociedades  humanas  y  sus 
directores  y  gobiernos, 

Del  mismo  modo,  el  ilustre  Simondi  en  su  «Historia  de 
los  Franceses»  combatiendo  ó  menospreciando  preocupaciones 
nacionales  {de  las  que  él  como  suizo  podía  emanciparse  fácil- 
mente) ha  fiajelado  sin  consideración  algunas  de  las  grandes 
fijaras  históricas  á  las  que  los  franceses  están  acostumbrados 
&  rendir  secular  admiración  y  afecto.    Para  él,  idólatra  de  la 


—  88  — 

libertad  constitucional,  la  grandeza  territorial  ó  la  unidad  de 
la  Francia  eran  justamente  muy  secundarias  ante  la  conside- 
ración de  los  progresos  en  la  civilización  en  sus  insti- 
tuciones, y  sobre  todo  ante  el  fortalecimiento  de  la  gran 
causa  de  la  libertad.  Los  grandes  héroes  franceses  son 
ante  su  inexorable  tribunal  despojados  de  su  gloria,  y  conde- 
nados como  Francisco  I  y  Enrique  IV,  el  uno  como  un  déspo- 
ta brutal  que  dá  en  tierra  con  el  poder  de  los  Estados  Genera- 
les y  todo  réjimen  parlamentario,  y  el  segundo  como  un  trai- 
dor á  la  libertad  religiosa. 

Del  mismo  modo  trata  á  sus  estadistas,  cuando  estos  renie- 
gan de  la  justicia  y  do  la  moral,  como  el  audaz,  astuto  y  temi- 
ble Cardenal  Richelieu,  esa  Eminencia  Roja,  á  quien  execra 
como  á  un  monstruo  de  duplicidad  y  de  crueldad. 

Guizot  en  sus  célebres  Lecciones  sobre  la  Civilización  Fran- 
cesa ha  seguido  el  mismo  plan  de  severa  inflexibilidad  luoral, 
deprimiendo  ante  el  fanatizado  espíritu  francés,  las  glorias  mi- 
litares que  quince  años  antes  y  treinta  años  después,  venian  á 
ser  la  perdición  de  la  Francia  belicosa  y  conquistadora,  ávida 
de  engrandecimiento  territorial  y  de  dominio  intemacionaL 

No  buscaba  inescusablemente  como  Henri  Martin  en  su  mo- 
numental  Historia  de  Francia  la  causa  y  explicación  de  grandes 
hechos  y  crimenes  históricos,  en  el  feroz  é  implacable  antago- 
nismo de  razas,  doctrina  sostenida  por  su  gran  maestro  Thierry, 
razas  destinadas  fatalmente  á  combatirse  á  muerte;  ni  glorifi- 
caba el  espíritu  de  conquista  de  una  Francia  formidable  é  in- 
vencible, pero  al  mismo  tiempo  despótica  y  avasalladora  de 
otras  nacionalidades;  enalteciendo  esas  corruptoras  y  culpables 
aspiraciones  como  el  sueño  dorado  de  todo  leal  francés. 

Por  el  contrario  enzalzaba  los  grandes  caracteres  y  las  no- 
bles virtudes  que  concillaban  el  pacifico  y  legitimo  engrande- 
cimiento de  la  Francia,  con  el  perfeccionamiento  de  sus  insti- 


—  89  — 

tuciones  poKticas  y  con  la  conquista  y  firmeza  de  sus  libertades 
públicas. 

Es  de  este  modo,  y  tratando  de  imitar  tan  ilustres  maestros, 
como  entendemos  que  debe  escribirse  nuestra  liistoria  america- 
na emancipándola  de  esas  condescendencias  y  sumisión  ciega  á 
la  consigna  de  partidos  tradicionales  que  han  hecho  su  época, 
que  hoy  no  tienen  razón  de  existir,  sino  como  indiciados  ó 
acusados  de  graves  culpas  y  errores  ante  la  barra  de  una  in- 
flexible y  serena  justicia  liistórica. 

Algunos  historiadores  argentinos  han  creído  á  ciegas  en  el 
aforismo  latino :  «  Historia  quoqiio  modo  scripta  ddectat» 

Pero  hoy  no  basta  con  el  hecho  superficial  de  que  la  histo- 
ria escrita  de  cualquier  modo  pueda  deleitar  y  agradar .  Es 
indispensable  que  ella  enseñe,  corrija,  y  moralizo  como  lo  hace 
la  filosofía  de  la  historia;  y  para  esto  necesita  inspirarse  en  la 
.  justicia,  y  en  la  verdad.  Para  hallar  esta  última,  que  tanto  se 
esconde  a  las  miradas  ptofanas  y  superficiales,  es  indispensa- 
ble también  revolver  archivos,  desenterrar  legajos,  rebuscar 
documentos,  investigar  afanosamente;  y  obtenido  ese  rico  cau- 
dal de  hechos,  subordinar  las  flores  de  la  retórica  y  las  belle- 
zas del  estilo  á  la  exactitud  y  autenticidad  de  las  pruebas  que 
aquellos  proporcionen . 

Lord  Macaulay,  como  todos  los  hombres  de  gran  genio,  ha 
formado  una  escuela  histórica;  pero  al  mismo  tiempo  que  poe- 
tiza con  su  vivaz  y  pictórica  imaginación  todo  cuanto  toca,  en 
lo  que  el  doctor  López  lo  ha  tomado  como  un  modelo  digno 
del  discípulo;  jamás  prescinde  de  la  verdad  comprohadUy  sien- 
do tanto  mas  investigador  y  exacto  cuanto  es  mas  brillante. 
Y  así  mismo,  escritores  ingleses  de  mérito  han  atribuido  á 
muchas  de  sus  afirmaciones  el  orijen  de  las  viejas  baladas  feu- 
dales, como  podria  haberlo  hecho  con  sus  narraciones,  algún 
historiador  español,  buscando  en  el  ilomancero  español  la  le- 
yenda primitiva. 


—  90  — 

Prescott  con  su  Conquista  de  Méjico  y  del  JfeíTi,  con  su  ffiff- 
toña  de  los  Beyes  Católicos  Femando  é  Isabel,  y  sobre  todo  con 
BU  «Historia  de  Felipe  II»;  y  Motley  con  su  famosa  Historia  de 
la  Bepública  Holandesa,  han  observado  el  miümo  plan. 

Han  unido  á  la  belleza  de  la  frase,  al  sobresaliente  j  variado 
colorido  local,  á  los  rasgos  esculpidos  con  un  cincel  maestro, 
que  hacen  de  sus  preciosos  libros  poemas  inimitables  llenos  de 
irresistible  seducción,  ante  todo  han  unido,  decimos,  la  rigo- 
rosa exactitud  histórica,  recorriendo  al  efecto  ambos  los  miles 
de  legajos  de  los  abundantes  Archivos  españoles,  pasando  da 
Simancas  áParis,  á  Londres,  á  Viena  á  Amberep,  á  Venecia, 
á  fin  de  hallar  en  sus  archivos  recien  abiertos  á  la  ávida  in- 
vestigación moderna,  la  verdad  estricta  y  minuciosa  de  cuan- 
to debían  afirmar.  Asi  han  podido  hacer  vivir  al  lector  en  las 
épocas  que  describían,  y  sea  con  aquel  sombrío  verdugo  de  sos 
subditos,  sea  con  los  indomables  flamencos,  asistido  á  los  he- 
chos de  uno  y  otros  como  si  iuera  contemporáneo  con  ellos. 

La  historia  necesita  ante  todo  escribirse  con  entera  liber- 
tad, sin  sujeción  á  convencionalismos  de  partido,  á  compromi- 
sos de  facción .  No  nos  referimos  á  esa  libertad  negativa  en  que 
el  historiador  puede  emitir  sus  juicios  y  pareceres  individual- 
mente, sin  que  ellos  hallen  eco  en  la  opinión  pública,  desde  que 
BUS  conciudadanos  no  se  interesan  ni  apasionan  en  ellos,  por 
que  esos  juicios  por  lo  exóticos  y  atrasados  son  como  las  flores 
que  se  crian  artificialmente  en  un  invernáculo;  sino  á  esa  li- 
bertad activa,  llena  de  vida  y  ardor,  en  que  el  pueblo  participa 
de  las  profundas  emociones  que  el  historiador  puede  producir 
con  sus  grandes  cuadros  dramáticos,  con  sus  majistrales  des- 
cripciones, en  las  que  reviven,  luchan,  y  se  agitan  los  grandes 
ciudadanos;  en  las  que  se  vé  correr  la  sangre  de  los  mártires 
de  una  noble  causa;  en  las  que  se  siente  palpitar  el  corazón  de 
la  vieja  patria,  conmovida  ante  las  catástrofe,  ó  entusiasmada 
ante  sus  nobles  triunfos .  Lamartine  con  su  Historia  de  los  Gi- 


ff 


—  91  -r 

rondinoa  nos  ba  dado  on  ejemplo  de  esta  última,  y  la  tremenda 
■revoluoion  de  1848  en  Francia,  iniciada  en  part«  con  motivo  de 
ese  Ubro,  dá  la  medida  de  la  influencia  qae  tal  clase  de  historia 
puede  ejercer  en  un  pueblo  viril . 

A  ese  plan  lúatórico  que  requiere  en  su  movimiento  y  desar- 
rollo el  aire  libre,  y  la  animación  de  la  vivificante  brisa  popu- 
lar, es  al  que  debemos  dar  preferencia,  porque  en  él  están  in- 
teresados ardientemente,  en  cuanto  á  esta  nación,  loa  ciudada- 
nos que  hasta  ahora  han  creido  deber  contemplar  en  los 
primeros  antecedentes  de  esta  Hepública  solamente  épocas  de 
triste  y  aun  vergonzosa  recordación,  allí  mismo  donde  ha  de- 
bido verse  una  decada  de  gloriosos  anales,  de  noble  y  generosa 
lucha,  de  supremo  y  arrebatador  entusiasmo. 

El  eminente  historiador  inglés  lord  Hacaulay  estudiando  la 
guerra  de  la  independencia  de  la  Escocia  contra  la  Inglaterra, 
hace  una  observación  muy  justa,  que  es  muy  aplicable  á  la  di- 
rección de  la  guerra  dirigida  por  Artigas  contra  los  Portugue- 
ses, y  á  sus  consecuencias. 

El  highlander,  habitante  de  las  tierras  aJtas,ó  sea  de  los  dis- 
tritos montañosos  de  Escocia,  fuerte,  varonil,  bravio,  hostili- 
zando siempre  y  mirando  con  menosprecio  á  los  habitantes  de 
las  tierras  bajas,  más  civilizados,  pero  más  dóciles  y  accesibles 
al  odiado  dominio  de  la  Inglaterra,  ha  sido  siempre  considera- 
do, y  lo  es  hoy  más  que  nunca,  como  el  verdadero  y  noble  ti- 
po de  la  raza  independiente  de  esa  extinguida  y  gloriosa  na- 
cionalidad escocesa.  Es  al  Highlander,  &l  montañés  áspero  y 
selvático  como  sus  sierras,  al  que  han  enaltecido  los  historia- 
dores patrios  por  sua  tremendas  batallas,  mediante  las  cuales 
desde  el  siglo  décimo  cuarto  conquistó  la  libertad  de  su  país; 
es  á  él  id  que  han  cantado  sus  grandes  poetas  como  "Walter 
Scott  y  Bums,  inmortalizando  sus  hazañas,  recordando  su  Bru- 
ce de  Bannockbum,  al  que  le  han  dedicado  sus  espléndidas  es- 
trofas, laa  mismas  que  en  Buenos  Aires  nos  hacían  declamar 


"3 
'■4 


—  93  — 

en  nuestra  niñez  nuestros  ilustrados  preceptores  Bauísay  y 
Bae,  como  la  poética  y  varonil  expresión  del  sentimiento  na- 
cional. 

«Hail  Caledonia  stern  and  TCÍld! 
Meet  nurse  for  a  poetic  child !  :> 

Preguntadle  al  escocés  mas  culto,  al  educado  en  sus  Univer- 
sidades, y  veréis  como  el  montañés  de  las  tierras  altas,  el  bár- 
baro, como  barbara  llaman  hoy  López,  Mitre  y  Sarmiento  á  la 
democracia  oriental  que  seguía  las  banderas  de  Artigas  en  de- 
fensa del  patrio  suelo,  ha  venido  á  ser  la  más  noble  y  viril 
personificación  de  todas  las  glorias,  de  todas  las  aspiraciones 
de  su  indomable  raza. 

Los  orientales  de  181B  ante  el  espectáculo  de  sus  sufri- 
mientos, de  sus  batallas,  do  su  ruina,  podrían  repetir  la  espre- 
siva  frase  usada  por  el  Parlamento  Escocés  en  su  célebre  nota 
al  Pontífice  Romano: 

«No  hemos  combatido  por  la  gloria:  no  hemos  peleado  por 
«  riquezas  ni  por  honores:  hemos  luchado  solamente  por  la 
«  libertad,  por  esa  libertad  que  ningún  hombre  de  buena 
«  voluntad  debe  abandonar  sino  á  precio  de  su  vida . » 

Hay  injusticias  irritantes  que  á  este  respecto  revelan  cuanto 
se  perpetúan  y  arraigan  las  tradiciones  de  odio  de  una  época 
remota,  revividas  y  prohijadas  por  hombres  eminentes  en  las 
letras  y  en  la  política. 

El  general  Mitre,  por  ejemplo,  en  su  monumental  Historia 
de  Bdgrano  y  de  la  Independencia  Argentina,  siempre  que  se 
trata  de  Artigas,  se  deja  dominar  del  modo  mas  reprensible 
por  aquel  sentimiento  menguado. 

Para  él  es  la  barbarie  la  que  prepondera,  dirije  y  actúa  en 
todas  las  aspiraciones  independientes  de  la  democracia  orien- 
tal El  pueblo,  las  muchedumbres  que  aqui  como  en  todas  laa 
provincias  daban  su  mas  enérjioo  oontínjente  ¿  la  causa  de  la 


libertad,  se  convierten  por  la  acción  del  odio  del  autor,  transfi- 
gurado en  el  heredero  de  los  ódioa  directorlales  de  1814,  en 
una  liorda. 

Los  mismofi  Torrente,  García  Caraba  j  otros  historiadores 
españoles  que  han  narrado  minncíosameiite  los  principales 
incidentes  de  la  gran  guerra  de  la  independencia,  deprimiendo 
bíu  miramiento  á  los  insnrjeutss,  calumniándolos,  presentán- 
dolos bajo  los  colores  mas  odiosos,  uo  han  sido  en  su  fanatismo 
realista  tan  extremados  ni  tan  violentos  en  su  vilipendio  con- 
tra loa  americanos  patriotas,  como  lo  son  Mitre,  Sarmiento  y 
López,  en  ]a  tierra  de  los  misioneros  San  Martin  y  Alvear,  del 
.  oriental  Artigas,  del  tucuraano  La  Madrid,  del  cordobés  Paz, 
de  loa  sáltenos  Alvarado  y  Güemes,  en  la  tierra  en  que  cada 
provincia  daba  su  continjente  de  sangre  y  su  ramo  de  laurel 
&  la  gloria  patria.  Así  han  azuzado  rencores  casi  seculares  y 
bastardeado  la  revolución  argentina,  en  cuanto  á  la  provin- 
cia oriental,  como  la  obra  de  un  salvajismo  charrúa  poco 
menos  que  arreado  y  alineado  en  fila  por  las  tropas  do  línea 
del  ejército  de  Buenos  Aires, 

"^  A  las  primeras  páginas  de  la  mención  quo  el  general  Mitre 
hace  del  entusiasmo  con  que  los  paisanos  ricos  y  pobres  de  la 
Provincia  Oriental  abandonaban  sus  hogares  para  luchar  con- 
tra los  españoles  en  defensa  de  su  libertad,  ya  en  ellas  revela 
y  deja  ver  el  espíritu  parcialísimo,  tan  parcial  como  puedo  ser- 
lo el  odio  con  que  ha  de  tratar  todo  cuanto  se  relacione  con 
Artigas  y  sus  actos  en  favor  de  la  independencia  oriental. 

Para  reconocer  cuan  exacta  es  nuestra  afirmación,  véase  có- 
mo ae  expresa  al  respecto  en  la  página  432  del  tomo  1°. 

«  Kesuelto  el  gobierno  patriota  á  hacer  un  esfuerzo  supremo 
para  apoderarse  de  Montevideo,  había  puesto  sobre  la  costa 
occidental  del  Uruguay  un  ejército  de  cerca  de  seis  mil  hom- 
bres, de  los  cuales  apenas  tres  mil  podían  reputarse  soldados . 
M  resto  perteneáa  á  loa  bandas  indisciplinados  y  mal   armadas 


-i 


—  M  — 

giie  acaudiUaha  D .  José  AHigas,  cSlébre  ya  por  algunos  hecfios  de 
amias  y  por  su  prestigio  entre  las  masas  populares. 

Esas  bandas,  auxiliadas  por  doscientos  veteranos  de  Buenos 

Aires,  habían  obtenido  la  gloriosa  victoria  de  las  Piedras,  uno 
de  los  más  completos  y  espléndidos  triunfos  de  la  emancipa- 
ción arjentina,  desde  que  la  totalidad  del  ejercito  español  ha- 
bia  tenido  que  rendirse  con  sus  jefes  y  oficialidad,  con  sus 
armas  y  bagajes,  y  desde  que  con  esa  victoria  so  arrancaba  de 
raiz  el  poder  español  en  toda  una  importantísima  provincia, 
encerrándolo  mortalmente  heridido  y  postrado  dentro  de  las 
murallas  de  Montevideo. 

Ahora  bien,  para  que  se  evidencie  acabadamente  la  incalifi»» 
cable  injusticia  con  que  se  juzgan  por  tales  historiadores  los 
acontecimientos  en  que  ha  intervenido  Artigas,  permítasenos 
completar  la  anterior  trascripción  presentando  el  juicio  real- 
mente monstnioso  que  el  mismo  autor  hace  de  esa  misma  ba- 
talla de  las  Piedras,  y  su  oríjen  fantasmagórico. 

«  Este  proceso  ( Tom.  1.**  páj.  367,  el  que  se  le  formó  á 
Belgrano  por  su  campaña  del  Paraguay),  fué  la  ocasión  de  un 
verdadero  triunfo  para  este,  mientras  que  la  resolución  que  lo 
habia  sentado  en  el  banco  de  los  acusados,  era  el  blanco  de  las 
inculpaciones  severas  de  la  opinión  pública,  que  le  atribuía 
todos  los  desastres  que  habían  tenido  lugar  en  el  intervalo 
transcurrido.  La  hafalla  de  las  P/cdras^  preparada  por  las  ope- 
raciones  de  Belgrano  y  ganada  quince  días  desp2(es  de  entregar 
el  mando  del  ejército  de  la  Banda  Oriental^  corono  con  la  palma 
del  triunfo  á  la  administración  nacida  del  movimiento  del  5  y 
6  de  Abiil.  El  sitio  de  Montevideo  que  fué  la  consecuencia  de 
esta  victoria,  y  actitud  del  ejército  del  Alto  Perú  sobre  el 
Desaguadero,  último  límite  del  vireinato,  hicieron  esperar  por 
un  momento,  que  el  nuevo  gobierno  acabaría  por  dominar 
completamente  la  situación .  » 

Comprendiendo  la  Historia  de  Belgrano  tan  múltiple  nú- 


—  95  - 

mero  de  hechos  ea  tan  distintos  territorios,  se  comprende 
que  el  general  Mitre  haya  omitido  presentar  sus  pruebas; 
y  nada  habría  que  decir  de  él  en  justicda,  si  ese  lijero  error 
no  estuviese  destinado  á  investir  al  general  Belgrano  de  una 
gloria  de  que  jamás  tomó  parte  alguna  aunque  le  bastaban  y 
le  sobraban  las  que  conquistó  por  si  propio. 

El  general  Mitre  ha  procedido  sin  embargo  en  esa  omisión, 
con  la  más  atroz  injusticia,porque  al  fin  su  grandiosa  obra  noea 
solo  la  Historia  de  Bégrano,  sinó  la  de  la  Independencia  Ar- 
gentina como  lo  dice  en  su  título;  y  todo  cuanto  se  relaciona 
con  este  grande  hecho  habría  debido  merecerle  una  especial  in- 
vestigación, un  laborioso  examen,  y  sobre  todo  una  ímpareial 
y  estricta  veracidad . 

Pera  como  la  batalla  de  las  Piedras  fué  exclusivamente  gana- 
da por  el  general  Artigas,  el  odiado  gefe  oriental,  era  necesa- 
rio rehacer  una  historia  especial,  truncar  los  hechos,  suprimir 
la  verdad  del  modo  más  incalificable,  y  no  dedicar  A  esa  céle- 
bre batalla  mks  importancia  que  la  de  un  nolo  renglón  men- 
cionándola iricidentalmente  como  un  hecho  cualquiera,  sin 
nombrar  á  sn  autor,  y  atribuyéndole  á  otro  su  dirección. 

Deberíamos  dedicar  algunas  páginas  á  dislates  de  esta  clase, 
deduciendo  de  ellos  la  conclusión  más  lógica  y  justa;  pero  te- 
nemos necesidad  de  pasar  adelante,  limitándonos  por  ahora  á 
justificar  nuestras  afirmaciones  transcribiendo  aJgunos  docu- 
mentos oficiales  que  nunca  se  han  publicado  en  la  República, 
y  que  por  lo  mismo  serán  leídos  con  grande  ínteres;  á  la  vez 
que  atestiguan  de  una  manera  irrefutable  la  veracidad  de  nues- 
tros asertos  sobre  la  separación  del  general  Belgrano  del 
mando  del  ejército,  y  su  ninguna  parte  en  la  preparación  in- 
dicada por  Mitre  de  la  batalla  de  las  Piedras  por  ese  gefe, 

Hé  aquí  copia  del  oficio  dirigido  por  el  General  Rondeau  á 
la  Junta  Gubernativa  de  Buenos  Aires,  dando  cuenta  de  ha- 
berse recibido  del  ejército;  y  el  que  se  halla  inserto  en  la  Ga- 


ceta  de  Buenos  Aires  de  aquella  fecha,  así  aómo  la  nota  del 
General  Artigas  que  también  reproducimos. 


«  Don  Manuel Bdgrano  etitrega  simando  del  ejército  al  nuevo 
general  D .  José  Sondean,  que  avisa  de  ello,  y  de  las  demos  pro- 
videncias queha  tomado  en  conseaienda. 

Exmo.  Señor: 

Encargado  ya  del  mando  de  este  ejército,  dado  á  reconocer 
por  segundo  jefe  al  teniente  coronel  don  Martin  G-alain  y  por 
comandante  principal  de  la  milicia  patriótica  al  de  la  misma 
clase  don  José  Artigas,  todo  conforme  al  acta  y  decreto  que 
V.  E.  56  sirve  dirijirme  con  oñcio  de  V.  E.  del  pasado:  es  mi 
primera  atención  tratar  de  la  reunión,  arreglo  y  organización 
de  él,  de  que  impondré  á  V.  E.  en  adelante,  pues  ahora  el  cor- 
to tiempo  de  tres  dias,  que  hace  que  me  recibí  del  mando,  no 
permite  más,  porque  aun  hay  tro]>as  á  retaguardia  que  vienen 
marchando,  y  otras  que  ya  operan  muy  avanzadas,  y  se  hace 
indispensable  esperar  la  incorporación  de  aquellas  y  noticias 
que  he  pedido  de  éstas. 

Penetrado  del  mas  vivo  reconocimiento  con  que  esa  capital, 
sus  jefes  militares  y  V.  E.  me  distinguen,  ofrezco  esforzar  mis 
escasos  conocimientos,  actividad  y  celo,  á  fin  de  lograr  las 
ventajas  incalculables,  lo  que  no  tengo  por  dificultoso,  en  fa- 
vor de  nuestra  causa,  principalmente  ,cuando  han  sido  tan 
felices  los  primeros  sucesos  de  nuestras  armas  en  los  pueblos 
del  Colla  y  S.  José;  pues  aunque  no  estoy  bien  impuesto  en  el 
pormenor  de  estas  acciones,  como  que  los  part«8  fueron  dados 
a]  Sr.  Vocal  D.  Manuel  Belgrano,  quién  los  habrá  elevado  á 
V.  E.,  he  recibido  ayer  los  prisioneros  del  segundo  puesto,  y 
librado  las  correspondientes  órdenes  para  que  continúen  ¿  esa 
capital .   Estos  hechos  que  seguramente  han  alentado  é,  naes- 


—  67  — 

tros  hermanos,  y  consternado  de  necesidad  á  los  enemigos  de 
la  sagrada  causa,  y  sus  caudillos,  como  también  la  reunión  de 
gentes  que  cada  vez  se  aumentan  mas  á  favor  de  éUa,  ofrece 
el  resultado  favorable  á  que  aspiramos,  luego  que  baga  sus 
marchas  este  respetable  ejército. 

Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. 

«Cuartel  General  de  Mercedes,  5  de  Mayo  de  1811. 

Exmo.  Señor : 

José  Rondeau»y> 

Exma.  Junta  Provisional  Gubernativa  de  estas  provincias.» 


Hé  aquí  ahora  la  nota  á  que  hemos  hecho  referencia  antes 
en  que  el  general  Artigas  dá  á  conocer  la  organización  que  él, 
y  no  Belgrano,  habia  dado  á  sus  fuerzas,  con  las  que  p  reparó 
la  batalla  de  las  Piedras,  once  dias  después. 


Excmo.  Señor : 

Habiendo  pedido  con  fecha  4  del  corriente  al  teniente 
coronel  don  José  Artigas,  comandante  general  de  milicias  de 
caballería  patriótica  una  noticia  de  la  fuerza  disponible  que  se 
halla  á  sus  órdenes;  me  dice  en  contestación  lo  siguiente: 

«  Operan  bajo  mi  mando  1113  hombres  que  tengo  distribui- 
dos en  varios  puntos,  con  el  fin  de  que  sigan  los  buenos  efectos 
que  ha  producido  el  movimiento  general  de  esta  campaña. 

Al  pueblo  de  Jolinas  y  Maldonado  guarnecen  300  hombres 
al  mando  de  don  Manuel  Artigas,  con  orden  de  avanzarse  has- 
ta Pando:  otros  160,  al  mando  del  capitán  don  Baltasar  Bar- 
gas, corren  desde  el  Canelón  hasta  el  Colorado,  y  200  más  al 

8 


de  don  Antonio  Pérez,  se  aprozimaii  Hasta  el  mismo  campa- 
mento enemigo  qne  actoalmente  ae  halla  en  las  Piedras,  y  se 
compone  eus  fiíerzas  de  800  hombrea  con  cuatro  piezas  de  arti- 
llería de  2  y  4.  ■ 

Estos  insurgentes  al  mando  de  Posadas  han  acabado  con  laa 
vacas  lecheras,  y  comienzan  ya  á,  sentir  la  falta  de  víveres,  que 
no  pueden  adquirir  en  razón  de  que  nuestras  partidas  los  opri- 
men por  todas  partes . 

Con  esta  fecha  (que  es  la  de  7  del  corríente)  he  comisionado 
á  don  Femando  Otorguez  para  que  tome  la  caballada,  y  gana- 
do de  la  Estancia  del  Bey,  único  refugio  en  que  podrían  tener 
esperanza  nuestros  enemigos,  y  para  ello  lleva  50  hombres. 

La  demás  fuerza  hasta  los  1113  hombres  detallados,  se  ha- 
llan reunidos  en  un  campamento  que  tengo  formado  sobre  éste 
río  de  Santa  Lucia,  i  la  banda  del  Sud , » 

También  me  ha  remitido  don  Venancio  Benavides,  desde  el 
Colla,  una  razón  de  la  fuerza  de  su  división  que  asciende  á  984 
plazas,  con  la  cual  debe  poner  sitio  á  la  Colonia,  según  plan 
acordado  con  el  señor  Belgrano,  y  aprobado  por  mi,  á  fin  de 
cortarles  todo  recurso  y  favorecer  la  deserción  de  350  hombres 
que  se  encierran  allí,  los  más  patríelos,  y  deseosos  de  escapar,ó 
separarse  de  los  enemigos  de  la  causa  oomiut , 

Todo  lo  que  participo  á  V.  E.  para  su  superior  inteligencia. 
Dios  guarde  á  V ,  E .  muchos  años. 

Cuartel  General  de  Mercedes,  11  de  Mayo  de  1881 . 
Exmo.  Señor: 


Exma .  Junta  Gubernativa  de  laa  provincias  del  Rio  de  la 
Plata.» 


—  99  — 

Treinta  y  siete  diaa  antes  de  la  batalla  de  las  Piedras,  veise 
oomo  se  expresaba  el  general  Artigas  dírijiándo?a  á  sus  cOm- 
prOTÍncianos  en  una  proclama  que  nunca  se  ha  publicado  aqni 
y  &  cuya  inserción  nos  anticipamos  ahora  pava  demostrar  la 
ninguna  participación  que  pudo  tener  >  el  general  Belgrano  en 
aquella,  desde  que  Artigas  asumía  ya  U  posición  militar  en  es- 
ta Banda  que  se  deja  ver  por  sus  enérgicas  palabras  al  ponerse 
en  campaña: 

"Froolaou  del  general  don  José  Artiga»  al  ejército  de  la 
Banda  Oriental. 

«  Leales  y  esforzados  compatriotas  de  la  Banda  Oriental  del 
Rio  de  la  Plata;  vuestro  heroico  entusiasmado  patriotismo  ocu- 
pa el  primer  lugar  en  las  elevadas  atenciones  de  la  Exma. 
Junta  de  Buenos  Aires,que  tan  dignamente  nos  rpg'?iitea.  Esta, 
mdvida  del  alto  concepto  de  vuestra  felicidad,  os  dirige  todos 
los  auxilios  necesarios  para  perfeccionar  la  grande  obra  que 
habéis  empezado;  y  que  continuando  con  la  heroicidad,  que  es 
análoga  á  vuestros  honrados  sentimientos,  extei'iiiineis  á  esos 
genios  discolos  opresores  de  nuestro  suelo,  y  refractarios 
de  los  derechos  de  nuestra  respetable  saciedad.  Dineros,  mu- 
niciones y  tres  mü  patriotas  aguerridos  son  los  primeros  so- 
corros con  que  la  Exma.  Junta  os  dá  una  prueba  nada  equívo- 
ca del  interés  que  toma  en  viiestra  prosperidad;  esto  lo  tenéis  á 
la  vista,  desmintiendo  las  fabulosas  expresiones  con  que  os 
habla  el  fatuo  Elio,  en  su  proclama  de  20  de  Marzo.  Nada 
más  doloroso  á  su  vista,  y  á  la  de  todos  sus  facciosos,  que  el 
ver  marchar  con  pasos  magestuosos,  esta  legión  de  vaUentes 
patriotas,  que  acompañados  de  vosotros  van  á  disipar  sus  am- 
biciosos proyectos;  y  á  sacar  á  sus  hermanos  de  la  opresión  en 
que  gimen,  bajo  la  tiranía  de  su  despótico  gobierno. 

«  Para  conseguir  el  felix  éxito,  y  la  deseada  felicidad  á  que 


—  100  — 

aspiramos,  os  recomiendo  á  nombre  de  la  Exma .  Junta  vues- 
tra protectora,  y  en  el  de  nuestro  amado  jefe,  una  unión  fra- 
ternal, y  ciego  obedecimiento  &  las  superiores  órdenes  de  los 
jefes,  que  os  vienen  á  preparar  laureles  inmortales.  Union,  ca- 
ros compatriotas,  y  estad  seguros  de  la  victoria.  He  convoca- 
do á  todos  los  compatriotas  caracterizados  de  la  campaña;  y 
todos,  todos  se  ofrecen  con  sus  personas  y  bienes,  á  contribuir 
á  la  defensa  de  nuestra  justa  causa. 

«  A  la  empresa  compatriotas!  que  el  triunfo  es  nuestro:  vencer 
ó  morir  sea  nuestra  cifra;  y  tiemblen,  tiemblen  esos  tiranos  de 
haber  excitado  vuestro  enojo,  sin  advertir  que  los  americanos 
del  Sur,  están  dispuestos  á  defender  su  patria;  y  á  morir  antes 
con  honor,  que  vivir  con  ignominia  en  afrentoso  cautiverio. 
Cuartel  General  de  Mercedes,  11  de  Abril  de  1811. 

José  Artigas . » 


En  el  testo  de  la  obra  insertaremos  muchos  documentos  ofi- 
oíales  que  confirmarán  nuestro  aserto,  impugnando  la  absurda 
añrmaciou  del  general  Mitre  de  que  es  el  general  Belgrano 
quien  preparó  con  sus  medidas  la  gran  victoria  de  las  Piedras. 

Permítasenos  por  último,  antes  de  concluir ,  hacer  una  de- 
claración que  no  amengua  nuestros  escrúpulos  ni  aminora  la 
responsabilidad  que  aceptamos. 

Nos  anticipamos  perfectamente  á  las  tremenda»  resistencias 
que  nuestro  libro  sublevará  entre  la  multitud  de  enemigos  que 
la  calumnia  ha  creado  al  nombre  de  Artigas,  aún  en  su  mismo 
país,  y  sobretodo  en  el  nuestro . 

,  Este  libro  no  se  ha  escrito  para  los  partidarios  irreconcilia- 
bles ó  inconvencibles^  cuyas  convicciones  y  juicios  obedecen 
ciegamente  á  sus  ineradicables  preocupaciones.  La  infatua- 
ción, el  fanatismo  por  lo  general  no  se  corrijen. 


—  101  — 

Soa  incuiableB,  como  toda  profunda  aberración  mental.  Casi 
podría  decii'se  que  responden  á  alguna  crónica  lesión  orgánica 
de  Tin  encandecido  cerebro. 

Las  mismas  pruebas  que  debieran  arrancarles  sns  errores, 
los  reagravan  y  exasperan.  El  alma  humana  en  ciertos  politi- 
003  partidistas  padece  de  ofuzcaates  cataratas  que  interceptan 
la  clara  luz  de  la  evidencia,  y  rechazan  toda  tentativa  de  cor- 
rección ó  de  enmienda. 

Sabemos  de  antemano  que  seremos  condenados  y  escarne- 
cidos sin  audiencia  ni  apelación  por  esos  enfermos  del  alma. 
Xios  dejamos  á  su  insania. 

IVera  de  estos  tendremos  asi  mismo  al  frente  muchos  ad- 
versarios, muchos  censores  inexorables. 

Su  número  y  su  importancia  no  nos  arredrarán  desde  que 
acaten  la  verdad  sabida,  guarden  buena  fé,  y  se  inspiren  en 
sentimientos  leales.  Kepitiándolea  la  célebre  frase  del  gene- 
ral Griego,  esperaremos  que  antes  de  agredimos  tíos  escuchen. 

Bajo  estas  condiciones,  estamos  persuadidos  que  los  atrae- 
remos á  nuestras  opiniones,  y  que  harán  justicia  á  la  rectitud 
de  nuestras  inspiraciones  y  propósitos. 

Tenemos  tal  confianza  en  la  fuerza  de  nuestras  comproba- 
ciones que  abrigamos  la  esperanza  de  que  hemos  de  atr¿erriOí< 
&  muchos  de  nuestros  antagonistas,  convenciéndolos  de  su 
error,  aumentando  asi  el  número  de  los  que  como  el  incrédulo 
apóstol  Pablo,  se  convierten  á  la  verdad  ante  la  irresistible 
luz  que  les  entra  por  los  ojos . 


^ 


Como  pronuncia  su  fallo  la  Historia  imparcial- 
Dos  grandes  hechos  históricos. 


Pennítasenos  una  oliserTacion  qne  servirá  é.  rectificar  en 
algimoa  adversarios  leales  el  jtiício  hostil  i  Artigas  j  sns 
Betos,  que  ba  venido  agravándose  desde  1813  como  una  con- 
denación inapelable . 

Las  generaciones  argentinas,  y  aán  las  portuguesas,  y  des- 
pués brasileras,  que  lian  pasado  desde  1812  no  han  podido  s^ 
ainó  muy  parciales  en  sns  juicios  y  en  sus  fallos . 

No  son  por  lo  mismo  el  tribunal  mas  competente  é  irrecu- 
sable para  apreciarlos. 

Ean  sido  actores,  victimas  y  victimarios,  en  unos  mismos 
sucesos .  Se  han  dejado  dominar  ya  por  sus  impulsos  vengati- 
vos, ya  por  sus  sentimientos  apasionados,  ya  por  sus  intereses 
del  momento  más  ó  menos  lesionados. 

Han  hecho  abstracción  de  toda  equidad,  de  toda  justicia,  de 
toda  razón. 

Todos  los  actos  de  Artigas,  fuesen  las  que  se  fuesen  las  cir- 
cunstancias y  las  causas  y  móbiles  que  los  producían  ó  los  im- 
ponian  como  una  snprema  necesidad,  han  sido  un  crimen  ó 
nna  culpa  ante  el  criterio  apasionado  de  portugueses  y  argen- 
tinos. 

Cada  uno  ha  sentido  y  ha  formulado  sns  juicios  dentro  del 
radio  de  su  acción  ó  de  sn  sufrimiento  personal,  según  sus  ím- 
petus y  pasiones,  y  según  lo  que  veía  al  frente.  Han  sentido 
pues  los  efectos,  y  no  han  podido  ni  querido  darse  onenta  d» 
las  causas. 

Pero  la  historia  no  puede  ni  debe  modelarao  por  ese  raqui» 


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—  104  — 

tico  molde .  No  debe  someterse  al  criterio  de  las  venganzas,  de 
^\  los  rencores,  de  las  pasiones  personales  que  son  la  mayor  parte 

de  las  veces  un  falso  prisma  para  las  acciones  humanas . 

Es  de  este  modo  como  muchos  de  los  suatos  mas  nobles  y 
admirables  de  Artigas,  han  sido  interpretados  con  la  mas  refi- 
nada, y,  perdónesenos  la  palabra,  desvergonzada  malignidad. 

No  se  nos  reproche  el  calificativo,  porque  vamos  á  dar  la 
prueba  de  su  justicia. 

De  ello  dá  un  repugnante  ejemplo  el  mismo  ilustrado  doctor 
López,  al  referirse  como  de  paso,  y  muy  por  encima  al  nobilí- 
simo hecho  del  general  Artigas  de  poner  inmediatamente  en 
libertad  á  los  siete  jefes  de  cuerpo,  todos  enemigos  suyos,  que 
el  gobierno  revolucionario  de  Buenos  Aires  le  enviaba  engri- 
llados para  que  pudiese  saciar  en  ellos  una  venganza,  que  no 
estaba  en  el  carácter  elevado  del  caudillo  oriental 

El  doctor  López  afirma  que  los  devolvió  lyorque  no  eran  los 
que  él  habia  pedido,  uno  de  los  cuales  debia  ser  el  Canónigo 
Figueredo  ! 

Al  menos,  el  general  Mitre  con  mucha  mayor  altura  recono- 
ce en  su  Historia  de  BélgranQ  que  los  devolvió  «por  un  rasgo 
de  nobleza». 

Muchos  de  los  contemporáneos  de  Artigas  lo  han  juzgado 
bajo  la  presión  de  los  rencores  del  dia  y  al  través  dé  la  atmós- 
fera viciada  del  odio  personal . 

Con  esciisas. excepciones  y  bajo  el  punto  de  vista  histórico, 
los  juicios  mas  rectos  y  serenos,  sobre,  todo  los  mas  imparcia- 
les, son  casi  siempre  los  que  se  formulan  desde  lejos,  años  des- 
pués de  los  acontecimientos  que  se  quiere  juzgar. 

Bajo  la  presión  de  su  imponente  espectáculo  y  tratándose 

de  grandes  hechos  te^rminados  por  una  catástrofe,  ó  por  pade- 

«     oimientos  de  las  müohediunbres,  bo  siempre  el  observador 

puede  conservar  la  serena  independencia  de  su  buen  ^sentido 

{tráctico,  ni  el  libre  juego  de    sus  facultades  y  discernimiento. 


—  106  — 

Como  sucede  con  los  grandes  cuadros  de  pintura  mural,  ciertos 
hechos  históricos  muy  importantes  y  conmovedores  no  pueden 
contemplarse  bien  ni  juzgarse  fríamente,  sinóá  cierta  distancia, 
para  obtener  mejor  una  idea  perfecta  de  su  conjunto,  del  todo 
clistinta  del  análisis  prolijo  ó  inmediato  de  sus  incorrectos  ó  as- 
peros  detalles.  Hay  voces  contradictorias,  hay  defensas  no  es- 
cuchadas todavía  en  la  vorájine  de  las  turbulencias  civiles, 
hay  intereses  y  pasiones  ardientes,  que  ofuzcan  el  criterio  con- 
movido dol  espectador  ó  actor  contemporáneo,  haciéndole  pa- 
sar desapercibidos  los  principales  incidentes  y  causas  cuyo  ol- 
vido ó  ignorancia .  han  de  extraviar  necesariamente  el  más 
claro  ingenio.  Solo  con  el  transcurso  de  los  años  se  puede  for- 
mar una  apreciación  serena  é  imparcial,  oyendo  á  acusados  y  á 
acusadores. 

Cuando  el  general  Bernard  fué  enviado  á  Cayena  á  fin  de 
ofrecer  un  perdón  ó  indulto  condicional  al  famoso  miembro  del 
Comité  de  Salud  Pública,  BiUaud  Varennes,  deportado  allí, 
el  inflexible  BiUaud  negóse  resueltamente  á  aceptarlo. 

En  ei  trascurso  de  la  negociación,  y  habiendo  conseguido 
obtener  alguna  intimidad  con  el  anciano  terrorista,  animóse 
Bernard  á  observarle  cuanto  debia  lamentarse  que  la  ley  del 
22  Prairial  que  dio  amplísimas  facultades  y  poder  tremendo 
al  Tribjinal  Revolucionario,  hubiese  contribuido  á  dejar  man- 
chas de  sangre  en  las  nobles  pajinas  de  la  historia  de  la  Con- 
vención. 

«  Joven,  replicóle  Billaud  irguiéndose  con  severa  entereza: 
«:  cuando  los  huesos  de  las  dos  generscciones  que  siguen  á  4a 
«  vuestra,  se  hayan  blanqueado*  bajo  la  acción  del  tiempo,  solo 
«  hasta  entonces  podrá  la  historia  abarcar  y  dilucidar  bien  esa 
«  gran  cuestión. . .'. .  Pero  dejemos  esto, y  vamos  á  ver  cómo 
4c  crecen  en  mi  jardincito  las  cmatro  palmeras  qne  me  han  en* 
<c  viado  de  la  Guadalupe.» 

Lo  repetimos,  el.fallo  imparcial  sobre  ciertos  grcuides  dramas 


—  106  — 

corresponde  en  jasticiaá  las  generaciouea  fatxai 

las  preocupaciones  y  de  las  pasiones  que  neces 
tan  debido  predominar  en  los  actores  de  esos  grai 
Los. 

los  generales  Mitre  y  Sarmiento,  ni  el  doctor  Lope 
r  Berra  son  la  posteridad  imparcial  y  severa,  peí 

la  lealtad  del  adversario  contemporáneo. 
:  eminentes  escritores  se  ha  operado  la  transfusío 
yectado  de  generación  en  generación  desde  Ckv 
iejo  Oriental  que  publicó  en  Buenos  Aires  baoe  p< 
;  último  libelo  contra  Artigas,  y  el  cual  los  üustri 
rea  argentinos  se  han  asimilado  elevando  á  la  cati 

augusta   historia,  los  denuestos  de  Marforío  ó   c 

los  cuentos  del  Barón  de  Trenck. 

atan  asi  la  tradición  del  rencor  y  de  la  venganz 

a  bola  de  nieve  viene  agrandándose  en  sn  constai 

basta  fundamentar  una  colosal  impostura.  Pero  ' 
x)mo  ba  dicho  muy  bien  Walter  Scott,  discurrienc 
idas  populares  escocesas  «  es  una  alquimia  invertid 
i  el  oro  en  plomo .  » 

30  presente,  esa  tradición  como  base  de  informacio 
■io  sobre  grandes  becbos  pasados,  puede  tambie 

á  una  de  esas  piras  ó  fogatas  encendidas  en  iaa  co! 
tas  á  fin  de  extraviar  al  navegante,  y  dar  á  los  pirt 
>sta  la  presa  de  un  nanlragio.  Asi,  se  ha  heobo  z( 
isticia  y  la  moral  histórica  con  los  fiíegos  noctumc 
ulacion  tradicional. 

modo,  y  bajo  el  apasionado  criterio  de  aquellos  ei 
>r  ejemplo,  en  esa  página  de  oro  que  ostenta  el  Ee 
bal  en  1811,  con  la  emigración  en  masa  de  su  poblf 
lonando  resueltamente  sus  hogares  y  sus  bienes  ps 
bleoerse  en  distante  y  ageno  territorio  al  otro  lad 
ly,  en  las  tristes  orillas  del  aolitario  Ayuí,  en  Entn 


—  107  — 

rioe,  i  fin  de  librarse  del  cautiTerío  ¿  que  de  naevo  les  conde-' ',  j^ 
naba  el  oobude  armisticio  de  Ootnbre  de  ese  afioyla  Tapac  : 
inTasion  portagnesa  de  ese  mismo  período,  tan  elocuentemente 
descrita  en  ta  nota  <de  Artigas  de  Diciembre  de  1811,  al  Qo-  ' 
biemo  del  Paraguay;  en  esa  página  de  oro,  decimos,  algunos, 
de  los  actores  y  espectadores  de  tan  scblime  Éxodo,  nos  han 
dejado  páginas  de  desconsuelo,  de  reprobación,  de  rencor,  qae  ' 
sólo  reñejan  bqb  penalidades  y  sus  sentimientos  del  dia,  ágenos 
al  gran  móvil  que  inspiraba  ese  sorprendente  movimiento  po- 
pular. 

Hoy,  los  que  contempltunos  de  lejos  ese  supremo  sacrificio, 
desentendiéndonos  de  aquellas  pequeñas  contingencias  perso- 
nales, nos  inclinamos  respetuosos  ante  ese  gran  drama  dvico 
representado  por  un  pueblo  entero :  reconocemos  y  veneramos 
el  patriotismo  indomable  que  lo  produjo,  y  al  caudillo  soberbio 
que  lo  agigantó  con  su  inflexible  iniciativa. -.-Los  dolores,  los 
sacrificios,  las  espantosas  privaciones  soportadas,  quedan  olvi- 
dadas en  segundo  término,  como  nn  nobilísimo  holocausto  del 
patriotismo  en  el  ara  sagrada  de  la  libertad  americana. 

Los  mismos  detractores  de  Artigas  que  tonto  lo  han  vilipen- 
diado por  ese  grandioso  hecho,  qae  es  sin  dnda  uno  de  sus  máe 
gloriosos  timbres,  no  han  tenido  sino  palabras  de  apasionado 
aplauso  para  la  resolución  adoptada  en  Salta  por  Belgrano, 
con  motivo  de  su  retirada  después  de  una  desastrosa  derrota. 
Este  hecho  aunque  de  proporciones  muy  -  menguadas  compa- 
rado con  el  de  Artigas,  tiene  sin  embargo  algana  analogía 
con  él,  pero  lo  sobrepasa  sin  duda  por  la  violencüa  desmedida 
de  los  medios  coercitivos  empleados  por  Belgrano,  y  enaltece 
mas  el  de  Artigas,  desde  que  aquel  no  actuaba  en  aquellas  dis- 
tantes provincias  sino  como  un  gefe  expedicionario  de  Buenos 
Aires,  de  tr&nsito  por  allí,  en  tanto  que  Artigas  lo  adoptaba 
en  sn  misma  provincia,  estimulado  &  ello  por  la  opinión  popu- 
lar entusiasta  y  patriota. 


—  108  — 

Veáse  cómo  se  expresa  al  reepécto  un  juez  imparoial  partí- 
cipe del  suceso,  el  general  Faz;  según  el  lo  narra  en  sos  Me-' 
moñas,  (tomo  1.'^  página  52). 

«Hay  mas  aun  que  decir  en  honor  del  general  Belgrauo. 

«Hasta  que  él  tomó  el  mando  del  ejército  se  puede  asegurar 
que  la  revolución  propiamente  hablando  no  estaba  hecha 
en  esas  mismas  provincias  que  eran  el  teatro  de  la  guerra. 

«  Cuando  en  principios  de  este  mismo  año  {1811}  enprendió 
el  general  Pueyrredon  su  retirada  con  el  ejército,  nadie  (con 
muy  raras  excepciones)  se  movió  de  su  casa,  y  esos  eaiteños  y 
jujeños  tan  obstinados  y  patriotas,  como  valientes  después, 
86  quedaban  muy  paciñcamente  para  esperar  al  enemigo,  so- 
meterse á  su  autoridad  sin  excluir  muchos  empleados  militares 
que  no  estaban  en  ser^ácio  activo.  Cuando  en  Agosto,  empren- 
dió el  general  Belgrano  la  suya,  la  hizo  preceder  de  un  bando 
fulminante  mandando  el  completo  abandono  de  los  pueblos  y 
lugares  que  debia  ocupar  el  enemigo.  «Esiandetos  decía  el 
bando,  retirad  vuestras  liaciendas:  comerciantes,  retirad  vuestro 
géneros;  lalradores  retirad  vuestros  frutos,  que  nada  quede  A 
enemigo,  en  la  inteligencia  que  lo  que  quedare  será  entregado  á  loa 
Uamas  (1) . 

«  Efectivamente  algo  sucedió  de  esto,  pues  tuve  noticia  de 
uno  ó  dos  cargamentos  de  efectos  que  se  distribuyeron  á  la 
multitud  ó  se  quemaron,  y  yo  mismo  y  todo  el  ejercito  presen- 
cié el  incendio  de  dos  gruef^os  cargamentos  de  tabaco  en  covos, 
por  la  misma  razón.  » 

Veáse  como  se  expresa  sobre  esta  violenta  resolución  de  Bel- 
grano el  general  Mitre  en  su  historia.  (Tomo  1."  ptcgina  428) . 


(1)  „No  tengo  á  la  vista  el  documento  &  que  me  refiero,  y  loe  palabras 
que  pongo  de  él  son  un  acuerdo  de  mi  ntemoria.  Sin  embargo  si  ha; 
algtma  alteración  aer&  muy  pequeña  é  insabstancial.  Tristan  en  ana 
carta  k  GoTBneche  que  íaé  interceptada,  le  dice: 

„Belgrauo  es  imperdonable  por  el  Bando  de  tantos  da  Agosto." 


—  109  — 

Lo  que  antye  este  eminente  historiador  constituye  para  el  ge- 
neral Belgrano  una  gran  gloria  aunque  adquirida  en  tan  dis- 
tintas condiciones,  forma  asi  mismo  uno  de  los  cargos  más  ca- 
lumniosos que  le  hacen  al  general  Artigas  sus  detractores. 

«  A  mediados  de  Julio  (dice  Mitre)  tuvo  aviso  que  el  enemi- 
go habia  reforzado  considerablemente  su  vanguardia  de  Sui- 
pacha,  y  que  sus  avanzadas  batian  el  campo  .hasta  la  Quiasa. 
Todo  anunciaba  una  próxima  invasión,  y  en  consecuencia  se 
previno  para  obrar  con  sus  fuerzas  reconcentradas .  Al  finali- 
zar el  mes  recibió  cuatrocientos  fusiles  de  Buenos  Aires,  y  con 
este  oportuno  auxilio  se  dispuso  á  emprender  una  retirada  al 
frente  del  enemigo,  haciéndola  proceder  de'^un  Bando  terrible^ 
en  que  ordenaba  a  los  hacendados,  comerciantes  y  labradores, 
que  retirasen  sus  ganados,  sus  géneros  y  sus  cosechas,  para 
que  nada  quedase  al  enemigo,  declarando  traidores  á  la  patria 
á  los  que  no  cumpliesen  sus  órdenes,  además  de  perderlo  todo; 
y  por  último,  imponiendo  pena  de  la  vida  á  los  que  se  encon- 
trasen fuera  de  las  guardias,  y  aun  á  los  que  inspirasen  desa- 
liento, cualquiera  que  fuera  su  carácter  ó  condición.  Todos 
sabian  que  el  General  sabia  cumplir  su  palabra,  y  todos  tem- 
blaron y  obedecieron,  comprendiendo  que  la  cuestión  era  de 
vida  ó  muerte.  En  vano  reclamaron  el  Cabildo  y  el  Consulado. 
Al  primero  contestó : 

«No  busco  plata  con  mis  providencias,  sino  el  bien  de  la  pa- 
tria; el  de  Vdes .  mismos,  el  del  pueblo  que  represento,  su 
seguridad  que  me  está  confiada,  y  el  decoro  del  Gobierno . 
Ayúdenme,  tomen  conmigo  un  empeño  tan  digno  por  la  Uber- 
tad  de  la  causa  sagrada  de  la  patria,  eleven  los  espíritus,  que 
sin  que  sea  una  fanfarronada  el  tirano  morderá  el  polvo  con 
todos  sus  satélites. ^>  Al  Consulado  le  decia:  «La  providencia 
de  que  Ydes.  reclaman  se  ha  de  llevar  á  ejecución  venciendo 
los  imposibles  mismos .  »  La  conmoción  eléctrica  que  produjo 
en  las  poblaciones  esta  amenaza  fulminante,  las  obligó  á  deci- 


r 
I 


—  lio  — 

dirse  por  unos  ó  por  otros,  y  ¿  sacudir  la  apatía  en  que  yacían. 
Herida  la  imaginación  de  las  masas,  con  aquella  manifestación 
terrible  de  una  voluntad  enérgica,  se  bailaron  sAbitameute 
predispuestos,  como  lo  observa  un  testigo  presencial  « á  des- 
plegar esa  fuerza  gigantesca  que  ellos  mismos  ignoraban,  y 
que  después  ha  hecho  de  laa  provincias  del  Norte  un  baluarte 
inconmovible  »,  y  así  fué  como  el  entusiasmo  se  inoculó  en 
ellas  por  el  dolor.»  Hasta  aquí  Mitre. 

La  emigración  en  masa  del  pueblo  Oriental  por  no  someter- 
se á  la  dominación  española,  será  siempre,  y  cuanto  más  se  ale- 
jen loa  tiempos,  un  rasgo  de  incomparable  heroísmo  y  abnega- 
ción. 

Sin  someterse  á  aquel  criterio  razonador  é  imparcial,  ajeno  é. 
las  profimdas  emociones  del  momento  en  que  se  daban  tan 
grandes  pruebas  de  abnegación,  se  comprende  también  como 
el  feroz  é  implacable  Azteca,  el  impertérrito  Indio  Juárez,  hi- 
ciera en  1862  estremecer  de  hoiTor  á  la  Europa  monárquica, 
arrojándole  la  cabeza  de  su  ungido  Maximiliano,  y  despeda- 
zando el  corazón  de  los  grandes  traidores  que  se  le  habían  ven- 
dido; encandeciendo  en  el  rayo  de  Querétaro  la  sublimo  indig- 
nación del  pueblo  mejicano  martirizado  por  la  conquista  fran- 
cesa, 

Y  sin  embargo,  trascurridos  veinte  años,  el  mismo  invenci- 
ble Juárez  aparece  hoy  ante  todos  los  pueblos  libres  de  la  tier- 
ra, como  la  grandiosa  personificación  de  lá  independencia  ul- 
trajada, como  el  nobilísimo  redentor  de  su  pueblo ! 


La  verdad  y  la  justicia  nos  fortalecen  combatiendo 
la  cruzada  que  se  lia  organizado  contra  el  Ge- 
neral Artigas. 


No  poc&s  veces  desde  hace  años  hemos  sentido  profunda  zo- 
zobra al  emprender  este  trabajo  histórico,  meditando  que  son 
los  pensadores  mas  aventajados  de  nuestra  patria,  y  aun  de 
esta  misma  República,  historiadores,  literatos,  políticos,  y  ju- 
risconsultos; los  que  36  han  coaligado  al  parecer,  para  fulminar 
un  olímpico  anatema  sobre  el  indomable  Capitán  de  la  Inde- 
pendencia Oriental,  que  nosotros,  pigmeos  intrusos  en  el  cam- 
po de  las  letras,  tenemos  la  osodia  de  pretender  vindicar  y  aún 
enaltecer . 

Nos  damos  cuenta  en  realidad  de  lo  arduo  é  ingrato  de  nues- 
tra tarea;  porque  sabemos  que  nada  es  mas  difícil  que  desar- 
raigar del  espíritu  de  los  hombres,  j  sobre  todo  de  hombres 
eminentes  en  lasletras,  las  opiniones  ó  doctrinas  con  que  se 
han  imbuido  desde  la  niñez,  y  que  han  venido  afirmándose  de 
largos  años  atrás  en  su  ánimo,  hasta  constituir,  quizá  incons- 
cientemente en  la  mayor  parte  de  los  casos,  una  preocupación 
nacional . 

En  los  errores  voluntarios  hay  siempre  una  invencible  obs- 
tinación: es  el  capricho  de  no  dejarse  convencer,  desde  que  no 
es  la  reflexión  sino  la  pasión  la  que  predomina . 

Infatigables  y  sistemáticos  detractores  han  contribuido  4 
hacer  que  el  nombre  del  general  Artigas  simbolice  y  represento 
en  la  República  Argentina  la  reacción  generadora  del  desqui- 
cio nacional,  el  espíritu  anárquico  exaltado  hasta  el  crimen  de 
lesa  patria ,  y  el  desconocimiento  de  toda  forma  y  autoridad 


—  112  — 

de  gobierno,  de  orden  público  y  de  organización  poKtica  conjg- 
titucional . 

Esa  misma  ciega  preocupación  se  ha  venido  formando,  no 
solo  alli  sino  aún  en  la  misma  tierra  natal  del  héroe^  entregán- 
dolo desde  los  bancos  de  las  escuelas ,  con  la  autoridad  de  im- 
portantes textos  recomendados  y  aceptados  por  el  preceptorado, 
al  escarnio,  al  menosprecio,  ó  al  odio  de  las  generaciones  que 
se  han  ido  educando  en  ellos  desde  hace  no  pocos  años,  á  pesar 
de  los  valiosos  trabajos  históricos,  debidos  á  la  laboriosidad  é 
inteligencia  del  infatigable  De-Maria,  el  primero  en  revindicar 
las  glorias  de  Artigas,  y  á  la  ilustrada  meditación  del  doctor 

Ramírez,  de  Bauza,  de  Pereira  y  de  Diaz . 

■ 
Algunos  de  los  modernos  y  mas  eminentes  historiadores  de 

la  República  Argentina  como  los  generales  Mitre  y  Sarmien- 
to, los  doctores  López  y  Gutiérrez,  los  señores  Dominguez  y 
Estrada,  y  en  especial  y  mas  recientemente  y  con  mas  encono 
y  pasión,  el  doctor  Berra,  escribiendo  en  esta  misma  Repúbli- 
ca, han  coincidido  en  fulminar  las  mismas  violentas  censuras, 
y  formular  idénticas  acusaciones  contra  el  general  Artigas . 

Casi  estaría  uno  tentado,  sino  fuese  porque  habria  irreveren- 
cia en  ello,  en  aplicar  á  ese  coro  de  acordes  uniformes  de  la  ca- 
lumnia en  crescendo  el  concepto  ingenioso  de  Voltaire,  tratando 
de  explicar  la  forma  como  se  inventaban  libelos  en  su  época. 

«  Hay,  decia  entre  nosotros  un  grande  manantial  de  errores 
«  públicos,  y  que  es  peculiar  á  nuestra  nación.  Tal  es  la  pasión 
«  por  los  vaudevilles .  Se  les  inventa  y  escribe  todos  los  dias 
«  sobre  y  contra  las  personas  más  respetables.  Sobre  tan  boni- 
«  to  fundamento  se  oye  á  cada  instante  calumniar  á  los  muer- 
«  tos  y  á  los  vivos.  Así  es  como  puede  decirse  entre  nosotros: 
«  tal  ó  cual  hecho  es  cierto;  desde  que  está  probado  ó  ratificado 
«  por  tal  canción!:» 

El  ritmo  anti-Artiguista  preludiado  por  el  poeta  Mitre  ha  sido 
entonado  en  monótono  diapasón  por  la  mayor  parte  d#  los  his- 


—  113  — 

toriadores  argentinos  hasta  su  nota  mas  aguda  por  el  doctor 
López:  nniformidad  armónica  que  venimos  nosotros  á  romper. 

Aún  el  mismo  distinguido  publicista  don  Mariano  A.  Pelli- 
za, tan  imparcial  y  justiciero  en  sus  fallos,  el  ilustrado,  reflexi- 
TO  y  erudito  biógrafo  de  Dorrego  y  Monteagudo,  deprime  á 
Artigas,  al  mismo  tiempo  qjxe  le  hace  recta  justicia  en  algunos 
puntos,  sobre  los  que  ataca  violentamente  al  señor  Sarmiento 
por  sus  juicios  absolutos  y  ebrios  de  odio  contra  el  mismo  gran 
caudillo  oriental. 

No  puede  creerse  que  por  desidia  en  la  afanosa  é  improba 
labor  intelectual,  por  docilidad  imitativa  de  grey  literaria,  se 
hayan  uniformado  sucesivamente  estos  ilustrados  historiado- 
res, en  un  mismo  unisono  criterio,  para  calumniar  en  fila  el 
gran  caudillo  uruguayo,  anatematizar  sus  hechos  y  tendencias,  y 
amenguar  la  grandeza  de  su  época  en  el  vasto  territorio  de  seis 
provincias  en  que  aquel  preponderaba  en  181B,  en  donde  li- 
diaba en  leal  combate  en  nombre  y  defensa  del  mismo  gran 
principio  politice  que  hoy  sostienen  como  sagrado  nuestros 
hijos  argentinos. 

En  nuestra  opinión,  y  perdónesenos  tan  mal  juicio  ante  las 
pruebas  que  aduciremos,  es  solamente  la  pasión  estrecha  del 
localismo  inveterado,  el  fetichismo  idólatra  de  facción,  enferme- 
dades crónicas  en  nuestras  intratables  oligarquías,  las  que  sin 
duda  han  extraviado  ú  ofuzcado  la  clarísima  inteligencia  de 
aquellos  ilustrados  publicistas. 

Artigas  en  la  Banda  Oriental,  Quemes  al  otro  extremo  del 
territorio  argentino  en  Salta,  López  en  Santa  Fó,  Ramirez  en 
Entrerios,  Bustos  en  Córdoba,  en  su  mayor  parte  tan  inferiores 
á  Artigas,  han  caido  bajo  la  misma  sentencia  de  reprobación  ó 
repulsión  localista,  que  en  la  historia  ha  falseado  la  moral  y 
la  justicia;  y  en  la  política  interna  ha  empapado  en  sangre  de 
hermanos  los  pueblos  argentinos  • 

8 


r 


—  114  — 

Es  ese  f  anatiamo  localieta,  esa  banderita  de  pulpería,  como  lo 
calificó  atinadamente  el  General  Mitre  &1  cjombatir  á  loe  sepa- 
ratistas de  Buenos  Aires  en  1867:  es  ese  localismo,  engendro 
híbrido  de  la  soberbia  y  de  la  víiílencia,  el  que  sin  dada  ha 
predominado  en  los  juicios  de  tan  eminentes  escritores,  indu- 
ciéndolos á  rechazar  ó  i  desconocer  sistemáticamento  los  he- 
chos honorables  y  dignos  más  notorios  é  intergiversables,  he- 
chos que  cuando  menos,  y  en  último  caso,  debian  ante  su  con- 
ciencia de  fiublicistas  ilustrados,  atenuar  la  violencia  de  bob 
cargos,  y  la  injusticia  inapelable  de  sus  fallos. 

Es  así  como  sin  beneficio  de  inventario,  se  ba  aceptado  la 
herencia  de  odios  tradicionales  que  como  una  implacable  fe?t- 
detta  corsa  se  ha  venido  legando  de  generación  en  generación, 
desde  los  políticos  intrigantes,  ambiciosos  ó  terroristas,  muchos 
de  los  cuales  tomaron  parte  en  aquellos  hechos  de  1811  á  1819, 
y  cuyos  errores,  cuyos  delitos  mismos,  se  atenúan  y  avín  jus- 
tifican hoy  por  aquellos  escritores  en  aras  de  ese  odio  tradí- 
cíonaL 

Esa  misma  irrefrenada  pasión  localista,  porque  el  espíritu  de 
nacionalidad  en  bu  elevación  y  grandiosidad  repudia  tan  ra- 
quítico esclusivismo,  es  la  que  no  les  ha  permitido  advertir  á 
aquellos  autores  que  al  denigrar  y  amenguar  sistemáticamente 
la  figura  histórica  del  eminente  caudillo  que  llena  por  sí  solo 
algunas  de  las  mas  sobresalientes  páginas  de  esa  época,  deni- 
graban y  amenguaban  también  implícitamente  los  grandes 
alzamientos  y  explosiones  populares  de  1810  á  1816,  la  abne- 
gación cívica,  el  heroísmo,  la  infatigable  euerjía,  que  caracte- 
rizaron los  primeros  años  de  la  revolución  americana . 

Como  prueba  de  esto  mismo,  nada  mas  convincente  y  de 
maa  feliz  oportunidad  que  la  opinión  que  al  respecto  emite  el 
mismísimo  doctor  López  tan  acreedor  á  igual  acerba  censura, 
criticando  á  su  tumo  á  Sarmiento  por  su  bello  romance  del 
Facundo,  y  justificando  asi  la  afirmación  que  hemos  hecho  al 


—  116  — 

principio  de  que  basta  para  impugnar  al  doctor  I^ope^  en  sus 
juicios  sobre  Artigas  el  ojear  algunas  páginas  de  su  pinto- 
rezca  historia. 

'  Sin  advertirlo,  el  mismo  doctor  López  se  ha  condenado  á  si 
propio  como  podríamos  probarlo,  citándole  numerosos  ejem- 
plos de  esa  aleccionadora  contradicción. 

Dice  (tomo2.^pag.  142),  hablando  de  un  episodio  de  la 
guerra  de  la  independencia  : 

«  Entre  las  personas  que  se  distinguieron  en  este  servicio,  la 
Graceta  de  Buenos  Aires  de  aquella  época  nombra  al  benejnérito 
Capitán  don  Juan  Facundo  Quiroga :  tétrica  figura  después, 
cuya  posición  social  y  circunstancias  personales  ha  presentado 
de  una  manera  equivocadísima  el  señor  Sarmiento,  en  su  pan- 
fleto de  Civilización  y  Barbarie]  verdad  es  que  este  trabajo  fué 
concebido  y  publicado  en  la  forma  de  foretin,  antes  de  pasar 
á  ser  panfleto  político  y  ele  convertirse,  coyi  grande  descrédito 
miestro,  en  texto  de  historia  argentina  á  los  ojos  de  los  estrange- 
roSj  que  ignorando  completamente  la  miestra^  con  el  escritor  donde 
la  aprenden^  so  hallan  mas  que  inclinados  á  simplificarla  en 
formas  absolutas  y  absurdas,  como  aquella,  2}ara  declararnos 
hurlaros  antes  y  aliora^  «á  la  recheráie  d'une  civilisation.» 

Volviendo  ahora  á  nuestro  tema,  debemos  afirmar  que  aque- 
llas grandes  é  innegables  virtudes  cívicas  americanas  se  prac- 
ticaron y  desarrollaron  lo  mismo  en  las  ciudades  como  en  el 
rancho  solitario  del  gaucho,  en  los  campos  argentinos  y  orien- 
tales, al  calor  del  ejemplo  que  daban  principalmente  los  caudi- 
llos batalladores  en  medio  de  cruentísimos  combates,  afrontan- 
do toda  clase  de  peligros  y  privaciones . 

Ellas  son  las  que  impulsaron  á  los  ciudadanos  armados  de 
las  provincias  unidas  del  Rio  de  la  Plata,  una  de  las  cuales 
era  la  Oriental,  desde  Cotagaita  y  Suipacha  de  Bolivia  á  las 
Piedras  de  Canelones,  hasta  alcanzar  su  anhelada  emancipa- 
ción. 


—  116  — 

de  acerbas  y  doras  pruebas,  filé  (|ue  las 
bulentas  democracias  Argentina  y  Oriental, 
;as  y  entusiastas  ante  intrépidos  gefes  po- 
on  sn  supremacia  militar,  decidiéndose  sus 
icultas,  pero  siempre  patriotas,  k  seguir  con 
)  el  ejemplo  qae  aquellos  les  daban . 
rgentina  debía  atesorar  multitud  de  nom- 
modestos  patriotas  qne  contribuyeron  entu- 
persona  y  bienes  al  desarrollo  y  al  triunfo 
e  las  ciudades  en  donde  esos  sacrificios  ó 
i  ó  eran  poco  conocidos,  á  causa  de  no  exis- 
prenea  de  ninguna  clase  en  los  pequeños 
n  que  servían  de  cabeza  de  departamento  ó 
!os  territorios  en  donde  aquellas  hechos  te- 

rcunstancias  especiales,  !a  revolución  ha  te- 
itemente  ingrata  con  muchos  de  sus  mejo- 
ítenedores,  cuyos  servicios  y  abnegación, 
os  campos  despoblados,  pasaban  frecuénte- 
os 6  eran  compensados  con  la  más  desalen- 

oriadorea  como  el  doctor  López  que  con  bu 
aente  han  calificado  k  esos  modestos  pa< 
ada  semi-b&rhara .  Para  ellos  y  para  sos 
1  &  la  causa  de  la  patria,  no  hay  en  sos 
o  6  rencor. 

tre  tantas  otras  una  prueba  de  cómo  se  lia 
leal  olvido,  trascribiendo  k  continuación 
s  hechas  por  el  general  Belgrano,  quien  se 
una  sucinta  reseña  ó  Memoria  muy  poco 
i¿  sobre  su  campaña  al  Paraguay .  En  ella 
mas  recomendaciones  especíalísimas  á  su 
i  Oriental  don  Manuel  Artigas,  hermano 


I 
I 

•  « 


—  117  — 

del  General,  cuyos  primeros  servicios  ala  libertad  son  tan  po- 
co conocidos,  por  cuya  misma  razón  lo  consignamos  aquí  con 
m^yor  complacencia. 

Dice  asi  el  General  Belgrano  con  su  sencilla  é  irrecusable 
veracidad: 

«  Debo  hacer  aquí  el  mayor  elogio  del  pueblo  del  Paraná  y 
toda  su  jurisdicción:  á  porfía  se  empeñaban  en  servir,  y  aque- 
llos buenos  vecinos  de  la  campaña,  abandonaban  todo  con 
gusto  para  ser  de  la  expedición  y  auxiliar  al  ejército  de  cuan- 
tos modos  les  era  posible.  No  se  me  olvidarán  jamas  los  ape- 
llidos Carriego^  Ferré,  Vera  y  Ereñü:  ningún  obstáculo  habia 
que  no  venciesen  por  la  patria. 

«  Ya  seríamos  felices  si  tan  hienas  disposiciones  no  las  IniMese 
trastornado  ungóbierno  inerme,  qiie  no  ha  sabido  premiar  la  vir- 
tud y  ha  dejado  impunes  las  delitos .  Estoy  escribiendo  atando  es- 
tos  mismos  Ereñú  sé  que  han  latido  á  Holmlerg.» 
•...^•. 

Y  respecto  de  don  Manuel  Artigas  dice  lo  siguiente: 
«Al  salir  el  sol  mande  al  Mayor  General  en  el  boteyfaé 
con  un  ayudante  y  otros  oficiales,  á  que  reuniese  la  gente  y 
presentase  la  acción;  al  mismo  tiempo  salió  mi  ayudante  don 
Manuel  Artigas,  capitán  del  regimiento  de  Améríca,  con  cinco 
soldados  en  el  bote  de  cuero  y  el  subteniente  de  patricios  don 
Gerónimo  Elguera,  con  dos  soldados  de  su  compañía,  en  una 
canoita  paraguaya,  por  no  haber  cabido  en  las  balsas .  El  bote 
de  cuero  emprendió  la  marcha  y  la  corriente  lo  arrastró  hasta 
el  remanso  de  nuestro  frente:  insistió  el  bravo  Artigas,  y  fué  á 
desembarcar  en  el  mismo  lugar  que  Elguera,  es  decir  como  á 
la  salida  del  bosque  por  el  Campichuelo . 

«No  estalla  aún  la  gente  reunida  y  solo  había  unos  pocos  con 
el  Mayor  Gteneral  y  sus  ayudantes;  entonces  el  valiente  Arti- 
gas se  empeñaba  en  ir  ¿  atacar  álos  paraguayos:  tuvo  sus  pa- 
labras con  el  Mayor  General,  y  al  fin  llevado  de  su  denuedo, 


—  118  — 

aigoiéndole  don  Hann^  Espinóla,  el  menor,  de  quien  b»- 
hUui  ea  au  lagar,  de  Elgnera  y  de  los  siete  hombres  qae  habian 
ido  en  bote  de  cuero  y  canoa  paraguaya,  avanzó  hasta  los  ca- 
ñones de  los  paraguayos,  que  después  de  habernos  hecho  siete 
tiros ,  sin  causarnos  el  mia  leve  daño ,  corrieron  vergonzosa- 
mente y  abandonaron  la  artillarla  y  una  bandera,  con  algunas 
moniciones . 

«La  tropa  sali¿,  se  apoderó  del  campo  y  sucesivamente  mand¿ 
la  artillería  y  cosas  más  precisas  para  perseguir  al  enemigo  y 
afianzar  el  paso  del  resto  del  ejército  y  demás  objetos  y  víve- 
res qne  era  preciso  llevar.» 

Hasta  aquí  el  general  Belgrano. 

Así  como  ese  noble  rasgo  de  arrojo  del  Capitán  Artigas,  y 
los  servicios  empeñosos  de  algunos  patriotas  entrerianos  que 
cita  el  General,  ¿  cuántos  no  habrán  pasado  desapercibidos  tan 
sólo  por  que  los  historiadores  como  el  Dr.  López  han  juzgado 
que  la  democracia semi-bárhara,  como  la  llamaban,  á  que  aque- 
llos pertenecían,  era  indigna  de  la  atención  y  aplauso  público 
de  la  metrópoli  argentina  ? 

Esas  opiniones  tan  deprimentes  y  vejatorias  no  son  hoy  sino 
el  trasunto  escrito  de  la  misma  política  gubernativa  que  se 
imponía  con  tan  odiosos  caracteres  desde  1812.  Responden  al 
sistema  de  gobierno  absoluto  de  las  provincias  que  se  implan- 
tó en  Buenos  Aires  por  el  Triunvirato  de  que  fué  uno  d©  los 
secretarios  D.  Bemardino  Bivadavia,  cuyas  ideas  políticas  vol- 
vieron ¿  ser  tan  fat^es  &  la  República  en  1826. 

Aquella  política  exigía  ciega  y  servil  obediencia  á  todos  sus 
mandatos,  y  cuando  las  autoridades  de  una  provincia  reclama- 
ban moderadamente,  entonces  sobrevenía  sobre  ellas  la  co- 
aocion,  la  imposición  en  su  más  censurable  despotismo.  Produ- 
cíase asi  una  resistencia  pasiva  que  comprimida,  se  hada  de- 
generar en  abierta  rebelión,  y  entonces  el  pueblo  oprimido 


—  119  — 

tascaba  entre  bus  hijos  predilectos  el  caudillo  que  debía  diri- 
girlo en  la  lucha. 

La  ceguedad  y  violencia  de  los  políticos  de  la  Comuna  Por- 
teña,  como  la  llama  el  doctor  López,  se  hacía  entonces  impla- 
cable en  sus  tendencias;  y  de  ahí  la  lucha  armada,  y  el  castigo 
tremendo  y  ejemplar  si  predominaban  aquellos.  Además  del 
castigo,  y  en  seguida  de  él,  venia  la  acusación  al  caudillaje,  la 
justificación  de  cualquier  atentado^  y  el  oprobio  para  los  venci- 
dos, como  democracia  semi-hárbara^  como  montoneraj  como 
horda. 

El  doctor  don  Vicente  Quesada  en  una  importante  Memoria 
publicada  en  la  entrega  94  de  la  Revista  de  Bnenos  Aires j  ex- 
presa algunas  observaciones  que  sin  referirse  á  la  época  que 
nos  ocupa,  coinciden  así  mismo  con  nuestra  opinión  •  Proce- 
diendo ellas  de  un  pubKcista  tan  eminente,  darán  mayor  auto- 
ridad á  nuestros  juicios,  aunque  éstos  se  refieran  á  una  época 
^distinta.  Dice  así: 

«  Lisistimos  sobre  la  importancia  de  los  estudios  históricos; 
porque  ese  estudio  es  la  base  de  todo  buen  gobierno,  que  sa- 
biendo lo  que  es,  debe  conocer  lo  que  debe  ser,  y  la  manera  de 
hacerlo  práctico,  de  convertirlo  en  hecho.  Y  no  pu0de  cono- 
cerse bien  lo  que  es,  es  decir  lo  presente,  si  no  se  ha  estudiado 
con  criterio  lo  que  fué,  es  decir  el  pasado. 

«  Estudiando  la  historia  colonial  encontramos  la  filiaron  de 
un  partido  qiie  es,  qui^á  sin  darse  cuenta,  el  peor  enemigo  de  las 
instituciones  libres]  hablamos  de  esos  pretendidos  tutores  de  la 
sociedad,  que  sostienen  que  el  pueblo  no  está  en  condiciones 
de  ejerqer  en  toda  plenitud  el  sdf  government]  que  pretenden 
que  debe  darse  paulatinamente  ese  ejercicio,  reservándose 
ellos,  en  su  insensata  vanidad,  el  señalar  cual  es  la  capacidad 
íle  ese  pueblo,  para  ejercer  parte  de  la  libertad . 

Ese  partido  conservador  en  el  fondo,  tiene  su  origen  y  su 
dación  en  las  tendencias  del  gobierno  colonial  y  de  la  reli- 


/ 


—  120  - 

gion  oficial.  Asi  como  el  monarca  contralizó  el  gobierno  en  la 
metrópoli,  creyendo  que  el  Consejo  de  las  Indias  era  bastante 
para  atender  los  múltiples  intereses  y  necesidades  de  sus  es- 
tensísimos  dominios  americanos,  sin  contar  para  nada  con  los 
pueblos  gobernados;  de  1^  misma  manera  los  conservadores  de 
hoy  creen  que  el  gaucJio,  que  el  ciudadano,  no  es  apto  para  el 
Gobierno  libre,  que  pretenden  que  apenas  puede  ejercerse  en 
esta  capital.  Ignoran  que  las  instituciones  influyen  en  la  suer- 
te de  los  pueblos,  y  que  es  de  esencia  del  gobierno  libre,  fede- 
ral y  autonómico,  dar  mas  esperíencia,  hacer  mas  reflexivo  y 
por  lo  tanto  mas  culto,  al  pueblo  que  se  gobierna  á  si  mismo, 
que  no  aquel  que  es  gobernado  por  las  oligarquías  de  las  ciu- 
dades ó  de  los  partidos:  que  por  consiguiente  establecer  sin 
ambajes  las  instituciones  libres,  es  dar  al  pueblo  los  medios  de 
propender  á  su  adelanto.  Si  diésemos  á  la  historia,  como  me- 
dio  de  experiencia  para  el  gobierno  libre,  la  importancia  que 
en  si  tiene,  encontraríamos  áh^ra  perfectamente  caracterizado  al 
patiido  retrbgrado  6  conservador^  que  no  ha  podido  etnandparse 
todavía  de  las  tradiciones  de  la  colonia,  qice  vive  en  la  sociabilidad 
de  entonces,  modernizado  apenas  por  alfftmus  frases-,  pero  temien- 
do entrar  en  las  reformas  radicales  que  el  pueblo  exije  y  deb^ 
obtener.» 

Hasta  aquí  el  doctor  Quesada. 

En  la  cruzada  que  se  ha  organizado  hace  años  contra  el  ge- 
neral Artigas  en  las  pajinas  históricas  de  algunos  escritores 
argentinos  y  orientales,  hay  la  reproducción  escrita  de  lo  que 
fueron  los  hechos  en  los  campos  ensagrentados  en  que  se  die- 
ron más  de  veinte  batallas  desde  el  Guayabo  hasta  Cepeda^ 
entre  los  dos  elementos  que  luchaban  por  la  supremacía  polí- 
tica. 

La  era  de  las  persecuciones  y  agresiones  contra  Artigas  y 
sus  sostenedores  no  se  ha  cerrado  con  la  desaparición  de  este 
de  la  escena  política. 


—  121  — 

Se  ha  aumentada  y  recrudecido  la  hostilidad  moral  después 
de  la  hostilidad  material,  envolviendo  rencorosamente  al  pue- 
blo Oriental  en  una  común  execración  y  vilipendio. 

Es  contemplando  tantas  y  tan  odiosas  injusticias,  como  se 
ha  fortalecido  en  nuestro  ánimo  la  convicción  de  que  llevaba- 
mos  á  cabo  una  obra  digna  y  justa  al  emprender  la  misión  re- 
vindicadora  que  nos  hemos  impu^to. 


£1  pueblo  Argentino  no  es  responsable  de  la 
mala  política  de  algunos  de  sus  gobernan- 
tes. 


Muy  lejos  está  de  nosotros  cortejar  ni  lisonjear  preocnpacio- 
nes  vulgares  ni  rivalidades  de  mal  carácter,  sobreexcitando  en 
lo  más  mínimo  odios  y  antagonismos  de  raza  6  de  nacionalidad, 
que  no  tienen  hoy  ninguna  razón  de  ser  para  ante  los  ciudada- 
nos ilustrados  y  rectos  de  las  Eepáblicas  Oriental  y  Argen- 
üna. 

Ambas  naciones,  tienen  sobradas  glorias  en  su  Historia  res* 
pectiva,  y  superabundantes  ftierzeus  vitales  y  recursos  de  exis- 
tencia propia  en  su  vigoroso  organismo  para  que  pueda  inten- 
tarse por  nadie,  procediendo  con  rectitud  y  justicia,  el  menos- 
cabar á  una  con  agravio  ó  vejamen  de  la  otra. 

Hay  entre  uno  y  otro  pueblo  tan  intima  comunidad  de  glo- 
riosos antecedentes,  de  grandes  y  nobles  sacrificios  en  bien  re- 
cíproco, de  estrecha  solidaridad  de  intereses  políticos  y  econó» 
micos,  presentes  y  futuros,  que  nunca  babria  un  fin  honesto  ni 
laudable  en  el  publicista  que  intentase  apartarlos  de  esa  nobi- 
lísima tradicion,(ó  sembrar  entre  los  hermanos  de  1811,  de  1813, 
de  1826,  ó  entre  los  compañeros  de  la  grande  Alianza  de  1866 
el  más  pequeño  germen  de  desinteligencia  y  repulsión. 

Algunos  de  los  primeros  gobiernos  argentinos  observando 
una  política  tan  extraviada  como  culpable,  intentaron  desde 
1812,  en  1814  y  15,  desconocer  el  buen  derecho  del  pueblo 
oriental  á  gobernarse  por  sí  mismo,  que  ya  esplicita  y  termi- 
nantemente habían  reconocido  al  pueblo  paraguayo  en  1811. 

Empeñáronse  en  maltratarlo  como  á  servil  colono,  ó  como  & 
liumilde  subordinado,  en  vez  de  considerarlo  cerno  á  hermano 


—  124  — 

y  aliado;  ejerciendo  en  consecuencia  sobre  él  una  coacción 
opresora. 

Ante  lejitímas  y  justificadas  resistencias,  otros  gobernantes 
lo  entregaron  mas  tarde  como  una  inicua  y  bárbara  expiación 
de  su  autonpmia  revindicada  heroicamente  en  el  Guayabo;  lo 
entregaron,  decimos,  aislado  y  abandonado  á  la  conquista  ex- 
trangera,  debilitándolo  con  inicuas  invasiones,  enviadas  contra 
sus  aliados  de  Santa  Fé  y  Entrerios. 

Pero  si  todo  eso  se  puso  en  práctica  en  nombre  de  una  poli- 
tica  funesta,  no  es  el  pueblo  Argentino  responsable  de  tales 
errores  y  culpas  capitales ,  ni  de  aquel  sistema  de  odiosa  opre- 
sión, ni  de  aquellos  crímenes  históricos . 

Siempre  que  pudo  el  pueblo  Argentino  se  opuso  á  ellos,  al 
mismo  tiempo  que  pagaba  más  caro  que  nadie  con  su  sangre  y 
con  sus  tesoros,  esas  grandes  faltas  de  aquellos  gobernantes. 

El  mismo  pueblo  argentino  en  distintas  épocas  ha  repudia- 
do y  condenado  aquella  política  agresora  y  fratricida.  Derrocó 
tres  veces  á  los  directores  despóticos  que  sucesivamente  la  ini- 
ciaron y  adoptaron.  Anuló  y  desprestigió  á  los  partidos  que 
los  sostuvieron,  y  condenó  hasta  la  memoria  de  esos  atentados 
nacionales. 

Por  sino  bastasen  á  corroborar  nuestros  asertos  las  trascrip- 
ciones que  en  otra  sección  haremos  de  algunos  importante^ 
diarios  de  aquella  época,  expresión  leal  del  espíritu  publico, 
queremos  sobre  abundar  al  respecto,  buscando  nuestro  mejor 
testimonio  en  los  mismos  ilustrados  escritores  que  tanto  han 
enaltecido  á  Posadas,  á  Alvear,  á  Alvarez,  y  á  Pueyrredon,  y 
vilipendiado  á  Artigas;  es  decir,  en  las  mismas  afirmaciones 
del  general  Mitre  y  doctor  López. 

Pero  antes  de  apoyamos  en  las  opiniones  de  estos  últimos 
para  refutarlos,  debemos  pedir  á  la  historia  patria  un  más  va» 
lioso  contingente,  buscando  en  el  mismo  general  Belgrano  un 
leal  interprete  de  las  aspiraciones  qne  ya  entonces  podían  Ha- 


—  126  — 

marse  nacionales^  y  la  pureza  y  rectitud  de  convicciones  del 
cual  nadie  podría  poner  en  duda  como  uno  de  los  grandes  y 
más  honorables  actores  y  directores  de  la  revolución. 

Desde  que  el  Triunvirato  de  Passo,  Ohiclana  y  Sarratea  ini- 
ció su  fatal  política  de  desconocimiento  de  los  derechos  de  los 
pueblos,  reconocidos  y  sancionados  por  la  Junta  Gubernativa 
anterior,  debieron  muy  pronto  hacerse  sentir  las  funestas  conse- 
cuencias de  aquella  en  la  fraternidad  y  unión  de  las  provincias. 

La  democracia  semi-bárhara  que  hoy  todavía  se  empeñan  en 
denigrar,  calificándola  así,  los  historiadores  como  Mitre,  Sar- 
miento y  López,  la  cual  formaba  mucho  más  de  las  nueve  dé- 
cimas partes  de  la  población  de  todo  el  vasto  Vireinato  de 
Buenos  Aires,  pero  la  misma  que  más  debía  contribuir  con  su 
sangre  y  sus  tesoros  á  afianzar  la  independencia  de  las  futuras 
Provincias  Unidas  del  Eio  de  la  Plata,  (en  la  que  no  debemos 
incluir  la  de  las  cuatro  Intendencias  del  Alto  Perú,  que  tanto 
contribuyeron  también  con  su  contingente  á  esa  tremenda  lu- 
cha) esa  democracia  semi-háj'bara,  el  pueblo  Argentino,  en  una 
palabra,  debía  al  fin  reaccionar  y  sublevarse  contra  la  poUtica 
opresora  de  algunos  gobiernos  despóticos  de  Buenos  Aires. 

Esa  política  liberticida  que  no  sabia  olvidar,  pero  que  tam- 
poco sabia  aprender  ni  correjirse,  era  odiada  y  combatida  al 
frente  mismo  del  común  enemigo  español;  y  lo  que  indigna 
tanto  mas,  se  hacia  responsable  de  ella  al  pueblo  de  Buenos 
Aires,  que  era  al  mismo  tiempo  su  primer  victima;  viniendo 
así  á  concentrar  sobre  su  esclarecido  prestijio  el  odio  y  la  zana 
de  los  pueblos  oprimidos  en  su  nombre,  como  residencia  de  los 
gobiernos  patrios . 

Contra  aquellos  historiadores  vamos  á  hacer  valer  como 
hemos  dicho  antes,  entre  otras  numerosas  pruebas,  las  opinio- 
nes del  mismo  general  Belgrano,  que  en  distintas  épocas  al 
frente  de  gloriosos  ejércitos,  vencido  ó  vencedor,  censuró  tan- 
tas yeces  al  Gobierno  central  la  adopción  de  esa  política  r^ 


/ 


pulaiva,  y  en  términos  impresionadores,  le  hizo  frecaentemer 
palpar  eo  medio  de  loa  mismas  provincias  ofendidas  y  vi 
pendiadas  en  sos  lejitimas  aspiraciones,  como  lo  estaba 
Banda  Oriental  con  Artigas  á  sa  frente,  las  terribles  con¡ 
cnencias  de  esa  indignación. 

Cuando  Belgrano  aún  no  tenia  el  prestigio  de  sus  ínmort 
les  victorias  de  Tacaman  y  Salta,  después  del  contraste  de  N 
zareno  y  la  retirada  de  Yatasto  á  20  leguas  de  Tucuman, 
donde  aíiampó  el  ejército  patriota  para  reorganizarse,  aquel  g 
neral  que  acababa  de  suceder  en  el  mando  á  Puejrredon,  di 
gió  al  Gobierno  uu  oficio  en  2  de  Mayo  de  1812,  en  el  que 
expresaba  en  estos  términos  tan  acerbos  como  fundados,  dá 
dolé  cuenta  de  los  resultados  de  esa  mala  politice. 

«Ni  en  mi  camino  del  Rosario,  ni  en  aquel  triste  pueblo, 
en  la  provincia  de  Córdoba  y  su  capital,  ni  en  las  ciudad 
de  Santiago,  Tucuman  y  Jujuy,  be  observado  aquel  entusit 
mo  que  se  manifestaba  en  los  pueblos  que  recorrí  cuando  : 
primer  espedicion  al  Paraguay;  por  el  contrarío,  quejas,  lame 
tos,  frialdad,  total  indiferencia,  y  diré  más,  odio  mortal,  q 
casi  estoy  por  asegurar  que  preferirían  á  Goyeneche,  cuan 
no  fuese  más  que  por  variar  de  situación  y  ver  si  mejorabí 
Créame  V.  E.:  el  ejército  no  está  en  pais  amigo,  no  liay  una  si 
demostración  que  me  lo  indique;  no  se  nota  un  solo  hombre  q 
se  uñad  él, no  digo  para  servirle,  ni  aun  para  ayudarle:  iodo 
hace  A  costa  de  gastos  y  sacrijicios.  .  .  .se  nos  trata  como  á  n 
dadcros  enemigos:  pero  qué  mucho  ¡si  se  ha  dicho  que  ya  se  oca 
Ja  hospitalidad  para  los  poiieíws  y  que  los  han  de  esprimir  lun 
chuparles  la  sangre!» 

Y  en  otra  nota  de  fines  del  mismo  mes  repetíale  lo  siguien 
sobre  el  mismo  tema: 

«La  opinión  de  los  pueblos  solo  puede  sostenerse  por  la  jt 
tidia.  Etilos  son  ignorantes  por  lo  común;  pero  saben  muy  bi 


—  127  — 

lo  que  se  les  debe,  y  acaso  por  su  mayor  ignorancia  se  conside- 
ran acreedores  á  mas  de  lo  que  les  corresponde.  :» 

Casi  simultáneamente,  con  motivo  de  haber  recibido  el  ma- 
nifiesto que  se  dio  en  Buenos  Aires,  tratando  de  justíficar  la 
odiosa  expulsión  que  se  babia  hecho  de  algunos  diputado^  de 
las  Provincias,  expresábase  asi  el  mismo  general : 

«  Becibo  el  manifiesto  de  V.  E.  Ha  sido  para  mí  un  golpe 
fetal,  porque  preveo  que  van  á  presentarse  nuevos  obstáculos, 
nuevas  dificultades,  y  que  la  enemiga  va  á  echar  más  profun- 
das raíces,  destruyendo  acaso  lo  que  había  empegado  á  traba- 
jar, y  de  que  me  quería  prometer  sacar  alguna  utilidad  á  favor 
de  la  causa  de  la  patria  porque  tanto  he  anhelado . 

Quisiera  tener  todos  los  conocimientos  necesarios,  y  ser  tan 
capaz  de  alcanzar  con  acierto  el  medio  de  conseguir  que  vol- 
vieran los  pueblos  á  aquel  primer  entusiasmo,  con  otra  reflec- 
xion  que  entonces;  mas  á  mí  no  me  ocurre  otro  que  el  de  que 
V.  E.  arbitre  el  modo  de  hacerles  conocer  que  Buenos  Aires 
no  quiere  dominarlos,  idea  que  vá  cundiendo  hasta  los  pueblos 
interiores,  y  de  que  ya  se  trata,  aún  en  el  mismo  Cocha- 
bamba.  » 

El  pueblo  argentino,  y  principalmente  el  pueblo  de  Buenos 
Aires,  condenaron  de  la  manera  más  franca  é  interjiversable 
los  desaciertos  y  atentados  de  ciertos  Q-obiemos,  cuando  estos 
comprometían  gravemente  el  crédito  de  la  nación,  degradán- 
dola ante  el  estranjero  con  himiiUantes  condescendencias  ó  con 
inicuos  pactos  y  alianzas,  con  tanta  mayor  razón  cuanto  más 
violentos  eran  los  medios  de  que  echaban  mano  para  imponer- 
se á  las  Provincias. 

Si  ante  el  terror  que  se  hacía  prevalecer  por  medio  de  la 
fuerza,  y  de  actos  atentatorios  á  la  libertad  de  los  ciudadanos, 
el  pueblo  no  reaccionaba  en  Buenos  Aires  con  las  armas  en  la  , 
mano,  como  lo  hizo  con  Alvear,  hasta  hundirlo  en  el  polvo  de 


—  188  - 

la  derrota  más  oprobiosa,  no  por  eso  contemporizaba  con  esos 
malos  Gobiernos. 

No  pudiendo  combatirlos  ni  vencerlos  con  la  revolución  ar- 
mada, porque  eUos  disponían  de  fuertes  tropas  y  abundantes 

recimiento  por  los  mil  medios  que  un  pueblo  audaz  y  expansi- 
vo sabe  adoptar  para  evidenciar  su  reprobación,  y  castigar 
moralmente  ¿los  malos  gobernantes  que  no  puede  derrocar. 

Véase  cómo  bosqueja  el  General  Mitre  algunos  rasgos  de  la 
sublevación  que  dio  en  tierra  con  el  odiado  Alvear,  el  enemigo 
capital  de  Artigas. 

«El  15  estalló  la  revolución  en  la  capital:  los  cuerpos  cívicos 
se  armaron,  y  el  Cabildo  se  puso  á  su  frente,  proclamando  el 
descenso  del  Director  y  la  disolución  de  la  Asamblea.  El  al- 
calde de  primer  voto,  D.  Francisco  Escalada,  en  nombre  de 
aquella  corporación,  mandó  levantar  una  horca  frente  á  las 
casas  consistoriales;  para  Alvear,  si  era  vencido;  para  el  pue- 
blo, si  la  revolución  no  triunfaba.  En  vano  pretendió  Alvear 
resistir:  rechazado  por  los  pueblos,  abandonado  por  su  ejército, 
sin  el  apoyo  de  la  opinión  ni  de  la  ñierza,  tuvo  que  ceder  el 
campo,  y  refugiarse  abordo  de  un  buque  estrangero. 

«Esta  revolución,  que  fué  verdaderamentepopular  y  que  pu- 
so en  evidencia  los  medios  artificiales  por  que  se  habia  elevado 
el  joven  Director,  así  como  la  impopularidad  de  su  política  de- 
sacertada, manchó  su  triunfo  con  actos  de  insólita  crueldad  y 
cobardía,  inmolando  una  víctima  inocente,  (el  coronel  Paillar- 
del)  capitulando  con  él  caudillo  Artigas;  mandando  quemar  con 
gran  solemnidad  los  bandos  y  proclamas  espedidos  contra  él;  de- 
clarándole ilustre  y  heneméñto  gefe  de  la  libertad,  y  entregándole 
aherrojados^para  que  dispusiese  de  éUos  á  su  antojo^  á  aquellos  de 
$us  enemigos  que  más  se  habían  hecho  notar  por  su  adhesión  (U 
Gobierno  nacional.   Artigas  tuvo  la  ndbleífa  de  rechasar  d  Aor- 


—  129  — 

rible  presente  de  ca^me  hwnana  que  se  le  hacía,  diciendo  que  no 
era  él  verdugo  de  Buenos  Aires,» 

Como  prueba  del  aborrecimiento  inextinguible  que  el  pueblo 
de  Buenos  Aires  le  demostraba  á  Alvear,  el  enemigo  implacable 
de  Artigas,  véase  como  lo  confiesa  el  Dr.  López: 

«  Abierto  el  Cabildo  (T.  3**  páj.  724)  y  apenas  comenzaba 
el  Alcalde  S.amos  Mejia  á  dar  cuenta  de  la  situación  para  pror 
poner  que  saliese  una  comisión  á  recibir  al  Gobernador  Sarra- 
tea,  entró  precipitadamente  D .  Carlos  M.  de  Alvear  con  una 
seguridad  altiva;  y  tomando  la  voz,  se  puso  á  dar  cuenta  de.lo 
que  habia  pasado .  Recordando  lo  ocurrido  el  dia  B  y  las  acu- 
saciones de  Soler  contra  Sarratea  y  contra  los  federales,  insis- 
tió en  que  ese  general  era  el  que  babia  levantado  la  sedición 
peligrosa  de  Balcarce,  para  derrocar  al  gobernador;  y  qué  por 
consecuencia  era  un  traidor  y  un  partidario  encubierto  de  la 

I 

ominosa  tiranía  de  Puejnredon. 

«A  la  noticia  de  que  Alvear  se  hahia  entrado  al  Cabildo,  y  que 
se  apoderaba  del  poder,  se  levantó  en  él  concurso  una  hor rasca 
indecible.  Por  todas  las  caUes  adyacentes  corrían  hombres  yrítan^ 
do  que  Alvear  había  hedió  revolución.  Algunos  grupos  de  la  plaza, 
indignados  por  esta  sorpresa  y  osadía,  se  lanzaron  con  puñales  á 
la  sala  Capitular,  capitaneados  por  vanos  oficíales.  Uno  de  estos, 
llamado  don  Vicente  Susviela,  se  arrojo  furioso  sobre  dgenerod,  y 
lo  tomó  del  cuello  en  ademan  de  sacrificarlo,  al  mismo  tiempo  que 
los  Cabildantes,  previendo  con  espanto  un  atentado,  se  echaban  al 
frente  de  los  acolitantes  para  contenerlos,  mientras  lograban  encer^ 
rar  al  perseguido  en  tina  pieza  eontigtia , 

«El  alboroto  era  extremo,  y  pasó  mucho  tiempo  antes  de  que 
los  cabildantes  pudieran  hacerse  oir .  Agotado  al  fin  el  bullicio, 
el  Alcalde  Mayor  aseguró  al  pueblo  que  el  ánimo  de  sus  com- 
pañeros no  era  hacer  escapar  á  Alvear  —  «  pa7'a  que,  como  otro 
Catilina,  fuese  á  premier  fuego  á  la  diulad  por  sus  aiatro  cosiá- 
dos:»  que  al  arrancarlo  4  los  que  querían  hacer  justicia  en  él, 

10 


^ 


—  130  — 

harto  debida  en  ese  perturbador  y  tirano,  babian  querido  sólo 
que  no  se  ensangrentaran  las  manos  puras  de  los  ciudadanos  y 
las  gradas  del  augusto  templo  donde  la  voz  del  pueblo  esculpió 
sus  leyes .  El  Cabildo  le  garantía  al  ptidUo^  que  si  era  autorizado 
cd  efecto^  él  respondía  de  embarcar  y  alejar  de  Buenos  Aires  al 
hombre  funesto  de  quien  tanto  tenia  que  temer  la  Patria.  El  Ca- 
bildo obtuvo  esa  confianza,  y  el  Decano  Don  Pedro  Capdevila 
se  encargó  de  sacar  al  general  por  una  puerta  escusada ,  y  de 
hacerlo  embarcan,  según  la  palabra  de  honor  que  le  habia  pe- 
dido y  obtenido . » 

Hasta  aquí  el  mismo  Dr.  López,  que  tanto  ha  denigrado  á 
Artigas  porque  combatió  &  Alvear,  á  quien  el  pueblo  porteño 
en  masa  perseguía  con  tan  encarnizado  rencor. 

Por  otra  parte,  y  respecto  de  la  administración  Pueyrredon 
las  gloriosas  campanas  del  patriota  ejército  argentino  en  Chi- 
le,  ¿jo  ^^^  grLd»  ™íori«,  el  L^ble  ^. 
puje  con  que  iban  sucesivamente  despedazando  todos  los  gran- 
des elementos  y  centros  de  poder  del  G-obiémo  español  en  esta 
parte  de  Sud  America:  todos  esos  esplendores  militares,  todos 
esos  poderosos  motivos  de  exaltación  y  júbilo  público*  no  eran 
bastantes  ¿  neutralizar  ni  mitigar  el  desprestigio  con  que  el 
pueblo  zahería  y  odiaba  principalmente  al  gobierno  de  Pueyr- 
redon que  tan  hábilmente  sabia  explotar  en  su  favor  las  her- 
mosas glorias  del  ejército  libertador  de  Chile  y  el  Perú. 

Como  se  habrá  visto,  hemos  querido  frecuentemente  refutar 
las  opiniones  del  doctor  López  con  otras  del  mismo  üustrado 
escritor.  Permítasenos  observar  el  mismo  método  en  este  caso, 
autorizando  ó  justificando  nuestras  afirmaciones  tendentes  á 
demostrar  que  el  pueblo  argentino  y  aún  el  Congreso  snismo 
que  le  había  elejido,  reprobaban  la  política  del  director  Pueyr- 
redon, y  resistían  como  les  era  posible  la  coacción  ofioiaL 

Lo  particular  del  caso  es  que  el  doctor  López  bosquejando 
majístralmente  aquella  situación  de  desprestigio,  se  sirv&  ds^ 


—  181  — 


ella  para  atenuar  hasta  cierto  punto  el  nuevo  crimen  de  pro- 
curar traer  al  principe  de  Luca  disfrazado  de  monarca  ar- 
gentino bajo  el  protectorado  de  la  Francia  ó  una  princesa  del 
Brasil  casándola  con  un  cholo  rey  Yuca  para  imponer  esa  dis- 
nastia  de  carnaval  al  gran  pueblo  de  Mayo .         ^ 

Yéase  pues,  como  el  doctor  López  se  espresa  á  este  respecto, 
en  dos  distintos  capítulos  de  su  obra: 

«Empujadas  las  pasiones  en  esta  dirección  fatal,  era  indis* 
pensable  remontar  el  curso  que  hablan  traido  los  sucesos  des- 
de 1810.  No  habia  más  remedio  que  aflojar  todos  los  vínculos 
que  hablan  unido  á  las  provincias  con  la  ciudad  de  Buenos 
Aires:  que  dejarlas  libradas  á  su  propia  acción,  entregándolas 
á  la  anarquía  local  que  perturbaba  la  vida  política  en  cada 
una  de  ellas,  y  que  armar  á  Artigas,  para  que  de  su  propia 
cuenta,  y  en  provecho  propio,  resistiese  la  invasión  portugue- 
sa. Pero  al  mismo  tiempo,  era  evidente  que  las  fuerzas  maríti- 
mas del  Portugal  vendrían  ¿  pedirle  razón  á  Buenos  Aires  de 
semejante  alianza,  tratándola  naturalmente  como  á  parte  beli- 
gerante; y  que  si  Artigas  era  vencido,  todo  el  peso  ie  las  dos 
guerras,  la  de  la  Independencia  y  la  del  Portugal,  recaería  so- 
bre la  capital  definitivau.ente  extenuada  por  el  bloqueo  y  por 
estos  esñierzos  desesperados .  Si  por  el  contrarío,  se  suponía 
que  Artigas  viniese  á  ser  vencedor  (lo  que  era  improbable  por 
otra  parte)  el  resultado  tenia  que  ser  igualmente  funesto  para 
los  intereses  de  la  nacionalidad  y  de  la  civilización  argentina. 

«Porque  dueño,  aquel  bárbaro  intransijente,  del  inmenso  po- 
der müitarde  que  era  preciso  dotarlo,y  de  los  prestigios  de  la  vic- 
toria, no  podía  ocultársele  á  nadie  que  el  país  entero  tenia  que 
caer  bajo  la  férula  de  un  tirano  intratable  y  brutal,  cuyos  me- 
dios de  gobierno  y  cuyos  agentes  eran  bien  conocidos. 

«  Como  remediarlo?  El  Congreso  de  Tucuman  estaba  inoadado 
tanibien  dd  veneno  artiguista.  Stcs  pretens^íones  eran  crear  un 
poder  personal  j/ político  no  soh  ageno  sinb  simpático  y  domina- 


—  132  - 

dor  de  Buenos  AireSj  para  gobotiar  desde  afuera,  y  con  infltten" 
das  puramente  provinciales,  los  intereses  comuna]  y  como  el  nú- 
cleo sensible  de  estos  intereses,  asi  como  el  de  los  recursos  y  ele- 
mentos que  podían  darles  solución,  estaban  concentrados  en  la 
capital,  esta  resistía  la  espropiacion  y  el  despojo  que  preten- 
ilian  imponerle  de  aquello  que  consideraba  exclusivamente 
suyo,  es  decir:  del  poder  de  gobernar  y  de  dirigir  el  continjen- 
te  de  fuerzas  vitales  con  que  ella  hacia  la  guerra  y  mantenia 
la  personalidad  del  Estado . 


«Amenazada  la  Banda  Oriental  por  el  poder  portugués,  era 
imposible  para  Buenos  Aires  no  sentirse  atacada  también  co- 
mo metrópoli,  y  que  sus  instintos  de  madre  ó  hermana  mayor ^ 
como  decía  el  doctor  Passo  el  25  de  Mayo  de  1810,  no  la  llama- 
sen á  la  defensa  de  aquella  parte  de  si  misma.  Pero  amenazada 
al  mismo  tiempo  de  ser  destronada  por  el  espíritu  hostil  que 
prevalecía  en  el  Congreso  de  Tucuman:  amenazada  con  la  im- 
posición de  un  supremo  Director  que  recibía  al  poder  con  el 
encargo  de  gobernarla  desde  afuera  como  á  provincia  vencida 
y  humillada,  Buenos  Aires  sentía  sublevarse  todo  feu  orgullo; 
y  no  piidi&ndo  reconquistar  el  poder  concéntrico  que  había  perdí-- 
do,  echaba  todas  sus  pasiones  del  lado  de  la  dbsfenrion;  y  quería 
ser  provincia  independiente  para  sustraerse,  por  medio  de  un  go- 
bierno propio,  relativamente  fuerte  en  si  mismo  á  la  presión  y 
á  la  supremacía  del  poder  con  que  el  Congreso  de  Tucuman 
pretendía  dominarla  centralizando  en  sus  manos  el  gobierno 
general  de  la  Nación. 

«  Así  es  que  no  bien  se  tuvo  la  certidumbre  de  que  la  mayo- 
ría del  Congreso  de  Tucuman  estaba  decidida  á  nombrar  al 
Coronel  D.  José  Moldes,  Director  Supremo  de  las  Provincias 
Unidas  del  Rio  de  la  Plata,  cuando  estalló  la  alarma  y  el  luror 
en  toda  la  provincia  de  Buenos  Aires;  y  una  fermentación  pro- 
funda de  los  espíritus  que  de  día  en  dia  se  hacia  más  peligro- 


—  138  — 

sa  y  más  temblé,  mostró  á  todos  que  la  capital  no  consentiria 
jamás  en  semejante  solución,  y  que  seria  la  primera  en  insur- 
reccionarse contra  el  Congreso  y  contra  las  autoridades  que 
emanasen  de  semejante  nombramiento. 

«  Los  Diputados  de  Buenos  Aires  que  figuraban  en  ese  Con- 
greso protestaban  indignados  contra  la  candidatura  de  Moldes; 
y  juraban  que  la  Capital  apelaría  á  la  revolución  antes  que  con- 
sentir en  obedecer  á  semejante  enemigo.  » 

Véase  cómo  se  expresa  el  mismo  don  López  en  el  tomo  II, 
pág.  444,  mostrando  la  situación  producida  por  la  política  del 
Director  Pueyrredon : 

«  Era 'tan  grande  la  descomposición  moral,  que  todos  veian 
acercarse  el  desorden  sin  que  nadie  tuviese  criterio  para  hallar- 
la un  remedio ;  y  la  sociedad  misma,  que  veia  aterrada  que  ella 
iba  á  ser  la  victima  de  la  disolución  completa  de  la  vida  política 
y  de  los  resortes  del  gobierno,  permanecía  Jielada  y  tenMorosa^ 
sin  que  nadie  hiciese  ó  pudiese  liacer  un  esfuerzo  de  conjunto  para 
hacer  frente  al  mal;  sin  que  nadie  quisiese^  en  fin,  comprome- 
terse por  él  ó  defenderlo.  La  soledad  y  él  abandono  mantenían  una 
atmósfera  triste  y  lúgubre  al  rededor  del  Director  y  de  sus  Mints- 
troSj  quienes  no  obstante  permanecían  resueltos  á  defender  ho- 
norablemente ,  al  lado  del  Congreso ,  la  autoridad  legítima  y 
constitucional  de  que  se  hallaban  investidos  en  aquel  momento 
supremo . 

«  En  medio  de  tales  angustias,  y  am^ena^ada  la  sociedad  de  un 
desmembramiento  general  délas  proinncias,  y  hasta  de  los  distritos 
que  las  constituían  y  para  caer  bajo  la  férula  de  la  barbarie  local 
con  las  escasas  ciudades  que  estaban  entonces  en  medio  de  los 
desiertos  pastoriles  y  de  masas  incultas  y  nómadas,  las  miradas 
de  todos  los  hombres  políticos  se  volvieron  otra  vez,  como  cua- 
tro años  antes,  hacia  la  Monarquía  constituoional,  buscando  en 
ella  un  refugio  contra  los  peligros  en  que  se  veian  envueltos,  y 
con  la  esperanza  de  que  lisonjeando  así  las  ideas  predominan- 


—  134  — 

tes  de  un  monarca  de  casa  antigua  y  poderosa,  sin  recursos  mi" 
litares  y  pecuniarios  para  hacerlo  respetar,  y  para  formar  con 
el  un  amparo  para  los  intereses  y  para  las  clases  distinguidlas 
que  habian  encabezado  la  Revolución  Liberal ,  cuyos  fines  más 
legitimes  y  capitales  ( decian )  era  la  monarquía  constitucional^ 
y  nó  el  bárbaro  y  descabellado  desorden  de  que  estaban  abpra 
amenazados  por  todas  partes .  » 

Terminaremos  estas  trascripciones  de  un  grande  interés  his- 
tórico reproduciendo  algunos  párrafos  del  célebre  Manifiesto 
de  Baltimore^  distribuido  por  el  mismo  General  Artigas  á  las 
autoridades  orientales  con  nota  que  publicarenxON,  en  el  cual 
los  distinguidos  escritores  públicos  defensores  de  la  causa  del 
Estado  Oriental  en  1817,  desterrados  por  Pueyrredon  á  Norte 
América,  sobre  lo  que  hablaremos  en  otro  capítulo  (1),  revela- 
ban la  verdadera  excitación  pública  con  que  se  reprobaba  la 
siniestra  política  de  éste,  respecto  de  la  Banda  Oriental  y  de 
algunas  provincias  del  Interior.  Dice  así : 


(1)  De  la  importante  Bevista  de  Buenos  AireSy  entrega  námero  40,  to- 
mamos los  datos  siguientes  que  describen  cómo  se  llevó  á  cabo  la  per- 
petración de  este  atentado  histórico.  Es  sabido  qne  los  deportados  pu- 
blicaron en  Norte  América  el  Manifiesto  parte  del  cnal  trascribimos  en 
el  texto: 

"  A  las  dos  de  la  tarde  del  dia  13  de  Febrero  de  1817,  los  cindadanos 
Dr.  D.  Pedro  J.  Agrelo,  D.  Mannel  Moreno,  y  el  redactor  de  este  perió- 
dico La  Crónica  D.  Vicente  Pasos,  fueron  presos  por  orden  del  Gobierno 
é  inmediatamente  conducidos  juntamente  con  el  coronel  D.  Manael  Pa- 
góla, preso  k  la  una,  con  toda  incomunicación  y  misterio,  á  borde  del 
bergantín  de  guerra  „Belen^,  con  nna  escolta  de  25  negros  á  cargo  del 
capitán  español  D.  Mannel  Gregorio  Mons.  Fueron  vanas  todas  sus  di- 
ligencias para  consegoir  el  ser  juzgados;  la  contestación  qne  obtuvieron 
á  sus  representaciones  fiió  el  que  les  remachasen,  el  dia  27  por  la  ma- 
ñana, un  par  de  grillos  k  cada  uno,  y  k  los  oficiales  Chiclana  y  Marino, 
dos  pares  cruzados.  Todos  estos  señores  juntamente  con  el  coronel  don 
Ensebio  Valdenegro,  que  se  hallaba  en  el  bergantín  „25  de  Mayo^'y  á 
quien  también  se  le  puso  una  barra  de  grillos,  el  9  de  marzo  por  la  no*. 
che,  hora  en  que  zarpó  de  Martin  García,  k  donde  habian  sido  conduci- 


—  135  — 

«  El  sabe  (el  Director  Pueyrredon)  que  su  nombre  es  detes- 
<c  tado  en  todo  el  país,  y  que  jamás  en  ninguna  otra  época  ba 
«  babido  tanto  descontento:  que  los  pueblos  corren  todos  los 
«  dias  á  las  armas  para  derrumbar  su  poder,  y  que  en  esa  misma 
<c  dudad  oprimida  por  los  soldados  venales  que  ha  ganado,  en 
«  Buenos  Aires,  circula  secretamente  él  jtisto  desprecio  y  abomina-- 
«  don  q\ie  se  merece  su  persona .  Era,  pues^  palpable,  y  debia  ser-- 
«  lo,  que  se  esperaba  inna  revoludon  b  propiamente  u/n  cambiamiento 
<c  que  trajese  á  ese  déspota  y  traidor  al  condigno  castigo  de 
«  sus  delitos.  » 

«  ¿Acaso  somos  criminales  en  conocerlo  que  él  mismo  cono* 
«  ce,  qiie  se  apetecía  su  caida  ?  ¿  Qué  delito  es  el  nuestro,  si 
«  como  uno  de  tantos  y  á  vista  de  datos  que  no  solo  están  al 
«  alcance  de  todos,  bemos  creido  como  ellos,  que  el  gobierno 
«  estaba  implicado  en  planes  de  perfidia  y  de  traición,  y  que 
<c  babia  llamado  á  los  portugueses  que  invadiesen  el  territo* 
«  rio. . .  Se  esperaba  una  revoluoionl . .  Es  cierto;  y  acaso  en 


dos  en  el  „Bélen^  y  permanecido  embarcados,   con  destino   á  Savanah 
en  los  Estados  Unidos,  llegando  &  este  punto  el  7  do  mayo. 

"  Los  periódicos  de  todos  los  Estades  publicaron  un  breve  detalle  del 
becho,  y  el  18  de  Junio,  el  doctor  Agrelo  publicó  un  impreso  de  seis  pá- 
ginas in  folio,  fechado  en  Baltimore  y  titulado  Exposición  contra  don. 
^  Juan  Martin  Pueyrredon,  titulado:  Director  Supremo  de  las  provincias 
del  Eio  de  la  Plata,  por  el  ciudadano  don  Pedro  José  Agrelo,  compren- 
dido, entre  otros,  en  la  segunda  proscripción  del  18  de  Febrero  de  este 
año  de  1817.  —  Contestando  el  manifiesto,  que  se  dio- «obre  ella  el  14  de 
dicho  mes  y  año,  publicado  en  la  Gaceta  de  la  ciudad  de  Buenos  Airesi 
del  15  siguiente  •  „ 

En  este  impreso  se  justifica  el  señor  Agrelo  y  hace  muy  fuertes  car* 
gos  al  señor  Pueyrredon,  á  quien  trata  de  tirano. 

^  El  Coronel  Pagóla  publicó,  con  fecha  Füadelfia  Agosto  90  de  1817, 
un  folleto  de  18  páginas  én  4.^,  titulado  *^  Manifiesto  de  la  inocencia  del 
coronel  don  Manuel  Pagóla,  en  el  violento  procedimiento  de  su  pros* 
cripcion,  1817. " 


—  136  — 

«  estos  momentos  Pueyrredon  ha  aparecido  ya  ante  el  Tribu- 
te nal  incorrupto  de  la  Nación:  y  satisfecho  con  su  cabeza  la 
<£  venganza  de  las  leyes.  Tal  et-ento  era  anunciado  por  todos  y 
«  notono  á  todos] . . .  pero  esta  notoriedad  no  ba^ta  para  casti- 
«  gar  ¿  cualquiera  si  no  ha  sido  probado  que  es  este  el  autor  y 
«  sentenciado  como  tal. . .  La  conjuración  existia,  y  nosotros 
«  somos  inocentes  ante  la  ley,  por  no  habérsenos  vencido  en 
«  juicio . . .  Desde  el  tiempo  de  Alvear  se  formó  el  infernal 
«  proyecto  de  postrar  la  revolución  á  los  pies  del  Rey  del  Bra- 
«  su;  este  plan  ha  seguido  con  más  ó  menos  descaro  por  las 
«  épocas  sucesivas  hasta  el  actual  Pueyrredon;  y  ha  habido 
«  concordatos  y  mutuas  promesas  entre  los  Agentes  de  aquel 
«  Príncipe  y  nuestros  Ministros.  » 

Hasta  aquí  el  Manifiesto  de  los  desterrados. 

Hemos  ampliado  nuestras  comprobaciones  en  este  parágrafo, 
por  lo  mismo  que  lo  juzgamos  muy  importante. 

Es  en  sus  páginas  principalmente  en  donde  debe  haUarse 
atestiguada  y  corroborada  con  las  afirmaciones  de  los  mismos 
detractores  de  Artigas,  una  parte  de  la  explicación  y  justifica- 
ción de  la  conducta  de  éste  para  con  algunos  gobiernos  Argen- 
tinos, todos  ellos  hostilizados  por  una  faerte  oposición  argeiiti- 
na,  que  venia  así  de  hecho  á  ser  artiguista,  aliándose  con  él, 
dando  mayor  autoridad  y  prestigio  á  su  anterior  resistencia,  y 
repudiando  toda  solidaridad  ó  responsabilidad  en  los  actos  de 
aquellos  malos  gobernantes. 

Pero  aunque  ya  hemos  quizá  abusado  de  la  bondad  de  nues- 
tros lectores,  queremos  terminar  esta  sección  trascribiendo  del 
mismo  Dr.  López  una  última  cita  que  atestiguará  del  modo 
más  absoluto  como  trataba  el  pueblo  de  Buenos  Aires  al  más 
implacable  enemigo  de  Artigas,  al  que  más  directamente  habia 
contribuido  con  sus  actos  de  tolerancia  y  complicidad  á  conso- 
lidar la  conquista  portuguesa  en  la  Provincia  Oriental. 

Kada  que  pudiéramos  decir  nosotros  podría  suscitar  menos 


—  137  — 

objeciones  en  este  caso,  ni  ser  más  convincente  y  aun  conmo- 
vedor que  los  renglones  que  traza  el  Dr.  López,  con  su  vivo 
colorido,  revelando  el  odio  popular  en  Buenos  Aires  á  Pueyrre- 
don.  (Tomo  3.**,  página  628.) 

Véase  pues,  como  nos  defiende  aquel  mismo  en  nuestro  ale* 
gato,  trascribiendo  i,  la  vezs  las  opiniones  que  sostenía  el  diario 
oficial  del  Gobierno  que  reemplazó  á  Pueyrredon  y  á  BrOndeau^ 
calificando  á  estos  con  implacable  severidad,  y  defendiendo  ¿ 
Buenos  Aires  de  ser  ella  partícipe  de  la  mala  política  del  pri- 
mero. 

El  Dr.  López  en  seguida  (pág.  648,  tomo  3.®)  presenta  el 
cuadro  final,  el  vergonzoso  epílogo  de  la  Administración  Pueyr- 
redon recibiendo  del  pueblo  la  demostración  de  su  aborreci- 
miento. Dice  así: 

«  En  los  cuatro  primeros  días  que  se  siguieron  al  contraste 
de  Cepeda,  no  predominó  otro  propósito  que  el  de  resistir  al 
enemigo,  bajo  la  dirección  de  los  hombres,  que  por  su  propio 
ínteres  y  por  su  posición  tenían  el  mando  y  el  compromiso  de 
defenderlo. 

«  Pero  al  cuarto  día,  es  decir  el  día  siete,  ya  se  sintieron  sín- 
tomas alarmantes  en  los  cuarteles  de  los  cívicos. — Las  clases 
populares  de  la  ciudad  habían  sido,  sino  visiblemente  adversas, 
poco  simpáticas  al  menos  con  la  oligarquía  constituida  en  po- 
der dentro  del  Congreso  y  que  se  formaba  de  un  círculo  estre- 
cho de  ricos,  de  especuladores  de  capital,  y  de  políticos  hábiles 
dados  á  la  intriga  y  al  nepotismo! 

«  Llamados  á  la  acción  turbulenta  de  la  defensa  popular,  las 
ideas  de  los  cívicos  comenzaron  á  tomar  un  giro  ardiente  y  tu- 
multuoso en  el  sentido  de  rechazar  al  enemigo  foráneo  que 
pretendía  humillar  á  Buenos  Aires . — Percal  entrar  en  este 
movimiento  poderoso  del  patriotismo  local  también  daban 
suelta  al  profundo  odio  que  profesaban  contra  los  políticos 
teóricos  y  filosóficos  á  quienes  apellidaban  aristócratas  por  la 


—  188  ~ 

soberbia  ó  por  la  habilidad  con  que  habían  manejado  siempre 
©1  poder  desde  1810. 

«  Y  como  todas  las  faltas  y  acriminaciones  de  este  género  ha- 
hian  venido  á  concretarse  en  eZ  círailo  del  Congreso,  qtie  se  haUa- 
ha  al  frente  de  la  catástrofe  final  de  este  largo  drama,  suhiapor 
momentos  contra  eUos  la  marea  dd  enojo  popidar  y  del  desc7'éditOj 
á  términos  que  el  Congreso,  Pueyrredon  y  Tagle  eran  la  pesadi- 
lla del  enojo  comiinja  piedra  de  todos  los  escándalos  y  de  todas 
las  iniquidades  que  qnerian  imaginar  la  calumnia  y  la  procacU 
dad  de  las  faldones  alborotadas.» 

Y  más  adelante  agrega: 

«  Buenos  Aires  quería  la  paz  (decia  el  Dr.  D.  Bernardo 
Velez  Gutiérrez  en  la  Gaceta  Oficial  del  7  de  Febrero)  cuando 
derrocó  el  partido  de  la  opresión:  —  «  Esos  hombres  que  hicie- 
«  ron  del  Estado  un  patrimonio  suyo,  han  desaparecido  de 
«  nuestra  vista.  Bajo  su  despótica  administración  era  un  deli- 
«  to  la  palabra  federación .  Ella  va  en  adelante  á  ser  el  objeto 
«  de  una  pacifica  y  fraternal  discusión  entre  las  provincias  del 
«  Sud  que  el  Estado  debe  gobernarse  por  este  sistema,  él  pre- 
«  sidirá  á  los  pueblos,  sin  que  á  decisión  tan  augusta  se  oponga 
«  jamás  Buenos  Aires,  cuyos  sentimientos  no  contrarían  la  vo- 
«  luntad  general,  porque  ellos  tienden  naturalmente  á  la  unión 
«  y  á  la  libertad . 

«  Después  de  esto,  es  evidente  que  los  federales  ó  más  bien  di- 
cho los  enemigos  de  Pueyrredon,  apoderados  de  aquel  nombre 
que  les  servia  de  medio,  habian  asaltado  ya  las  posiciones  deci- 
sivas, ó  imponian  su  influjo.  ¿Qué  podia  oponerles  el  Ca- 
bildo? tenia  que  dejarse  arrastrar  por  la  corríente.  «  Asi  es  que 
<c  en  la  noche  anteríor,  Puejrrredon,  Tagle  y  algunos  de  sus 
«  amigos  más  comprometidos,  se  embarcaban  fugitivos,  y  se 
«  asilaban  en  la  Colonia  ó  en  Montevideo;  ¡bajo  el  pabellón 
<c  portugués!  Hay  vergüenzas  en  la  historia,  que  deben  estar 
«c  siempre  delante  de  los  ojos  de  los  pueblos  para  que  apren- 


I 


I 


—  189  — 

«  dan  á  ser  justos  y  viriles,  y  para  que  sepan  que  los  tumultos 
<c  y  la  anarqtda  revolucionaría,  tan  lejos  de  ser  síntomas  de 
«c  patriotismo  ó  de  heroicidad,  son  solamente  la  fiebre  de  la 
«  demencia  y  la  postración  de  todo  mérito  moral.  » 

Hé  ahí  la  triste  moral  que  el  Dr .  López  deduce  de  ese  alec- 
cionador escarmiento. 

Cualquier  observador  justiciero  é  imparcial  habria  inferido 
de  esa  situación  y  sus  consecuencias  y  enseñanzas  terribles,  que 
el  pueblo  de  Buenos  Aires  reaccionando  contra  sus  opresores 
les  imponia  un  tremendo  pero  merecido  escarmiento .  La  fie- 
bre de  la  demencia  no  estaba,  no,  en  el  pueblo;  estaba  en  los 
déspotas  que  habían  ejercido  sobre  él  una  odiosa  dictadura,  y 
que  recien  entonces  huian  de  la  cólera  popular. 

Llenariamos  un  libro  entero  si  fuésemos  á  acumular  prue- 
bas irrefutables  de  nuestra  afirmación,  de  que  el  pueblo  Ar- 
gentino no  es  responsable  de  la  mala  y  funesta  política  que 
siguieron  algunos  de  sus  extraviados  gobernantes  y  que  el 
combatió  con  los  medios  de  que  pudo  disponer. 

Basta  por  otra  parte  con  lo  que  dejamos  relatado  para  evi- 
denciar que  solo  guia  nuestra  pluma  un  sentimiento  de  inflexi- 
ble justicia,  con  prescindencia  de  predilecciones  nacionales . 


•  •» 


Enseñanzas  de  la  Historia.  Lo  que  cuesta  al  Rio 
de  la  Plata  una  gran  traición. 


Kaestro  libro  no  obedece,  pues,  como  se  habrá  visto,  k  men- 
guados ni  reprensibles  móbUes, 

Inspirase  en  un  levantado  propósito,  altamente  moral  y  pa- 
triótico, igualmente  benéfico  y  fecundo  para  ambas  Repúbli- 
cas, cual  és  el  de  descubrir  y  señalar,  como  un  peligroso  esco- 
llo en  loe  mares  ignotos  del  porvenir,  el  origen  verdadero  de 
las  dolorosas  divisiones  que  apartaron  un  dia  &  ambos  pueblos 
henuanoa  de  un  mismo  y  grandioso  destino,  haciéndolos  in- 
ferirse mutuos  agravios,  y  labrando  en  el  ánimo  de  sus  Hijos 
profundos  rencores  que  apenas  pudieron  apagarse  con  la  no- 
ble bangre  de  Ituzaingó,  de  los  Pozos  y  del  Juncal . 

La  historia  ofrece  severísimas  lecciones  que  los  ciudadanos 
bien  inspirados,  y  con  ellos  los  pueblos  cultos,  nunca  debieran 
desaprovechar  ni  olvidar.  Los  anales  de  esta  región  del  Kio 
de  la  Plata  contienen  algunas  de  esas  crueles  enseñanzas  que 
están  grabadas  en  sus  páginas  con  una  indeleble  marca  de 
fuego . 

La  injustificable  é  inicua  ocupación  portuguesa  del  Estado 
Oriental  en  1817  fué,  sino  producida,  al  menos  alentada  y  pro- 
vocada en  1816  por  frecuentes  seguridades  de  acomodaticia  y 
oprobiosa  tolerancia,  ofrecidas  al  Portugal  como  lo  hemos  de 
comprobar  por  tres  sucesivos  Directores,  Alvarez  Thomas,  Bal- 
caree,  y  Pueyrredon. 

Esa  ocupación  y  conquista  fué  sancionada  y  aprobada  calo- 
rosamente por  la  política  pérfida  en  unos,  inepta  en  otros  de 
es09  gobernantes,  represei^tados  en  KÍo  Janeiro  por  elDr. 


—  142  — 

D.  Manuel  García,  y  dirigidos  casi  siempre  por  el  Dr.  Tagl«, 
su  astuto  y  pérfido  Ministro  y  su  máa  influyente  consejero. 

Procuróse  en  aquella  invasión,  como  lo  probOremoB  más  ade- 
lante, el  medio  máa  eficaz  para  anular  («para  exterminar,»  dice 
el  Dr.  López)  i  Artigas,  como  el  impertérrito  defensor  de  la  li- 
bertad de  su  patria. 

Es  dificil  creer  lo  mismo  que  se  está  Tiendo,  cuando  se  en- 
cuentra, como  en  la  obra  del  Dr.  López,  un  alarde  tal  de  cruel, 
y,  aun  no  trepidamos  en  decirlo,  de  bárbara  mistificación  ai 
tratar,  no  ya  de  atenuar,  sino  de  Justificar  la  resolución  del  Di- 
rectorio de  procurar  los  medios  neceamos  para  facilitar  la 
conquista  portuguesa  en  la  Banda  Oriental,  so  pretexto  de  que 
con  ella  podria  defenderse  mejor  el  territorio  argentino,  para  el 
caso  remoto  de  que  llegase  á  estas  costas  la  expedición  españo- 
la que  se  anunciaba  próxima  á  partir  desde  Cádiz. 

Al  leer  esa  página  inmoral  y  ciníco,  no  puede  menos  de  su- 
frirse una  penosa  impresión,  que  de  seguro  compfulirán  con 
nosotros  nuestros  mismos  lectores  argentinos .  Comprendemos 
la  justa  indignación  de  nuestros  lectores  orientales  y  nos  aso- 
ciamos á  ella. 

Dice  así  el  Dr.  López,  en  la  página  220  del  tomo  primero, 
de  su  <t  Sevoludon  Argentina:  ^ 

«  Pero,  como  estos  retardos  no  eran  definitivos  (los  de  la  ex- 
pedición española)  la  amenaza  era  constante  para  nuestro  go- 
bierno ,  Era  preciso  hacer  frente  al  peligro  y  prevenirlo  con 
medios  más  eficaces,  más  directos  que  las  meras  esperanzas . 
Lo  que  no  a(^itia  demora  sba  el  kstehhinio  y  la  EXPCLsioit 
DB  AsTiaAS,  para  neutralizur  por  lo  menos  las  costas  dd  Bio  de 
lo  iíaío  y  dcí.Aííá7ií«»,  de  tal  manera  que  ninguna  expedición 
española  pudiese  revituaUarse  en  ellaa,  ó  reponerse  de  los 
nudas  condiciones  en  que  la  ponía  un  viaje  de  seis  meses  para 
desembarcar  y  combatir  á  su  llegado.  Para  conocer  el  estado 
en  que  se  hallaba  la  Marina  Española,  debe  leerse  la  sátira 


—  14a  — 

Pan  y  Toros  de  Jovellanos;  y  se  comprenderá  los  esfuerzos 
supremos  que  cada  una  de  estas  expediciones  le  costaba  al  go- 
bierno, y  las  miserias  con  que  se  llevaba  á  cabo.  Desalojado 
Artigas,  que  no  tenia  como  defender  á  Montevideo,  ni  como 
guarnecer  las  costas,  la  causa  de  la  independencia  podia  reci- 
bir á  sus  enemigos  de  írente  en  las  riveras  de  Buenos  Aires 
con  las  bayonetas  de  sus  Cívicos  por  primera  vitualla;  y  sofo- 
cado también  el  desorden  que  aquel  facineroso  fomentaba, 
nuestras  tropas  podían  emprender,  con  ánimo  y  con  ventajas, 
la  díñcil  campaña  de  Chile,  al  mismo  tiempo  que  el  noble  de- 
sempeño de  Grüemes  levantaba,  con  los  gauchos  de  Salta,  una 
cortina  de  bronce  contra  el  ejército  invasor. 

«Pero  ¿cómo  hacer  para  eliminar  &  Artigas?  Búhenos  Aires 
no  tenia  medios  ni  recursos  para  dominar  por  las  armas  aquél 

KOVIHIENTO  ESPONTÁNEO  Y  GENIAL  BE  LAS  MASAS  QUE  LO  SEGUÍAN; 

y  el  carácter  intransigente,  egoísta,  irracional  que  le  impedia 
doblegar  sus  pasiones  y  sus  enconos  á  la  razón  de  estado  ó  al 
sentimiento  de  la  Patria,  era  tal,  que  no  había  que  contar  ya 
coü  que  quisiese  contemporizar  con  la  necesidad  de  salvar  la 
causa,  entrando  á  la  obediencia  de  un  orden  regular,  y  adecua- 
do á  la  clase  de  los  esfuerzos  que  era  preciso  hacer. 

«  Esta  dificultad  era  suprema,  urgente:  y  no  tenia  sino  una 
salida .  Era  preciso  sacrificar  el  caudillo  y  salvar  la  nación.  Eba 

PBECISO  ENTBEGABLO  AL  FODBB  BSTBANGBBO,  CON  LA  PABTB  DS 
TEBBITOBIO  DONDE  TENIA  ASIENTO  PBOPIO,  SU  PODBB  PBBSONAL. 

La  derrota  de  Sipi-Sipi 'poma,  \m  fin  necesario  y  urgente  á  los 
escrúpulos.  » 

Hasta  aquí  el  doctor  López,  que  asi  confiesa  la  impo- 
tencia, no  de  Buenos  Aires,  sino  de  Pueyrredon,  y  la  esponta- 
neidad genial  del  pueblo  que  secundaba  á  Artigas . 

Dios  libre  á  los  pueblos  americanos  de  imitar  tan  nefastos 
ejemplos,  y  de  autoriz0>r  y  prestigiar  .ta,P^  inicuas  defensas! 
Los  misteriosos  avexumientos  y  pactos  celebiradoa  bajo,  un 


—  144  — 

secreto  absoluto  impuesto  á  las  partes  contratantes  para  acep- 
tar y  sancionar  aquella  inicua  conquista  portuguesa  constitu- 
tuyen  á  nuestro  juicio,  y  al  de  todo  observador  imparcial  y 
justiciero  sea  cual  fuese  su  nacionalidad,  uno  de  esos  odiosos 
crímenes  que  han  pagado  muy  caro  con  su  más  preciosa  san- 
gre algunas  generaciones  argentinas  y  orientales. 

Las  acciones  humanas,  especialmente  en  política,  cuando  en 
ellas  hay  consciente  violación  de  la  justicia  y  de  la  moral,  en 
las  relaciones  internacionales  sobre  todo,  enjendran  inevitable- 
mente un  fatal  encadenamiento  que  las  va  ligando  unas  á 
otras  en  su  desenvolvimiento,  produciendo  hechos  inmorales  ó 
atentatorios  al  derecho,  que  año  más  año  menos,  terminan 
siempre  en  una  catástrofe,  ó  en  una  expiación  dolorosa. 

La  historia  en  general  está  llena  de  esos  terribles  y  aleccio- 
nadores esoanídentos. 

Aquella  conquista,  tan  cobardemente  provocada,  tan  inno- 
blemente aceptada  y  prohijada  entre  las  tenebrosas  sombras 
de  una  diplomacia  Veneciana  del  tiempo  del  Consejo  de  los 
Diez,  por  los  tres  Directorios  sucesivos  que  hemos  indicado, 
trajo  consigo,  como  una  imprescindible  exigencia  de  vida  y 
honra  nacional  para  la  República  Argentina,  la  tremenda  guer- 
ra de  1825  con  el  Brasil. 

La  obra  de  sus  malos  gobiernos  debía  á  los  pocos  años  ser 
expiada  con  su  noble  sangre  por  la  nación  que  no  pudo  derro- 
carlos en  oportunidad . 

Las  víctimas  de  esa  política,  ante  el  sublime  heroísmo  de  los 
Treinta  y  Tres  libertadores,  debían  arrebatar  como  arrebata- 
ron con  su  varonil  ejemplo,  al  pueblo  hermano,  cuyos  gobier- 
nos habían  traído  de  la  mano  al  victimario  Portugués,  y  com- 
batir juntos  los  resultados  de  esa  implacable  guerra  en  que 
unidos  Argentinos  y  Orientales  cosecharon  tan  inmarcesibles 
glorias  y  soportaron  tan  grandes  sacrificios. 


—  14o  - 

Inevitubiemenie  debía  produoirse  eu  seguida  de  estagnerrai 
ootobo  de  produjo,  nna;  de  sus  fatales  y  suicidas  consecuencias. 

Sobrevino  el  peligroso  ensoberbecimiento  de  algunos  de  lo» 
xnis  intarépídos  y  ambiciosos  yeucedores.  En  medio  de  las  glo- 
rias militares  tan  penosamente  adquiridas,  tan  admirablemente 
óonqniidtadas  por  los  triunfadores  de  la  campaña  de  Ituzaingó, 
fomentóse  ciegamente  la  ambición  de  mando,  la  prepotencia 
irref  renada  de  algunos  jefes  argentinos  aspirantes  y  revolto- 
sos, que  debian  oscurecer  asi  esas  glorias  obtenidas  no  solo  en 
la  campaña  del  Brasil  sino  en  toda  la  guerra  de  la  Indepen- 
dencia en  la  mitad  del  continente  Americano  hasta  el  remoto 
Ecuador. 

Surgió  de  esa  infatuación  el  militarismo  terroriñco  que  es- 
tremeció á  Buenos  Aires  con  el  injustificable  motín  militar  del 
1,*  de  Diciembre  de  1828,  derramando  sangie  argentina  en 
abundancia,  conculcando  todas  las  leyes  y  todos  los  derechos, 
y  concluy-endo  por  levantar  en  Navarro  el  siniestro  cadalso 
del  mártir  Dorrego. 

Digno  fruto  de  es.a  iufanda  obra,  vinieron  tras  de  ella  las 
invasiones  armadas  á  las  provincias  del  Interior,  las  convul- 
siones de  cinco  años  de  guerra  civil  atroz,  implacable,  en  que 
surgieron  caudillos  sanguinarios  y  en  los  que  la  sociedad  ater- 
rada, epiléptica,  echóse  en  brazos  del  primer  gobierno  fuerte 
que  le  asegurase  la  paz  y  el  orden,  abriéndose  asi  los  cimientos 
de  la  tiranía  de  Bosas;  y  ulteriormente  veinte  años  de  devaa- 
tacion  y  de  exterminio  fratricida  en  toda  la  República^ 

Encadenamiento  fatal  de  grandes  errores  y  de  odiosos  crí- 
menes! 

Sin  la  traición  de  1816,  el  Portugal  no  se  habría  atrevido  & 
invadir  la  Banda  Oriental;  ni  el  Bio  de  la  Plata  habría  enroje- 
cido sus  raudales  diez  años  después  con  la  sangre  de  tres  gene- 
raciones. 

Una  poUtíca  conciliadora,  ilustrada,  fraternal,  en  1813,  en 

u 


/• 


—  146  — 

1815,  en  1817,  politioa  elevada  y  reorganizadora,  habría  con- 
solidado la  paz  entre  los  hermanos  de  todas  las  provincias:  ha- 
bría restituido  6  dejado  á  los  Orientales  la  exclusiva  dirección 
de  su  administración  interior,  á  que  tanto  derecho  teniam  ha- 
bría hecho  de  ellos  la  incontrastable  vanguardia  de  la  nación 
argentina,  escudándose  unos  con  otros;  y  en  sus  condiciones  de 
fuerte  estado  federativo,  conservando  su  autonomía;  con  sus 
sobresalientes  condiciones  geográficas,  con  su  hermosa  capital 
marítima,  con  la  feracidad  de  su  suelo,  con  la  iniciativa  viril 
de  sus  hijos,  oonvertídola  en  el  Estado  federal  m&s  rico  y  prós- 
pero á  la  par  del  de  Buenos  Aires. 

Esa  política  conciliadora  y  sabia  en  los  Gobiernos  Argenti- 
nos habria  ahorrado  á  ambos  pueblos  hermanos  sus  más  cruen- 
tos sacrificios,  y  eliminado  de  sus  anales  las  páginas  de  triste 
recordación  que  los*  mancillan,  y  las  que  recien  pudo  suprimir 
y  rescatar  la  soberbia  declaración  de  independencia  en  la  Flo- 
rida el  26  de  Agosto  de  1825,  y  la  de  la  guerra  al  Brasil  en 
1826  por  el  honorable  patriota  General  las  Heras. 

Los  pueblos  nunca  deben  olvidar  esas  severas  y  cruentísimas 
lecciones  de  su  historia. 


■  >33 


Carencia  de  la  prensa  periódica  en  1815. 


Hemos  meditado  muchas  veces  sobre  las  causas  que  pueden 
haber  influido  para  que  durante  los  anos  que  dominó  en  Mon- 
tevideo y  en  el  resto  de  la  entonces  provincia  Oriental  la  admi- 
nistración artiguista,  haya  podido  estraviarse  y  mistificarse 
tanto  la  opinión  pública;  no  solo  en  Buenos  Aires,  sino  en  todo 
el  Virreinato,  y  en  el  exterior,  respecto  de  esa  administración 
y  sus  verdaderos  hechos. 

» 

Del  mismo  modo  han  podido  oscurecerse  y  confundirse  por 
medio  de  una  red  de  enmarañadas  argucists  las  verdaderas  exi- 
jencias  que  hacía  el  General  Artigas  á  los  Directorios  de  Bue- 
nos Aires  en  sosten  de  la  autonomia  de  su  provincia,  y  de  la 
dirección  propia  de  los  intereses  públicos  por  las  autoridades 
que  aquella  quisiese  elejir  en  uso  de  su  soberanía  interna. 

Una  de  esas  principales  causas  es  á  nuestro  juicio  la  falta  de 
prensa  periódica  en  Montevideo,  no  solo  por  carecerse  de  re- 
dactores que  pudieran  dirijirla,  sino  hasta  por  falta  material  de 
una  imprenta. 

No  existiendo  una  prensa  periódica  en  Montevideo,  se  com- 
prende como  se  ha  conservado  en  un  completo  desconocimien- 
to el  carácter  y  tendencias  de  la  administración  de  Artigas,  du- 
rante tres  años  en  la  capital  y  cinco  en  el  interior  de  la  Pro- 
vincia; la  realidad  de  los  hechos  ocurridos  en  ese  periodo,  su 
importancia,  sus  verdaderas  y  mas  conocidas  causas,  y  sus  con- 
secuencias :  así  como  todos  los  más  gloriosos  y  honorables  an- 
tecedentes relativos  á  los  esfuerzos  y  sacrificios  hechos  por  la 
Provincia  Oriental  en  bien  de  la  independencia  combatiendo  á 
los  españoles. 

Desde  que  no  existía,  pues,  en  Montevideo  prensa  periódica 


f 


—  148  — 

de  ninguna  clase,  pero  ni  siquiera  se  publicaban  impresas  las 
resoluciones  y  documentos  oficiales  para  su  debida  promulga- 
ción y  circulación,  bien  fuesen  del  mismo  General  Artigas,  o 
de  su  Delegado  Barreiro,  ó  bien  del  Cabildo  de  Montevideo, 
que  revestía  el  cai-ácter  y  las  facultades  de  Gobernador  Político 
y  Militar,  resultaba  que  todo  el  funcionamiento  d©  esas  distin- 
tas autoridades  y  sos  subalternos,  quedaba  completamente  ig- 
norado en  el  exterior  de  la  provincia,  y  aun  debía  ser  muy  im- 
completamente conocido  dentro  de  ella  misma . 

Ante  esa  falta  irreparable  de  la  ventajosa  notoriedad  que  da 
la  prensa  á  todos  los  actos  oficiales,  á  su  hábil  y  bien  fundada 
defensa,  6  á  la  exposición  de  sus  causas,  á  los  comentarios  de 
BUS  ventajas  y  benéfica  infiuencia.  así  como  á  la  reconl  ación  de 
heclios  notables  ó  importantes:  se  comprende  como  lia  podido 
formarse  y  acreditarse  impunemente,  diremos  así,  una  tan  com- 
pleta mistificación  de  la  verdad  en  todo  lo  ocurrido  en  la  pro- 
vincia durante  aquel  período,  falseándose  los  hechos  de  una 
manera  tan  audaz,  y  oscureciéndose  y  tergiversándose  á  man- 
salva cuanto  ocurría  en  ella. 

De  est^  modo,  los  enemigos  del  General  Artigas  contando 
con  esa  seguridad  de  no  ser  contradichos  ni  refutados  pública- 
mente en  su  plan  de  difamación,  han  abusado  de  la  más  am- 
plia ó  indisputada  libertad  de  acción. 

Asi  han  acumulado  sobre  la  cabeza  de  aquel  cuantos  críme- 
nes y  horrores  han  podido  inventar;  horrores  y  caliminias  que 
no  siendo  nunca  refutadas  ni  contradichas  por  nadie,  más  que 
en  comunicaciones  y  documentos  oficiales  de  Artigas  y  sus  su- 
bordinados ó  protegidos,  que  sus  enemigos  tenían  muy  buen 
cuidado  de  no  reproducir  ó  publicar  y  que  solo  circulaban  ma- 
nuscritos en  esta  Provincia,  en  donde  hasta  hoy  mismo  no  son 
ellas  conocidos  en  su  mayor  parte;  han  quedado  por  el  hecho 
convertidas  aquellas  calumnias  en  verdades  inconcusas,  y  en 
hechos  consumados  y  reconocidos. 


—  149  — 

.    Todo  lo  contrario  acontecía  en  Buenos  Aires- 

Allí  la  prensa  era  decididamente  de  combate^  y  aunque  exis- 
tiese una  Junta  Protectora  de  la  Libertad  de  Imprenta,  cuyo 
nombre  parecía  implicar  la  defensa  de  esa  hermosa  conquista 
de  la  revolución;  en  realidad,  la  atribución  casi  esclusiva  do 
aquella  era  la  de  declarar  «  de  Iiecho  si  halia  b  no  crímoi  en  d 
papel  que  daba  mtrito  á  la  redamación] »  después  de  cuya  de- 
claración el  castigo  del  delito  correspondía  á  la  justicia  ordi- 
naria. 

No  existía,  pues,  ninguna  libertad  de  imprenta,  ni  aun  podía 
existir,  dadas  las  condiciones  de  la  época  y  la  necesidad  pri- 
mordial de  fundar  y  robustecer  á  todo  trance  una  autoridad 
patria,  un  gobierno  nacional,  que  respondiese  á  los  fines  de  la 
revolución  argentina. 

Nuestro  más  ilustrado  constitucionalista  el  doctor  Alberdi 
define  tan  bien  el  carácter  de  la  prensa  de  aquella  ¿poca,  que 
no  podemos  rehusamos  á  transcribir  algunos  párrafos  que  ex- 
plican perfectamente  nuestro  pensamiento.  Dice  así  el  doctor 
Alberdi: 

«  Bien,  pues,  ¿cual  fué  la  conducta  de  la  revolución  respecto 
de  la  prensa  en  los  años  que  siguieron  á  1810  y  á  1820?  Esclu- 
siva y  celosa^  ó  mas  bien,  decididamente  política.  La  consagró 
esclusivamente  al  servicio  de  su  causa,  al  grande  objeto  de 
crear  la  autoridad  nacional.  La  j)rensa  de  Moreno,  de  Passo,  de 
Monteagudo,  de  Alvarez  Jonte,  fué  la  prensa  del  Gobierno  de 
Mayo,  y  no  hubo  otra.  Los  españoles,  únicos  adversarios  de  la 
autoridad  patria  naciente,  no  tuvieron  prensa  ni  por  el  pensa- 
miento. Una  palabra  de  oposición  al  gobierno  de  la  patria^ 
hubiera  sido  castigada  por  el  atentado.  Si  el  gobierno  de  Mayo 
hubiese  sido  combatido  en  cada  uno  de  sus  actos  por  periódi- 
cos españoles  publicados  en  Buenos  Aires  ¿habrían  podido  for- 
mar ejércitos  Belgrano  y  San  Martin  ?  Una  ley  de  26  de  Octu- 
bre de  1811  proclamó  el  principio  de  la  libertad  de  la  prensa; 


—  150  — 

pero  fué  entendido  que  ese  principio  no  seria  empleado  contra 
la  revolución  de  Mayo  y  en  defensa  de  los  opositores  españoles 
á  la  nueva  autoridad  patria.  El  abuso  de  la  libertad  fué  decla- 
rado crímen;  y  se  declaró  abusivo  todo  escrito  que  comprome- 
tiese la  tranquilidad  ó  la  Constitución  del  Estado)/. 

Afií  como  era  considerado  entonces  mji  crímen  el  defender  á 
los  Españoles,  castigado  con  "1  destierro  y  aun  con  la  muerte, 
la  misma  pena  debia  aplicarse  á  toda  defensa  de  Artigas  y  de 
la  cansa  de  independencia  provincial  que  él  sostenía. 

Tratado  Artigas  como  un  monstruo,  su  defensa  y  aun  la  más 
pequeña  atenuación  de  los  cargos  calumniosos  que  se  le  hacían, 
habria  sido  castigada  entonces  como  crimen  de  lesa  patria. 

No  era  posible,  pues,  encontrar  defensores  de  Artigas  en  la 
prensa  de  Buenos  Aires,  y  no  debe  olvidarse  que  el  Coronel 
Borrego,  redactor  de  la  Crónica,  que  acababa  de  ser  jefe  del 
regimiento  de  línea  núm.  8,  fué  deportado  á  las  Antillas  con 
doce  horas  de  plazo,  por  haber  escrito  un  articulo  en  que  de- 
mostraba los  peligros  de  la  invasión  portuguesa  á  la  Banda 
Oriental;  así  como  muy  poco  después  fueron  también  deporta- 
dos á  Norte-América  todos  los  demás  redactores  del  mismo 
diario,  junto  con  otros  ciudadanos  adictos  á  las  mismas  ideas, 
por  haber  continuado  haciendo  una  propaganda  nada  más  que 
indirecta  en  favor  de  la  causa  de  la  Banda  Oriental,  ocupado 
ya  Montevideo  por  los  portugueses. 

Mal  podría  ocurrirsele  á  nadie  después  de  estos  terribles 
ejemplos,  dados  por  el  despótico  Directorio  de  Pueyrredon,  sa- 
lir á  la  defensa  de  Artigas,  para  calumniar  al  cual  de  la  mane- 
ra más  absoluta  é  impune  se  comisionó  al  Oficial  Mayor  del 
Ministerio  de  Gobierno  D.Pedro  Feliciano  Cavia  para  que  con 
cínicas  imposturas  elaborase  su  conocido  libelo  contra  Artigas, 
aprovechando  al  efecto  algunos  de  los  conocimientos  locales 
que  poseía  de  la  provincia  Oriental,  en  donde  residió  tantos 
años,  funcionando  como  Escribano  público,  y  aun  como  Actúa- 


—  IBl  — 

rio  de  Gobierno,  hasta  que  fué  espulsado  de  ella  y  del  ejércáto 
patriota  junto  con  el  Q-eneral  Sarratea  en  1812,  por  obra  y  es- 
fuerzos del  General  Artigas.  Para  refntar  al  Gaviada  1818 
bastaba  oponerle  el  Cavia  do  1820  como  miembro  del  Cabildo 
de  Lujan,  glorificando  al  General  entreriano  Ramírez,  subor- 
dinado hasta  entonces  á  Artigas,  y  al  gran  flibustero  el  chile- 
no Carrera,  eligiendo  como  Gobernador  de  Buenos  Aires  al 
General  Soler,  que  en  nombre  de  su  ejército  imponia  al  Cabil- 
do de  la  capital  la  destitución  y  persecución  de  todas  las  auto- 
ridades adictas  6.  Pneyrredon,  así  como  del  Congreso  Nacional, 
acompañando  á  Soler  hasta  que  fiíé  derrotado  en  San  Kicolás 
por  Borrego,  y  tomado  prisionero  el  mismo  Cavia, 

Bastaba  oponerle  al  Cavia  de  ese  folleto  -pasquín  al  Cavia 
de  1826  ensalzando  entonces  al  partido  federal,  y  principal- 
mente en  1843,  como  colaborador  de  La  Gaceta  Mercantil,  con 
Ifl  serie  de  sus  famosos  artículos  sobre  lae  Pei-fidias  y  Crimetiee 
del  Partido  Unitario,  á  que  él  pertenecía  y  servia  con  tanto  fa- 
natismo en  1818  y  19. 

Había,  pues,  en  Buenos  Aires  una  absoluta  UbertAd  y  aún 
protección  para  difamar  y  combatir  á  Artigas.  Pero  existía 
también  de  hecho  la  más  absoluta  prohibición  bajo  severo  cas- 
tigo de  intentar  ninguna  publicación  que  importase,  no  solo 
defenderlo,  pero  ni  siquiera  escnaarlo. 

La  acción  de  la  prensa  oficial  calumniadora  fué  pues,  impune 
é  irreírenada.  Durante  medio  siglo  el  nombre  de  Artigas  ha 
quedado  bajo  la  presión  de  esa  atroz  muerte  civíL 

Poseyendo  asi  los  enemigos  del  General  Artigas  los  amplios 
elementos  á  su  favor  de  una  prensa  periódica,  siempre  á  su 
disposición,  y  con  una  circulación  extensa  en  los  territorios  del 
antiguo  Yireinato,  y  en  el  exterior,  se  comprende  como  han  po- 
dido abusar  de  ese  poderoso  agente  de  combate,  cuya  carencia 
reducía  á  Artigan  y  sus  parÜdaños  ¿  una  triste  oecoridad,  y  lo 
que  es  peor  todavía,  á  una  absoluta  impotencia  y  nulidad  mo* 


—  152    - 

ral  para  defenderse  de  la  sistemática  cidomnia  de  «us  de« 
ttaotores. 

De  ni^gmi  modo  debe  atríbuirse  á  este  la  cansa  ú  origen  de 
que  ee  produjese  tan  lamentable  hecho,  y  si  exclusivamente  á 
BU.  Delegado  Barreiro  y  a  los  miembros  del  Cabildo  de  Monte- 
video, que  no  hicieron  bastantes  esfuerzos  para  conseguir  todos 
los  elementos  necesarios  a  fin  de  establecer  una  buena  impren- 
ta y  fundar  con  ella  algún  periódico. 

Existía  en  Montevideo  una  imprenta  regularmente  dotada 
para  aquella  época,  que  pertenecia  también  al  Cabildo,  como 
valioso  regalo  que  junto  con  más  de  60,000  duros  en  réjias  Al- 
hajas, le  habia  hecho  ¿  este  cuatro  años  antes  la  célebre  prin- 
cesa Carlota,  mujer  de  don  Ju^n  VI  de  Portugal,  soberana  de 
carácter  ambicioso  ó  intrigante,  que  tanto  aspiraba  al  dominio 
de  estos  territorios,  según  se  verá  en  el  cuerpo  de  nuestra  obra. 

Por  esa  imprenta  se  publicó  La  Gaceta  de  Montevideo  en  la 
que  el  famofeo  fraile  Cirilo  Alameda,  confesor  años  después  de 
la  Keina  Isabel  II  y  Arzobispo  de  Toledo,  hizo  sus  primeros 
ensayos  como  empecinado  partidario  de  la  resistencia  a  toda 
transacion  con  los  victoriosos  sitiadores  de  esta  plaza. 

Esa  misma  imprenta  fué  llevada  por  el  General  Alveará 
Buenos  Aires  formando  parte  del  inmenso  botin  de  guerra  que 
tan  indebidamente  sacó  de  la  plaza  de  Montevideo. 

Bien  conocia  el  sagaz  y  voluntarioso  Alvear  la  importancia 
del  despojo  que  hacia  al  arrebatar  esa  imprenta,  que  era  un 
bien  municipal,  privando  á  sus  enemigos  de  tan  útil  auxiliar: 
él,  que  cuatro  años  mas  tarde  debia  venir  asilado  dolorosamen- 
te  en  Montevideo,  á  imprimir  y  darles  tinta  por  sus  brazos  á 
tanto  folleto,  hojas  sueltas  y  diatribas  contra  sus  enemigos  y 
rivales  de  Buenos  Aires,  desde  San  Martin  hasta  Pueyíredon, 
escritos  ppr  él  mismo,  y  por  José  Miguel  Carrera. 

Ese  despojo^  por  mas  insignificante  que  pudiera  parecer  en 


—  163  — 

aquellos  tiempos,  dejó  sin  embargo  el  mas  ingrato  y  lamenta- 
ble vacío  ^n  Montevideo  en  cuanto  á  elementos  de  publicidad, 
íl  General  Artigas  lo  reconoció  muy  bien,  sabiendo  apre- 
ciar debidamente  la  falta  que  le  hacia  una  imprenta,  pues  es 
digno  de  recordarse  que  en  las  conferencias  que  tuvo  en  Pay- 
eandú  con  los  comisionados  del  Director  Alvarez,  el  Coronel 
Pico  y  el  Sr.  Eivarola,  á  fin  de  arreglar  las  bases  definitivas 
de  concordia,  entre  las  varias  exigencias  que  presentó,  fué  una 
de  ellas  la  devolución  de  dicha  imprenta,  junto  con  una  parte 
del  armamento  sacado  de  Montevideo  por  el  General  Alvear. 

No  está  de  más  recordar  aquí  también,  la  singular  idea  que 
entonces  tuvo  el  General  Artigas,  tanto  más  .singular  en  un 
hombre  de  guerra,  tan  vilipendiado  por  sus  enemigos,  y  califi- 
cado como  ignorante  y  retrógrado,  de  exigir  que  se  le  entre- 
gase por  el  gobierno  de  Buenos  Aires,  una  cantidad  de  útiles  y 
herramientas  de  agricultura,  así  como  de  simientes,  destinadas 
¿  los  labradores  de  la  provincia,  que  habían  contribuido  con  el 
fruto  de  sus  cosechas,  al  abastecimiento  del  ejército  sitiador  de 
Montevideo. 

De  todos  modos,  el  hecho  digno  de  lamentarse  como  una 
gran  deficiencia  para  la  historia  americana,  y  como  una  escue- 
la menos  de  progreso  entonces,  es  que  por  una  razón  ó  por  otra, 
la  administración  del  General  Artigas  en  la  provincia  Oriental 
se  vio  privada  siempre  de  la  útilísima  cooperación  y  auxilio  que 
pudo  proporcionarle  la  prensa  periódica  y  con  ella  la  imprenta, 
dejándolo  así  sin  defensa  ni  refutación  ante  las  calumnias  sis- 
temáticas de  sus  enemigos. 

Para  demostrar  que  el  General  Artigas  se  apercibió  perfec- 
tamente bien  de  la  falta  que  le  hacia  la  imprenta,  queremos 
reproducir  á  continuación  algunos  párrafos  de  tres  clistintas 
notas  dirigidas  al  Cabildo  de  Montevideo,  en  que  lo  urge  á  fin 
de  que  se  preocupe  de  la  adquisición  de  imprenta,  y  fundación 
de  un  periódico. 


—  154  — 

Asi  se  verá  también  cnanto  se  complace  al  recibir  el  pros- 
pecto de  un  periódico,  que  no  hemos  podido  haber  á  las  ma- 
nos, y  que  sin  duda  filé  el  único  número  que  se  imprimió 
entonces. 

Al  formar  un  juicio  sobre  esta  sensible  deficiencia  de  aque- 
lla época,  es  necesario  no  olvidar  en  cuanto  se  relaciona  con  el 
General  Artigas,  que  este  se  hallaba  siempre  preocupadísimo 
en  su  campo  de  Purificación,  con  las  exigencias  apremiantes 
de  la  guerra  que  se  le  hacia,  y  á  que  tenia  que  atender  tras- 
ladándose unas  veces  á  las  fironteras  de  Misiones,  otras  á  las  de 
Entre-Eios  y  Corrientes,  y  otras  principalmente  á  Santa-Fé, 
á  mas  de  200  leguas  de  la  capital. 

Contestando  á  esas  exigencias  de  Artigas  respecto  á  un  pe- 
riódico, trascribiremos  después  una  respuesta  del  Cabildo,  in- 
formándole que  no  se  publicaba  por  falta  de  una  persona  que 
pudiese  redactarlo,  desde  que  el  doctor  don  Mateo  Vidal  se 
hallaba  muy  enfermo,  y  el  presbítero  señor  Larrañaga  no  tenia 
tiempo  por  las  atenciones  de  su  curato,  para  dedicarse  á  esa 
nueva  tarea. 

Hé  aquí  los  párrafos  de  las  notas  á  'que  antes  hemos  hecho 
referencia  : 

«  Habida  en  Montevideo  la  imprenta  con  sus  operarios,  pón- 
gala V.  S.  en  ejercicio,  ya  por  un  tanto  al  encargo  de  algún 
periodista,  ya  por  cuenta  de  ese  Cabildo.  Delibere  V.  S.  lo  me- 
jor, tanto  por  lo  relativo  á  la  impresión,  como  por  los  fondos 
que  pudiera  aumentar  á  esa  Municipalidad .  » 

Dos  meses  después  se  preocupa  del  mismo  asunto  del  modo 
siguiente : 

<:  He  recibido  con  el  honorable  de  V.  S.  de  14  del  corriente 
el  Prospecto  Orientálj  primer  fruto  de  la  prensa  del  Estado,  y 
conveniente  para  fomentar  la  ilustración  de  nuestros  paisanos* 
Yo  propenderé  por  mi  parte  á  desempeñar  la  confianza  que  en 
mí  se  ha  depositado,  con  los  escritos  que  crea  convenientes  á 


165  - 


realizar  tan.  noble  como  diñcil  empeño .  Entre  tanto  V.  S ,  de- 
be velar  para  qne  no  se  abuse  de  la  imprenta . 

«  La  libertad  de  ella,  al  paso  qne  proporciona  á  los  buenos 
ciudadanos  la  utilidad  de  espresar  sus  ideas  j  eer  benéficos  á 
sus  semejantes,  imprime  en  los  malvados  el  prorito  de  escribir 
con  brillos  aparentes  y  contradicciones  perniciosas  á  la  socie- 
dad. Por  lo  mismo,  el  periódico  está  juicioso,  y  merece  mi 
aprobación. 

«  La  solidez  en  nuestras  empresas  ha  dado  la  consistencia 
precisa  á  nuestra  situación  politica,  y  es  difícil  se  desplome  es- 
ta grande  obra,  si  los  escritos  que  deben  perfeccionarla  ayudan 
¿  fijar  lo  sóKdo  de  sus  lundamentos .  Por  lo  tanto,  V.  S.  man- 
de invitar  por  el  periodista  á  los  paisanos,  que  con  sus  Ittces  quie- 
ran coadyuvar  á  nuestros  esfuerzos,  excitando  en  dios  «í  amor  á  su 
país,  y  d  mayor  deseo  por  ver  recitado  el  triunfo  de  la  libertad. 
V.  S.  es  encargado  de  este  deber,  y  de  adoptar  todas  laa  me- 
didas conducentes  á  realizar  como  de  evitar  las  que  puedan 
contribuir  á  imposibilitarlo.  » 

Tengo  la  honra,  etc. 


Campamento,  Octubre  23  de  1815. 


í  Artigas. 


Y  en  su  nota  da  fecha  Noviembre  12  ñfi  1813  decia  el  mismo 
lo  siguiente: 

«  Pocos  y  buenos  somos  bastantes  para  defender  nuestro 
suelo  del  primero  que  intente  invadimos.  Para  mi  es  muy  do- 
loroso no  haya  en  Montevideo  un  solo  paisano  que  encargado  de 
la  prensa,  dé  á  luz  sus  ideas,  {lustrando  &  los  Orientales,  y  procu- 
rando instruirlos  en  sus  deberes.  Todo  me  penetra  de  la  poca  de- 
cisión, y  la  falta  de  espíritu  puUico  que  observo  en  ese  pué^o.  » 

Y  en  otra  nota  de  fecha  25  del  mismo  Noviembre  decia  lo 
siguiente; 


—  1*6  — 

«  Al  cabo  la  Prensa  dp  Moatevideo  ha  salido  á  luz  con  ob- 
jetos dignos  de  la  pública  estimación.  Sobre  ellos  podrian  for- 
marse las  mejores  reflexiones:  co7i  éUas  se  adelantaría  el  conven- 
cimiento, la  efiergia,  y  la  ilustración  para  que  los  períbdicos  de  la 
Imprenta  coadyuvasen  á  cimentar  lupídblica  felicidad.  y> 

Véase  otra  nota  en  que  recomienda  la  publicidad  por  medio 
de  la  prensa,  de  uno  de  sus  oficios  en  que  excitaba  el  patrio- 
tismo oriental. 

«  Es  preciso  que  V.  S.  me  designe  uno  ó  dos  sugetos  de  los 
vecinos  existentes  entre  Maldonado,  S.  Cirios,  Rocha  y  Sta, 
Teresa  para  oficiarles,  y  que  formen  el  arreglo  conveniente  de 
todo  aquel  vecindario  en  escuadrones  de  caballería. 

«  Igualmente  se  hace  forzoso  que  V.  S.  dé  á  la  prensa  la  car- 
ta que  en  copia  remití  á  V.  S.  en  el  correo  anterior,  proclaman- 
do á  los  pueblos  para  sostener  stis  derechos,  en  virtud  del  nue- 
vo i^eligro  que  les  amenaza. 

«  Así  e^  público  estará  penetrado  de  sus  deberes,  y  del  en- 
sanche que  debe  dar  á  la  heroicidad  de  sus  sentimientos.  » 

Tengo  la  honra,  etc. 

José  Artigas, 

Cuartel  General,  Enero  27  de  1816. 

Al  muy  Ilustre  Cabildo  de  Montevideo. 

Casi  á  la  conclusión  de  la  guerra  y  dias  antes  de  iniciar  su 
última  invasión  al  territorio  de  Rio  Grande,  preocupándose  de 
hacer  conocer  á  los  pueblos  de  la  Provincia  el  entusiasmo  y 
constancia  que  lo  animaban,  dirigía  al  Cabildo  de  Canelones 
su  nota  7  de  Noviembre  de  1819,  en  la  que  se  referia  á  la  pren- 
sa en  los  términos  siguientes : 

«  Ya  supongo  en  manos  de  V.  S.  los  primeros  frutos  de  la 
«  prensa.  Adjunto  á  Y.  S.  esos  otros  ejemplares  para  que  sean 


—  i&V  — 

«  disfctibuidos  entre  los  pueblos  de  ese  Departamento,  j  ellos 
«  sirvan  db  tin  huevo  comprobante  al  objeto  de  nuestros 
<í  afanes.  » 

Con  las  pruebas  que  hemos  aducido  se  reconocerá  que  Ar- 
tigas procuraba  hacer  luz  sobre  todos  sus  actos,  buscando  en 
la  prensa  ese  fecundo  auxiliar  que  tanta  falta  le  hacia,  y  del 
cual  á  su  turno  tanto  abusaron  sus  enemigos  para  difamarlo 
y  combatirlo. 

Ya  que  tratamos  de  este  asunto,  y  como  una  prueba  mas  de 
la3  tendencias  liberales  y  verdaderamente  ilustradas  de  Arti- 
gas pn  el  sentido  de  propender  á  la  mayor  instrucción  de  sus 
comprovincianos  (sobre  lo  cual  presentaremos  muchos  otros 
justificativos  en  el  texto  de  la  obra),  permitasenos  trascribir 
aquí  algunos  párrafos  de  la  nota  en  que  contestaba  á  otra  del 
Cabildo  comunicándole  la  inauguración  de  la  Biblioteca  Pú- 
blica, debido  á  los  esfuerzos  del  ilustrado  patricio  presbítero 
Larrañaga. 

No  se  extrañe,  ni  se  considere  como  una  arbitrariedad  el  he- 
cho de  disponer  Artigas  de  la  biblioteca  particular  del'  exce- 
lente cura  Ortiz,  recordándose  que  se  hallaba  entonces  en  ac- 
tiva guerra  con  el  Gobierno  de  Buenos  Aires. 

«  Conozco  las  ventajas  de  una  Biblioteca  Pública,  y  espero 
que  V.  S.  cooperará  con  su  esfuerzo  é  influjo  á  perfeccionarla, 
coadyuvando  á  los  heroicos  esfuerzos  de  un  tan  virtuoso  ciu- 
dadano. 

«  Por  mi  parto  dará  V.  S.  las  gracias  á  dicho  paisano;  protes- 
tándole mi  más  íntima  cordialidad ;  y  cuanto  dependa  de  mi 
influjo  por  el  adelantamiento  de  tan  noble  empeño.  Al  efecto, 
y  teniendo  noticia  de  una  librería  que  el  finado  cura  Ortiz  dejó 
para  la  Biblioteca  de  Buenos  Aires,  Y.  S.  hará  las  indagacio- 
nes competentes,  y  si  aún  se  halla  en  esa  ciudad,  apliqúese  de 
mi  orden  á  la  nueva  de  Montevideo.  Igualmente,  toda  la  libre- 
ría que  se  halle  entre  las  propiedades  estrañas  se  dedicará  a 


—  168  — 

tan  importante  objeto.  Espero  que  Y.  E.  contribuirá  con  8a 
eficacia  &  invitar  los  ¿nimos  de  los  demás  compatriotas  á  perfe- 
ccionarlo, 7  que  no  desmayen  en  la  empresa  basta  verla  reali- 
zada. 

«.  Tengo  la  bonra  etc.  Cuartel  General,  Agosto  12  de  1816. 
José  Artigas.  Al  muy  Ilustre  Cabildo,  etc. ,  etc. 


/ 

1 


Artigas  no  fué  caudillo  en  la  acepción  que  se  ha 
dado  ¿  esta  palabra :  fué  un  reformador  poli- 
tico.  Un  discurso  suyp.  Origen  de  su  separación 
de  las  líneas  sitiadoras  de  Montevideo. 


En  las  luchas  civiles  argentinas  siempre  hemos  ponsiderado 
como  verdadoros  caudillos  á  aquellos  jefes  militares  que  por 
BUS  triunfos,  ó  por  sus  fuerzas  en  armas,  6  por  su  misma  supe- 
rioridad intelectual,  llegaban  á  asegurarse  en  los  territorios  en 
donde  preponderaban,  cierto  grado  de  prestigio,  mal  ó  bien 
adquirido  y  empleado,  según  era  más  ó  menos  buena  ó  mala 
su  Índole  y  educación  personal,  y  las  tendencias  de  la  causa 
que  sostenian! 

Pero  ademas  de  estas  circunstancias  capitales,  el  caudillo 
asumia,  ó  pugnaba  siempre  por  asumir  en  su  territorio  un  re- 
medo de  omninotencia  autoritaria,  no  permitiendo  jamás  que 
4eta  fuese  ni  compartida  ni  coartada  por  ninguna  otra  autori- 
dad,  desde  que  todas  debian  ser  sus  humildes  y  dóciles  instru- 
mentos. 

Así,  pues,  lejos  de  crear  nuevas  autoridades  civües,  disiden- 
tes por  lo  general  con  ellos,  tendian  casi  siempre  á  suprimir- 
las ó  á  anularlas  si  existían;  y  en  lo  que  menos  pensaban  era 

r 

en  crearlas,  ni  organizar  ninguna  corporación  que  pudiera 
compartir  con  ellos  su  dominio  ó  mando,  el  cual  debía  ser  siem- 
pre uniperspnal  y  esencialmente  militar.  Por  otra  parte,  en 
BQB  aspiraciones  no  se  dejaba  ver  por  lo  general  sino  la  satis- 
fiuxáon  sensual  de  sus  pasiones  y  sed  de  mando. 

Diseñadas  estas  cualidades  elementales,  como  el  perfil  más 
oaracteristico  de  nuestros  caudillos  de  segundo  orden  en  todas 


/ 


—  160  ~ 

\s  civile3  que  han  asolado  las  provinciaa  argentinas, 
cora  que  ellaa  eran  diametralmente  distintas  de  las 
uta  siempre  Artigas  oomb  regla  nsaal  da  su  conducta. 

imbre  del  Genertil  Artigas  no  es  pnramente  militar 
dille,  y  como  intrépido  defensor  de  au  tierra  natal. 

;edor  de  las  Piedras  no  debe  ser  considerado  tan  solo 
^■an  soldado  civico  á  quien  los  pueblos  de  la  Provia- 
tal,  del  EntrerioB,  Corrientes,  Santa  Fé  y  aún  de  Cór- 
octoral,  confiaban  el  triunfo  de  sus  aspiraciones,  por 
a  ciega  fé  en  la  pujanza  de  su  brazo,  en  la  habilidad 
ica,  y  en  el  lieroismo  de  sus  tropas, 
en  ese  eminente  ciudadano  excelentes  aspiraciones 
y  aún  inclinaciones  y  aptitudes  de  reformador,  de  or- 
•  administrativo,  de  hombre  metódico  de  progreso, 
robaremos  acabadamente,  que  buscaba  con  decisión 
imponer  ante  todo  en  el  gobierno  patrio  la  igualdad 
uia  provincial  que  recien  vino  á  hacer  práctica  en  la 
L  Argentina  la  gran  Ck)nstitucion  de  1853;  asi  como 
■  avanzadas  condicionee  de  orden  y  libertad  en  la  so- 
'il  de  su  pueblo. 

egó  á  desarrollar  y  consolidar  un  orden  representati- 
iroviucia  como  lo  int-entó  tres  veces,  y  á  implantaren 
.a  de  las  instituciones  más  avanzadas  de  su  época,  no 
de  él  sino  de  las  guerras  incesantes  en  que  se  vio  en- 
tn  las  que  tuvo  que  concentrar  toda  su  atención  como 
le  vida  6  muerte  para  su  provincia  y  para  él. 
icimiento  y  estudio  imparcial  de  los  más  culminantes 
Artigas  acreditan  y  evidencian  esta  afirmación,  que 
será  recibida  con  necio  escarnio  por  sus  detractores. 
A  misma  cansa  que  deseamos  comprobarla  de  la 
las  incuestionable,  con  tanta  mayor  razón,  que  ella  no 
do  en  vista  por  sus  más  apasionados  adictos,  i!i  mti- 


—  161 


olio  menos  por  sns  adversarios,  al  apreciar  el  carácter  de  aquél, 
la  indole.de  sus  tendencias,  y  el  uso  que  hizo  de  su  autoridad. 
Apenas  entrado  á  la  vida  pública,  ya  dio  claras  pruebas  Ar- 
tigas de  que,  excepción  hecha  de  los  elementos  y  organización 
militar  que  eran  la  base  de  su  fuerza  y  de  sus  medios  de  pre- 
<Jomimo  y  resistencia,  estaba  muy  distante  de  procurar  esa 
absorción  de  mando  y  de  facultades  que  casi  siempre  han  sido 
el  rasgo  distintivo  de  nuestros  primitivos  caudillos. 

Poseyendo  en  gi*ado  eminente  muchas  de  las  condiciones 
que  hacian  sobresalir  á  éstos,  como  la  intrepidez,  la  actividad, 
la  sagacidad,  además  de  nobles  y  atractivas  cualidades  persona* 
f  les,  lo  vemos  ya  en  medio  de  las  atenciones  de  la  guerra  al 

frente  de  Montevideo,  en  el  primer  asedio,  procurar  entre  sus 
oomprovincianos  la  prej)aracion  de  un  manifiesto,  como  consi'- 
;  guió  presentarlo,  suscrito  por  el  mayor  número  de  vecinos  iu'- 

mediatos  y  más  respetables,  á    fin  de  influir  en  el  ánimo  del 

Delegado  de  la  Junta  de  Buenos  Aires  Dr.  Julián  Pérez. 

Trató  así,  rodeándose  de  la  opinión  y  sufragio  de  sus  com- 

\  '  provincianos,  de  combatir  el  abandono  que  se  intentaba  hacer 

I  por  aquel  Gobierno,  y  que  al  fin  se  hizo,  de  la  Provincia  Orien- 

I  tal,  devolviéndola  al  poder  de  los  españoles,  cuyo  despotismo 

tanto  aborrecían  esos  mismos  vecinos  en  armas  para  comba- 
tirlos. 
.  Este  rasgo  inicial  en  la  carrera  pública  de  Artigas  que  le 
hace  buscar  en  la  mayor  suma  de  opinión  la  fuerza  propia,  se 
acentúa  y  robustece  en  el  segundo  asedio  de  Montevideo  del 
modo  más  característico  y  laudable. 

Al  frente  de  las  Divisiones  Orientales,  en  continuos  comba* 
tes  con  los  sitiados,  no  siendo  entonces  la  provincia  en  la  par- 
te ocupada  por  los  insurgentes  sino  un  territorio  en  armas  sin 
más  autoridad  que  la  militar,  propónese  organizar  por  si  mis- 
mo una  administración  provincial  sobre  la  base  de  los  Cabildos 
y  pedir  á  los  ciudadanos  su  sufragio  para  la  creación  de  un 

12 


—  162  — 

gobierno  económico  y  municipal,  y  á  la  vez  la  formación  de- 
Juntas  electorales  para  la  designación  de  electores  de  dipu- 
tados. 

De  esta  tan  laudable  iniciativa  de  Artigas,  surgieron  lod 
Congresos  de  5  y  21  de  Abril  de  1813,  y  con  ellos  la  organiza- 
ción del  primer  verdadero  gobierno  popular  de  la  provincia  _ 
(sobre  cuyo  funcionamiento,  doloroso  es  decirlo,  no  hay  sino 
escasas  apuntaciones)  teniendo  que  luchar  para  ello  obstinada- 
jaiente  contraía  oposición  recomendada  imperativamente  por  el 
Directorio  de  Buenos  Aires  al  General  en  jefe  del  ejército  si- 
tiador, General  Sondean,  quien  sin  duda  debia  escandalizarse 
del  proceder  de  aquel  extraño  jefe  militar,  criollo  de  raza  dis- 
tinguida, pero  que  ni  siquiera  habia  tenido  la  ventaja  como  ¿1  de 
viajar  y  servir  en  Europa,  que  pretendía  contra  todas  las  reglas 
disciplinarias,  levantar  en  el  mismo  país  militarizado,  sin  ningu- 
na organización  política  anterior  en  una  época  necesariamen- 
te desordenada  y  tumultuosa,  aquella  nueva  entidad  civü  que 
¿o  tenia  precedente  alguno  en  las  demás  provincias,  y  que  tan- 
to debia  y  podía  coartar  la  libre  acción  de  las  autoridades  mi- 
litares en  su  absorción  y  desconocimiento  de  todos  los  derechos- 
del  vecindario  oriental  en  los  distritos  rurales. 

Es  muy  conveniente  oír  á  este  respecto  la  opinión  del  Gene- 
ral Rondeau  en  su  conocida  Autobiografía^  pues  ella  ilustra 
bien  este  episodio,  agí  como  dá  la  medida  de  la  superioridad 
de  vistas  y  espíritu  reorganizador  de  Artigas  sobre  las  de  su 
retrógrado  jefe,  destinado  así  mismo  por  el  acaso  á  ser  el  pri- 
mer gobernante  del  futuro  Estado  Oriental,  de  acuerdo  con  el 
voto  de  la  Asamblea  en  Diciembre  de  1829. 

«  El  General  Artigas  (dice  Rondeau)  para  quien  algún  tiem- 
po anterior  no  era  dudosa  la  rendición  de  la  plaza  de  Montevi- 
deo, concibió  el  proyecto  de  convocar  un  Congreso  para  que 
este  representase  á  la  provincia  Oriental,  después  que  la  des- 
alojasen totalmente  los  Españoles,  y  me  lo  comimiGÓ  con  el  fin 


—  163  — 

de  que  jo  no  pusiese  obstáculos  ¿  la  conTOcatoria  de  diputados 
que  se  proponia  hacer  para  que  lo  integrasen:  por  cierto  que 
hqael  según  d  modo  4e  expresarse,  parece  se  ereia  con  bastante 
mdoridad  para  dictar  aquélla  medida,  ¿  que  me  opuse  abierta- 
mente, haciéndole  conocer  que  su  proyecto  era  muy  desacerta- 
dO|  por  cuanto  no  estaba  facultado  para  llevarlo  á  efecto,  y  que 
yo  no  podia  consentirlo  sin  grande  responsabilidad:  mucho  le 
desagradó  la  manera  como  yo  veia  este  negocio,  y  entonces  me 
dijo  que  se  dirigiría  al  gobierno  supremo  para  obtener  su  ve- 
nia, aunque  hasta  ese  momento  era  lo  menos  en  qtie  habiá  pen* 
sado,  porque  él  dio  que  aspircéa  era  á  desconocer  su  ingerencia 
fen  la  promnda  Oriental^  desde  qiié  se  concluyese  la  guerra. 

«  Al  mismo  tiempo  que  yo  di  cueata  al  gobierno  de  la  con- 
sulta que  me  habia  hecho  el  general  Artigas  y  resultados,  él 
también  la  elevó  con  el  objeto  de  merecer  la  aprobación:  el  go- 
bierno estuvo  tan  franco  que  permitió  la  reunión  del  Congreso 
pretendido,  pero  no  ftió  Artigas  el  comisionado  para  convocar 
los  miembros  ó  diputados  que  habian  de  formarlo,  sino  yo,  ba- 
jo de  una  instrucción  que  se  me  acompañaba,  siendo  también 
nombrado  presidente  para  la  elección  preparatoria.  » 

¡Que  bien  se  descubre  en  esas  palabras  é  ideas  tan  absolutas 
y  retrógradas  de  Hondean  la  gradual  incubación  de  la  inde- 
pendencia Oriental  contra  la  reacción  disciplinaria  que  quería 
ahogarla  en  su  germen! 

A  fin  do  justificar  nuestro  juicio  sobre  el  carácter  de  las  ten- 
dencias refon^iadoras  de  Artigas,  entre  tantas  pruebas  como 
aduciremos  al  ef ecto^  llamamos  la  atención  del  lector  al  notable 
¿Iscurso  que  reproducimos  á  continuación  el  cual  no  se  ha  pu- 
blicado hasta  ahora,  pronunciado  por  Artigas  en  la  apertura 
del  Congreso  de  cinco  de  Abril  de  1813,  siendo  investido  por 
¿ste  con  el  caiáoter  y  facultades  de  Gtefe  de  los  Orientales,  co- 
mo Presidente  del  Cuerpo  Municipal,  y  gobernador  militar. 

Ijos  conceptos  de  ese  discurso  ó  alocudon  proyectaban  y  re- 


—  164  — 

clamaban  ya  de  una  manera  terminante,  la  solacion  del  proble* 
ma  político  cuyos  misteriosos  contomos  apenas  hoy  mismo 
después  d3  tantos  años  han  podido  descubrirse  entre  las  va- 
guedades  históricas  de  aquella  época. 

Artigas  la  presentaba  á  la  consideración  de  aquella  inexper- 
ta Asamblea  como  cuestión  previa  para  la  vida  futura  de  la 
Provincia  Oriental,  echando  asi  las  bases  desde  entonces  de 

una  indisputada  autonomia,  generadora  fecunda  de  la  indepen- 
dencia, que  gradualmente  debia  ir  ensanchándose  hasta  llegar 
¿  ser  nacional. 

Hay  realmente  motivos  de  asombro  cuando  se  v¿  que  decla- 
raciones tan  sorprendentes  y  radicales  en  su  aspiración  han  pa- 
sado desconocidas  ó  desapercibidas  para  algunas  generaciones 
durante  setenta  y  un  años,  y  que  recien  ahora  vienen  á  presen- 
tarse á  la  admiración  de  una  remota  posteridad  en  su  verdade- 
ra y  genuina  faz. 

En  esas  declaraciones  de  Artigas,  de  si  debía  reconocerse  á  la 
Junta  Oubernativa  de  Buenos  Aires  formada  ento'nces  por  eí 
Tntinvirato  de  Rodríguez  Peña,  doctor  Julián  Pe^-ez  y  Alvares 
Jonte;  para  someterse  á  éUa^  6  considerársele  simplemente  como 
auxiliadora,  que  era  como  únicamente  la  consideraba  Artigas 
en  1812  y  1813,  se  esconde  el  secreto  de  la  tremenda  lucha  que 
durante  tantos  años  ensangrentó  las  Provincias  del  antiguo 
Vireinato,  y  presentó  á  Artigas,  el  emancipador  de  su  pueblo^ 
como  el  blanco  de  las  enconadas  calumnias  de  sus  enemigos 
como  un  bárbaro  caudillejo,  muy  lejos  de  reconocerse  en  el  k 
un  reformador  político. 

Hé  aquí  dicha  alocución  que  necesita  para  ser  bien  com- 
prendida conocer  á  fondo  los  incidentes  históricos  á  que  se  re- 
fiere, y  los  que  mas  adelante  apuntaremos  sumariamente. 

«  Ciudadanos.  —  Mi  autoridad  emanó  de  vosotros,  y  ell& 
vive  por  vuestra  presencia  soberana;  vosotros  estáis  en  el  pie* 
no  goce  de  vuestros  derechos^  ved  ahi  el  fruto  de  mis  ansias  y 


—  166  — 

clesrelcH,  y  ved  ahi  también  todo  el  premio  do  mi  afán.  Aho- 
T»  en  vosotros  está  el  conserrarta:  70  tengo  la  satisfacción 
hermosa  de  presentaros  de  nuevo  mis  sacrificios  bí  queréis  ha- 
cerla estabta 

Nuestra  btstoria  es  la  de  los  héroes.  El  carácter  constante  y 
sostenido  gue  habéis  ostentado  en  los  diferentes  lances  que 
ocurrieron,  anunció  al  mundo  la  época  de  la  grandeza.  Sns  mo- 
numentos majestuosos  se  hacen  conocer  desde  loe  muros  de 
nuestra  ciudad  hasta  las  márgenes  del  Paraná:  cenizas,  ríos  de 
sangre,  y  desolación,  ved  ahí  el  cuadro  de  la  Banda  Oriental, 
y  éí  precio  costoso  de  su  regeneración!  Pero  ella  es  Pueblo  li- 
bre! El  estado  actual  de  sus  negocios  es  demasiado  crítico  para 
dejar  dft  reclamar  vuestra  atención. 

« lia  Asamblea  General  tantas  veces  anunciada  empezó  ya 
sns  sesiones  en  Buenos  Aires:  su  reconocimiento  nos  ha  sido  or- 
denado. Resolver  sobre  este  particular  ha  dado  motivo  á  esta 
congregación;  porque  yo  oienderia  altamente  vuestro  carácter 
y  el  mío;  vulneraria  enormemente  vuestros  sagrados  derechos, 
sí  pasase  á  decidir  por  mí  una  materia  reservada  á  vosotros. 
Sajo  este  principio  yo  tengo  la  honra  de  proponeros  los  tres 
puntos  que  ahora  deben  ser  el  objeto   de  vuestra  espresion  ko- 


1."  Si  debemos  proceder  al  recotiocimiento  de  la  Asamblea,  por 
t^decimiento  ó  por  pacto. 

2.°  Proveer  de  mayor  número  de  diputados  que  sufraguen 
por  este  territorio  en  dicha  Asamblea. 

3f  Instalar  aquí  una  autoridad  gite  restablezca  la  econoinki 
ddpaís. 

«  Para  facilitar  el  acierto  en  la  discusión  sobre  los  puntos 
indicados,  debo  haceros  presente,  que  el  garantir  las  conseciicn- 
das  del  reconocimiento,  no  es  negar  drecanodmiento;  y  bajo  todo 
principio  nunca  será  compatible  un  reproche  á  vuestra  conduc- 
ta: en  tal  caso  con  las  miras  Kberales  y  fundamentos  que  au- 


—  166  — 

torizan,  hasta  la  misma  instalaGÍon  de  la  Asamblea,  nuestro  te- 
mor os  ultrajaría  altamentei.  Y  si  no  hay  motivo  para  creer 
que  esta  vulrtei-e  miestros  derechoSy  tampoco  debemos  tenerle  pa- 
ra atrevernos  á  pensar  que  increpe  nuestra  precaución 

Todo  estremo  envuelve  fatalidad:  por  ello,  una  desconfianza 
desmedida  fracasaría  los  mejores  planes,  ¿pero  es  por  eso  me- 
nos temible  un  exceso  de  confianza  ? 

«  Paisanos,  pensad,  meditad,  y  no  cubráis  del  oprobio  las 
glorias,  los  trabajos  de  629  dias  en  que  visteis  restar  solo  es- 
combros y  ruino  s  por  vestigio  de  nuestra  opulencia  antigua. 
Traed  á  la  memoria  las  intrigas  dd  Áyuy,  d  compromiso  dd  Ti, 
y  las  transgresiones  dd  Piiso  de  la  Arena, y>  ^ 

«  A  cuál  execración  será  comparable  la  que  ofroten  esos 
cuadros  terribles;  corred  los  campos  ensangrentados  de  Belén, 
Yapeyú,  Santo  Tomó,  Ttapebí;  visitad  las  cenizas  de  vuestros 
conciudadanos,  para  que  ellos,  desde  el  hondo  de  sus  sepulcros 
no  nos  amenacen  con  la  venganza  de  una  sangre  que  vertieron 
para  hacerla  servir  á  vuestra  grandeza.  Preguntaos  á  vosotros 
mismos  si  queréis  volver  á  ver  crecer  las  aguas  del  Uruguay 
con  el  llanto  de  vuestras  esposas,  y  acallar  en  los  bosques  el 
gemido  de  vuestros  tiernos  hijos!. . . » 

Se  reconocerá  que  asi  mismo,  trunco  como  es  ese  discurso, 
hay  en  sus  palabras  la  consagración  de  la  independencia  que 
se  alzaba  contra  la  opresión  española,  para  pro1>estar  también 
contra  cualquiera  otra,  viniese  de  donde  viniese.  Para  su  me- 
jor comprensión,  debemos  apartamos  de  nuestro  estudio,  á  fin 
de  dar  algunas  explicaciones  sobre  ciertas  alusiones  contenidas 
al  final  de  esa  alocución. 

El  General  Artigas  se  refiere  en  estos  últimos  conceptos  & 
las  distintas  y  odiosas  causas  de  agravio  que  tanto  lo  habiait 
ofendido  de  parte  de  algunos  gobernantes  y  jefes  de  Buenos 
Aires,  principalmente  de  Sarratea,  como  Gecneial  en  Jefe  del 


—  167  - 

ejército  que  de  allí  fa¿  enviado  por  el  Triunvirato  de  que  ¿I 
milsmo  formaba  parte. 

«  Las  inixigas  del  Aytiy^  se  refieren  á  la  irritante  y  hostil  re- 
solución adoptada  por  Sarratea  de  arrancarle  á  Artigas^  con  el 
protesto  d^  hacerlas  nacionales^  varias  de  las  principales  divi- 
^ones  Orientales  que  él  había  formado,  adiestrado  y  organiza- 
do, y  en  las  que  cifraba  con  razón  su  legítimo  orgullo  desde  I& 
victoria  de  las  Piedras,  como  fuerzas  esclusivamente  pertene» 
cientes  á  la  Provincia  Oriental. 

Esa  usurpación  odiosa  y  agresiva  llevóse  á  cabo  por  Samn 
tea,  tanto  por  intrigas  y  seducciones  de  grados  y  honores  pro- 
•digados  por  éste,  cuanto  por  respeto  a  la  disciplina  de  la  auto* 
ridad  superior,  acatada  por  el  mismo  Artigas.  Fué  de  esto 
modo  como  se  le  hicieron  separar  de  su  campamento,  para  po- 
nerlos directamente  á  las  inmediatas  órdenes  de  Sarratea,  al 
ILegimiento  de  línea  de  Blandengues,  en  que  Artigas  habia 
servido  desde  1797,  la  división  de  milicianos  de  Baltasar  Bar- 
gas, y  la  de  Pedro  Viera,  llevándose  con  eUos  algunos  gefes 
distinguidos  como  Ventura  Vázquez  y  Eusebio  Baldenegro, 
que  brillaron  más  tarde  en  la  milicia  por  su8  hechos  distingui- 
dos, privando  así  á  Artigas  de  tan  excelente  cooperación. 

Esa  verdadera  disolución  del  ejército  orienta],  producida  por 
los  que  se  consideraban  como  meramente  auodliadores  en  sa 
empresa  de  libertar  la  Banda  Oriental,  fué  siempre  para  Arti- 
gas, con  incuestionable  justificación,  una  causa  de  profundo  y 
provocado  resentimiento;  el  que  influyó  tanto  en  sus  actos  ul- 
teriores, y  muy  poco  después  en  la  separación  y  expulsión  da 
Sarratea  y  varios  otros  jefes  del  ejército  patriota  acampado  ea. 
el  Cerrito,  incluyendo  en  esa  expulsión  á  todos  los  principaleg 
oficiales  que  aquel  le  híjzo  defeccionar  de  su  ejército. 

El  compromiso  dd  Yi  se  refiere  á  la  violación  hecha  por  Sarw 
ratea  de  un  pacto  ó  convenio  arreglado  en  las  inmediaciones 
de  aquel  rio  entre  Artigas  y  los  emisarios  de  Sarratea  D.  To»* 


—  168  — 

más  García  de  Zúñiga,  D.  Juan  Medina,  D.  Felipe  Pérez,  y 
otaro  ciudadano  distinguido. 

Artigas,  ya  revelado  á  consecuencia  de  las  agresiones  ante- 
riores contra  la  autoridad  de  Sarratea,  habia  retenido  la  Comi- 
saria y  algtmo:?  cuerpos  que  cruzando  por  el  interior  venian  de 
Buenos  Aires  á  incorporarse  al  ejército  frente  á  Montevideo;  y 
exigía  la  separación  de  aquel  gefe  del  mando  de  dicho  ejército^ 
notao  un  elemento  de  discordia  y  funesta  zizaña  entre  argenti- 
nos y  orientales ;  prometiendo  con  tal  de  realizarse  esa  sopara- 
xáon,  no  solo  dejar  libre  paso  a  aquellos  cuerpos,  sino  incorpo- 
rarse también  á  dicho  ejército  con  todas  sus  divisiones. 

•  Artigas  ante  las  seguridades  y  promesas  que  le  dieron  aque- 
llos comisionados  orientales  á  quienes  tanto  distinguía  como 
amigos  y  compañeros  de  causa,  y  en  la  perfecta  confianza  que 
dstos  le  infundieron  de  que  Sarratea  dejaría  el  mando  del  ejér- 
<dto  tan  luego  como  llegasen  al  Cerrito  aquellas  fuerzas,  per- 
mitió su  paso,  auxiliándolas  con  caballos  y  bueyes . 

Se  comprende  que  en  esta  mañosa  estratagema  no  habia  de 
parte  de  Sarratea  la  menor  disposición  á  cumplir  aquella  pro- 
mesa, y  que  dejando  comprometidos  malamente  para  con  Arti- 
gas aquellos  comisionados  orientales  que  habían  creído  en  su 
buena  fe,  continuó  en  el  mando  del  ejército  hostilizando  siem- 
pre á  Artigas,  sin  pensar  en  abandonar  aquel,  hasta  tanto  que 
Artigas  y  Rondeau  convinieron  en  su  definitiva  espulsíon  como* 
se  realizó  días  después. 

Las  transgresiones  del  Paso  de  la  Arena  significan  las  nuevas- 
intrigas  que  puso  en  juego  Sarratea  una  vez  que  el  General 
Artigas  aproxímándoRe  al  sitio  de  Montevideo,  estableció  su 
;45ampamento  sobre  el  Kio  de  Santa-Lucía,  en  el  paso  indicado. 

El  comandan  Otorgues  recibió  de  Sarratea,  por  conducto  de 
^on  Juan  José  Aguiar,  toda  clase  de  ofertas  para  que  defeccio- 
nase de  Artigas,  prometiéndole  que  lo  ascendería  á  coronel  de 
-^Mnea,  y  lo  reconocería  en  el  mando  del  ejercito  oriental,  ade- 


—  169  — 

más  de  fuertes  sumas  de  dinero  que  se  le  entregarían  para  el  y 
.sus  oficiales . 

Asegurase,  además,  que  Sarratea  le  envió  un  rico  sable  y  un 
par  de  pistolas,  para  que  con  ellas  se  hiciese  respetar  de  Arti- 
gas; y  aún  para  aseshiado,  aseguran  otras  crónicas  de  aquella 
época,  y  las  mismas  afirmaciones  de  Otorgues . 

Este  gafe  con  noble  lealtad  resistió  esas  atractivas  tentacio- 
nes, y  dio  cuenta  do  ellas  á  Artigas,  quien  tuvo  entonces  más 
fundado  motivo  aún  para  redoblar  sus  exijencias  sobro  la  ex- 
pulsión do  Sarratea,  sus  adictos  y  parciales,  entre  los  que  in- 
cluia  á  su  secretario  don  Pedro  Feliciano  Cavia. 

Lo  que  más  agrió  entonces  á  Artigas  fué  que  todos  los  gafes 
expulsados,  entre  los  cuales  se  hallaban  don  Francisco  Javier 
de  Viana,  don  Ignacio  Alvarez  Thomas,  don  Ventura  Vázquez» 
don  Pedro  Viera,  don  Ensebio  Valdenegro  y  otros,  recibieron 
un  ascenso  en  su  grado  militar  á  su  llegada  á  Buenos  Aires 
como  una  reprobación  implícita  de  aquel  acto  de  severa  pero 
salvadora  justicia  militar. 

Pero  aún  hay  más  a  este  respecto.  En  una  publicación  con- 
tra Sarratea  que  hizo  en  1820  el  enórjico  Diputado  al  Congreso 
de  Tucuman  don  Tomás  Manuel  de  Anchorena,  aseguraba  que 
aquél  pidió  en  notas  de  2  y  3  de  Diciembre  de  1812  dirigidas 
al  Gobierno  de  Buenos  Aires,  autorización  para  batir  á  Arti- 
gas, la  que  le  fué  negada;  pero  que  asi  mismo  publicó  en  el 
ejército  una  orden  del  dia,  por  la  cual  declaraba  traidor  á  Ar- 
tigas, y  nombraba  para  sustituirlo  en  el  mando  de  !as  divisio- 
nes Orientales  al  Coronel  don  Femando  Otorgues .  «Que  enton- 
ce ees  (agrega  el  doctor  Anchorena)  Artigas  se  acabó  de  irritar 
«  más,  y  desplegando  todo  el  furor  de  su  ira  comenzó  á  hostili- 
«  zar  nuestro  ejército  por  cuantos  medios  le  fué  posible,  y 
«  mostraba  á  cada  paso  la  carta  privada  que  Catüina  ( asi  Ha- 
«  maba  Anchorena  á  Sarratea)  dirigió  á  dicho  Otorgues  para 
«  que  lo  asesinase,  á  cuyo  efecto,  creyéndolo  seducido,  lo  habia 


—  170  — 

«  honrado  con  el  expresado  empleo  y  regaládole  un  par  de  pís- 
<c  tolas  7  un  sable.  »  / 

Incidentalmente  debemos  agregar  que  Sarratea  trató  do  de- 
fenderse de  esos  cargos^  asegurando  que  por  el  contrario,  había 
propendido  á  la  unión  entre  orientales  y  argentinoá,  rehusán- 
dose á  cumplir  la  orden  que  se  le  dio  por  el  Gobierno  do 
aprehender  á  Artigas  y  pasarlo  inmediatamente  por  las  armas 
ó  remitirlo  á  Buenos  Aires  bajo  segura  custodia,  para  ser  jua- 
gado  alli. 

Estos  distintos  antecedentes,  a  cual  más  eficaces  en  su  acción 
conjunta  para  ahondar  la  discordia  que  ya  venia  acentuándose 
con  la  conducta  imprudente  y  agresiva  del  General  en  Gefe 
Sarratea,  esplicarán  al  lector  la  mala  impresión,  cuando  menos, 
con  que  Artigas  debia  abrir  ese  Congreso,  el  cual  por  la  reso- 
lución de  la  Asamblea  Constituyente  reunida  en  Buenos  Aires^ 
debía  prestarle  á  esta  homenaje,  y  jurar  1^  obediencia  de  esta 
Provincia  al  Gobierno  revolucionario  del  Triunvirato  que  po- 
cos meses  antes  había  violado  los  compromisos  de  la  revolución 
de  Mayo  para  con  esas  mismas  provincias,  espídsando  de  Bue- 
nos Aires  ¿  sus  Diputados. 

Volviendo  ahora  á  la  alocución  del  General  Artigas,  y  á  fin 
de  que  se  comprenda  mejor  el  tino  político  y  la  previsión  cívi- 
ca con  que  él  establecía  y  definía  hábilmente  las  condiciones 
y  reservas  con  que  debia  prestarse  el  reconocimiento  de  obe- 
diencia exigido  por  la  Asamblea  Constituj'^ente  á  las  autorida- 
des de  cada  provincia,  nos  complacemos  en  reproducir  á  conti- 
nuación las  opiniones  análogas  emitidas  sobre  el  mismo  acto 
por  D.  Nicolás  Laguna,  uno  de  los  miembros  de  dicha  Asam- 
blea, diputado  á  ella  por  el  Tucuman  en  un  Informe  que  él 
presentó  al  Cabildo  de  esta  provincia. 

Laguna  era  un  ciudadano  ilustrado  y  circunspecto  que  evir 
denciaba  en  su  Informo  una  sorprendente  identidad  de  opinio- 
nes políticas  con  las  emitidas  por  Artigas  en  la  alooucion  an> 


—  171  — 

teiior,  identidad  que  revelaba  cual  debía  sor  la   opiniozi  públi* 
•«oa  al  respecto. 

El  mismo  General  Mitre  en  su  Historia  de  BdgraJio  (tomo  2.** 
página  148)  aunque  refiriéndose  al  año  16,  confiesa  del  modo 
que  va  á  verse  cuánto  se  venia  generalizando  en  todas  las  pro- 
vincias ese  sentimiento  de  independencia  local  sobreexcitado 
sin  duda  por  la  misma  abusiva  opresión  que  queria  ejercerse 
sobre  ellas. 

Esa  independencia  que  tan  acerbamente  se  ha  reprobado  en 
ia  Provincia  Oriental,  y  que  tanto  se  ha  atenuado  en  las  de- 
mas,  era  sin  embargo  la  expresión  genuina  y  legítima  de  las 
aspiraciones  de  la  maj^'or  parte  de  esas  provincias  desde  Santa 
Fó  hasta  Salta.  Dice  así  el  General  Mitre: 

«  De  los  pueblos  que  en  1816  formaban  teóricamente  parte 
•de  las  Provincias  Unidas  cuya  independencia  se  proclamó  en 
Tucuman,  casi  una  mitad  no  reconocía  su  ley.  El  Paraguay  se 
había  segregado  de  hecho  de  la  comunidad,  bajo  la  dictadura 
de  Francia.  La  Banda  Oriental,  bajo  el  caudülaje  de  Artigase 
«staba  en  abierta  insurrección  contra  el  gobierno  general,  for- 
mando una  especie  de  Confederación  ó  liga  de  caudillos  con 
Entre-Ríos,  Corrientes  y  Santa  Fé,  que  se  negaron  á  enviar 
«US  Diputados  al  Congreso  Nacional,  Córdoba  trabajada  por  la 
influencia  disolvente  de  Artigas,  y  por  ideas  truncas  de  fede- 
ración, obedecía  condicionalmenta.  Salta,  sometida  á  un  poder 
in'esponsable  y  personal,  formaba  parte  del  sistema,  á  condi- 
ción de  gobernarse  á  su  antojo,  bien  que  sin  romper  el  vínculo 
nacional,  y  concurriendo  eficazmente  á  la  defensa  del  territo- 
rio en  las  fronteras  del  Norte .  En  el  mismo  Tucuman,  asiento 
del  Congreso,  fermentaban  ideas  de  disgregación,  aun  en  las 
clases  ilustradas,  sugeridas  por  un  estraviado  patriotismo  lo- 
•cal,  y  mal  comprendidos  principios  de  federación . 

c<  En  cuanto  á  los  que  se  titulaban  representantes  del  Alto 
Perú|  ellos  no  eran  en  realidad  sino  los  diputados  vergoi^zan- 


~  172  — 

tes  de  loe  emigrados  de  aquellas  provincÍEis,  que  habían  segui- 
do la  desgraciada  suerte  de  los  ejércitos  argentinos  derrotado» 
en  las  anteriores  campañas.  » 

Este  cuadro  no  puede  ser  más  gráfico,  y  revela  elocuente- 
mente el  desprestigio  de  Gobernantes  que  eran  tan  uniforme- 
mente repudiados  por  el  pueblo  argentino. 

Véase  ahora  como  se  espresaba  el  diputado  tucumano  Lagu- 
na, y  compárense  los  términos  empleados  por  este  á  tantos  cen- 
tenares  de  leguas  de  donde  Artigas  se  esplicaba  en  términos 
análogos:  coincidencia  que,  como  hemos  dicho,  revela  las  aspi- 
raciones de  la  mayoría  de  los  ciudadanos  de  aquella  época. 

Laguna  esplicaba  así  la  doctrina  y  la  razón  de  su  juramento- 
oondicional: 

«  Algunos  querían  demostrar  la  servidumbre  de  mi  pueblo 
por  el  juramento  de  obediencia  que  exigió  por  medio  de  V.  K 
esta  Asamblea. 

«  Dije  que  siendo  juramentos  provisionales  de  Gobierno,  y 
disposiciones  de  la  Asamblea  hasta  la  sanción  de  la  Constítiiciony. 
el  juramento  no  tenia  otra  firmeza  que  la  del  acto  á  que  se 
agregaba;  que  no  inducía  especial  obligación  distinta  de  la  na- 
turaleza de  la  cosa  que  se  había  jurado,  y  que  bajo  este  supues- 
to y  cícrtísima  doctrina,  no  se  podía  decir  que  el  Tacwnan  prestó- 
para  siempre  la  cerviz  doblada  á  la  Asamblea  y  Poder  Ejectttivoy 
sino  que  aquel  acto  no  tenia  solamente  la  fuerza  de  una  pro- 
m.6sa  que  hacia  el  pueblo,  de  estar  quieto  y  tranquilo  á  las  ór- 
denes provisorias  del  Gobierno  y  Asamblea,  hasta  la  sanción 
de  la  Constitución .  Quien  juró  Provincias  Unidas^  no  jíiró  la. 

unidad  de  las  Próvidas.  » 

Volviendo  ahora  al  General  Artigas,  y  sus  esfuerzos  por  ci- 
mentar sólidamente  la  autonomía  de  esta  Provincia,  ocurrien- 
do siempre  al  efecto  al  sufragio  popular,  como  la  expresión  más 
caracterizada  de  la  voluntad  de  sus  comprovincianos;  debe  sa- 
berse que  en  varias  notas  que  publicaremos  dirigidas  en  No- 


—  173  — 

T;iembre  de  1813  á  los  Cabildos,  ya  hizo  constar  que  él  no  esta- 
ba conforme  con  ]a  Junta  reunida  por  Rondeau  en  la  Capilla 
del  Niño  Jesús,  chacra  de  Maciel,  siete  meses  después  de  la 
convocada  por  él  en  su  alojamiento,  rehusándose  á  reconocer 
la  legalidad  de  aquella  Junta,  y  apelando  á  los  pueblos  para 
que  también  negasen  la  validez  de  procedimientos  que  estaban 
en  desacuerdo  con  las  instrucciones  ó  mandato  imperativo  que 
debian  haber  recibido  de  sus  electores. 

Fué  en  el  histórico  alojamiento  del  General  Artigas  en  don- 
de siete  meses  antes,  en  5  de  Abril  de  1813,  se  reunieron  los 
primeros  representantes  de  la  independencia  provincial,  y  en 
dónde  organizaron  el  primer  gobierno  económico  -  político 
oriental,  con  total  independencia  be  la  autoridad  de  Bondean, 
y  de  la  Junta  Gubernativa  de  Buenos  Aires:  independencia 
que  no  por  ser  provincial  hasta  entonces,  dejaba  de  ser  la  base 
de  una  separación  política,  que  la  violencia  y  la  opresión  de 
Posadas,  de  Alvear  y  de  Alvares  Thomas,  debían  distanciar 
más  y  más  cada  dia,  hasta  ensancharla  produciendo  una  des- 
membración definitiva. 

Es  en  ese  alojamiento  ó  cuartel  general  de  Artigas  sobre  el 
cual  en  la  ala  izquierda  de  la  línea  del  asedio  de  Montevideo 
la  tradición  no  ha  dejado  sino  confusos  rastros,  en  donde  nació 
viable  y  bien  definida  en  sus  razgos  principales,  por  sus  exi- 
gencias y  sus  propósitos,  esta  nacionalidad  Oriental  tan  belico- 
sa y  tan  combatida  ya  desde  su  primera  aparición. 

Indisputablemente  su  cuna  fué  el  primer  Congreso  de  6  de 
Abril  de  1853,  en  medio  de  los  combates  del  segundo  sitio. 

La  convocatoria  hecha  meses  después  por  el  General  Son- 
deau  con  el  propósito  do  anticiparse  á  Artigas,  y  dar  cima  al 
pensamiento  de  éste,  pero  arrebatándole  la  gloria  de  ser  él  el 
primer  ciudadano  que  presidiera  el  segundo  Congreso  de  la 
Provincia,  y  le  infiltrase  sus  ideas  autonomistas ;  produjo,  «a-» 


—  174  — 

tonces,  á  pesar  de  todas  las  resistencias  de  Artigas,  el  aplaza- 
miento de  esas  aspiraciones  de  independencia. 

Asi  fueron  ellas  por  el  momento  sofocadas,  casi  en  su  cnna, 
por  la  acción  enervante  y  coaccionadora  del  General  Rondeau 
<M>mo  Presidente  de  la  Junta  reunida  en  Diciembre  de  1813  en 
la  Capilla  del  Niño  Jesús,  bajo  su  prepotente  jurisdicion  mili* 
tar. 

Artigas  reaccionó  contra  esa  Junta  demasiado  moderada^ 
que  se  habia  resignado  á  la  obediencia  desde  su  instalación,  en 
la  cual  basta  su  mismo  Iiermano  D.  Manuel  como  diputado  de 
los  emigrados  en  armas,  debía  hacer  más  penosa  su  resolución 
de  desconocerla  perentoriamente.  El  partido  exaltado,  radical,, 
diremos  asi,  con  el  General  Artigas  al  frente,  reaccionaba  con- 
tra ella. 

La  independencia  provincial  ambicionada  y  sostenida  por 
este  jefe,  debia  resurgir  pocos  dias  después  entre  el  estruendo 
de  las  annas  y  con  la  cabeza  erguida,  frente  á  frente  á  los  an- 
tiguos compañeros  de  armas  que  no  se  decidian  colectivamen- 
te á  agredirla  al  separarse  lamentablemente  el  General  Artiga» 
con  sus  divisiones  orientales  de  esa  misma  linea  del  asedio,  en 
que  por  repetidas  ocasiones  babia  recibido  aviso  de  que  se  tra- 
taba de  prenderlo  y  enviarlo  á  Buenos  Aires. 

Es  así  como  vino  á  romperse  por  desgracia  el  último  eslabón 
que  ligaba  á  ambos  pueblos  hermanos,  obligándolos  de  este 
modo  á  darse  el  funesto  ejemplo  de  buscar,  por  las  armas,  la 
solución  que  hubiera  debido  sólo  asegurarse  mediante  una  po- 
lítica conciliatoria  y  liberal  de  parte  del  Triunvirato  de  Bue- 
nos Aires,  compuesto  entonces  de  Rodríguez  Peña,  Alvare^i^ 
Jonte  y  Posadas,  reemplazado  pocos  dias  después  por  el  Supre- 
mo Directorio  del  mismo  D.  Gerv^asio  Antonio  Posadas. 

En  lugar  de  una  política  prudente  y  conciliadora,  la  única 
que  de  acuerdo  con  los  primeros  pasos  de  la  revolución  podía 
Haber  fortalecido  los  vínculos  de  fraternidad  entre  los  pueblos 


—  17&  — 

liennanos,  la  misma  que  se  les  había  hecho  esperar  con  la  cir- 
cfolaí  de  26  de  Mayo  de  1810 ;  en  lugar  de  esa  política  salva- 
dora, preponderaba  entonces  por  desgracia  en  los  consejos  del 
nncTO  Gobierno  de  las  Provincias  Unidas  la  influencia  avasa- 
lladora y  coercitiva  del  superbo  y  ambicioso  Coronel  Alvear. 
Hombre  de  guerra  ante  todo,  segiin  él  la  patria  debía  conver- 
tirse en  un  cuartel,  en  donde  solo  debía  iu^perar  la  voz  del  ge- 
fe.  Cuanto  más  lejos  se  estaba  de  Buenos  Aires,  tanto  más  ri- 
gorosa debía  ser  esa  disciplina. 

Fué  así  como  impulsando  á  la  Asamblea  Constituyente,  de  la 
cual  era  Presidente  y  verdadero  leader  por  sus  eminentes  cua- 
lidades, consiguió  hacerla  sustituir  el  Triunvirato  existente 
con  un  Gobierno  uní-personal,  para  encargarlo  de  él  á  su  di- 
cho tío,  el  inteligente  y  emprendedor  Notario  Eclesiástico  don 
Gervasio  Antonio  Posadas,  absolutamdlte  dominado  por  él,  y 
«levado  así  á  fuerza  de  intrigas  y  de  audacia,  con  postergación 
de  patriotas  muchísimo  más  ilustrados  y  meritorios,  á  la  en- 
cumbrada Magistratura  de  Director  Supremo  del  Estado. 

Al  mismo  tiempo  que  ese  elemento  prepotente  y  absoluto 
«n  sus  tendencias,  formado  por  Alvear  y  sus  adictos,  hacia  ma- 
terialmente lo  que  quería  del  Director  Posadas,  á  quien  al  fin 
echó  á  un  lado  para  ponerse  él  mismo;  influían  y  cooperaban 
en  el  mismo  sentido  de  coacción  y  despotismo  militar  respecto 
de  las  Provincias,  la  mayor  parte  de  los  aspirantes  y  ambicio- 
sos que  entonces  dominaban  con  su  voto  en  la  Asamblea,  con 
su  espada  en  los  cuarteles,  y  en  la  prensa  con  sus  escritos  ar- 
dientes, como  el  temido  Monteagudo;  secundándolos  con  su» 
incitaciones  y  consejos  acomodaticios  algunos  orientales  nota- 
bles por  sus  talentos  y  por  su  posición  social  como  el  doctor 
don  Nicolás  Herrera  y  el  Coronel  Viana,  el  bravo  Coronel  Ven- 
tura Vázquez,  cuando  no  se  hallaba  en  el  asedio  ó  en  campaña, 
y  otros,  que  siempre  habían  hostilizado  al  General  Artigas,  y 
qne  se  comprende  cuanto  ambicionaban  venir  á  gobernar  en 


r 


—  X76  — 

esta  provincia,  que  era  su  psiia  natal,  aun  ¿  costa  de  indiscul- 
pables condescendencias  y  de  vergonzosas  humillaciones.  Tan 
es  asi  que  el  Director  Posadas  no  bien  subió  al  poder  llevó  a  sa 
Secretaría  de  Grobierno  al  Dr.  Hen-era  y  á  la  de  la  Guerra  al 
Coronel  Viana. 

Con  esta  multiplicidad  de  voluntades,  acordes  todas  en  do- 
minar sin  mesura  ni  contemplación  de  ningún  género  la  sitúa* 
cion  militar  y  política  que  sa  desarrollaba  en  la  Banda  Orien- 
tal, no  so  tenia  por  desgracia  hacia  ésta,  ni  hacia  los  ciudada- 
nos que  la  dirigían,  ni  hacia  los  derechos  legítimos  que  ella 
sostenía,  el  más  pequeño  respeto,  ni  lamas  levo  sombra  de  con- 
ciliación y  íicomodamieiito. 

Toda  pretensión  justa  se  miraba  como  un  indicio  ó  síntoma 
de  anarquía,  do  indisciplina,  qne  reclamaba  urgente  y  severa 
represión.  Artigas  no  err,  pues,  para  aquellos  gobernantes  y 
circuios  intransigentes,  sino  un  peligroso  y  díscolo  anarquista. 

Todo  cuanto  él  hiciera  ó  solicitase,  debía  ser  reprobado  y  ne- 
gado perentoriamente ;  y  tratado  él  mismo  como  un  rebelde 
criminal,  á  quien  era  apremiante  encarcelar,  anular  y  escar- 
mentar hasta  el  último  trance,  á  fin  de  cortar  de  raíz  el  mal,  y 
acabar  de  una  vez  con  aquel  tenaz  germen  de  escándalo  y  pre- 
matura libertad.  Estas  opiniones  se  traducían  constantemente 
en  hechos  injustificables. 

Tan  innoble  sentimiento  de  repulsión  venia  ya  sobrehexci- 
tando  desde  muy  atrás  con  grave  perjuicio  para  los  intereses 
comunes  de  la  patria  j  pues  desde  la  época  del  mando  de  Sarra- 
tea  en  esta  Banda,  ya  la  altiva  personalidad  de  Artigas  se  mi- 
raba por  la  Junta  Gubernativa  de  Buenos  Aires  con  marcada 
aversión* 

De  ello  ofrece  un  irrecusable  y  leal  testimonio  el  mismo  Ge- 
neral Vedia,  enemigo  personal  y  declarado  de  Artigas,  que  asi 
mismo  se  espresa  al  respecto  con  lealtad  singular  on  las  obser* 
vaciones  con  que  comentó  su  nota  de  7  de  Octubre  de  1812^ 


—  177    - 

•dirigida  á  Sarratea,  que  se  hallaba  acampado  en  el  arroyo  de 
la  Ghina,  hoy  Concepción  del  Uruguay,  al  frente  de  algunas 
fuerzas,  y  en  las  que  informa  sobre  lá  misión  que  se  le  confió 
cerca  de  Artigas,  para  sondearlo  en  cuanto  á  sus  diaposiciones 
jsobre  la  nueva  campaña  que  debia  abrirse  contra  los  españoles 
en  Montevideo,  después  del  cruel  abandono  que  la  Junta  de 
Buenos  Aires  había  hecho  de  los  Orientales  ñor  el  armisticio 
de  Octubre  de  1811,  celebrado  con  el  General  Elio. 

Vedia  confiesa  de  este  modo  terminante  y  explícito  la  aver- 
sión que  no  se  disimulaba  en  aquel  Gobierno  para  con  el  ven- 
cedor de  las  Piedras : 

«  Diré  por  lo  que  pudiera  valer  al  objeto  que  aquí  me  pro- 
«  pongo,  que  luego  que  llegué  del  primer  sitio  á  Buenos  Aires, 
«  me  nombró  el  Gobierno  para  que  fuese  á  esplorar  las  inten- 
se cienes  de  Artigas  y  á  examinar  la  naturaleza  de  sus  elemen- 
«  tos  de  guerra.  En  cinco  días  anduve  185  leguas  para  llegar 
«  al  paraje  en  que  Artigas  estaba  acampado  sobre  la  costa  del 
«  Uruguay;  dos  me  detuve  con  éste  en  largas  conversaciones, 
«  y  en  otros  cinco  dias  estuve  en  Buenos  Aires,  é  informé  al 
«  Gobierno  que  Artigas  manifestaba  los  mejores  sentimientos  con 
«  respecto  á  volver  sobre  Montevid^;  que  tenia  poca  gente  armada^ 
«  y  que  sus  soldados  maniobraban  diariaviente  y  hadan  ejercido 
«  de  fusil  y  carabina  con  unos  palos  d  falta  de  estas  armas;  y  por 
«  último  que  cuantos  le  seguían  daban  muestra  de  un  entu- 
«  siasmo  el  más  decidido  contra  los  godos.  La  viveza  con  que 
«  pinté  al  gobierno  las  buenas  disposiciones  que  yo  habia  notado 
<í  enél,y  en  la  multitud  que  le  drcundaia,  fué  oida  con  sombría 
«  atención^  y  después  supe  que  el  gobiomo  no  gustaba  qiw  se  ha- 
«  blase  en  favor  del  caudillo  oriental;  pe^v  yo  habia  desetnpeñado 
«  mi  comisión  con  franqueza  y  sin  doblez  alguna,  y  así  nada  se 
«  me  dio  de  la  errada  política  de  la  administradon.  » 

Beproduciase  así  la  misma  situación,  pero  reagravada  por 
nuevas  y  fatales  discordias. 

13 


—  178  — 

El  Q-efe  de  los  Orientales  veía  tramarse  ¿  su  alrededor  mía 
conjuración  oficial  contra  él,  dirigida  ó  tolerada  por  el  mismo 
General  en  Gefe  del  ejército  de  que  él  formaba  parte,  á  pesar 
del  carácter  templado  y  conciliador  de  Rondeau  que  no  podia, 
mal  de  su  grado,  substraerse  al  cumplimiento  de  repetidas  ór- 
denes que  recibía  del  Triunvirato  influido  por  Posadas,  que 
formaba  parte  de  él,  en  el  sentido  de  no  hacer  la  menor  conce- 
cion  á  las  exijencias  de  Artigas. 

Por  su  parte  éste,  apercibido  á  los  peligros  de  tan  temible 
enemistad  y  agresión,  recibía  á  cada  momento  las  pruebas  de 
la  gueiTa  sorda  que  se  le  hacia,  y  que  debía  hacer  caer  sobre 
8u  cabeza  en  el  momento  menos  esperado,  el  escarmiento  de  un 
castigo  ejemplar  y  bárbaro. 

Algunos  jefes  importantes  del  ejército  sitiador,  entre  ellos  el 
Coronel  Soler,  enemigo  personal  de  Artigas,  desde  que  éste  le 
reprobó  los  vergonzosos  excesos  que  dejó  cometer  á  su  batallón 
en  la  defensa  de  Soriano,  dos  años  antes;  tan  prepotente  é  in- 
Bubordinado  en  sus  actos  en  esa  campaña,  como  lo  demostrare- 
mos en  lugar  oportuno;  habían  ya  anunciado  públicamente  que 
debía  castigarse  por  la  fuerza  el  crimen  de  las  aspiraciones  de 
Artigas.  Mas  aun,  que  estaban  dispuestos  á  fusilarlo  por  su 
cuenta,  en  cuanto  se  propasase  ó  descuídase,  amenazando  pres- 
cindir para  ello  del  tolerante  General  Eondeau,  á  quien  el  mis- 
mo Soler  públicamente  afectaba  menospreciar;  proponiéndose 
así  restablecer  de  una  vez,  decían,  la  moral  del  ejercito,  mina- 
da no  por  Artigas,  sino  por  las  antipatías  y  ambiciones  perso- 
nales que  el  mismo  Soler  y  el  Coronel  French,  también  enemi- 
go de  Artigas,  reagravaban  con  su  carácter  petulante  y  des- 
pótico. 

Oportunamente  probaremos  todo  cuanto  afirmamos  ahora. 

Fué  esa  conducta  tan  agresiva  de  parte  del  Triunvirato, 
del  primer  Directorio,  y  de  sus  gefes  militares  en  la  Provincia 
Oriental,  la  que  hiriendo  vivamente  el  sentimiento  patrio  de 


—  .179  — 

los  Ujos  del  país,  impulsó  la  separación  de  las  lineas  del  sitio 
de  Montevideo  de  las  divisiones  orientales  á  las  órdenes  del 
General  Artigas,  exceptuando  la  que  mandaba  su  hermano  don 
Manuel. 

Conviene  en  justicia  no  olvidar  que  epos  agravios  venian 
enoonándose  cada  dia  mas  ante  la  resistencia  opuesta  por 
Sondean  á  la  reunión  del  primer  Congreso  Oriental  del  6  de 
Abril ;  ante  el  recbazo  becho  por  la  Soberana  Asamblea  en 
Buenos  Aires  de  los  diputados  orientales  elejidos  por  aquel 
Congreso;  ante  el  desconocimiento  practicado  por  Eondeau  de 
la  administración  eminentemente  oriental,  que  funcionaba  en 
la  Provincia  desde  el  mismo  5  de  Abril,  elejida  mediante  los 
poderes  de  los  pueblos  presentados  por  sus  electos  en  aquel 
Congreso ;  y  por  las  amenazas  y  avisos  recibidos  por  Artigas 
de  que  cuando  menos,  se  trataba  de  sorprenderlo  y  llevarlo 
preso  á  Buenos  Aires ;  como  la  habia  intentado  hacer  Sarratea. 
el  año  anterior. 

A  este  respecto  y  por  si  se  pusiere  en  duda  esta  aseveración 
para  autorizar  tal  conjetura ;  apelaremos  al  testimonio  del  mis- 
mo Coronel  Vedia  en  la  memoria  citada^  el  cual  revela  como  se 
intentó  varias  veces  hacer  capturar  ó  arrestar  al  General  Ar- 
tigas para  llevarlo  preso  á  Buenos  Aires  en  donde  le  esperaba 
quizá  un  implacable  Consejo  de  guerra . 

Por  otra  parte  el  mismo  Sarratea  confesó  en  1820,  en  una 
publicación  que  hizo  combatiendo  los  tremendos  cargos  que  le 
enrostró  el  Dr.  Anchorena,  que  efectivamente  habia  recibido 
tales  órdenes;  confesión  que  reproduciremos  en  el  texto  de  la 
obra  . 

Dice  así  Vedia : 

«  En  esta  época  recibió  el  general  en  gefe,  D .  Manuel  de 
«  Sarratoa,  varias  comunicaciones  reservadas  en  que  se  le  ins» 
«  taba  A  que  se  apoderase  de  la  persona  de  Artigas ;  pero  esto 
«  no  lo  verificó  el  dicho  general,  porqué  temió  que  recayese  so- 


r 


—  180    - 

<c  bre  él  la  responsabilidad,  atentando  contra  un  sujeto  que  3ra 
«  entonces  gozaba  de  un  renombre  grande  entre  todos  los  pue- 
«  blos  do  la  TJnioh :  el  suceso  de  las  Piedras  y  la  facilidad  con 
«  que  se  babia  hecho  seguir  de  los  habitantes  de  una  inmensa 
«  campaña,  habian  contribuido  á  vigorizar  su  fama».  Hasta 
aquí  el  Coronel  Vedia. 

Esa  llamada  deserción  de  las  lineas  del  sitio,  la  misma  que 
atrajo  sobre  Artigas  el  bárbaro  decreto  de  Posadas,  redactado 
por  el  Dor.  pon  Nicolás  Herrera,  (1)  sancionado  también  por 


(1)  Es  conveniente  qne  se  conozca  ese  documento,  cuyas  afirmaciones 
erróneas  y  calumniosas  iremos  destruyendo  sucesivamente  en  el  texta 
de  la  obra  y  en  las  observaciones  que  vamos  haciendo. 

El  importó  una  declaración  de  guerra,  cujj'as  últimas  y  funestas  con- 
secuencias produjeron  i;ina  gueiTa  fratricida  hasta  la  derrota  completa 
de  las  fuerzas  del  Director  Alvear  mandadas  por  Dorrego  en  el  Guayabo- 

DECRETO  DBL  DIRECTOR  POSADAS  PONIENDO  Á  ARTIGAS 

FUERA  DE  LA  LEY. 

El  Supremo  Director  de  las  Provincias  Unidas  del  Rio  de  la  Plata. 

El  rigor  de  la  justicia  que  es  el  último  de  los  recursos  de  un  Gobier- 
no bien  constituido,  viene  k  hacerse  necesario  cuando  apuradas  ya  las 
consideraciones  de  la  moderación  y  la  prudencia,  lo  reclaman  imperio- 
samente, la  conservación  del  orden,  la  seguridad  pública  y  la  existencia 
de  la  Patria.  Una  condescendencia  débil  envuelve  en  la  tolerancia  do 
los  excesos  la  ruina  inevitable  de  los  Estados.  Es  necesario  ser  justo 
cuando  lo  demanda  la  salud  pública. 

La  incorregibilidad  del  Coronel  Artigas  en  su  conducta  hostil  y  es- 
candalosa me  constituye  por  desgracia  en  la  penosa  situación  de  osar 
contra  él  del  rigor  y  de  la  severidad.  Acaso  no  hay  un  ciudadano  ea 
cuyo  favor  se  haya  desplegado  con  más  energía  la  generosidad  y  la  de- 
mencia del  Gobierno  pero  tampoco  ha  habido  otro  más  obstinado,  106- 
nos  reconocido  ni  más  delincuente. 

Prófugo  de  Montevideo  se  presentó  en  esta  capital,  implorando  la 
protección  del  Gobierno  y  en  el  mismo  instante  se  le  condecoró  con  el 
grado  de  Teniente  Coronel,  confiándole  el  mando  de  las  tropas  destín»- 
das  á  proteger  la  libertad  de  los  pueblos  Orientales  que  sumidos  e&  lik 
opresión  imploraban  nuestros  socorros. 

A  la  noticia  de  la  victoria  de  las  Piedras  se  le  confió  el  empleo  da 
Coronel  del  Regimiento  de  Caballería  en  qne  habia  servido  sin  poder 


/■^ 


—  181     - 

BU  Ministro  General  Viana,  poniendo  á  precio  la  cabeza  dé 
mquelf  no  fiíé,  pues,  sino  la  reacción  tan  dolorosa  y  funesta  co- 
mo se  quiera,  pero  irresistible  é  inevitable  en  aquellos  momen- 
tos de  exaltación  del  sentimiento  de  independencia  y  de  honor 
'patrio  que  se  babia  herido  de  muerte  en  los  orientales  con  aque- 
llo» repetidos  é  injustificables  agravios. 

En  cuanto  á  la  Junta  ó  Congreso  reunido  en  la  Capilla  de 
Haoiel,  á  que  nos  hemos  referido  antes,  es  sabido  que  su  des- 
conocimiento de  la  autoridad  del  General  Artigas,  así  como  su 


salir  de  la  clase  de  Teniente  y  con  el  mando  en  jefe  de  las  Milicias 
Orientales  se  destinó  de  segundo  General  del  Ejéroito  Sitiador,  poster" 
£^ando  &  otros  Oficiales  de  mayor  antigüedad,  do  mny  diíferente  mérito, 
de  otras  luces  y  de  otros  principios. 

Apenas  se  vio  elevado  k  un  rango  que  no  merecía,  empezó  &  mani- 
festar una  insubordinación  reprehensible  cuyos  funestos  resultados  pu- 
do contener  la  paciente  moderación  del  General  Rondeau. 

Xia  combinación  de  las  circunst  acias  luz  o  necesaiia  entonces  la  reti- 
rada  de  nuestras  tropas.  Las  Milicias  siguieron  á  don  José  Artigas  eX 
interior  de  la  Campaña  para  ponerse  en  actitud  de  observar  los  movi- 
mientos del  Ejército  Portugués. 

í^ngiendo  una  ciega  subordinación  y  deiDendencia  al  Gobierao  de  esta 
Capital  pidió  toda  especie  de  auxilios  que  se  le  remitieron  sin  tardanza: 
se  aprobó  el  nombramiento  de  Oficiales  que  propuso  para  la  organiza- 
fnon  de  sus  departamentos,  y  se  le  dispensaron  sin  reserva  cuantas  con- 
sideraciones 'estaban  al  alcance  de  la  Autoridad.  Imprudente  en  sus 
proyectos,  precipitó  sus  operaciones  y  atacando  un  Destacamento  Por- 
^gnés  en  la  Villa  de  Belén  contra  las  terminantes  órdenes  que  se  le  ha- 
t)iflii  comunicado,  comprometió  á  la  Patria  á  sostener  una  nueva  gueiTa 
en  la  crisis  más  peligrosa. 

Abiertas  las  bostilidades  fué  necesario  enviar  tropas,  armamentos  y 
un  General  experto  que  dirigiese  la  campaña.  Desde  entonces  empezó- 
Artigas  á  manifestar  en  el  disgusto  con  que  recibió  la  noticia  de  la  mar- 
cha de  nuestras  divisiones,  la  perversidad  de  sus  designios. 

Toda  medida  que  pudiera  contener  su  procacidad  y  poner  los  Orien* 
tales  ¿  cubierto  de  sus  violencias  le  era  enteramente  desagradable.  Él 
escribió  al  Paraguay  ofreciendo  pasarse  con  su  gente  á  la  dependencia 
de  aquel  Gobierno  para  unirse  contra  esta  Capital,  exaltó  la  rivalidad 
y  los  celos  de  los  Orientales,  desobedeció  las  órdenes  del  Gobierno  y  de 
U  representante;  y  finalmente   llegó  su  audacia  al  punto  de  hostilizar 


■oomplaciente  subordinación  í  la  influencda  de  Bondean,  resul- 
taron absolutamente  estériles  para  ella  misma  y  para  sus  obrai^ 
-como  lo  había  previsto  el  mismo  Artigas.  Creyendo  asegoraisa 
sin  duda  la  deferencia,  el  reconocimiento  ó  la  sanción  del  Su- 
premo Director  de  Buenos  Aires,  y  la  de  la  exclusivista  AsMUr 
blea  Constituyente,  solo  recibió  el  silencio  y  el  desprecio. 

La  resolución  de  10  de  Diciembre  de  1813  adoptada  por 
aquellos  ilusos  y  candidos  diputados,  erigiendo  la  Provincia 
con  sus  limites,  y  creando  e!  G-obiemo  que  debia  administrar 
ese  territorio,  fué  desconocida  en  absoluto. 


nnestraa  tropas,  paralizar  sus  marchas,  cortar  los  viveres,  permitir  aa 
extracción  6,  loa  Sitiados,  admitir  emisarios  del  General  Yigodet;  y  dar  k 
los  enemigos  im  estado  de  prepotencia  capaz  de  arruinar  todos  naestroa 
eaftieraoa  y  poner  en  conflicto  A  la  Patria. 

Mucho  tiempo  hace  que  loe  valientes  Orieotales  estarian  botradoa  d« 
la  lista  de  los  hombres  libres,  si  el  General  Sarratea  haciendo  nn  sacñ- 
flcio  i  lan  circunstancias,  so  hubiera  píisado  por  la  htlinillacioit  de 
abandonar  el  mando  y  el  ten'itorio. 

Felizmente  y  en  la  necesidad  de  suscribir  á  los  caprichos  de  aquel 
bajidido  pudo  persuadirse  por  los  hombres  buenos  que  el  mando  del  ejér- 
cito y  la  dirección  del  sitio  i'ecayeso  en  el  Coronel  Sondean,  digno  ptK* 
SQS  servicios  y  distinguido  mérito  de  una  Comisión  t-an  importante.  El 
eco  déla  Concordia  resonó  por  todas  partes  en  aquel  dia  venturoso.  Los 
Orientales  colocados  en  medio  de  los  Ilegimientos  de  la  Capital  recono- 
cieron la  Soberanía  de  los  Pueblos  en  la  Augusta  Asamblea  de  sos  Be- 
presentantea  jurando  fidelidad  y  obediencia  al  Gobierno  de  las  PrOTÍn- 
cias  Unidos  ;  los  enemigos  que  libraban  su  salvación  6  las  conaecuenciwi 
de  la  guena  civil  temblaron  dentro  de  sus  muros  al  ruido  de  las  solvM 
y  demostraciones  públicas  del  Ejército. 

Todo  en  fin  anunciaba  el  triunfo  de  la  libertad  bajo  los  auspicios  da 
la  unión.  Pero  Artigas  perjuro,  ingrato,  insensible  ¿  las  desgracian  de 
sus  hermanos  y  al  interés  sagrado  de  la  Patria,  abrigaba  en  su  seno  loe 
mis  pérfidos  designios. 

Gomo  la  presencia  del  General  en  Jefe  era  un  estorbo  é.  sus  mínM 
ambiciosos,  combinó  el  modo  de  sustraerse  i  las  layes  del  orden  y  de 
la  justa  dependencia,  cometiendo  el  m&H  enorme  de  los  delitos. 

Infiel  é,  sus  juramentos  y  después  de  varias  ocultae  entrevistas  coa 
i  la  plaza,  abandona  cobardemente  los  banderas  y  h»- 


—  183  — 

El  Triunvirato  de  Buenos  Aires  compuesto  de  Rodríguez  Pe- 
ña, Pérez  y  Posadas  ni  acusó  recibo  siquiera  de  la  nota  en  que 
se  comunicaba  el  nombramiento  ó  elección  de  la  Junta  Guber- 
nativa, compuesta  de  tres  ciudadanos  que  debian  rejir  la  pro- 
vincia en  el  orden  político,  los  Sres .  Tomas  G-arcia  de  Zúñiga^ 
Juan  José  Duran  y  Francisco  Remijio  Castellanos ;  ratificando 
y  manteniendo  ese  desconocimiento  el  nuevo  Director  Posa- 
das que  se  recibió  del  poder  en  31  de  Enero  de  1814 . 

Sin  duda  aquel  Triunvirato  y  el  Director  Supremo,  se  escan- 
dalizaron ante  aquella  iniciativa  de  emancipación,  que  aun  no 


ciendo  la  reseña  á  las  Divisiones  Orientales  qno  habia  podido  seducir 
se  retirá  precipitadamente  del  Sitio  introduciendo  el  desaliento  y  la 
consternación  en  las  Tropas  Veteranas  aumentando  la  animosidad  del 
enemigo  y  exponiendo  al  Exercito  k  un  riesgo  inminente  de  perecer» 

Apenas  se  aleja  do  las  murallas  de  Montevideo  que  empieza  k  desple<* 
gar  su  carácter  sanguinario  y  opresor. 

El  saqueo  de  los  pueblos  del  tránsito,  el  asesinato,  la  violencia,  y  toda 
clase  de  horrores  anunciaban  la  presencia  funesta  del  malvado  enemigo 
de  la  humanidad  y  de  su  Patria. 

El  intenta  ahora  hostilizar  nuestros  destacamentos,  hacer  la  guerra  & 
las  Provincias  Unidas,  precipitar  á  los  Orientales  en  todos  los  horrores 
de  la  Anarquía  para  entregar  al  Gobierno  Español  aquel  precioso  terri- 
torio espirante  y  asolado  con  sus  depredaciones. 

Y  no  siendo  justo  considerar  por  más  tiempo  á  un  hombre  para  quien 
la  moderación  solo  sirve  de  estímulo  á  sus  crímenes  y  cuya  conducta 
compromete  la  seguridad  pública  he  venido  con  acuerdo  del  Consejo  da 
Estado  en  decretar  lo  que  sigue : 

Articulo  1.^.  Se  declara  á  don  José  Artigas  infame,  privado  de  sus 
empleos,  fuera  de  la  Ley  y  enemigo  de  la  Patria. 

Art.  2,°  Como  traidor  á  la  Patria  será  perseguido  y  muerto  en  caso 
de  resistencia. 

Art.  8.*>  Es  un  deber  de  todos  los  Pueblos  y  las  Justicias,  de  los  Co- 
mandantes Militares  y  los  Ciudadanos  de  las  Provincias  Unidas  perse- 
guir al  traidor  por  todos  los  medios  posibles.  Cualquier  auxilio  que  se 
le  dé  voluntariamente  será  considerado  como  crimen  de  alta  traición. 
Se  recompensará  con  seis  mil  pesos  al  que  entregue  la  persona  ám 
don  José  Artigas  tívo  ó  muerto. 

Art.  4.®  Los  Comandantes,  Oficiales,  Sargentos  y  soldados  que  siguen, 


—  184  — 

siendo  tan  radical  coma  la  que  pretendia  el  General  Artigas^ 
se  inspiraba  asi  mismo  en  una  parte  de  sus  tendencias,  mos- 
trándose de  este  modo  el  giro  de  las  ideas  que  predominaban 
entre  los  ciudadanos  de  la  Banda  Oriental . 

Según  el  criterio  autocrático  que  imperaba  en  los  actos  del 
Triunvirato  y  en  su  partido  influido  por  Alvear,  esa  resolución 
de  la  Junta  Oriental  no  importaba  sino  una  usurpación  de  las 
atribuciones  que  aquel  creia  le  correspondian  á  é^  exclusiva- 
mente, para  nombrar  la  autoridad  superior  de  cada  provincia, 
y  con  mucha  mayor  razón  la  de  la  Provincia  Oriental,  á  la 
sazón,  militarizada  en  absoluto  y  ulteriormente  dominada  por 
las  armas  hasta  la  definitiva  evacuación  de  Montevideo  por  las 
fuerzas  al  mando  del  General  Soler  en  Febrero  de  1815. 

El  Triunvirato  muy  lejos  de  tomar  en  consideración  para  na- 
da aquellas  resoluciones  de  la  Asamblea  Oriental  de  Diciembre 
de  1813,  ni  acusó  recibo  como  hemos  dicho  de  las  notas  infor- 
mativas, y  poco  después  cuando  se  instaló  el  Directorio  de  Po- 


al  traidor  Ai-tigas  conservarán  sus  empleos  y  optarán  á  loa  ascensos  y 
sueldos  vencidos  toda  vez  que  se  presenten  al  General  del  Ejército  Si- 
tiador ó  á  los  Comandantes  y  Justicias  de  la  dependencia  de  mi  mando 
en  el  término  de  10  dias  contados  desde  la  publicación  del  presente  De- 
creto. 

Art,  5.  *^  Los  que  continúen  en  su  obstinación  y  rebeldía,  después  del 
ténnino  prefijado  son  declarados  traidores  y  enemigos  de  la  Patria.  De 
consiguiente  los  que  sean  apreliendidos  con  armas  serán  juzgados  por 
ana  Comisión  Militar  y  fusilados  dentro  de  24  horas. 

Art.  6.  **  El  presente  Decreto  se  circulará  á  todas  las  Provincias,  á  los 
Generales  y  demás  Autoridades  á  quienes  corresponda;  se  publicará  por- 
Bando  en  todos  los  Pueblos  de  la  Union,  y  se  archivará  en  mí  Secreta- 
ria de  Estado  y  de  Gobierno. 

Buenos  Aires,  Febrero  11  de  1814. 

Gekvasto  Antonio  de  Posadas. 

Nicolás  de  Herreray 
Secretario. 


—  185  — 

fiadas,  éste  expidió  un  decreto  en  7  de  Mayo  de  1814,  en  que 
erijía  en  Provincia  ó  Intendencia  él  territorio  de  la  Banda 
Oriental,  no  reconociendo  en  lo  mas  minimo  los  actos  y  resolu- 
ciones de  aquella  Asamblea,  como  si  no  hubiese  existido,  y 
disponiendo  que  fuese  «rejida  por  un  Gobernador  Intendente^ 
con  las  facultades  acordadas  á  los  gefes  de  esta  clase-» .  Quedaron, 
pues,  de  Lecbo  y  de  derecho  anuladas  totíilmente  las  resolucio- 
nes de  la  Junta  Oriental  reunida  por  Rondeau  en  la  capilla  de 
la  chacra  de  Maciel . 

Concluyamos. 

Se  habrá  reconocido  ya  que  para  poder  juzgar  imparcial- 
mento  la  separación  del  General  Artigas  de  las  líneas  sitiado- 
ras, es  absolutamente  indispensable  y  justiciero  tomar  en 
cuenta  el  conjunto  de  hechos  y  observaciones  que  hemos  indi- 
cado sumariamente.  EUos  la  presentan  asi  en  su  verdadera  y 
mal  conocida  luz,  como  un  pronunciamiento  de  carácter  políti- 
co y  reformador  de  alta  trascendencia . 

Demostraremos  ampliamente  en  el  texto  de  la  obra  esta 
nueva  faz  de  la  revolución  oriental,  bajo  la  cual  únicamente 
deben  considerarse  aquellos  gravísimos  sucesos,  presentándose 
les  como  los  han  encarado  ya  con  elevado  criterio  el  doctor  don 
Carlos  M.  Ramírez  y  el  señor  Bauza,  como  única  y  justa  regla 
para  apreciarlos  y  juzgarlos  con  acierto. 

Es  así  como  puede  evidenciarse  que  la  anulación  por  Ron- 
deau  de  la  obra  de  los  Congreso»  de  B  y  21  de  Abril,  y  el  des- 
conocimiento de  las  autoridades  que  ellos  establecieron,  fueron 
agresiones  injustificables  y  atentatorias,  para  realizar  una  usur- 
pación de  las  prerogati vas  provinciales,  la  que  muy  pronto  pro- 
dujo, como  debía  producir,  sus  desastrosos  efectos,  dividiendo 
cada  día  más  irreparablemente  á  los  hijos  de  un  mismo  pueblo. 

En  otro  parágrafo  ó  sección  evidenciaremos  más  acabada- 
mente la  tendencia  reformadora  de  los  trabajos  y  aspiraciones 
de  Artigas . 


la  nacionalidad  Oriental.  Su  verdadero  y  mal 
conocido  origen. 


Consideramos  esta  parte  de  nuestro  estudio  de  una  impor- 
tancia capital,  requiriendo  por  lo  mismo  que  noíí  detengamos 
aun  á  fin  de  presentar  algunas  nueva«  consideraciones. 

El  examen  más  superficial  de  los  acontecimientos  tan  pooo 
•conocidos  que  se  desarrollaron  en  las  lineas  sitiadoras  de  Mon- 
tevideo en  el  alojamiento  ó  Cuartel  General  de  Artigas,  paten- 
tiza á  primera  vista  que  dominaba  sobre  ellos  una  voluntad 
superior,  que  nunca  podia  ser  la  de  un  caudillo  vulgar,  la  que 
forcejeaba  por  encaminar  los  destinos  de  la  emancipada  y  be- 
licosa pro\'incia  hacia  rumbos  diametralmente  opuestos  á  loa 
que  Bondeau  en  el  asedio  y  algunos  orientales  ambiciosos  ó 
intrigantes  desde  Buenos  Aires,  querían  imponerle. 

Justamente  con  ese  examen  es  como  se  evidencia  la  eleva- 
ción y  civismo  de  las  aspiraciones  de  Artigas,  las  mismas  qno 
han  dado  protesto  al  inmerecido  vilipendio  de  algunos  histo- 
riadores. 

Mediante  ese  examen  y  comprobación  documentada  es  como 
■se  demuestra  que  no  es  Artigas  el  ambicioso  y  turbulento 
anarquista  que  se  exhibe  en  primer  término;  sino  que  es  real  y 
positivamente  el  campeón  de  la  autonomía  provincial  en  sus 
condiciones  más  nobles  y  organizadoras . 

Asi  se  comprueba  también  que  muy  lejos  Artigas  de  ser  ar- 
rastrado por  los  sucesos,  de  los  cuales  su  proceder  venia  á  ser 
la  expresión  lógica  y  autorizada,  imprimíales  una  dirección 
suya  propia,  dominándolos  decididamente  en  el  sentido  de 
asegurar  la  completa  independencia  interíor  de  la  provincift 
Oríental,  venciendo  todas   laa   resistencias  que  se  oponían  y 


—  188  -. 

hasta  la  misma  pusilanimidad  de  algunos  oríeutales  que  so- 
asustaban  do  la  gravedad  de  tal  resolución . 

Luchando  contra  toda  clase  de  obstáculos  presentados  ea 
parte  por  Ift  misma  ignorancia  ó  incompetencia  en  asuntos  po- 
líticos de  la  gran  mayoria  de  sus  comprovincianos,  como  suce- 
día en  todas  las  demás  provincias  argentinas,  y  en  realidad,  en. 
todo  el  resto  de  la  América,  con  excepción  de  algunas  grandes 
ciudades,  y  pugnando  resueltamente  contra  las  resistencias 
fundadas  en  la  Ordenanza  militar  que  le  oponía  Eondeau  como 
General  en  gefe ;  Artigas  se  anticipó  á  toda  solución  que  pu- 
diera ser  extraña  ó  antagónica  á  la  voluntad  de  la  Provincia» 

Al  efecto,  y  ya  decidido  á  iniciar  su  obra  emancipadora,  en- 
careció la  urjencia  de  la  convocación  del  Congreso  de  B  de 
Abril  de  1813,  en  el  cual  consiguió  cimentar  las  bases  del  go- 
bierno propio  provincial.  En  ese  Congreso  se  elijieron  para 
deflempeñar  distintos  cargos,  los  siguientes  ciudadanos: 

Gobernador  Militar,  equivalente  á  Capitán  General,  y  pre- 
sidente de  la  Corporación  municipal,  al  General  Artigas . 

Jueces  Generales :  don  León  Pérez  y  don  Tomás  García  de 
Zúñiga.  Depositario  Judicial :  don  Santiago  Sierra.  Juez  Eco- 
nómico :  don  José  Duran.  Asesor  y  Juez  de  Vigilancia :  doc- 
tor don  José  Revuelta.  Defensores  de  Pobres :  doH  Juan  Mén- 
dez y  don  Francisco  Plá.  Asesor  principal  y  Expositor  general: 
doctor  don  Bruno  Méndez.  Actuario :  don  José  Gallegos ;  Se- 
cretario General  de  Gobierno :  don  Miguel  Barreiro. 

Fué  la  misma  Asamblea  ó  Congreso  en  la  sesión  del  21  del 
mismo  mes,  la  que  junto  con  los  electores  compromisarios  que 
habían  venido  nombrados  por  los  pueblos,  elijió  los  cinco  Di- 
putados que  debían  representar  la  provincia  Oriental  en  la  So- 
berana Asamblea  Constituyente  instalada  en  Buenos  Aires  á. 
principios  del  mismo  año. 

Ahora  bien:  la  Junta  Provincial  convocada  por  Eondeau  y 
reunida  y  presidida  por  ¿1  en  la  Capilla  del  Niño  Jesús  coi^ 


—  189  — 

prescindenoia  ó  desconocimiento  de  aquellas  autoridades  lega- 
les, puede  decirse,  fué  realmente  una  Junta  revolucionaria  ó 
rebelde  que  vino  por  un  golpe  de  Estado  á  desconocer  de  he- 
cho al  Gobierno  que  fee  habia  dado  la  provincia  en  los  Con- 
gresos citados  de  6  y  21  de  Abril,  y  á  echar  por  tieiTa  la  obra 
predilecta  de  Artigas,  de  dar  á  la  provincia  autoridades  que 
fuesen  esclusivamente  de  ella,  y  no  impuestas  por  la  dirección 
y  voluntad  del  jefe  del  ejército  de  Buenos  Aires . 

Se  comprende  ante  esa  nueva  situación  reaccionaria,  la  justa 
y  legítima  resistencia  que  Artigas  debia  oponer  á  tan  funesto 
é  irritante  desconocimiento  de  las  autoridades  que  se  habia 
dado  la  provincia  como  hemos  dicho,  por  medio  de  sus  diputa- 
dos en  los  dos  primeros  Congresos  convocados  exclusivamente 
por  el  mismo  General  Artigáis. 

Esas  resistencias  no  eran  pues  orijínadas  por  un  deseo  vul- 
gar de  mando  6  predominio .  Eran  la  consagración  y  defensa 
de  los  derechos  provinciales  conculcados,  de  los  cuales  Artigas 
se  erijia  en  firme  defensor,  de  conformidad  con  la  expresa  y 
bien  declarada  delegación  de  sus  comprovincianos. 

Como  lo  hemos  dicho  en  la  sección  anterior,  de  esas  resisten- 
cias surjieron  las  lamentables  disidencias  |entre  aquel  y  la  Junta 
reunida  por  el  General  Sondean ;  iniciándose  asi  la  primera 
discordia  civil  entre  los  Orientales,  sosteniendo  Artigas  que 
los  pueblos  de  la  Provincia  al  elejir  esos  diputados  habianles 
impuesto  la  obligación  como  mandato  imperativo^dQ  congregarse 
antes  en  el  Cuartel  general  Oriental,  ó  alojamiento  del  General 
Artigas,  quien  como  Gobernador  de  la  provincia  en  ejercicio 
desde  hacia  nueve  meses,  junto  con  los  demás  miembros  de  la 
administración  provincial,  debia  presentarles  un  mensaje  & 
•  exposición  de  sus  actos  durante  el  periodo  trascurrido ;  y  sin 
duda  establecer  de  una  manera  perentoria  la  marcha  política 
que  debían  seguir  esos  diputados ;  poniéndose  de  acuerdo,  ante 
todo,  sobre  el  sostenimiento^de  la  independencia  provincial  y 


—  190  — 

de  sti  administración  exclusiva  por  si  propia^  con  prescinden- 
cía  absoluta  de  todo  dominio  civil,  municipal  y  judicial  que  se 
intentase  por  el  Triunvirato  ó  por  su  sucesor  el  Directorio  de 
Buenos  Aires,  ó  por  las  autoridades  militares  de  su  ejército. 

Era,  ni  más  ni  menos,  la  cuestión  de  independencia  y  auto- 
nomía resuelta  categóricamente  por  Artigas  en  términos  firmes 
y  perentorios. 

Fuera  de  ellos  no  habia  sino  el  sometimiento  servil  ó  incondi- 
cional, ó  en  caso  de  repulsa  á  toda  transacion,  la  reacción  ar- 
mada. Artigas  debió  reconocerlo  así :  la  esclavitud  ó  la  rebelión. 

Pasar  el  Rubicon  de  la  independencia,  ó  prosternarse  sumiso 
ante  la  fuerza . 

El  hecho  histórico  es  que  á  pesar  de  la  resistencia  de  Artigas 
y  sus  numerosos  adictos,  la  administración  anterior  que  el  diri- 
gía, fué  desconocida  rotundamente  por  la  Junta  Provincial 
reunida  y  presidida  por  Rondeau,  y  que  se  procedió  á  elegir 
infructuosamente  una  nueva  administración,  quedando  así  del 
todo  anulada  la  acción  legal  de  Artigas,  y  preponderante  en 
absoluto  el  dominio  y  la  influencia  del  General  Rondeau,  ele- 
vado por  las  bayonetas  desde  el  carácter  de  auxiliador  al  de 
arbitro  y  dueño  del  país. 

Debemos  esclarecer  en  cuanto  sea  posible  este  episodio  os- 
curo y  confuso  de  la  primitiva  liistoria  Oriental,  que  tan  bri- 
llantemente ha  delineado  el  señor  Bauza  en  su  importante 
obra  citada,  sin  reconocerle  sin  embargo,  todo  su  trascendental 
alcance. 

De  aquel  desconocimiento  debían  surgir  los  extremos  más 
dolorosos  y  ñttales  para  la  unión  nacional,  ensanchándose  cada 
día  más  la  discordia,  hasta  venir  á  envolver  la  República  ente- 
ra en  una  fratricida  guerra.  En  él  so'incubaron  vigorosos  los  • 
gérmenes  de  la  futura  independencia  oriental  hasta  la  tremen- 
da represalia  del  Gruayabo  y  de  Cepeda. 

Así  oomo  de  un  imperceptible  manantial  despréndese  un 


—  191  — 

pequeño  raudal  de  agua  que  descendiendo  de  la  encumbra-* 
¿a  sierra,  viene  engrosándose  hasta  formar  un  impetuoso 
torrente,  que  en  ciertas  épocas  inunda  los  valles  y  Ueva  por 
todas  partes  la  desolación  y  la  ruina;  asi  ese  incidente,  peque- 
ño  al  parecer,  y  que  por  lo  mismo  ha  pausado  hasta  ahora  casi 
desapercibido,  abrió  entre  la  provincia  Oriental  y  las  provin- 
cias Unidas  el  abismo  que  se  ahondó  con  la  sangre  de  Marma- 
rajá  y  del  Guayabo,  y  todas  las  sucesivas  batallas  en  Entre- 
Eios,  Santa  Fó  y  Corrientes,  hasta  que  la  gloriosa  victoria  de 
Ituzaingó  selló  con  sacrificios  comunes  de  Argentinos  y  Orien- 
tales la  leal  reconciliación  de  los  dos  pueblos  hermanos. 

A  fin  de  corroborar  nuestras  aseveraciones  y  de  esclarecer 
aquellos  hechos,  como  lo  hemos  dicho  antes,  trascribimos  á 
continuación  las  dos  notas  inéditas  dirigidas  por  Artigas,  una 
á  los  electores  de  los  pueblos  de  la  provincia,  y  otra  á  los  mis- 
mos electos,  miembros  de  la  Junta,  reunidos  en  la  capilla  de  la 
chacra  de  Maciel . 

En  esas  dos  notas,  aquel  General  con  frases  discretamente 
veladas,  porque  otra  cosa  habría  sido  sin  duda  la  guerra  decla- 
rada, increpaba  á  los  unos  por  su  resistencia  á  reconocer  la  au- 
toridad establecida  por  exclusiva  injerencia  de  los  Orientales, 
y  apelaba  á  los  pueblos  do  la  conducta  hostil  á  él,  y  sumisa  al 
General  Eondeau  de  los  diputados  elejidos.  Se  verá  en  ellas  el 
prólogo  de  la  inminente  separación  y  contienda. 

A  primera  vista  aparecerá  para  algunos  como  insignificante 
6  pueril  la  diferencia  establecida  entre  instalar  el  nuevo  Con- 
greso ó  Junta  en  el  Cuartel  General  de  Rondeau,  ó  bien  en  el 
alojamiento  del  General  Artigas. 

Pero,  sin  embargo,  se  reconocerá  que  la  elección  del  local  de 
convocatoria  y  sesiones  era  importantísimo,  pues  de  ella  depen- 
día la  sumisión  ó  la  independencia  ulterior  de  las  resoluciones 
de  dicha  Junta. 

Asi  pudo  evidenciarse  pocos  dias  después,  desde  que  esta 


—  198  — 

misma,  en  su  primera  sesión,  acatando  la  orden  que  venia  des- 
de Buenos  Aires,  nombró  al  General  Hondean  como  su  preai^ 
dentd,  anidando  por  el  hecho  la  autoridad  é  influencia  de  Arti- 
gas y  sus  partidarios  y  gobernados,  y  sometiéndose  á  la 
voluntad  del  general  de  Buenos  Aires  que  habia  convocada 
ese  Congreso  en  cumplimiento  de  las  órdenes  dads^  por  el 
Triunvirato  que  gobernaba  en  aquella  capitaL 

Las  exhortaciones  y  apercibimientos  hechos  por  el  General 
Artigas  no  dieron  por  desgracia  ningún  resultado  conciliador, 
suficiente  á  evitar  el  conflicto  que  se  percibía  inmediato  y  de- 
cisivo en  sus  efectos. 

Sin  duda  ninguna  el  General  Bondeau  no  conocía  bien  el 
acerado  temple  de  abna  de  aquel  ciudadano,  tan  nuevo  en  la 
vida  pública  que  consagraba  todos  sus  esfuerzos  y  sacrificios  á 
la  causa  de  la  Libertad,  tal  como  debian  comprenderla  los  pa- 
triotas de  aquellos  dias  turbulentos. 

Se  comprende  que  con  otro  carácter  más  flexible,  más  pusi- 
lánime ó  más  eontemporizador,  ante  tantas  diflcultadea  y  re- 
sistencias, otro  jefe  popular  habria  desistido  de  su  empeño  en 
reaccioiikar  contra  Bondeau  y  habria  doblegado  la  cerviz  al 
nuevo  yugo  que  se  le  imponía.  Pero  Artigas  con  su  soberbia 
índole  personal,  cualidad  que  en  él  como  representante  de  su 
pueblo  nunca  debiera  echársele  en  rostro  como  un  vicio  ó  una 
culpa;  y  alentado  por  Ick  justicia  democrática  de  la  causa  que 
sostenía,  no  vaciló  en  adoptar  el  temperamento  que  mejor  cuar 
draba  á  sus  violentos  impulsos,  enconados  durante  tres  años 
por  tan  repetidos  actos  de  odiosa  imposición. 

En  consecuencia  resolvió  separarse  de  las  lineas  sitiadoras 
de  que  formaba  parte,  queriendo  sin  duda  evitar  asi  también 
el  sangriento  conflicto  que  amenazaba  estallar  de  un  momento 
á  otro  entre  las  faerzas  de  uno  y  otro  país;  dejando  por  desgra- 
cia al  general  sitiador  en  una  posición  asaz  comprometida,  j 


—  193  — 

exponiendo  sin  duda  la  causa  de  la  patria  á  un  mortal  con- 
traste, reagravado  por  la  tardanza  del  refuerzo. 

Nadie  podrá  negar  que  ese  acto  de  represalia,  de  indigna- 
ción desesperada,  pudo  tener  las  más  fatales  consecuencias  pa- 
ra la  causa  de  la  libertad.  Pero  colocándonos,  como  debe  hacer- 
lo el  juez  imparcial,  en  todos  los  extremos,  no  habria  justicia 
ni  equidad  en  atribuir  toda  la  culpabilidad  de  ese  acto  de  exas- 
peración y  aun  de  precaución  para  su  seguridad  propia,  sola- 
mente al  General  Artigas. 

¿  Porqué  no  bacer  pesar  también  su  tremenda  responsabili- 
dad sobre  los  malos  é  incorregibles  políticos  que  desde  Bue- 
nos Aires  ultrajaban  y  hostilizaban  así  al  representante  y  de- 
fensor de  los  derechos  de  su  pueblo,  y  que  en  su  mismo  campa- 
mento lo  hacían  rodear  de  asechanzas  para  anonadarlo  ó  des- 
pedazarlo por  medio  de  sns  enemigos  personales  como  Soler  ? 

Conviene  oír  á  este  respecto  la  misma  opinión  del  hidalgo 
General  Rondeau,  dando  cuenta  en  su  Autohiografia  de  ese 
lamentable  episodio,  con  conceptos  que  sí  bien  denuncian  y 
reprueban  con  templanza  el  hecho,  sujieren  y  dan  así  mismo 
imparcialmente  una  idea  de  la  verdadera  situación  turbulenta 
en  que  él  se  produjo.   Dice  asi  : 

«Desgraciadamente,  Don  José  Artigas  que  estaba  muy  des- 
contento por  no  haber  dirijido  él  la  convocatoria  de  Diputados 
para  el  Congreso ;  por  no  haber  sido  nombrado  por  los  mismos 
su  Presidente,  y  más  porqué  la  forma  de  gobierno  tan  libre  y 
solemnemente  sancionada,  no  estaba  en  conformidad  con  sus 
miras,  pues  él  pretendía  para  su  provincia  la  emancipación  ab- 
soluta de  todo  otro  poder  que  no  fuese  el  suyo,  porqué  él  solo  se 
juzgaba  el  arbitro  de  sus  destinos,  ideas  que  hasta  ese  tiempo 
no  había  desplegado;  se  concentró  enteramente  desviándose 
también  de  la  amistad  y  buena  armonía  que  siempre  habíamos 
conservado ;  y  su  disgusto  y  mal  homor^  vino  á  parar  en  que 
desapareció  una  noche  del  sitio,  aparentando  desconfianzas 

14 


—  194  — 

sobre  su  seguridad,  pues  hizo  correr  el  rumor  de  que  yo  le  ase* 
chaba  para  apoderarme  de  su  persona :  con  su  fuga  arrastró  en. 
pos  de  si  mas  de  mil  hombres,  dejándome  casi  descubierto  todo 
el  costado  izquierdo  de  la  línea  que  cubrian  los  orientales. 

«  Tan  inesperado  desorden,  me  obligó  á  dejar  inmediata- 
mente la  posición  que  ocupaba  el  ejército  antes  que  los  enemi- 
gos lo  advirtiesen,  estableciendo  la  linea  más  á  retaguardia,  te- 
niendo por  centro  el  Cerrito  de  la  Victoria,  sobre  el  que  coloqué 
una  fuerte  batería  de  cañones  de  calibre  de  á  8,  dispuesto  siem- 
pre á  sostener  un  ataque,  si  los  enemigos  lo  intentaban.  Fue- 
ron enterados  de  la  desmembración  del  ejército,  poro  les  domi- 
naba la  prudencia  y  se  desentendieron  de  la  novedad  ocurrida 
en  el  campo,  aunque  les  era  tan  favorable,  y  se  quedaron  tan 
quietos  como  lo  estaban  antes  de  ello. 

«  Sin  pérdida  de  tiempo  di  parte  al  Director  Supremo  de  la 
evasión  del  General  con  parte  de  la  fuerza  que  estaba  á  su  in- 
mediato mando,  y  agregaba  que  si  se  me  reforzaba  con  500 
hombres  quedaría  cubierto  el  vacio  que  habia  ocasionado 
aquel ;  y-  aunque  se  me  dijo  en  contestación  que  se  mandaría 
sin  demora  la  fuerza  pedida,  corrieron  más  de  dos  meses  sin 
realizarse  el  embarco,  pero  tuvo  efecto  cuando  el  armamento 
naval  que  se  alistaba  dio  la  vela  para  la  Colonia  con  mil  qui- 
nientos hombres  á  las  órdenes  del  General  Alvear  que  vino  á 
relevarme.  »  Hasta  aquí  Eondeau. 

Los  enemigos  de  Artigas  han  tratado  de  fundar  en  esa  sepa- 
ración el  tremendo  cargo  de  ser  traidor  á  la  pátría,  por  el  hecho 
de  haber  abandonado  á  sus  compañeros  de  armas  en  críticos 
momentos,  afirmando  que  asi  se  hizo  acreedor  á  la  abominable 
resolución  de  Posadas  que  hemos  trascríto,  poniendo  á  vil  pre- 
cio su  cabeza,  condenando  al  mismo  tiempo  á  muerte  á  todos 
loe  ciudadanos  y  soldados  que  le  siguiesen. 

La  explicación  y  hasta  la  misma  ^iisf/^aaon  de  la  conducta  de 
Artigas  mirada  bajo  el  punto  de  vista  de  la  libertad  provincial 


—  106  — 

agraviada,  está  en  los  hechos  ocurridos  desde  el  Tratado  de 
Octubre  de  1811  con  Elio  por  el  cual  los  Orientales  fueron  en- 
tregados cobardemente  á  los  Españoles.  Está  en  las  fatales  e 
irritantes  discordias  é  intrigas  fraguadas  contra  Artigas  en  el 
campamento  del  Ayuí,  cuando  Sarratea  lo  despojó  de  sus  me- 
jores rejimientos  milicianos,  haciéndole  defeccionar  sus  más 
distinguidos  oficiales  seducidos  por  insidiosos  alhagos.  Está 
en  la  prepotencia  excluyento  de  toda  administración  Oriental 
ejercida  por  Kondeau ;  en  el  rechazo  por  la  Asamblea  Consti- 
tuyente de  los  Diputados  de  la  Provincia ;  en  la  incitación  he- 
cha por  Rondeau  á  los  Diputados  reunidos  en  la  chacra  de 
Maciel  para  desconocer  las  auotoridades  creadas  por  los  Con- 
gresos puramente  Orientales  de  5  y  21  de  Abrü  de  1813,  y 
en  la  -absorción  hecha  por  Kondeau  de  toda  autoridad  política 
de  la  Provincia  reconcentrada  en  sus  manos  como  Presidenta 
de  la  nueva  Junta  que  se  sometía  servilmente  a  su  predominio 
militar. 

Sin  duda  Artigas  se  encontró  justificado  en  su  violenta  re- 
presalia, no  haciendo  distinción  entre  el  despotismo  español 
encerrado  y  casi  vencido  en  los  muros  de  Montevideo  y  la 
opresión  que  sobre  los  Orientales  se  imponía  armada  é  intran- 
sijente  por  el  General  en  Gefe  del  ejército  do  Buenos  Aires. 

Este  ejército  no  era  para  él  sino  auxiliador.  Repentinamen- 
te, convertiase  en  oi)resor  y  arbitro  del  país,  y  durante  tres 
años,  bajo  Belgrano,  bajo  Sarratea,  bajo  Rondeau,  dominaba  eu 
la  provincia  como  conquistador  y  duoño. 

Para  Artigas  y  paralas  multitudes,  las  tiranías  de  Elio, y  de 
Vigodet,  ó  las  de  Posadas  y  Alvear,  debían  ser  idénticas,  vi- 
niesen de  donde  viniesen;  y  por  más  simpáticas  que  pudieran 
ser  las  glorias  con  que  estas  últimas  se  revestían.  Tanto  más 
inaguantable  si  ella  procedía  de  los  hermanos  ó  compañeros 
del  día  antes.  Toda  tiranía  debia  ser  para  Artigas  un  crimen, 
una  agresión.  Resistirla  era  la  ley  del  momento ;  la  gloria  de 


—  198  — 

la  revolución  libertadora;  la  misma  que  combatía  Güemes  en  la 
provincia  de  Salta,  al  otro  extremo  del  Vireynato,  y  la  cual  ha- 
bía quebrado  con  su  resistencia  sometiendo  á  sus  prepotentes 
exigencias  al  ejército  de  Buenos  Aires  y  á  su  resignado  gefe  el 
General  Hondean. 

La  historia  consigna  en  sus  pajinas  actos  de  tremenda  exas- 
peración :  resoluciones  supremas  violentísimas  en  su  estallido 
que  los  contemporáneos  juzgaron  con  inflexible  severidad; 
execrándose  algunas  de  ellas  como  crímenes  de  alta  traición. 
¿  Qué  más  hizo  el  glorioso  vencedor  de  Chacabuco  y  Maypu  al 
negarse  á  obedecer  las  órdenes  reiteradas  y  perentorias  del 
Directorio  para  que  corriese  con  su  ejército  de  los  Andes  á 
combatir  contra  las  provincias  que  resistían  la  tiranía  de  éste, 
y  que  cada  día  le  hacian  morder  el  polvo  de  una  nueva  der- 
rota? 

Pero  la  posteridad  con  un  criterio  más  frío  ó  imparcial,  y 
sobre  todo,  oyendo  á  los  acusados,  pesando  serenamente  la 
gravedad  de  las  condiciones  de  aquella  época  turbulenta,  el 
carácter  y  aspiraciones  de  los  partidos,  la  imprescindible  repre- 
salia de  los  agravios  inferidos,  y  aun  los  antecedentes  persona- 
les de  las  entidades  que  los  Uevaron  á  cabo,  han  revocado 
aquellos  inplacables  fallos,  y  reconocido  la  dolorosa  explicación 
y  atenuación  de  esos  hechos,  ó  han  aplaudido  esas  resistencias 
que  importaban  una  verdadera  defección,  como  una  reacción 
salvadora  para  la  misma  Brepública. 

La  historia  Americana  nos  ofrece  algunos  ejemplos  análogos, 
pero  preferimos  recurrir  á  los  mismos  anales  de  la  patria,  y  lo 
que  es  aun  más  coincidente  con  nuestros  juicios,  á  la  Opinión 
del  mismísimo  Dr.  López,  el  más  implacable  de  los  detracto- 
res del  General  Artigas. 

Narraremos  en  dos  palabras  el  hecho  á  que  aludimos. 

Después  de  la  desastrosa  jomada  de  Yiluma  ó  Sipi-Sipi  en 
que  nuestro  ejército  del  Alto  Perú  á  las  órdenes  del  débil  y 


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tolerante  General  Rondeau  sufrió  la  más  desastrosa  derrota  en 
la  que  fueron  casi  exterminados  seiscientos  orientales  pertene- 
cientes á  la  división  de  D.  Manuel  Artigas,  incorporados  á 
aquel  ejército  al  retirarse  el  general  Alvear  de  la  plaza  de 
Montevideo);  ó  inmediatamente  después  de  esa  derrota,  el  Co- 
ronel Q-üemes  al  frente  de  sus  escuadrones  Sáltenos,  abandonó 
al  ejército  argentino  en  el  momento  de  mayor  conflicto,  cuan- 
do venia  retrocediendo  despedazado  y  casi  inerme  ante  el  ven- 
cedor. 

En  su  retirada,  el  Coronel  Güemes  apoderóse  del  parque  de 
reserva  que  estaba  depositado  en  Jujui,  arrebatándole  seis- 
cientos fusiles  y  trescientas  tercerolas  que  condujo  á  Salta,  y 
con  las  que  principió  á  armar  sus  miUcias. 

Rondeau  indignado  justamente  contra  esos  atentados  de 
Güemes,  intentó  someterlo  marchando  sobre  él  para  batirlo,  al 
mismo  tiempo  que  los  españoles  vencedores  avanzaban  sobre 
las  fronteras  de  Salta. 

Güemes  resolvió  defenderse  contra  estos  por  su  sola  cuenta, 
y  al  mismo  tiempo  que  se  preparaba  á  la  lucba,  principió  á 
hostilizar  abiertamente  al  ejército  argentino,  retirándole  á 
Kondeau,  no  solo  todos  los  recursos  y  provisiones,  sino  todos 
los  elementos  de  movilidad,  hasta  que  consiguió  dejarlo  á  pió 
y  encerrado  y  sitiado,  según  narra  el  Generel  Paz  en  sus  Me- 
morias, sin  más  alimento  que  las  uvas  de  las  viñas  de  una  ha- 
cienda en  el  lugar  de  los  Cerrillos. 

Al  mismo  tiempo,  el  regimiento  de  í)rag<ynes  de  la  Patria 
que  marchaba  aceleradamente  desde  Buenos  Aires  para  soco- 
rrer a  Bondeau,  ignorando  aquella  violenta  discordia,  fué  sor- 
prendido de  noche  por  Güemes,  teniendo  que  rendirse  el  Coro- 
nel Ortiguera  y  sus  dragones,  después  de  alguna  resistencia, 
quedando  asi  obligado  el  General  en  Gefe  á  entregarse  mate- 
rialmente al  audaz  caudillo,  ó  ¿  pactar  humildemente  con  éL 
Prefirió  lo  último,  reconociendo  y  acatando  ¿  Ghiemes  como 


r 


—  198  — 

Gobernador  Intendente  de  Salta,  y  Comandante  General  de 
todas  sus  milicias,  absolutamente  independiente  de  él  en  todos 
sus  actos  y  autoridad  militar  en  la  provincia. 

Después  de  estos  hechos,  Guemes  inició  su  resistencia  con- 
tra los  españoles.  De  ella  hicimos  una  interesante  narración  en 
nuestras  anotaciones  á  la  obra  de  Sir  Woodbine  Parish  hace 
treinta  años,  laucho  antes  que  Mitre  y  López  hablasen  de  ella. 
Fué  así,  solo,  y  entregado  á  sí  propio,  puede  decirse  como  Gue- 
mes destrozó  el  mas  veterano  y  lucido  de  los  ejércitos  peninsu- 
lares, hecho  pedazos,  de  derrota  en  derrota,  hasta  hacerle  per- 
der sus  mejores  soldados  y  gefes  en  numerosos  combates,  en  una 
desastrosa  retirada,  pequeño  trasunto  de  la  retirada  francesa 
de  Moscou,  por  los  fríos  y  por  el  hambre,  hasta  que  los  fujitivos 
himiillados  pudieron  internarse  á  las  provinciets  del  Alto  Perú 
para  reponerse  allí  recien  entre  sus  cordilleras  del  más  comple- 
to y  vergonzoso  descalabro. 

Ahora  bien :  aquella  reacción  de  Guemes  fué  fiúminada  en- 
tonces como  el  más  execrable  atentado  y  traición,  y  denunciado 
éste  á  la  América  como  un  aborrecible  tránsfuga. 

Si  sus  victorias  ulteriores  no  lo  hubiesen  revindicado  y  enal- 
tecido, Guemes  había  quedado  irremisiblemente  condenado  an- 
te la  historia  Argentina  como  un  detestable  felón,  pues  su 
agresión  al  ejército  de  la  patria  había  sido  mucho  más  violenta 
y  mortal  que  la  de  Artigas,  que  fué  solo  una  separación. 

Véase  ahora  como  se  espresa  el  general  Paz  condenando 
aquel  hecho,  y  con  cuan  pasmosa  sutileza  no  solo  lo  disculpa  y 
atenúa,  sino  lo  justifica,  el  doctor  López :  ( Tomo  2.  ^  pag.  87 ) 
glorificando  al  audaz  é  insubordinado  caudillo : 

«  Formada,  pues,  como  se  vé,  una  opinión  tan  general  y  uni- 
forme respecto  de  la  ineptitud  del  General  (Rondeau)  de 
la  desorganización  en  que  habían  caído  las  tropas  y  todos  los 
elementos  administrativos  del  Ejército  del  Norte,  es  necesario 
que  recordemos  que  el  Coronel  Guemes,  arrastrado  contra  su 


■voluntad,  y  profundamente  ofendido  contra  el  General  en 
Gefe  y  contra  bu  círculo,  iba  también  en  aquel  Ejército  presen- 
ciando tan  vergonzoso  desorden,  con  tanta  mayor  aversión 
cuanto  que  siendo  enemigo  personal  de  los  favoritos  que  lo  ex- 
plotaban, estaba  escluido  de  toda  gracia.  El  además  era  pro- 
vinciano y  caudillo  de  las  masas  de  su  provincia :  antagonista 
natural  de  los  influjos  de  la  Cohtna  de  la  Capital,  de  cuyos 
movimientos  y  pasiones  oligárquicas  partían  los  gérmenes  vi- 
sibles de  tcdo  este  desorden,  que,  por  otra  parte,  era  hijo  na- 
tural de  la  Revolución.  Debemos  creer  que  su  comportacion 
fuera  intachable  en  cuanto  á  los  sucesos  que  acabamos  de  re- 
correr, puesto  que  no  se  levantó  voz  ni  testimonio  alguno  que 
lo  acusara  de  haber  tomado  parte  en  ellos  directa  6  indirecta- 
mente. 

¿Comprendió  él  (Güemes)  desde  entonces  que  el  Ejército 
estaba  perdido:  y  trató  de  salvar  de  la  ruina  á  sus  bravos 
milicianos?  ¿Se  anticipó  á  proveer  á  la  famosa  defensa  que 
poco  después  debia  hacer  de  su  provincia,  aprontándose  á  le- 
vantarla en  masa,  bien  armada  y  bajo  sus  órdenes  esclusivas, 
para  el  dia  no  lejano  en  que  don-otado  el  general  Rondeau, 
fuera  necesario  detener  al  vencedor  en  los  umbrales  argenti- 
nos? ¿O  convencido  de  que  ya  podía  hacerse  independiente 
con  impunidad,  puesto  que  el  ejército  nacional  estaba  interna- 
do y  comprometido  en  el  Alto  Perú,  aprovechó  la  ocasión  de 
dar  la  espalda  á  sus  compañeros  de  campaña,  para  volverse  k 
usurpar  el  poder  personal  en  su  provincia?. . .  Difícil,  por  no 
decir  imposible,  es  aventurar  hoy  un  juicio  sobre  lo  que  á  este 
respecto  pasó  por  su  alma.  Pero  la  justicia  nos  obliga  á  decir 
que  sn  rebelión  y  el  atentado  que  cometió  de  apoderarse  de  los 
sables  y  los  fusUes  que  habían  quedado  depositados  en  Potosí, 
para  volverse  ¿  Salta  y  armar  sus  gauchos,  fué  indudablemen- 
te lo  que  salvó  i  la  Revolución  después  del  desastre  de  Sifi- 
Sm(!!) 


—  200  — 

Oigamos  ahora  al  general  Faz. 

«  El  comandante  don  Martin  M.  Güemes,  según  indicamos  en 
su  lugar,  habiéndose  retirado  con  sus  miUoias  después  de  la 
acción  del  Puesto  del  Marqués  en  el  año  anterior  (estábamos 
ya  en  los  primeros  meses  del  año  1816)  arrebató  el  armamento 
que  había  quedado  en  el  parque  del  ejército  en  Jujuy  y  se  di- 
rigió á  Salta  donde  se  hizo  elegir  Gobernador. 

«  Si  la  captura  del  armamento  contra  la  voluntad  del  General 
era  una  usurpación  violenta,  su  elección  popular  para  Gober- 
nador era  una  violación  de  las  reglas  establecidas,  pues  haata 
entonces  la  nominación  de  los  Gobernadores  de  provincias  ha- 
bla emanado  de  la  primera  autoridad  nacional  residente  en 
Buenos  Aires.  Mas  ya  entonces  cimdian  con  rapidez  los  celos 
contra  la  capital  y  la  resistencia  á  lo  que  venia  de  aquel  ori- 
gen. 

«  Güemes  se  hizo  el  campeón  de  esa  resistencia  que  se  hizo 
popular  en  la  Provincia. 

«  Repentinamente  movió  el  ejército  dirigiéndolo  a  Jujuy  y 
á  Salta,  sin  que  quedasen  más  fuerzas  en  la  quebrada  de  Hua- 
naco que  mi  regimiento  que  no  pasaba  de  cien  hombres.  En  el 
primero  de  estos  pueblos  aun  cuando  el  paisanaje  ó  mejor  di- 
remos el  gauchaje  no  fuese  adicto  al  ejército,  no  se  esperimentó 
resistencia,  pero  en  proporción  que  se  aproximó  al  segundo  que 
dista  diez  y  ocho  leguas,  la  población  do  la  campaña  fué  mos- 
trándose hostil.  En  la  Caldera,  posta  que  está  á  seis  leguas  de 
Salta  (la  ciudad)  ya  se  puede  decir  que  había  principiado  la 
guerra. 

«  Sin  embargo,  el  ejército  entró  en  la  ciudad,  que  manifestó  la 
más  complata  indiferencia.  El  ejército  avanzó  hasta  los  Cerri- 
llos cuatro  leguas  adelante  de  Salta,  donde  se  habia  retirado 
Güemes  después  de  haber  reunido  á  toda  prisa  su  gauchaje:  las 
hostilidades  fueron  entonces  más  vivas  y  se  sostuvieron  fuer- 


-  201  — 

tes  guerrillas:  la  mayor  dificultad  era  la  falta  de  viveres,  pues 
los  gauchos  retiraban  el  ganado  que  el  General  Eondeau  no 
podia  disputarles  con  poquísima  caballeiia,  pues,  no  tenia  más 
que  los  Granaderos  á  caballo  que  apenas  podrían  formar  un 
escuadrón. 

«  En  tres  días  que  estuvo  el  ejército  en  los  Cerrillos  antes  de 
terminarse  ésta  ridicula  comedia,  casi  no  tuvo  más  alimento 
que  las  uvas  que  le  suministró  la  gran  viña  de  la  hacienda  de 
Tejadas  sita  en  dicho  lugar. 

«  El  comandante  Güemes  cuyo  espíritu  inquieto  y  cuyas  as- 
piraciones empezaban  á  manifestarse,  no  podia  estar  con- 
tento en  el  ejército,  y  además  sus  gauchos  no  eran  una  tropa 
adecuada  para  la  campaña  del  Perú.  Regresó  pues  con  su 
división  desde  el  Puesto  de  Marqués;  y  apenas  llegó  á  Jujui 
se  quitó  la  máscara,  y  principió  á  manifestar  su  independen- 
cia. El  primer  acto  ó  esceso  que  cometió,  fué  echarse  sobre 
el  parque  de  reserva  del  ejército,  y  apoderarse  de  quinientos 
fusües.» 

Así  atenúa  el  Dor.  López  con  mistificaciones  retóricas  el  inca- 
lificable atentado  de  Güemes. 

El  general  carlista  Maroto  al  celebrar  el  noble  Convenio  de 
Vergara  salvó  á  la  España  de  la  feroz  guerra  civil  que  la  diez- 
maba hacia  veinte  años. 

Su  partido  maldijo  al  traidor. 

La  posteridad  lo  bendice  hoy  como  á  uno  de  los  salvadores 
de  la  patria. 

El  General  Artigas  salvaba  la  libertad  de  su  Provincia,  y 
ante  esa  suprema  exijencia  asumía  resuelto  la  tremenda  res- 
ponsabilidad, que  hoy  acaso  constituye  uno  de  sus  méritos. 

Convengamos  en  que  no  hubiese  abnegación  personal  en  su 
proceder:  que  no  hubiese  acomodaticia  ó  resignada  contempori- 
zación con  las  exijencias  de  una  lucha  común  á  todos  los  ameri- 
canos; pero  se  convendrá  también  que  la  libertad,  como  condi- 


_  202  — 

cion  de  existencia,  es  para  los  fuertes  caracteres  como  el  suyo, 
absoluta  en  sus  imposiciones,  y  superior  á  toda  otra  considera- 
ción. 

Los  mismos  sucesos  ulteriores  lo  justificaron  á  Artigas. 

El  régimen  tiranice  disciplinario,  de  cuartel,  implantado  por 
Alvear  en  Montevideo,  hizo  ver  á  los  Orientales  que  su  gran  cau- 
dillo habia  sacrificado  hasta  su  reputación  por  ser  fiel,  aun  en 
los  más  supremos  trances,  al  primero,  al  más  inalienable  de 
sus  deberes  y  derechos:  el  de  defender  la  independencia  Orien- 
tal y  el  honor  do  sus  comprovincianos,  tratados  como  serviles 
reclutas. 

Ya  es  tiempo  de  que  volvamos  al  principal  tópico  de  esta 
parte  de  nuestro  estudio.  Discúlpesenos  la  demasiada  exten- 
sión que  hemos  acordado  á  este  gran  episodio  histórico  de  la 
separación  de  las  fuerzas  orientales  de  las  líneas  del  asedio  que 
tanto  so  ha  explotado  por  los  enemigos  de  Artigas  para  calum- 
niarlo y  hundirlo  moralmente. 

Hemos  creido  que  era  de  una  importancia  capital  presentar- 
lo bajo  su  verdadero  y  más  justificado  aspecto.  Es  decir,  no 
como  un  motín  de  cuartel  ó  un  rasgo  de  insubordinación,  sino 
como  el  movimiento  inicial  de  una  verdadera  emancipación 
política. 

Veamos  a^'iora  las  importantes  notas  del  General  Artigas 
que  revelan  una  de  las  causas  desconocidas  de  esa  trasforma- 
cion,  notas  «[ue  como  hemos  dicho  antes,  no  se  han  publicado 
hasta  ahora,  y  que  pertenecían  al  archivo  del  Cabildo  de  San- 
to Domingo  Soriano;  el  único,  puede  decirse,  después  del  de 
Montevideo,  que  se  ha  salvado  de  una  lamentable  destrucción, 
ó  de  un  criminal  abandono  y  vandálico  salteo; 

Dicen  así : 

«  Ciudadanos  Electores:  Puesto  á  la  frente  de  la  Provincia, 
por  el  voto  de  los  Pueblos  y  su  ejército,  en  cumplimiento  de 
las  obligaciones  que  contraje,  no  puedo  dejar  de  tomar  parte 


cuando  se  trata  de  Boa  iateresea.  Yo  estoy  orientado  de  vnei- 
tras  deliberaciones  de  ayer,  y  de  los  principios  en  que  fuetpn 
montadas.  Yo  os  he  hecho  indicar  roí  protesta  de  una  nulidad 
sobre  cuanto  actuareis,  y  os  la  reitero  ahora.  La  Provincia  en 
sus  actas  de  5y  21  de  Abril  había  manifestado  su  volnntad  sobra 
los  objetos  de  que  tratáis ;  mi  condescendencia  ha  dado  lugar 
á  esta  nueva  invitación;  pero  yo  convoqué  'i  los  Pueblos  para 
que  primero  concurrieseis  á  mi  alojamiento,  debiendo  yo  dar- 
les la  satisfacción  competente  que  me  justificase  delante  de 
ellos  en  esta  determiuÉicion,  no  residiendo  en  mi  las  facultades 
bastantes  para  suspender  lo  dispuesto  en  las  dichas  Actas. 

«  Ciudadanos  Electores:  los  Pueblos  han  procedido  de  buena 
fé.  Ellos  han  creido  llenar  también  mi  invitación  constituyén- 
doos en  la  forma  que  indican  vuestros  Poderes. 

«  Los  tratados  de  Octubre  que  dieron  fin  á  la  campaña  pasa- 
da, determinaron  al  pueblo  á  la  emigración  admirable  que  fijó 
la  seguridad  del  teiTÍtorÍo.  Yo  entonces  tuve  la  honra  do  ser 
colocado  á  la  frente  de  todos  los  negocios  de  ta  Provincia.  No 
obstante  el  choque  de  los  lances  do  la  guerra,  con  el  giro  de 
la  revolución,  tuve  la  fortuna  de  poder  conciliario  todo,  y  los 
principales  sucesos  hicieron  sus  ventajas  y  me  colmaron  de  la 
gloria  i  que  respondió  mi  gratitud. 

«  Las  circunstancias  desgraciadas  que  marcaron  aquella  ex- 
pedición, obligaron  al  pueblo  armado  á  establecer  unas  garan- 
tías que  sirviesen  de  apoyo  á  su  seguridad  ulterior.  Incorpo- 
rados en  este  campo,  y  erigido  el  reconocimiento  de  la  Asam- 
blea General  Constituyente,  reunido  al  efecto  el  Congreso,  fijó 
los  Pactos  pars  publicar  el  juramento.  Yo  entonces  fui  confir- 
mado en  mi  representación.  Congregado  «1  pueblo  algunoa 
dias  después,  fué  instalado  el  G-obiemo  Económico,  y  yo  hono- 
rado  con  la  presidencia,  á  más  del  Gobierno  do  la  Provincia. 
Publicóse  el  Bando  en  todo  el  territorio  y  mi  autoridad  fué 
reconocida  por  todos  los  pueblos. 


—  204  ~ 

«  Ciudadanos  electores:  vosotros  no  lo  ignoráis;  sin  embargo 
mi  mitoridad  está  desconocida,  y  atropellada  la  voluntad  aiigusta 
de  los  Pililos,  Vosotros  habéis  abierto  vuestras  sesiones  sin  ha- 
beros reunido  en  mi  alojamiento.  Los  sacrificios  que  han  dada 
motivo  á  vuestras  alabanzas  en  obsequio  mió,  mi  fidelidad,  mi 
constancia,  y  mis  trabajos,  debian  haberos  convencido,  de  la 
utüidad  general  que  hacia  el  objeto  de  mi  invitación,  sin  os- 
tentar una  resistencia  que  me  ultraja,  cuando  estoy  seguro  de 
la  confianza  respetuosa  conque  me  miran  vuestros  constituyen- 
tes.— No  es  bastante  para  vuestra  negativa,  la  falta  de  expre  • 
sion  en  vuestros  Poderes  sobre  el  particular,  para  que  una  vez 
hecho  de  tanta  trascendencia  el  asunto,  y  convencidos  de  la 
complicación  de  las  circunstancias  que  aparecen,  y  queréis  res- 
ponder a  la  confianza  que  han  depositado  en  vosotros  vuestros 
Pueblos,  debíais  estar  á  su  espíritu,  ó  al  menos  contener  vues- 
tras deliberaciones  sin  exponeros  ¿  vulnerar  el  sagrado  de  su 
voluntad  sobre  asuntos  que  por  el  mismo  hecho  de  haber  ser- 
vido de  objeto  á  sus  fatigas,  no  pueden  ser  indiferentes  á  la 
necesidad  de  encaminarlos. 

«  Ciudadanos  electores,  si  deseáis  llenar  la  confianza  de 
vuestros  comitentes,  estad  á  su  espíritu,  ó  á  lo  menos  consul- 
tad la  prudencia  y  haced  más  compatible  vuestra  representa- 
ción exigiendo  autorizaciones  precisas  para  adoptar  los  pidnci- 
pios  que  habéis  adoptado.  Estoy  en  que  vuestras  facultades 
sean  extensivas  á  cuanto  convenga  al  Pueblo  entero;  pero  una 
proposición  tan  general  no  podrá  daros  la  autorización  bastan- 
te para  desbaratar  ciegamente  las  garantías  convencionales 
que  el  pueblo  estableció  para  su  seguridad.  Yo  no  quiero  in- 
sinuaros en  esto  que  precisamente  debáis  estar  á  las  Actas; 
vosotros  podéis  romperlas;  pero  vosotros  debéis  tener  la  pru- 
dencia de  examinarlas.  Las  circunstancias  que  las  produjeron, 
y  las  que  se  siguieron  en  su  efecto,  reclaman  el  conocimiento 
del  Pueblo  que  los  selló.  Nunca  el  Pueblo  pudo  tener  inten- 


—  205  — 

cion  de  deciros  que  no  hicieseis  caso  de  sus  obras,  por  más  que 
os  facultase  para  rendiros  a  cualquier  circunstancia  y  en  fuer- 
za de  ellas,  desaprobarlas.  La  elección  de  los  Diputados  ratifi- 
cada por  dos  veces,  y  dispuestos  últimamente  sus  Poderes  en 
la  forma  que  se  exigian,  dejará  de  servir  de  objeto  á  la  expec- 
tación de  los  Pueblos,  para  que  ahora  se  desentendiese  el  por 
qué  de  esta  nueva  invitación.  ¿Serian  ellos  indiferentes  á  la 
noticia  á  que  les  invitaba  mi  circular?  Vosotros  entonces  deli- 
beraríais sobre  conocimientos  adquiridos,  y  vuestras  delibera- 
ciones no  serian  menos  libres  en  sus  resultados.  Ciudadanos 
representantes,  el  amor  á  la  concordia,  la  fraternidad  y  el  can- 
dor deben  presidiros;  volved  sobre  vosotros;  pesad  las  circuns- 
tancias; y  conoced  la  extensión  de  las  consecuencias  que  van  á 
seguirse  con  no  estar  en  vuestros  Poderes  a  la  inteii^ion  de 
vuestros  comitentes.  Yo  respeto  muchísimo  la  alta  autoridad 
del  Congreso;  pero  fundada  la  negativa  en  desconocer  en  mi 
las  facultades  bastantes,  vosotros  sabréis  responder  cuál  de  los 
Pueblos  que  os  han  dado  representación,  no  reconoce  mi  auto- 
ridad, cual  Pueblo  no  la  conserva,  y  qué  Pueblo  con  el  voto 
más  sincero  no  me  aclama. 

.  No  es  este  ciudadanos  electores  el  lenguaje  del  engreimiento 
y  la  vanidad;  tampoco  es  el  del  orgullo  ni  el  de  la  ambición. 
El  amor  á  la  gloria  y  á  los  intereses  de  la  Provincia  es  lo  que  me 
condxice .  To  puedo  lisongeanne  con  franqueza  de  que  ella  me 
mira  como  su  primer  apor/o;  mi  desinterés,  mis  fatigas,  y  mi  hice- 

m 

na  fé  me  han  labrado  esa  ventura,  y  las  invectivas  de  alguna  fac- 
ción escandalosa  no  me  presentarán  como  ingrato  á  mi  pueblo,  á 
un  pueblo  cuyos  esfuerzos  he  conducido  en  los  dios  gloriosos  que 
abrieron  la  época  de  su  regerteracion,  y  que  aunqice  acosado  por 
la  intriga  y  la  perfidia  me  mira  como  á  su  libertador. 

«  Vosotros  lo  sabéis,  ciudadanos  electores;  en  medio  de  todos 
los  convencimientos  para  fijar  vuestro  juicio  en  orden  á  sus 
intenciones  ¿  halláis  una  dificultad  insuperable,  y  no  la  halláis 


—  206  - 

para  abandonaros  ¿  una  determinación  que  desmienten  vues- 
tros mismos  conocimientos?  Sobre  todos  los  datos  en  contra- 
rio, una  mera  expresión  (que  por  lo  mismo  debéis  confesar  na- 
cida do  la  mala  inteligencia  y  exceso  de  candor)  ha  de  ser  bas- 
tante á  contener  el  grito  de  vuestro  j)ropio  corazón  y  sofocar 
el  voto  general  y  sostenido  de  23  pueblos  que  os  han  dado  su 
representación  ? 

«  Suspended  vuestras  sesiones,  ciudadanos  electores.  Yo  voy 
á  escribir  á  los  Pueblos,  y  entonces  vero  si  su  voluntad  es  la 
misma  que  se  ostenta  en  el  Congreso  de  su  representación.  De 
lo  contrario,  yo  os  hago  responsables  delante  de  los  mismos 
Pueblos  de  la  continuación  del  abuso  que  hacéis  de  su  confian- 
za. Yo  os  reitero  la  más  formal  protesta  de  nulidad  sobre 
cuanto  actuéis.  —  Esperad  las  esplicacionas  de  vuestros  cons- 
tituyentes ;  yo  no  puedo  ni  debo  prescindir  de  ellos  ;  y  mien- 
tras, sabedlo,  ciudadanos  electores,  yo  estaró  únicamente  á  lo 
deliberado  en  las  Actas  de  B  y  21  de  Abril ;  cualquiera  deter- 
minación que  adelantéis  en  contrario,  la  desconoceré  abierta- 
mente, y  vosotros  responderéis  á  los  Pueblos  del  escándalo. 

Línea,  frente  á  Montevideo,  Diciembre  10  de  1813. 

José  Artigas.   (1) 

Al  dia  siguiente,  el  General  Artigas  dirigía  á  los  Cabildos  de 
la  Provincia  la  circular  siguiente  sobre  el  mismo  gravísimo 
conflicto,  sin  conocer  sin  duda  todavía  la  repulsa  que  habían 
resuelto  hacer  de  su  pretensión  los  miembros  del  Congreso. 


( 1 )  A  esta  nota,  fué  que  el  Congi-eso  Oriental,  presidido  siempre  por 
el  General  Rondeau  resolvió  contestar  negativamente,  según  se  veráu 
por  el  Acta  del  10  del  mismo  mes  de  Diciembre  que  transcribimos  ¿ 
continuación : 

"  En  la  Capilla  del  finado  Maciel  á  10  dias  del  mes  de  Diciembre  de 
1813,  reunido  el  pueblo  Oriental,  por  medio  de  sus  respectivos  electores, 
depositarios  de  su  plena  confianza  y  poderes  para  continuar  en  sus  se- 
siones abiertas  desde  el  dia  8  de  dicho  mes  y  año,  so  presentó  un  ayu- 


—  207  -- 

Circular :  «  Y»  tuve  la  honra  de  dirijir  á  V.  S.  mi  circular  con 
data  15  del  p.  p.  para  que  reuniendo  á  ese  benemérito  vecinda- 
rio procediese  al  nombramiento  de  un  Elector,  quien  concurri- 
ría por  ese  pueblo  al  Congreso  que  se  habia  de  celebrar  el  8 
del  corriente  en  mi  alojamiento,  y  al  que  se  seguiría  él  del  Cuar- 
tel Oeneralj  según  las  deliberaciones  que  antecedieseyi  en  d  mió; 
con  la  intención  por  mi  parte  de  que  examinasen  los  resultados- 
de  las  Actas  de  B  y  21  de  Abril  para  que  no  procediesen  á 
ciegas ;  siendo  muy  ridículo  y  degradante  que  los  Pueblos  sin 
saber  para  que,  volviesen  á  bacer  elección  de  diputados,  ha- 


dante de  campo  del  señor  don  José  Artigas,  con  un  oficio  de   ó.ste  diri- 
gido en  la  misma  fecha  ¿  dicho  Congreso  y  que  original  se  acompaña.* 
Leido  en  alta  ó  inteligible  voz  por  el  Secretario  Elector  de  dicha  vene- 
rable  corporación,  enterada  esta  .de  su  contenido,  y  examinados  sus 
puntos  con  toda  la  meditación  y  circunspccion  que  requería  tan  impor- 
tante materia  y  discutida  por  todos  la  plenitud  de  las  bases,  se  acordó 
en  resolución  contest,arle,  que  no  se  hacía  innovación  alguna  en  el  Acta 
celebmda  en  el  dia  9  del  corriente  por  dicho  Congreso  respecto  á  ha- 
llarse ya    funcionando  enteramente ;  y    respecto  k  que  el  ciudadano 
don  José  Artigas  pudo  haber  exijido  oportunamente  á  esta  Corporación 
de  Electores  las  actas  A  que  se  hace  referencia  en  su  oficio  de  la  fecha 
arriba  mencionado,  habiéndose  negado  expresamente  para  ello  á  la  Co- 
misión del  Congreso,  diputada  á  efecto  de  citarlo,  añadiendo  el  citado 
Elector  Juan  Francisco  Nuñez,  por  Soriano,  que  no  reconoce  en  la  Pro- 
vincia Oriental  autoridad  alguna  sobre  esto  Congi-eso,  siéndole  constante 
que  el  señor  don  José  Artigas  dio  facultad  pai-a  concurrir  k  él  á  algu- 
nos diputados  que  se  le  presentaron  en  su  alojamiento,  sin  haber  pre- 
cedido dicho  beneplácito,  ni  esplicacion  alguna  de  otras  deliberaciones;  y 
siendo  única  entre  todas  las  votaciones  la  del  Elector  ciudadano  Ma- 
nuel Mufiiz  de  Ilaedo,  la  de  que  en  contestación  á  dicho  señor  don  José 
Artiga^  se  le  expusiese  que  las  sesiones  quedaban  suspendidas  hasta  la 
nueva  convocatoria  de  los  pueblos.  En  este  acto  so   cerró    la  presente 
acta  rubricándola  los  señores  Electores  Artigas,  Várela,  Paredes,  León  F. 
Ramirez,  Calatayud,  Martínez,  Nuñez.  Pérez,  Duran,  Pérez,  Britos,  Cá- 
ceres,  Muñoz,  Ministro  Silva,  Haedo,  Ortiz.  José  Rondeau,  Presidente  ; 
Tomás  García  Zúñiga,  Secretario.  —  Concuerda  con  la  acta  original  k 
que  en  caso  necesario  me  refiero  —  José  Rondcau,  Presidente  —  Toma» 
García  Zúñiga,  Secretario. " 


r 


biendo  ya  ratificado  la  que  habían  hecho.  El  elector  de  ese 
pueblo  vino;  pero  como  en  sus  poderes  no  se  le  hablaba  de  mi 
circular,  ni  menos  se  le  decia  que  pasase  al  Congreso  que  8e 
habla  de  celebrar  en  mi  alojamiento,  pasó  al  del  Cuartel  Qene- 
rah 

A  la  mayor  p^rte  de  los  Electoreíi  les  pasó  lo  mismo,  por  qne 
todos  traían  el  mismo  defecto  en  sus  Poderes,  nacido  precisamen- 
te del  horrador  que  para  qiie  hs  Pueblos  extendiesen  las  actas,  se 
les  3>asó  dd  Cuartel  General  con  las  ciratlares  «HÍfifío res. —Reu- 
nido, pues,  el  Congreso  ante  el  General  en  Gefe  D.José  Rondeau 
por  la  complicación  de  circunstancias,  resultaba  necEsariamen- 
te,  ó  que  los  Electores  dehian  descoiionn-  mi  autoridad  en  la  Pro- 
vincia, ó  que  déñan  suspender  el  Congreso. 

Ellos  36  limitaron  á  llamarme  por  medio  do  una  Diputación: 
yo  me  negué  abiertamente,  porque  una  cosa  era  el  Congreso 
formal,  á  que  yo  habia  invitado;  y  otra  cosa  era  ir  á  hacerles 
saber  allí,  lo  que  habia  en  ol  particular,  estando  ya  presidido 
aqiid  acto  por  el  General  en  Jefe. 

«  Yo  que  siempre  he  ejercido  la  autoridad  que  tengo  déla  Pro- 
vincia ]}or  el  voto  unánime  de  todos  los  pueblos  y  del  Ejército,  no 
puedo  creer  que  aunque  los  Electores  viniesen  autorizados  pa- 
ra cuanto  conviniese  al  Pueblo  Oriental,  hubiesen  incluido  sus 
constituyentes  en  una  cláusula  tan  general  las  facultades  bas- 
tantes para  destruir  á  ciegas  las  garantías  convenciontües  que 
establecieron  los  pueblos,  para  su  seguridad,  sin  examinar  prime- 
ro todas  las  circunstancias  que  hubiese  en  el  particular  para 
deliberar  bajo  conocimientos  fi¡os;  ni  tampoco  pudo  creer  que 
se  les  hubiese  facultado  para  desconocer  mi  autoridad,  porque 
aunque  los  Electores  reunidos  no  debían  reconocer  autoridad 
superior  á  ellos;  pero  esto  esto  es  con  respecto  al  fin  &  que  son 
convocados;  no  pudiendo  extender  sus  facultades  sobre  asnntos 
que  choquen  inmediatamente  con  la  voluntad  de  sos  Pueblos. 
— Bajo  este  concepto,  yo  representé  oficialmente  al  Congreso, 


—  209  — 

que  en  sus  Poderes  debían  estar  al  espíritu  de  sus  comitentes 
y  por  consecuencia  no  debían  continuar  allí  sus  deliberaciones, 
sino  venir  primero  á  mí  alojamiento;  que  ellos  sabían  bien  que 
ninguno  de  sus  Pueblos  desconocía  mi  autoridad,  y  que  por  lo 
mismo,  yo  estaba  seguro  de  que  no  habrían  despreciado  la  cir- 
cular en  que  los  invitaba.  Que  en  todo  caso  mirasen  lo  que 
hacían,  que  no  partiesen  de  golpe;  y  que  pidiesen  explicacio- 
nes á  sus  Pueblos.  Que  yo  los  hacía  responsables  delante  de 
ellos,  del  abuso  que  hacían  de  su  representación,  y  que  desde 
luego,  yo  daba  por  nulo  y  de  ningún  valor  cuanto  actuasen 
allí.  Que  escribiría  á  los  Pueblos,  y  que  mientras  venían  sus 
contestaciones,  estaría  únicamente  á  lo  determinado  en  las  di- 
chas actas  de  6  y  21  de  Abril,  desconociendo  abiertamente 
cuanto  resultase  del  Congreso. 

«  En  esta  virtud,  yo  espero  que  V.  S.,á  la  mayor  brevedad,  me 
declare  en  términos  claros  y  positivos,  si  ese  Pueblo  reconoce 
mi  autoridad,  y  si  fué  su  mente  que  su  elector  no  concurriese 
al  Congreso  á  que  yo  invité.  Sea  V.  S.  seguro  de  que  para  míj 
nada  hay  más  sagrado  que  la  voluntad  délos  Pueblos,  y  que  me 
separaré  al  momento  si  es  verdaderamentesu  voluntad  él  no  reco- 
no€€7'me. 

«  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

«  Delante  de  Montevideo  11  de  Dbre.  1813. 

« lios  electores  en  este  ejército,  el  de  Mercedes,  el  de  San  Sal- 
vador, el  de  Paysandú,  el  de  Canelones,  el  de  San  Carlos,  el  de 
Porongos,  y  el  de  Santa  Lucia  y  la  Florida,  hicieron  también 
sus  protestas  delante  del  Congreso,  expresando  claramente,  que 
los  unos  en  fuerza  de  los  poderes  con  que  habían  concurrido, 
y  los  otros  asegurándose  de  las  intenciones  sanas  en  sus  mis- 
mos pueblos,  anulaban  también  por  su  parte  lo  actuado  en  el 
Congreso  de  Mociel,  por  no  haber  precedido  el  mío,  para  de 
este  modo  corresponder  á  la  confianza  con  que  los  habían  hon- 

15 


—  210  - 

rado  sus  conafcituyentes.  Mieutraa  llegue  la  coniestacíoD  de 
V.  S.,  y  hasta  nuera  orden  mia,  no  publicará  V.  S.  en  ese  pue- 
blo Bando  alguno  que  no  le  sea  remitido  por  conducto  mió. 

Fecha  ut  supra. 

José  Artigas. 

Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  Soríano.  » 


Se  reconocerá  ante  el  examen  sereno  é  imparcial  de  esos 
notables  documentos,  cuanto  contribuyen  ellos  á  explicar  y  jus- 
tificar algunos  actos  del  General  Artigas  tan  mal  apreciados 
hasta  ahora,  los  que  han  sido  juzgados  con  tan  injusta  y  odiosa 
parcialidad,  al  dar  él  los  primeros  pasos  en  la  escabrosa  senda 
que  conduela  á  la  organización  autónoma  de  los  Orientales. 

Se  reconocerá  también  que  en  tal  situación,  encontrábase  el 
General  Artigas  frente  á  frente  de  dos  problemas  á  cual  más 
arduos,  y  que  reclamaban  ambos  urjentísima  solución. 

Era  uno  el  del  dominio  absoluto  que  se  intentaba  imponer 
por  el  Supremo  Directorio  del  ex-Notario  Eclesiástico  Posadas 
y  los  gefes  de  sus  fuerzas  en  esta  Provincia . 

Y  era  el  otro,  el  no  menos  grave  y  doloroso  problema  de  la 
discordia  cívica,  que  estallaba  promovida  por  aquella  reunión 
de  Orientales  distinguidos,  de  vecinos  inteligentes  y  acauda- 
lados, pero  pusilánimes  ante  los  peligros  que  encarnaba'  aque- 
lla audaz  reacción  artiguista,  formando  ellos  el  remedo  de  un 
círculo  conservador  ó  péliicon  opuesto  á  todo  pronunciamiento 
enérjico  en  defensa  de  sus  derechos;  círculo  que  incitado  y 
alentado  por  el  insinuante  Rondeau,  elegido  como  su  Presi- 
dente, según  dice  el  Acta  del  8  de  Diciembre  «  por  ser  modera" 
do  y  p}'ude7ite]y>  principiaba  por  asociarse  dócilmente  á  la  fuerza 
opresora  de  la  Provincia,  por  identificarse  con  sus  aspiraciones, 
y  arrebatarle  á  Artigas  su  investidura  popular,  para  conseguir 


—  211  — 

así  echar  por  tierra  su  predilecta  obra  do  la  independenoia 
provincial . 

Debido  á  la  lamentable  y  criminal  pérdida  de  docuu-entoa 
históricos  que  se  ha  producido  en  tos  Archivos  de  los  Cabildos 
Departamentales,  no  hemos  hallado  aun  las  respuestas  que  pu' 
do  recibir  el  General  Artigas  á  su  circular  trascrita ;  pero  es 
indudable  por  ciertos  hechos  concordantes,  que  ellas  debieron 
ser  afirmativas  y  aprobatorias  de  su  conducta ;  y  que  con  vista 
de  ellas,  y  considerando  las  demás  gi-avisimas  causales  que  he- 
mos expuesto  extensamente  en  esta  y  en  la  anterior  sección, 
resolvió  sin  más  demora  separarse  de  las  lineas  sitiadoras,  en 
donde  solo  hallaba  como  premio  á  sus  servicios  la  ingratitud, 
la  lio'ftilidad,  y  la  rebelión  contra  su  legitima  autoridad. 

En  los  dos  extremos  del  territorio  argentino  las  mismas  ten- 
dencias y  los  mismos  derechos  trataban  do  sobreponerse  y  re- 
vindicarse  durante  la  guerra  con  los  españuies. 

Salta  al  Norte  y  la  Baiicla  Oriental  al  Sud,  arabas  patriotas, 
ambas  abnegadas  y  belicosas,  batallaron  por  U  independencia, 
por  una  misma  y  noblo  bandera,  con  maj-or  crudeza  aquella  en 
su  lucha  con  Rondcau,  con  más  templanza  ésta  en  su  lucha 
con  el  mismo  general. 

Grüemes  hizo  fuego  sobre  la  bandera  de  la  ¡¡atria  al  fronte  del 
enemigo  invasor,  y  sometió  por  las  armas  á  los  mejores  solda- 
dos de  aquélla  y  de  éste. 

Artigas  se  separó  desjtucs  de  haber  dado  á  la  Patria  su  es- 
pléndida victoria  de  las  Piedras,  retirándose  de  un  puesto  don- 
de su  permanencia  hiibria  reproducido  el  tremendo  y  triste 
ejemplo  que  poco  después  dio  Grüemes. 

¿Por  qué  se  ha  lanzado  el  oprobi-j  y  el  anatema  sobre  aquél, 
y  una  gloriosa  revindicacion  sobre  éste? 

Atroces  injusticias  de  la  historia  adulterada  por  los  pai-tidos! 

G-üemes  no  fué  hasta  la  independencia  definitiva,  absoluta, 
porque  se  transó  con  él,  porque  Boudeau  abatió  ante  él  la  so- 


_  212  — 

berbia  bandera  de  Mayo,  enarbolada  por  Buenos  Aires,  y  mer- 
ced á  !a  influencia  de  3U  hermana,  hermosísima  mediadora  que 
embelesó  á  algunos  gefes  de  Eondeau,  según  lo  asegura  el  Ge- 
neral Paz  en  sus  Memorias  citadas,  se  pactó  la  concordia 
que  dejaba  á  Güemes  como  dueño  exclusivo  de  su  provincia,  y 
á  Hondean  como  un  huésped  intruso  á  quien  so  trataba  con 
misericordia.  ¿  Para  qué  había  G^üeme8  de  independizarse  en 
las  palabras  si  lo  estaba  en  los  hechos  del  modo  más  absoluto  ? 
Pero  con  Artigas  aconteció  todo  lo  contrario.  Se  le  vejó,  se 
le  negó  su  autoridad ;  se  le  hostiliaó  de  todoH  modos ;  y  so  ató 
Ku  Provincia  y  sus  Orientales  al  potro  de  una  guerra  sin  cuar- 
tel. 

«  Doscientas  cinciienta  leguas  deperseaicion  incesante  »,  dice 
con  cmel  jactancia  el  General  Alvear  en  uno  de  sus  oficios, 
hecha  á  la  división  de  Orientales  que  acaudillaba  Otorgues  has- 
ta despedazarla  por  sorpresa  en  Marmarajá,  dieron  la  medida 
de  lo  que  eva  esa  guerra- 
La  revancha  no  S3  hizo  esperar,  y  la  victoria  del  Guayabo 
rompió  el  último  eslabón  de  la  cadena.  De  ahí  á  la  independen- 
cia absoluta  no  había  sino  un  paso. 

Volviendo  á  nuestro  tema  y  reBumiendo  nuestras  apreciacio- 
nes, creemos  que  el  verdadero  y  mal  conocido  orijen  de  la  na- 
cionalidad Oriental,  incubada  al  calor  vivificante  de  la  batalla 
do  las  Piedras,  y  de  varios  hechos  de  armas  contra  los  españo- 
les, aunque  de  menor  importancia,  haciéndola  aurjir  de  una 
vez  robusta  y  voluntariosa,  se  halla  en  esa  separación  histórica 
de!  General  Artigas  de  las  lineas  sitiadoras  de  Montevideo. 

Eso  no  era  la  traición,  ni  era  la  deserción.  Era  la  indepen- 
dencia con  sus  dolorosos  sacriflcíos,  con  su  amarga  expiación, 
con  su  tremenda  y  próxima  Via  Orucis. 


Artigas  como  reformador  político  y  como  admi- 
nistrador progresista  y  liberal. 


Hemos  de  detenernos  deliberadamente  ampliando  el  tema 
que  hemos  elegido  para  esta  sección,  por  lo  mismo  que  antici- 
pamos que  él  ha  de  suscitar  mayor  censura  y  animadversión 
en  los  detractores  del  General  Artigas» 

Así  mismo  debemos  limitarnos  á  lo  más  esencial,  no  debien- 
do ser  éste  estudio  sino  un  compendio  ó  resumen  razonado  del 
texto  de  nuestra  obra. 

Las  Instrucciones  dadas  por  Artigas  en  1813  á  los  Diputa- 
dos Orientales,  las  que  trascribiremos  más  adelante,  bastarían 
por  sí  solas  para'  hacerle  merecer  el  renombre  de  reformador 
que  le  hemos  reconocido. 

Pero  antes  de  entrar  á  estas  demostraciones,  conviene  recor- 
dar y  esclarecer  ligeramente  algunos  precedentes  históricos  de 
grande  interés  que  se  relacionan  con  el  origen  de  esas  Instruc- 
ciones, y  les  dan  mayor  autoridad  y  valimiento  en  la  historia 
Oriental. 

El  Cabildo  de  Buenos  Aires  en  su  memorable  circular  de  29 
de  Mayo  de  1810  a  las  Provincias  habia  asentado  con  admira- 
ble lucidez  y  precisión,  así  como  con  grande  y  sano  patriotis- 
mo, por  más  que  el  Dr.  López  lo  haya  censurado  en  su  obra-, 
una  profesión  de  fé  de  les  principios  políticos  que  debían  regir 
la  revolución;  en  cuanto  á  la  parte  de  soberanía  qun  sus  direc- 
tores reconocían  en  cada  una  de  aquellas  provincias,  así  como 
el  imprescindible  derecho  de  éstas  á  tomar  parte  directa  en  el 
gobierno  general  de  aquella  futura  nación;  derivándose  de  ahí 
con  mayor  fundamento,  su  derecho  implícito  á  gobernarse  y 
administrar  cada  una  sus  intereses  públicos  por  sí  mismas. 


—  214  — 

El  Cabildo  expi'esábase  en  loa  siguientes  términos,  que  de- 
ben ser  recordados  con  gratitud  hacia  aquello»  nobles  patri- 
cios, tan  bion  inspirados  en  la  fraternidad  é  igualdad  demo- 
cráticas, por  más  que  á  la  vez  apareciesen  fieles  al  Rey  á  fin  de 
ganar  tiempo  y  prepararse  para  la  guerra  inmediata. 

«  Este  es  el  gobierno  (decía  al  Cabildo)  que  se  ha  erigido  pro- 
visionalmente hasta  ]a  reunión  de  los  Diputados  do  todas  las 
Provincias.  El  pueblo  de  Buenos  Aires,  no  pretende  usurpar  los 
derechos  do  los  domas  del  Vireinato :  pretende  sí,  sostenerlos 
contra  los  usurpadores.  Conoce  que  la  unión  recíproca  de  toda*? 
las  provincias,  es  ol  único  medio  de  su  conservación  ;  conoce 
que  para  cimentar  la  confianza,  deben  oirse  los  votos  de  todos; 
y  establecer  uñ  gobierno,  que  se  derive  de  la  voluntad  general 
de  lo&  que  han  de  obedecer.  La  remoción  del  Excmo.  señor 
Virey,  no  admitía  espera,  y  se  consideró  necesaria  en  obsequio 
de  la  salud  pública.  Era  indispensable  nombrar  un  depositario 
de  la  autoridad  superior  que  obtuviese  la  confianza  del  pueblo 
para  contener  los  males  que  nos  amenazaban:  y  por  que  esta 
debe  ser  á  satisfacción  de  todos  los  quo  la  han  de  reconocer ;  el 
mismo  pueblo  ha  pedido  que  sea  provisional^  y  que  se  convo- 
quen todos  sus  hermanos  para  el  nombramiento  de  diputados 
de  las  ciudades  y  villas,  a  fin  de  que  reunidos  en  esta  capital, 
establezcan  el  gobierno  que  haya  de  merecer  toda  su  confian- 
za y  respeto,  y  que  sea  la  base  de  su  prosperidad. 

«  V.  S.  no  podrá  menos  de  conocer  la  suma  necesidad  de  esta 
reunión,  y  que  la  exije  imperiosamente  el  derecho  de  nuestra 
propia  conservación,  y  los  de  nuestro  augusto  monarca,  el  Se- 
ñor don  Femando  i.**  como  único  medio  de  sostener  la  inte- 
gridad de  estos  dominios.  Asi,  pues,  espera  éste  Cabildo,  que 
poseído  V.  S.  de  estos  notables  sentimientos,  y  del  gran  in- 
terés de  guardar  el  orden  y  la  tranquilidad  pública,  consultan- 
do la  felicidad  de  los  pueblos,  propenderá  de  su  parte  á  que 
tenga  el  mejor  y  mas  pronto  efecto  el  nombramiento  de  dipu- 


—  216  — 

tados>  en  la  forma  que  ha  ordenado  la  exma.  Jnnta  proTÍsional 
del  gobierno,  expresando  en  los  podet'es  las  circunstancias  que 
previene  el  articalo  11  del  adjunto  bando  publicado  en  esta 
ciudad  el  26  del  corriente. 

«  Dios  guarde  ¿  Y.  S.  mucbos  años.  Sala  Capitular  d»  Bue- 
nos Aires,  29  de  Mayo  de  1810  ». 

De  acuerdo  con  los  mismos  principios  consagrados  en  esta 
circular,  los  representantes  convocados  por  ella  y  por  la  prime- 
ra Junta  Grubemativa  de  Buenos  Aires,  llevaban  á  la  capital 
tendencias  y  aspiraciones  opuestas  ó.  toda  centralización  auto- 
ritaria que  intentase  ejercerse  alli  en  reemplazo  del  suprimido 
léjimen  español. 

Esa  centralización  absorbente  y  despótica  principiaba,  sin 
embargo,  á  hacerse  práctica  en  los  hechos,  aunque  no  desem- 
bozadamente  en  las  teorias,  por  algunos  fogosos  patriotas  co- 
mo el  ilustre  Dr.  Mariano  Moreno,  federalista  entusiasta  en  las 
doctrinas  de  su  razonada  propaganda,  pero  unitario  en  los  he- 
chos; Monteagudo,  el  liberal  terrorista  y  archi-unitario;  Caste- 
lli  que  asi  mismo  había  redactado  esa  circular,  el  hombre  de 
hierro  como  Convencional  de  nuestras  primeras  expediciones; 
Bodriguez  Peña,  Vieytes,  Passo  y  otros  eminentes  ciudadanos 
cuya  fuerza  de  voluntad  y  superioridad  de  inteligencia  pre- 
ponderaban en  los  consejos  de  la  naciente  autoridad  nacionaL 

Entre  la  organización  de  la  segunda  Junta  Gubernativa  en 
Diciembre  de  1810,  compuesta  de  Delegados  de  las  Provincias 
ejerciendo  legítimas  atribuciones  nacionales  y  su  disolución  6 
destitución  revolucionaria  del  23  de  Setiembre  de  1811,  redu- 
ciendo sus  funciones  tan  sólo  á  las  de  Junta  Conservadora, 
vino  á  iniciarse  y  ahondarse  la  división  que  debía  venir  rea- 
gravándose desde  entonces  entre  las  Provincias  y  el  Poder 
Central,  de  cuya  contienda  debía  surgir  el  sangriento  espectro 
de  la  guerra  civil  desde  1813. 

Ulteriormente  convocados  en  1812  los  Diputados  de  las  Pro- 


—  216  — 

vínci£ts  para  ingresar  á  la  Asamblea  General  Constituyente  de 
1813,  entre  los  que  fueron  llegando  á  Buenos  Aires,  y  tomaron 
asiento  en  aquel  ilustrado  Cuerpo  Legislativo,  ningunos  pre- 
sentaron como  los  Diputados  Orientales  pudieron  hacerlo  en 
virtud  del  avanzado  mandato  imperativo  que  recibieron  en  ©1 
sitio  de  Montevideo,  tan  perfecto  cuadro  de  reformas  calcadas 
sobre  el  sistema  de  gobierno  federativo,  como  el  que  Artigas  en 
nombre  de  su  pueblo  en  armas,  entregó  á  esos  diputados  de  la 
Provincia  Oriental. 

Podria  seguramente  afirmarse  que  en  la  leal  observancia 
práctica  de  esas  reformas  habría  podido  fundarse  el  gradual  y 
feliz  ensayo  de  un  régimen  de  gobierno  que,  si  bien  requería 
on  los  pueblos  mucha  experíencia  política,  y  mayor  suma  de 
ilustración  lo  mismo  en  ellos  como  en  sus  prohombres,  habría 
ahorrado  asi  mismo  con  su  adopción  á  las  Provincias  Unidas 
muchos  de  los  dias  nefastos  por  los  cuales  atravesaron  muy  po- 
co después. 

Ulteriormente,  en  1815,  el  General  Artigas  en  el  apojeo  de 
su  poder,  delega  todas  sus  facultades  en  el  Cabildo  do  Monte- 
video, y  lo  reviste  con  el  alto  carácter  do  Gobernador  Político 
y  Militar  de  la  Provincia,  haciendo  someter  á  su  autoridad  su- 
perior los  Comandantes  Militares  que  funcionaban  en  la  Capi- 
tal y  en  otros  puntos  de  aquella,  asi  como  todas  sus  autorida- 
des civiles  y  judiciales.  Las  notas  que  publicaremos  al  efecto 
demostrarán  la  amplitud  y  firmeza  de  osa  delegación . 

Baste  á  nuestro  objeto  por  ahora  evidenciar  aquella  tenden- 
cia democrática,  que  fué  un  razgo  característico  en  Artigas, 
procurando  siempre  la  reunión  de  distintos  Congresos  y  cuer- 
pos deliberantes,  á  cuya  resolución  tenia  que  someterse  él  mis- 
mo cimentando  así  las  bases  del  prímer  gobierno  representati- 
vo de  su  Provincia.  Al  efecto  reproduciremos  aquí  algunas  de 
sus  notas,  entre  otras  muchas  análogas  que  publicaremos,  re- 
<K)xn6ndando  la  convocatoria  de  diputados  y  de  electores,  ante- 


—  217  — 

riorcs  en  sus  feclias  á  las  que  hemcs  publtcaclo  antes,  relativas 
at  desconocimiento  de  la  Asamblea  reunida  en  la  Capilla  de  la  ' 
chacra  de  Maciel . 

Conviene  observar  que  en  la  primera  do  las  notas  que  traa- 
cribimos  ahora,  el  General  Artigas  anuncia  proceder  c'e  acuer- 
do con  el  Ganoral  en  Jefe,  pero  es  bien  sabido  que  el  General 
Eondeaii,  á  posar  de  su  carácter  templado  y  conciliador,  y  de 
lo  mucho  que  didtingtiia  á  Artigas,  como  lo  hemos  dicho  antes, 
trató  de  cruzar  en  sus  circnlaree,  cumpliendo  órdenes  recibidas 
del  Triunvirato,  los  trabajos  de  aquel,  como  en  mucha  parte  lo 
consiguió,  produciéndose  asi  tan  peligrosa  discordia  entre  los 
mismos  Oriontales,  después  de  la  reunión  del  Congreso  en  la 
Capilla  del  Niño  Jesús,  que  hemos  indicado  antes: 

Esa  oposición  fué  como  lo  hemos  dicho,  la  que  engendró  las 
primeras  é  irremediables  disensiones  entre  Artigas,  como  jefa 
de  su  Provincia  investido  con  tal  carácter,  y  Rondeau  como 
General  del  ejército  de  Buenos  Aires,  que  no, quería  consentir 
en  la  superioridad  cívica  de  aquel  al  aspirar  á  fundar  un  go- 
bierno administrativo  y  municipal  en  la  Provincia,  con  esclu- 
siva  superintendencia  local. 

He  aqui  las  notas  á  que  hemos  hecho  referencia: 

«  Hemos  convenido  con  el  Sr.  General  en  gefe  Don  José 
Rondeau  en  convocar  á  los  pueblos  de  esta  Provincia  para  que 
por  medio  de  sus  respectivos  electores  concurran,  dentro  de 
veinte  dias  contados  desde  la  fecha,  á  este  mi  alojamiento,  y 
seguidamente  al  Cuartel  General,  según  las  deliberaciones  que 
anteceden. 

«  A.  este  efecto  para  fijar  los  poderes  conque  deben  venir  los 
dichos  electores,  circulo  por  mi  parto  las  adjuntas  instrucciones. 
Según  ellas,  en  el  primer  día  efectivo  que  siga  al  recibo  de  este 
oficio,  V.  S.  se  servirá  convocar  y  reunir  ante  si  á.  los  vecinos 
americanos  de  ese  pueblo,  y  ademas,  notoriamente  adictos  al 
sistema  patrio,  y  procederán  al  nombramiento  de  un  elector,  el 


j:' 


A 


—^218  — 

cual  será  el  que  concurrirá  por  ese  pueblo  al  Congreso  que  m 
ha  de  celebrar  en  este  campo,  y  al  que  se  seguirá  en  el  Cuartel 
General,  según  las  deliberaciones  que  anteceden ;  y  paralo  cual, 
con  esta  propia  fecha,  el  mismo  Sr.  General  en  gefe  expide  las 
circulares  competentes. 

«  Yo  espero  que  V.  S.  penetrado  de  la  dignidad  del  objeto 
y  tan  particularmente  interesado  en  el  explendor  de  la  provin- 
cia, hará  mantener  la  mejor  exactitud,  tanto  en  el  modo  de  la 
ejecución,  como  •n  las  demás  circunstancias,  procurando  que  la 
buena  f¿  brille  en  todo  el  acto,  y  que  el  electo  merezca  la  con- 
fianza de  su  pueblo,  por  sus  sentimientos  y  probidad  ;  para  de 
este  modo  asegurar  la  dignidad  y  ventajas  de  los  resultados, 
como  corresponde  al  interés  y  decoro  del  grande  pueblo  Orien- 
tal. 

«  Tengo  el  honor  de  ser  de  V.  S.  muy  atento  venerador. 

José  Artigas. 
Delante  de  Montevideo,  15  de  Noviembre  de  1813. 
Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  Soriano. » 


Hé  aqui  la  nota  dirigida  al  Cabildo  de  Montevideo  á  que  he- 
mos hecho  referencia  al  principio  de  est«  capítulo  como  de- 
mostrativa de  la  tendencia  de  Artigas  de  acudir  al  pueblo  co- 
me base  de  sus  resoluciones. 

«  Presento  á  la  superior  penetración  de  V.  S.  esos  documen- 
tos relativos  á  la  revolución  de  Santa  Fe  y  sus  resultados. 
Igualmente  esos  partes,  que  últimamente  he  recibido  de  la 
frontera. 

«  Las  complicaciones  se  aumentan,  y  no  quisiera  por  más 
tiempo  tener  incierto  el  objeto  de  la  revolución.  Pueden  adop- 
tarse medidas  muy  eficaces  para  no  inutilizar  nuestros  sacrifi- 


_  219  — 

cios  y  aventurar  miostr»  suerte-  El  negocio  es  importante,  y 
no  quisiera  fiar  á  mi  resolución  lo  que  á' todos  interesa.  Por  lo 
mismo  creo  oportuno  la  reunión  de  un  Congreso  gen«ra1.  De- 
seo llenar  la  confianza  de  mis  cdnciudadanoe,  y  que  ellos  me 
inspiren  eus  recíprocos  sentimientos.  Así  podrán  adoptarse 
medidas  saludables,  y  nuestra  segundad  interior  se  afianzará 
sobre  los  polos  de  la  opinión  y  del  poder.  Eosuelto  estoy  á  lle- 
var adelante  esta  idea,  y  el  correo  reñidero  tendrá  V.  9.  el  por- 
menor de  los  de^'Alles  relativos  á  este  fin.  Por  ahora  sola  tengo 
quo  insinuar  á  V.  S.  la  devolución  de  la  adjunta  comunicación. 
«  Tengo  la  honra,  etc. 

«  Cuartel  General,  Marzo  17  de  1816. 

José  Artigas.  » 

«  Al  muy  ilustre  Cabildo  de  Montevideo,  » 


No  se  extrañe  que  ampliemos  nuestras  pruebas,  anticipán- 
donos al  texto  de  nuestra  obra;  porque  tratándose  de  materia 
tan  interesante  como  la  que  tratamos  en  este  capitulo,  creemos 
que  conviene  superabundar  en  comprobaciones  con  documen- 
tos que  no  son  aun  conocidos,  y  que  han  de  hacer  coincidir  al 
lector  en  nuestra  convicción  respecto  de  las  tendencias  refor- 
madoras de  Artigas- 
Apenas  derrocado  el  tiránico  Director  Supremo  General  Al- 
vear  por  la  revolución  de  Fontezuelas,  el  General  Artigas  se 
preocupó  ya  de  la  reunión  de  un  Congreso  Oriental,  demos- 
trando asi  en  medio  de  una  situación  belicosa,  aquellas  ten- 
dencias organizadoras,  asi  como  el  espíritu  que  le  animaba  de 
buscar  en  el  sufragio  de  sus  conciudadanos  el  prestigio  que  ya 
tenia  asegurado  por  medio  de  sus  armas. 


—  220  — 

Ea  necesario  darao  cuenta  de  la  tremenda  situación  que  el 
Genera!  Artigas  había  afrontado  resueltamente  un  mes  antes 
llevando  su  ejército  hasta  Santa  F¿,  para  do  allí  invadir  la 
provincia  do  Buenos  Aires,  contestando  con  una  guerra  franca 
y  decisiva  al  Director  Alvear,  quien  A  su  tumo  enviaba  otro 
ejército  á  su  encuentro. 

Solo  meditando  sobre  esa  situación  tan  tmbulenta  podrá  re- 
conocerse cuan  firme  y  decidida  debía  ser  la  resolución  do  Ar- 
tigas de  entrar  en  el  terreno  de  las  reformas  y  de  la  reorgani- 
zación del  Estado  Oriental,  bajo  la  base  del  sistema  represen- 
tativo, inmediatamente  después  do  aquellos  grandes  sucesos,  y 
apenas  emprendía  su  regreso  á  su  pais,  como  un  vencedor  sa- 
tisfecho de  sus  triunfos. 

Es  de  esto  modo  como  puede  apreciarse  la  sinceridad  de  loa 
propósitos  reformistas  del  General  Artigas  dedicándose  inme- 
diatamente á  procurar  la  rsuniou  del  Congreso  Oriental  do  que 
dan  cuenta  la  Nota  y  Reglamento  siguientes: 

Esa  reglamentación  electoral  prescrita  por  Artigas,  cuyas 
bases  ó  condiciones  serian  hoy  mismo  dignas  do  aprobación, 
por  laa  garantías  que  aseguraban  al  voto  cívico,  revelan  en 
Artigas  como  so  verá,  las  cualidades  del  refoimador  político 
que  le  hemos  atribuido  con  vista  de  tan  satisfactorias  pruebas. 

Hé  aquí  dicha  nota : 

a  Conducidos  los  negocios  piiblicos  al  alto  punto  en  que  se 
ven  es  peculiar  al  pueblo  sellar  el  primer  paso  que  debe  se- 
guirse á  la  conclusión  de  las  transaciones  que  espero  formali- 
zar. 

<c  En  esta  virtud,  creo  ya  oportuno  reunir  en  ITercedes  un 
Congreso  compuesto  de  diputados  de  los  pueblos.  Y  para  fa- 
cilitar el  modo  ds  su  elección,  tengo  el  honor  de  acompañar  á 
V.  S.  el  adjunto  Reglamento,  confiando  eu  el  esmero  de  esa 
Ilustre  Corporación,  que  eludiendo  hasta  el  menor  motivo  de 
demora,  al  momento  de  recibir  ésta,  dé  las  disposiciones   com- 


—  221  — 

peteiites  para  que  con  iguül  actividad  ee  proceda  en  toda  la  jvi- 
risdiccion  de  esa  plaza,  capital  de  Proviucia,  á  la  reunión  de 
Asambleas  electorales,  encargaudo  muy  particularmente  que 
los  ciudadanos  en  quienes  la  mayoridad  de  sufragios  haga  re- 
caer la  elección  para  diputados,  sean  inmediatamente  provis- 
tos de  sus  credenciales  y  poderes,  y  se  pongan  con  toda  pron- 
titud en  camino  al  indicado  iJueUo  de  Mercedes. 

El  órd«n,  la  sencillez  y  la  voluntad  general  deben  caracteri- 
zar el  todo  que  recomiendo  al  celo  de  V.   S. 

Tengo  el  honor,  etc. 

Cuartel  Geui-ral,  Abrü  29  de  1815. 

José  Artigas. 

Al  Muy  Ilustre  Cabildo. 


«  Beglamenío  de  que  se  sci-virá  el  Muy  Ilustre  Cahildo  de  la 
ciudad  de  Muiiiavideo  para  la  reunión  de  las  Asambleas  dcdova- 
les,  y  no»d}raMÍento  de  diputados  que  deben  emanar  de  ellas,  para 
el  Congreso  coMocudo  en  esla  data. 

1."  La  ciudad  se  dividirá  cu  cuatro  cuarteles,  ó  departamen- 
tos; 1»  comprensión  de  cada  uno  de  ellos  será  fijada  por  el 
Muy  Ilustre  Cabildo. 

2."  Los  ciudadanos  AntoHn  Reina,  Eamon  de  la  Piedra,  Pa- 
blo Pérez  y  Santiago  Cardoso,  miembros  del  M.  I.  C.  presidirán 
reparadamente  en  cada  uno.  La  suerte  decidirá  el  que  priva- 
tivamente les  correí-ponda. 

3.°  Los  ciudadanos  de  cada  departamento  concurrirán  desde 
las  nueve  de  la  mañana  hasta  las  cinco  y  media  de  la  tarde  del 
dia  subsiguiente  á  la  recepción  de  la  orden  de  esta  data,  á  las 
casas  que  indiquen  loa  respectivos  presidentes,  á  nombrar  trea 
electores  correspondientes  á  au  distrito. 


4."  El  voto  irá  bajo  una  cubierta  cerrada  y  sellada:  y  el  so- 
bre en  blanco.  En  Ir  mesa  del  presidente  firmará  todb  sufra- 
gante eu  nombre  en  el  sobreacrito,  que  también  se  rubricará 
por  aquél,  y  un  Escribano  que  debe  serle  asociado.  El  E&cri- 
bano  numerará  y  anotará  los  papeles  entregados  por  los  votan- 
tes, echándolos  en  una  caja,  que  concluida  la  hoi-a  se  conducirá 
cerrada  al  Muy  Duetre  Cabildo,  el  cual  abrirá  las  cuatro  suce- 
aivamonte,  y  cotejando  en  cada  uno  loa  votos  con  la  numera- 
ción y  anotación,  procederá  al  escrutinio. 

6°  Los  tres  ciudadanos  que  en  cada  departamento  saquen  la 
pluralidad,  se  tendrán  por  electores  para  el  nombramiento  de 
diputados,  al  que  procederán,  siendo  citados  acto  continuo. 

6."  Reunidos  en  la  Sala  Capitular  se  separará  de  ella  el  M.I. 
Cabildo,  y  nombrarán  ellos  un  presidente  entro  si,  y  harán  la 
elección  de  tres  diputados,  que  serán  los  que  concurrirán  por 
esa  ciudad  capital  de  provincia  al  Congreso  indicado. 

7."  Electos  los  tres  diputados  so  les  comunicará  inraediata- 
mento  las  credenciales  y  poderes  competentes  en  la  forma 
que  corresponde. 

8."  El  M.  I.  Cabildo  trascribirá  respectivamente  á  todos  loa 
pueblos  de  la  Provincia  hasta  las  márgenes  del  Rio  Negro,  el 
reglamento  preciso  para  la  reunión  de  sus  Asambleas  electora- 
les, debiendo  nombrarse  en  cada  una  un  diputado  por  cada 
pueblo  para  concurrir  al  predieho  Congreso. 

9,"  Se  pondrá  muy  ¡larticular  esmero  en  que  todo  se  verifi- 
que con  la  mayor  sencillez  posible,  cuidando  que  el  resultado 
sea  simplemente  la  voluntad  gcnpral. 

Dado  en  este  Cuartel  general  á  29  de  Abril  de  1S15. 

% 

José  Artigas^. 


—  223  — 

He  aquí  otras  dos  notas  de  no  menor  importancia,  en  nna  de 
las  cuales  se  hace  resaltar  el  espíritu  de  autonomía  en  que  de- 
bían inspirarse  los  nuevos  funcionarios  que  se  eligiesen: 


«  Ya  supongo  en  manos  de  V.  S.  la  resolución  sobre  la  cau- 
sa de  los  ciudadanos  Tomás  García  Zúniga  y  Felipe  Santiago 
Cardoso . 

«  Concluido  este  acto  por  el  Pueblo,  es  preciso  pensar  en  la 
elección  de  nuevo  Cabildo  Gobernador,  y  deseando  que  todo 
se  haga  con  el  mejor  orden,  y  que  de  un  modo  solemne  se  es- 
prese la  voluntad  de  los  pueblos  en  sus  gobernantes,  he  resuel- 
to indicar  á  V.  S.  lo  siguiente: 

«  Que  inmediatamente  pide  V.  S .  á  cada  Cabildo  de  los 
pueblos  que  lo  tengan,  un  elector,  que  será  un  miembro  por 
cada  una  de  las  respectivas  Municipalidades .  Al  efecto  oficia- 
rá V.  S.  inmediatamente  á  todos  los  Cabildos  para  que  man- 
den su  elector,  que  deberá  hallarse  en  esta  ciudad  para  el  últi- 
mo dia  del  año,  en  que  deberán  verificarse  dichas   elecciones . 

«  En  ellas,  á  más  do  los  electores  indicados,  concurrirán  con 
V.  S.  á  su  Casa  capitular  cuatro  electores  nombrados  por  los 
cuatro  cuarteles  correspondientes  á  esa  ciudad  y  dos  más  por 
sus  extramuros . 

«  En  este  número  concurrirán  los  sufragantes  el  dia  último 
del  año,  á  votar  por  aquellos  sujetos  que  deban  servir  los  em- 
pleos consegiles  el  año  entrante. 

«  La  pluralidad  en  los  sufragios  será  el  principio  de  su  apro- 
bación. V.  S .  me  dará  parte  inmediatamente  de  los  que  resul- 
taren electos,  para  su  aprobación  y  dia  de  recibimiento. 

Después  de  nombrado  ese  Muy  Ilustre  Cabildo  Gobernador, 
se  le  pasarán  al  mismo  las  Instrucciones  necesarias  para  el 
nombramiento  de  los  otros  Cabildos  en  sus  respectivas  juris- 
dicciones, que  se  verificarán  en  todo  Enero  del  año  entrante. 


«  Es   cuanto   tengo  que  (¡omunicar  á  V.  S.  saludándole  con 
toda  mi  afección. 

«  Cuartel  General  10  do  Diciembre  do  1815. 

José  Artifias.  » 
«  Al  Muy  Ilustre  Cabildo  Gobernador  de  Montevideo.  » 


lié  aquí  otra  nota  no  menos  interesante  sobro  el  mismo  tó- 
pico: 

«  Presento  á  V.  S,  el  orden  electoral  que  cjula  Cabildo  res- 
pectivamente debe  guardar  para  ol  nombramiento  de  los  nue- 
vos magistrados  que  deben  regir  e]  año  pret-í-nle.  Cada  Ca- 
bildo convocará  á  todos  los  jueces  pedáneos,  y  á  los  jueces 
de  los  pueblos  menores,  y  un  elector  por  cadaiiuu  de  estos,  que 
será  el  juez  electo  para  el  año  presente. 

Todos  concurrirán  el  dia  prefijado  por  el  Cabildo  par*  la 
elección . 

«  En  ella  se  nombrai'án  los  miembros  que  ilüben  componer 
y  regir  el  Cabildo  el  presento  año.  Se  nombrarán  igualmente 
todos  los  jueces  pedáneos  para  BU3  rospactivos  partidos.  Sola- 
mente los  nuevos  jueces  de  los  pueblos  serán  electos  por  el 
mismo  pueblo,  debiendo  serlo  el  mismo  elector,  según  arriba 
86  provino,  y  lo  hará  presente  cada  Cabildo  á  !us  jueces  respec- 
tivos, á  quienes  oficie  para  que  con  este  cono'iiniento  elija  el 
pueblo  á  un  sujeto  capaz  y  digno  de  su  confianza.  Por  los  pue- 
blos donde  bay  Cabildo,  se  nombrarán  dos  electores,  que  con- 
curran con  los  demás  al  nombramiento,  según  el  orden  que  han 
visto  observar  por  los  representantes  en  el  Congreso  electoral 
celebrado  en  Montevideo ,  Todo  el  que  haya  de  tener  voz  y 
voto  deberá  ser  americano,  de  lo  contrario  queda  excluido . 

«  Bespuea  de  concluidas  las  elecciones,  cada  Cabildo  raspee- 


—  226  — 

ivamente  pasará  sus  elecciones  al  Gobierno  de  Montevideo 
>8ra  su  confirmación;  de  lo  que  se  me  dará  parte  para  mí  de- 
)ido  conocimiento.  Habida  la  prediclia  confirmación,  se  pon- 
Irá  en  posesión  de  sus  nuevos  empleos  á  los  electos,  quienes, 
.nte  el  Cabildo  y  Congreso  electoral,  prestarán  su  juramento 
)or  lo  sagrado  de  la  patria,  de  desempeñar  fiel  y  legalmente 
os  empleos  que  se  les  han  confiado,  y  en  adelante  se  les  con- 
iaren,  consen-ando  ilesos  los  derechos  de  la  Banda  Oriental  que 
^gnatncnte  sostiene  él  jefe  de  los  Orientales,  ciudadano  D.  José 
irtigas.  En  seguida  pasarán  los  nuevamente  electos  á  la  Igle- 
ia,  como  es  costumbre,  á  ofrecer  al  Todo-Poderoso  sus  deseos 
)0r  el  bien  público  en  la  misa  solemne  que  al  efecto  dirá  el 
!/Ura  de  cada  pueblo  donde  se  halle  reunido  el  Congreso  elec- 
oral.  Todo  lo  que  hará  V.  S.  presente  a  los  demás  Cabildos, 
)asándole8  copia  certificada  da  mi  resolución  para  el  más  exac- 
.0  cumplimiento. 
«  Tengo  la  honra,  eta 

«  Cuartel  General,  etc..  Enero  9  de  181G. 

«  Jasé  Artigas. 

<  Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  Montevideo.  » 

Terminaremos  aqui  nuestras  lijeras  apreciaciones  sobre  los 
ensayos  y  trabajos  de  organización  política  á  que  el  Genoral 
Artigas  qiieria  dar  justa  preferencia.  Por  mas  imperfectos  que 
ellos  fiíesen,  ensayados  desde  los  campamentos  durante  un  es- 
tado do  guerra,  ó  de  activa  preparación  para  resistirla,  son  asi 
mismo  demostrativos  de  un  laudable  espirita  de  reforma,  espe- 
cialmente sí  se  les  juzga  desde  el  punto  de  vista  de  esa  ¿poca 
en  que  todo  se  hallaba  en  embrión,  y  en  que  intereses  tan  en- 
contrados y  reaccionarios,  y  aptitudes  tan  incompetentes  en 
loa  hombres  públicos  que  recien  eurjian,  estorbaban  toda  refor- 
ma, toda  reorganización  política,  jg 


—  226  — 

Vamos  ahora  á  comprobar  de  un  modo  satisfactorio  cuanto 
se  preocupaba  Artigas  del  progreso  material  de  la  Provincia, 
del  fomento  de  sus  intereses  rurales,  base  principal,  ó  más  bien 
única  entonces,  de  su  riqueza,  y  con  que  espíritu  metódico  y 
liberal  se  esforzaba  por  dar  arraigo  y  medios  de  trabajo  y  sub- 
sistencia á  todos  sus  habitantes,  y  en  especial  á  los  mas  desva- 
lidos. 

Queremos  referimos  á  un  Reglamento  formulado  por  el  Ge- 
neral Artigas  en  1815,  que  sin  duda  se  publica  ahora  por  pri- 
mera vez  en  la  Bepública,  siéndonos  muy  grato  hacerlo  conocer 
de  nuestros  lectores. 

Escusamos  estensos  comentarios  á  que  se  presta  el  examen 
de  ese  documento .  Nos  limitamos  á  su  inserción,  creyendo  que 
asi  podrá  adquirirse  una  idea  aproximada  del  estado  anor- 
mal y  armiñadísimo  en  que  habia  quedado  la  provincia  en 
aquella  época  remota,  y  las  benéficas  reformas  que  en  ella  se  en- 
sayaban bajo  el  importante  punto  de  vista  del  desarrollo  de  loa 
intereses  rurales,  de  su  policía  de  campaña,  y  del  proyectado 
mejoramiento  de  condición  de  su  escasa  población  laboriosa. 

Para  ser  apreciado  con  justicia  este  valioso  documento,  debe 
recordarse  que  él  se  expedía  bajo  un  estado  de  guerra  activa 
con  la  España,  en  que  los  españoles  ó  europeos,  pues  no  habia 
otros  en  la  Provincia,  eran  considerados  como  enemigos  irre- 
conciliables, y  maltratados  como  tales;  estando  confiscados  sus 
bienes  en  toda  la  América  insurjente. 

De  tales  prácticas  y  vejámenes  habían  dado  un  odioso  ejem- 
plo los  españoles,  persiguiendo  á  los  criollos^  tratándoles  con 
torpe  crueldad,  y  educándolos  así  en  esa  escuela  de  duras  re- 
presalias, que  por  fortuna  para  esta  sección  de  la  América  in- 
dependiente, no  fué  nunca  tan  horrenda  y  execrable  como  lo 
fué  la  conducta  de  los  españoles  en  el  Sud  de  Chile,  en  el  Alto 
Pera,  en  Venezuela  y  en  Méjico . 


—  227  — 

Así  también,  en  materia  de  confiscación  y  enormes  contriba- 
iones  de  guerra,  habían  iniciado  iguales  prácticas  los  gober- 
tadores  militftres  que  dominaron  en  Montovidco  después  de  la 
mtrada  de  las  tropas  patriotas  á  las  órdenes  de  Alvear,  cuando 
e  embargaron  y  vendieron  la  mayor  parte  do  loa  bienes  ral- 
es y  aún  muebles,  bajo  la  calificación  de  propiedades  extraíiaa, 
ixistentes  en  esta  Provincia,  de  pertenencia  de  los  españoles 
iresentes  ó  de  los  emigrados. 

Con  estas  salvedades  indispensables,  se  reconocerá  también 
luan  calumnioso  ha  sido  el  cargo  que  se  ha  hecho  al  Qeneral 
i.rtiga8  por  sus  enemigos  de  ser  un  caudillo  vulgar  é  indolen- 
e,  sin  aspiraciones  de  progreso  ni  de  orden  en  favor  de  sa 
Provincia,  y  de  no  haberse  preocupado  jamás  de  la  organiza- 
ion  de  su  campaña. 


leglamento  provlBorio  de  la  Provincia  Oriental  para  el  fomeato 
da  sa  campaña  y  seguridad  de  sus  hacendados. 


«  1."  El  Sr.  Alcalde  Provincial  además  de  sus  facultados  or- 
linarías,  queda  autorizado  para  distribuir  terrenos  y  velar  so- 
ire  la  tranquilidad  del  vecindario,  siendo  el  Juez  inmediato  en 
odo  el  orden  de  la  presente  Instrucción. 

2."  En  atención  á  la  vasta  extensión  de  la  campaña  podrá 
nstituir  tres  sub-Tenientes  de  provincia,  señalándoles  su  juris- 
liccion  respectiva,  y  facultándolos  según  este  Reglamento. 

3."  Uno  deberá  instituirse  entre  Uruguay  y  Rio  Negro,  otro 
mtre  Rio  Negro  y  Yi;  otro  desde  Santa  Lucía,  hasta  la  costa 
le  la  mar,  quedando  el  Sr,  Alcalde  Provincial  con  la  jurisdic- 
ioa  inmediata  desde  el  Yi  hasta  Santa  Lucia. 

4."  Sí  para  el  desempeño  de  tan  importante  comisión  halla- 
■e  el  Sr.  Alcalde  Provincial,  y  Subtenientes  de  Provincia  ne- 
:esitarse  de  más  sujetos,  podrá  cada  cual  instituir  en  sus  res- 


—  928  — 

p3ctiva5  jurisdicciones  Jilecos  Petláncoe,  qna  ayuden  á  ejecu- 
tar las  medidas  adoptadas  para  el  entable  del  mejor  órdon. 

o."  Estos  comisionados  darán  cuenta  á  sus  respectivos  sub- 
Teiñeiites'de  Provincia;  estos  oí  Sr.  Alcalde  Proriucial,  de 
quiun  recibirán  las  órdenes  precisas;  éste  las  recibirá  dsl  Go- 
bierno da  Montevideo,  y  por  éste  conducto  serán  tiasmisibles 
otras  cualesquiera  que  además  de  las  indicadas  en  ésta  Instruc- 
ción, 30  croan   adaptables  á  las  circunstancias, 

G."  Por  ahora  el  Sr.  Alcalde  Provincial  y  domas  subalter- 
r.os  se  dedicarán  ¿fomentar  con  brazos  útiles  la  población  de 
la  campaña.  Para  ello  revisará  cada  uno,  en  sus  respectivaa 
j'arisdiccio'.ies,  los  terrenos  disponibles;  y  los  sujetos  dignos 
de  ésia  gracia,  con  prevención,  que  los  más  infelices  során  los 
más  privilegiados.  En  consecuencia  los  negios  libres,  í os  zam- 
bos do  esta  clase,  los  indios  y  los  criollos  pobres,  todos  podran 
ser  agraciados  con  suerte  de  estancia,  si  con  su  trabajo  y  hom- 
bria  de  faien  propenden  á  su  felicidad, y  ala  do  la  Provincia. 

7.  "  Serán  igualmente  agraciadas  ¡as  viudas  pobres  si  tuvie- 
ren hijos.  Serán  igualmente  preferidos  los  casados  á  los  ame- 
ricanos solteros,  y  estos  á  cualquier  estranjero. 

a.  °  Los  solicitantes  se  apersonarán  ante  el  señor  Alcalde 
Provincial,  ó  los  subalternos  de  los  partidos,  donde  eligie- 
ren el  terreno  para  su  población.  Estos  darán  su  informe  al 
señor  Alcalde  Provincial  y  éste  al  Gobierno  do  Monteí  ideo  de 
quien  obtendrán  la  legitimación  de  la  donación,  y  la  marca  que 
daba  distinguir  las  haciendas  del  interesado  en  lo  sucesivo. 
Para  ello  al  tiempo  de  pedir  la  gracia  se  informará  si  el  solici- 
tante tiene  ó  no  marca:  si  la  tiene  será  archivada  en  el  libro  de 
marcas,  y  de  no,  se  le  dará  en  la  forma  acostumbrada. 

9."  El  M.  I.  Cabildo  Gobernador  de  Montevideo  despachará 
estos  rescriptos  en  la  forma  que  estime  más  conveniente.  Ellos 
y  las  marcas  serán  dados  graciosamente,  y  se  obligará  al  Re- 


gicfor  encargado  de  Propios  do  ciudad,  lleve  una  razón  esacta 
de  oataa  donaciones  do  la  Provincia. 

10.  Los  agraciados  serán  puostos  en  posesión  desde  «!  mo- 
mento que  se  haga  la  denuncia  por  el  Sr.  Alcalde  Provincia], 
ó  por  cualf[uiera  de  los  subalternos  4©  ésto. 

11.  Después  de  la  posesión  serán  obligados  los  agraciaoos 
por  el  Sr.  Alcalde  Provincial,  ó  domas  sabalternos  á  formrj;" 
un  Ranclio  y  dos  corrales  sn  e!  término  preciso  de  dos  meses, 
los  quo  cumplidos,  si  se  advierte  la  misma  negligencia,  stn-X 
aquel  terreno  donado  i  otro  vecino  más  laborioso  y  biinéf.co  á 
la  Provincia, 

12.  Los  terrenos  repartibles,  son  todos  aquellos  de  emigra- 
dos, malos  europeos  y  peores  amoricanos  que  hasta  la  fecha  no 
80  hallan  indnltadoK  por  el  gefe  do  la  Provincia  para  poseei- 
sus  antiguas  propiedades, 

13.  Sonin  igualmente  repartibles  todos  aquellos  terrenos 
quo  desde  el  año  de  ISIO,  liasta  el  de  1S15,  en  que  entraroa 
loG  orientales  á  la  plaza  de  Jloníevideo,  hayan  sido  vendidos, 
ó  do:;ado3  por  el  Gobierno  de  ella. 

lá.  En  esta  clase  de  terrenos  Labra  la  excepción  siguiente. 
Sí  fueran  donados  ó  vendidos  á  orientales  ó  á  extraños  ¡  —  Si  ;■- 
los  primeros,  se  les  douai'á  una  suerte  de  estancia  conforme  al 
presento  reglamento:— Si  á  los  segundos,  todo  es  disponible  en 
la  forma  díciía. 

15."  Para  repartir  los  terrenos  do  Europeos  y  malos  ameri-- 
canos  se  tendrá  presento  si  éstos  son  casados,  ó  solteros.  De 
é^tos  todo  es  disponible.  De  aquellos  se  atenderá  al  niunero  de 
BUS  hijos,  y  con  concepto  á  quo  éstos  no  sean  perjudicados,  se 
les  dará  lo  bastante  para  que  puedan  mantenerse  en  lo  sucesi- 
vo, siendo  el  resto  disponible,  si  tuvieren    demasiado  terreno. 

IG.'  La  demarcación  de  los  terrenos  agraciables,  será  legua  y 
media  de  frente,  y  dos  de  fondo,  ea  la  inteligencia  que  puedo 
hacerse  mi'is  ó  menos  extensiva  la  demarcación,  según  la  loca- 


—  230  — 

lidad  del  terreno,  en  el  cual  siempre  se  proporcionarán  agua- 
das, y  si  lo  pennite  el  lugar,  linderos  fijos;  quedando  al  celo  de 
los  comisiona  líos,  economizar  ©1  terreno  en  lo  posible,  y  evitar 
en  ]o  sucesivo  desavenencias  entro  vecinos. 

17.  Se  volará  por  oí  Gobierno,  el  señor  Alcalde  Provincial, 
y  demás  subaUornof?  para  que  los  agraciados  no  posean  mis 
que  una  siu^rto  do  estañóla.  Podrán  ser  privilegiados  sin  em- 
bargo, los  qne  iiu  t^jngan  más  que  una  suerte  de  chacra:  podrán 
también  ser  agraciados  los  americanos  que  quisiesen  mudar  de 
posición,  d?Í!indo  la  que  tienen  á  beneficio  de  la  Provincia, 

18.  Podrán  reservarao  únicamente  para  beneficio  de  la 
Provincia  el  Rincón  (le  Pan  de  Azúcar  y  el  del  Cerro  para 
mantener  las  reyunadas  de  su  servicio.  El  Rincón  del  Rosario 
por  su  ostensión  puede  repartirse  hacia  el  lado  de  afuera,  en- 
tre algunos  agraciados,  reservando  en  loe  fondos  tina  extensión 
bastante  á  mantener  cinco  ó  seis  mil  reyunos  de  los  dichos. 

19.  Los  agraciados,  ni  podrán  enagenar,  ni  vender  estas 
suertes  do  estancia,  ni  contraer  sobre  ellos  débito  alguno,  bajo 
la  pena  de  nulidad,  hasta  el  arreglo  formal  de  la  Provincia,  en 
que  olla  deliberará  lo  conveniente. 

20.  El  M.  I.  Cabildo  G-obemador, ó  quien  él  comisione,  me 
Ijasará  un  estado  del  número  de  agraciados  y  sus  posiciones 
para  mi  conocimiento . 

21.  Cualquier  terreno  anteriormente  agraciado,  entrará  en 
el  ¿rden  del  presente  Reglamento,  debiendo  los  interesados 
recabar  por  medio  del  Sor.  Alcalde  Provincial  su  legitimación 
en  la  manera  arriba  expuesta,  del  M.  I.  Cabildo  de  Montevi- 
deo. 

22.  Para  facilitar  el  adelantamiento  do  estos  agraciados,  que- 
dan facultados  el  Sor.  Alcalde  Provincial  y  los  tres  Subtenien- 
tes de  Provincia,  quienes  únicamente  podrán  dar  licencia  para 
que  dichos  agraciados  se  reúnan  y  saquen  animales  asi  vacu- 
nos, como  cabalgares  de  las  mismas  estancias  do  los  europeos 


—  231  ^ 

y  malos  americanos  que  se  hallen  en  sus  respectivas  jorisdic- 
ciones .  En  manera  alguna  se  permitirá  que  ellos  por  si  solos 
lo  hagan :  siempre  se  les  señalará  un  Juez  Pedáneo,  ú  otro  co- 
misionado para  que  no  se  destrozen  las  haciendas  en  las  corre- 
rias,  y  las  que  se  tomen  se  distribuyan  con  igualdad  entre  los 
concurrentes,  debiendo  igualmente  celar  asi  el  Alcalde  Provin- 
cial, como  los  demás  subalternos,  que  dichos  ganados  agracia- 
dos no  sean  aplicados  á  otro  uso  que  al  de  amansarlo,  caparlo 
y  sujetarlo  á  rodeo , 

23.  También  prohibirán  todas  las  matanzas  á  los  hacenda- 
dos, si  no  acreditan  ser  ganados  de  su  marca:  de  lo  contrario 
serán  decomisados  todos  los  productos,  y  mandados  á  disposi- 
ción del  Gobierna 

24.  En  atención  á  la  escasez  de  ganados  que  experimenta 
la  Provincia,  se  prohibirá  toda  tropa  de  ganado  para  Portugal. 
Al  mismo  tiempo  que  se  prohibirá  á  los  mismos  hacendados  la 
matanza  del  hembraje,  hasta  el  restablecimiento  de  la  cam- 
paña. 

25.  Para  estos  fines,  como  para  desterrar  los  vagabundos, 
aprehender  malhechores  y  desertores,  se  le  dará  al  señor  Al- 
calde Provincial,  ocho  hombres  y  un  sargento,  y  á  cada  tenen- 
cia de  Provincia,  cuatro  soldados  y  un  cabo.  El  Cabildo  deli- 
berará si  estos  deberán  ser  de  los  vecinos,  que  deberán  mudarse 
mensualmente,  ó  de  soldados  pagos  que  hagan  de  esta  suerte 
su  fatiga. 

26.  Los  tenientes  de  Provincia  no  entenderán  en  demandas. 
Esto  es  privativo  del  señor  Alcalde  Provincial,  y  de  los  jueces 
de  los  Pueblos  y  Partidos. 

27.  Los  destinados  á  esta  Comisión,  no  tendrán  oteo  ejercicio 
que  distribuir  terrenos  y  propender  á  su  fomento,  velar  sobre 
la  aprehensión  de  los  vagos,  remitiéndolos  ó  á  este  Cuartel  Ge- 
neral, 6  al  Gobierno  de  Montevideo,  para  el  servicio  d©  las  ar- 
mas. En  consecuencia,  los  hacendados  darán  papeletas  á  sufl 


—  332  — 

pMnes,  y  los    que  se    hallaren   sin  esto  requisito,  y  sin  otro 
ejercicio  que  vagar,  serán  remitidos  en  la  íorina  dicha^ 

28.  Serán  igualmento  remitidos  á  este  cuartel  general  los 
desertores  con  armas  ó  sin  ellas  que  sin  licencia  de  sus  jefes  se 
encuentren  en  alguna  de  estas  jurisdicciones. 

'29.  Serán  igualmente  remitidos  por  el  subalterno  al  Al- 
calde Provincial  cualquiera  que  cometiere  algún  homicidio 
hurto  ó  violencia  con  cualquier  vecino  do  su  jnrisdiccion.  Al 
efecto  lo  remitiní  asegurado  ante  el  Sr.  Alcalde  Provincial  y 
un  oficio  insinuándole  del  hecho.  Con  este  oficio,  que  servirá 
de  cabeza  de  proceso  á  la  causa  del  delincuente,  lo  remitirá  el 
Sr.  Alcalde  Provincial  al  G-obierno  de  Montevideo,  para  que 
éata  tome  los  informes  eonvenioüte?,  y  proceda  al  caütigo  se- 
gún el  delito. 

Todo  lo  cual  se  resolvió  de  común  acuerdo  con  el  señor  Al- 
calde Provincial  D.  Juan  Leen  y  D.  León  Pérez,  delegados  con 
este  fin;  y  para  su  cumplimiento  lo  firmé  en  este  Cuartel  ge- 
neral á  10  de  Setiembre  de  1815. 

José  ArtiffCis. 

Nota.  —  En  el  artículo  13,  se  le  agrega  esta  cláusula:  «  no 
comprendiéndose  en  este  artículo  los  patriotas  acreedores  á  es- 
ta gracia.  » 

Está  conforme  con  su  original  y  por  órdon  del  Exmo.  Ca- 
bildo Gobernador  expido  el  presento  que  certifico  y  firmo  en 
Montevideo,  á  30  de  Setiembre  do  1816. 

(Fií-mado)  Pedro  M .  de  Taieyro, 
.  .  Secretario.  » 


—  233    - 

Perdónesenos  que  hayamos  sido  tan  extensos  en  esta  trans- 
cripción de  documentos.  Nos  hemos  decidido  á  ello  no  solo  por 
el  mismo  mérito  relevante  de  estos,  y  por  no  haberse  publica- 
do aun,  sino  también  como  una  demostración  del  espíritu  re- 
formador que  guiaba  al  cücdadano  Artigas  al  procurar  implan- 
tar en  la  Provincia  un  verdadero  sistema  icpresentativo,  aun 
en  medio  de  apremiantes  exigencias  de  una  constante  guerra 
civil  y  extranjera.  Tenía  a  ese  respecto  ideas  íijas,  cuya  espre- 
sion  práctica  la  hallamos  en  su  nota  i  don  L.  Brito,  do  Soria- 
no,  de  fecha  13  de  Abrü  de  1813,  aún  inédita:  «  Yo  felicito  á  to- 
dos viéndolos  ya  represeiiiados.  Es  él  honor  más  grande  de  mi 
pueblo  libre, y> 

Del  mismo  modo  acredita  el  último  de  los  documentos  que 
hemos  publicado  las  tendencias  progresistas  y  protectoras  d© 
los  grandes  intereses  rurales  de  la  Provincia. 

Si  el  General  Artigas  no  so  hubiera  visto  obligado  á  vivir 
en  una  constante  batalla  con  enemigos  implacables  que  desde 
Buenos  Aires  y  el  Brasil  lo  acosaban  por  todas  partos,  sin  tre- 
gua ni  descanso,  y  que  conspiraban  constantemente  contra  él 
en  Montevideo,  en  Entre-Rios  y  en  Santa-Fé,  puede  asegurar- 
se ante  tales  pruebas,  quo  una  administración  presidida  por  él 
en  época  de  completa  tranquilidad,  habria  sido  eminentemente 
reformadora,  laboriosa  y  progresista,  porque  talos  eran  las  as- 
piraciones quo  dominaban  en  su  carácter  y  en  sus  hechos  al 
frente  mismo  de  sus  valientes  milicias  en  campaña,  y  entro  la 
febril  agitación  de  su  azarosa  existencia. 


£1  sentimiento  popular  en  la  provincia  Oriental. 


Se  ha  pretendido  por  algunos  historiadores  que  imponiendo 
el  General  Artigas  un  régimen  despótico  en  su  administración, 
tenia  que  sobreponerse  tiránicamente  al  sentimiento  popular 
de  la  provincia.  Que  es  de  este  modo  como  dominaba  á  su  ca- 
pricho la  voluntad  general,  valiéndose  de  los  medios  coerciti- 
V03  de  que  disponia,  imprimiendo  en  todos  los  actos  públicos 
8U  férrea  voluntad. 

Todo  esto  es  absolutamente  erróneo  y  exajerado. 

El  General  Artigas  no  pesaba  sobre  la  voluntad  de  sus  com- 
patriotas sino  indirectamente,  en  cuanto  se  relacionaba  con  la 
regularizacion  de  la  administración  confiada  á  los  Cabildos  y 
Jueces  Pedáneos,  y  directamente  en  cuanto  se  referia  á  los 
asuntos  de  guerra,  que  eran  de  su  exclusivo  y  absoluto  resorte. 

Aun  asi  mismo,  no  debe  encontrarse  nada  objecionable  ni 
reprensible  en  que  asi  fuese,  dada  la  situación  de  guerra  en- 
carnizada ó  incesante  que  atravesaba  el  pais,  desde  que  aquel 
gran  caudillo  con  tan  legitimes  títulos  adquiridos  en  el  servi- 
cio de  su  provincia,  era,  puede  decirse,  el  depositario  ó  repre- 
sentante de  la  voluntad  general,  ó  al  monos  de  la  mayoría  de 
sus  comprovincianos,  expresamente  formulada  en  Congresos 
Orientales. 

Uniformada  así  esa  opinión,  el  General  Artigas  tenia  por 
lo  mismo  mas  derecho  que  ningún  otro  á  hacer  preponderar. 
en  situaciones  extremas,  lo  que  él  juzgaba  mas  digno  y  mas 
honorable  para  su  país;  dirigido  a!  efecto,  no  solo  por  su  pro- 
pio criterio,  sino  también  por  el  de  otros  eminentes  ciudada- 
nos que  lo  acompañaban  ó  cooperaban  patrióticamente  en  su 
obra  de  ir  reorganizando  la  provincia. 


—  23G    - 

Este  razonamiento  aplicado  á  situaciones  políticas  normales 
en  nuestros  tiempos,  podría  reprobarse  muy  justamente  como 
una  blasfemia,  tratándose  de  democracias  regularmente  cons- 
tituidas en  época  de  paz,  que  tuviesen  que  soportar  una  tira- 
nía on  permanencia. 

Pero  es  necesario  recordar  que  en  1814  y  1815,  on  cuya  épo- 
ca las  leyes  orgánicas  y  constitucionales  estaban  roción  estu- 
diándose y  ensayándose  elemental  mente  como  en  Buenos  Ai- 
res con  el  Estatuto  Provisorio ,  y  con  mucho  mayor  atx*aso  en  el 
resto  de  todo  Sud  América,  aquel  razonamiento  no  era  sino 
una  verdad  práctica. 

Igual  razonamiento  podría  ajDlicarse  en  la  misma  época  ¿ 
casi  toda  Europa,  en  donde  poco  antes,  aun  la  misma  libérrima 
y  avanzada  Inglaterra  se  habia  subordinado  dócil  y  sumisa  al 
Ministerio  de  su  inflexible  Pitt,  bajo  el  cual,  todo,  Estatutos» 
Actas,  Parlamentos,  y  Aristocracia,  tuvieron  que  someterse  á 
la  primordial  necesidad  do  defender  la  patria  contra  el  enemi- 
go conquistador,  el  Gran  Corso. 

Pero  independiente  de  aquella  supremacía  personal  de  Ar- 
tigas, la  provincia  Oriental  se  excitaba  á  sí  propia  por  un  sen- 
timiento tradicional  desde  que  Montevideo  dejó  de  ser  man- 
dado por  Comandantes  Militares  que  venían  de  Buenos  Aires: 
sentimiento  que  no  precisaba  del  estímulo  de  Artigas  para 
palpitar  en  uniforme  armonía  con  la  misma  causa  sostenida 
por  éL 

Ese  sentimiento  venía  exaltándose  desde  mucho  antes  de  la 
revolución  de  Mayo,  produciendo  en  Montevideo  una  ardiente 
aspiración  de  independencia,  que  cada  día  iba  fortaleciéndose 
más  y  más,  creando  serios  antagonismos  y  resistencias  contra 
Buenos  Aires  y  sus  autoridades  en  general,  en  el  orden  político 
y  administrativo  ante  los  Víreyes,  en  el  orden  judicial  ante  la 
Audiencia  y  el  Consulado  de  Comercio,  y  en  el  eclesiástico  an- 
te el  Obispado,  resistidndo  imposición  de  diezmos  y  gabelas ; 


—  237  — 

formándose  asi  en  distintas  épocas  manifestaciones  públicas  en 
favor  y  sosten  de  la  emancipación,  cuyas  pruebas  presoiitare- 
mos  en  ol  testo  de  la  obra. 

Esaa  manifos  tac  iones  so  aceutnaron  en  la  rebelión  del  Orobar- 
nador  EiÍo  contra  el  Virey  Liniefls,  con  la  misión  en  180G  del 
Dr.  Dn.  Nicolás  Herrera  en  Bolicitnd  de  qua  se  erijicsc::i  en 
Montevideo  una  Intendencia  y  Tribnnulea  do  juiisdiccion  y 
otras  prerogativas  propias,  y  por  último  en  los  grundes  m^ri  tos 
y  glorias  adquiridas  por  el  vecindario  do  ésta  ciudad  on  la  re- 
coní^uiata  de  Buenos  Aires  contra  los  Ingleses. 

Existían,  pues,  numerosos  y  serios  fandanientos  ])ara  r]iie 
esa  aspiración  do  libertad  so  convirtiese  en  ana  verdadera  pa- 
sión para  la  entusiasta  multitud,  qiie  voÍa  on  Artigas  ei  inílo- 
xible  representante  y  campeón  de  esa  libertad. 

La  opinión  pública  on  oí  elemento  criollo  respondía,  como  so 
ve,  á  uno  de  los  más  nobles  y  puros  afectos  y  asiiiracior.cí  po- 
pulares: el  de  la  independencia. 

Es  indudable  que  con  ellas  se  robustecía  en  el  pueblo  Orien- 
tal la  convicción  de  su  propio  valer,  la  cual  lo  pre])araba  para 
afrontar  grandes  empresas,  consiilerándose  á  ai  mismo  ii'.iiy 
digno  de  ellas,  y  muy  capaz  por  esta  razón  de  gobernarse  á  sí 
propio. 

Un»pueblo  que 'labia  peleado  en  campo  abierto  y  pedio  á 
pedio  con  la  Inglaterra,  mereciendo  su  capital  ol  timbro  de 
Muy  Leal  y  Re  conquistadora;  (¡y.6  habia  peleado  con  la  Espa- 
ña, con  las  Provincias  Unidas,  y  con  ol  Portugal  en  1812,  teiiia 
dorecbo  de  juzgarse  á  si  mismo  ú  la  altura  de  cualquier  grande 
acontecimiento,  de  cualquier  peligro,  de  cualquier  sacrificio. 

Tenia  sobro  todo  el  dereclio  de  darse  sus  instituciones  polí- 
ticas, de  gobernarse  con  autoridades  nombradas  por  sí  mismo. 

Pero  fuera  de  los  actos  populares  que  respondían  á  la  acción 
de  la  fuei-za,  el  pueblo  que  individualmente  se  sentía  domina- 
do por  la  superioridad  moral  de  Artigas,  le  guardaba  no  sólo 


un  profundo  respeto,  síuo  una  calorosa  y  decidida  adhesión. 
La  poblaciou  criolla  sentía  hacía  él  un  filial  afecto  sobre  todo 
la  de  sus  villas  y  pueblos  del  interior,  considerándolo  no  ya 
como  el  jefe  temido  y  respetado,  sino  como  al  patriarca  vene- 
rable que  uos  describen  las  leyendas  bíblicas,  amparando  i  su 
pueblo,  patrocinándolo,  defendiéndolo,  haciendo  justicia  á  to- 
dos, protegiendo  al  débil  cortra  el  poderoso,  haciendo  respetar 
en  todos  los  hogares  desde  el  más  encumbrado  al  más  humilde, 
el  nombre  del  defensor  de  la  patria  contra  el  extrangero,  fuese 
este  quien  fuese;  y  el  del  protector  de  la  justicia^ 

Si  Artigas  hubiera  podido  alguna  vez  resignarse  á  vivir 
dentro  de  su  país  estando  sometido  éste  á  una  dominación  ex- 
tranjera, hipótesis  del  todo  inaceptable,  siendo  tan  conocida 
su  inflexíbilídad  de  carácter;  asi  mismo,  el  pueblo  habria  ocu- 
rrido constantemente  á  él  en  su  desvalimiento;  venerándolo,  y 
contando  siempre  con  él  como  el  futuro  Guillermo  Tell  de  su 
sangrienta  redención. 

No  podemos  damos  cuenta  si  será  acaso  porque  nos  apasio- 
namos demasiado  por  los  grandes  y  fuertes  caracteres  que  re- 
concentran en  su  pederosa  voluntad  el  dominio  sobre  las  ge- 
neraciones que  les  son  contemporáneas;  pero  así  como  miramos 
en  menos  algunas  grandes  entidades  que  el  vulgo  endiosa  tan 
solo  por  que  han  sabido  hacer  triunfar  la  fuerza  ó  la  inteligen- 
cia :í1  servicio  de  la  conquista,  de  la  usurpación,  ó  de  la  tirania; 
así  también  nos  inclinamos  respetnosos  y  entusiastas  ante  los 
grandes  hombres  que  como  Artigas  solo  dedican  la  fuerza  de 
su  brazo,  el  poder  de  su  inteligencia,  ó  la  elevación  de  su  ca- 
ráctor,  á  sostener  las  libertades  de  su  pueblo,  ó  la  defensa  de 
su  sagrado  territorio . 

Con  tal  criterio,  el  primer  Napoleón  como  Emperador,  es  pa- 
ra nosotros  un  pigmeo  ante  nuestros  Americanos  Bolívar  ó 
San  Martin .  El  abnegado  Belgrano  ganando  sus  gloriosas  vic- 
torias de  Salta  y  Tucuman  pai'a  emancipar  las  provincias  ar- 


gentinas  del  Norte  y  las  del  Alto  Feráj  nos  parece  mucho  más 
noble  j  respetable  que  el  ambicioso  vencedor  de  Austerlitz  ó 
de  Jena . 

La  grandeza  moral  de  los  hombres  no  está,  pues  k  nuestro  jui- 
cio, en  su  propio  valer  j  en  sus  eminentes  cualidades,  sino  en  la> 
nobleza  de  la  causa  á  que  lo  dedican. 

Perdonándosenos  éste  paréntesis,  que  podríamos  ampliar  con 
tantos  argumentos,  y  volviendo  á.  Artigas  y  su  pueblo  idólatra 
de  su  causa,  por  que  era  la  suya  propia,  creemos  conveniente 
reproducir  aquí  algunos  documentos  que  acreditan  el  espontá- 
neo afecto  que  tenia  éste  ¿  aquel,  y  la  impetuosa  decisión  con- 
que lo  segundaba.  El  Cabildo  de  Montevideo  no  era  así  en  sus 
manifestaciones  sino  el  eco  fiel  de  la  opinión  de  los  ciudada- 
nos. 

El  General  Artigas  decidido  á  invadir  la  provincia  de  Bue- 
nos Aires,  para  combatir  al  Director  Alvear  que  enviaba  con- 
tra él  una  fuerte  expedición  á  órdenes  del  Gteneral  Viana,  di- 
rigió desde  el  Paraná  dos  notas  al  Cabildo  de  Montevideo  con 
fecha  3  y  13  de  Abril  de  1815,  la:<  que  nunca  se  han  publicado, 
y  que  además  de  su  tenor  tan  interesante  para  la  historia  de 
aquella  época,  servirán  á  explicar  la  respuesta  dada  á  ellas  por 
el  mismo  Cabildo  de  Montevideo,  como  expresión  del  senti- 
miento popular  que  dominaba  entonces  en  eíta  provincia  en 
favor  de  Artigas  y  de  la  causa  que  el  defendía. 

Como  debe  comprenderse,  esas  notas  están  inspiradas  en  un 
espíritu  guerrero,  desde  que  emanan  del  General  en  Jefe  de 
un  ejército  que  al  pasar  al  Paraná  para  invadir  la  provincia  de 
Buenos  Aires,  iba  á  combatir  al  temible  poder  Directorial  de 
Alvear  apoyado  en  un  ejército  numeroso  y  aguerrido,  sostenido 
también  por  la  fuerte  provincia  de  Buenos  Aires,  dominada 
por  el  terror  de  su  tiránico  gobierno. 

"Bfi  aquí  dichas  dos  notas: 

« Incluyo  á  V.  S.  copia  de  los  últimos  resultados  de  Córdoba, 


—  240    - 

y  demás  adyacentes.  Por  ellos  calculará  el  estaáo  de  nuestras 
negociaciones  y  las  grandes  ventajas  que  hoy  reporta  en  to- 
dos los  pueblos  el  triunfo  de  la  libertad.  Tenga  V.  S.  la  dig- 
nación de  tenerlos  muy  presentes  para  fijar  el  orden  de  laa 
providencias  con  tino  y  circunspección.  Luego  que  nuestra 
uaion  sea  fijada  con  Buenos  Airea  y  deraaa  pueblos,  regrosaré 
prontamente  á  mi  pais,  y  entonce"?  conocerán  mis  conciudada- 
nos las  ventajas  de  haber  prodigado  en  su  obsequio  mis  afanes. 
Tengo  la  honra  de  saludarle  y  ofertarle  mis  ¡ifectuosos  y 
sinceros  respetos,  —  Cuartel  en  el  Paraná  3  de  Abril  de  1815. 

JoBé  Artigas. 

Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  Montevideo.  » 


«  Acompaño  á  V.  S.  esas  Gazetas,  que  manifiestan  aun  los 
sentimientos  do  aquel  Gobierno  y  su  decisión  para  perpetuar 
la  guerra  civil  al  mismo  tiempo  quo  su  destrucción  es  inevita- 
ble, .ddjanto  á  V.  S.  las  últimas  comunicaciones  relativas  á 
los  sucssos  de  la  combinación.  Sin  embargo  mis  tropas  siguen 
sus  marchas,  ostentando  la  grandeza  de  sus  virtudes.  Yo  paso 
mañana  á  Santa  Fé  para  dar  el  último  impulso  á  los  negocios 
y  activar  las  providencias  convenientes. 

«  Entro  tanto  T.  S.  con  el  Gobernador  de  esa  Plaza  concuer- 
den  las  mejores  providencias  pam  felicidad  de  Ib  Provincia, 

«  Ya  lo  he  hecho  presento  á  V.  S,  eu  mis  anteriores  comuni- 
caciones, y  no  sé  por  que  principio  se  han  retardado  tanto  que 
me  tiene  cuidadoso  su  demora.  Yo  regresaré  al  momento  de 
haber  allanado  los  pasos  que  obstruyen  nuestro  sosiego ,  En- 
tóncss  espero  hallar  unidos  los  más  rigorosos  esfuerzos  para  la 
salud  pública.  Es  un  dober  de  su  representación  trabajar  in- 
cesantemente por  tan  importante  objeto ;  yo  no  hará  más  que 
llenar  lo  vehemente  de  sus  votos,  y  concurrir  como  un  buen 


—  241  — 

ciudadano  á  recoger  el  fruto  de  nuestros  Síicrificios  y  sellar  la 
grande  obra  de  nuestra  libertad. 
Tengo  la  lionra  de  saludar  á  V.  3.  etc. 

Paraná,  25  de  Marzo  de  1815. 

José  Artigas. 
Al  Muy  Ilustre  Cabildo  do  Montevideo . 

Véase  ahora  la  vehemencia  y  entusiasmo  con  que  el  Cabildo 
de  Montevideo  contestaba  á  esas  notas  dispuesto  á  sostener  la 
causa  de  Artigas  en  acjxiel  supremo  trance.  El  lenguaje  inco- 
rrecto y  ampuloso  de  esa  nota  no  debe  tenerse  en  cuenta  kíiio 
como  una  consacuencia  de  incompetencia  do  Secretaria,  aunque 
por  lo  general  esafraseolojia  era  muy  usada  en  los  documentos 
no  solo  municipales,  sino  hasta  gubernativos  de  aquella  época, 
como  podríamos  demostrarlo  citando  algunos  documentos  del 
mismo  ilustrado  Kivadavia. ' 

Hé  aqui  dicha  contestación  del  Cabildo: 

«  Día  grande,  di  a  memorable,  día  que  completará  la  satisfac- 
ción del  Pueblo  de  Montevideo  aquel  en  que  el  héroe  do  nues- 
tros dias,  después  de  haber  an^^drado  los  trabajos  y  miserias 
y  sus  mismos  enemigos,  con  solo  su  constancia,  se  presente  en- 
tre nosotros,  y  tengamos  la  gran  complacencia  do  abrazarlo  en 
nuestro  seno .  Solo  una  ignorancia  pudo  precipitar  y  torcer  las 
ideas  de  algunos  Orientales  contra  el  sistema  de  la  justicia  y 
déla  razón.  ¿Quien,  pues,  que  estuviese  penetrado  de  las  ideas 
liberales  de  V.  S.  y  del  desinterés  que  dirige  sus  pasos  en  fa- 
vor de  los  pueblos,  podria  dejar  de  ser  su  secuaz  eterno,  ó  ad- 
mirarse de  tan  sabias  disposiciones  ?  ¿  Quién  no  hubiese  tenido 
nua  satisfacion  en  militar  bajo  de  sus  banderas,  y  concurrir  á 
costa  de  sn  misma  sangre  á  sostener  la  sagrada  causa  y  los  de- 
rechoa  de  los  Pueblos?  —  Cada  dia  recibe  el  de  Montevideo 


—  242  — 

pruebas  inequívocas  de  la  beneficencia  de  V.  E .  pero  el  oficio 
que  con  fecha  25  de  Marzo  se  ha  dignado  dirigir  desde  el  Paraná 
en  contestación  á  esta  Municipalidad,  es  la  más  irrefragable :  su 
contesto  el  cuadro  más  fiel  y  expresivo  de  sus  liberales  senti- 
mientos. El  Ayuntamiento  de  esta  Plaza  se  cree  con  fuerzas 
insuficientes  para  retribuir  bastantemente  las  generosas  ofer- 
tas de  V.  S.,  entre  tanto  que  él  mismo  puede  asegurar  qufe  las 
esperanzas  de  V.  S.  no  quedarán  burladas. 

«  Excederíamos  sin  disputa  nuestra  jurisdicción,  y  abusaría- 
mos de  la  prudencia  de  V.  S.  si  nos  atreviésemos  á  sugetar  á 
censura  uüos  heclios,  que  ya  en  los  resultados  patentizan  la 
justicia  de  su  empresa.  Las  provincias  todas  han  probado  ya 
hace  tiempo  espresamente  este  sistema. 

Ellas  han  depositado  toda  su  confianza,  la  salvación  de  si 
mismas,  y  la  recuperación  de  sus  hollados  derechos,  en  las  belí- 
geras armas  de  V.  E.,  y  sus  incesantes  fatigas  y  constancia  ga- 
rantizarán sin  duda  su  esperanza.  El  Pueblo  mismo  de  Buenos 
Aires,  ese  orgulloso  Pueblo  que  ahora  se  presenta  como  un  ene- 
migo de  los  demás,  conocerá  antes  de  muchos  días  el  poderío 
de  los  Orientales.  Entonces  libres  ya  del  tirano  que  con  más- 
cara hipócrita  oprime  verdaderamente  al  Pueblo,  huella  sus  de- 
rechos y  su  misma  libertad  comj)laciéndose  en  la  matanza  de 
sus  conciudadanos :  entrando  en  el  verdadero  conocimiento  v 
goce  de  sus  intereses,  advertirá  la  grandeza  de  alma  do  aquel 
genio  que  guiando  sus  huestes  á  la  victoria,  nos  ha  libertado  á 
todos  de  un  yugo  á  que  cautelosamente  se  pretendía  uncirnos. 

«  Los  triunfos  gloriosos  y  repetidos  de  V.  S .  forman  una  no 
despreciable  parte  del  goce  en  que  reposa  ésta  corporación : 
ellos  aseguran  los  mejores  resultados,  al  mismo  tiempo  que  ele- 
van el  concepto  de  los  gefes  que  han  llevado  sus  armas  á  las 
victorias .  Agradecimiento  eterno  á  tan  dignos  héroes! 

«  V.  S.  puede,  sin  creer  se  agrave  la  atención  de  este  Ayunta- 
miento, aumentar  sus  tareas  en  todo  cuanto  sea  conveniente  al 


—  243  — 

bien  de  la  Provincia,  seguro  de  que  su  exacto  curuplimiento  y 
mftjor  desempeño,  hará  nuestra  mayor  satisfacción,  pues  con 
este  encargo  particular,  no  puede  el  Ayuntamiento  obrar  en 
todo  conforme  á  sus  grandes  deseos  sin  exceder  su  jurisdicción. 
— ^Esta  Municipalidad  admite  y  agradece  sus  generosas  ofer- 
tas, y  su  sinceridad;  al  mismo  tiempo  (como  ya  se  ha  dicno) 
que  se  cree  incapaz  de  retribuirla  bastantemente. 

Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. 

Montevideo,  Abril  14  de  181B. 

Féliiie  Santiago  Cardoso — Pahlo  Pérez — Idds 
de  la  Rosa  Brito—Posmal  Blanco — Antólin 
Reina — Ramón  de  la  Piedra — Juan  María 
Pérez  —  Francisco  Fernihi  Piá  —  Easébio 
Terrada,  Secretario. 

«  Al  Sr.  General  D.  José  Artigas.  » 

Con  motivo  de  la  estrepitosa  caida  dol  Director  Alvear  ante 
la  execración  del  pueblo  de  Buenos  Aires,  robustecida  por  la 
revolución  de  Fontezuelas,  iniciada  por  el  General  Alvarez 
Thomas  y  el  Coronel  Oriental  Ensebio  Valdenegro,  y  su  susti- 
tución interina  por  el  primero  de  estos  en  tanto  llegaba  el  Ge- 
neral Eondeau,  elegido  en  propiedad;  el  Cabildo  de  Buenos 
Aires  ofició  al  de  Montevideo  comunicándole  tan  importante 
noticia,  y  adjuntándole  los  decretos  poniendo  á  Alvarez  Tho- 
mas en  el  ejercicio  de  sus  funciones  como  Director  Supremo 
del  Estado,  y  como  tal  con  derecho  á  gobernar  la  Provincia 
Oriental. 

Se  comprende  que  un  suceso  tan  trascendental  debería  ha- 
ber producido  algún  cambio  ó  reforma  en  la  amplitud  de  fa- 
cultades de  que  aquel  Gobierno,  sucesor  del  de  Alvear,  se  con- 
sideraba investido,  como  sustituto  ó  reemplazante  de  ún  go- 
bernante que  tanto  habia  abusado  de  esas  mismas  facultades. 


^ 


—  244  ~ 

y  que  tan  odioso  ge  había  hecho  á  las  provincias  por  su  des- 
potismo, y  desconocimiento  de  sus  derechos . 

Asi,  pues,  la  revolución,  para  prestigiarse,  habría  debido 
principiar  por  reconocer  algunos  de  esos  derechos,  y  tratar  de 
exhibirse  más  liberal  y  conciliadora  con  las  misu.as  provincias 
algunas  de  las  cítales  estaban  en  armas  para  defenderse  de  las 
agresiones  de  Alvear. 

Algo  de  esto  mismo  se  ofrecia  espontáneamente  en  la  nota 
del  Cabildo  de  Buenos  Aires  ;  pero  en  el  hecho,  y  sin  más  con- 
sulta ni  deferencia,  se  oxijia  desde  luego  á  la  Provincia  Oriental, 
pleito  homenage  al  afortunado motiuero  surgido  inopinadamen- 
te al  i)oder  de  en  medio  de  una  sublevación  militar. 

Véase  como  el  Cabildo  de  Montevideo  presentaba  al  Gene- 
ral Artigas  su  opinión  al  comunicarle  el  recibo  de  dicha  nota, 
demostrando  asi  cual  era  el  sentimiento  popular  de  que  el  Ca- 
bildo se  hacia  un  eco  autorizado : 

«  Por  las  últimas  noticias,  decia  el  Cabildo,  que  V.S.  ha  te- 
nido a  bien  dirigir  á  este  Ayuntamiento,  se  advierten  fácil- 
mente los  delirios  en  que  se  habia  precipitado  ese  hombre  mal- 
vado en  sus  agonias.  Esta  Corporación  admiraba  toda  la  mal- 
dad de  que  era  suceptible  ese  monstruo,  cuando  llegó  la  no- 
ticia de  su  colosal  caida ;  ella  ciertamente  hubiese  encontrado 
toda  la  satisfacción  de  que  debia  en  este  Pueblo,  siiio  se  advir- 
tiera que  el  de  Buenos  Aires,  siempre  en  su  infructuoso  empe- 
ño, eepiritu  de  orgullo,  y  dominación,  desentendiéndose  del 
sistema  que  proclaman  las  Provincias,  solo  atiende  y  reduce  su 
encono  á  Iéis  personas. 

«  Con  fecha  21  del  corriente  invita  el  Cabildo  Gobernador 
de  la  Provincia  de  Buenos  Aires  á  ésta  Municipalidad  al  reco- 
nocimiento del  nuevo  Gobierno:  nuestra  contestación  es  la  que 
aparece  á  continuación  de  la  insultante  circular. 

«  En  las  manos  virtuosas  de  V.E.  depositamos,  Señor,  esta 
cuestión,  seguros  de  que  habiendo  libertado  otras  veces  nuestra 


-^  345  — 

Patria  de  mayores  pe^gros,  allauari  con  honor  y  dignidad 
esos  tropiezos  que  se  presentan  en  la  asecucion  de  nuestra  Li- 
bertad. 

«  Un  solo  momento  no  perdemos  do  vista  los  otros  encargos 
que  V.E.  nos  recomienda,  y  si  en  algo  no  hemos  satisfecho  sus 
esperanzas,  ha  sido  por  falta  de  jurisdicción,  ó  por  nuestros  pe- 
queños conocimientos ;  paro  éstos  son  equihbrados  con  los  bue- 
nos y  honrados  deseos. 

«  Sensible  es  sobre  manera  la  demora  de  nuestros  oficios  y 
comunicaciones,  cansada  indudablemente  por  los  conductores, 
,  Sin  embargo,  este  cuerpo  no  ha  dejado  una  sola  vez  de  contes- 
tar á  V.  E.  participándole  cuanto  se  ha  creido  conveniente  (lo 
que  ahora  se  hace  por  duplicado)  pues  á  esto  efecto  no  ha  per- 
dido un  instante  en  suplicar  al  Gobernador  de  esta  Plaza,  á  fin 
do  que  se  entablase  «n  correo  semanal  para  el  breve  giro  de 
nuestras  comunicacionea 

«  Lo  que  se  pone  en  noticia  de  V,  E.  para  que  tenga  los  efec- 
tos que  son  consiguientes. 

Montevideo,  Dios  guarde,  oto. 

Abril  25  de  1815. 

Fdip»  Santiago  Cardoso^PaUo  Ptíres^An- 
tolin  Eeyna  — Pascual  Blanco — Francisco 
Fermín  Fía — Luis  de  la  Rosa  B rito— Juan 
María  Pérez. 
Exmo.  Sr.  Capitán  General  D.  José  Artigas.  »  (1) 


( 1)  £n  esa  misma  fecha  fuó  cucindo  el  Cabildo  de  Montevideo  resol- 
vió expreear  al  General  Artif^as  los  seutimientoa  que  lo  animabiin  á  su 
respecto,  procurando  liacei-se  intérprete  do  la  adhesión  y  simpa-tia  que 
el  pueblo  Oriental  profesaba  k  sn  gran  ciudadano,  y  caracteHzar  &,  In 
vez  en  nn  titulo  espreaivo  la  posición  política  que  éste  habia  asamido 
defendiendo  k  las  provincias  del  litoral  contra  el  Directorio,  y  aún  k  ai- 
ganas  del  Interior,  como  Córdoba  priucipalmente. 

Mo  debe  olvidarse  para  juzgar  bien  ese  documento  la  tremenda  guer- 


—  246  — 

He  aquí  otro  documento  que  también  coincide  con  la  expre- 
sión del  sentimiento  popular  en  la  Provincia  Oriental,  de 
acuerdo  con  la  Instniccion  que  hemos  reproducido  en  otra 
sección. 

«  En  la  ciudad  capital  de  Montevideo  á  veintiún  dias  del 
mes  de  Enero  de  mil  ochocientos  diez  y  seis:  reunido  el  Con- 
greso electoral  en  esta  Sala  capitular  y  el  Excelentísimo  Cabil- 
do Gobernador,  en  consecuencia  del  oficio  del  Excelentísimo 
Señor  Capitán  General,  datado  a  nueve  del  que  corre,  por  el 
que  aprueba  la  elección  de  los  ciudadanos  que  desde  hoy  de- 
ben comprender  el  ayuntamiento.  Personados  estos  é  instrui- 
dos del  emyneo  municipal  que  á  cada  uno  corresponde,  pasó  el 
señor  Prebidente  del  Congreso  á  exigirles  individualmente  el 

ra  que  so  iniciaba  contra  el  fuerte  poder  de  Alvear ;  y  que  merced  á,  la 
caida  estrepitosa  de  éste,  la  Provincia  Oriental  se  habia  librado  de  un 
gran  peligro,  así  como  las  demás  defendidas  por  Artigas,  que  se  hallaba 
en  esos  momentos  al  frente  de  un  poderoso  ejército  pronto  á  invadir  la 
provincia  de  Buenos  Aires. 

Esa  manifestación  y  distinción  del  Cabildo  simbolizaban,  pues,  la  as- 
piración y  la  v^ratiUid  del  pueblo  hacia  su  defensor: 

Dico  arsí  el  Acta  : 

"  En  la  Muy  Fiel,  Reconquistadora  y  Benemérita  de  la  Patria,  Ciudad 
de  San  Felipe  y  Santiago  de  Montevideo,  á  veinte  y  cinco  dias  del  mes 
de  Abril  de  mil  ochocientos  quince  años,  el  Excmo.  Cabildo  Justicia  y 
Regimiento  do  ella,  cuyos  señores  de  que  se  compone  al  final  firman,  s© 
juntó  y  congregó  en  su  Sala  Capitular  como  lo  tiene  de  uso  y  costum- 
bre cuando  se  dirige  á  tratar  cosas  tocantes  al  maj^or  servicio  de  Dios 
Nuestro  Señor,  bien  general  de  la  Provincia  y  particular  de  este  pueblo, 
presidiendo  este  acto  el  Señor  Regidor  Decano  don  Felipe  Santiago 
Cardóse  y  actualmente  Alcalde  de  primero  Voto  por  indisposición  del 
propietario  don  Tomás  García  de  Zúñiga,  con  asistencia  del  Caballero 
Síndico  Procurador  general  de  la  Ciudad  y  presente  el  infrascrito  Se- 
cretario; en  este  estado  penetrado  el  Ayuntamiento  de  los  remarcables 
sPFv-icios  del  General  don  José  Artigas,  teniendo  muy  presente  la  con- 
ducta pública  y  privada  de  este  benemérito  Ciudadano,  su  celo  por  la 
Libertad  de  la  Provincia,  sus  eficaces  desvelos  en  su  ejocucion,  y  últi-' 
mámente  la  liberalidad  de  sentimientos  y  agradecimiento  eterno  á  que 
le  es  deudor  la  Provincia,  deseando  retribuir  en  lo  posible  sus  tareas, 


—  247  — 

juramento  cívico  en  esta  forma.  «  ¿Juráis  por  el  nombre  sa- 
«  grado  de  la  Patria  cumpUr  y  desempeñar  fiel  y  legalmente 
«  el  empleo  que  el  pueblo  os  ha  confiado,  y  en  adelante  os 
«  confiare,  conservando  ilesos  los  derechos  de  la  Banda  Orien- 
«  tal  que  tan  dignamante  representa  el  jefe  de  los  Orientales 
«  Don  Jobo  Artigas?» 

«  A  lo  que  cada  uno  contestó:  «  f f ,  jicro  »  ¿  inmediatamente 
tomó  cada  uno  posesión  de  su  vara  y  asiento. 

«  Recibidos  asi  de  sus  empleos  los  electos,  el  Soberano  Con- 
greso se  declaró  por  disuelto,  mediante  á  haber  llenado  pun- 
tualmente los  altos  é  importantes  deberes  de  su  misión,  y  se 
cerró  esta  acta,  que  firmaron  tanto  los  ciudadanos  entrantes 
como  los  salientes,  conmigo  el  secretario  de  que  certifico.  Si- 
guen las  firmas .  » 

Terminaremos  este  capítulo  transcribiendo  otros  documen- 


presentar  un  fiel  retrato  de  los  sentimientos  de  esta  Corporación,  y  un 
estímulo  vigoroso  á  los  demás  Pueblos  que  componen  la  Provincia 
Oriental :  teniendo  presente  todas  estas  consideraciones,  discutida  la 
materia  con  toda  delicadeza  y  escrupulosidad  debida,  expusieron  los  se- 
ñores Capitulares  libremente  y  sin  coacción  alguna  sus  opiniones,  cada 
uno  amplificó  las  razones  que  le  conslituian  en  la  laudable  obligación 
de  usurpar  por  esta  vez  la  voz  de  los  Pueblos,  y  teniendo  la  gran  satis- 
facción este  Cuerpo  de  no  haber  tenido  un  solo  miembro  qus  opusiese 
el  meijor  reparo,  si  antes,  conociesen  la  cortedad  do  la  expresión.  Inme- 
diatamente se  hizo  moción  sobre  el  título,  grado  ó  tratamiento  bajo  el 
cual  so  le  debia  reconocer,  y  después  de  una  escrupulosa  votucion  con- 
vinieron los  Señores  en  darle  y  reconocerle  con  la  misma  representación 
y  jurisdicion  y  tratamiento  quo  un  Capitán  General  de  la  Provincia, 
bajo  el  título  de  Proicctor  y  Patrono  de  la  Libertad  de  los  Pueblos :  en  acto 
continuo  se  dispuso  oficiar  al  señor  General,  insertándole  copia  certifi- 
cada del  acta  librada,  que  tuviese,  en  el  ínterin  la  Provincia  no  se  con- 
gregase en  Asamblea,  el  mismo  valor  que  un  Despacho,  dándole  este 
Ayuntamiento  en  cuanto  puede  el  suficiente  crédito.  Con  lo  cual  y,  no 
siendo  para  más  esta  Acta,  se  cerró,  conclnj^ó  y  firmó  por  S.  E. ,  conmi- 
go el  Secretario  de  que  certifico.  —  Pablo  Pérez  —  Fdipe  Santiago  Carm 
doso  —  Luis  de  la  Rosa  Briio  —  Pascual  Blanco  —  Antolin  Beina  —  Fran* 
cisco  Fertnin  Plá  —  Juan  Marta  Pérez  —  Ensebio  Terrado,  Secretario. 


—  248  — 

toe  de  grande  interés,  algunos  de  los  cuales  no  se  han  publica- 
do hasta  ahora,  y  á  cuyo  espíritu  y  tendencias  ijespondieron 
sin  duda  iguales  manifestaciones  en  otras  villas  y  distritos. 

El  General  Artigas  habíase  apercibido  del  descontento  ma- 
nifestado por  algunos  ciudadanos  que  censuraban  su  resisten- 
cia á  aceptar  transacionee,  que  con  mucha  razón  juzgaba  des- 
honrosas para  la  dignidad  de  la  Provincia  Oriental,  desapro- 
bando el  convenio  pactado  con  los  señores  D.  Juan  José  Duran 
y  D.  Juan  Francisco  Giró,  de  que  nos  ocuparemos  mas  adelan- 
te, cuya  desaprobación  consta  de  la  célebre  nota  de  26  de  Di- 
ciembre de  1816,  en  la  que  con  soberbia  altivez  consignaba 
este  expresivo  concepto  que  bosqueja  tan  perfectamente  su 
carácter: 

«  El  Jefe  de  los  Orientales  lia  manifestado  en  todos  tiempos  qite 
«  ama  demasiado  su  patria^  para  sacrificar  este  rico  patrimonio 
«  de  los  Orientales  al  hajo  precio  de  la  necesidad.  » 

Ante  aquellos  rumores  de  descontento  ó  de  desaprobación 
de  su  conducta,  el  General  Artigas  dirigió  a  los  Cabildos  de  la 
Provincia  y  á  otras  autoridades,  la  circular  siguiente  en  que 
expresaba  su  disposición  4  acatar  la  voluntad  de  los  ciudada- 
nos, si  ésta  le  era  adversa,  abandonando  la  dirección  de  los 
negocios  públicos: 


«  Por  una  vulgaridad  inesperada,  he  trascendido  se  denigra 
mi  conducta  por  la  desunión  con  Buenos  Aires.  Los  pueblo» 
tan  sancionado  justos  los  motivos  que  motivaron  esta  lid  em- 
peñosa, y  que  ahora  mejor  que  nunca  subsisten,  según  el  mani- 
fiesto impreso  en  Norte-América  por  los  Sres.  Agrelo,  Moreno 
y  Pasos,  que  he  mandado  circular  á  los  pueblos  para  su  debi- 
do conocimiento.  Recordad  la  historia  de  vuestras  desgracias, 
la  sangre  derramada,  los  sacrificios  de  siete  años  de  penalidadesy 


—  249      - 

miseria,  y  todo  convencori  mi  empeño  por  no  violar  lo  sagrado 
de  aquella  voluntad,  ni  someterla  á  la  menor  degradación  que 
mancillase  por  siempre  la  gloría  del  pueblo  Oriental,  y  sus  más 
sagrados  dereclios.  He  adelantado  mÍ3  pasos  con  aquel  gobierno 
ansioso  de  sellarla  sin  estrépito,  y  en  cada  uno  he  hallado  uu 
nuevo  impedimeuto  á  realizarla. 

«  Si  esta  idea  no  estí,  grabada  en  e!  corazón  de  los  pueblos, 
ruégoles  quieran  aceptar  ¿atos  mis  votos  :  Xos  p?ícíiíos  son  libres 
á  decidir  de  sti.  suerte :  y  mi  deseo  todo  decidido  á  respetar  su  su- 
pretna  resolución. 

«  Si  la  autoridad  con  quo  me  habéis  condecorado  es  un  obs- 
táculo á  éste  remedio,  está  en  vuestras  manos  depositar  en  otro 
lo  aagitido  de  la  pública  confiauza,  que  ajuste  vuestras  ideas  á 
Io3  deberes  que  impone  la  Patria,  y  el  voto  de  vuestros  conciu- 
dadanos. Yo  me  doy  por  satisfecho  con  haberlos  llenado  hasta 
el  presente  con  honor  y  contribuir  uor  mi  parto  con  el  mismo 
á  sellar  la  felicidad  del  pais.  » 

«Espero  haráV.S.  inteligible  esía  mí  decisión  á  todo  su 
pueblo,  y  ma  responda  abiertamente  de  su  resultado,  para  adop- 
tar las  medidas  convenientes. 

«  Tengo  «1  honor  de  saladar  á  V.  3,  con  todo  mi  afecto. 

«  Purificación^  11  de  Octubre  de  1817. 

«  José  Artigas.  » 


La  respuesta  no  se  hizo  esperar,  y  en  casi  su  totalidad  los 
Gabildoa  confirmaron  su  resolución  de  sostenerlo  en  su  defen- 
sa de  los  derechos  de  la  provincia. 

Publicamos  en  seguida  la  manifestación  del  vecindario  de  la 
Colonia,  que  revela  más  esplicitamante  el  espíritu  público  que 
dominaba  entre  loe  Orientales  de  aquella  época. 


—  250    - 

Dice  así: 

<c  En  la  ciudad  de  la  Colonia  del  Sacramento,  k  veinte  y  dos 
dias  del  mes  de  Octubre  de  mil  ochocientos  diez  y  siete,  Yo  el 
primer  Comandante  de  ella  convoqué  al  pueblo  y  su  jurisdic- 
ción en  la  casa  de  la  Comandancia  y  después  de  leido  el  oficio 
de  S.  E.  el  Jefe  de  esta  Provincia  Oriental,  fecha  once  del  cor- 
riente, hice  entender  expresivamente  su  contenido,  reducido  á 
que  el  Jefe  ha  llegado  á  comprender  que  por  vulgaridad  se 
denigra  su  conducta  sobre  la  que  observa  con  la  ciudad  de 
Buenos  Aires,  y  que  los  pueblos  son  libres  á  deliberar  su  suer- 
te, y  su  deseo  todo  á  respetar  lo  que  los  mismos  pueblos  re- 
suelvan; asi  mismo  cada  ciudadano  puede  manifestar  su  sentir 
libremente,  y  nombrar  nuevo  Jefe,  si  considera  no  estar  bien 
depositada  la  confianza  que  con  tanto  júbilo  se  habia  hecho  en 
la  persona  del  referido  ciudadano  José  Artigas. 

«  Una  voz  general  sonó  en  el  concurso: — «  ¡Viva  Artigas! — 
«  ¡Viva  nuestro  jefe  Artigas!— á  él  nombramos  al  principio,  él  ha 
«c  de  ser  nuestro  jefe  mientras  le  dure  la  vida,  y  muy  contentos 
«  con  cuanto  \i%  hecho  estamos,  y  con  cuanto  en  lo  sucesivo  ha- 
ga. »  —  Con  lo  que  se  concluyó  el  acta;  la  que  firmamos,  el 
Sr.  Comandante  por  lo  Militar,  el  Sr.  Comandante  de  Cívicos» 
por  su  Milicia,  los  Jueces  Pedáneos  por  sus  vecindarios,  de 
que  certifico.  —  José  León  Guerrero,  Comandante  de  la  Colo- 
nia— Tomás  Torres,  Comandante  de  dicha  plaza — Ángel  Cor- 
dero, Ayudante  del  escuadrón  de  esta  plaza --Como  Juez  Pe- 
dáneo, José  Francisco  Escobar — Como  Juez  Pedáneo,  Manuel 
Gruerrero  —Como  Juez  Pedáneo,  Felipe  Arroi — ^Bernardo  de 
Castro  Callorda— Muy  Ilustre  Cabildo — Candelario  Musey — 
—  Santiago  Torres,  Ayudante  Mayor  —  Manuel  José  E»o- 
driguez.  » 

En  consecuencia  de  esas  manifestaciones  de  un  mismo  espí- 
ritu y  tendencia,  el  General  Artigas  alentado  ya  por  ellas,  dirijió 
á  los  Cabildos  esta  nueva  Circular ;  acompañando  la  célebre  nota 


—  2B1  — 

conminatoria  al  Director  Pueyrredon,  desda  Paysanc 
,7  do  Noviembre  de  1817,  á  que  haremos  referencia  es] 
otra  sección. 

Hé  aquí  dicha  circular : 

«  He  recibido  el  contesto  de  los  pueblos  á  mi  propí 
mayoridad  ha  librado  su  suerte  á  mi  decisión.  Yo,  si 
de  ésta  honrosa  confianza  con  que  los  pueblos  de  nuev 
racterizan,  he  creido  oportuno  dirigir  al  Gobierno  de 
Aires  ©1  oficio  que  á  V.S.  acompaño  en  copia.  Esa  ea 
Ilición :  con  ella  creo  haber  llenado  mi  deber .  Espero  c 
la  hará  publicar  en  su  pueblo  para  su  más  exacto  conoc 

«  Tongo  el  honor  de  reiterar  á  V.  S.  mis  mas  i 
afectos. 

«  Purificación,  IG  de  Noviembre  de  1817. 

José  Artiíjas.  » 

■  Con  lo  que  dejamos  enunciado  creemos  que  el  lect 
prenderá  cuan  uniformemente  respondía  el  sentimíen 
lar  en  aquella  época  á  la  política  adoptada  por  Artigas 
to  habia  conseguido  éste  identifics,r  las  aspiraciones  dt 
dadanos  con  la.s  suyas  propias,  levantando  el  espíriti: 
á  un  nivel  elevado  y  arrogante. 


\ 


I 


La  historia  de  la  emancipación  oriental  narrada 

por  Artigas. 


Hornos  tenido  ocasión  de  referimos  en  una  de  las  secciones 
antsriorob  á  la  importantísima  nota  de  7  de  Diciembre  de  1812, 
dirigida  por  el  General  Artigas  desde  su  campamento  del  Dai- 
man  á  la  Junta  Gubernativa  del  Paraguay. 

Como  ese  documento  no  es  conocido  hasta  ^1  dia,  pues  recien 
bace  muy  poco  tiempo  fué  descubierto  en  el  Archivo  d©  la 
Asunción,  estamos  convencidos  de  que  nuestros  lectores  apro- 
barán que  nos  anticipemos  aquí  al  texto  de  la  obra;  reprodu- 
ciéndolo á  fin  de  que  sea  mas  pronto  conocido  y  apreciado  en 
su  importancia  trascendental. 

Hay  en  ese  notable  documento,  que  es  sin  duda  uno  de  los 
mas  interesantes  que  dirigió  Artigas,  sorprendentes  revelacio- 
nes ó  informes  sobre  la  primera  época  de  la  emancipación 
Oriental,  presentándolo  á  aquel  desde  entonces  dominado  por 
una  idea  fija,  y  perfectamente  bien  caracterizada  respecto  do 
la  posición  política  que  debía  asumir  la  provincia  Oriental  á 
consecuencia  del  indisculpable  abandono  que  de  ella  había  he- 
cho la  Junta  Gubernativa  de  Buenos  Aires,  mediante  el  Con- 
venio de  Octubre  de  1811  con  Elio,  devolviéndola  inicuamen- 
te al  poder  Español,  retirando  al  efecto  sus  fuerzas,  y  obligando 
por  ese  hecho  á  los  Orientales  á  retomar  á  su  antigua  esclavi- 
tud. 

Los  incidentes  relativos  á  ese  deplorable  hecho  histórico, 
narradoa  por  el  mismo  general  Artigas  han  sido  desconocidos 
hasta  ahora,  pues  no  son  mencionados  por  ningnn  historiador, 
y  revelan  la  forma  y  manera  como  Artigas  recibió  del  vecin- 
dario presente  á  las  conferencias  con  el  Delegado  de  la  Junta 


—  264  — 

fde  Buenos  Aires,  facoltades  para  reBolver  tan  doloroso  conflic- 
to del  modo  que  le  pareciese  más  conveniente  y  honorable, 
hasta  adoptar,  como  adoptó  con  la  sanción  popular,  el  herólcc 

extremo  de  que  se  trasladase  el  vecindario  de  la  Provincia 
fuera  do  su  territorio. 

r  Son  belHsimas  y  atractivas  on  sn  varonil  sencillez  esas  pá- 

I  giiiaa  en  que  Artigas  describe  el   entusiasmo  y  expon taneidad 

r  con  que  el  pueblo  oriental  abrazó  la  causa  de  la  libertad,  asi 

i  como  su  suprema  decisión  de  emigrar  en  masa  del  suelo  natal, 

g  ya  que  no  era  posible  gozar  en  ¿1  de  la  anhelada  independen- 

f  cia. 

Pi-edomina  en  las  idoas  de  esa  nota  un  sentimiento  de  mal 

í  refrenada  indignación  por  el  cobarde  Convenio  pactado  por  la 

f  Junta  fTubemativa  de  Buenos  Aireí.  con  el  General  Elio,  sen- 

i  tiraieuto  comprimido  con  habilidad,  pero  que  no  por  eso  deja 

í  de  traslucirse  en  su  vehemencia,  como  un  fundamento  muy  jus- 

f  tincado  para  cimentar  ulteriormente  Artigas   las  bases  de  la 

'  iudcpondencia  provincial  como  las  habia  ya  aseg\irado  el  Pa- 

í  raguay ;  independencia  cuya  bandera  dobia  enarbolar  dijfiniti- 

J^  vamente  al  separarse  de  las  lineas  del  asedio  de  Montevideo  en 

I  Enero  de  1814. 

r  Al   If  cr  íit-!',.-i   páginas  tan  nutridas,  tan   expresivas  en  sus 

coiicq)to3  y  afirmaciones,  considerando   lo  remoto   do  aquella 

■  ¿[toca,  no  pucile  menos  do  mirarse  con  admiración  y  respeto  al 

!!  gr;ni  caudillo  que  encaraba  con  tanta  bizarría  y  con  tan  enér- 

".  gica  decisión  la  cuestión  vital   de  emancipar  á  su  provincia 

nata!  de  la  opresión  extranjera,  y  buscar  anheloso   por   todas 

partes  nuevos  auxilios  y  alianza-i  á  fin  de  alcanzar  la   deseada 

I-  libertad  de  sn  país,  procurándolos  acei-tadamente  en  el   Para- 

f-  gua^'i  cuya  independencia   interior  liabia   tan  decididamente 

^  sostenido  su  Junta  Gubernativa;  reconocida  tan  esplicitamen- 

;f  te  por  el  pacto  celebrado  con  ella  por  el  General  Belgrano  y  el 


Dr.  Echevarría  á  notabre  y  con  aprobación  del  Gobierno  de 
Buenos  Aires. 

La  leetara  de  esa  nota  demostrará  también  hasta  qué  punto 
era  falso  y  calumnioso  el  cargo  que  se  hacía  en  el  Decreto  de 
Posadas  poniendo  fuera  de  ley  á  Artigas,  que  hemos  trascrito 
en  la  página  180,  de  haber  éste  escrito  al  Paraguay  «  ofredcii- 
«  de  pasarse  con  su  rúente  á  la  dependencia  de  aqiiel  Gobiei'no  pa- 
«  ra  unirse  contra  esta  Capifai.  » 

El  Dr.  Lopezj  dominado  por  su  inveterado  odio  al  artiguis- 
mo,  y  ansioso  por  acumular  culpas  y  crímenes  sobre  Artigas, 
no  ha  tenido  escrúpulo  en  dejar  arrastrar  su  bello  talento  por 
las  snjestionea  inventivos  de  su  acerbo  despecho .  Vamos  á 
asombrar  á  nuestros  lectores  con  la  enunciación  de  uno  de 
sus  mits  odiosos,  pero  no  por  eso  menos  absurdos  cargos. 

Colorista  y  pictórico  á  todo  trance,  y  sobre  cualquier  toma 
real  ó  ficticio,  más  que  austero  pensador,  ha  necesitado  nuevos 
matices  para  su  radiante  paleta,  y  ha  ido  á  buscarlos  por  des- 
gracia para  el  hasta  en  el  barro  do  la  calumnia. 

Hay  mucha  de  esa  oscura  tieiTa  de  Siena  en  sus  claros-oscu- 
ros tan  magistralmeuto  sombreado?,  efímeros  y  deleznables 
ante  el  contacto  de  la  verdad  inquisitiva.  Faltábanle  cargos 
que  hacer  á  Artigas,  y  los  ha  inventado  con  fenomenal  sereni- 
dad y  facundia . 

Asi  se  vé  en  la  página  17  del  tomo  1.  °  de  su  citada  obra  de 
la  Revolución  Argentina,  que  Kvúgí¡.s  preparaha  alianzas  nada 
menos  que  con  los  aborrecidos  portugueses,  ó  íucideiitalmente  con 
la  célebre  Carlota;  cuyas  ambiciosas  miras  sobre  éste  Vireínato 
daban  tanto  que  hacer  á  los  politicos  intrigantes  y  flexibles 
de  aquella  época,  y  habían  hallado  en  1800  en  el  mismo 
ilustre  Dr.  Moreno,  en  el  Dr.  Rodríguez  Peña,  en  el  General 
Belgrano  y  en  otros   eminentes  patriotas  tan  solícita   acojida. 

Véase  como  se  expresa  al  respecto  el  Dr.  López  al  lanzar  esa 


—  256  — 

piramidal  y  calumniosa  afirmación  sobre  Artigas,  el  eterno 
enemigo  de  los  Portugueses. 

«  Para  sosteneros  entre  los  realistas  y  los  porteños,  Artigas 
«  tenia  que  iniciar  la  ruinosa  politica  de  las  alianzas  portugue- 
«  sas  quo  tienen  la  gloria  de  haber  nacido  de  tan  noble  origen ; 
«  tenia  que  alhagar  con  una  politica  falaz  las  pretensiones  am- 
«  biciosas  de  la  reina  de  Portugal,  y  del  partido  militar  que 
«  ella  tenia  en  el  ejército  portugués,  sumamente  inclinado,  co- 
«  mo  siempre,  á  tomar  papel,  como  tercera  entidad,  en  este 
«  combate  de  los  elementos  revolucionarios  y  reaccionarios  de 
«la  colonia  his  nano -americana.  »  (!!; 

Lhs  páginas  de  la  célebre  nota  de  Artigas ^que  van  á  leerse, 
revelarán  hasta  qué  punto  es  absurda  ó  incalificable  esa  ca- 
lumnia lanzada  con  tan  indiscreta  liviandad  justamente  sobre 
el  carácter  más  altivo  é  indomable  entre  los  •  hombres  públicos 
y  caudillos  populares  de  aquella  época. 

Para  los  que  conocen  algo  de  la  historia  Oriental  basta  con 
enunciar  esa  calumnia,  para  que  quede  destruida  por  si  mis- 
ma. No  vale  la  pena  de  refutarla,  tan  insensata  y  hasta  invero- 
símil es  ella. 

Véa55e  ahora  el  tenor  de  la  importantísima  nota  de  7  de  Di- 
ciembre á  que  nos  hemos  referido  al  principio  de  esta  sección. 


Oficio   del   General  D.   José  Artigas    á  la    Junta   Gabernativa 
del  Paraguay,  fechado  el  7  de  Diciembre  de  1812. 

«  Cuando  las  revoluciones  políticas  han  reanimado  una  vez 
los  espíritus  abatidos  por  el  poder  arbitrario;  corrido  ya  el  ve- 
lo del  error,  se  ha  mirado  con  tanto  horror  y  odio  el  esclavaje 
y  humillación  que  antes  les  oprimía,  que  nada  parece  demasia- 
do para  evitar  una  retrogradacion  de  la  hermosa  senda  de  la 
libertad.  Como  temerosos  los  ciudadanos  de  que  la  maligna 
intriga  les  suma  de  nuevo  bajo  la  tiranía,  aspiran  generalmen- 


—  257  — 

te  á  concentrar  la  fueraa  y  la  razón,  en  nn  gobierno  inmediato, 
que  pueda  con  menos  dificultades  conservar  sus  dereclios  ile- 
sos, y  conciliar  su  seguridad  con  sus  progresos. 

«  Asi  comunmente  se  ha  visto  dividirse  en  menores  Estados 
un  cuerpo  disforme,  á  quien  un  cetro  de  hierro  ha  tiranizado. 
Pero  la  sabia  naturaleza  parece  qne  ha  señalado  para  entonces 
los  límites  de  las  sociedades,  y  de  sus  relaciones:  y  siendo  tan 
declarados  las  que  en  todos  respectos  ligan  á  la  Banda  Oriental 
del  Rio  de  la  Plata  con  esa  Provincia,  creo  que  por  una  con- 
secuencia del  pulso  y  madurez  con  que  ha  sabido  declarar  su 
libertad,  y  admirar  á  todos  los  amadores  de  ella  con  su  sabio 
sistema,  habrá  de  reconocer  la  recíproca  conveniencia  é  inte- 
rés de  estrechar  nuestra  comunicación  y  relaciones  del  modo 
que  exijen  las  relaciones  de  Estado. 

«  Por  este  principio  he  resuelto  dar  á  V.  S.  una  idea  de  los 
principales  acontecimientos  en  esta  Banda,  y  de  su  situación 
actual,  como  que  debe  tenor  no  pequeño  influjo  en  la  suerte  de 
ambas  Provincias. 

«  Cuando  los  Americanos  de  Buenos  Aires  proclamaron  sus 
derechos,  los  de  la  Banda  Oriental,  animados  de  iguales  senti- 
mientos, por  un  encadenamiento  de  circu'istancias  desgracia- 
das, no  solo  no  pudieron  reclamarlos,  pero  hubieron  de  sufrir 
un  yugo  más  pesado  que  jamás.  La  mano  que  los  oprimía,  á» 
proporción  de  la  resistencia  que  debía  hallar  si  una  vez  se  de- 
bilitaban sus  resortes,  oponía  mayores  esfuerzos,  y  cerraba  to- 
dos los  pasos.  Parecía  que  un  genio  maligno  presidiendo  nues- 
tra suerte,  presentaba  á  cada  momento  dificultades  inespera- 
das que  pudieran  arredrar  á  los  ánimos  más  empeñados. 

«  Sin  embargo,  el  fuego  patriótico  electrizaba  los  corazones 
que  nada  era  bastante  á  detener  su  rápido  curso  :  los  elementos 
que  debían  cimentar  nuestra  existencia  política  se  hallaban  es- 
parcidos entre  las  mismas  cadenas,  y  solo  faltaba  ordenarlos 

para  que  operasen-  Yo  fui  testigo  asi  de  la  bárbara  opresión 

Id 


J 


—  258  — 

bajo  que  gemia  toda  la  Banda  Oriental,  como  de  la  consisten- 
cia y  virtudes  de  sus  hijos ;  conocí  los  efectos  que  podia  produ- 
cir, y  tuve  la  satisfacción  de  ofrecer  al  gobierno  de  Buenos  Ai- 
res que  llevaría  el  estandarte  de  la  Ubertad  hasta  los  muros 
de  Montevido,  siempre  que  se  concediese  á  estos  ciudadanos 
auxilio  de  municiones  y  dinero.  Cuando  el  tamaño  de  mi  pro- 
posición podría  acaso  calificarla  de  gigantesca  para  aquellos 
que  solo  la  conocían  bajo  mi  palabra,  y  esperaba  todo  de  un 
gobierno  popular,  que  haría  su  mayor  gloria  en  contribuir  a 
la  felicidad  de  sus  hermanos,  si  la  justicia,  conveniencia  é  im- 
portancia del  asunto  pedia  de  otra  parte  el  riesgo  de  un  peque- 
ño sacrificio  que  podría  ser  compensado  con  exceso ;  no  me  en- 
gañaron mis  esperanzas,  y  el  suceso  fué  prevenido  por  uno  de 
aquellos  acontecimientos  extraordinarios  que  rara  vez  favore- 
cen los  cálculos  ajustados. 

«  Un  puñado  de  patriotas  orientales,  cansado  de  humillacio- 
nes había  decretado  ya  su  Kbertad  en  la  villa  de  Mercedes: 
llena  la  medida  del  sufrimiento  por  unos  procedimientos  los 
más  escandalosos  del  déspota  que  les  oprimía,  habían  librado 
sólo  á  sus  brazos  el  triunfo  de  la  justicia;  y  tal  vez  hasta  en- 
tonces no  era  ofrecido  al  templo  del  patriotismo  un  voto  ni 
más  puro  ni  más  glorioso,  ni  más  arriesgado;  en  él  so  tocaba 
sin  remedio  aquella  terrible  alternativa  de  vencer  ó  mo7'ir  libres^ 
y  para  huir  este  extremo  era  preciso  que  los  puñales  de  los 
paisanos  pasasen  por  encima  de  las  bayonetas  veteranas.  Así 
se  verificó  prodigiosamente,  y  la  primera  voz  de  los  vecinos 
Orientales  que  llegó  á  Buenos  Aires  fué  acompañada  de  la  vic- 
toria del  veinte  y  ocho  de  Febrero  de  mil  ochocientos  once, 
día  memorable  que  había  señalado  la  Providencia  para  sellar 
los  primeros  paáos  de  la  libertad  en  este  tenitorio,  y  día  que 
no  podrá  recordarse  sin  emoción  cualquiera  que  sea  nuestra 
suerte. 

«  Los  ciudadanos  de  la  villa  de  Mercedes,   como  parte  de 


estaa  Provincíag,  ae  declararon  libres  bajo  los  auspicios  de  la 
Junta  de  Buenos  Aires  á  quien  pidieron  los  mismos  auxilios 
que  yo  había  solicitado.  Aquel  G-obierno  recibió  con  el  interés 
qne  podía  esperarae,  la  noticia  de  ese  acontecimiento :  él  dijo  á 
los  Orientales :  «  OScialos  esforzados,  soldados  aguerridos,  ar- 
mas, municiones,  dinero,  todo  vuela  en  vuestro  socorro.  » 

«  Se  me  mandó  inmediatameute  á  esta  Banda  con  algunos 
soldados,  debiendo  remitirse  despiies  hasta  el  número  de  tres 
mil  con  lo  demás  necesarios  para  un  ejército  de  esta  clase,  en 
cuya  inteligencia  proclamé  á  mis  paisanos  convidándolos  á  las 
armas ;  ellos  prevenían  mis  deseos,  y  corrían  de  todas  partes  á 
honrarse  con  el  bello  título  do  soldados  do  la  Patria,  organi- 
zándose militarmente  en  los  mismos  puntos  en  que  se  hallaban 
cercados  de  enemigos,  en  términos  que  cu  muy  poco  tiempo 
se  vio  un  ejército  nuevo,  cuya  sola  divisa  era  la  libertad, 

«  Permítame  V.  S.  que  llame  un  momento  su  consideración 
eobro  esta  admirable  alarma  con  que  KÍmj>:íti»ü  la  campaña 
toda,  y  que  hará,  su  mayor  y  eterna  gloría,  Ko  eran  los  Paisa- 
nos sueltos,  ni  aquellos  que  debían  su  existencia  á  su  jornal,  ó 
sueldo;  los  que  so  raovian  eran  vecinos  establecidos,  poseedo- 
res do  buena  suerte,  y  de  todas  las  comodidades  que  ofrece  este 
suelo :  eran  los  que  so  convertian  rüpcutinauíente  en  soldados ; 
los  que  abandonaban  sus  intereses,  sus  casas,  sus  familias ;  los 
que  iban  acaso  por  primera  vez,  á  presentar  su  vida  á  los  ries- 
■gosdo  una  guerra;  que  dejaban  acom¡)añadas  de  un  triste 
llanto  á  sus  mujeres,  ó  hijos ;  en  fin,  los  que  sordos  á  la  voz  de 
la  natiiraleza,  oían  solo  la  de  la  patria.  Esto  era  el  primer  paso 
para  su  libertad;  y  cualesquiera  que  sean  los  sacrificios  que  ella 
exije,  V.  S.  conocerá  bien  el  desprendimiento  imiversal,  y  la 
elevación  do  sentimientos  poco  común  que  se  necesita  para 
tamañas  empresas,  y  que  merece  sin  duda  ocupar  un  lugar 
distinguido  en  la  historia  do  nuestra  revolución.  Los  restos 
del  ejército  do  Buenos  Aires  que   retomaban  de  esa  provincia 


—  260  — 

feliz,  fueron  destinados  á  esta  Banda,  y  llegaban  á  ella  cuando 
los  Paisanos  habian  libertado  ya  su  mayor  parte  batiendo 
teatro  de  sus  triunfos  al  Colla,  Maldonado,  Santa  Teresa,  San 
José  y  otros  puntos. 

«  Yo  tuve  entonces  el  honor  de  dirigir  una  división  de  ellos 
con  solo  doscientos  cincuenta  soldados  veteranos,  y  llevando 
con  ella  el  terror  y  espanto  de  los  Ministros  de  la  tirania  hasta 
las  inmediaciones  de  Montevideo  se  pudo  lograr  la  memorable 
victoria  del  18  de  Mayo  en  los  campos  de  las  Piedras,  donde 
mil  patriotas,  armados  por  la  mayor  parte  de  cuchillos  enhas- 
tados  vieron  á  sus  pies  nueve  cientos  sesenta  soldados  de  las 
mejores  tropas  de  Montevideo,  perfectamente  bien  armados ; 
y  acaso  hubieran  dichosamente  penetrado  dentro  de  sus  sober- 
bios muros,  si  yo  no  me  viese  en  la  necesidad  de  detener  sus 
marchas  al  llegar  á  ellas,  con  arreglo  á  las  órdenes  del  Gefe  del 
ejército. 

«  U.  S.  estará  instruido  de  esta  acción  en  detalle  por  el  parte 
inserto  en  los  papeles  públicos. 

«  Entonces  dije  al  Grobierno  que  la  Patria  podia  contar  con 
tantos  soldados  cuantos  eran  los  Americanos  que  habitaban  la 
campaña,  y  la  experiencia  ha  demostrado  sobrado  bien  que  no 
me  engañaba . 

«  La  Junta  de  Buenos  Aires  reforzó  el  ejército  en  que  fui 
nombrado  2 .  ^  Gefe,  y  que  constaba  en  el  todo  de  mil  quinien- 
tos veteranos  ,  y  más  de  cinco  mil  vecinos  Orientales ;  y  no 
habiéndose  aprovechado  los  primeros  momentos  después  de  la 
acción  del  18,  en  que  el  terror  habia  sobrecogido  los  ánimos 
de  nuestros  ^emigos,  era  preciso  pensar  en  un  sitio  formal,  á 
que  el  gobierno  se  determinaba,  tanto  más  cuanto  estaba  per- 
suadido que  el  enemigo  limitrofe  no  entorpecería  nuestras 
operaciones,  como  me  lo  habia  asegurado,  y  que  el  ardor  de 
nuestras  tropas  dispuestas  á  cualquier  empresa,    y  que  hasta 


!»■ 


—  261  — 

entonces  parece  liabian  encadenado  la  victoria,  nos  prometia 
todo  en  cualquier  caso. 

«  Nos  vimos  empeñados  en  un  sitio  de  cerca  de  cinco  meses 
en  que  mil  y  mil  accidentes  privaron  que  se  coronasen  nues- 
tros triunfos,  á  que  las  tropas  estaban  siempre  preparadas . 

«  Los  eneanigos  fueron  batidos  en  todos  los  puntos,  y  en  sus 
repetidas  salidas  no  recogieron  otro  fruto  que  una  retirada 
vergonzosa  dentro  de  los  muros  que  defendia  su  cobardía;  na- 
da se  tentó  que  no  se  consiguiese:  multiplicadas  operaciones 
militares  fueron  iniciadas  para  ocupar  la  plaza,  pero  sin  lle- 
varlas á  su  término,  ya  porque  el  G-eneral  en  Jefe  creia  que  se 
presentaban  dificultades  invencibles,  ó  que  debia  esperar  ór- 
denes'señaladas  para  tentativas  de  esta  ciase,  ya  por  falta  de 
municiones,  ya  finalmente  porque  llegó  una  fuerza  extrangera 
a  llamar  nuestra  atención. 

«  Yo  no  sé  si  cuatro  mil  i^ortugueses  poclrian  inometerse  algu- 
na ventaja  sobre  nuestro  ejército^  cuando  los  ciudadanos  que  lo 
componian  liabian  redoblado  su  entusiasmo,  y  el  patriotismo 
elevado  los  ánimos  hasta  un  grado  incalculable.  Pero  no  ha- 
biéndoles opuesto  en  tiempo  una  resistencia,  esperándose  siem- 
pre por  momentos  un  refuerzo  de  mil  cuatrocientos  hombres  y 
municiones  que  habia  ofrecido  la  Junta  de  Buenos  Aires  des- 
de las  piimeras  noticias  de  la  irrupción  de  los  limítrofes,  y  va- 
rias negociaciones  emprendiéndose  últimamente  con  los  jefes 
de  Montevideo,  nuestras  operaciones  se  vieron  como  paraliza- 
das á  despecho  de  nuestras  tropas,  y  los  portugueses  casi  sin 
oposición  pisaron  con  pié  sacrilego  nuestro  territorio  hasta 
Maldonado. 

«  En  esta  época  desgraciada,  el  sabio  Grobiemo  Ejecutivo  de 
Buenos  Aires  creyendo  de  necesidad  retirar  su  ejército  con  el 
doble  objeto  de  salvarle  de  los  peligros  que  ofrecía  nuestra  si- 
tuación, y  de  atender  á  las  necesidades  de  las  otras  Provincias ; 
y  persuadiéndose  que  una  negociación  con  el  Sr.  Elio  s^ria  el 


/ 


—  262  — 

mejor  medio  de  conciliario  la  prontitud  y  seguridad  de  la  reti- 
rada con  los  menores  perjuicios  posibles  á  este  vecindario  he- 
roico, entabló  el  negocio,  que  empezó  al  momento  á  girarse  por 
medio  del  Señor  Don  José  Julián  Pérez  venido  de  aquella  su- 
perioridad con  la  bastante  autorización  para  el  efecto. 

«  Estos  beneméritos  ciudadanos  tuvieron  la  fortuna  de  tras- 
cender la  substancia  del  toilo,  y  una  representación  absoluta- 
mente i)reeisa  ou  naubtro  sistema,  dirigida  al  Señor  General  en 
Gefe  auxiliador  maniícotó  en  términos  legales  y  justos  ser  la 
voluntad  general  que  no  se  pi'ocediese  á  la  conclusión  de  los 
tratados  sin  anuencia  de  los  Orientales,  cuya  suerte  era  la  que 
S3  iba  tá  decidir:  á  co.isücuoiicia  de  esto  fué  congregada  la 
Asamblea  de  los  ciudadanos  por  el  mismo  Gefe  auxiliador,  y 
sostenido  por  ellos  mismos  y  el  Excelentísimo  Señor  Represen- 
tante, siendo  el  resultado  de  ella  asegurar  estos  dignos  hijos 
de  la  libertad  que  sus  puñales  eran  la  única  alternativa  que 
ofrecian  al  no  vencer:  que  se  levantase  el  sitio  de  Montevideo 
solo  con  el  objeto  de  tomar  ui#t  posición  militar  ventajosa  para 
poder  esperar  á  los  Portugueses,  y  que  en  cuanto  á  lo  demás 
respondiese  3*0  del  feliz  resultado  de  sus  afanes  :  siendo  evi- 
dente haber  quedado  garantido  en  mi,  desde  el  gran  momento 
que  fijó  su  compromiso. 

«Yo  entonces  reconociendo  la  fuerza  de  su  expresión,  y  con- 
ciliando  mi  opinión  política  sobre  el  particular  con  mis  debe- 
res, respeté  las  decisiones  de  la  Superioridad  sin  olvidar  el  ca- 
rácter de  ciudadano  ;  y  sin  desconocer  el  imperio  de  la  subor- 
dinación, recordé  cnanto  debía  á  mis  compaisanos :  testigo  de 
sus  sacrificios,  me  era  imposible  mirar  su  suerte  con  indiferen- 
cia, y  no  me  detuve  en  asegurar  del  modo  más  positivo  cuanto 
repugnaba  se  les  abandonase  en  un  todo,  —  esto  mismo  habia 
liecbo  ya  reconocer  al  Señor  Representante,  y  me  negué  abso- 
lutamente desde  el  principio  á  entender  en  unos  Tratados  que 
consideraré  siempre  inconciliables  con  nuestras  fatigas,  muy 


—263  — 

bastantos  á  conservar  el  gormen  de  las  continuas  disensiones 
entre  nosotros  y  la  corte  del  Brasil,  y  muy  capaces  por  si  solos 
de  causar  la  dificultad  en  el  arreglo  de  nuestro  sistema  conti- 
nental. Seguidamente  representaron  los  ciudadanos  que  do 
ninguna  manera  podian  serles  admisibles  los  artículos  de  la 
negociación  :  que  el  ejército  auxiliador  retomase  á  la  Capital, 
si  así  se  lo  ordenaba  aquella  superioridad ;  y  declarándome  su 
General  en  Gefe,  protestaron  no  dejar  la  guerra  en  esta  Banda 
hasta  extinguir  de  ella  á  sus  opresores,  ó  morir  dando  con  su 
sangre  el  mayor  triunfo  á  la  libertad . 

«  En  vista  de  esto,  el  Excelentísimo  Sr.  Representante  de- 
terminó una  sesión  que  debia  sostenerse  entro  diolio  señor,  un 
ciudadano  particular  y  yo.  En  ella  se  nos  aseguró  haberse  da- 
do ya  cuenta  de  todo  á  Buenos  Aires,  y  esperásemos  la  resolu- 
ción; pero  que  entre  tanto,  estuviésemos  convencidos  de  la  en- 
tera adhesión  de  aquel  Gobierno  á  sostener  con  sus  auxilios 
nuestros  deseos,  y  ofreciéndosenos  á  su  nombre  toda  clase  de 
socorros,  cesó  por  aquel  instante  toda  solicitud. 

«  Marchamos  lor3  sitiadores  en  retirada  hasta  San  José,  y  allí 
s©  vieron  precisados  los  bravos  Orientales  á  recibir  el  gran 
golpe  que  hizo  la  prueba  de  su  constancia:  el  Gobierno  de 
Buenos  Aires  ratificó  los  tratados  en  todas  sus  partes;  yo  ten- 
go el  honor  de  incluir  á  V.  S,  un  ejemplar  de  ellos;  por  él  se 
privó  de  un  asilo  á  las  almas  libres  en  toda  la  Banda  Oriental, 
y  por  él  so  entregan  pueblos  enteros  á  la  dominación  de  aquel 
mismo  Srí  Elio,  bajo  cuyo  yugo  gimieron.  ¡Dura  necesidad! 
En  consecuencia  del  contrato,  todo  fué  preparado,  y  comenza- 
ron las  operaciones  relativas  á  éL 

«  Permítame  V.  S.  otra  vez  que  recuerde  y  compare  el  glo- 
rioso 28  de  Febrero  con  el  23  de  Octubre,  día  en  que  se  tuvo 
noticia  de  la  ratificación.  ¡Qué  contraste  singular  presenta  el 
prospecto  de  uno  y  otro!  El  28,  ciudadanos  heroicos  haciendo 
pedazos  las  cadenas  y  revistiéndose  del  carácter  que  les  con- 


—  364  — 

cedió  naturaleza,  y  que  nadie  estuvo  autorizado  para  arrancar- 
les:— el  23  estos  mismos  ciudadanos  condenados  á  aquellas  ca- 
denas por  un  Gobierno  popular! . . . 

«  Pero  V.  S.  no  está  aún  instruido  de  las  circunstancias  que 
tacen  acaso  más  admirable  el  dia  que  debiera  ser  más  aciago  y 
eterno,  que  en  alguna  manera  me  será  imposible  dar  una  idea 
exacta  de  los  accidentes  que  le  prepararon.  Puedo  sólo  ofrecer 
en  esta  relación  que  usando  de  la  sinceridad  que  me  caracteri- 
za la  verdad  será  mi  objeto:  hablaré  C07i  la  dignidad  de  ciuda- 
dano^ sin  desentenderme  del  carácter  y  obligaciones  de  coronel 
de  los  ejércitos  de  la  Patria  con  que  el  Grobierno  de  Buenos 
Aires  se  lia  dignado  honrarme. 

«  Aunque  los  sentimientos  sublimes  de  los  ciudadanos  Orien- 
tales en  la  presente  época,  son  bastante  heroicos  para  darse  á  co- 
nocer por  si  mismos,  no  se  les  podrá  hallar  todo  el  valor,  entre 
tanto  aqui  no  se  comprenda  el  estado  de  estos  patriotas  en  el 
momento  en  que  demostrándolo,  daban  la  mejor  prueba  de 
serlo . 

«  Habiendo  dicho  que  el  primer  paso  para  su  libertad  era  el 
abandono  de  sus  familias,  casas  y  haciendas,  parecerá  que  en 
el  hablan  apurado  sus  trabajos;  pero  esto  no  era  mas  que  el  pri- 
mer eslabón  de  la  cadena  de  desgracias  que  debia  pesar  sobre 
ellos  durante  la  estancia  dal  ejército  auxiliador;  no  era  bastan- 
te el  abandono  y  detrimento  consiguiente :  estos  mismos  inte- 
reses debían  ser  sacrificados  también!  Desde  su  llegada  el  ejér- 
cito recibió  multiplicados  donativos  de  caballos,  ganados  y  di- 
nero, pero  sobre  esto  era  preciso  tomar  indistintamente  de  los 
hacendados  inmenso  número  de  las  dos  primeras  especies,  y  si 
algo  habia  de  pagarse,  la  escases  de  caudales  del  Estado  impe- 
dia verificarlo :  pueblos  enteros  debian  de  ser  entregados  al 
saqueo  horrorosamente ;  pero  sobretodo  la  numerosa  y  bella 
población  de  Maldonado  se  vio  completamente  saqueada  y  des- 
truida ;  las  puertas  mismas  y  ventanas,  las  rejas  todas  fueron 


—  266   - 

arrancadas :  los  techos  eran  desechos  por  el  soldado  que  quería 
quemar  las  TÍgas  que  las  sostenían :  muchos  plantíos  acabados ; 
los  Portugueses  convertían  en  páramos  los  abundantes  campos 
por  donde  pasaban,  y  por  todas  partes  se  veían  tristes  señales 
de  desolación.  Los  propietarios  habían  de  mirar  el  exterminio 
infructuoso  de  sus  caros  bienes  cuando  servían  á  la  Patria  de 
soldados,  y  el  General  en  G-efe  en  la  necesidad  de  tolerar  éstos 
desórdenes  por  la  falta  de  dinero  para  pagar  las  tropas ;  falta 
que  ocasionó  que  desde  nuestra  revolución,  y  durante  el  sitio 
no  recibiesen  los  voluntarios  otro  sueldo,  otro  emolumento  que 
cinco  pesos,  y  que  muchos  de  los  hacendados  gastasen  de  sus 
caudales  para  remediar  la  más  miserable  desnudez  á  que  una 
campaña  penosísima  habi.i  red  cido  al  soldado ;  nó  quedó  en 
fin  alguna  clase  do  sacrificio;  >  no  se  esperí mentase,  y  lo 
más  singular  de  ello  eraladesint  •  ,  -^da  voluntariedad  con  que 
cada  uno  los  tributaba,  exigiendo  sot^  por  premio  el  goce  de  su 
ansiada  libertad ;  pero  cuando  creían  asegurarla,  entonces  ora 
cuando  debían  apurar  las  hocos  del  cáliz  amargo  :  un  Gobierno 
sabio  y  libre,  una  mano  protectora  á  quien  se  entregaban  con- 
fiados, había  de  ser  la  que  les  condujese  de  nuevo  á  doblegar 
la  cerviz  bajo  el  cetro  de  la  tiranía. 

«  Esa  corporación  respetable,  en  la  necesidad  de  privarnos 
del  auxilio  de  sus  bayonetas,  creía  que  era  preciso  que  nuestro 
territorio  fuese  ocupado  por  un  extranjero  abominable,  ó  por 
su  antiguo  tirano,  y  pensaba  que  asegurándose  la  retirada  de 
aquel,  sí  negociaba  con  éste,  y  protegiendo  en  los  tratados  á 
los  vecinos,  aliviaba  su  suerte  sino  podía  evitar  ya  sus  males 
j)asados . 

«¿Peroacasa  ignoraba  q\\e  los  Orientales  hahian  jurado  en 
lo  mas  hondo  de  sus  corazones  tin  odio  irreconciliable^  tm  odio 
eterno^  á  toda  clase  de  tiranía;  qtte  nada  era  peor  para  ellos  qtie 
haber  de  humillarse  de  nuevo^  y  que  afrontarían  la  muerte  misma 
antes  que  degradarse  del  títido  de  ciudadanos  que  habían  sellado 


—  266  — 

con  su  sangre  ?  Ignoraba  sin  duda  el  Gobierno  hasta  donde 
se  elevaban  estos  sentimientos,  y  por  desgracia  fatal  los  Orien- 
tales no  tenian  en  él  un  representante  de  sus  doreclios  im- 
prescriptibles; sus  votos  no  liabian  podido  llegar  puros  basta 
allí,  ni  era  calculable  una  resolución  que  casi  podria  llamarse 
desesrierada:  entonces  el  Tratado  se  ratificó,  y  el  dia  23  vino. 

«  En  esta  crisis  temblé  y  violenta,  abandonadas  las  fami- 
lias, perdidos-  los  intereses,  acabado  todo  auxilio,  sin  recursos, 
entregados  solo  á  sí  mismos,  ¿qué  podia  esperarse  de  los 
Orientales,  sino  que  luchando  con  sus  infortunios  cediesen  al 
fin  al  peso  de  ellos,  y  víctimas  do  sus  mismos  sentimientos, 
mordiesen  otra  vez  el  duro  freno  que  con  un  impulso  glorioso 
habían  arrojado  lejos  de  sí? 

«  Pero  estaba  reservado  ¿  ellos  demostrar  el  genio  america- 
no, renovando  el  suceso  que  se  refiero  do  nuestros  paisanos  de 
la  Paz;  y  elevarse  gloriosamente  sobre  todas  las  desgracias; 
ellos  se  resuelven  á  dejar  sus  preciosas  vidas  antes  que  sobre- 
vivir al  oprobio  é  ^ignominia  á  que  se  les  destinaba,  y  llenos 
de  tan  recomendable  idea,  firmes  siempre  en  la  grandeza  que 
los  impulsó  cuando  protestaron  que  jamás  prcstaria-n  la  nece- 
saria expresión  de  su  voluntad  para  sancionar  lo  que  el  Go- 
bierno auxiliador  había  ratificado,  determinan  gustosos  dejar 
los  pocos  intereses  que  les  restan,  y  su  país,  y  trasladarse  con 
sus  familias  á  cualquier  punto  donde  puedan  ser  libres,  á  jiesar 
de  trabajos,  miserias  y  toda  clase  de  males. 

«  Tal  era  su  situación  cuando  el  Exmo.  Poder  Ejecutivo  me 
anunció  una  comisión  que  pocos  días  después  me  fué  manifes- 
tada, y  consistió  en  constituirme  Jefe  principal  de  estos  héroes 
fijando  mi  residencia  en  el  pueblo  de  Yapeyú:  y  en  consecuencia 
se  me  ha  dejado  el  cuerpo  veterano  de  Blandengues  de  mi  man- 
do, ocho  piezas  de  artillería  con  tres  oficiales  escogidos,  y  un 
repuesto  de  municiones. 

«  Verificado  esto,  emprendieron  su  marcha  los  auxiliadores 


—  267  — 

desde  el  Arroyo  Grande  para  embarcarse  en  el  Sauce ;  con  di- 
rección ¿  Buenos  Aires,  y  poco  después  emprendí  yo  la  mia 
hacia  el  punto  que  se  me  liabia  destinado. 

«  Yo  no  seré  capaz  de  dar  á  V.  S .  una  idea  del  cuadro  que 
presenta  al  mundo  la  Banda  Oriental  desde  este  momento  ;  la 
sangre  que  cubria  las  armas  de  sus  bravos  Lijos,  recordó  las 
grandes  proezas  que  continuadas  por  muy  poco  más  habrían 
puesto  el  fin  á  sus  trabajos  y  sellado  el  principio  de  la  felicidad 
más  pura:  llenos  todos  do  esta  memoria,  oyen  solo  la  voz  de  su 
libertad,  y  unidos  en  masa  marchan  cargados  de  sus  tiernas 
familias  á  esperar  mejor  proporción  para  volver  á  sus  antiguas 
operaciones.  Yo  no  he  perdonado  medio  alguno  de  contener  el 
digno  trasporte  de  un  entusiasmo  tal.  Pero  la  inmediación  de 
las  tro  )as  Porfcuguosas  diseminadas  en  toda  la  campaña, 
que  lejos  de  retirarse  con  arreglo  al  Tratado ;  se  acercan  y 
mortifican  más  y  más ;  y  la  poca  seguridad  que  fian  sobro  la 
palabra  del  señor  Elio,  á  este  respecto,  les  anima  de  nuevo,  y 
determinados  á  no  permitir  jamás  que  su  pueblo  sea  entrega- 
do impunemente  á  un  estrangero,  destinan  todos  los  instantes 
á  reiterar  la  protesta  de  no  dejar  las  armas  de  la  mano  hasta 
que  el  haya  evacuado  el  País,  y  puedan  ellos  gozar  una  liber- 
tad por  la  que  vieron  derramar  la  sangre  de  sus  hijos,  reci- 
biendo con  valor  su  postrer  aliento . 

«  Ellos  lo  han  resuelto,  y  yo  veo  que  van  á  verificarlo. 

«  Cada  día  veo  con  admiración  sus  rasgos  singulares  de  he- 
roicidad y  constancia:  unos  quemando  sus  casas  y  los  muebles 
que  no  podían  conducir,  otros  caminando  leguas  y  leguas  á  pié 
por  falta  de  auxilios,  ó  por  haber  consumido  sus  cabalgaduras 
en  el  servicio:  mujeres  ancianas,  viejos  decrépitos,  párvulos 
inocentes,  acompañan  esta  mai'cha,  manifestando  todos  la  ma- 
yor energía  y  resignación  en  medio  de  todas  las  privaciones. 

«  Yo  llegaré  muy  en  breve  á  mi  destino  con  este  pueblo  do 
héroes  y  al  frente  de  seis  mil  de  ellos  que  obrando  como  sóida- 


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dos  de  la  Patria,  sabrán  conservar  sus  glorias  en  cualquier 
parte,  dando  continuos  triunfos  á  su  libertad:  Allí  esperaré 
nuevas  órdenes  y  auxilios  de  vestuarios  y  dinero,  y  trabajaré 
gustoso  en  propender  á  la  realización  de  sus  grandes  voto?. 

«  Entre  tanto,  V.  S.  justo  apreciador  del  verdadero  mérito, 
estará  ya  en  estado  de  conocer  cuánto  es  idéntica  a  la  de  nues- 
tros hermanos  de  esa  Provincia,  la  revolución  de  estos  Orienta- 
les. Yo  ya  he  patentizado  á  V.  S.  la  historia  memorable  de  su 
revolución;  por  sus  incidentes,  creo  muy  fácil  conocer  cuáloii 
puedan  ser  los  resultados:  y  calculando  ahora  bastante  funda- 
monto  la  reciprocidad  de  nuestros  intereses,  no  dudo  so  hallará 
V .  S.  muy  convencido  de  que  sea  cual  fuere  la  suerte  de  la 
Banda  Oriental,  deberá  trasmitirse  hasta  esa  parto  del  norte 
de  nuestra  América;  y  observando  la  incertidumbre  del  mejor 
destino  de  aquella,  se  convencerá  igualmente  do  ser  estos  los 
momentos  precisos  de  consolidar  la  mejor  iDrecaucion. 

«  La  tenacidad  de  los  Portugueses,  sus  miras  antiguas  sobre 
el  País,  los  costos  enormes  de  la  expedición  que  Montevideo  no 
puede  compensar,  la  artillería  gruesa  y  morteros  que  conducen, 
sus  movimientos  después  de  nuestra  retirada,  la  dificultad  de 
defenderse  por  si  misma  la  Plaza  de  Montevideo  en  su  presen- 
te estado,  todo  anuncia  que  estos  extranjeros  tan  miserahlcs  co- 
mo aríthiciosos,  no  perderán  esta  ocasión  de  ocupar  nuestro  País : 
ambos  Gobiernos  han  llegado  á  temerlo  asi,  y  una  vez  verifica- 
do nuestro  paso  más  allá  del  Uruguay,  adonde  me  dirijo  con 
celeridad,  sin  que  el  ejército  Portugués  haga  un  movimiento 
retrogado,  será  una  alarma  general  que  dete;.'minará  pronto 
mis  operaciones ;  ellas  espero  nos  proporcionarán  nuevos  días 
de  gloria,  y  acaso  cimentarán  la  felicidad  futura  de  este  Terri- 
torio .  Yo  no  me  detendré  sobre  las  ventajas  que  adquirirían 
si  una  vez  ocupasen  la  Plaza  y  Puerto  de  Montevideo  y  la  cam- 
paña Oriental :  U.  S.  conocerá  con  evidencia  que  sus  miras  en- 
tonces serian  extensivas  á  mayores  empresas,  y  que  no  habria 


—  269  — 

sido  en  vano  el  particular  deseo  que  ha  demostrado  la  Corte 
del  Brasil  de  introducir  su  influencia  en  esta  interesante  Pro- 
vincia :  dueños  de  sus  limites  por  tierra,  seguros  de  la  llave  del 
Eio  de  la  Plata,  Uruguay,  y  demás  por  mar,  y  aumentando  su 
faerza  con  exceso,  no  solo  debian  prometerse  un  suceso  tan  tris- 
te para  nosotros,  como  alliagüeño  para  ellos  sobre  ese  punto, 
sino  que  cortando  absolutamente  las  relaciones  exteriores  de 
todas  las  demás  Provincias,  y  apoderándose  de  medios  de  hos- 
tilizarlos, todas  ellas  entrarían  en  los  cálculos  de  su  ambición, 
y  todas  ellas  estarían  demasiado  espuestas  á  sucumbir  al  yugo 
más  terrible. 

«  Después  de  la  claridad  de  estos  principios  y  de  las  sabias 
reflexiones  que  sobre  ellos  ha  escrito  el  editor  del  «  Correo 
Brasilense,  »  entiendo  que  nada  resta  que  d^cir  cuando  de  otra 
parte  la  conocida  penetración  de  V.  S.  llevará  al  cabo  estos 
apuntamientos,  teniendo  también  presente  que  las  operaciones 
político-militares,  que  impulsa  el  sistema  general  de  los  ame- 
ricanos, demasiado  espuestos  á  entorpecimientos  fatales  por 
las  violentas  y  continuas  alteraciones  del  diferente  modo  de 
opinar,  etc.  influyen  lo  bastante  para  conocer  la  intención  de 
nuestros  enemigos.  De  consiguiente  debe  conciliar  toda  nues- 
tra atención,  exitar  toda  nuestra  vigilancia,  y  apoj^arla  en  la 
mayor  actividad . 

«  De  todos  modos  V.  S.  puede  contar  en  cualquier  determi- 
nación con  este  gran  resto  de  hombres  libres,  muy  seguro  de 
que  marcharán  gustosos  á  cualquier  parte  donde  se  enarbole 
el  estandarte  conservador  de  la  libertad,  y  que  en  la  idea  ter- 
rible, siempre  encantadora  para  ellos,  de  verter  toda  su  sangre 
antes  que  volver  á  gemir  bajo  el  yugo,  sólo  sentirían  exhalar 
sus  almas,  con  el  único  objeto  de  romper  sus  grillos;  ellos  de- 
sean no  sólo  hacer  con  sus  vidas  el  obsequio  á  sus  sentimientos, 
sino  también  á  la  consolidación  de  la  obra  que  mueve  los  pa- 
sos de  los  seres  que  habitan  el  mundo  nuevo. 


—  270  — 

« 

«  Yo  me  lisonjeo,  los  tendrá  V.  S.  presente  para  todo  y  ha- 
rá cuanto  sea  de  su  parte  por  que  se  recoja  el  fruto  de  una  re- 
volución que  sin  disputa,  hace  la  época  de  la  heroicidad. 

«  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

«  Cuartel  general  en  el  Daiman,  y  siete  de  Diciembre  de  mil 
ochocientos  once. 

José  Artigas. 

«  Señores  Presidente  y  Vocales  de  la  Junta  Gubernativa  de 
la  Provincia  del  Paraguay.  » 


Los  iniciadores  del  sistema  federativo  en  el  Rio  de 
la  Plata  —  La  Independencia  Oriental. 


Son  tan  modestos  como  poco  conocidos  j  mal  apreciados  los 
verdaderos  inciadores  del  sistema  de  gobierno  representativo 
federal,  cuya  [adopción  y  perfeccionamiento  en  la  República 
Argentina  constituyen  boy  nuestro  legítimo  orgullo  republi- 
cano. 

La  complicada  filiación  histórica  de  ese  sistema  de  gobierno 
nos  revela  desde  su  remoto  origen  la  inteligencia,  el  brazc  y  la 
espada  que  primero  pugnaron  por  sostenerlo  y  generalizarlo 
en  nuestra  naciente  democracia. 

Reconociendo  esa  procedencia,  y  á  pesar  de  ser  aquellos  ini- 
ciadores repudiados  y  aun  execrados  por  muchos  de  nuestros 
más  distinguidos  publicistas,  es  como  se  evidencia  por  el  ob- 
servador imparcial  ante  la  serena  filosofía  de  nuestra  corifu^a 
liistoria,  quienes  fueron  los  legítimos  generadores  de  la  admi- 
rable actualidad  política  argentina,  que  solo  tiene  su  igual  en 
la  avanzada  organización  federativa  de  los  Estados  Unidos  de 
Colombia  y  de  Méjico,  y  su  ideal  sublime  en  la  magna  obra  do 
los  eminentes  y  nobles  fundadores  de  la  Union  Nort?  Ameri- 
cana. 

El  General  Artigas  ocupa  entre  aquellos  iniciadores  el  pues- 
to más  prominente,  profesando  y  haciendo  preponderar  ese 
sistema  en  su  provincia,  y  batallando  con  las  armas  en  la  mano 
por  implantarlo  y  hacerlo  triunfar  en  su  páfria,  como  al  fin  lo 
consiguió,  en  Entrerios,  en  Santa  Fe,  en  Corrientes,  en  Córdo- 
ba, y  sucesivamente  en  otras  provincias  argentinas  más  remo- 
tas.  Tal  es  el  verdadero  y  grandioso  rol  de  Artigas  en  la  or- 


—  272  — 

:acion  política  ai'geiitina.  Es  á  esto  á  lo  que  el  Dr.  Lope 
llama  en  su  obra  el  veneno  ariitjtdsta . 

Esa  y  no  otra  es  en  resumen  la  historia  de  los  primeros  pa 
sos  y  esfuerzos  lie  sii  iniciativa  política  en  estos  pueblos  de  1 
región  del  Plata.  , 

Ella  demuestra  también,  en  cnanto  á  la  Baiida  Oriental,  fue 
ra  do  toda  cuestión,  que  el  pensamiento  íntimo  que  siempr 
inspiraba  k  Artigas  en  la  clirecoion  política  de  su  pueblo,  eri 
©«(.ablecer  y  ase^ni-iir  para  él  una  verdadera  y  amplísima  in 
dependencia  provincial,  que  lo  asegurase  la  exclusiva  adniinis 
trucion  de  todos  sus  intereses,  formando  asi  un  verdadero  Es 
tado  autónomo,  que  no  debia  delegar  en  el  poder  central  sin' 
muy  limitadas  facultades,  sin  duda  las  más  esenciales  á  si 
mantenimiento,  y  á  su  representación  exterior. 

Juzgados  asi  los  propósitos  de  aquel  ante  la  evidencia  de 
lie;;lios  prácticos  tan  interjiversables,  se  comprendo  con  cuanta 
justicia  ha  sido  considerado  siempre  el  General  Artigas  como 
ol  fundador  de  la  independencia  oriental,  no  solo  por  la  acción 
de  la  ley,  sino  por  el  mismo  entusiasmo  de  la  opinión  pública. 

En  esa  opinión  han  estado  conformes,  en  distintas  ópocas, 
todos  los  partidos  políticos  que  lian  ido  sucesivamente  gober- 
nando la  República  Oriental,  cscepto  una  parto  del  llamado 
coyiforvador,  cuyos  directores  más  ilustrados  como  el  Dr.  D, 
Juan  Carlos  Gómez,  Dr.  D.  Pedro  Bustau.ante,  y  otros,  comba- 
tieron los  hechos  de  aquél,  censurándolos  con  calumniosa  in- 
justicia, obedeciendo  ciegamente  á  censurables  condescenden- 
cias en  que  iba  envuelta  una  visionaria  idea  anexionista. 

Á  este  respecto  ha  sido  tan  uniforme  en  el  Estado  Oriental 
la  justa  y  fundada  opinión  pública,  que  hace  23  años  durante 
la  administración  Berro,  con  motivo  de  una  solicitud  de  la  an- 
ciana viuda  del  patriota  General  D.  Andrés  Latorre,  se  expidió 
el  decreto  respectivo  en  los  tónninoa  siguientes  que  justifican 
plenamente  nuestra  afirmación: 


—  273  ~ 

€  Ministerio  de  Guerra  y  Marina. 

Montevideo,  Marzo  20  de  1861. 

«  Como  un  acto  de  merecida  justicia,  en  consideración  á  los 
eminentes  servicios  prestados  á  la  cansa  de  la  libertad  é  inde- 
pendencia de  la  República,  así  como  á  sus  instituciones  por  el 
finado  coronel  D.  Andrés  Latorro,  Mayor  General  del  Ejército 
Libertador  al  mando  del  General  D.  José  Artigas,  fundador  de 
la  Nacionalidad  Oriental,  pídase  á  la  H.  Cámara  de  Represen- 
tantes autorización  para  asignar  á  la  viuda  de  tan  distinguido 
ciudadano  el  sueldo  íntegro  de  su  clase,  acompañándose  el  es- 
pediente promovido  por  la  expresada  viuda. 

«  Rúbrica  de  S.  E. 

«  Lamas.  » 

Como  se  ve,  hay  á  este  respecto  en  la  posteridad  que  juzga 
á  Artigas,  la  presentación  espontánea  de  un  sincero  homenaje 
al  patriotismo  de  sus  aspiraciones,  á  la  energía  y  lealtad  de 
sus  actos,  y  á  la  misma  grandeza  de  sus  servicios  á  la  causa  de 
su  patria. 

Las  democracias  no  siempre  son  ingratas  como  se  ha  preten- 
dido :  y  si  hay  circunstancias  que  retardan  ese  justo  homenaje 
a  sus  eminentes  servidores,  no  por  eso  deja  de  presentarse  el 
día  histórico  de  la  reparación  como  una  evidencia  de  la  grati- 
tud nacional.     .    • 

Ya  en  1841  el  General  Rivera  envió  en  comisión  cerca  del 
Presidente  del  Paraguay  Doctor  Carlos  Antonio  López  al  en- 
tonces Sárjente  Mayor  Don  Federico  Albín  á  fin  de  inducir  y 
rogar  encarecidamente  á  Artigas  que  volviese  á  su  patria.  En 
otro  lugar  publicaremos  los  documentos  relativos,  según  la 
respuesta  dada  por  el  Comandante  Paraguayo  de  la  villa  de 

19 


—  274  — 

San  Isidro  Don  Juan  Manuel  Chinto,  en  cuya  jurisdicción  ta- 
nia  Artigas  su  quinta.  • 

Desde  1852,  al  dia  siguiente  de  terminada  la  guerra  gránele 
ese  dia  de  reparación  principió  a  lucir  para  Ai-tigas.  Posterior- 
mente la  traslación  de  sus  cenizas  desde  el  Paraguay  al  Pan- 
teón Nacional  ordenada  por  el  Gobierno  de  la  República ;  los 
discursos  pronunciados  por  algunos  eminentes  ciudadanos  y 
miembros  de  aquel,  principalmente  por  el  Doctor  Eequena, 
Ministro  de  Q-obiemo,  al  inhumar  sus  cenizas;  las  concesiones' 
y  gi*acias  acordadas  por  ambas  Cámaras  á  sus  deudos,  asi  lo 
atestiguan  del  modo  más  evidente  y  satisfactorio. 

Volviendo  ahora  al  hecho  indubitable  de  deberse  considerar 
á  Artigas  como  defensor  constante  é  infatigable  del  sistema 
federativo,  sus  calumniadores  han  protendido  borrar  el  rele- 
vante título  de  aquel  á  la  gratitud  de  los  pueblos  Argentinos 
bajo  este  punto  de  vista,  intentando  desautorizarlo  irónica- 
mente como  una  absurda  fábula. 

Ya  hemos  demostrado  cuan  injusto  y  parcial  es  este  desco- 
nocimiento. Pero  así  mismo,  queremos  agregar  algunas  consi- 
deraciones que  juzgamos  oportunas,  tratándose  de  tan  intere- 
sante tópico. 

Véase  hasta  que  punto  enceguece  la  pasión  del  odio,  y  aton^ 
tUy  tal  es  la  palabra  merecida,  las  inteligencias  superiores. 

El  Sr.  Don  Luis  Domínguez,  publicista  y  diplómata  de  tan 
distinguida  ilustración,  el  poeta  lírico  de  brillante  imaginación 
que  evocó  tantas  visiones  á  lo  Edgard  Poé  en  sus  estrofas  á  la 
Mesa  de  Artigas  en  el  Hervidero,  tan  pindáricamente  contesta- 
das por  el  fogoso  Fajardo  en  su  magnífica  composición ;  el  Sr. 
Domínguez,  decimos,  ocupándose  de  vituperar  á  Artigas  en  su 
laborioso  y  comprensivo  Compendio  de  Historia  Argentina 
(página  416)  exibe  como  un  desmérito  y  como  un  cargo  á  Ar- 
tigas, el  hecho  siguiente,  que  para  cualquier  observador  ilus- 
trado y  sobre  todo  imparcial  debería  ser  un  grande  elojio  en 


—  976     ■ 

favor  de  aquel  patriota,  enalteciéndolo  sobremanera  á  ély  á  su 
cooperador  Barreiro . 

«  La  República  del  Norte  { dice  Dominguez )  era  el  bello 
«  ideal  de  su  política  y  la  Constitución  do  Massachussetta,  la 
«  más  digna  de  imitarse  como  la  más  democráticíi  de  la  Con- 
«  federación  Americana.» 

Parece  increible  que  al  disfrazar  la  historia  sud-americana 
amoldándola  á  antipatías  tradicionales,  llegue  á  caerse  por  es- 
critorea  ñusti-ados  en  el  ridículo  extremo  do  censurar  y  burlar 
aquello  mismo  que  ea  tan  digno  de  imitación  y  do  eucomio! 

Ese  cargo  tan  neciamente  formulado,  nos  recuerda  una  nota 
del  General  Artigas  al  Cabildo  de  Montevideo,  líi  que  publica- 
remos, en  la  que  agradece  vivamente  el  eii\  lo  qao  te  le  había 
hecho  de  la  Historia  de  los  Estados  Uuiilos,  de  los  que  efectiva- 
mente debía  mostrars»  tan  adicto  ó  apasionado  guando  se  le 
enviaba  esa  obra  como  un  valioso  obsequio,  en  cuya  nota  dice, 
que  «  anhela  porque  ese  Ubro  pueda  hallarse  en  manos  de  to- 
dos los  Orientales  para  su  estudio.  » 

El  ilustre  Madison  con  otros  constituyentes  al  discutirse  la 
primera  Constitución  de  los  Estados  Unidos,  observaba  con 
gran  sentido  práctico  que  mal  podía  ímpoiieivie  ó  autorizarse 
.  el  uso  de  la  fuerza  pública  á  fin  de  conservarla  Union,  y  fa- 
cultarse al  Ejecutivo  central  para  ello  «  dv;id¿  que  la  hiise  de  esa 
Union  era  la  Uhíe  voiuntad  de  los imellos para  constituirla.  » 

Es  por  esta  misma  razón  que  la  Declaración  de  la  Indepen- 
dencia Americana  consagra  el  axioma  político  de  que  los  go- 
liernos  rcpiiUicaitos,  derivan  sus  justos  poderes  del  consentimien- 
to de  los  gobernados;  así  como  su  primera  Constitución  declara- 
ba que  «  cada  Estado  retenia  su  soberanía,  su  libertad  y  su,  imle- 
pendencia.  » 

Haciendo  valer  tan  irrecusables  autoridades,  asi  como  las 
opiniones  de  Hamilton,  Jeíferson,  Franklin  y  otros  grandes 
eatadiatas  y  constituyentes  norte-americanos,  y  aun  las  Cons- 


—  276  — 

tituciones  de  algunos  de  aquellos  Estados,  se  esplica  también 
el  hecho  de  como  Artigas  y  sus  partidarios  encontraban,  por 
más  que  de  ello  se  burle  Dominguez,  la  guía^  el  modelo  y  la 
sanción  d©  su  resistencia  contra  el  poder  despótico  de  los  Di- 
rectorios. 

Artigas  debia  ver  en  esa  organización  modelo,  que  cada  uno 
de  los  Estados  norte  americanos  constituía  en  su  origen  un 
poder  libre,  soberano  ó  independiente. 

Veia  en  aquella  declaración  de  Independencia  consignado 
el  gran  principio  de  «  que  siempre  que  cualquier  forma  de  go- 
«  biorno  llegue  á  destruir  ciertas  aspiraciones,  (una  de  las  cua- 
«  les  es  la  de  procurar  su  bien  estar)  el  pueblo  tiene  el  derecho 
«  de  alterarla  ó  aboliría,  instituyendo  un  nuevo  gobierno,  ci- 
«  mentando  su  base  sobre  los  principios,  y  organizando  su  po- 
«  der  en  la  forma,  que  le  parezcan  mas  conducentes  á  asegu- 
«  rar  su  propia  seguridad  y  felicidad.» 

La  revolución  de  Mayo  incorporaba  esos  principios  en  su 
grandioso  programa.  Los  patriotas  de  voluntad  superior  como 
Artigas,  trataban  de  adoptarlos  leal  y  enérgicamente  en  sus- 
titución del  orden  de  cosas  que  acababan  de  destrozar  inde- 
pendizándose de  la  España.  Creian  con  mucha  razón  que  si  se 
equivocaban  en  sus  aspiraciones,  hacianlo  en  compañía  de  los 
patriotas  mas  eminentes  que  dieron  á  la  revolución  norte  ame- 
ricana el  prestigio  y  el  esplendor  de  la  causa  mas  noble  que  se 
había  sostenido  por  la  humanidad  entera  en  las  postrimerias 
del  siglo  XVIII,  sin  ninguna  de  las  manchas  de  la  gran  revo- 
lución francesa. 

Es  de  este  modo  como  los  artiguistas  convertían  en  cuestión 
de  derecho  constitucional  el  conflicto  que  gobernantes  absolu- 
tistas oomo  Alvear  y  Puoyrrredon  imponian  como  capitulo  de 
Ordenanza  militar,  única  y  suprema  ley  para  los  ciudadanos 
de  entonces  perseguidos  como  anarquistas. 

Es  ante  esas  pruebas,  y  ante  las  pretensiones  y  bien  expli* 


*■ 
/ 


—  277  — 

citas  declaraciones  de  Artigas,  como  hemos  formado  la  opi- 
nión de  que  sus  propósitos  no  eran  aceptar  en  absoluto  para  la 
Banda  Oriental  el  régimen  federal  mixto,  tal  como  por  ejemplo 
lo  ha  preconizado  el  doctor  Alberdi  en  nuestros  días,  conside- 
rándola como  una  provincia  sujeta  al  poder  central  de  Buenos 
Aires,  sino  más  bien  como  un  estado  independiente  federativo, 
que  por  medio  de  pactos  prorinciales  debia  confederarse  á  los 
demás  que  se  formasen  en  el  antiguo  Vireinato  de  Buenos  Ai- 
res ;  pero  conservando  al  mismo  tiempo  el  uso  indisputado  de 
su  soberania  interna  en  su  más  amplia  latitud,  que  nunca  debia 
delegarse. 

El  ilustrado  Batbie  en  su  Tratado  de  Dereclio  Constitucional 
Comparado,  define  tan  perfectamente  la  diferencia  entre  uno  y 
otro  sistema,  que  creemos  oi)ortuno  reproducir  su  juicio  por 
más  elemental  que  él  parezca. 

«  Entre  los  Estados  federativos,  dice,  y  la  Federación  de  Es* 
tados,  hay  una  diferencia  notable.  En  los  primeros,  las  atribu- 
ciones del  Poder  Central  son  importantes,  mientras  en  las  fe- 
deraciones, cada  uno  (le  los  Federados  conserva  su  independen- 
cia y  soberania ;  el  vínculo  que  liga  las  partes  de  la  federación 
es  generalmente  débil,  y  podría  definirse  esta  situación:  un 
Tratado  permanente  ds  alianza  ofensiva  y  defensiva.  » 

Tomando  Artigas  como  modelo  á  los  Estados  primitivos  de 
la  Union  Americana,  debia  ver  que  todos  ellos  se  hablan  dado 
sus  instituciones  propias,  con  sus  asambleas  deKberantes,  re- 
conocidas ó  toleradas  por  la  misma  Corona  de  Inglaterra  que 
encontrando  sus  Cartas  fundamentales  muy  objecionables,  co- 
mo la  de  la  Nueva  Inglaterra  sobre  todo,  se  resignaba  á  ellas, 
asi  mismo,  en  tanto  ellas  no  coartasen  las  leyes  de  la  madre 
patria,  y  en  especial  lo  que  ella  creia  su  secular  derecho  de  im- 
ponerles taxation,  ó  contribuciones  y  gabelas,  que  tanto  repug- 
naban las  Colonias,  desde  que  ellas  no  tomaban  parte  en  su 
votación  y  sanción. 


--  378  — 

El  carácter  compendioso  de  este  Estudio  no  nos  permite  en- 
trar en  extensas  consideraciones  sobre  tan  interesante  tópico; 
pero  basta  á  nuestro  propósito  resumir  nuestros  juicios  en  las 
afirmaciones  anteriores,  exponiendo  la  verdadera  índole  de  la 
organización  política  que  Artigas  intentaba  dar  á  su  país,  y  la 
que  habría  ido  gradualmente  consolidando  y  desarrollando,  si 
las  exigencias  de  la  mortal  (contienda  en  que  tenia  que  agitar- 
se, no  le  linbiesou  abüorbiclo  todo  su  tiempo  y  sus  esfuerzos, 
dedicándolos  primordialmente  á  la  defensa  del  territorio  pa- 
trio. 

En  cuanto  á  la  Kepública  Argentina,  es  innegable  que  Arti- 
gas fué  el  incansable  i»roi)agandista  y  promotor  del  sistema 
federativo,  contra  el  cual  se  estrellaron  todos  los  esfuerzos  de 
los  centralistas  de  Buenos  Aires. 

Deficientes  y  embrionarias  como  debían  ser  esas  tentativas 
de  una  organización  política,  para  la  cual  estaban  tan  mal  pre- 
paradas las  colonias  españolas,  sobre  todo  ante  la  implacable 
hostilidad  de  los  adversarios  más  poderosos  de  Artigas  como 
lo  eran  constantemente  los  Directorios,  dueños  de  grandes  re- 
cursos y  de  formidables  fuerzas,  asi  mismo  los  ensayos  sucesi- 
vos que  surjian  de  los  caminos  de  batalla,  iban  cada  día  ganan- 
do más  prosélitos  para  la  causa  federativa  y  acentuándose  en 
la  simpatía  popular. 

Ante  el  majestuoso  edificio  de  nuestras  instituciones  políti- 
cas, después  de  tantos  ensayos  y  tentativas  abortadas  muchas 
veces  en  medio  de  un  mar  de  sangre  y  de  un  angustioso  adiós 
á  la  integridad  de  la  patria,  despedazada  por  implacables  fac- 
ciones dede  1811  hasta  1820,  y  últimamente  en  1853,  74  y  81, 
habría  una  negi*a  ingratitud  en  olvidar  quienes  fueron  los  pri- 
meros obreros  de  ese  gran  monumento,  quienes  pusieron  la 
primera  piedra,  y  quienes  abrieron  sus  anchos  y  profundos  ci- 
mientos. 

Para  establecer  al  fin  sólidamente  ese  régimen  federativo 


s 
\ 


—  279   - 

que  hoy  impera  en  la  República  Argentina,  que.  es  su  más  no- 
ble y  característico  rasgo  de  avanzado  progreso  moral  en  sus 
libérrimas  instituciones,  han  sido  necesarios  largos  años  de 
tremenda  lucha,  décadas  de  bárbaro  y  luctuoso  desenfreno,  tre- 
mendas tiranías,  oligarquías  disolventes  é  incendiarias;  mu- 
chos escalones  descendidos  en  el  abismo  del  oprobio,  del  fra- 
tricidio, del  suicidio  nacional. 

En  la  lontananza  de  ese  pavoroso  cuadro,  entre  las  últimas 
perspectivas  de  su  vagos  horizontes,  resplandece  la  poderosa  y 
viril  silueta  del  batallador  Artigas,  como  el  primer  caudillo 
del  Hio  de  la  Plata  que  hacia  de  las  instituciones  federativas, 
de  la  soberanía  provincial,  dentro  de  la  soberanía  de  la  Union, 
su  divisa  de  guerra;  y  que  convocaba  al  rededor  de  ella  todos 
los  oprimidos,  todos  los  descontentos,  todos  los  que  en  el  ren- 
coroso lenguaje  de  1814  eran  montoneros^  artiffiíisfas  ó  anaV" 
quistas,  porque  aspiraban  á  la  igualdad  de  derechos,  de  repre- 
sentación y  de  soberanía,  que  era  el  sublime  verbo  de  Mayo. 


»33<39^Q<itf 


5 

i 


V    ^ 


Artigas  y  su  pueblo. 


Las  instrucciones  dadas  por  el  General  Artigas  á  los  repre- 
sentantes de  la  Provincia  Oriental  en  1813  son  una  prueba 
irrefragable  de  ai^uella  afirmación,  que  tiene  sus  fundamentos, 
su  exposición,  y  su  solemne  prefacio  en  el  notabilísimo  oficio 
de  7  de  Diciembre  de  1811  al  Gobierno  del  Paraguay,  que 
hemos  publicado  antes,  tratando  de  emanciparse  ya  Artigas  á 
los  seis  meses  de  la  batalla  de  las  Piedras,  de  la  supremacía  ó 
del  predominio  autoritario  y  absoluto  que  intentaba  ejercer  el 
Gobierno  de  Buenos  Aires  en  esta  Banda. 

Es  evidente  que  Artigas  no  consideraba  desde  entonces  á 
este  sino  como  un  mero  auxiliador,  insinuando  ya  ideas  que 
podían  reputarse  anárquicas  sobre  la  división  de  los  Estados, 
buscando  eu  el  Paraguay,  teatro  de  las  gloriosas,  pero  al  fin 
funestas,  derrotas  de  Tacuarí  y  Paraguarí,  de  las  fuerzas  del 
ilustre  Belgrano,  un  contrapeso  para  equilibrar  y  neutralizar 
las  odiadas  tendencias  del  réjimeu  unitario  que  tan  violenta- 
mente se  quena  imponer ;  y  hablando  á  los  pueblos  de  esta 
Provincia  Oriental,  y  á  los  territorios  de  Entre-Bios  y  Santa 
Fé  de  representación,  de  Congresos,  de  sistema  electoral,  do  igual- 
dad de  derecfioi,  de  soberanía  popular ;  en  todas  esas  nobles  fra- 
ses que  no  eran  palabras  huecas,  sino  la  expresión  de  grandes 
y  levantadas  aspiraciones,  cuya  realización  exaltaba  á  los  pue- 
blos, preparándolos  para  el  triunfo  ó  el  sacrificio , 

La  pintura  resaltante  que  hace  el  General  Artigas  en  su  nota 
trascrita  de  7  de  Diciembre  de  1812,  demuestra  de  una  manera 
auténtica  y  fidedigna  cual  debia  ser  la  exaltación  de  aquel  pue- 
blo contra  la  Junta  revolucionaria  de  Buenos  Aires  que  de  este 
modo  vergonzoso   lo  entregaba  maniatado  &  sus  snemigoa  es- 


I 


—  282  — 

pañoles  y  portugueses,  y  que  asi  lo  sacrificaba  en  aquella  triste 
y  dolorosa  peregrinación,  alejándose  de  sus  hogares  para  ir  & 
establecerse  en  medio  de  toda  clase  de  privaciones  y  penurias 
en  las  margenes  del  Ayui. 

En  ese  gran  drama  de  civismo  que  espera  todavia  la  pluma 
descriptiva  y  galana  de  algún  Walter  Scott  ó  de  algún  Cooper 
Oriental,  para  bosquejarnos  sus  acerbas  penalidades,  sus  igno- 
rados heroismos,  sus  episodios  de  sublimo  abnegación,  es  donde 
se  vén  identificarse  al  pueblo  y  al  caudillo  en  una  común  aspi- 
ración, en  una  misma  incontrastable  voluntad. 

En  esos  dias  de  sublime  prueba  es  cuando  los  pueblos  levan- 
tan al  ara  de  su  idolatria  sus  graneles  ciudadanos  y  sus  leales 
servidores. 

Fué  justamente  entonces,  en  esa  peregrinación  al  Ayui, 
cuando  Artigas  fue  aclamado  por  sus  compatriotas  como  su 
digno  y  supremo  gefe,  identificándose  con  su  pueblo  en  sus 
más  nobles  y  virtuosas  aspiraciones  y  sacrificios.  Es  por  demás 
agregar  que  cuanto  mayor  era  el  entusiasmo  del  pueblo  por 
Artigas,  tanto  mayor  era  su  execración  al  cobarde  gobierno 
que  los  habia  abandonado,  y  resultaba  ser  de  esto  modo  direc- 
ta ó  indirectamente,  el  autor  de  tan  mortales  padecimientos 
para  el  pueblo  de  esta  Provincia. 

Algunos  años  después,  triufante  la  tenaz  resistencia  opuesta 
por  Artigas  á  los  Directorios  de  Posadas  y  Alvear,  sellada  con 
la  sangre  del  Guayabo,  el  pueblo  oriental  tuvo  frecuentes  oca- 
siones de  aumentar  aquel  respeto  y  cariño  liácia  su  gefe  que 
asi  lo  elevaba  en  su  propio  valer  con  los  atrayentes  prestigios 
de  la  gloria  de  sus  triunfos,  y  enorgullecía  su  arrogancia  con  la 
satisfacción  de  sus  aspiraciones  reformadoras. 

Mas  tarde,  iniciada  y  provocada  por  Alvear  una  nueva  gue- 
rra que  debia  terminar  tan  desastrosamente  para  él,  el  general 
Artigas  encontró  en  su  pueblo  el  mismo  entusiasmo  y  dedica- 
ción para  sostenerlo  y  alentarlo  en  tan  supremo  trance. 


—  288  — 

Cayó  al  suelo  hecha  pedazos  aquella  oprobiosa  dictadura  de 
Alvear;  y  el  pueblo  Oriental  tuvo  plena  razón  para  sentirse 
fanatizado  en  su  agradecimiento  al  gran  caudillo  que  asi  ponia 
sobro  su  frente  la  corona  de  una  noble  y  cívica  victoria,  ele- 
vándolo sobre  los  demás  pueblos  del  antiguo  Virreinato. 

Como  trasunto  fiel  del  sentimiento  popular  ante  los  estruen- 
dosos acontecimientos  de  aquella  ¿poca,  que  tanto  dignifican  y 
enaltecen  á  Artigas  y  á  su  pueblo,  y  justifican  su  mutua  ad- 
hesión y  simpatía,  queremos  transcribir  á  continuación  las 
siguif^ntes  importantes  notas  de  aquel  relativas  al  derroca- 
miento de  Alvear. 


«  Me  felicito  a  mi  mismo  cuando  ese  ilustre  Ayuntamiento  ha 
.  empeñado  su  paternal  celo  por  consei'var  los  derechos  de  esa 
benemérita  provincia  y  todos  sus  intereses.  Hasta  el  in'esente 
yo  no  he  hecho  más  que  cumplir  con  los  deberes  de  un  buen 
ciudadano  empeñando  los  esfuerzos  que  han  estado  á  mis  al- 
cances para  verla  libre  de  tiranos.  Allanado  gloriosamente  este 
paso  era  de  indispensable  necesidad  tocar  todos  los  resortes 
que  afianzasen  en  lo  sucesivo  el  triunfo  de  la  libertad.  Por  lo 
mismo  he  continuado  mis  afanes  en  pos  de  las  "^V-mas  provin- 
cias vecinas  creyenrlo  adelantar  con  este  suce.^:>  ln  inviolní-ili- 
-  dad  ulterior  de  nuestros  derechos,  y  eludir  las  iíV-ns  ir^^-c-i  aas 
con  que  el  gobienao  de  Buenos  Aires  pensó  muln:»!:»  ir  los  sa- 
crificios do  estos  pueblos,  mirando  con  una  frli  i^-lifereDcia 
sus  desvelos.  Nuestra  dignidad  reclama  circuviMTv  rion,  y  las 
circunstancias  exigen  mayor  seguridad. 

«  Calcúlelo  V.  S.  una  y  otra  vez  y  advertirá  que  mi  marcha 
hacia  estos  destinos  no  es  obra  del  capricho  sino  de  la  delica- 
deza con  que  he  mirado  en  todos  tiempos  nuestra  amable  liber- 
tad. Ella  por  si  sola  se  hace  respetable,  y  mo  acompaña  la  sa- 


—  284  — 

tisfaccion  de  asegurar  á  V.  S.  que  nuestras  armas  hicieron  el 
dia  de  ayer  respetable  su  pabellón  en  Santa  Fé,  rindiéndose  á 
discreción  su  jefe  y  tropa  que  la  guamecia.  Este  suceso  de  la 
guerra,  y  las  insinuaciones  con  que  el  supremo  Director  de 
Buenos  Aires  D.  Carlos  Alvear  me  promete  con  fecha  17  del 
corriente  remitir  cerca  de  mi  persona  al  coronel  D.  Elias  Gal- 
van  y  al  comandante  de  la  escuadm  coronel  Brown  para  tran- 
sar nuestras  diferencias  políticas,  no  dudo  que  harán  aparecer 
el  dia  grande  de  nuestra  seguridad  y  felicidad.  Entre  tanto 
continuarán  mis  esfuerzos  Jiasta  ver  garantida  por  los  hechos 
la  pública  confianza.  Yo  espero  que  V.  S.  tenga  la  dignación 
de  aprobar  estas  medidas  seguro  que  de  ellas  resultarán  los 
bienes  por  que  ansia  la  América  del  Sud.  Entre  tanto  está  en 
manos  de  V.  S.  conservar  los  intereses  de  esa  provincia  ya  li- 
bre. Para  ello  he  dejado  las  fuerzas  bastantes  para  guarnecer 
por  ahora  esa  plaza,  sus  costas  y  sus  fronteras. 

«  Allí  tiene  V.  S.  una  parte  del  regimiento  de  blandengues 
guardando  la  campaña  de  las  correrías  de  los  portugueses. 
Todo  lo  pongo  en  su  conocimiento  para  que,  medidas  todas  las 
circunstancias,  resuelva  siempre  con  acierto.  Mi  Cuartel  Q-e- 
neral  aun  se  mantiene  en  los  Corrales  al  mando  de  don  Ramón 
Fernandez  con  algunas  compañías  de  blandengues  para  ocur- 
rir á  donde  aparezca  más  inmediato  el  peligro.  Disponga  V. 
S.  de  ellos,  como  igualmente  de  todo  su  parque  y  útiles  de  gue- 
rra, en  cualquier  caso,  que  ellos  respetarán  sus  órdenes.  Yo 
ofresco  á  V.  S.  mis  votos  por  la  salud  pública.  Si  la  sinceridad 
de  esta  protesta  es  apreciada  en  su  concepto,  no  dudo  sea  más 
agradable  mi  apersonamiento  en  ese  pueblo  con  la  satisfacción 
de  saludar  á  mis  conciudadanos  ya  libres.  Tengo  la  honra  de 
saludar  á  V.S.  y  ofertarle  mis  más  afectuosas  consideraciones. 

Cuartel  en  el  Paraná  Marzo  25  de  1816. 

José  Artigas, 

«  Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  Montevideo, » 


—  285  — 

«Me  es  muy  satisfactorio  comunicar  áV.  S.  que  los  ooreso- 
res  de  Buenos  Aires  han  sido  derribados.  El  Excelentísimo  Ca- 
bildo de  aquella  ciudad  en  carta  18  del  corriente  me  trasmite^ 
tan  plausible  noticia.  La  pretendida  Soberana  Asamblea  Ge- 
neral Constituyente  fué  por  sí  misma  disuelta,  y  el  Groneral 
Alvear  destinado  abordo  de  una  fragata  de  S.  M.  B.  heridos 
todos  de  la  indignación  del  pueblo.  En  la  Municipalidad  es 
en  quien  se  halla  refundido  el  Gobierno  de  aquella  Provincia. 
V.  S.  hallará  en  tan  afortunado  suceso  el  triunfo  de  la  justicia 
pública,  y  el  resultado  de  nuestros  constantes  esfuerzos  por 
conservarla  inovidable.  Mis  combinaciones  han  tenido  una 
ejecución  acertadísima,  y  espero  que  el  restablecimiento  de  la 
tranquilidad  general  aparecerá  muy  pronto. 

«  Yo  ya  he  repasado  el  Paraná  y  circulado  las  órdenes  preci- 
sas para  lo  mismo  á  las  fuerzas  que  había  hecho  avanzar  desde 
la  rivera  occidental.  Sin  embargo  por  ahora  es  menester  limi- 
tamos á  eso  solo,  por  cuanto  aun  no  se  ha  formalizado  particu- 
larmente tratado  alguno  que  fije  la  paz.  Yo  no  perderé  instan- 
te en  comunicar  á  V.  S.  cuando  llegue  el  momento  de  sellarla  ; 
y  mientras  tenga  V.  S.  la  dignación  de  acompañar  mis  votos 
reuniendo  á  los  dignos  ciudadanos  en  torno  del  santuario  á 
consagrar  el  presente  suceso,  que  une  un  laurel  más  á  la  bri- 
llante corona  de  nuestros  afanes  y  desvelos,  pasando  las  circu- 
lares competentes  para  el  mismo  fin  á  los  Cabildos  de  esa  ju- 
risdicción . 

«  Que  la  alegría  sea  general,  y  sus  efusiones  solemnes  y  pu- 
ras; y  que  todos  miren  en  el  cuadro  magnífico  que  se  presenta, 
la  historia  de  su  grandeza,  y  la  aurora  de  la  vida  y  prosperi- 
dad. Tengo  el  honor  de  reiterar  á  V.  S .  mis  más  íntimos  res- 
petos. 

«  Cuartel  General  26  de  Abril  de  1816. 

José  Artigas.^ 

«  Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  Montevideo.  » 


--  286  — 

Se  comprenderá  ante  estas  patrióticas  manifestaciones  de 
Artigas  cuan  sincero  y  ardiente  debia  ser  el  fanatismo  que 
sentia  el  pueblo  oriental  hacia  el  soberbio  caudillo  que  hacia 
repercutir  en  la  capital  de  la  Nación  la  influencia  do.  sus  tíc- 
torias,  y  el  respeto  de  su  noble  causa  en  todos  los  pueblos  del 
antiguo  Virreinato. 

Es  ese  espontáneo  sentimiento  popular  el  que  constituia  la 
gran  fuerza  de  Artigas,  dando  á  sus  resoluciones  la  pujanza 
irresistible  del  formidable  protector  de  los  pueblos  libres  de 
aquella  época. 

Sus  enemigos  han  tratado  de  vengarse  de  ese  prestigio  arro- 
jando sobre  ol  pueblo  que  le  seguía  el  estigma  del  salvajismo  y 
de  la  barbarie. 

Pero  ningún  observador  imparcial  puede  desconocer  que  las 
masas  populares  en  aquella  época  remota  adolescian  del  mismo 
carácter  de  atraso  y  de  ignorancia  en  todo  el  continente  Siid 
y  Norte  Americano ;  sin  que  esa  deficiencia  relativa  pudiese 
amenguar  el  mérito  de  sus  virtudes,  la  pureza  de  sus  móviles, 
ni  el  esplendor  de  sus  triunfos. 

Esas  muchedumbres  armadas  asi  como  sus  caudillos,  no  eran 
responsables,  lo  mismo  en  Tucuman  y  Salta,  como  eíf  Buenos 
Aires,  en  Córdoba,  Entre-Eios,  Santa  Fé  y  Provincia  Oriental, 
de  esa  ignorancia  general  que  se  les  ha  echado  en  rostro  tan 
insensatamente;  ignorancia  que  el  gobierno  de  la  recelosa  ma- 
dre patria  pugnaba  por  conservar  á  todo  trance  en  las  colo- 
nias, no  sólo  en  sus  campos,  sino  en  las  mismas  ciudades  capi- 
tales, como  el  elemento  principal  de  su  permanente  quietismo 
y  sometimiento  al  poder  español. 

Por  lo  mismo,  el  historiador  recto  é  imparcial  no  deberla 
hacer  pesar  sobre  esas  muchedumbres  ineducadas  y  sobre  sus 
caudillos  naturales,  la  implacable  censura  y  vilipendio  de  que 
han  hecho  lujo  algunos  escritores,  como  los  Dres.  López  y 
Berra,  como  los  Generales  Mitre  y  Sarmiento,  y  en  especial  el 


n* 


í 


\ 
£ 


—  287  —  . 

primero  y  el  último,  aquél  en  su  Revolución  Argentina  y  éste  J 

en  su  Conflictos  y  Ánnonías^  calificándolas  á  cada  paso  como  - 

hordas  6  bandas,  y  á  sus  jefes  como  grandes  facinerosos,  desen- 
tendiéndose malevolentemente  de  todas  aquellas  circunstan- 
cias tan  atenuantes,  y  de  aquellas  pruebas  tan  concluyentes  y 
atractivas  en  honor  de  la  independencia  americana. 


— Mi*4a«í^»3»:i 


\ 


.'** 


Por  calumniar  á  Artigas  hasta  se  han  atenuada 
los  atentados  de  sus  enemigos  —  Pajinas  som- 
brías de  nuestra  historia. 


Para  aquellos  escritores,  Artigas  no  ha  sido  sino  «  el  gau- 
«  clio  audaz  ó  ignorante,  centauro  nómade  del  aduar  uruguayo; 
«  reñido  con  la  civilización  y  la  ley;  caudillejo  sin  mas  bande- 
«  ra  ni  mas  principios  que  hacer  triunfar  sus  capriclios  perso- 
«  nales  al  frente  do  un  tropel  de  otros  gauchos,  llevando  adon- 
«  de  pisaba  su  caballo  de  guerra  la  desolación  y  el  desorden.  » 

Pero  para  las  autoridades  españolas  que  en  este  territorio 
sembraban  el  terror,  colgando  por  la  acción  aterrante  do  sus 
Prebostes  y  de  sus  Partidas  Tranquilizadoras  en  los  árboles  de 
los  caminos  reales  á  los  mal  aventurados  criollos  que  uno  a 
uno  osaban  dar  la  menor  prueba  de  insubordinación,  ni  para 
los  feroces  jefes  españoles  que  en  las  provincias  del  Alto  Peni 
y  en  el  Sud  de  Chile  fusilaban  y  ahorcaban  implacablemente 
á  los  patriotas  é  incendiaban  pueblos  enteros;  para  Vigodet 
que  amenazaba  con  pena  de  muerte  toda  relación  con  los  lla- 
mados insurjentes;  para  esas  autoridades  y  sus  ajentes  no  ha 
habido  una  palabra  de  censura  de  parte  de  aquellos  escritores 
nacionales.  Sin  duda,  para  ellos  las  cenizas  del  pueblo  de 
Cangallo  no  eran  sino  un  accidente  de  la  guerra,  y  las  matan- 
zas de  la  Paz  y  Cochabamba  una  represión  justificable. 

No  lo  ha  habido  tampoco  para  las  tropas  portuguesas  que 
asolaban  e  incendiaban  las  poblaciones  Orientales  en  las  dos 
distintas  invasiones  de  1811  y  16,  que  arrasaban  los  pueblos 
de  Misiones  hasta  no  dejar  piedra  sobre  piedra  de  aquellas  pa- 
cificas aldeas ;  que,  en  docenas  do  carretas  arrebataban  los  va- 

20 


jM 


—  290  — 

808  sagrados  y  ornamentos  de  sus  iglesias  incendiadas;  que  pa- 
saban á  degüello  no  solo  todos  los  prisioneros,  sino  hasta  los 
mismos  ancianos,  las  mujeres  y  Iopí  niños ;  que  horrorizaban 
con  sus  hechos  de  inaudita  ferocidad  á  sus  mismos  amigos  y 
compatricios,  como  lo  conflesan  los  historiadores  portugueses 
al  narrar  y  reprobar  los  horrores  cometidos  por  el  Brigadier 
daa  Chaga«  y  otros  gefes  Rio  Grandensos  en  su  excecrablo 
consigna  de  despoblar  las  Misiones  Orientales  y  Argentinas. 

En  uno  y  otro  caso,  no  ha  habido  censura  ni  acritud,  ni  in- 
dignación, pero  ni  siquiera  se  ha  extrañado  tan  abominable 
ferocidad. 

Algunos  hisLOriadores  como  el  doctor  Berra,  hasta  han  lle- 
gado con  frases  mal  veladas  y  plañideras,  á  explicar  tales  hor- 
rores, vale  decir,  á  justificarlos,  como  una  consecuencia  natural 
de  las  injustas  agresiones  do  Artigas  centra  los  portugueses  ; 
reproduciendo  asi  con  sorprendonte  seriedad  la  fábula  del  cor- 
dero que  enturbiaba  aguas  arriba  al  agraviado  lobo  la  corrien- 
te del  arroyuelo . 

Otros  historiadores  como  el  Dr,  López,  no  han  tenido  una 
palabra  de  viril  indignación  contra  esos  atroces  crímenes,  y 
han  enaltecido  y  aplaudido  como  obra  de  laudable  habilidad 
la  nefanda  traición  diplomáíica  que  desde  Buenos  Aires  y  Rio 
Janeiro  facilitaba  en  1810  y  17  al  Portugal  la  invasión  y  la 
conquista  del  territorio  Oriental,  á  fin  de  exterminar  de  una 
vez  á  Artigas  y  sus  intrépidos  milicianos!! 

No  se  ha  reprobado  tampoco  con  la  indignación  de  la  justi- 
.  cia  ofendida  los  excesos  á  que  se  entregaban  las  tropas  que 
salían  de  Buenos  Aires  para  sojuzgar  á  hierro  y  fuego  las  pro- 
vincias, excesos  que  el  recto  General  Belgrano  calificaba  con 
la  vehemencia  de  una  bien  sentida  execración  en  una  nota  al 
Directorio  del  modo  siguiente: 

«  Demasiado  convencido  estoy,  como  lo  he  estado  desde  el 
principio  de  nueatrí  gloriosa  revolución,  que  es  preciso  vencer 


—  291  —  ; 

ó  morir  para  afianzar  nuestra  independencia  ¡  —poro  tambiétt 
lo  estoy  de  qne  no  es  el  terrorismo  lo  que  puedo  cimentar  el 
gobierno  que  se  desea  y  en  que  iius  hallamos  constitoidos — ■ 
Tampoco  deben  los  Orientales  al  teiiorismo  la  gente  que  se 
les  ui^e,  ni  á  las  victorias  que  han  conseguido  sobro  las  armas 
del  orden.  Aquellas  se  ¡es  ha  aumeuuJo  y  los  sigut;,  por 
disciplina  de  nuestras  tropas  y  los  excesos  horrorosos  que  han 
cometido,  haciendo  odioso  hasta  el  nombre  do  patria.—  La  me- 
nor parte  ha  tenido  el  terror  en  la  ,".griiií;icioii  do  hombrea  y 
&milias.-  Las  victorias  menos,  » 

Algunos  publicistas  inteligentes  y  estudiosos,  cuyas  labono- 
Bas  investigaciones  inspiradas  en  ol  culto  de  la  vei^dad  han 
venido  á  arrojar  una  viva  luz  sobi'e  los  hecihos  más  confosos 
de  nuestiu  historia  intima  provincia!,  como  el  Sr.  Benigno  T 
Mai-tinez  en  su  Historia  de  Enlreríos,  y  el  Sr.  Lassaga  en  su 
Historia  del  General  D.  Estanislao  Lopes,  nos  presentan  pági- 
nas como  la  siguiente,  que  si  bien  mortilican  nuestro  orgullo 
de  argentinos,  explican  el  origen  oculto  dD  muchos  de  nues- 
tros irreparables  desastres  y  desaciertos  desde  1815,  y  enalte- 
cen á  los  que  oponian  á  ellos  una  justa  resistencia. 

Véase  cómo  se  expresa  Lassaga: 

«  La  conducta  del  general  Diaz  Veloz  en  Santa  Eé  es  indig- 
na de  «no  de  los  héros  de  Mayo.  A  un  pueblo  salvaje  no  se  le   ■ 
trata  como  se  trato  á  esta  desgraciada  provincia,  que  parece 
destinada  á  sufrir  desde  entonces  hasta  esta  época  todos   los 
horrores  del  martirio. 

«  Un  testigo  ocular  digno  de  fe  por  su  veracidad  y  honradez, 
nos  diee  lo  siguiente :  «  28  dias  se  mantuvieron  continuando  el 
saqueo,  y  cuanto  dinero,  plata  labrada,  pulperías,  muebles,  etc., 
etc.  encontraban,  todo  lo  robaban,  quebrando  lo  que  no  podian. 
llevar  á  sus  cuarteles.  Todas  las  aves  fueron  muertas .  No  es 
para  creerse  cuanto  robaron  y  destrozaron.  Cavaron  patios. 


—  292  — 

casas  y  huertas,  para  descubrir  entierros  y  tapados,  embarcan* 
do  por  la  nocbe  lo  que  robaban  de  dia. 

«  No  bay  duda  que  saquearon  á  su  satisfacción  «  Y  otro  de  los 
bombres  más  üustres  de  esta  provincia,  don  Domingo  Crespo, 
dice  refiriéndose  al  mismo  suceso.  »  Desde  el  4  de  Agosto  basta 
el  31  en  que  tuvieron  que  retirarse,  no  pudiendo  someterse  por 
el  riguroso  sitio  que  se  los  babia  puesto,  cometieron  cuantos 
exesos  puede  cometer  una  tropa  desenfrenada,  facultada  por 
su  general  para  bacer  cuanto  quisiesen  » !! 

El  destello  de  las  inteligencias  más  luminosas  tiene  tma 
eclipses  parciales,  que  entristecen  aún  al  observador  indiferen- 
te .  Hay  negaciones  de  sensibilidad,  frialdades  del  corazón 
ante  abominables  y  salvajes  ferocidades,  atrofias  morbosas  del 
espíritu  encallecido,  que  bacen  desesperar  de  la  moral  y  de  la 
justicia,  cuando  estas  se  reniegan  tan  en  absoluto  con  el  beso 
del  Iscariote,  por  Iiombres  ilustrados  y  eminentes  como  algu- 
nos de  los  liistoriadores  que  venimos  combatiendo. 

Sometidos  á  una  verdadera  idolatria  política,  han  elevado 
estos  por  ciego  espíritu  de  parcialidad  un  altar  á  ciertos  /bfe- 
cJies  políticos  de  quienes  jamás  podrán  bacer  semi-dioses. 

Al  efecto  lian  sacrificado  en  ese  altar  las  víctimas  inocentes 
de  su  odio,  y  ban  vilipendiado  sin  escrúpulo  á  todo  aquel  qus 
no  aceptó  ni  se  humilló  ante  su  feroz  culto. 

Asi  en  el  délm2im  tremens  del  odio  más  enceguecedor  han 
hecho  caer  su  calumnia  y  sn  vituperio  sobre  Artigas,  porque 
no  se  doblegó  servilmente  ante  las  mediocridades  que  explo- 
tando la  gran  causa  de  la  patria  subieron  al  poder,  y  se  locu- 
pletaron  en  él  por  la  intriga,  por  el  cohecho,  ó  por  la  violencia 
exijiendo  de  los  pueblos  la  más  abyecta  humillación. 

Y  sin  embargo,  puede  asegurarse  que  en  cada  página  de  esas 
mismas  obras,  y  en  especial  de  las  del  doctor  López,  y  del  Ge- 
neral Saimiento,  le  es  fácil  al  observador  imparcial  é  inquisi- 
tivo discernir  singulares  y  censurables  contradiciones,  de  cada 


—  293  — 

una  de  las  cuales  emana  la  condenación  implícita  de  lo  mismo 
qne  el  autor  encomia  y  enaltece. 

Se  explica  esa  deleznable  inconsistencia  en  obras  bien  ela- 
boradas y  fruto  de  largas  meditaciones  de  talentos  tan  supe- 
riores, ante  el  beclio  demostrado  de  que  los  inmutables  princi- 
pios de  moral  y  de  justicia  quedan  en  ellas  sut)ordinaclos  á 
pasiones  y  preocupaciones  personales  que  han  debido  cegar  la 
dará  inteligencia  de  sus  autores. 

Bien  sabido  es  que  no  hay  talento  ni  ingenio  que  baste  á 
poder  pervertir  el  sentido  moral  de  un  pueblo  presentanclo  co- 
mo dignos  y  laudables  aquellos  mismos  hechos  que  la  concien- 
cia pública  denuncia  severamente  como  indisculpables  ex- 
travíos. Todo  el  brillo  do  una  superchería  chicar. era,  tecla  la 
erudición  del  doctrinarismo  retórico,  no  podrán  jamas  exoraar 
como  virtuosa  y  moral  la  obra  de  las  pasicr.es  vengativas,  de 
las  insaciables  ambiciones  de  mando;  ni  como  patriótica  y  re- 
paradora la  acción  do  los  despotismos  tiránicos  erigíaos  en 
gobierno  de  pueblos  libres. 


Las  instrucciones   de    Artigas  á  los   Dif 
Orientales  ante  sus  contemporáneos 


Mncliisimos  documentos  i)ublicareraos  en  esta  obra 
sentarán  á  Artigas,  uo  sólo  como  un  gran  caudillo  mil 
bajo  nueva  y  no  menos  atractiva  faz:  como  la  del  ref 
político,  tal  como  lo  indicamos  en  un  capitulo  anterioi 

Pero  entre  esos  documentos  ninguno  tiene  para  no 
inestimable  importancia  de  las  Instrucciones  que  < 
campamento  frente  á  Montevideo,  dio  aquél  en  13  de 
1813  á  los  diputados  de  la  Provincia  Oriental,  envia 
Asamblea  General  Constituyente,  instalada  á  prínc 
ese  aiio  en  Buenos  Aires:  diputados  que,  como  es  sabi 
ron  recliftzados  en  la  sesión  de  11  de  Junio  del  mism 
instigación  de  Monteagudo,  Dr.  D.  Valentín  Gomei 
Tidal,  con  e!  pretesto  de  no  hallarse  en  regla  los  dip1< 
los  acreditaban  en  tal  carácter;  ó  por  un  pretendido  v 
elección:  deficiencia  que  existia  en  los  Diputados  de  £ 
gidos  por  los  emigrados  residentes  en  Tucuman,  qui 
aceptados. 

El  examen  de  aquel  documento  do  inestimable  im] 
histónca,  atestigua  que  lejos  de  ser  Artigas  el  caudí 
6  ignorante  que  surjia  á  la  vida  pública  sir\  más  titule 
lanza  y  su  corage,  como  lo  han  pretendido  sus  adversí 
el  primer  mandatario  no  solo  de!  Rio  de  la  Plata,  sino 
la  América  Española,  que  proclamó  en  esas  Instruccio 
de  su  campamento  mCitar,  el  gran  decálogo  de  la  orga 
política  de  las  futuras  repúblicas,  y  la  base  de  los  dere 
ciudadano  sud-americano. 

En  esas  Instrucciones  están  revelándose  el  ardor  de 


—  296  — 

tiflmo  de  Artigas,  la  elevación  de  sus  ideas,  y  la  firmeza  de  sus 
convicciones,  que  lo  impulsaban  á  exigir  como  base  previa  de 
la  unión,  la  perentoria  declaración  de  una  absoluta  indepen- 
dencia, fuesen  cuales  fuesen  las  consecuencias  de  osa  prematu- 
ra ó  in^prudente  proclamación,  en  la  que  él  se  adelantaba  tres 
años  á  la  solemne  declaración  del  9  de  Julio  de  1816  hecliapor 
nuestro  Congreso  de  Tucuman. 

Es  bien  notorio  que  algunos  de  los  directores  do  la  Revolu- 
ción se  eentian  frecuentemente  acobardados  en  Buenos  Aires 
ante  la  magnitud  de  su  empresa. 

Grandes  caracteres,  enórjicos  demócratas,  no  i)odian  menos 
de  tener  asi  mismo  algún  recelo  ante  las  nuevas  expediciones 
españolas  que  sucesivamente  so  anunciaban  desdo  la  Panínsula 
como  las  de  los  Generales  Murillo  y  más  tarde  la  del  Marques 
de  Abisbal,  infíiudiendo  en  los  débiles  el  temor  de  inmediatas 
y  probables  derrotas ;  y  no  menos  antes  la  dificultad  de  sujetar 
las  provincias  á  un  yugo  aborrecido^  como  dice  el  venerable  Fu- 
nes, después  de  desastres  militares  que  producian  la  aproxima- 
ción é  internación  de  fuertes  ejércitos  españoles  por  las  fronte- 
ras de  Salta. 

Dominados  por  esa  desalentadora  indecisión  aplazaban  de 
nn  dia  para  otro  la  tremenda  ó  irrevocable  proclamación  ofi- 
cial de  independencia,  qiie  tanto  reclamaban  como  un  remedio 
heroico  para  romper  radicalmente  con  la  España  algunos  de 
los  más  fogosos  patriotas  argentinos  como  Belgrano,  que  enar- 
bolaba  por  su  cuenta  el  pabellón  de  la  patria  en  Febrero  de 
1812  en  la  batería  la  Libertad  del  Rosario,  para  tener  que 
arriarlo  pocos  dias  después  por  orden  del  primer  Triunvirato : 
como  el  vehemente  Monteagudo  en  su  entusiasta  Orito  del 
JSudy  Peña,  Dn  Agrelo,  como  miembro  y  Presidente  de  la 
Asamblea  del  año  13,  F.  Planes,  presidente  de  la  Sociedad  Pa- 
triótica, y  algunos  otros  ciudadanos  de  reconocida  enerjia. 


Artigas,  precursor  de  la  declaración  de  la  Inde- 
pendencia Argentina. 


En  el  año  12  loa  patriotas  hacían  la  guerra  á  las  tropas  y 
antoridaíles  españolas  existentes  en  el  Vireinato  del  Eio  de  ¡a 
Plata,  la3  que  reconocian  á  la  Junta  Central  y  las  Cortes,  reem- 
plazantes en  España  del  abyecto  Femando  VII,  pero  las  mismas 
autoridades  revolucionarias  daban  aun  seguridades  do  fiel  Ta- 
sallaje  al  monarca  cautivo. 

La  aspiración  á  la  independencia  fermentaba  con  violencia 
en  todos  los  corazones  aipericanos  ;  poro  !a  acción  gubernativa 
8©  envolvía  aún  hipócritamente  en  morosas  contemporizaciones 
tratando  de  ganar  tiempo,  y  prepararse  pai^a  aprovechar  una 
'ocasión  más  propicia,  la  que  se  demoraba  indefiD idamente. 

La  patriótica  ó  ilustrada  Asamblea  General  Constituyente 
instalada  el  31  de  Enero  de  1813,  si  bien  había  adoptado  algu- 
nas resoluciones  que  preparaban  y  consagraban  vJrtuahnente 
la  independencia,  como  por  ejemplo,  la  designación  do  la  ban- 
dera y  escudo  nacional,  y  aún  la  misma  fórmula  categórica 
del  juramento,  respondiendo  asi  á  !a  enérgica  convocatoria  que 
la  congregó;  deteníase  indecisa  ante  la  magnitud  de  aquella  su- 
prema resolución  ;  y  esto  á  pesar  de  tomar  parte  en  sus  deli- 
beraciones algunos  de  los  más  impetuosos  é  ilustrados  revolu- 
<ñonaños. 

Esa  situación  de  espectativa,  de  pusilánime  espectativa,  no 
coadraba  con  el  carácter  intrépido  y  resuelto  del  vencedor  de 
las  Piedras,  que  sólo  por  muy  pocos  dias  después  de  esta  bata- 
lla, pudo  doblegarse  á  esa  exigencia  oficial  de  los  directores  de 
la  revolacíon,  en  cumplimieuto  del  encargo  especial  que  al 


—  298  - 

efecto  se  le  había  hecho  por  la  Junta  Gubernativa  de  Buenos 
Aires. 

Artigas  no  sólo  por  si,  sino  hasta  como  medida  de  precaución 
para  con  todo  gobierno  indeciso  ó  irresoluto  en  esa  vital  cues- 
tión, como  los  que  entonces  imperaban,  repugnaba  compartir 
osa  mañosa  duplicidad, 

Preveia  muy  acertadamente  que  los  mismos  que  la  habían 
impuesto,  podrían  hacerla  valer  á  su  turno  como  una  atenua- 
ción de  su  rebelión,  en  caso  de  contrastes  posibles  ó  bien  pre- 
parándose para  dejar  otra  vez  abandonados  é  inermes  á  sus 
comprovincianos  Orientales,  como  en  1811,  á  la  zana  de  los  es- 
pañoles. 

Artigas,  entrando  resueltamente  en  el  nuevo  orden  de  ideas 
revolucionarías,  sin  contemporizaciones  ñi  vacilación,  imponía 
como  base  primordial  para  que  ésta  Provincia  ingresase  asi  á  la 
confederación,  la  siguiente  exijencia  que  á  tan  grande  altura 
lo  eleva  entre  sus  contemporáneos : 

«  Primeramente  pediráji  los  Dijmtados  Orientales  la  declara^  ^ 
«  cion  de  la  indeiendencia  absoluta  de  estas  colonias:  que  ellas 
«  están  absiteltas  de  toda  obligación  de  fidelidad  á  la  Corona  de 
«  España^  y  familia  de  Borbones ,  y  que  toda  conexión  política 
«  entre  ellas  y  el  Estado  de  Esimña,  es  y  debe  ser  totalmente  di- 
«  suelta.  » 

Ningún  documento  público  de  aquella  época  exponía  más 
decisivamente  y  con  más  neto  americanismo  la  profesión  de  fá 
del  dogma  revolucionario,  del  cual  como  hemos  dicho  al  prin- 
cipio de  este  parágrafo  venia  á  ser  asi  Artigas  el  verdadero  y 
consciente  precursor. 


-a  organización  federativa  de  Artigas  —  Su  Ini- 
ciativa respecto  de  grandes  principios  políticos 
y  económicos. 


Los  siguientes  conceptos  y  clausulas  de  aquella  Instrucción 
m  poco  conocida  y  apreciada  habrían  podido  ser  suscritos  por 
[adison,  Jeñerson,  Hamilton  6  Frauklin,  ó  indudablemente 
[las  se  inspiraron  en  la  obra  de  los  constituyentes  de  laXTnion 
.mericana. 

«Art.  2."  No  admitirán  otro  sistema  que  d  da  confederación 
dra  cX  pacto  recíproco  cmi  las  provincias  que  forman  nuestro  Es- 
ido. 

Ají.  3."  Promoverán  la  libertad  civil  y  religiosa  en  toda  sJiex- 
nsion  imaginable. 

AH.  4."  Como  el  objeto  y  fin  del  gobierno  debe  ser  conservar 
'.  igualdad,  lüjertad  y  seguridad  de  los  ciudadanos  y  los  ptidilos, 
tda  provincia  formará  su  gobierno  bajo  esas  bases,  á  más  dd 
■>hierno  snpremo  de  la  Nación. 

Art.  5,"  Asi  este  coino  aqtiel  se  dividirán  en  Poder  Legislativo, 
'jeattivo  y  JtuUdal. 

Art.  6."  Estos  tres  resortes  jamás  podrán  estar  unidos  entre 
,  y  serán  intlep^ndientcs  en  sus  faddtades. 

Art.T.'^  El  gobierno  supremo  entenderá  solame7ite  en  los  ne- 
ydos  genei'ales  dd  Estado.  El  resto  es  peaüiar  al  gobierno  de 
ida  provincia.  V 

Muchos  de  loa  principios  políticos,  económicos,  y  sociales 
rofesados  en  esas  Instrucciones  vinieron  recien  á  incorporar- 
I  cuarenta  años  más  tarde  en  la  Constitución  Argeatina  en 
!ayo  de  1854  por  los  constituyentes  reunidos  en  el  Paraná, 


—  300  — 

entre  los  cuales  descollaban  los  estadistas  y  jorisconstdtos  más 
ilustrados  de  la  Confederación  Argentina,  como  los  Dres.  del 
Carril,  Gutiérrez,  Pico,  Gorostiaga,  Zuviria  y  Fragueiro;  Cons- 
titución cuyos  futuros  fundamentos  y  principios  expuso  tan 
luminosamente  y  profesó  el  ilustro  Dr.  Alberdi  en  sus  célebres 
Bases,  y  han  venido  á  formar  parte  de  la  actual  Constitución 
Argentina  reformada. 

Debe  afirmarse,  pues,  sin  exageración  ni  parcialidad  que 
aquellas  Instrucciones  han  podido  servir  como  prólogo  á  la 
obra  inicial  del  derecho  constitucional  Argentino;  y  reconocer 
BU  prematura  exposición  y  advocación  en  el  mismo  jefe  do  los 
Orientales,  el  calumj.iado  Artigas;  presentado  por  sus  rivales  y 
adversarios  durante  medio  siglo  como  el  más  oscuro  de  los  cau- 
diUejos  semi-bárbaros  que  abortó  la  lucha  contra  la  España. 

rílense  nuestros  lectores  en  la  importancia  trascendental  de 
los  siguientes  artículos: 

«  Art,  8  .^  El  territorio  que  ocupan  estos  ptiellof^  desde  Ja  costa 
oriental  del  Unigíiay  hasta  la  fortaleza  de  Santa  Teresa,  forma 
una  sola  provincia,  denominándose  :  la  Provincia  Oriental. 

<íArt.9.°  Qíce  los  siete  puehlos  de  Misiones,  los  de  Batovíy 
Santa  Tecla,  San  Eafael  y  Tacuarenibó  qite  hoy  oaipan  injusta^ 
unentelos  portugueses,  y  á  su  tiempo  dehen  reclamarse,  serán  en 
todo  tiempo  territorio  de  esta  provinciu . 

«  Art.  10,  Que  esta  provincia  por  la  presente  entra  separa- 
dameiite  en  una  firme  liga  de  amistad  con  cada  U7ia  de  las  otra» 
para  su  defensa  común,  seguridad  de  su  libertad,  y  para  su  mutua 
y  general  felicidad,  obligándose  á  asistir  á  cada  una  de  las  otra» 
contra  toda  violencia  ó  ataques  hechos  sobre  ellas,  ó  sobre  alguna 
de  ellas  por  motivo  de  religión,  soberanía,  tráfico  6  algún  otro  pre^ 
testo  quesea. 

Art.  11.  Que  esta  provincia  retiene  su  soberanía^  libertad  é 
independencia,  y  iodo  poder,  jurisdicción  y  deredio  que  no  es  dáe^- 


—  301  — 

gado  espresamente  por  la  confederación  de  las  Provincias  Unidas 
juntas  en  Congreso. 

Art .  12,  Qice  él  ptcerto  de  Maldonado  sea  Ubre  para  todos  los 
luques  que  concurran  á  la  introducción  de  efectos,  y  eocportadon 
de  frutos  poniéndose  la  coi-respondiente  aduana  en  aquel  puebloy 
pidiendo  al  efecto  se  oficie  al  comandante  de  las  fuerzan  de  8.  M. 
£.  sobre  la  apertura  de  aquel  puerto  para  que  proteja  la  navega- 
ción 6  comercio  de  su  Nación.  * 

<v  A7't  13.  Que  el  puerto  de  la  Colonia  sea  igualmente  habili- 
tado en  los  términos  prescriptos  en  el  artíado  anterior.   » 

En  alguiir'.s  de  las  exijoncias  ó  pretensiones  que  anteceden 
está  explicado  el  odio  irreconciliable  jurado  á  Artigas  por  el 
Gobierno  Portugués  de  aquella  época,  que  veia  en  la  audaz  de- 
claración de  los  artos.  8  y  9  un  anuncio  y  una  amenaza  peren- 
toria y  enórjica  de  que  imperando  aquel  en  la  Provincia  Oriental, 
babia  de  ver  siempre  amenazada  su  tranquila  usurpación  de  los 
siete  pueblos  de  Misiones,  de  que  habia  despojado  á  aquella 
durante  la  tolerante  dominación  española. 

En  esos  dos  articules  en  cuyas  demarcaciones  quería  Artigas 
encuadrar  firmemente  el  territorio  de  esta  futura  nación,  se  ba- 
ila la  clave  de  la  guerra  de  1816  y  de  todas  las  agresiones  y 
lluvia  de  calumnias  de  que  aquel  fué  víctima,  presentándose 
eu  dominación  en  la  Provincia  como  inconciliable  con  la  paz  y 
el  orden  en  las  fronteras  portuguesas. 

Ese  solo  rasgo  tan  acentuado  de  la  vida  pública  de  Artigas 
lo  caracteriza  bastante  pal:a  merecerle  el  enaltecimiento  y  gra- 
titud de  sus  compatriotas,  dada  la  época  y  las  condiciones  en 
que  él  se  proyectaba. 

Del  mismo  modo  se  evidencia  en  los  artos.  10  y  11,  y  en  el 
relativo  á  la  separación  del  Gobierno  central  de  la  ciudad  de 
Buenos  Aires,  la  vergonzosa  razón  que  indujo  á  los  políticos 
del  Directorio  de  Posadas,  de  Alvear,  y  subsiguientes,  á  hosti- 
lizar por  todos  los  medios  lícitos  é  ilícitos,  en  una  guerra  im- 


placable  ó  incesante,  al  caudillo  soberbio  que  el  prim 
dos  los  iüilependieutes,  se  atrevia  en  Sud  América  á 
en  túrniinos  tan  categóricos  y  precisos,  el  limito  an 
debían  detenerse  las  atribuciones  del  poder  arcbi-un 
se  levantaba  on  Buenos  Aires  con  facultades  oinnimo< 
deciilidaraente  en  caos  articiilos  asi  como  ín  los  subs 
una  lección  quizá,  prematura,  pero  muy  previsora  y  : 
dada  eiierjicameiitc  por  aquel  iniciador  del  sistema  : 
á  los  pueblos  hermanos,  y  como  un  apercibimientc 
abusos  do  la  fuerza. 

El  patriota  quo  en  termines  tan  inauditos  y  sorpí 
en  la  infancia  de  su  pueblo  y  de  su  poder,  hablaba  i 
togiieses  y  triunviros  argentinos,  necesariamente  del 
se  sobre  su  cabeza  los  rayos  de  una  verdadera  ex 
política. 

Era  indispensable  y  urgente  anularlo,  anonadarle 
ofreciendo  seis  mil  pesos  ¡»or  su  cabeza,  como  lo  liizo 
tor  Posadas,  ó  matarlo  moralmento  como  á  un  mon 
igual,  como  se  le  hizo  hacer  á  Cavia  por  Pueyrredon. 

En  el  articulo  16,  Artigas  se  anticipaba  á  una  de  1 
cuestiones  cuya  solución  ha  requerido  en  las  Eepúbli 
ricanas,  más  arduos  y  penosos  debatos,  combatiendo 
rencia  do  los  Cónsules  extranjeros,  usurpadora  de  la 
jurisdicción  de  los  tribunales  del  pais,  respecto  de  s 
de  intestados,  estableciendo  desde  entonces  una  juris] 
que  habría  evitado  muy  graves  conflictos  e  imposicí 
hubiese  adoptado  con  tiempo. 

«  Alt  lo.  No  permitan  se  haga  ley  para  esta  pro^ 
hre  bienes  de  eslranjeros  que  muei'en  intestados,  sohri 
conjiscaciojies,  que  se  aplicaban  antes  al  rey,  y  sobre  ten 
esta,  mientras  ella  no  forme  su  reglamento  y  determ 
fondos  il^eti  aplicarse,  cmno  única  al  derecho  de  hac- 
economía  de  su  jurisdicción.  » 


—  303  — 

En  los  artículos  16  y  17,  el  General  Artigas  establecía  de  la 
manera  más  perentoria  y  terminante  la  obligación  y  el  dereclio 
de  cada  provincia  ó  Estado  á  darse  por  si  mismo  su  constitu- 
ción y  á  reservarse  el  detalle  do  examinar,  discutir  y  apro- 
bar la  constitución  que  debiera  regir  el  poder  nacional  á  fin  de 
que  éste  no  invadiese  las  prerogativas  y  derechos  de  los  Esta- 
dos federales,  limitando  su  acción  y  funcionamiento  á  las  fa- 
cultades y  atribuciones  que  aquellos  renunciasen  expresamen- 
te en  su  favor. 

En  el  mismo  artículo,  y  sin  duda  como  la  garantía  más  efi- 
caz de  la  defensa  y  sosten  de  lá  soberanía  provincial,  debía  re- 
conocerse la  facultad  do  cada  provincia  de  conservar  cierto  ar- 
mamento y  una  fuerza  de  guardia  nacional  que  respondiese  á 
la  defensa  eficaz  de  su  territorio  y  "á  la  conservación  del  orden 
público  ;  siendo  evidente  que  esa  misma  fuerza  provincial  po- 
dría servir  á  la  defensa  nacional  cuando  las  circunstancias  asi 
lo  requiriesen,  y  de  acuerdo  con  los  pactos  que  al  efecto  se  ce- 
lebrarían entre  los  estados  federales  que  formasen  la  Nación. 

Hé  aquí  dichos  dos  artículos  á  cual  más  trascendental  en  sus 
fines  y  propósitos: 

«  Art  16.  Que  esta  provmcia  tendrá  su  constitución  temió- 
ricd:  y  que  ella  tiene  el  derecho  á  sancionar  la  general  de  las  Pro- 
vincias Unidas  que  forme  Ja  Asamllea  Constituyetite. 

Art  17.  Que  esta  provincia  tiene  derecho  para  levantar  los  re- 
gimientos que  tiecesite^nomhrar  los  oficiales  de  compaTúa^  reglar 
la  milicia  de  ella  para  la  seguridad  de  su  libertad^  por  lo  que  no 
podrá  violarse  el  derecho  de  los  pueblos  para  guardar  y  tener  ar- 
mas. » 

Ese  caudillo  que  se  ha  vilipendiado  también  como  la  odiosa 
encamación  del  militarismo  opresor  ó  irresponsable,  es  el  mis- 
mo que  en  esas  Instrucciones,  incluía  la  siguiente  condición 
para  hacer  posible  ó  aceptable  la  unión  con  las  demás  provin- 
cias argentinas. 


—  304  — 

•:  Art.  18.  El  despotismo  militar,  i^erá  precisamente  aniqi 
«  con  trolas  constitucionales,  que  asez/tiren  inviolables  la  s< 
«  nía  de  Jos  imdAos. 

Y  por  iiltirao,  el  hárbaro  Artigas,  como  so  le  ha  llamad 
sus  calumniadores,  es  el  que  en  el  art.  20  exponía  así  lof 
grandes  y  salvadores  principios  de  toda  democracia  bien 
da,  como  condición  y  base  de  la  incorporación  do  su  Proi 
á  la  Nación  argentina  de  1813: 

«  Art.  30.  La  constitución  r/arantirá  alas  Provincias  Ü 
una  forma  de  gobic}-no  repíMicana,  y  que  asc;/ure  á  cada  u 
ellas  de  las  violencias  domésticas,  usurpación  de  sus  dcrech 
Icrtad  y  seijuridad  de  su  sohcrania,  qiie  con  la  fuerza  armat 
te7ite  alguna  de  ellas  sofocar  los  principios  proclamados, 
mismo  prestará  toda  su  atención,  honor,  fidelidad  y  religio 
á  todo  cuantocrea  ó  juzgue  necesario  para  prcxfrvar  d  csU 
vinda  las  ventajas  déla  libertad  y  mantener  un  gobierne 
de  piedad,  justicia,  moderación  é  industria.  » 

¡Maravillosas  evoluciones  de  los  pueblos  en  s»  penoso  a 
so  por  el  áspero  camino  de  la  libertad! 

Cuarenta  años  después  do  la  fecha  do  esas  lustrucc 
el  pueblo  de  Buenos  Aires  031  su  revolución  dolido  Se 
bre  de  1853  contra  el  General  TJniuiza,  Director  de  la  C 
deracion  Argentina,  enarbolaba  y  sostenía  como  la  bandt 
su  alzamiento,  varios  do  los  mismisimos  principios  que  Ai 
proclamó,  como  la  única  condición  posible  para  acept 
unión  federativa  de  su  provincia  con  las  demás  del  Rio 
Plata! 

Durante  diez  años  de  fratricida  é  implacable  guerra 
Buenos  Airea  sostuvo  hasta  la  batalla  de  Pavón  los  m 
principios  que  Artigas  en  nombre  de  los  Orientales  inv' 
en  los  artículos  IG  y  17  do  sus  Instrucciones. 

tí  El  de  tener  su  Constihidon  territorial  Ó  provincial  » 
«  tener  derecko  de  sancionar  la  Constitución  Qenerid  gtte  f 


—  305  — 

<c  se  la  Asamblea  constituyente,  »  el  de  «  levantar  los  regimientos 
«  que  necesite  ;  y  reglar  sn  milicia  para  la  seguyidad  de  su  lihei'" 
«  tad  por  lo  que  no  podrá  violarse  el  der-echo  de  los  pueblos  para 
«  guardar  y  te^ier  armas. » 

Hasta  los  mismos  derechos  diferenciales  que  durante  algunos 
años  fueron  una  fatal  manzana  de  discordia  entre  los  argenti- 
nos de  la  Confederación  y  los  porteños  de  Buenos  Aires,  (clasi- 
ficación impuesta  como  un  apercibimiento  por  nosotros  mismos 
en  1856j  al  practicar  el  primer  Censo  de  aquella  Provincia  for- 
mado por  nosotros,  que  tanto  sublevó  las  iras  del  eminente 
Sarmiento )  dereclios  que  se  establecieron  por  el  Gobierno  del 
Paraná  para  gravar  el  comercio  de  Buenos  Aires  separatista, 
y  favorecer  el  del  puerto  del  Rosario,  esos  derechos  diferencia- 
les fueron  previstos  y  declarados  inaceptables  por  Artigas  en 
los  términos  perentorios  siguientes : 

«  Art .  14,  Que  ninguna  tasa  b  derecho  se  imponga  sobre  aHí^ 
ados  exportados  de  una  provincia  á  otra,  ni  que  ninguna  prefe-- 
renría  se  dé  por  cualquiera  regidadon  de  comercio  6  recita  á  los 
puertos  'de  tina  provincia  sobre  los  de  otra:  ni  los  barcos  destina- 
dos de  esta  provincia  á  otra  serán  obligados  á  entrar,  anclar,  ni 
pagar  derechos  en  otra.  » 

La  misma  supresión  impuesta  por  el  art.  14  solo  pudo  reali- 
zarse después  de  Caseros  en  todas  las  Provincias  confederadas, 
y  ella  es  uno  de  los  timbres  del  Gobierno  del  Presidente  Urqui- 
za  en  1853,  porque  el  mismo  Eosas  la  respetó  como  un  odioso 
derecho  ó  regalía  de  las  provincias  de  la  Confederación,  que  así 
se  dañaban  y  hostiliza'ban  mutuamente  con  sus  fuertes  dere- 
chos de  tránsito :  imponiéndose  por  ejemplo,  Tucuman  á  San- 
tiago, gobernada  por  el  bárbaro  Ibarra,  catorce  pesos  por  cada 
carreta  que  pasase  por  su  territorio. 

Se  verá  pues,  cuanto  se  anticipaban  Artigas  y  sos  colabora-  , 

dores  en  1818  á  las  convulsiones  poHticas  que  cuarenta  años 

so. 


—  306  — 

después  hablan  de  estallar  sobre  esta  rejion  como  una  tromba 
devastadora,  convirtiendo  toda  la  República  Argentina  en  un 
vasto  campamento  que  principiaba  manando  sangre  desde  la 
Concepción  del  Uruguay,  asaltada  de  sorpresa  por  la  expedi- 
ción del  General  Hornos,  y  terminaba  en  la  solitaria  Olta,  en- 
tre el  charco  de  sangre  de  la  cabeza  del  General  Peñaloza. 

Buenos  Aires  en  1853,  se  asemejaba  á  Montevideo  en  1815^ 
ante  la  prepotencia  militar  que  intentaba  imprevisoramente 
comprimirla,  y  amenazaba  imponerle  las  condiciones  de  una 
conquista  simulada,  aunque  en  justicia  sea  dicho,  á  fin  de  reor- 
ganizar la  República  bajo  bases  constitucionales  como  después 
se  evidenció. 

Es  de  este  modo  como  Buenos  Aires,  el  gran  centro  inicia- 
dor de  la  emancipación  colonial  de  estas  regiones,  algunos  de 
cuyos  gobernantes  arbitrarios  habian  combatido  á  Artigas  á 
todo  trance  por  sostener  esos  mismísimos  principios  tan  esen- 
ciales á  la  soberanía  de  los  astados  federales,  venía  cuarenta 
anos  más  tarde  á  prohijarlos  en  bien  de  si  misma,  á  adoptarlos 
como  su  pendón  de  guerra,  á  excitar  su  más  florida  juventud 
para  que  muriese  por  ellos  en  el  sitio  impuesto  por  el  Coronel 
Lagos  á  Buenos  Aires,  asi  como  en  Cepeda,  y  en  Pavón,  ¿ 
mancharse  con  la  sangre  de  las  numerosas  víctimas  del  Tala, 
de  Vlllamayor  y  Laguna  de  Cardoso,  que  trataban  de  impo- 
nerle la  unión,  y  á  regenerarse  políticamente,  al  fin,  bajo  la 
misma  organización  nacional  que  rechazó  cuarenta  años  antes. 

No  faltará  quien  nos  Uame  blasfemos  por  estas  opiniones  y 
doctrinas  cuya  inspiración  ha  sido  nuestro  credo  político  du- 
rante treinta  años ;  pero  sea  como  fuese,  no  podemos  menos  de 
inclinarnos  reverentes  ante  la  sombra  del  gran  patricio  Orien- 
tú  que  en  los  primeros  pasos  de  su  carrera  ayudó  asi  á  sembrar 
el  primer  germen  de  donde  ha  surjido  tan  benéfica  y  enorgulle- 
cedora  organización  política  para  la  Bepúblioa  Argentina^ 


—  307  — 

Permítasenos  ahora  tm  breve  pero  oportuno  paréntesis. 

Después  de  estas  demostraciones  tan  elocuentes  y  fidedignas 
del  espíritu  liberal  y  reformador  que  dominaba  en  laa  tenden- 
cías  políticas  de  Artigas  en  aquel  período  tan  primitivo  y 
embrionario  de  la  revolución  argentina,  se  reconocerá  cuan 
injustificable  y  parcial  es  el  rencoroso  odio  que  insplta  á  los 
historiadores  que  han  denunciado  siempre  á  Artigas  como  el 
representante  genuino  de  la  barbarie  oriental. 

Como  selección  típica  de  opiniones  tan  exaltadas  ó  injustas 
véase  ahora  como  juzga  el  doctor  Berro,  (que  ha  concentrado  en 
su  Bosquejo  toda  la  animosidad  ostentada  contra  Artigas  por 
Mitre,  López  y  Sarmiento)  al  gran  caudillo  popular  que  sor- 
prendía á  la  Asamblea  Argentina  de  1813  por  el  órgano  de  los 
Diputados  Orientales  con  aquellas  memorables  Instrucciones : 

«  Asi  es  que  (Artigas)  alejado  desde  los  primeros  anos  de  los 
centros  civilizados,  perdió  sin  darse  cuenta  de  ello  la  escasa 
instrucción  y  las  buenas  direcciones  que  hubiera  recibido  en  la 
infancia,  y  adquirió  en  cambio  las  cualidades  características 
del  indio  nómade,  del  gaucho  primitivo,  en  grado  más  ó  menos 
pronunciado ;  es  decir,  se  formó  ignorante,  sin  los  gustos,  los 
sentimientos,  los  hábitos,  ni  las  formas  de  la  vida  civil  j  apasio- 
nado por  ese  modo  de.  ser  de  la  vida  agreste,  voluntarioso, 
desordenado,  sin  ley  ni  regla,  sin  derecho  y  sin  moral,  que 
inspira  el  menosprecio  de  la  propiedad,  del  honor,  de  la  exis- 
tencia, y  que  engendra  todo  ese  conjunto  de  vicios  y  defectos 
que  constituía  la  barbarie  rural  de  aquellos  tiempos.  (!!) 

«  ¿Fué  Artigas  un  factor  de  ese  producto?  Importa  esto 
preguntar  si  estuvo  divorciado  del  elemento  popular  en  que 
formó  su  personalidad  y  en  que  halló  la  ñierza  con  que  trató 
de  realizar  sus  aspiraciones.  Artigas,  aunque  se  elevara  sobre 
el  nivel  general  de  sus  secuaces,  era  una  producción  de  ellos; 
porque  le  animaban  los  mismos  sentimientos,  las  mismas  ten- 


—  eos  — 

dencias,  los  mismos  hábitos,  el  alma  misma  que  animaba  á  las 
mucliedumbres  agrestes  de  ambos  lados  del  Uruguay. 

«  No  podia  pues  serle  antipática  la  obra  de  sus  indios^  de  sus 
caciques  y  de  sus  gauchos,  ni  podia  condenarla  en  nombre  de  la 
civilización  siii  renegar  de  todos  sus  antecedentes;  y  sin  romper 
do  pronto  los  vínculos  que  le  ligaban  al  medio  y  al  momento 
liistórico  en  que  figuró. 

«  Habia,  pues,  dos  civilizaciones  en  el  Rio  de  la  Plata :  una 
avanzada,  con  la  que  nos  aproximábamos  á  la  europea ;  of m, 
hárlara  y  salvaje,  esclusivamente  americana  (!!)  El  'puelilo  y  el 
ejército  de  Artigas  no  correspondian  á  la  primera :  pertenecían 
á  la  segunda ;  eran  el  pueblo  y  el  ejercito  del  campo,  de  raza 
indijena  imra,  que  ni  amaban  ni  conocían  la  civilización  impor- 
tada del  extrangero.  Montevideo  y  la  Colonia,  y  en  grado  infe- 
rior los  pueblos  menores,  fueron,  al  contrario  europeos  y  mes- 
tizos, que  conocían  y  estimaban  los  progresos  y  las  costumbres 
importadas,  que  veian  en  el  elemento  artiguista  un  enemigo 
natural,  y  que  fueron  por  intereses  y  por  sentimiento  pueUo 
español,  ó  portugués,  ó  aporteñado,  antes  que  pueblo  de  Artigas, 
mientras  este  representó  un  papel  importante  en  la  historia 
Uruguaya.  Por  eso  no  puede  decirse  que  Artigas  fué  el  proto- 
tipo de  su  época  ó  la  encarnación  del  estado  social  del  Rio  de 
la  Plata.  Fué  el  representante  de  la  harharie  indigena,  el  can* 
dillo  de  la  clase  inculta  de  los  campos,  »! 

Hasta  aquí  el  Dr.  Berra  en  su  Bosquejo,  en  cuyas  insinuan- 
tes páginas  se  han  educado  en  la  República,  en  cuanto  á  su 
Histoiia  Nacional,  los  jóvenes  orientales  durante  muchos 
años. 

¡Cuan  penoso  contraste  forman  esas  erróneas  y  absurdas 
mistiñcaciones  históricas,  esas  apreciaciones  malevolentes,  que 
son  asi  mismo  las  menos  parciales  de  su  ilustrado  autor,  con 


-  -  309  — 

los  hechos  y  pruebas  fidedignas  y  concluyentes  que  acal  amos 
de  presentar,  y  que  tanto  lionran  y  enaltecen  al  iniciador 
práctico  del  sistema  federativo  en  Sud-America,  al  fundador  de 
la  nacionalidad  Oriental.  ! 


^^Si-^^^^** 


Artigas  no  odiaba  á  los  Porteños.  Los  partidos 
porteños,  opositores  á  los  Gobiernos  de  Buenos 
Aires,  fueron  casi  todos  Artiguistas. 


Se  ha  acusado  á  Artigas  de  un  odio  irreconciliable  á  los 
Porteños,  como  colectividad  provincial ,  por  el  hecho  de  que 
eata  pugnaba  siempre  por  monopolizar  la  supremaoia  nacional. 
Esa  calumnia  no  tiene  fundamento  alguno  histórico  ni  feha- 
ciente. 

Por  más  que  le  presten  plausible  autoridad  la  antigua  emu- 
lación entre  ambas  ciudades,  la  misma  que  existió  siempre  entre 
porteños  y  jyrovindanos^  y  las  interpretaciones  malevolentes  de 
los  detractores  de  Artigas ;  ese  odio  no  ha  existido  en  él  de  una 
manera  perceptible,  ni  como  pasión  ni  como  antipatía  per- 
sonal . 

El  Gefe  de  los  Orientales  nunca  dio  una  sola  prueba  de  esa 
menguada  aversión,  por  más  que  ella  hubiera  podido  por  des- 
gracia explicarse  y  cohonestarse  con  sobrada  razón. 

Todos  sus  actos,  todas  sus  resistencias  tendian  á  combatir 
solamente  los  círculos  ó  los  gobernantes  que  en  Buenos  Aires 
le  hacían  una  guerra  incesante  y  feroz  personificando  y  con- 
centrando en  él  la  agresión  á  su  provincia ;  pero  nunca  confun- 
dió al  espansivo  y  varonil  pueblo  de  Mayo  en  la  justificada 
antipatía  y  resistencia  á  algunos  de  sus  mandatarios  más  tirá- 
nicos ;  6  á  sus  oligarquías  opresoras  y  soberbias  que  aspiraban 
tenazmente  al  sometimiento  servil  del  pueblo  oriental . 

Por  otra  parte  ¿  cómo  podía  extender  ese  odio  á  toda  una 
capital  y  su  provincia,  cuándo  en  ambas  encontraba  casi  siem* 
pre  algún  circulo  ó  partido  porteño  que  cuáado  llegaba  á  su- 
bir al  poder,  en  Buenos  Aires,  proclamaba  cómo  su  programa 


—  312  — 

político  las  mismas  aspiraciones  de  Artigas,  se  aunaba  á  el 
en  cooperación  de  sus  esfuerzos,  lo  colmaba  de  honores,  le  pro- 
veía do  armas  y  elementos  do  guerra,  y  enaltecia  su  conducta 
en  los  términos  más  lisonjeros  ? 

Si  bien  liubo  algunos  gobernantes  como  Sarratea,  como  Po- 
sadas, Alvear,  Alvarez  Tliomas,  Balcarce  y  Pueyrredon,  que  lo 
combatieron  sin  tregua  ni  descanso,  tuvo,  también,  por  amigos 
y  aliados  á  los  partidos  y  circuios  que  en  el  mismo  Buenos 
Aires  formaban  contra  aquellos  una  fuerte  y  tenaz  oposición; 
y  algunos  de  cuyos  prohombres  expiaron,  en  1817,  con  el  des- 
tierro y  con  todo  género  de  persecuciones,  su  siii-patía  á  la 
causa  de  Artigas,  que  era  la  causa  Oriental. 

Esos  partidos  opositores  formados  por  porteños  ilustrados 
como  Dorrego  y  Manuel  Moreno,  y  dirigidos  por  porteños,  eran 
sus  aliados  naturales,  sus  decididos  amigos,  los  que  lo  alenta- 
ban en  sus  resistencias,  los  que  lo  ponian  al  corriente  de  los 
sucesos,  los  que  defendian  enérgicamente  su  causa,  y  los  que 
al  subir  al  poder  en  aquella  oscilación  continua  de  intereses  de 
facción  y  de  aspiraciones  antagónicas  que  hacian  de  Buenos 
Aires,  entonces,  un  constante  campo  de  Agramante,  lo  prodi- 
gaban las  mayores  manifestaciones  de  simpatía  y  adhesión. 

Debemos  ratificar  estas  afirmaciones  con  el  mismo  juicio 
emitido  al  respecto  por  el  doctor  López  en  su  Revolución  Ar* 
gentina  refiriéndose  á  la  caida  del  Director  Alvear,  demostran- 
do, mal  de  su  grado,  la  simpatía  espontánea  y  entusiasta  que 
la  causa  artiguista  so  había  conquistado  en  aquella  capital, 
identificándose  con  ella,  enalteciéndola,  ó  combatiendo  por  oUa. 
Dice  así  el  doctor  López  en  la  pág.  24  tratando  de  hacer  con 
frases  mal  veladas  y  absurdas  laimposiblo  apología  del  terro- 
rismo Alvearista  que  no  fué  sino  el  verdadero  precursor  y  mo- 
delo de  las  tiranías  subsiguientes ;  terrorismo  iniciado  por  Al- 
vear, pero  sostenido  y  alentado  por  un  círculo  de  hombres 
eminentes  en  las  letras  en  el  foro,  en  las  armas,  arrastrados 


—  313     - 

todos  por  la  pasión  frenética  del  mando  y  todos  sus  detestables 
sensualismos. 

«  Pero  la  fuerza  moral  y  la  unión  de  la  Comuna,  dice  López, 
«  se  habían  anarquizado  por  la  ambición  impetuosa  y  juvenil 
«  del  vencedor .  La  Logia  se  liabia  desbecKo,  y  el  país  se  liabia 
«  agotado  con  ese  esfuerzo  convulsivo  y  nervioso  de  su  poder. 
«  Sus  asientos  vacilaban  minados  por  el  cansancio  y  la  opre- 
«  sion. 

«  El  general  vencedor  se  Había  tenido  que  bacer,  por  la  pro- 
«  pia  seguridad  de  su  partido,  Director  Supremo  del  Estado . 
«  La  arrogancia  militar  y  los  liecbos  del  joven  Director  hacían 
«  insoportable  su  persona  á  las  clases  bajas  de  la  campaña  y 
«  de  la  ciadad.  La  suma  tensión  del  poder  que  liabia  creado 
«  para  triunfar,  lo  suscitaba  enemigos  en  derredor  y  por  dó 
«  quiera .  Los  cíoicos  trabajados  por  sus  émulos,  le  odiaban .  Los 
«  ancianos  do  antigua  alcurnia,  los  pclucones  de  lá  revolución, 
«  cuya  influencia  era  grande  en  la  Comuna,  no  podian  soportar 
«  el  predominio  do  aquel  joven  glorioso  y  de  una  ambición  tan 
«  franca .  Asi  es  que  sin  que  sea  posible  decir  cómo.  Artigas  no 
«  solo  era  dueño  de  Corrientes  y  Entre  liios,  y  tenia  gaviado  á 
«  Santa  Fé,  sino  que  hahia  enco7itrado  cómplices  y  coadyutores 
«  en  Buenos  Aires  mismo,  cuando  el  motín  y  las  defecciones  del 
«  año  X  V  arrebataron  de  la  escena  pública  al  joven  Director, 
«  llevando  de  nuevo  al  país  á  estrellarse  contra  todos  los  pro- 
«  blemas  de  los  años  anteriores.  * 

«  El  partido  de  Los  Políticos  caía  por  primora  vez  con  su 
«  gofo .  Sus  corifeos  eran  llevados  á  las  cárceles,  ó  salían  prófu- 
«  gos  á  soportar  en  el  destierro  y  en  una  cruel  miseria  las  mo- 
«  fas  de  los  monarquistas  del  Brasil .  Asi  lo  habían  querido  las 
«  fatalidades  incontrastables  del  destino  combinadas  con  los 
«  intereses  ocultos  del  porvenir.  Los  actores  de  ese  drama  se 
«  consolaron  repitiendo : 

«  Diis  placuit  victrix  causa,  sed  vicia  Catoni, 


—  314  — 

<c  La  caída  de  Álvear  no  tomó  ni  podía  tomar  al  instante  las 
<r  formas  d^  un  triunfo  federal.  La  Comuna  porteña  continuó 
« organizada,  aunque  vacilante,  como  poder  director.  Dos 
«:  gobiernos  débiles  y  sin  carácter  le  sucedieron  á  Alvear, 
«  dejando  ambos  el  poder  al  peso  de  dificultades  que  eran 
<i  superiores  á  sus  medios  en  aquellas  circunstancias . » 

Estító  declaraciones  en  boca  del  implacable  enemigo  de  Arti- 
gas no  dejan  la  menor  duda  sobre  la  identificación  que  hacia 
Buenos  Aires  con  la  causa  de  este  gefe  en  una  común  resisten- 
cia contra  Alvear.  El  doctor  López  no  puede  ahogar  ni  misti- 
ficar esa,  para  él,  tremenda  verdad. 

Cuando  algún  imparcial  y  austero  historiador  argentino, 
inspirado  solo  por  la  verdad  y  la  justicia,  escriba  en  Buenos 
Aires  haciendo  valer  las  innumerables  comprobaciones  que 
allí  sobreabundan  en  sus  archivos  y  bibliotecas,  y  que  desde 
aquí  nos  es  tan  difícil  ó  más  bien  imposible,  poder  obtener  ; 
cuando  algún  historiador,  decimos,  en  esas  condiciones,  escriba 
detalladamente  la  historia  de  ese  volcánico  año  de  1816,  y 
principalmente  la  de  sus  primeros  meses  hasta  la  estruendosa 
caída  de  Alvear,  resucitando  asi  con  vivaz  colorido  la  acción 
impetuosa,  ardiente,  implacable,  de  los  gobernantes  y  políticos 
de  aquellos  días,  la  lucha  á  muerte  de  sus  círculos,  feroces 
Q-uelfos  y  Gibelínos,  y  la  resistencia  tenaz  y  embravecida  del 
pueblo  bajo  una  desenfrenada  tiranía  pretoriana,  hasta  caer  el 
mismo  pueblo  ebrio  de  rencor,  enseguida  de  su  triunfo,  en  el 
delirio  de  las  venganzas;  describiéndose  con  la  pluma  colo- 
rista de  algún  Lamartine  argentino  aquella  sociedad  refinada  y 
culta,  acostumbrada  á  la  molicie,  enardeciéndose  enfurecida 
ante  la  brutal  opresión  de  sus  infatuados  mandones,  viviendo 
armada,  y  siempre  pronta  al  combate  ;  entonces,  y  solo  enton- 
ces, podrá  hacerse  plena  justicia  &  las  cívicas  resistencias  de 
Artigas,  que  prepararon  y  robustecieron  á  los  ciudadanos  de 
Buenos  Aires  para  esa  lucha;  comprobándose  al  fin  de  un  modo 


—  31B  — 

tan  irrecusable  liasta  qué  punto  simpatizó  con  él  el  verdadero 
pueblo  de  aquella  capital,  y  él  con  Artigas. 

Véase  como  describe  Mitre  las  persecuciones  que  se  iniciaron 
contra  los  alvearístas,  sus  destierros  y  confiscación  de  bienes. 

ce  El  Asesor,  que  lo  era  don  Juan  José  Passo,  puso  el  sello  k 
esfa  iniquidad,  canonizando  la  injusta  persecución  de  sus  anti- 
guos compañeros  de  causa  en  la  revolución  del  25  de  Maycv 
y  no  tuvo  embarazo  de  dictaminar  asi : 

<jL  Si  en  algo  pudiera  trepidarse  seria  únicamente  en  la  justeza 
<c  del  criterio  para  el  discernimiento  y  clasificación  de  los  cri- 
<c  menes  y  graduación  de  sus  penas ;  más  si  á  la  presencia 
«  de  las  que  el  Derecbo  impone  á  la  calidad  execrable  de  estos 
<c  crímenes,  se  observa  el  dulce  temperamento  con  que  la  Co- 
«  misión  ba  mitigado  aquel  rigor,  se  habrá  de  convenir  que 
«  por  la  imparcialidad  con  que  ha  obrado  la  pesquiza,  y  la  equi- 
«  dad  y  consideraciones  benignas  que  respira  el  pronuncia- 
«  miento,  nada  podrian  prometerse  los  culpables  que  fuese  más 
<s  indulgente.  » 

«  En  cuanto  á  la  Comisión  Militar  (1)  se  manchó  con  la  san- 
gre del  desgraciado  Paillardel;  condenó  á  destierro  perpetuo  á 
los  mismos  individuos  que  poco  antes  se  habian  mandado  á 
disposición  de  Artigas,  como  un  horrible  presente,  que  Artigas 
tuvo  la  nobleza  de  rechazar  con  dignidad:  procediendo  respec- 
to de  otros  militares  con  una  severidad  más  ó  menos  justifica- 
da. Estos  actos  de  venganza,  que  en  su  tiempo  se  consideraron 
por  algunos  como  actos  de  moralidad  y  de  justicia,  y  que  fue- 
ron el  resultado  de  las  exigencias  de  la  mayoría  de  la  opinión 
pública,  enseñaron  hasta  que  punto  pueden  las  malas  pasiones 
enceguecer  á  los  pueblos,  viciando  su  juicio  y  falseando  su  sen- 
tido moral  » 


( 1 )  Esta  Comisión  la  componian:  D.  Miguel  Estanislao  Soler,  Presi- 
dente; los  Coroneles  D.  José  Viamont  y  D.  Juan  Bautista  Bustos,  Voca- 
les, y  como  Fiscal,  el  Coronel  D.  Nicolás  de  Vedia. 


-  316  — 

Permítasenos  transcribir  á  continuación  los  notables  docu- 
mentos siguientes,  que  no  son  muy  conocidos,  y  que  atestiguan 
basta  que  punto  son  exactas  las  anteriores  afirmaciones  en 
cuanto  á  la  solidaridad  de  las  resistencias  del  pueblo  de  Buenos 
Aires  con  las  que  babia  opuesto  antes  Artigas  al  Dictador  Al- 
vear. 

Esos  documentos  expedidos  por  el  mismo  Cabildo  de  Buenos 
Aires  están  suscritos  por  los  vecinos  mas  respetables  é  influ- 
yentes de  aquella  capital,  cuj'as  opiniones  revelan  cual  debia 
ser  y  era  el  juicio  de  la  Diayoria  porteña  respecto  á  Artigas,  no 
solo  entre  las  clases  rurales,  esclusivamente,  como  lo  pretende 
el  doctor  López,  sino  entre  lo  más  distinguido  y  culto  de  aque- 
lla sociedad. 

Esas  opiniones  de  los  miembros  del  Cabildo  fueron  emitidas 
con  motivo  de  repudiar  ellos  i^ública mente  una  inicua  procla- 
ma contra  Artigas,  que  les  presentaba  Alvear  escrita  por  su 
Ministro,  el  doctor  don  Nicolás  Herrera,  la  que  ellos  se  nega- 
ron á  suscribir ;  acarreándoles  esa  resistencia,  las  más  odiosas 
amenazas  y  agravios  de  parte  del  glorioso  joven  Diredor  (como 
le  llama  el  doctor  López)  quo  llegó  en  su  exaltación  á  intimar 
en  su  campamento  de  los  Olivos,  á  cinco  leguas  de  la  Capital, 
á  todo  el  Cabildo  de  Buenos  Aires,  que  habia  hecho  ir  allí  al 
efecto,  «  qiie  los  pasaría  á  todos  ellos  por  las  armas,  junto  con 
trescientos  ciudadanos  mas, »  de  lo  más  distinguido  de  aquel 
pueblo,  los  que  en  su  ira  aseguraba  Alvear  le  eran,  también, 
desafectos  y  hostiles . 

Léanse  con  detención  estos  notables  documentos,  que  marcan 
con  un  sello  de  indeleble  reprobación  los  hechos  do  ese  irrefre- 
nado  mandón  como  los  de  un  gobernante  terrorista,  y  enaltecen 
simultáneamente  la  viril  resistencia  de  Artigas   contra  él. 


—  317    - 


^*  Proclama  del  Cabildo  de  Baenos  Aires 


o* 


«  El  Exmo.  Ayuntamiento  de  la  ciudad  de  Buenos  Aires  á  sus 
«■  habitantes  : 

«  Ciudadanos!  Libres  vuestros  representantes  del  duro  des- 
potismo que  tan  gloriosamente  acabáis  de  destronar,  contem- 
plan un  deber  suj^o,  reparar  los  escesos  á  que  le  arrastró  su 
escandalosa  opresión. 

«  Empeñado  el  tirano  en  alarmar  al  pueblo  contra  el  que 
únicamente  suponia  invasor  injusto  de  nuestra  provincia,  pre- 
cisó con  amenazas  á  esta  corporación  á  autorizar  con  su  firma 
la  infame  proclama  del  5  del  corriente. 

«  Ella  no  es  más  que  un  tejido  de  imputaciones  las  más  execra- 
lies  contra  el  ilustre  y  beneméríto  jefe  de  los  onentales  don  José 
Artigas. 

«  El  acuerdo  secreto  que  celebró  el  Ayuntamiento  es  un  mo- 
numento que  hará  la  apologia  de  su  conducta;  y  aunque  la  con- 
fianza con  que  empezó  y  continuó  sus  relaciones  con  aquel  jefe 
lo  sinceran  suficientemente  para  con  vosotros,  no  obstante  cree 
■de  veras  protestar  la  violencia  con  que  le  arrancó  la  tiranía 
aquella  atroz  declaración, 

«  El  Cabildo  espera  de  la  confianza  que  os  merece  que  esta 
solemne  declaratoria  desvanecerá  las  funestas  impresiones  que 
pudo  ocasionar  en  vosotros  un  procedimiento  forzado. 

Ciudadanos :  deponed  vuestros  recelos ;  vuestros  verdaderos 
intereses  son  el  objeto  de  los  desvelos  de  vuestro  Ayuntamiento 
y  para  afianzarlos  procede  de  acuerdo  con  el  gefe  oriental;  la 
rectitud  de  intenciones  de  este  invicto  general  es  tan  notoria  y  la 
ha  acreditado  de  un  modo  tan  plausible,  que  no  podéis  dudar 
de  ©Ha  sin  agraviar  su  decoro.  Olvidad  las  atroces  imposturas  con 
que  hasta  aquí  os  lo  ha  presentado  odioso  la  tirania :  destruid 
ese  fermento  de  rivalidad  que  diestramente  mantenía  el  des- 
potismo á  costa  de  calumnias  que  dilaceraban  la  conducta  de 


—  318  — 

aquel  jefe  para  haceros  gemir  bajo  sus  cadenas  y  alam 
contra  el  bie)t}icdior  generoso  que  se  apresuraba  á  quebranti 
en  nuestro  favor,! 

«  Sea  uno  el  interés,  uno  el  principio  que  anime  vues 
procedimientos  ;  las  comunes  ventajas  afianzadas  sobre  la 
incontrastable  de  la  equidad. 

«  Esta  confianza  recíproca,  esta  uniformidad  de  sentimií 
proporcionará  á  vuestros  representantes  la  mayor  recomp 
á  que  aspiran  sus  desvelos ;  esto  es  haceros  disfrutar  los  b 
dias  de  la  abundancia  y  de  la  tranquilidad.  » 

Buenos  Aires,  Abril  30  de  1815. 

Escalada— Bétyrano — OUden—  Correa  —  Ciu 
Vidal  ~ Rufino— ' Barros —  Vi/arie—Á¡sii 
Segundo — Zamndio—Bustaniante. — Por  i 
dato  del  Exmo.  Cabildo,  José  Manuel  Gi 
Escribano  interino  del  Cabildo. 

Pucos  días  después  de  esta  notable  proclama,  suscritB 
ciudadanos  distinguidos,  en  la  que  tanta  justicia  se  hacia  á 
tigas,  que  á  la  sazón  habia  retrocedido,  retirándose  de  S 
Fá,  y  desarmado  parte  de  las  fuerzas  con  que  se  proponíi 
sistir  á  Alvear,  é  invadir  la  Provincia  de  Buenos  Aires;  el 
mo  Cabildo  expidió  el  siguiente  notable 


M  El  Cabildo  de  esta  Capital  deseando  dar  ¿  los  Pueblo 

testimonio  irrefragable  del  aprecio  que  le  ha  merecido  la 
docta  del  General  de  los  Orientales  D.  José  G.  Artigas  c 
también  la  más  pública  y  solemne  satisfacción  de  la  viole 
con  que  fué  estrechado  por  la  fuerza  y  amenazas  del  tira 
SQBcribir  la  inicua  proclama  del  5  del  próximo  pasado,  a 
jante  del  distinguido  mérito  de  aquel  jefe,  y  de  la  fuerza  y 


—  319  — 

nidad  de  sus  intenciones;  no,  satisfeclio  con  la  solemne  protesta 
que  contra  tan  atroa  declaración  hizo  en  el  Manifiesto  de  trein- 
ta del  ujismo;  ha  acordado  que  los  ejemplares  que  existen  y  con-- 
servaba  en  su  archivo  sin  distribuirse^  sean  quémalos  publicamen- 
te por  manos  del  verdugo^  en  medio  de  la  plaza  de  la  Victoria^  en 
testimonio  de  la  repugnancia  que  mostrb  á  un  paso  tan  injusto  y 
degradante^  y  ejecutado  contra  la  rectitud  y  nobleza  de  sus  senti- 
mientos: que  este  acto  que  presenciará  en  la  galería  de  Cabildo 
el  Exmo,  Sr.  Director  reunido  con  esta  Corporación,  se  ejecute 
con  auxilio  de  tropa,  asistencia  del  Alguacil  Mayor,  y  Escriba- 
no de  este  Ayuntamiento,  publicándose  previamente  este  auto, 
á  toque  de  caja,  y  que  puesta  la  diligencia,  que  acredite  su 
cumplimiento  á  continuación  de  este  auto,  se  imprima  en  la 
Gaceta  para  que  llegue  á  noticia  del  público.  » 

Dado  en  Buenos  Aires  á  diez  de  Mayo  de  mil  ocbocientos 
quince.  » 

Siguen  las  mismas  firmas  del  anterior  documento. 


Ese  era  el  verdadero  pueblo  de  Buenos  Aires,  sus  vecinos 
más  distinguidos  y  respetables,  sus  autoridades  municipales, 
las  que  asi  se  asociaban  públicamente  á  Artigas,  y  enaltecian 
sus  hechos  y  su  causa  con  espontánea  y  entusiasta  adhesion. 

¿  Cómo  podía  Artigas  ante  tales  hechos  abrigar  odios  a  los 
porteños  en  general,  ni  considerarlos  como  á  enemigos  ? 

No  terminaremos  esta  sección  sin  presentar  un  nuevo  com- 
probante de  nuestra  afirmación,  yendo  á  buscarlo,  como  resulta 
más  fehaciente,  en  las  mismas  filas  de  los  enemigos  y  encarni- 
zados detractores  del  General  Artigas . 

Queremos  referimos  á  la  verdadera  confesión  hecha  por  el 
General  Mitre  en  su  obra  sobre  Belgrano,  (Tomo  2.°  página 
130)  demostrando  la  existencia  en  Buenos  Aires  de  un  fuerte  y 
respetable  partido  que  luchaba  por  eximir  y  librar  al  fin  á  esa 


provincia  del  oilioso  rol  que  le  liabia  impuesto  el  partido  uii 
tarío  del  Director  Alvear,  y  restituirla  á  su  carácter  de  provii 
cia  federal,  haciéndola  roatinciar  sincera  y  de  Cultiva  monte 
las  pretensiones  de  arbitra  y  dominadora  do  las  demás  provii 
cías. 

Por  más  C|ue  el  Gonoral  Mitre  i)avo7;ca  esforzar  sii  nuperii 
ingenio  tratando  de  disfrazar  la  verdad,  resulta  más  que  pn 
tiado  con  sus  mismas  parcialísimas  añrmacioues,  c-1  lieclio  not' 
rio  de  que  esc  partido  federativo,  que  liallaba  en  el  iiiisn 
Director  Balcarce  un  oculto  pero  decidido  apoye,  respoiid 
nnisono  á  las  mismas  aspiracionea  de  Artigas,  y  represental 
alli  en  Buenos  Aires,  en  el  centro  del  unitarismo  absoluto  < 
Alvear,  el  grande  elemento  y  bandera  de  frateniidad,  de  igua 
dad  é  independencia  provincial,  que  Artigas  liabia  enarbolat 
deade  1813  y  que  debia  venir  á  encontrar  su  reproducción  í 
el  célebre  partido  autonomista  porteño  del  doctor  Alsina,  í 
nuestros  dias,  sucesor  á  su  turno  del  dirigido  por  Dorrego  í 
1826  y  26. 

Si  Balcarce  con  otra  talla  de  político  y  de  caudillo  populi 
no  hubiese  vacilado,  el  movimiento  iniciado  en  Buenos  Ain 
por  un  fuerte  partido  cooperador,  artiguista  en  sus  bien  defin 
dos  propósitos,  habría  triunfado;  Pueyn'edon  el  resucitador 
eampeou  del  unitarismo  en  1817  no  habría  subido  al  poder, 
la  aborrecida  conquista  Portuguesa  de  la  Banda  Oriental  no  i 
habría  realizado. 

Hé  aqui  como  confiesa  y  prueba  Mitre  la  existencia  y  esfue 
zoa  de  ose  partido  porteño,artiguista  por  sus  ideas  y  principio 
que  se  exibia  poderoso  en  Buenos  Aires  en  1816  : 

«  En  corroboración  de  las  opiniones  sostenidas  por  Belgn 
no,  respecto  al  orden  de  ideas  de  la  anarquia  que  reinaba  en  ' 
país,  el  Congreso  recibió  en  el  mismo  dia  (6  de  Julio)  alguní 
comunicaciones  de  la  capital,  «  cnyo  contenido  (según  sus  pn 
pías  palabras)  lo  llenó  de  amargura,  •»    La  ciudad  de  Buent 


—  321  — 

Aires,  presa  de  las  facciones,  y  agitada  por  el  reciente  nombra- 
miento de  Director  Supremo  recaído  en  Pueyrredon  vio  surgir 
repentinamente  de  su  seno  un  partido  fuerte,   encabezado   por 
hombres  audaces,  y  apoyado  indirectamente  por  el  Director 
interino,  que  levantó  decididamente  la  bandera  de  la  federa- 
ción proclamando  la  independencia  provincial.    El  partido 
federal  que  habia  tenido  su  origen  en  el  odio  á  la  capital,  repre- 
sentaba más  bien  que  un  orden  de"  ideas,  un  sistema  de  hostili- 
dad contra  Buenos  Aires.  A  pesar  de  esto,  nunca  dejó  de  con- 
tar con  prosélitos,  en  la  capital,  pues  hasta  él  mismo  Artigas 
los  tenia,  como  se  ha  visto  en  el  curso  de  esta  historia.  A  estos 
partidarios,  desprovistos  de  moral  política  y  de  buen  sentido 
práctico,  se  unian  entonces:  por  una  parte,  los  hombres  de  bue- 
na fé,  aunque  de  cortos  alcances,  que  creian  poder  conjurar  los 
peligros  de  la  situación,  reduciendo  á  la  capital  á  las  condicio- 
nes de  una  simple  provincia,  removiendo   así  las  causas  de 
rivalidad  entre  ella  y  los  demás  pueblos;  y  por  otra  parte  los 
descontentos  con  el  nombramiento  del   nuevo  Director,  entre 
los  cuales  se  encontraban   Agrelo,   Soler  y  Dorrego.    Siendo 
Buenos  Aires  la  única  base  posible  de  un  gobierno  gerferal,  el 
único  centro  de  donde  podía  partir  un  impulso  vigoroso  y  una 
inmensa  masa  de  recursos  puestos  al  servicio  de  la  comuDÍdad, 
su  aislamiento,  una  vez  constituido   en  provincia  federal,  im- 
portaba una  verdadera  disolución   nacional,  una  ventaja  más 
para  el  enemigo,  y  ün  peligro  más  para  la  revolución.  Pero  en 
el  seno  de  la  capital  existia  otro  partido  más  poderoso  aim,  y 
que  con  más  claras  vistas  sobre  la  situación  y  las  necesidades 
de  la  época,  sostenia  valientemente  la  supremacía  del  Congre- 
so, y  con  ella  los  principios  conservadores  de  la  unidad  nacio- 
nal, el  cual  comprendía  que  faltando  Buenos  Aires  como  cabeza 
ó  como  centro,  la  nacionalidad  argentina  naufragaba  y  la  ca- 
pital se  convertía  en  un  nuevo  foco  de  anarquía. 

22 


/ 


«  una  reseña  de  los  sacesos  ocurridos  ea  la  Capital  hs 
comprender  mejor  el  estado  violento  en  que  ella  se  encontral 

«  El  14  de  Julio  se  elevaron  al  gobernador  int-endente  de 
provincia,  dos  peticiones  suscriptas  por  doscientos  once  ciuc 
danos.  En  ellas  se  decia:  «  Desde  el  26  de  Mayo  de  1810  hat 
&  el  presente,  nadie  podría  dudar  que  la  fatal  desunión  7  co 
«  tinuas  querellas  de  los  pueblos  contra  esta  capital,  que  h 
«  causado  tan  graves  males  y  tan  iireparable  atraso  á  la  cau 
«  general  del  pais,  han  tenido  por  único  motivo  el  haber  sido 
«  silla  del  G-obiemo  supremo  de  las  provincias,  acusándola 
«  despotismo,  que  con  la  reunión  de  todas  las  autoridades  ti 
«  periores,  ha  pretendido  ejercer  en  los  pueblos.  El  año  pasa 
«  se  separó  Santa  F¿  de  toda  dependencia  del  gobierno  suj: 
«  rior  de  Buenos  Aires :  también  se  separó  entem  la  provin< 
«  de  Córdoba :  la  de  Salta  quedó  en  Darte  dependiente,  en  ps 
«  te  separada ;  resaltando  de  esta  especie  de  disolución  soc: 
«  ''a  impotencia  en  que  se  hallaba  el  gobierno  de  Buenos  Aii 
«  para  regir  todo  el  estado  con  uniformidad  y  sistema  —  I 
«  esperaba  que  la  reunión  del  Congreso  general  fuese  bastau 
«  para  restituimos  á  la  dependencia  de  un  solo  gobierno  s 
«  perior ;  pero  después  de  establecido,  hemos  visto  que  aubsi 
<c  ten  las  querellas ;  que  sigue  Córdoba  en  su  independencia, 
«  Santa  F¿  ha  ratificado  la  suya,  autorizándola  un  diputai 
«  de  aquella  augusta  representación  etc.  —  Todos  los  puebl 
«  se  han  esplicado  en  favor  del  gobierno  provincial  ó  feden 
«  esta  ea  la  pretensión  de  la  Banda  Oriental,  con  la  cual  jusí 
«  £oa  su  separación:  esta  es  la  de  la  provincia  del  Paraguay, 
«  de  Córdoba,  Salta  y  demás  pueblos  de  la  ünion.  Buen 
K  Aires  manifestó  también  este  mismo  deseo  en  el  movimien 
«  del  16  de  Abril  de  1816.  » 

<c  Fartieudo  de  estos  antecedentes  históricos,  los  peticionan 
concluian,  que  era  necesario  miifomuu-  el  sistema,  arreglando 
&  la  voluntad  general  claramente  manifestada,  y  que  por  co 


—  323  — 

secuencia,  protestando  de  su  obediencia  al  Congreso,  era  su 
voluntad  decidida  mientras  no  so  constituyera  el  poder,  redu- 

CIBSE  AL  BAXGO  DE  PROVINCIA  FEDERAL,  RENUNCIANDO  DESDE  LUE- 
GO Á  LAS  PBERoaATÍ  VAS  DE  LA  Capital  DEL  EsTADD,  gobernándosc 
por  lo  tanto  por  sus  leyes  interiores,  sin  perjuicio  de  reconocer 
y  obedecer  al  Director  nombrado  por  el  Congreso,  en  el  punto 
en  que  fijara  su  residencia,  toda  vez  que  aquel  reconociese  la 
nueva  personalidad  política  que  asumia.  Los  pueblos  do  la  Villa 
de  Lujan,  de  Areco  y  de  la  Guardia  de  Lujan,  adhirieron  á  esta 
manifestación,  elevando  otras  de  igual  tenor;  y  el  Gobernador 
Intendente,  con  el  objeto  de  esplorar  la  volunta! general,  con- 
gregó á  los  alcaldes  de  barrio  de  la  ciudad  que  declararon  uná- 
nimemente en  número  de  treinta  y  tres,  .^í^■  esa  Ja  voluntad  del 
pueblo.  Esa  actitud  amenazadora  de  los  peticionarios,  se  robus- 
teció mas  con  algunas  reuniones  en  la  campaña,  y  con  el  pro- 
nunciamiento de  una  parte  de  los  batallones  cívicos  que  sim- 
patizaron con  sus  ideas  y  propósitos. 

«  Sorprendida  la  Junta  do  observación  por  este  estallido  de' 
la  opinión  activamente  esplotada,  y  viendo  que  no  era  posible 
contener  el  toi  rente  de  las  nuevas  ideas,  procuró  hacerle  va- 
riar de  curso,  con  el  objeto  de  producir  una  reacción,  ó  por  lo 
menos  ganar  tiempo  mientras  llegaba  á  la  capital  el  Director 
nombrado.  Al  efecto,  poniéndose  de  acuerdo  con  el  Cabildo  y 
con  el  concurso^del  Director  interino,  acordó  el  18  que  debía 
oirse  á  todos  los  liabitantes  de  la  campaña,  al  mismo  tiempo 
que  á  los  de  la  ciudad,  no  en  Cabildo  abierto  como  se  preten- 
día, sino  por  medio  de  representantes  nombrados  del  mismo 
modo  que  los  electores  de  diputados,  sin  separarse  mientras 
tanto  de  la  obediencia  debida  al  Congreso  general  » 

Hasta  aquí  el  General  Mitre. 

Creemos  que  basta  y  sobra  con  las  comprobaciones  que  he- 
mos presentado  para  ratificar  nuestra  afirmación  de  que  en 
Buenos  Aires  hallaba  Artigas  partidos  que  apoyaban  sos  ideas 


^ 


—  324  — 

y  que  buscaban  en  él  fuerza  y  apoyo  para  combatir  á  algunoa 
malos  gobiernos,  y,  como  lo  decia  el  Cabildo  de  esa  ciudad  en 
su  proclama  del  30  de  Abril  de  1816,  el  «bienhechor  generoso  que 
se  apresiirahlt  á  quebrantar  las  cadenas  en  qiie  gemia  Buenos 
Aires.» 


Artigas  no  hizo  sino  resistir  á  los  malos,  gobiernos 
qae  el  mismo  pueblo  de  Buenos  Aires  concluyó 
por  derrocar. 


Ija  victoriosa  terminación  de  la  lucha  con  los  españoles  fué 
el  principio  de  una  guerra  fratricida  iniciada  por  el  Directorio 
de  Posadas  contra  los  Orientales  mandados  por  Artigas .  —  Se 
resolvió  inmediatamente  atacarlos,  someterlos  y  acabar  de  una 
vez  con  toda  resistencia  ó  transacion. 

No  hubo  alternativa  para  estos.  —  O  rendirse  á  discreción 
6  combatir.  Artigas  no  podía  vacilar  en  la  elección;  y  contestó 
á  la  guerra  con  la  guerra. 

El  Decreto  feroz  de  Posadas,  que  hemos  transcrito  antes,  fuó 
la  declaración  de  esta  guerra  sanguinaria. 

Algunos  calumniadores  sistemáticos  de  Artigas  no  han  que- 
rido reconocer  la  plena  justicia  con  que  éste  resistió  la  guerra 
que  se  le  hizo  constantemente  por  el  General  Alvear,  inmedia- 
tamente después  de  ocupada  la  plaza  de  Montevideo ;  princi- 
piando por  perseguir  incesante  y  ferozmente  á  los  Orientales 
artiguistas  desde  las  Piedras  hasta  la  Colonia,  de  la  Colonia 
hasta  el  Durazno,  de  los  Tres  Arboles  hasta  Arerunguá  y  des- 
de Marmarajá  hasta  Santa  Teresa . 

Es  de  ese  modo  odioso  y  culpable  como  se  hizo  práctica  la 
política  rencorosa  y  agresiva  que  desde  un  año  antes  se  había 
adoptado  por  el  Directorio  de  Posadas  poniendo  á  talla  la  cabeza 
de  Artigas,  y  condenando  á  muerte  á  todos  los  orientales  que 
siguiesen  á  éste,  es  decir,  —  á  toda  la  provincia . 

Esa  política  hostil  fué  reproducida  6  imitada  después  con 
cortas  intermitencias  por  Alvarez  Thomas,  expulsado  en  1812 
del  sitio  i  i  M^.'Titevideo  junto  c/>n  el  General  Sarratea  por 


^ 


—  326  — 

Artigas  y  E-ondean.  Adoptáronla  el  Director  Balcarce,  y  en 
mayor  escala  pn  seguida  el  Director  Pueyrredon. 

Esa  trizte  faz  en  la  discordia  entre  Orientales  y  Argentinos 
es  la  que  más  anclio  margen  lia  dado  á  la  calumnia  y  á  la 
impostura. 

Hay  en  la  invariaMo  parcialidad  y  liostilidad  de  los  detrac- 
tores do  Artigas,  on  la  que  descuellan  los  doctores  López  y 
Berra,  una  monstruo^jidad  irritante,  como  lo  hay  en  toda  odiosa 
y  consciente  iujui?+icia. 

No  puedo  comprenderse,  y  muclio  menos  se  justificará  nunca, 
por  cual  razón  lia  podido  reprobarse  como  anti-patriótica  y 
criminal  la  resistencia  opuesta  por  Artigas  a  esa  politica  agre- 
siva y  tiránica,  desde  que  ella  era  idéntica  á  la  que  poco  después 
adoptaba  en  Buenos  Aires  un  gran  partido  eminentemente 
imrteño  contra  el  mismo  Alvear,  partido  cuyo  proceder,  es 
necesario  no  olvidarlo,  ha  sido  encomiado  por  los  mismos  his- 
toriadores. 

Todo  demuestra  acabadamente  que  esa  resistencia  de  Arti- 
gas, por  lo  mismo  que  fué  tan  justa  y  salvadora,  fué  imitada  y 
prohijada  muy  poco  después  como  un  digno  modelo  por  el 
mi^mo  pueblo  de  Buenos  Aires,  cuj'os  ciudadanos  en  masa 
reaccionaron  tambion  contra  los  actos  tiránicos  de  Alvean 
hasta  conseguir  derrocarlo  y  expulsarlo  del  suelo  de  la  patria, 
gracias  á  no  haberlo  podido  haber  á  las  manos ;  por  que  enton- 
ces lo  habrian  arrastrado  por  las  calles  ó  suspendidolo  de  la 
tremenda  horca  levantada  por  el  implacable  Escalada  en  la 
Plaza  de  la  Victoria,  frente  al  Cabildo ;  tal  era  en  aquellos  dias 
turbulentos  la  airada  indignación  del  pueblo  porteño  persi- 
guiendo á  Alvear  y  sus  adictos  con  la  misma  zana  con  que  se 
podia  tratar  á  abominables  monstruos. 

No  somos  nosotros  los  que  á  placer  lo  calificamos  asi.  — 
Véase  como  se  expresaba  á  ese  respecto  el  formidable  Cabildo 


' 


—  327  — 

de  Buenos  Aires  en  su  nota  al  de  Montevideo  de  fecha  17  de 
Mayo  de  1815 . 

«  Los  dos  adjuntos  ejemplares  del  Manifiesto  que  ha  tenido 
á  bien  formar  este  Cabildo  sobre  los  fundados  motivos  y  ante- 
cedentes que  ocasionaron  el  enérgico  sacudimiento  del  16  y  16 
de  Abril  acompañado  de  otro  del  Geíe  de  los  Orientales  el  co-* 
ronel  don  José  Artigas,  impondrán  á  V .  E.  y  á  esa  benemérita 
Provincia  en  punto  mayor  ( por  ser  casi  imposible  entrar  en  el 
verdadero  detalle  de  otras  gravísimas  individualidades  )  de  la 
inevitable  necesidad  de  aquel  movimiento  2^cira  libertar  á  esta 
y  demás  desgraciadas  provincias  Unidas  de  la  liorrm'osa  esclavi- 
tud^  desolación^  desconcierto^  injusticias  y  otras  mil  amargas  ca- 
lamidades á  que  se  veian  reducidas  xmr  la  prepotencia^  absolutis- 
mo^ y  arbitrariedad  de  un  conjunto  de  hombres  que  completados 
por  sistema  g  pactos  expresos^  habían  tomado  mano  en  todos  los 
cargos  y  ramos  de  la  Administración  pública  estableciendo  sus 
fortunas  y  bienes  sobre  las  ruinas  de  los  inocentes  habitantes  que 
forman  este  tan  recomendable  Estado,  sin  que  les  sirviesen  de 
barrera  en  su  criminal  propósito  los  más  triviales  preceptos  de 
la  Religión  Santa  de  nuestros  mayores,  de  la  moral,  de  la  hu- 
manidad, ni  la  sana  política,  por  que  todo  debía  ceder  y  aún  la 
misma  salud  pública  era  de  grado  inferior,  á  las  desmesuradas 
aspiraciones  de  su  ambicioso  y  corrompido  corazón . 

«  El  mal  parecía  casi  irremediable  por  profundas  raices  que 
había  extendido ;  los  pueblos  y  todas  las  clases  gemían  en 
silencio,  esperando  el  remedio  de  la  Divina  Providencia  que 
vela  sobre  la  suerte  de  los  hombres ;  y  cuando  parecía  que  to- 
cábamos ya  en  la  hora  de  la  disolución  social  que  promovía  á 
gran  prisa  el  conocimiento  de  aquellos  crímenes,  quedaron  de 
improviso  salvas  las  Provincias  de  la  esclavitud  en  que  insen- 
siblemente habían  caído !  » 

Hasta  aquí  dicha  nota. 

El  General  Alvear  ha  adquirido  después  en  nuestra  historia 


—  328  — 

militar  inmejorables  títulos  al  cariño  y  respeto  del  pueblo 
Argentino  y  Oriental.  Su  gloriosa  campaña  de  Ituzaíngó  es  un 
laurel  inmarcesible,  y  el  pueblo  Argentino  con  legítimo  orgullo 
ante  sus  pi'oezas,  lo  honrará  siempre  como  á  uno  de  sus  gran- 
des capitanes. 

Pero  como  político  y  como  gobernante,  sus  hechos  son  ines- 
cusables  y  hasta  criminales.  Su  detestable  carácter  por  demás 
violento  é  irreflexivo  en  su  juventud,  su  irrefrenable  arrogancia 
y  vanidad,  su  deraedida  ambición  y  el  torpe  y  fatal  servilismo 
de  sus  partidarios,  que  no  sabían  ó  no  querían  moderarlo, 
neutralizaron  deplorablemente  las  eminentes  cualidades  y  do- 
tes intelectuales  que  poseía,  y  merced  á  las  cuales  pudo  á  pesar 
de  aquellos  grande^j  defectos,  desempeñar  asi  mismo  un  rol  tan 
elevado  y  glorioso  en  nuestra  historia  ulterior. 

Solo  el  doctor  López  con  su  brillante  dialéctica,  disfrazando- 
las  con  sutiles  e  inmorales  chícanas,  ha  podido  atenuar  tales 
culpas,  paliándolas  como  excusables  deslices  de  una  turbulenta 
juventud. 

Artigas  y  con  él  el  pueblo  y  el  ejército  de  Buenos  Aires  al 
reaccionar  contra  Alvear  como  un  tirano  incorrejíble  y  desa- 
tentado, que  conculcaba  todas  las  leyes  con  el  sistema  de  go- 
bierno más  despótico  y  vejatorio  que  hasta  entonces  se  hubiera 
conocido  en  el  Rio  de  la  Plata ;  procedían  con  conciencia  de  sus 
deiechos,  y  en  nombre  de  la  más  justa  de  las  causas.    - 

Tres  ó  cuatro  dias  antes  de  la  caída  de  Alvear,  cuando  algu- 
nos pontones  frente  á  Buenos  Aires  estaban  recibiendo  presos 
políticos,  y  se  había  ahorcado  en  la  Semana  Santa  en  la  plaza 
de  la  Victoria  al  oficial  Ubeda  por  haber  la  noche  antes  habla- 
do mal  del  Gobierno  en  un  café,  Alvear  intimó  al  Cabildo  de 
Buenos  Aires  se  presentase  en  su  campamento  de  los  Olivos;  y 
allí,  en  los  términos  más  violentos,  amenazó  á  sus  miembros 
que  los  haria  fusilar,  y  con  ellos  á  trescientos  de  los  ciudadanos 
más  distinguidos,  como  lo  hemos  dicho  en  la  sección  anterior^ 


—  329  — 

pues  eran  sus  opositores;  por  haberse  negado  el  Cabildo  á  sus- 
cribir la  violentísima  proclama  contra  Artigas  en  que  se  ca- 
lumuiaba  atrozmente  á  este,  y  de  que  ya  hablamos. 

Ahora  bien:  siendo  uno  mismo  el  enemigo  común,  ¿no  es  el 
colmo  de  la  injusticia  y  'de  la  inmoralidad  política  acusar  á 
Artigas  y  á  sus  adictos  como  díscolos  y  anarquistas,  por  solo 
anticiparse  á  hacer,  respecto  del  mismo  gobernante,  lo  que 
pocos  días  después  hacia  el  pueblo  de  Buenos  Aires,  en  un 
momento  de  irresistible  explosión,  á  fin  de  reconquistar  sus 
libertades? 

El  G  eneral  San  Martin  desde  su  Intendencia  de  Mendoza  se 
habia  negado  a  obedecer  las  órdenes  de  Alvear  que  le  mandaba 
trasladarse  á  la  capital.  En  realidad,  conservábase  aquel  en 
una  sublevación  pasiva  contra  el  Director  Alvear,  considerado 
como  su  impetuoso  y  muy  inferior  rival. 

Es  sabido  que  el  pronunciamiento  de  Fontezuelas  tuvo  lu- 
gar anticipándose  su  conocimiento  á  San  Martin  que  instigaba 
activamente  para  que  se  lo  produjese  cuanto  antes  por  el  mis- 
mo pueblo  de  Buenos  Aires  en  cuyo  Cabildo  "tenía  aquel  ilustre 
jefe  algunos  parientes  y  adictos  influyentísimos. 

Si  San  Martin  fomentó  esa  rebelión,  si  la  aplaudió  y  envió 
sumas  de  dinero  para  sostenerla,  y  reconoció  y  alentó  al  nuevo 
gobierno  que  ella  creaba,  aceptando  con  entusiasmo,  él,  siem- 
pre tan  circunspecto  y  prudente  en  todas  sus  manifestaciones 
públicas,  todas  las  responsabilidades  de  un  motín  en  que  el 
eiército  menoscababa  su  disciplina,  y  el  pueblo  consagraba  el 
triunfo  de  las  turbulentas  multitudes ;  si  todo  eso  hacía  San 
Martin :  ¿  de  qué  eulpa,  de  qué  delito  podía  acusársele  á  Arti- 
gas al  contribuir  también  tan  activamente  á  los  mismísimos 
fines  de  esa  revolución,  á  su  completo  triunfo  y  á  la  destruc- 
ción de  la  tiranía  Alvearista  y  su  facción  tan  aborrecida  por  el 
pueblo  de  Buenos  Aires,  como  lo  era  por  sus  antiguas  víctimas 
los  Orientales  ? 


( 


—  330  — 

Artigas  injuriado  como  un  perverso  enemigo  por  rebelarse 
á  la  distancia  contra  el  mismo  mal  gobernante  contra  quien  se 
rebelaba  Buenos  Aires,  que  lo  tenia  á  su  lado,  ¿no  tiene  el  más 
perfecto  derecho  á  ser,  enaltecido  como  el  defensor  de  las  liber- 
tades comunales  de  su  pueblo,  en  nombre  de  las  cuales  se 
levantó  también  el  mismo  pueblo  porteño? 

¿Por  cuál  inicua  razón  los  mismos  hechos  que  en  el  pueblo 
de  Buenos  Aires  debiau  considerarse  como  actos  virihs  y  lauda- 
bleSj  podian  censurarse  en  Artigas  como  un  atentado  6  como  un 
crimen  atroz? 

Subleva  el  espíritu  más  moderado  que  tan  menguada  parcia- 
lidad haya  dominado  á  algunos  escritores  ilustrados  como  el 
General  Mitre  y  los  doctores  López  y  Berra,  mistificando  así  la 
opinión  pública,  cometiendo  tan  indisculpable  injusticia  res- 
pecto del  caudillo  que  de  tal  modo  se  identificaba  con  los  mis- 
mos nobles  propósitos  y  aspiraciones  del  pueblo  porteño  y  con 
su  ejército;  y  así  facilitaba  á  uno  y  otro  con  su  anticipada  re- 
sistencia la  peligrosa  labor  de  librarse  del  aborrecido  y  temible 
despotismo  de  Alvear. 

Ahora,  en  cuanto  al  rechazo  de  los  Diputados  Artiguistas  en 
1813  ;  ¿cómo  extrañar  por  otra  pai'te  que  lo  fuesen  perentoria- 
mente por  dos  veces  de  esa  Asamblea  Constituyente,  á  la  que 
aquellos  llegaban  sorprendiéndola  como  los  heraldos  de  una 
nueva  política,  eminentemente  republicana  y  federativa,  escan- 
dalizándola con  sus  exijencias  de  igualdad  y  de  derechos  pro- 
vinciales, de  independencia  americana,  allí,  en  aquel  nido  de 
monarquistas  incipientes,  de  terroristas  autocráticos,  de  repu- 
blicanos arrepentidos? 

¿  Como  podian  ser  bien  recibidos  aquellos  diputados  que 
llegaban  proclamando  audazmente  los  grandes  dogmas  del 
republicanismo  norte-americano,  asi  como  la  necesidad  de 
revindicar  el  territorio  usurpado  per  el  Portugal,  en  aquella 
Asamblea  en  la  que  predominaban  en  absoluto  el  mismo  Direc- 


—  331  — 

tor  Posadas,  el  doctor  don  Nicolás  Herrera,  y  don  Francisco 
Víana,  implacables  enemigos  de  Artigas,  los  mismos  que  ya 
habian  querido  pactar  con  Vigodet  un  armisticio,  prometiendo 
ayudarle  á  someter  á  aquel  patriota  indomable ;  y  los  que  muy 
pronto  habian  de  abrir  de  par  en  par  las  puertas  del  pais  á  la 
conquista  portuguesa  ? 

¿  Qué  confianza  por  otra  parte  podían  inspirar  en  los  pue- 
blos sedientos  de  libertad,  fanatizados  por  el  republicanismo 
de  su  nueva  vida,  los  gobiernos  versátiles  y  tránsfugas  que 
como  el  del  Director  Posadas,  con  autorización  y  bien  expreso 
beneplácito  de  esa  misma  Asamblea,  en  Ley  de  29  de  Agosto 
de  1814,  enviaba  muy  poco  después  á  Europa  las  humillantes 
y  anti- Americanas  misiones  de  Sarratea,  de  Rivadavia,  y  de 
Belgrano,  que  tan  estrepitoso  fracaso  tuvieron  en  sus  duplici- 
dades con  el  célebre  intrigante  Conde  de  Cabarrus,  para  solici- 
tar ante  los  reales  pies  de  S .  M .  Carlos  IV  que  envíase  á  su 
hijo  el  Infante  don  Francisco  de  Paula  como  Rey  de  los  Ar- 
gentinos, desesperados,  decia  en  una  de  sus  notas  Eivadavia, 
«  2^or  qué  se  les  creyese  fieles  vasallos  de  Su  Mar/estad;  »  y  si  no 
encontraban  un  rey  allí,  buscarlo  y  mendigarlo  á  todo  trance 
en  Francia,  en  Inglaterra,  en  Luca,  en  Portugal,  en  cualquier 
parte  ? 

Lo  repetimos :  los  partidos  oposicionistas  porteños  buscaron 
siempre  en  Artigas  su  mejor  y  más  fuerte  aliado,  y  él  les  j)res- 
tó  el  inestimable  contingente  de  su  prestigio  y  de  su  fuerza 
para  derrocar  sus  malos  gobiernos. 

Terminaremos  estas  consideraciones  trascribiendo  la  impor- 
tantísima nota  dirigida  por  el  General  Artigas  al  Cabildo  de 
Buenos  Aires,  con  motivo  de  la  caída  de  Alvear,  demostrando 
las  disposiciones  amistosas  que  lo  animaban  para  con  aquel 
pueblo,  anunciando  su  resolución  de  suspender  toda  hostilidad, 
desde  que  la  guerra  era  solo  contestando  á  la  que  le  hacia  el 


Director  Alvear,  y  haciendo  constar  las  agresiones  y  malí 
que  éste  habia  tralado  de  arruinar  al  pueblo  Orienta!. 

Esa  preciosa  nota  que  es  muy  poco  conocida  (habiot 
publicado  por  primera  vez  por  D.  Antonio  N.  Pereyra 
valioso  folleto  el  «General  Artigas  ante  la  historia»)  merect 
notoriedad  por  la  elevación  y  nobleza  de  ideas  que  on  ellí 
dominan,  y  que  están  perfectamente  de  acuerdo  con  loa  r 
personales  del  gran  caudillo  oriental,  asi  como  por  la  lu: 
arrojan  sobre  ios  principales  incidentes  de  aquella  épo 
suprema  prueba  para  la  Provincia  Oriental. 

«  Oficio  del  Gefe  de  los  Orientales,  al  Exmo.  Cabildo  Gob 
dor  de  Buenos  Aires  y  su  Provincia : 

Exmo.  Señor : 

Transportado  de  alegría  he  leido  la  muy  honorable  cor 
cacion  de  V.  E.  data  del  21  del  corriente,  viendo  por  la  pr 
vez  ua  paso,  que  era  la  esperanza  general  desde  el  princi| 
nuestra  revolución.  Yo  al  tener  la  honra  do  felicitar  do  i 
á  V.  E.  por  la  gloria  inmortal  de  que  se  está  tan  dignai 
cubriendo,  apresuro  cuanto  es  de  mí  parte  para  llenar  cor 
prontitud  nuestros  comunes  votos,  no  dudando  ya  que 
aprovechará  conmigo  los  instantes  para  proveer  al  resta 
miento  más  íntimo  de  la  fé  pública.  Hoy  mismo  van  á  sal: 
circulares  convocando  á  los  pueblos  que  se  bailan  baj 
mando  y  protección  para  que  por  medio  de  sus  rospeí 
diputados  entiendan  en  la  ratiflcaciou  espontánea  de  la  el( 
que  para  ejercer  la  Suprema  Magistratura  recayó  en  e! 
benemérito  brigadier  general  don  José  Rondeau,  y  en  ci 
do  suplente  en  el  general  del  ejército  auxiliar  don  Ignacio 
rezjsegun  V.  E.  sehaservido  instruirme.  V.  E.  conoce  coi 
la  urgencia  de  laa  circunstancias  y  la  necesidad  que  hi 
evitar  cuanto  pueda  retardar  la  resolución  del  Congreso 
tan  importante  materia,  y  por  lo  mismo  no  puedo  ^res 


—  333  — 

de  representar  á  V.  E.  que,  mientras  se  verifica  su  reunión,  nos 
ocupemos  en  sellar  las  transacciones  competentes  á  fin  de  que 
llegado  el  momento  no  haya  ya  que  pensar  en  reclamaciones 
particulares  y  se  fije  el  juicio  de  todos  de  una  manera  bastante 
á  producir  una  confianza  tal  cual  se  requiere  para  dar  al  gobier- 
no instalado  todo  el  nervio  conveniente  al  ejercicio  de  sus  altas 
funciones. 

Prostituido  desgraciadamente  el  dogma  de  la  revolución 
desde  que  se  levantó  el  cerco  de  Montevideo,  la  conducta  con 
que  los  anteriores  primeros  majistrados  respondieron  á  las  re- 
clamaciones del  Pueblo  Oriental,  aumenta  gradualmente  los 
motivos  de  queja  ;  motivos  que  aunque  en  el  fondo  partían  del 
vicio  esencial  que  se  hallaba  siempre  en  aquellos  gobiernos, 
envolvían  la  multiplicación  subsiguiente  en  sus  resultados,  de 
suerte  que  aniquilando  ahora  el  germen  y  prove^yendo  exacta- 
mente contra  la  fatalidad  que  los  produjo,  solo  podemos  lison- 
íearnos  de  que  vá  a  impedirse  su  reproducción  ;  no  siendo  eso 
lo  bastante  á  separar  de  nosotros  el  aniquilamiento  á  que  nos 
redujo  el  sistema  de  conquista  que  se  siguió  en  mi  pazs  con  toda 
la  harharie  de  la  animosidad  más  furiosa.  V.  E.  tiene  todos  los 
datos  para  penetrarse  del  escándalo  de  esta  historia  y  conoce 
muy  bien  cuan  poco  digno  sería  que  el  Congreso  que  va  á  reu- 
nirse procediese  á  la  significación  que  se  le  pide  antes  de  sa- 
ber los  resultados  de  unas  particularidades  que  uniéndose  á  la 
primera  causa  sirvieron  á  ponerlos  en  la  cruel  situación  que  los 
hizo  pasar  por  todas  las  amarguras,  viviendo  en  las  lágrimas 
aún  en  medio  de  los  triunfos  que  siempre  fueron  saludados  con 
la  expresión  del  dolor  antes  que  arrancar  el  grito  de  la  satis- 
facción por  la  desventaja  de  nuestros  indignos  opresores. 

Feliz  mil  veces  V.  E.  investido  con  el  carácter  benéfico  de 
conciliador! 

«  Dejo  á  los  preciosos  deseos  de  V.  E.  la  elección  del  modo 
como  hemos  de  establecer  esta  negociación  salvadora,  y  cele- 


_  834  ~ 

brai'  de  una  vez  para  siempre  la  restauración  de  la  concordia, 
dándole  una  estabilidad  iufaltabU  basta  hacemos  recíproca- 

mtíuto  dignos  de  las  bandícionoa  de  la  patria  como  creadores 
do  la  paz  y  restauradores  de  la  confianza  pública. 

La  conducta  con  que  se  manejaron  siempre  los  perversos 
qiio  han  caido,  con  respecto  á  mi  pei"sona,  me  parece  bastante 
á  justificar  la  mia  ante  el  mundo. 

Ddüigrado  injustamente,  pero  siempre  patriota,  el  objeto 
priiiiOL'dial  da  la  revolución  fué  diempre  mi  norte. 

\'.  K,  saljo  bien  que  siempre  desde  el  carro  do  la  victoria  he 
prepon  tildo  la  oliva  de  la  paz  aun  á  los  pérfidos,  sólo  celosos  de 
piir.-ii'yuir  uiLostras  virtudos. 

Jamás  he  dejado  de  ver  cuanto  nos  es  ella  necesaria  á  nues- 
tra rcgoiicriiciün  y  ])or  lo  mismo  V.  E.  deba  convencerse  quo 
jamás  lie  intentatlo  poner  trabas  á  su  restablecimiento. 

La  justicia  do  mi  indicación  me  liaee  elevarla  á  V.  E.  y  esa 
niisma  justicia  me  baco  esperar  que  no  habrá  el  menor  incon- 
vonieuto  en  felicitarnos  desde  ya  con  toda  pureza  y  garantir  lav 
yalud  universal  de  estos  pueblos. 

Cun  cuyos  votos  tengo  el  honor  de  repetir  á,  V-  E.  mi  más 
respetuosa  consideración. 

Cuartel  General,  29  de  Abril  de  1815. 

José  Artigas . » 


La  conquista  de  Montevideo  por  el  General  Alvear. 

La  guerra  á  muerte. 


Al  principiar  este  estenso  parágrafo,  debemos  recordar  el 
pensamiento  de  Prevost-Paradol  en  el  prefacio  de  su  Historia 
Universal:  «  La  Hstoria  se  relaciona  con  la  filosofía  de  la  his- 
«  toría,  pero  ella  no  debe  perderse  en  ella:  no  debo  olvidar 
«  sobre  todo  la  inmutable  distinción  del  bien  y  del  mal,  ni 
«  hacerse  inmoral  por  parecer  profunda  ó  elevada. 

«  La  historia  no  tiene  razón  de  ser  si  ella  no  enseña  la  jus- 
«  ticia.  » 

Tenemos  la  firme  y  leal  convicción  de  que  estas  pajinas  pre- 
sentan esa  enseñanza  en  su  más  austera  e  imparcial  severi- 
dad. H 

Es  indudable  que  una  de  las  más  gloriosas  pajinas  de  la 
guerra  de  la  independencia  es  la  rendición  de  la  fuerte  plaza 
de  Montevideo. 

Después  de  heroicos  combates  diarios  desde  la  gloriosa  vic- 
toria del  Cerrito,  complementados  por  las  proezas  de  la  marina 
argentina  mandada  por  el  inmortal  Brown,  cayó  el  gran  ba- 
luarte del  poder  español  en  estas  regiones,  para  cuya  posesión 
fué  indispensable  agotar  casi  los  recursos  de  las  provincias  de 
Buenos  Aires,  Banda  Oriental  y  Entrerios,  atestiguando  al 
mundo  con  repetidos  y  constantes  hechos  de  heroicidad  y 
constancia,  la  incontrastable  decisión  de  estos  pueblos  por  es^ 
pulsar  del  suelo  de  América  á  sus  opresores. 

Pero  también  es  un  hecho  perfectamente  comprobado  que 
aquel  gran  triunfo  de  las  armas  de  la  patria,  empañado  ines- 
cusablemente  por  un  acto  de  perfidia  del  general  sitiador  sor- 


—  336  — 

protiJieudo  dolosamente  la  loal  credulidad  de  Vigod 
significó  para  los  orientales  sino  an  motivo  más  de  descoi 
perfectamente  justificado  ante  los  hechos,  por  la  coi 
observada  para  con  ellos,  lo  mismo  por  el  Directorio  de  P< 
en  cuya  época  se  verificó  la  rendición  de  la  Plaza,  com 
el  directorio  subsiguiente  do  Alvear. 

Ningún  hecho,  ni  la  más  pequeña  concesión,  demostran 
hubiese  de  parte  del  Gob'erno  de  Posadas  la  menor  diapc 
á  reconocer  que  los  hijcs  de  esta  Provincia,  tan  patrii 
decididos  contra  la  opresión  española,  tenian  indisputal 
recho  á  administrar  por  si  mismos  sus  intereses  públicoí 
gúiidoseles  al  fin  aptos  para  una  misión  que  esclusivame 
corri-spoiidiay  para  un  derecho  que  era  imprescindible 
suyo. 

La  historia  demuestra  que,  en  cuanto  á  los  orientales 
mis  á  las  órdenes  del  Genei-al  Artigas,  en  vez  de  proc 
con  éste  una  solución  pacifica  y  conciliatoria,  Alvear  no 
en  hostilizarlo  por  todos  los  medios  á  su  alcance,  por  las 
y  aún  por  la  perfidia. 

Tiiú  asi  como  e!  "24  de  Junio,  al  dia  siguiente  de  en  e: 
á  \b  plaza  de  Montevideo,  consiguió  Alvear  sorprender, 
pei-seguir  ia  división  del  Coronel  Otorgues,  fuerte  de 
hombres,  que  se  habia  acercado  á  las  Piedras  como  vai 
dia  del  ejército  del  General  Artigas,  y  el  cual  venia  á  n 
de  éste  gestionando  la  entrega  de  la  capital  de  so  Pro 
paralo  cual  comisionó  á  los  s 'ñores  doctor  Revuelta  y 
tan  don  Antonio  Saenz. 

Alvear  trató  entonces  desde  las  inmediaciones  de  las  F 
de  engañar  á  Otorgues  con  mañosas  seguridades  de  co 
cion,  hasta  recibir  esa  noche  un  considerable  refuerzo 
dos  regimientos  de  Dragones  de  la  Patria  y  Granaderos 
baUo,  y  400  infantes  del  2  y  6  á  órdenes  de  Yaldenegro, 
tigaera  j  Fernandez.  En  tanto  Otorgnés  esperaba  el  r 


—  337  — 

de'  sus  dos  parlamentarios  Saenz  y  Dr.  Revuelta  (á  quienes 
Alvear  retuvo  en  su  campo  y  amenazó  fusilar),  y  una  vez  refor- 
zado, cayó  este  por  sorpresa  á  las  8  de  la  noclie,  sobre  las 
avanzadas  de  Otorgues,  persiguiéndolo  hasta  el  Santa  Lucía, 
habiéndose  salvado  de  una  completa  destrucción,  merced  á  la 
oportuna  interposición  del  General  Rivera,  no  sin  haber  per- 
dido entre  heridos  y  muertos  mas  de  200  hombres  en  la  perse- 
cución, todo  su  bagaje,  dos  banderas  y  más  de  IBOO  caballos  y 
2,000  cabezas  de  ganado,  según  el  parte  de  Alvear, 

El  Doctor  Berra  con  una  admirable  y  candorosa  ingenuidad 
al  dar  cuenta  en  su  Bosquejo  de  este  proceder,  dice  que  en  tan- 
to Alvear  esperaba  los  refuerzos  que  había  podido,  «  enirettivo 
al  caudiUo  contrario  con  parlamentos!  » 

Poco  después  de  estos  sucesos,  Alvear,  infatigable  en  sub 
propósitos  agresivos,  puso  en  juego  el  mismo  plan  de  engaño- 
sas estratajemas,  que  no  eran  on  realidad  sino  insidiosas  perfi- 
dias, anunciando  con  intencionada  publicidad  el  retiro  de  sus 
fuerzas  á  Buenos  Aires,  haciendo  creer  al  General  Artiga  que 
quería  entrar  por  un  amistoso  avenimiento,  y  que  esperaba  á 
sus  comisionados ;  para  cuyo  cargo  fueron  nombrados  los  res- 
petables patriotas,  señores  Barreiro,  García  Zúñíga  y  Callerog 
á  fin  de  formular  las  bases  de  una  reconciliación  definitiva. 

Adormecidas  de  este  modo  las  fundadas  desconfianzas  de 
Artigas,  este  envió  efectivamente  sus  comisionados,  al  mismo 
tiempo  que  sus  jefes  principales,  Basualdo  en  Éntrenos,  Rivera 
y  Otorgues  situados  en  puntos  distantes  de  su  campamento, 
que  se  hallaba  entonces  en  las  inmediaciones  del  Rio  Negro, 
Tooibian  la  noticia  de  aquellas  negociaciones  y  relajaban  el  ri- 
gor de  sus  precauciones  militares,  confiados  en  mi  arreglo 
Kmistoso  Ó  inmediato . 

Siguiendo  ese  plan  verdaderamente  púnico,  se  dieron  pro- 
clamas en  Canelonw  y  Montevideo  por  el  entonces  Gohema- 


dor  Bodríga«z  Peña,  annnciaudo  las  diaposiciones  padfic&c 
Director  y  los  arreglos  que  se  estaban  celebrando,  al  mi 
tiempo  qae  el  Director  Posadas  revocaba  el  feroz  decreto 
ponía  fuera  de  la  ley  ¿  Artigas,  declarándosele  en  17  de  A| 
to  de  1814  buen  servidor  de  la  patria,  devolviéndosele  su  i 
do  de  coronel  de  Blandengues,  y  nombrándosele  Comaudi 
General  de  Campaña. 

Con  tales  antecedentes  había  razones  plausibles  para  coc 
en  la  tran  sacien  den  ni  tí  va  de  la  contienda  anterior.  Sín  em1 
go,  se  persistía  sigilosamente  en  el  plan  de  guerra,  como  p 
advertirse  por  el  noinbramiento  del  Coronel  Soler  como  Gol 
natlor  de  Montevideo,  haciendo  retirar  á  Rodrigues  Peñt 
adoptándose  a&i  una  dirección  decididamente  militar  en 
asuntos  orientales,  proparatoria  de  la  campaña  que  se  proyei 
ba  abrir  en  la  ocasión  propicia. 

Llegada  esta,  y  cuando  s©  creía  que  las  fuerzas  artigui: 
as  hallaban  diseminadas  unas  de  otras  á  grandes  distan< 
del  todo  descuidadas,  y,  aun  algunas  licenciadas  para  retín 
á  3U9  casas  y  entregarse  á  sus  faenas  rurales,  es  decir  al  me 
poco  más  de  aquellas  demostraciones  pací&cas,  inicióse  de  nu 
la  guerra  fratricida. 

Las  fuerzas  espedicionarias  que  se  aseguraba  ostensiblemf 
por  Alvear  que  regresaban  á  Bueuos  Aires,  muy  lejos  de  e 
fueron  desembarcadas  inopinadamente  en  la  Colonia,  ¿t 
donde  abrieron  nuevas  operaciones  sobre  las  fuerzas  artígui: 
dirigidas  por  el  mismo  Alvear,  al  mismo  tiempo  que  el  Con 
Valdenegro  atacaba  á  Basualdo  en  Botrerios,  v  fuertes  coh 
ñas  á  las  órdenes  de  lo;j  Coroneles  Soler  y  Dorrego  saliati 
Montevideo  en  distintas  direcciones,  internándose  esta  Últ 
al  Este,  tratando  de  sorprender  la  división  de  Otorgues,  a 
lo  consiguió,  después  de  varias  alternativas  cerca  del  Cerrt 
Iiliinnarajá,  en  el  actual  Departamento  de  Minas,  apoderáuc 
de  todo  el  bagaje  y  armamento  de  aquella  fuerza,  y  hasta  d' 


—  339  — 

familia  de  Otorgues,  con  la  cual  se  cometieron  execrables  aten- 
tados, como  se  verá  más  adelante,  persiguiendo  los  restos  de 
esa  división  hasta  la  frontera  de  Santa- Teresa. 

Proísiguióse  entonces  una  campaña  implacable  contra  los 
Orientales,  principalmente  sobre  Rivera  que  acampaba  en  los 
Tres  Árboles  y  sobre  Artigas  al  Norte  d?l  Rio  Negro ;  tan 
asoladora  y  cruel  en  sus  propósitos  y  medios  do  acción  como 
eran  injustificables  y  criminales  las  aspiraciones  de  opresión  y 
conquista  que  la  enardecian. 

Sin  duda  se  creyó  que  esta  última  campaña  seria  decisiva. 

Efectivamente,  lo  fué,  pero  en  sentido  contrario  al  que  se 
esperaba.  Decretósele  por  el  Director  Posadas  y  sus  consejeros 
entre  los  que  se  distinguian  algunos  orientales  como  el  doctor 
Herrera  y  el  General  Viana,  y  fué  cumplida  en  demasía  por 
Alvear ;  terminando  después  de  varias  peripecias  y  combates 
aislados,  en  la  batalla  del  Guayabo^  ganada  del  modo  más  com- 
pleto y  decisivo  por  el  General  Rivera  el  10  de  Enero  de  1815 
sobre  el  ejército,  superior  en  número  y  disciplina,  del  Coronel 
Dorrego. 

Creemos  dar  maj^or  exactitud  y  autenticidad  á  estas  suscin- 
tas  apuntaciones,  transcribiendo  en  seguida  algunos  párrafos 
de  la  Memoria  escrita  por  el  mismo  General  Rivera  relatando 
concisamente  los  primeros  mcesos  de  armas  en  la  ffiierra  de  la 
independencia  de  los  On'entaJes^  cuyo  precioso  original  autógra- 
fo tenemos  á  la.yista,  y  del  cual  tomamos  nuestra  trascripción, 
por  diferir  en  algo  de  la  que  se  halla  en  la  Colección  Lamas. 

Véase  como  refiere  el  General  Rivera,  tan  eminente  actor 
en  esos  sucesos,  los  episodios  de  esa  campaña,  en  que  al  fin  le 
tocó  una  parte  tan  gloriosa  en  varios  encuentros  y  retiradas, 
y  especialmente  en  la  batalla  del  Guayabo,  de  la  cual  habla 
con  incomparable  y  nobilísima  modestia; 

«  La  ocupación  de  la  plaza  de  Montevideo,  por  el  ejército  de 
los  patriotas,  hizo  concluir  en  todo  el  territorio  de  la  provincia 


—  840  — 

la  guerra  contra  los  eíspañoles;  pero  Alvear,  se  propuso  hacer 
servir  todo  su  ejército  en  una  guerra  fratricida,  y  un  mes  des- 
pués de  haber  ocupado  la  plaza  de  Montevideo,  salió  con  una 
división  de  2,000  hombres  y  campó  en  el  pueblo  de  las  Pie- 
dras, donde  se  hallaba  el  coronel  D.  Femando  Otorgues,  con 
una  división  de  mil  y  tantos  orientales,  con  quien  entró  Alvear 
en  relaciones,  recibiendo  en  su  campo  dos  parlamentarios  que 
lo  eran  un  Dr.  Revuelta  (D.  José)  que  sabia  muy  poco,  y  que 
servia  como  Capitán  con  Otorgues,  y  á  un  D .  Antonio  Saenz, 
capitán  ó  maj^or  (1).  Alvear  recibió  agriamente  ¿  los  parla- 
mentarios; los  amenazó  con  que  los  había  de  fusilar;  mandó  al 
capitán  Dr.  Revuelta,  que  se  fuese  á  su  casa,  lo  que  aceptó  y  se 
metió  en  Montevideo;  Sacnz  se  reunió  a  Otorgues  en  esa  no- 
che por  haber  logrado  escaparse  en  el  momento  en  que  Alvear 
cargaba  á  los  orientales,  a  quienes  tomó  en  descuido,  puesto 
que  esperaban  el  regreso  de  sus  parlamentarios  y  mientras  tan- 
to las  hostilidndes  estaban  suspensas  por  un  acuerdo  que  se 
habia  hecho  en  la  misma  mañana,  y  bajo  el  cual  el  mismo  Al- 
vear habia  pedido  a  Otorgues  enviase  dos  personas  caracteri- 
zadas y  bastantemente  facultadas  para  tratar  de  un  aveni- 
miento que  él  propondría,  ventajoso  para  los  orientales;  mas 
Alvear  hizo  lo  mismo  que  acababa  de  hacer  con  el  gobernador 
español  Vigodet,  y  como  se  ha  dicho  cargó  á  los  orientales, 
quienes  se  pusieron  en  retirada  sin  hacer  ninguna  defensa, 
hasta  la^  inmediaciones  del  pueblo  de  Canelón,  donde  apareció 
el  comandante  D.  Fructuoso  Rivera  con  una  división  de  400 
hombres,  é  interponiéndose  entre  la  retaguardia  de  la  división 
Otorgues  y  la  vanguardia  de  Alvear,  pudo  librar  á  la  primera 
de  ser  desbaratada  por  la  segunda,  porque  sostuvo  suj3-  guerri- 
llas hasta  el  amanecer  á  los  occidentales  que  amanecieron  sobre 


(1)  Saenz  era  casado  con  una  hija  de  Otorgues,  y  según  se  dijo  lo  hizo 
este  asesinar. 


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—   341    —  /  .:,; 


Canelones,  y  Otorgues  sobre  el  Santa  Lucía,  que  repasó  al  A*¡'l 
guíente  día,  sin  haber  sufrido  sino  una  muy  pequeña  per**  >í 
dída. 


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i2 

'ríi 


«  Alvear  se  situó  en  Canelones  y  desde  allí  propuso  á  Artíl^^j:*^! 

gas  una  transacíon,  y  que  para  ella  esperaba  le  mandase-  una  ' 

comisión  con  quien  pudiera  entenderse,  pues  estaba  plenamen^  ^  ¿ 

te  facultado  por  el  gobierno  para  ello:  todo  esto  sucedió  en  Ju-    ^'4 

lio  de  1814.  Artigas  convino  en  lo  propuesto  por  Alvear  y      ¿| 

mandó  de  sus  comisionados  á  don  Tomás  García  de  Zúñiga,  á 

don  Miguel  Barreiro  y  á  don  Manuel  Calleros,  los  cuales  ,  se 

presentaron  á  Alvear  en  Canelones,  y  les  ofreció  acordarlo  todo     .^J 

pero  para  ello  era  preciso  pasar  hasta  Montevideo:  de  faoto      -I 

Alvear  se  prestó  á  cuantas  proposiciones  hacíanlos  comisiona-    V % 

dos  de  Artigas,  á  quien  mandó  dinero  para  socorrer  sus  tropas       jj 
»  .j 

haciéndole  entender  que  para  todo  estaba  facultado,  y  muy        í 

dispuesto  á  hacer  una  convención  amigable :  que  propusiesen       i 

■*•■ 
los  dichos  comisionados  las  bases,  que  el  aprobaría  y  ratifica-        | 

ría  con  Artigas  ;  entre  tanto  Alvear  empezó  á  hacer  embarcar        % 
sus  tropas  en  Montevideo,  habiendo  hecho  entender  á  los        " 
orientales  que  las  mandaba  á  Buenos  Aires,  pero  no  fue  así,        : 
porque  después  de  dejar  las  que  precisaba  en  Montevideo  para 
la  realización  de  su  plan,  desembarcó  él  mismo  en  la  Colonia 
del  Sacramento  con  tres  mil  hombres,  y  mandó  salir  de  Mon-        * 
te  vídeo  al  coronel  don  Manuel  Dorrego,  con  mil  y  tantos  hom-  /    .; 
bres,  para  que  rápidamente  cargase  sobre  la  división  de  Otor-        ! 
gués,  que  se  hallaba  en  el  pueblo  de  Minas  en  las  puntas  del 
Rio  Santa  Lucía.  Dorrego  consiguió  perseguir  á  Otorgues,  y 
arrojarlo  al  otro  lado  del  Chuy  por  el  istmo  de  Santa  Teresa 
sin  mayor  oposición ;  sin  embargo  que  hubieron  algunas  gue- 
rrillas eu  esta  jomada.  Dorrego  hizo  prisionera  á  la  esposa  y 
familia  de  Otorgues,  á  quien,  trató  malísimamente,  y  observó 
una  conducta  cruel  con  todos  los  inermes  moradores  del  país, 
por  donde  pasaron  sus  tropas . 


—  342   - 

«  Alvear  L.ego  do  efectuado  su  desembarco  en  la  Colonis, 
dirigió  sus  marchas  sobre  el  rio  Yi,  pero  hizo  alto  en  un  peqneño 
pueblo  situado  on  el  arroyo  de  los  Porongos,  habiendo  hecho 
avalizar  gruesas  partidas  de  caballería  hasta  el  Paso  de  los 
Toros  en  el  Rio  Negro,  punto  donde  se  hallaba  Don  José  Artigas 
con  una  fuerza  de  ochocientos  ú  mil  hombres  sin  disciplina, 
mal  armados  y  desprovistos  de  toda  clase  de  recursos ;  lo  que 
le  obligó  á  retirarse  con  tiempo  al  centro  de  la  campaña,  y  fué 
á  campar  en  los  potreros  de  Arerunguá,  donde  empezó  á  hacer 
reunir  todas  las  fuerzas  rnc  pudo  de  los  Orientales:  mientras 
tanto  habia  destir'-ido  al  comandante  Kivern,  para  que  obser- 
vase alas  divisiones  de  Alvear  que  obraban  por  distintas  di- 
recciones. En  Setiembre  de  1814  el  Comandante  Rivera  logró 
destrozar  una  división  de  caballería  de  Alvear  en  la  azotea  de 
Don  Diego  González,  entre  los  rios  Yi  y  Negro,  que  la  mandaba 
un  capitán  Don  Josc'  del  Pilar  Martínez,  quien  faé  t)risicnaro 
con  B  oficiales  y  260  soldados,  habiendo  quedado  muertos  más 
de  60,  entre  estos  seis  oficíales.  Este  suceso  reanimó  mucho  á 
loa  orientales ;  pues  hasta  entonces  todo  habían  sido  contrastes, 
pues  una  división  qne  obraba  en  la  provincia  de  Entre-Rios  á 
las  órdenes  del  Comandante  Don  Blas  Basualdo,  para  contener 
á  la  división  del  Coronel  Valdenegro,  quien  habia  desembarcado 
en  el  An'oyo  de  la  China,  para  llamar  la  atención  de  los  orien- 
tales sobro  su  retaguardia,  logró  desbaiatar  á  la  división  de 
orientales  en  la  capilla  dsl  Palmar,  y  la  persiguieron  hasta  el 
Yema,  en  la  margen  occidental  del  Rio  Uruguay ;  le  tomaron 
■una  pieza  de  artillería,  y  pocos  prisioneros. 

«  En  este  mismo  tiempo  Alvear  desde  Minas,  resolvió  reti- 
rarse á  Buenos  Aires,  dejando  el  mando  del  ejército  al  general 
don  Miguel  E,  Soler  ordenando  al  tiempo  de  su  marcha  al 
coronel  Dorrego,  que  con  parte  de  su  división  marchase  á  in- 
corporarse á  la  división  del  comandante  Ortignera,  que  se  ha- 
llaba en  el  paso  del  Durazno  en  el  Ti,  ( hoy  día  hay  nn  pueblo 


—  343  — 

en  dicho  lagar  ),  para  que  poniéndose  &  la  cabeza  de  aquellas 
fuerzas,  se  internase  sobre  la  otra  parte  del  Rio  Negro,  donde 
se  hallaban  las  fuerzas  del  comandante  Rivera.  En  efecto,  Bo- 
rrego pasó  el  Rio  Ne^^ro  por  el  Paso  de  Quinteros,  y  logró 
cargar  á  la  división  de  Rivera  que  se  hallaba  en  la  barra  de 
los  Tres  Arboles,  y  que  apenas  tuvo  tiempo  para  reunir  sus 
avanzadas  y  ponerse  en  retirada,  sin  haber  podido  mudar  sus 
caballos  de  reserva.  Sin  embargo,  se  retiró  bizarramente  desde 
el  aclarar  el  dia  hasta  las  cinco  de  la  tarde,  maniobrando  más 
de  doce  leguas,  defendiéndose,  á  vivo  fuego,  de  más  de  1,200 
caballos  bien  regularizados,  y  que  obraban  con  bravura .  Sin 
embargo,  Rivera  logró  hacer  una  fuerte  carga  sobre  los  escua- 
drones de  Dorrego,  que  hacian  la  retaguardia  de  la  división, 
en  la  cual  logró  matarle  más  de  40  hombres,  y  hacerle  algunos 
prisioneros  que  llevó  consigo. 

«  Este  pequeño  contraste  hizo  que  Dorrego  hiciera  alto  por 
aquella  noche,  lo  que  dio  lugar  para  que  Rivera  fuera  á  ama- 
necer sobre  el  Rio  Queguay.  Dorrego  se  apareció  á  los  dos  dids ; 
pero  Rivera  recibió  un  refuerzo  de  800  blandengues  que  desde 
el  Cuartel  General  de  Artigas  habian  venido  en  su  auxilio,  y 
con  el  cual  quedó  superior  en  número  á  la  división  que  lo  per- 
seguía, á  la  que  cargó  con  empeño ;  pero  instruida  esta  del 
auxilio  que  había  recibido  por  haber  interceptado  un  correo 
qile  venia  á  Rivera,  se  puso  en  retirada  con  dirección  á  Mer- 
cedes, y  fué  perseguida  por  espacio  de  cinco  dias  consecutivos, 
hsrsta  hacerla  refujiarse  en  la  plaza  de  la  Colonia.  En  esta  vez 
perdió  Dorrego  mas  de  400  hombres,  sus  caballadas  y  él  estuvo 
espuestísimo.  El  general  Rivera  suspendió  sus  marchas,  desde 
las  Vacas,  víjio  á  Mercedes,  y  allí  sufrió  un  contraste  terrible, 
Be  le  sublevaron  los  800  blandengues,  inducidos  por  sus  oficia- 
les ;  particularmente  un  Lorenzo  Vázquez,  Don  Rufino  Bauza, 
cin  Juan  Ángel  Navarrete  y  otros;  saquearon  las  familias  del 
pueblo,  y  cometieron  toda  clase  de  crímenes,  dispersándose  los- 


más  de  ellos.  (1)  Rivera  escapó  milagrosamente;  pues  habiendo 
querido  evitar  tales  desórdenes,  los  sublevados  intentaron  con- 
tra su  persona ;  le  hablan  desnudado  de  sus  vestidos  para 
asesinarlo,  y  logró  escaparse  sin  camisa :  sin  embargo,  él  logró 
reunir  alguna  gente  de  su  división  ó  regimiento,  y  le  Uegó  su 
capitán  Don  Juan  Antonio  Lavalleja  con  200  hombres  que 
habia  dejado  en  observación  de  Dorrego,  y  logró  con  esto 
restablecer  el  orden  en  parte ;  pero  se  hablan  ido  con  Bauza  y 
los  demás  oficiales  más  de  400  hombres  con  dirección  al  cuartel 
general  de  Artigas,  que  se  hallaba  en  los  potreros  de  Arenm- 
guá :  el  resto  ?o  habia  esparcido  en  distintas  direcciones. 

«  DoiTego  se  reunió  al  general  Soler  en  San  José,  y  noticia- 
do del  suceso  de  Mercedes,  salió  sin  demora  á  la  cabeza  de 
1,700  hombres,  y  llegó  á  la  Calera  de  Peralta,  en  el  Perdido: 
allí  se  encontró  ya  con  las  avanzadas  del  comandante  Rivera, 
que  las  mandaba  el  capitán  Lavalleja,  quien  empezó  á  incomo- 
dar con  guerrillas  dia  y  noche  á  la  división  Dorrego,  la  cual 
llegó  al  Rio  Negro,  lo  pasó  en  el  Paso  de  Vera,  y  siguió  su 
marcha  hasta  la  barra  de  los  Corra^e^  en  la  margen  derecha  del 


(1)  Al  trascribir  esta  afirmación  del  General  Rivera,  debemos  por  un 
sentimiento  do  estricta  justicia  reproducir  la  protesta  y  rotunda  dene- 
gación que  contra  ese  cargo  formulado  también  por  Pascual  en  sus 
Apuntes,  ha  hecho  el  señor  D.  Francisco  Bauza  en  su  Historia  de  la  D<h 
mifiacion  Espahda,  en  la  que  dice  así: 

„  El  escritor  que  se  esconde  bajo  el  seudónimo  de  Adadus  Calpe  y 
A.  D.  de  P.  y  que  no  es  otro  que  A.  D.  de  Pascual,  dice  en  el  tomo  I 
eap.  I,  parg  .  VI  d)  sus  „Apuntes  para  la  Historia  de  la  República 
Oriental  del  Uruguay":  „La  columna  de  800  hombres,  mandada  en  su 
refuerzo  por  Arti^^a?,  rebelóse  contra  el  joven  Rivera,  caj  itaneando  el 
motín  los  cabecillas  Lorenzo  Vázquez,  Rufino  Bauza,  Ángel  Navarrete 
y  otros  subalternos,  lo  cuales  sa^u  aron  la  ciudad  de  Mercedes  y  come- 
tieron toda  clase  d  •  demasi  s  y  crímenes  vergonzosos."  No  se  puede 
fulminar  más  netamente  acusación  tan  calumniosa  y  destituida  de  prue- 
bas. Ni  Bauxá.  8  8(  ñaió  amas  en  ninguna  de  sus  campañas  \  or  haber 
saqueado  pueblos,  ni  en  esta  ocasión  podía  ser  ese  su  papel  con  respeo* 
to  al  de  Mercedes." 


—  345  — 

rio  Queguay  Grande. — Allí  se  le  incorporó  el  Coronel  Pedro 
Viera  con  400  hombres  y  nmchas  caballadas  que  veuian  de  la 
división  de  Valdenegro  que  se  bailaba  en  la  provincia  de  En- 
tre-Rios. 

«  El  Comandante  Rivera  habíase  esforzado  para  reconcen- 
trar cuantas  fuerzas  pudo  reunir  sobre  Arerunguá,  donde  ya 
no  estaba  el  cuartel  general  que  se  había  retirado  al  Corral  de 
Piedra,  en  el  Arroyo  de  Sopas,  que  está  á  la  entrada  de  la  sie- 
rra del  Infiernillo . 

«  Don-ego  siguió  sus  marchas,  y  llegó  á  un  arroyo  conocido 
por  el  Guayabo^  que  tiene  su  confluencia  en  el  rio  Arerunguá. 

«  Los  orientales  se  resolvieron  á  presentarle  un  campo  de 
batalla  á  pesar  de  la  inferioridad  del  número  de  las  fuerzas, 
pues  los  enemigos  les  llevaban  más  de  600  hombres  de  venta- 
ja; se  dio  la  batalla  y  se  ganó  completamente .  — Dorrego  man- 
daba el  ejército  de  Buenos  Aires  y  el  general  Rivera  mandaba 
el  ejército  de  los  orientales ;  la  batalla  empezó  á  las  doce  del 
día,  el  10  de  Enero  de  1815,  y  se  concluyó  á  las  cuatro  y  me- 
iia  de  la  tarde. 

«  Dorrego  no  pudo  salvar  arriba  de  20  hombres;  todo,  todo 
o  perdió. 

«  La  batalla  no  se  puede  detallar^  porque  no  fué  ella  de  tal  ta- 
maño que  merezca  lapena^  y  en  fin  ella  por  desgracia  de  la  pa- 
tria^ fué  de  hermanos  contra  hermanos.  (¡Qué  fatalidad  la  de  la 
América/) 

«  Esta  jomada  dio  lugar  para  que  el  Gobierno  de  Buenos 
Aires,  desistiese  por  sus  circunstancias  de  la  manía  de  man- 
darlo todo  y  dejó  a  los  orientales  en  posesión  de  todo  el  país; 
sin  embargo  que  la  guerra  continuaba  por  el  Entre-Ríos  y 
Santa-Fó.  » 

Hasta  aquí  la  Memoria  del  General  Rivera. 

Debemos  agregar  para  completar  ese  cuadro  de  fatales  con* 
trastes  para  las  fuerzas  de  Alvear,  que  éste  envió  de  Buenos 


—  346  — 

Aii-es  600  infantes  bajo  las  órdenes  del  coronel  Holemberg.  El 
Grobemador  de  Montevideo,  coronel  Soler,  dejando  en  su  lugar 
al  coronel  Frencli,  saKó  á  campaña  con  una  división  á  fin  de 
reforzar  á  Dorrego,  pero  en  su  marcha  le  llegó  la  noticia  del 
GuayabOj  retrocediendo  entonces  á  toda  prisa  perseguido  por 
ftierzas  orientales,  no  sin  haber  sido  derrotada  su  vanguardia 
en  el  Espinillo  por  el  comandante  Llupes,  salvándose  apenas 
su  jefe  Orona  y  algunos  soldados. 

Refiriéndonos  á  operaciones  militares  dirigidas  por  el  Gene- 
ral Alvear  contra  los  gefes  orientales,  parécenos  conveniente 
aun  á  riesgo  de  dar  demasiada  extensión  á  esta  sección,  tras- 
cribir en  seguida  un  oficio  muy  curioso  y  por  demás  expresivo, 
como  lo  era  siempre  el  lenguaje  apasionado  de  Alvear,  en  que 
este  comunica  al  Cabildo  aporteñado  de  Montevideo  los  hechos 
más  importantes  de  su  campaña  contra  los  Artiguistas. 

Como  documento  histórico  es  de  mucho  interés  aunque  tan  á 

censurable  por  la  violencia  de  sus  apreciaciones,  dirijido  como 
era  á  Orientales.  No  lo  hemos  visto  publicado  nunca,  habiéndolo 
copiado  nosotros  del  Archivo  del  Cabildo  en  la  Junta  Econó- 
mica, lamentando  no  haber  hallado  la  respuesta  á  él.  Dice  así: 

«  Después  que  diferentes  cuerpos  del  ejército  de  mi  mando 
habian  corrido  ya  2B0  leguas  en  la  repetida  variedad  de  mar- 
chas que  requerian  los  movimientos  del  enemigo  y  cuando  al 
caudillo  Femando  Otorgues,  satisfecho  en  su  ponderada  movi- 
lidad y  en  el  considerable  número  de  caballos  que  poseia  para 
beligerar  en  esta  dilatada  campaña,  presumió  poder  eludir  todo 
proyecto  que  yo  formase  do  atacarlo:  los  sucesos  de  los  dias  4, 
5  y  6  del  corriente  desmintieron  aquella  decantada  táctica  de 
velocidad  y  al  paso  que  añadieron  nuevos  laureles  á  las  armas 
de  la  patria,  libraron  del  furor  del  rebelde  al  afligido  vecinda- 
rio de  esta  desolada  campada.  Una  combinación  de  movimien- 
tos tan  inopinada  del  enemigo  como  bien  llevada  á  efecto  por 
las  divisiones  encargadas  de  la  ejecución,  arrojaron  de  la  Ban- 


—  347  — 

da  Oriental  en  un  momento  esa  gavilla  de  atrevidos  facinero» 
sos  que  en  su  ferocidad  fundaban  el  respeto  y  en  su  cobardía 
hacían  consistir  su  pericia  militar.  Un  cuerpo  de  tropas  de  600 
hombres,  dirigido  por  el  coronel  Dorrego  con  escelentes  oficia- 
les, marchando  con  toda  la  rapidez  y  sigilo  que  exigían  sus 
deseos,  logró  bajar  en  breves  días  sin  ser  sentido  de  los  enemi- 
gos que  ocupaban  un  sitio  fuerte  del  valle  de  Malmarajá  por 
las  cucbillas  que  dividen  las  nacientes  de  los  ríos  Yi  y  Cebolla- 
tí,  dirigiéndose  al  efecto  desde  el  paso  de  Villasboas  por  la  se- 
rranía que  corre  entre  el  referido  Yi  y  Rio  Negro;  al  mismo 
tiempo  que  saliendo  yo  del  Paso  de  los  Toros  con  tanta  velo- 
cidad como  fué  posible,  vine  por  el  centro  de  la  campaña  á  si- 
tuarme en  la  calera  de  García  con  otra  fuerza  de  igual  número 
bajo  mi  inmediata  dirección. 

El  8  del  corriente  salí  de  dicha  calera  hacia  el  ©netnigo  y 
conseguí  que  las  tropas  anocheciesen  con  14  legxias  de  camino 
cruzado  por  tres  ríos.  La  fatiga  de  los  soldados  consiguiente- 
mente era  exesiva,  pero  su  constancia  y  el  admirable  sufrimien- 
to con  que  soportaban  la  escasez  y  la  intemperie  dieron  suficien- 
te ánimo  pare  emprender  una  nuev«.  jr  dilatada  marcha  hasta 
acampar  pocas  leguas  distantes  del  enemigo. 

Este  día  el  capitán  del  Regimiento  núm.  2  don  Manuel 
Mármol  con  100  hombres  montados  de  la  división  de  vanguar- 
día  apresó  á  los  capitanes  enemigos  Gadea  y  Rodriguez  con  36 
hombres  bien  armados  y  600  caballos. 

Dado  este  golpe  pasó  inmediatamente  a  batir  una  compañía 
de  morenos  de  la  División  de  Otorgues  y  habiéndolo  verificado 
con  toda  la  actividad  ó  intrepidez  que  podía  desearse  hizo 
prisioneros  dos  oficiales  y  cincuenta  soldados  armados  de  fusil 
y  bayoneta  apoderándose  juntamente  del  armamento  del 
Ejército  enemigo. 

Otra  partida  de  la  vanguardia  al  cargo  del  Teniente  de 


--  348  — 

granaderos  á  caballo  don  Manuel  Suarez  atacó  y  apresó  al  ca- 
pitán Miares  con  26  soldados  igualmente  bien  armados. 

Al  amanecer  del  día  siguiente  el  coronel  Dorrego  con  lias 
fuerzas  de  su  cargo,  avanzó  al  campamento  de  Marmarajá  y  el 
enemigo  que  á  favor  de  su  favorable  posición  ostentaba  una 
vigorosa  resistencia,  fué  arrojado  precipitadamente  de  ella,  di- 
sueltas  sus  divisiones  y  batida  una  de  ellas  con  pérdida  de  28 
muertos  y  43  prisioneros.  Durante  aquel  dia  fué  perseguido 
por  diferentes  cuerpos,  según  requería  la  dispersión  que  habia 
sufrido,  y  antes  de  la  noclie  habia  caido  ya  en  poder  del  coro- 
nel Dorrego  la  artillería  y  municiones,  todo  el  equipaje  de 
Otorgues,  su  mujer,  su  bija  y  multitud  do  familias  que  seguiam 
el  grapo  de  su  mando  junto  con  un  trozo  de  caballos  escogi- 
dos. Todos  los  carruajes  del  ejército  entre  ellos  uno  cargado 
de  paños  y  algún  dinero  que  inmediatamente  se  repartió  á  la 
tropa .  El  uniforme  del  caudillo,  el  sombrero  y  espada  que  este 
abandonó  en  su  fuga  y  existen  en  mi  poder. 

La  pérdida  por  nuestra  parte  solo  consiste  en  13  muertos  y 
algunos  heridos,  entro  aquellos  es  lamentable  y  digno  del  re- 
cuerdo de  la  Patria  el  activo  é  intrépido  militar  Teniente  del 
Regimiento  núm.  8  don  Nicasio  Carrete  quien  en  puntual 
cumplimiento  de  su  deber  dio  la  vida  batiéndose  basta  el  iilti- 
mo  momento  donde  se  lo  habia  ordenado . 

Por  los  partes  que  sucesivamente  me  comunican  los  Geíes  de 
los  cuerpos  destinados  en  seguimiento  del  enemigo  aparece 
que  el  caudillo  Otorgues  con  un  corto  número  de  soldados  va 
con  dirección  á  entrar  en  el  terrítorio  Portugués.  Por  momen- 
tos se  toman  prisioneros  de  los  dispersos  en  el  YaUe  y  la  divi- 
sión del  Coronel  Dorrego  persigue  al  caudillo  con  actividad  y 
sobrante  de  cabalgaduras.  Todo  lo  cual  tengo  el  honor  de  po- 
ner en  noticia  de  ese  Ilustre  y  "Respetable  Cuerpo  para  su 


satiafaccioD,  y  la  cTe  ese  benemérito  Tecindario .    Dios   guarde 
etc.,  etc. 

Campamento,  Octubre  7  de  1815. 

Callos  de  Ahear.  » 

Con  la  lectura  de  eae  parte  oficial  se  comprenderá  cuan  pro- 
fundos debían  ser  los  odios  que  exacerbaban  entre  los  Orien- 
tales independientes  tales  agresiones  y  bostilidadea,  tan  ira- 
placable  y  jactanciosamente  llevadas  á  cabo  por  el  General 
Alvear  en  nombre  de  una  autoridad  nacional  opresora  y  f'eíoz 
en  sus  venganzas. 

No  puede  pretenderse  racionalmente  que  bubieiíe  algún 
plan  político  en  esa  guerra  de  exterminio  decretada  bárl>ani- 
mente  contra  todo  un  pueblo  en  cuyos  campos  no  se  hacia 
sentir  sino  una  voz  uniforme  de  execración  y  resistencia  justi- 
ñcaiJisima.  Los  orientales  no  eran  rebeldes,  y  solo  pugnaban 
pordefender  su  autonomía  en  la  administración  interior  de  su 
provincia. 

A  pesar  de  los  desastres  subsiguientes  á  aquel  parte  oficial, 
sufridos  por  el  denodado  General  Rivera  en  la  heroica  retirada 
de  los  Tres-Árboles  y  de  la  sublevación  del  Regimiento  de 
Blandengues  en  Mercedes,  narrados  por  él  antes,  en  la  tras- 
cripción que  hemos  hecho,  la  victoria  del  Guayabo  viuo  á  con- 
densar en  un  unifonne  y  entusiasta  esfuerzo  la  indignación  de 
los  Artiguistas,  que  eran  casi  el  pueblo  en  masa  ¡  y  los  que  con 
exepcion  de  la  capital  de  Montevideo,  guarnecida  todavía  por 
las  tropas  de  Alvear,  se  vieron  al  fin  vencedores  y  dueños  ab- 
solutos de  su  país  natal 

Bra  aquella  una  eevera  pero  mereuidisima  lección  para  los  go- 
bernantes infatuados,  y  para  sus  inicuos  partidarios  y  conseje- 
ros que  asi  hablan  enrojecido  la  bandera  de  Mayo  en  el  fratri- 


—  350  — 

cidio  de  los  Orientales,  y  comprometido  y  rebajado  al  j 
argentino,  imponiéndole  la  odiosa  u-ision  de  ser  ejeon 
ens  venganzas  personales,  de  sus  odios  de  facción,  y  osea] 
BUS  criminales  ambiciones. 

El  Gitayaho  fuá  como  lo  dice  con  tan  admirable  noble: 
santimientos  el  vencedor  General  Rivera  «  por  desgrack 
V  patria  una  batalla  de  hermanos  contra  hermanos  (/quéj 
«  dad  la  de  la  América  •»!)  pero  ademas  de  un  castigo  ejei 
sirvió  á  enaltecer  el  nivel  moral  de  los  vencedores  á  1»  i 
de  un  puGrilo  varonil  que  so  emancipa  al  filo  de  su  eepad 
mo  ya  lo  estaba  por  sn  heroísmo  y  por  sus  virtudes. 

Pocos  dias  después  de  esa  batalla  subia  al  poder  snpre 
Brigadier  General  Alvear,  haciendo  renunciar  al  efecto  ¿ 
despretitigiado  y  aun  odiado  tio  el  Director  Posadas,  y  tr 
á  todo  trance  de  concluir  en  la  Banda  Oriental  una  sitt 
de  guerra  intestina  que  no  podia  darle  ya  sino  sangre,  n 
derrotas,  y  dealionor. 

En  su  volcánica  cabeza  bullia  también  el  audaz  pensa: 
to  de  concentrar  todos  los  elementos  y  recursos  de  las  Pi 
cias-Unidaí?  en  un  supremo  esfuerzo,  llevando  con  un  ej' 
de  diez  mil  veteranos,  la  libertad  hasta  Lima,  arrollando 
las  íuerzas  españolas  del  Alto  Perú.  La  empresa  era  dig 
un  grande  hombre  como  él,  porque  Alvear  lo  era  cuand 
lo  guiaba  la  inspiración  del  patriotismo  argentino  y  el  a: 
la  libertad  del  continente;  pero  los  defectos  incorregibles 
carácter,  tan  inferior  á  su  eminente  rival  el  libertada 
Perú,  nuestro  glorioso  San  Martin,  le  llenaron  de  estorba 
camino;  reaccionó  como  un  atolondrado,  atrayéndose  odio 
placables,  y  rodó  por  el  suelo  despeñado  por  el  huracán  i 
iras  orientales  y  argentinas. 

El  ejército  del  Norte  mandado  por  Rondeau  se  había 
bordjnado  contra  él,  y  á  cada  momento  vela  desmoro 
los  elementos  con  que  contaba  para  su  grande  empres 


—  351  — 

una  Refutación  í  unas  calumnias  que  le  dirigió  el  doctor  don 
Julián  Alvarez  en  la  Gaceta  Estraordinaria  Ministerial  de  28 
de  Diciembre  de  1818,  que  tenemos  á  la  vista,  dice  Alvear  á 
aquel  respecto  lo  siguiente : 

€  Allá  la  posteridad  siempre  justa  é  imparcial  decidirá  si 
mis  desvelos  en  la  organización,  disciplina,  instrucción,  au- 
mento de  las  tropas,  ó  introducción  de  la  nueva  táctica,  mere- 
cen la  gratitud  nacional :  á  ella  toca  también  pronunciar  si  mia 
empresas  en  la  Banda  Oriental,  y  el  éxito  de  mis  rápidas  com- 
binaciones sobre  aquel  territorio,  y  si  la  formación  de  una  es- 
cuadra en  medio  de  tristes  recursos ;  y  la  destrucción  de  las 
fuerzas  navales  del  enemigo ;  si  la  dirección  de  los  negocios 
políticos  y  la  rendición  de  la  Plaza  de  Montevideo  no  fueron 
empresas  que  honrarán  siempre  la  historia  de  la  Revolución  de 
mi  Patria.  —  También  dejo  al  cálculo  de  los  hombres,  que 
respetan  la  justicia  y  la  razón,  todo  lo  que  debía  esperarse  de 
mi  campaña  al  Perú,  si  circunstancias  desgraciadas,  que  no 
pueden  recordarse  sin  dolor,  no  me  hubieran  privado  tomar 
el  mando,  y  dirigir  un  ejército  numeroso,  que  dio  tantas  glo- 
rias á  la  Nación  en  los  Campos  Orientales,  para  desaparecer 
como  el  humo  en  los  valles  de  Sipe-Sipe.  » 


^\ 


Ahora  bien,  sea  por  el  descalabro  radical  del  Guayabo  que 
alejaba  toda  esperanza  de  recuperar  lo  perdido,  sea  por  dedi- 
carse exclusivamente  á  la  formación  del  grande  ejército  liber- 
tador del  Perú,  y  anonadar  la  rebelión  del  eíórcito  del  Nort© 
al  mando  de  Hondean,  que  se  había  sublevado  contra  él,  el 
hecho  es  que  el  Director  Alvear  resolvió  inmediatamente  enviar 
una  misión  de  paz  al  General  Artigas,  confiándola  á  las  emi- 
nentes aptitudes  é  ilustración  del  Oriental  Doctor  Don  Nicolás 
Herrera,  que  había  desempeñado  la  Secretaria  ó  Ministerio  de 
Gobierno  de  su  tío  el  Director  Posadas  durante  el  año  que  esta 
duró,  y  que  en  aquellos  momentos  desempeñaba  en  el  gobierno 


—  362  — 

de   Alvear  ose  mismo  Ministerio  junto  con   el  de  R 
Exteriores. 

És  necaaario.  también  no  olvidar  que  la  situación  mi 
por  m.'iM  tiempo  insostenible  en  MonteWdeo.  La  desen 
minniíi  cada  vez  más  su  fuerza,  y  las  escaseces  que  st 
falta  de  víveres,  pues  las  avanzadas  de  Otorgues  cei 
pas^  á  toda  comunicación  con  la  ciudad,  producian  ui 
de  crorieiite  alarma  y  malestar,  que  reagravaba  en  í 
el  encono  contra  aquella  indefinida  j'  odiosa  ocupacioi 

Eu  cnanto  á  la  misión  del  doctor  Herrrera,  nada  c 
idea  más  acabada  de  su  importancia  y  fines  que  la  ti 
cion  del  interesante  documento  siguiente,  inédito  aur 
el  doctor  Herrera  con  su  eximia  habilidad,  especifica  ■ 
t,-r  ajiarp.iite  de  su  encargo,  y  confia  su  prosecución  c 
Gi'iípral  Artigas  á  los  patriotas  Coronel  don  Felipe 
d  i;>  Tomiis  García  de  Zúñiga.   Dice  asi: 

■  Dn.  Nicolás  Herrera,  Secretario  de  Estado  y  Ri 
Ex'críorps,  Delegado  Extraordinario  del  Gobierno  Su] 
l-i-  Provincias  Unidas  del  Rio  de  la  Plata,  etc.,  etj. 

«■  P(ír  cuanto:  entre  los  importautos  objetos  que  bar 
li  t:uiiB¡deracion  del  Gobierno  Supremo  de  las  prov¡n< 
d.is  dtjl  Rio  de  la  Plata,  á  tomar  un  exacto  coiiocim 
e-tildo  de  los  negocios  políticos  de  esta  Provincia  Orí 
p.iinoro  y  más  urgente  ha  sido  el  terminar  con  el  deí 
vi^niente  á  su  dignidad  la  guerra  interna  que  desgraci 
t  ■  ha  suscitado  entre  nosotros  una  extraordinaria  com 
d"  sucesos.  Por  tanto,  y  en  uso  de  las  altas  é  ¡limitad 
t  (des  que  el  Supremo  Gobierno  se  ha  dignado  confia 
venido  en  autorizar  á  los  S.  S.  T>.  Felipe  Pérez,  Teñí 
ronel  de  Caballería  de  Milicias  y  á  D.  Tomás  García  ¿ 
ga,  para  que  saliendo  de  esti  Plaza  en  clase  de  Parla 
tes  á  la  brevedad  posible,  paaen  al  Cuartel  Jeneral  de 
pas  Orientales,  y  avistándose  con  su  Jefe  el  Coronel  . 


—  363  — 

Artigas  le  comuniquen  los  objetos  de  mi  misión,  y  el  eficaz  de- 
seo que  me  anima  de  promover  en  cuanto  mis  facultades  lo 
permiten,  la  paz  interior,  el  sosiego  de  los  pueblos  y  el  resta- 
blecimiento de  la  fraternal  concordia,  que,  sofocada  por  un 
tiempo,  ha  sido  el  órgano  de  las  fatalidades  y  desastres,  que  en 
parte  deplora,  y  en  parte  mira  como  inevitables  la  justa  pre- 
visión del  Grobierno  Supremo. 

«  Por  manera  que  siendo  estos  mismos  sus  designios  y  el 
medio  más  sencillo  de  conciliarios  establecer  un  tratado  firme 
é  indestructible  que  remueva  hasta  la  posibilidad  de  nuevos 
escándalos,  los  dichos  S.  S.  podrán  empeñar  todo  el  valor  de  la 
más  sagrada  promesa  á  nombre  del  Gobierno  Supremo  y  mió 
sobre  el  efectivo  cumplimiento  de  cuanto  acordaren  y  dispon- 
gan con  el  enunciado  General  don  José  Artigas,  para  la  aper- 
tura de  una  negociación  intervenida  por  ellos  mismos,  si  asi 
fuere  preciso  y  garantido  en  el  modo  que  su  importancia  exije, 
Y  para  que  esta  mi  determinación  tenga  el  mejor  y  más  cum- 
plido efecto  he  teniio  por  bien  espedirles  el  presente  Despacho 
y  credencial  suficiente  de  Comisión,  con  particular  encargo  á 
las  Autoridades  y  Jefes  subalternos  de  la  Provincia,  de  coope- 
rar á  su  cumplimiento  en  la  forma  que  de  su  tenor  resulta. 

«  Dado  en  Montevideo  á  los  8  dias  de  Febrero  de  1815. 

«  Nicolás  Heebeba. 
«  Lucas  José  Obes,  Secretario  de  la  Comisión, 

Esta  credencial  iba  acompañada  de  la  siguiente  Instrucción: 
«  El  Gobierno  Supremo  de  las  Provincias  Unidas  que  en  las 
vicisitudes  de  la  revolución  acaba  de  sufrir  una  pequeña  pero 
importante  alteración,  ha  querido  señalar  la  época  de  este 
suceso'  con  un  triunfo  más  glorioso  que  el  de  les  campos  de 
batalla  por  ser  él  de  tales  pasiones  que  regularmente  conducen 

34 


—  364   - 

los  imperios  más  robustos  á  la  disolución  y  ¿  la  iiiintL  Desc 
restablecer  la  paz  y  cortar  las  divisiones  que  ajitaa,  oprimen , 
destrozan  el  seno  de  la  azorada  Patria  en  la  época  de  su  mayo 
peligro.  No  hay  sacrificio  á  que  el  Gobiemo  Supremo  no  s 
preste  gustoso  para  conseguirlo  siendo  un  deber  do  sus  hijo 
el  concunir  á.  esta  clase  de  designios  que  reúnen  lo  ímportant 
á.  lo  plausible,  particularraeute-cuando  sus  ojos  se  fijan  de  ui 
modo  honroso  en  las  cualidades  personales  de  ellos  mismos,  h 
creido  que  V.  V.  aceptarán  con  guato  la  importante  Comisioi 
á  que  son  destinados  por  el  Despacho  adjunto. 

Su  tenor  es  la  mejor  espreaion  de  los  sentimientos  que  m 
animan  y  es  como  inútil  agregar  instrucciones  para  facilitar  £ 
acierto  de  un  paso  cuyos  fines  no  son  complicados  ni   dificile; 

«  Sin  embargo,  no  puedo  excusaiTue  de  recomendar  á  V.  "V 
el  punto  de  la  cesación  de  hostilidades  que  debe  preceder 
toda  convención  pacífica,  tanto  para  el  libre  curso  de  las  co 
municaeiones  como  para  el  pronto  alivio  y  consuelo  que  lo  de 
mandan  con  un  ínteres  correspondiente  al  estado  de  bus  con 
fiictos . 

«  Creo  haber  revestido  á  V.  T.  de  la  autoridad  nocosari 
para  remover  obstáculos  é  inspirar  la  confianza  necesaria  ei 
las  promesaa  de  un  gobierno  que  como  he  dicho  aceptaría  fá 
cilmente  toda  condición  ó  partido,  en  tanto  que  no  ultraje  si 
decoro  ó  comprometa  la  existencia  politica  de  las  Provincia 
Unidas.  — El  sabrá  premiar  con  mano  generosa,  el  servicio  qu' 
V.  V.  le  tributan  haciéndose  el  órgano  de  sus  benéficas  mira 
y  la  Patria  no  olvidará  jamís  el  importante  influjo  que  dobei 
tener  sus  trabajos  en  la  obra  más  grande  de  nuestra  rovolucioi 
y  el  termino  d©  una  guerra  que  no  pueden  decidir  las  annas  sii 
conducir  el  Estado  al  liltirao  precipicio,  » 

«  Dios  guarde  á  V,  V.  etc. 
«  Montevideo,  8  de  Febrero  de  X816. 

(Firmado)  —  Nicolás  Herrera. 


—  8B6  — 

El  Cabildo  de  Montevideo,  compuesto  siempre  de  los  mis- 
mos vecinos  que  sin  elección  popular,  habian  sido  nombra- 
dos al  efecto  desde  Buenos  Aires  por  el  Directorio,  y  que  eran 
p)r  lo  mismo  decididamente  adictos  al  Gobierno  de  Alvear, 
quiso  también  tomar  alguna  participación  en  los  arreglos  de 
paz,  creyendo  auxiliar  de  algún  modo  al  Dr.  Herrera,  y  bacer 
valer  alguna  influencia  en  la  negociación . 

Al  efecto  dirigió  á  éste  la  siguiente  nota: 

«  Sr .  Delegado  del  Supremo  Gobierno. 

«  El  Ilustre  Ayuntamiento  de  esta  Ciudad  con  noticia  oficial 
que  ha  tenido  del  importante  objeto  de  la  Comisión  á  que  V.  S. 
ha  venido,  pide  muy  enérgicamente  se  sirva  darle  alguna  in- 
tervención en  ella,  porque  considera  que  puede  servir  á  ade- 
pintar  el  importante  fin  de  la  pacificación  de  esto  territorio  á 
que  aspira  el  Supremo  Gobierno.  Sus  individuos  son  todos 
conocidos  del  Jefe  de  las  armas  Orientales  con  quien  han  de 
entablarse  estas  negociaciones:  tienen  un  interés  en  ellas  como 
habitantes  de  un  mismo  suelo;  y  esta  circunstancia  debe  hacer- 
le grata  á  D .  José  Artigas,  cualquiera  parte  que  se  les  quiera 
dar  en  e?ta  importante  Comisión  con  que  V.  S.  se  presenta  hoy 
en  este  territorio:  por  momentos  urge  la  necesidad  de  este  paso; 
en  su  consecuencia  solicita  cío  V.  S.  que  teniendo  en  conside- 
ración la  desolación  universal  en  que  han  envuelto  al  país  las 
guerras  intestinas  se  sirva  concederle  á  la  Corporación  que  re- 
presenta, la  necesaria  intervención  que  necesita  para  que 
uniendo  sus  esfuerzos  á  los  do  V.  S . ,  toque  todo  el  pueblo 
Americano  el  buen  resultado  que  debemos  prometemos  de  tan 
ventajosa  medida.  —  Montevideo,  Febrero  7  de  1815. 

(Firmados)  —  Pedro  G,  Pérez  —  Juan  M,  Caldeyra 
—  Luis  de  la  Posa  Brito  —  Pedro  Casáballe  — 
Tlíorihio  Loiiez  de  üllUus  —  Juan  Bto.  Blanco 
— Pallo  Pérez — Bruno  Méndez, 

Al  Sor.  Delegado  del  Supremo  Director. 


/ 


—  356  — 

En  consecuencia  de  esta  nota,  y  aceptada  por  el  doctor 
Herrera  la  cooperación  del  Cabildo,  se  asociaron  á  los  delegados 
de  aquél  los  cabildantes  don  Pablo  Pérez  y  doR  Luis  de  la 
Rosa  Brito,  marcbando  juntos  al  Arroyo  de  Castro  para  de  allí 
dirijirse  al  campamento  del  General  Artigas/ 

En  tanto  que  con  la  mejor  buena  fé  adelantaba  en  sus  tra- 
bajos esta  Comisión,  veamos  cuales  eran  las  sinceras  intencio- 
nes que  habian  presidido  en  el  envió  de  la  misión  de  Herrera 
por  parte  de  Alvear,  y  las  verdaderas  disposiciones  conciliado- 
ras que  lo  animaban  á  este . 

Casi  al  dia  siguiente  de  la  llegada  del  doctor  Herrera  á 
Montevideo,  ya  recibia  la  carta  siguiente  del  Director  Alvear, 
la  que  sin  duda  debía  ser  una  reiteración  de  las  espresas  reco- 
mendaciones que  habia  recibido  al  salir  de  Buenos  Aires,  ^ 
que  formaban  en  reaKdad  la  parte  más  esencial  de  su  encargo. 

Al  mismo  tiempo  que  so  intentaba  arrasar  la  fortaleza  del 
Cerro  con  el  pretexto  de  que  se  aproximaba  una  espedicion 
española,  tratábase  para  resistirla  de  dejar  á  Montevideo  ab- 
solutamente desmantelado  y  desarmado  á  fin  de  redu  irlo  á  la 
más  completa  impotencia  :  aún  dándose  cuenta  Alvear  y  sus 
partidarios  de  que  el  despojo  completo  que  se  proyectaba  de  su 
abundantísimo  armamento  y  parque  exponia  á  esta  plaza  fuer- 
te á  caer  sin  defensa  como  una  segura  ó  inerme  presa  ante 
cualquier  invasor  que  intentase  conquistarla,  como  aconteció 
dos  años  después  con  la  invasión  portuguesa,  y  como  pudo  ha- 
ber sucedido  ese  mismo  año  de  1815  con  la  expedición  españo- 
la del  General  Morillo  si  en  lugar  de  dirigirse  por  ese  tiempo 
á  las  costas  de  Venezuela  ó  Tierra  Firme,  hace  rumbo  á  las  del 
Rio  de  la  Plata,  como  se  temió  con  tan  fundada  razón  por  los 
patriotas  de  esta  región. 

Es  de  este  modo  como  la  proyectada  pacificación  y  reconci- 
liación principiaba  dolosamente  por  asumir  de  hecho  y  á  todo 
trance  un  carácter  de  culpable  despojo,  de  injustificable  y  de- 


—  357  — 

liberada  usurpación  de  la  propiedad  mas  sagrada  é  indispensa- 
ble del  mismo  amigo  y  hermano  á  quien  con  desleal  hipocresía 
ofrecíítse  una  cordial  reconciliación :  teniendo  unos  y  otros 
iguales  y  formidables  enemigos  al  frente,  ó  identidad  de  peli- 
gros en  la  común  defensa. 

Duélenos  presentar  esta  faz  odiosa  en  esa  transacción  diriji- 
da  con  insigne  mala  fé  por  el  doctor  Herrera,  aunque  en  cum- 
plimiento sin  duda  de  sus  estrictas  instrucciones,  transacción 
cuyo  éxito  final  lejos  de  contribuir  á  aplacar  los  rencores  azu- 
zados entre  Argentinos  y  Orientales  por  la  conducta  de  Alvear, 
debia  ahondarlos  cada  vez  más,  y  hacer  de  aquella  efímera  y 
púnica  paz  una  imperdurable  y  justificada  causa  do  aborreci- 
miento. 

Hé  aquí  la  carta  indicada: 

«  Sr.  D.  Nicolás  Herrera . 

Buenos  Aires,  Febrero  10  de  1816. 

«  Amigo  mío  :  Es  imposible  que  podamos  mandar  víveres 
por  lo  que  cuestan,  y  no  haber  plata  para  ello;  ahí  van  todos 
los  buques  para  que  vengan  todos  los  pertrechos  de  guerra  y 
efectos  pertenecientes  al  Estado;  es  preciso  que  se  sostenga  el 
sitio  hasta  la  última  hora,  y  que  embarque  todo  sin  que  quede 
un  grano  de  pólvora,  ni  un  fusü,  pues  estas  especies  se  las  po- 
demos dar  después  á  Artigas,  y  nos  las  agradecerá  más. 

«  No  hay  que  dar  licencia  á  ningún  Español  para  que  se  va- 
ya al  Janeiro,  que  ^e  amuelen  aquí. 

«  Me  parece  seria  oportuno  insinuarse  con  aquellas  familias 
más  comprometidas  con  Artigas,  para  que  se  vengan  con  tiem- 
po; de  todos  modos  nos  acomoda  que  se  vengan  los  más  que 
sean  posibles,  aunque  sean  Oodos,  y  más  de  aquellos  más  pu- 
dientes que  siempre  gastarán  algo,  y  les  queda  eso  más  que  dar 
á  Artigas,  repartiendo  sus  caaas  á  los  paisanos,  y  de  este  modo 


peleará  máa  por  la  caasa;  en  fin,  es  preciso   echarlo   todo  á  ba- 
rato, y  ea)ga  el  aol  por  Antequera. 

«  Eecomienclo  á  Vd.  la  casa  de  las  Maturanas,  por  si  cjuísie- 
ran  venir  y  que  les  avise  Vd.  con  anticipación  de  la  evacua- 
ción de  la  Plaza. 

«  Por  acá  no  hay  novedad,  todo  sigue  en  orden  y  no  hay 
cuidado  por  nada. 

«  Ahí  se  pueden  hacer  algunas  salidas  para  hacerse  do  trigo 
y  otros  víveres  para  subsistir  hasta  saber  el  resultado  de  la« 
negociaciones. 

«  Cuidado  qne  vengan  todos  los  efectos  del  Estado  y  pertre- 
chos de  guerra :  en  fin  que  venga  todo  cuanto  pueda.  Vá  apro- 
bado el  nombramiento  de  Obes. 

Salud  y  pasarlo  bien:  de  Vd.  etc. 

Callos  Airear.  « 

Casi  en  el  mismo  día,  el  Comisionado  doctor  Herrera  recibió 
la  siguiente  nota  reservada  del  Ministro  de  la  Guerra,  General 
Viana,  que  daba  ya  un  carácter  apremiante  y  absoluto  á  la 
evacuación  de  Montevideo,  reclamada  por  el  Gobernador 
Soler : 

Besenado 

«  El  Director  Supremo  en  consideración  á  las  criticas  cir- 
cunstancias en  que  se  halla  la  Plaza  de  Montevideo  de  que 
instruyo  su  gobernador  on  oficio  de  7  del  corrieato,  y  consul- 
tando los  intereses  del  Estado,  ha  tenido  &  bien  resolver  pasen 
á  ese  puerto  todos  los  buques  de  guerra  y  mercantes  que  ha 
considerado  suficientes  para  que  según  el  estado  que  presente 
la  negociación  entablada  por  V.  S.  con  el  Gefe  de  los  Orien- 
tales, ae  embarque  dicho  Gobernador  con  la  tropa  de  la  Guar- 
nicion,  artillería,  fusiles,  municiones,  archivos  y  cuanto  corres- 
ponda  al  Estado,  ya  sea  propiedades  extrañas  ú  otros  enseres  de 
la  I^añon,  protejiendo  á  loa  individuos  que  qmeran  emigrar. 


—  359  — 

«  S.  E.  me  ordena  lo  corauniqne  á  V.  S.  sagnro  de  que  las 
circunstancias  qu©  sobrevengan  arreglarán  sus  oneraciones  en 
el  particular,  con  advertencia  que  para  que  sostenida  la  Plaza 
hasta  el  último  traace,  pueda  conseguirse  alguna  transacion 
ventajosa,  se  ha  dispuesto  conduzca  el  comercio  provisiones 
de  todas  clases  para  su  socorro . 

«  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

«  Buenos  Aires,  Febrero  11  de  1815. 

( Firmado ) — Javier  de  Yiana. 

S.  Secretario  de  Estado,  Diputado  en  Comisión  don  Nicolás 
Herrera.  » 

A  fin  de  complementar  estas  medidas,  era  necesario  tener  un 
gran  número  de  embarcaciones. 

La  siguiente  nota  del  Secretario  del  Director  Alvear  explica 
como  salia  este  de  esa  dificultad  con  su  habitual  violencia : 

«  El  Supremo  Director  impuesto  por  el  oficio  de  V.  S.  de  8 
del  comente  en  que  le  instruye  de  las  medidas  que  ha  puesto 
en  planta  desde  su  llegada  á  eea  Plaza  para  el  desempeño  de 
su  comisión  las  ha  encontrado  dignas  de  su  aprobación  Supre- 
ma ;  y  consultando  su  buen  suceso^  y  en  vista  de  las  nuevas 
escaseces  que  empieza  a  sentir  eso  Puablo,  ha  ordenado  un 
embargo  general  de  los  buques  en  ei^te  puerto  para  que  con- 
duzcan todos  los  víveres]  que  sean  necesarios ;  pero  como  de 
todos  modos  el  éxito  es  dudoso,  y  no  debe  omitirse  ningún 
género  de  precaución  para  hacer  menores  las  desgracias,  pone 
á  S.  E.  al  cargo  de  V.  S.  el  hacer  transportar  á  esta  Capital 
todos  los  efectos  del  Estado,  cañones  y  artículos  de  guerra  que 
no  sean  absolutamente  indispensables  para  sostener  el  honor 
de  las  armas  y  consultar  la  seguridad  del  pueblo  hasta  la  ter- 
minación de  las  presentes  diferencias. 


—  860  — 

«  Lo  que  me  ha  encargado  S,  E.  comunique  á  V.  S.   para  s 
inteligencia  y  efectos  consiguientes. 
Dios  guarde  áV,  S.  muchos  años . 

Buenos  Aire:-,  Febrero  11  de  1815. 

( Firmado  )~Mamtel  Moreno.  » 
Señor  doctor  don  Kicolás  Herrera.  » 


Volvamos  ahora  á  las  tentativas  de  avenimiento  iniciadi 
por  el  Delegado  y  sus  comisionados  cerca  de  los  jefes  art 
guistas. 

El  Coronel  Otorgues  so  negó  á  recibir  la  Comisión,  segí; 
resulta  del  siguiente  oficio  en  que  se  dá  cuenta  del  éxito  d 
viaje  : 

«  Habiendo  llegado  la  diputación,  asociados  con  los  del  Del 
gado  (1©  S.  E.  al  Arroyo  de  Castro  donde  se  halla  el  Gefe  c 
la  Vanguardia  don  Femando  Otorgues,  le  pasamos  el  ofic 
que  sigue :  «  Prevenidos  en  esta  Vanguardia  los  Diputados  d 
K  Ilustre  Cabildo  y  del  señor  Delegado  Extraordinario  con  ■ 
«  interesante  objeto  de  marchar  á  la  presencia  del  señor  Q-i 
«  neral  don  José  Artigas  á  abrir  la  negociación  que  insinoi 
«  mos  á  V,  S.  por  oficio  de  8  y  carta  de  9  del  que  gira,  supl 
«  camos  á  V.  S.  se  digne  franquearnos  el  correspondiente  p; 
«  se  á  fin  de  que  no  padezca  un  momento  el  más  leve  intérva! 
«nuestra  misión.  —  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  añoa.- 
«  Arroyo  de  Castro,  Febrero  17  de  1816.— Pablo  Pérez, - 
«  Luis  de  la  Bosa  Brito,  —  Felipa  Pérez,  —  Tomás  García  ( 
«  Zúñiga.  » 

En  contestación  á  él  nos  comunica  el  del  tenor  siguiente  : 

«  En  contestación  del  oficio  que  con  fecha  17  del  presen 
«  mes  me  han  dirigido,  informo  á  V .  S.  que  me  hallo  con  ó: 


—  361  — 

«  denes  terminantes  para  impedir  el  curso  de  esta  comisión,  y 
«  no  admitir  otra  negociación  que  no  sea  en  la  que  personal - 
«  mente  convengamos  con  el  Sr.  Delegado  Extraordinario  don 
«  Nicolás  Herrera .  —  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años.  — 
«Vanguardia  en  Castro,  Febrero  17  de  1816. — Fernando 
«  Otorgues, — S.  S.  de  la  Comisión.  » 

«  En  vista  de  la  negativa  de  dicho  jefe,  acordamos  dejar  en 
sus  manos  los  oficios  que  conducíamos  para  entregar  al  Sr.  Ge- 
neral D.  José  Artigas  para  que  por  su  mano  sean  remitidos  á  la 
brevedad  posible,  como  así  mismo  comunicamos  á  V.  S .  regre- 
samos á  nuestro  destino. 

«  Lo  que  avisa  esta  Diputación  para  que  delibere  V.  S.  lo  que 
halle  por  conveniente.  —  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años.  — 
Arroyo  de  Castro,  18  de  Febrero  de  1815. — Pallo  Pérez .  — 
Lins  de  la  Posa  Bríto.  —  Al  Ilustre  C.  y  Regimiento  de  la 
Ciudad  de  San  Felipe  y  Santiago  de  Montevideo.  » 

Dias  antes  de  esta  misión  el  Coronel  Hortiguera,  antiguo 
compañero  de  armas  del  General  Artigas  en  el  Regimiento  de 
Blandengues  junto  con  el  cual  había  pasado  á  Buenos  Aires 
en  1811  para  tomar  servicio  en  favor  de  la  Patria ;  y  el  cual 
en  esta  campaña  mandaba  las  fuerzas  avanzadas  de  la  plaza, 
estrechada  yá  en  un  verdadero  cerco,  le  había  escrito  al  Gene- 
ral comunicándole  la  venida  de  un  comisionado  para  tratar  de 
arreglos  de  paz,  por  lo  cual  convendría  se  suspendiesen  las 
hostilidades. 

A  esta  comunicación,  Artigas  contestó  del  modo  siguiente, 
que  demuestra  cuan  enconado  debía  estar  su  espíritu,  después 
de  las  anteriores  tentativas  de  reconciliación  análogas  á  la  que 
se  iniciaba  en  esos  dias,  y  las  que  solo  habían  servido  para 
adormecerle,  y  hacerle  pagar  cara  su  credulidad  en  insidiosas 
proposiciones  de  arreglo . 

Dice  asi  su  carta : 

«  Si  la  esperiencia  de  lo  pasado  debe  servir  de  lecciones  á  lo 


—  362  — 

futuro,  yo  no  puedo  suspender  las  hostilidades  sin  que  € 
queden  garantidas  de  un  modo  que  inspire  la  pública  conf 
za  de  los  pueblos  Orientales  y  demás  que  les  siguen. 

K  Para  formalizar  la  Diputación  que  Vd.  anuncia  er 
apreciable  de  7  de  Febrero,  bastará  que  el  Plerjipotenci: 
espoiiga  sus  proposiciones  del  modo  que  guste.  Yo  sieiu 
me  glorío  de  ser  justo,  y  que  en  medio  de  las  grandes  coni 
siones,  el  amor  de  la  pública  felicidad  es  el  distintivo  de 
grandeza.  Kntretanto,  callar  y  obrar  es  nuestro  deber. 

«  Tengo  el  honor  de  saludar  á  Yd.  con  lo  muy  particular 
mi  afecto. 

Cuartel  general  en  marcha,  12  d»  Febrero  do  181B. 

José  Artigas. 

Al  señor  don  Rafael  Ortiguera  Comandante  de  la  Vanguai 
de  Buenos  Aires.  » 


En  estas  circunstancias  ocurrió  un  incidente  que  demues 
basta  que  punto  podían  en  la  exaltación  de  aquellos  momen 
pervertii-ae  las  ideas,  y  en  nombro  de  exijencías  y  precaucio. 
militares  de  muy  dudosa  justificación,  producirse  hechos  ( 
habrían  enconado  aún  más  los  odios  existentes,  y  arrojí 
sobre  el  nombre  del  General  Alvear  directamente,  y  sobro 
del  General  Soler  indirectamente,  como  su  ejecutor,  im  vergí 
zoso  estigma. 

Por  fortuna,  ese  detestabl»  hecho  quedó  en  proyecto,  mer( 
á  la  oportuna  resistencia  del  Cabildo  de  Montevideo,  y  á 
decidida  oposición  que  le  hizo,  haciendo  valer  su  superior  i 
toridad,  el  Delegado  doctor  Herrera. 

Hó  aquí  la  nota  del  Coronel  Soler,  gobernador  entonces 
Montevideo,  para  la  destrucción  de  la  fortaleza  del  Cerro,  y 
resolución  que  en  ella  recayó: 


■•i 


♦    r 


—  363  — 


I  M.o 


■r  v^ 


«  Con  fecha  9  del  corriente  me  ordena  S.  E.  el  Supremo 
Director  por  su  Ministro  de  Guerra  lo  siguiente : 

«  La  expedición  de  la  Península  es  indudable,  y  es  por  lo  '--% 

mismo  llegado  el  caso  de  rencer  con  la  fatiga  y  la  constancia 
cuantos  obstáculos  embaracen  nuestra  común  seguridad :  sobre 
este  principio  me  ordena  S.  E.  prevenga  á  V.  S.  que  sin  per- 
der un  momento  proceda  &  derribar  la  fortificación  del  Cerro 
por  los  arbitrios  que  le  sujiera  su  celo,  aunque  sea  empleando 
la  guarnición  con  azadas  y  picos  en  esta  obra,  en  el  concepto 
que  en  la  brevedad  de  la  ejecución  tributa  V.  S  un  servicio 
importante,  y  en  el  menor  retardo  queda  responsable  á  su  Pa- 
tria por  las  resultas :  la  casa  del  vijia  es  el  único  edificio  que 
debe  quedar  en  pié  en  el  Cerro,  y  todo  debe  empeñarse  para  el 
cumplimiento  de  esta  orden.  » 

«  Lo  que  transcribo  á  V.  S.  por  li  que  pueda  importar  á  la 
Comisión  de  que  está  encargado,  y  para  que  becbo  cargo  del 
espíritu  del  Gobierno,  se  sirva  disponer  lo  que  convenga. 

Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

Montevideo,  Febrero  17  de  1816: 

(Firmado) — Migiid  Soler.  » 
Sr.  Delegado  Extraordinario  de  S.  E.  el  Director  Supremo. 

En  este  oficio  recayó  el  siguiente  despacho  en  el  que  predo- 
minaba la  sensatez  y  j^triotismo  del  Delegado: 

«  Contéstesele  que  para  evitar  la  mala  impresión  que  cau- 
saria  este  paso  con  perjuicio  de  la  transacion,  se  suspenda  has- 
ta tanto  se  obtenga  la  resolución  de  S.  E.  á  quien  consulto  en 
esta  fecha. 

Montevideo,  Febrero  17  de  1816. 

i  (Rúbrica  del  Sr.  Delegado.) 


.jáÉ 


—  364  — 

Es  indudable  que  fin  esta  digna  resiatencía  de!  Dr.  H 
el  Cerro  d©  Montevideo  habría  perdido  en  pocos  dias  es 
mosa  fortaleza  que  por  tan  justas  razones  de  patríótic 
títnd  rememora  hoy  el  nombre  del  General  Artigas. 

Entretanto  la  situación  se  hacia,  con  actos  de  tal  male 
cia,  cada  vez  más  penosa  é  insostenible  para  el  Delega 
Gobierno  Argentino  que  veía  establecerse  un  sitio  fon 
bre  esta  ciudad  por  laa  tropas  del  General  Artigas  que  1 
caban  ya,  teniendo  sus  avanzadas  el  comandante  Llupea 
inmediaciones,  no  permitiendo  la  entrada  de  ninguna  el 
víveres. 

Por  otra  parte  ante  ese  conjanto  de  circunstancias  ad 
y  ante  los  trabajos  de  los  artiguií^tas  en  la  ciudad,  la  g 
cion  da  Montevideo  amenazaba  disolverse  por  las  nun 
deserciones  que  se  producían  cada  dia,  como  puede  vei 
los  oficios  dirigidos  por  el  Gobernador  Soler  al  Delega 
que  revelaban  en  uno  de  los  jefes  más  intrépidos  y  sereí 
ejército  argentino  de  aquella  época  como  lo  era  el  C 
Soler,  una  situación  de  indominable  pánico .  Los  docui 
siguientes  demuestran  lo  peligroso  de  la  situación  de  1 
pas  de  Alvear  en  los  dias  que  precedieron  á  la  retirada  d( 

«  Ha  llegado  eztraiudicialmente  á  mi  noticia  que  el  C 
graduado  de  Sargento  Mayor  del  Batallón  núm.  10,  don 
fació  Vidal,  ha  desertado  de  esta  Plaza ;  y  que  se  hallabs 
16,  antes  de  ayer,  en  la  Villa  de  Canelones. 

«  Dios  guarde  á  V .  S.  machos  añoa . 

«  (Firmado)—  Migtfél  Solé 
*  Montevideo,  Febrero  17  de  1816. 
Sr.  Delegado  Extraordinario  de  S.  E.   el  Supremo  Dirá 


—  36B  — 

«  Anoche  han  desertado  siete  Granaderos  de  Infantería,  to- 
dos Europeos ;  asi  me  lo  avisa  el  Comandante  interino  del  [Re- 
gimiento; y  lo  comunico  á  V.  S.  para  su  inteligencia. 

Dios  guarde  á  Y .  S .  muchos  años. 

Montevideo,  Febrero  19  de  1815. 

(Firmado)—  Miqud  Soler. 
Sr.  Delegado  Extraordinario  del  Supremo  Gobierno. 


«  El  Sr.  Coronel  del  batallón  núm.  6  me  dá  parte  con  fecha 
de  hoy  haber  desertado  de  su  cuerpo  el  Teniente  D.  Manuel 
Ayala;  y  con  fecha  de  hoy  me  avisa  el  Coronel  Ortiguera  ha- 
haber  desertado  dos  dragones  armados  de  los  que  se  hallan 
destacados  en  ©1  Cerro;  yo  tengo  por  necesario  avisar  ¿  V.  S. 
por  lo  que  pueda  convenir. 

Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

Montevideo,  Febrero  19  de  1815. 

(Firmado) — Miguel  Soler. 
Sr.  Delegado  Extraordinario  del  S.  E.  el  Supremo  Director. 


«  Anoche  desertaron  dos  granaderos  de  infantería  godos, 
y  hoy  se  han  puesto  incomunicados  cuatro  sarjentos  y  un  ca- 
bo; cuando  esté  mejor  instruido  del  caso,  haré  presente  de 
cuanto  deba  al  respecto. 

Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

Montevideo,  Febrero  21  de  1815. 

(Firmado) — Miguel  Soler. 
Señor  Delegado  Extraordinario  del  Supremo  Gobierno. 


—  366  — 

«  He  mandado  poner  presos  á  bordo  de  los  Bergantines  del 
Estado  siete  Sarjentos  y  cinco  Cabos  Granaderos  de  Infantería 
que,  según  informes  del  Comandante  Balbastro,  hay  funda- 
mento para  persuadirse  han  contribuido  á  la  deserción  del 
Cuerpo ;  yo  he  tenido  por  conveniente  ne  te  tome  información 
alguna,  porque  son  demasiadas  ya  las  pruebas  que  tengo  de  la 
ninguna  adhesión  de  los  Europeos  que  tiene  el  Ejército,  y  su» 
graves  crímenes  me  precisaron  á  tomar  las  providencias  que 
tengo  el  honor  de  comunicarle. 

Dios  guardo  a  V.  S.  muchos  años. 

Montevideo  Febrero  22  de  181 B. 

( Firmado )  -—  Miguel  Soler. 
Señor  Delegado  Extraordinario  del  Supremo  Gobierno. 


«  Responsable  yo  á  la  seguridad  del  Ejército  y  al  decoro^  de 
las  armas  de  la  Patria,  protesto  á  V.  S  de  los  riesgos  en  que 
estas  so  hallan  por  haber  salido  de  esta  Plaza  el  Secretario  do 
Cabildo  Aguiar,  de  quien  V.  S.  y  yo  tenemc!  fundadas  sospe- 
chas de  estar  confabulado  con  los  enemigos,  pues  V.  S.  mismo 
me  dio  orden  para  embarcarlo  la  noche  de  antiyer,  y  posterior- 
mente la  revocó,  supongo  que  con  fundado  motivo. 

«  Hago  presente  á  V .  S .  esto,  no  animado  de  un  espíritu  de 
contravención  respecto  á  las  Superiores  órdenes  y  carácter  que 
reviste,  pero  si  del  que  siempre  me  ha  distinguido  en  el  amor 
á  mi  Patria  y  delicadeza  con  que  me  he  manejado  en  la  revo- 
lución, así  es  que  nada  me  resta  que  hacer  para  sincerar  la 


—  367  — 

conducta  de  un  oficial  de  mi  alto  carácter,  y  los  que  mo  han  de 
juzgar  y  V .  S .  tienen  documentos  de  esto  mismo . 

«  Dios  guarde  a  V.  S.  muchos  años. 

( Firmado )  —  Miguel  Soler. 
Montevideo,  Febrero  23  de  1815 . 
Señor  Delegado  Extraordinario  de  S,  E .  el  Director  Supremo. 


Señor  Delegado  Extraordinario  del  Suj)erior  Gobierno . 
Estimado  amigo : 

«  El  ejército  corre  á  su  disolución ;  ayer  se  fué  un  Dragón, 
cinco  Sargentos  del  núm .  10 ;  uno  del  núm .  3  y  un  Sargento 
de  Granaderos  también  huía  del  Cuerpo ;  es  necesario  tomar 
una  7'esÓlucion  que  tal  vez  no  será  iMsihle  atando  estén  los  enemi- 
gos encima^  porque  entonces  el  mismo  pueblo  abrirá  sus  puertas 
y  serán  sacrificados  los  que  queden  para  la  última  operación . 

Vale  mucho  más  dejarles  alguna  cosa,  que  arriesgar  todo  por 
una  negociación  que  ya  no  debe  esi^era-rse  ventajosa;  sí  Vd. 
gusta  le  diré  esto  mismo  de  oficio,  con  las  protestas  nece- 
sarias. 

De  Vd .  afino . 

( Firmado )  —  Miguel  Soler . » 

Montevideo,  Febrero  20  de  1815. 

«  Tengo  fundados  motivos  para  solicitar  como  lo  hago,  el 
que  V.  S.  me  releve  del  cargo  de  General  y  Gobierno  Interino 
de  esta  provincia,  sirviéndose  conferir  el  mando  de  ella  al  ofi- 


—  368  — 

cial  que  V.  S.  estime  á  propósito,  y  franqueándome  el  buque 
necesario  para  restituirme  á  la  Capital 

( Firmado )  —  Migud  Soler. 

Montevideo  Febrero  23  de  1816. 
«  Señor  Delegado  Ex*^^raordinario  del  Suprenro   Gobierno . 

Hemos  trascrito  por  extenso  estos  documentos  á  fin  de  dejar 
bien  constatadas  las  verdaderas  causas  que  inspiraron  la  misión 
del  doctor  Herrera,  y  la  irresistible  violencia  de  los  aconteci- 
mientos que  lo  obligaron  á  hacer  evacuar  á  Montevideo,  no 
como  medida  de  fraternal  reconciliación,  sino  como  el  único 
medio  asequible  para  evitar  la  catástrofe  final. 

Volviendo  ahora  á  la  misión  del  Dr.  Herrera,  y  ante  el  re- 
chazo sufrido  por  sus  comisionados,  resolvió  aquel  ponerse  di- 
rectamente al  habla  con  el  Coronel  Otorgues,  dirigiéndole  una 
nota  muy  persuasiva;  pero  éste  exigió  que  aquél  se  trasladase 
á  Canelones  para  tratar  allí  'personalmente  y  arreglar  las  ba- 
ses del  convenio  de  paz. 

Es  muy  digna  ile  ser  conocida  una  de  las  notas  que  dirigió 
el  Coronel  Otorgues  al  Dr.  Herrera,  en  la  que  expone  con  len- 
guaje enérgico  los  agravios  sufridos  por  los  Orientales,  y  par- 
ticularmente por  el  mismo  Otorgues.   Hela  aquí: 

«  En  el  siglo  de  los  sucesos  grandes  de  la  América,  son  de 
suma  necesidad  las  incesantes  vigilias  de  sus  dignos  hijos.  La 
Banda  Oriental  alimenta  ciudadanos  idólatras  de  su  madre 
patria;  en  obsequio  de  ella  nos  hallamos  resueltos  á  sacrificar 
nuestra  existencia  misma.  Este  es  el  principio  que  debe  re- 
glar la  conducta  del  Superior  Gobierno  de  quien  es  V.  S.  un 
representante;  este  es  un  hecho  que  debe  tenerse  presente  en 
todo  ulterior  procedimiento;  y  este  finalmente  es  el  principio 
fundamental  de  nuestras  accionea  Asentado  este  axioma,  va- 
mos al  caso.  Una  guerra  desoladora  ha  afligido  nuestro  país 


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369  — 


(1)  Alude  á.  la  captura  de  su  esposa  é  hija  por  las  fuerzas  del  Coro- 
nel Dorrego  en  la  sorpresa  que  éste  le  hizo  en  su  campo  en  Marmarajá; 
las  que  fueron  conducidas  priaioneras  á  Montevideo,  siendo  yíctimas 
de  esos  atentados. 

26 


por  espacio  de  dos  años,  sin  otro  objeto  que  subyugar  la  Pro-     - .  /' ; 
brincia,  arruinar  al  ciudadano,  y  sofocar  la  voluntad  general  de  .'i 

los  pueblos,  para  entronizarse  un  monstruo  que  devora  á  los 
mismos  que  parece  alimentar.  El  grito  general  de  los  Orien- 
tales ha  sido  sofocado  por  las  bayonetas:  guerra,  y  guerra  de  .;^ 
«angre  se  fulminaba  contra  nosotros;  y  sólo  nuestra  constan-  v*^ 
cia  pudo  oponerse  é  igualar  al  frenético  furor  de  los  enemigos: 
la  desnudez,  ia  miseria  y  el  sacrificio  personal  de  mis  paisanos, 
era  contrarestado  por  el  lujo  y  la  opulencia  de  nuestros  ber-  ^^l 
manos  enemigos. 

«  Estos  sacrificios  eran  costeados  por  la  Provincia,  y  las  re- 
muneraciones por  desgracia  que  bemos  reportado  ban  sido  de- 
solaciones, muertes  y  violencias. 

«  Mi  bija,  digno  objeto  de  mis  delicias,  ba  sido  víctima  de 
la  lascivia  de  un  bombre  desmoralizado:  y  la  violencia  se  opu- 
so á  su  inocencia. 

«  ¿  Qué  cuadro  tan  lisonjero  para  un  padre  bonrado  y  aman- 
te de  su  familia  ?  ¿  Y  que  bases  para  fundamentar  un  Gobier- 
no liberal  y  virtuoso  ?  Un  bombre  tan  criminal  en  todo  siste- 
ma, no  solamente  vive,  sino  que  vive  entre  los  brazos  de  una 
inocente  violentada  !  Permítame  V .  S .  que  me  baya  separado 
algún  tanto  del  objeto  general  pues  el  amor  paternal  ba  tras- 
tomado  mi  razón ;  y  dando  un  corte  violento  á  los  intermedios 
pasemos  al  oaso  presente.   (1) 

«  Nuestro  común  suelo  fatigado  ya  por  una  guerra  civil  que 
roe  sus  entrañas  deseaba  con  ansias  terminar  una  cuestión  tan 
odiosa  en  el  momento  mismo  en  que  pisa  nuestro  territorio  un 
paisano  autorizado  con  ideas  de  pacificación .  Esta  perspectiva 


—  870  —  , 

alegie  trastorna  tiuestros  sentimientos ;  y  mi  campo  qae  ai 
nórmente  respiraba  venganza,  es  ya  el  seno  del  descanso,  ] 
prematura  esperanza  del  reposo  y  tranquilidad  general  ; 
obligaba  á  olvidar  nuestras  pasadas  y  penouas  fatigas.  £s 
rábamos  con  án»ia  el  resultado  de  una  jomada  que  sería 
resultativa  de  bienes  á  la  Provincia,  como  al  sistema  de 
América,  cuando  advertimos  con  escándalo  que  ¿  la  buena 
supuesta  suced3  la  intriga,  y  que  hasta  el  último  caso  se  inti 
taba  burlar  nuestra  ignorancia  é  inocencia.  Se  aflige  nue' 
mente  al  pueblo  con  excesivas  contribuciones,  se  ejecuta  ] 
anteriores;  infinidad  de  buques  surcan  el  Rio  de  la  Plata  coi 
ob]eto  de  arrastrar  todo  útil  de  guerra,  y  poner  con  esto  ©1 
lio  de  la  iniquidad —  ¿  Estas  son.  señor  Delegado,  las  medií 
que  se  toman  para  fundamentar  una  paz  duradera  ?  ¿  Estos 
principios  bajo  los  que  debe  jirar  la  fraternal  unión  iniciac 
¿Estos,  últimamente,  sOn  los  rasgos  de  un  Gobierno  sal 
libei-al  y  amante  á  sus  Pueblos  ?  Muy  lejos,  señor,  de  los  he 
bres  de  buena  fé,  tan  execrables  insidias. 

«  Los  deseos  incesantes  que  tengo  de  terminar  la  guerra 
conviertan  en  rayos  de  furor  que  abrasen  á  nuestros  preten 
dos  conquistadores,  si  en  el  momento  mismo  no  determ: 
V.  S.  cortar  de  raíz  los  males  que  van  á  resultar  de  medií 
tan  sospechosas.  Yo  hago  responsable  á  V.  S.  ante  el  tribu' 
de  la  Nación  de  estos  males  que  predigo,  si  la  buena  fe  no  fi 
damenta  nuestra  negociación.  Yo  el  primero  que  he  sab 
sacrificar  mi  existencia  en  obsequio  de  la  libertad,  no  seríf 
último  que  empuñaría  mi  espada  á  favor  de  un  gobierno  n 
benéfico  y  libera!;  y  en  este  caso  las  víctimas  inmoladas  ii 
centemente,  clamarían  á  la  Providencia,  venganza,  vengai 
del  Cielo  contra  los  monstruos  que  causaron  nuestra  desgrat 
y  yo  desde  la  tumba  acompañaría  estos  sentimientos  á  los 
estos  infelices. 

«  Finalmente,  Sr.  Delegado,  yo  espero,  y  deseo,  en  esta  ne^ 


—  371  — 

dación,  tenga  Y.  S.  presentes  los  bienes  que  resultan,  si  ella  es 
fondada  en  la  buena  fé,  y  los  males  graves  que  amenazan,  si 
de  ella  se  aparta;  esto  únicamente  encargo  por  el  bien  de  la 
Provincia;  á  él  le  convido  y  por  él  le  saludo. 

Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 
Vanguardia  en  Castro,  Febrero  20  de  1815. 

(Firmado) — Fernando  Otorgues. 
Al  Sr.  Delegado  Extijaordinario,  etc.,  etc. 

Por  diversas  razones  el  doctor  Herrera  se  negó  á  salir  de 
Montevideo  para  tener  con  Otorgues  la  entrevista  á  qué  éste  lo 
invitaba  en  Canelones. 

Habiendo  escrito  en  consecuencia  al  General  Artigas  relati- 
vamente á  su  misión,  creyendo  encontrar  flirectamente  en  él 
algún  avenimiento  en  los  términos  honorables  de  una  transa- 
CLon,estele  contestó  declarando  terminantemente  que  no  entra- 
ría en  ninguna  clase  de  convenio  ni  arreglo,  mientras  previa- 
mente no  se  evacuase  la  ciudad  de  Montevideo  por  las  tropas 
argentinas  á  las  órdenes  del  Coronel  Soler. 

Esa  carta  merece  ser  conocida  porque  ella  reflejaba  bien  la 
disposición  de  ánimo  de  aquel:  y  su  inquebrantable  resolución 
de  recuperar  la  capital  de  su  provincia : 

«  Cuartel  General 

Señor  don  Nicolás  Herrera. 

«  Mi  apreciable  paisano  y  Señor :  si  sus  votos  son  igualmente 
eficaces  que  los  mios  en  obsequio  de  la  pacificación  del  país; 
que  se  retiren  las  tropas  de  esa  guarnición  y  las  del  Entre-Eics 
á  Buenos  Aires.  Entonces  podrá  Vd.  entablar  sus  negociacio- 
nes del  modo  que  guste,  si  hemos  de  convenir  en  la  unión 
general  de  todos  los  pueblos,  á  cuyo  efecto  adjunto  ci  V.  copia 


—  372  — 

de  ese  original  que  servirá  de  norma  en  todas  sus  operacio* 
nes. 

€  Saluda  á  Yd.  con  todo  mi  afecto,  deseándole  la  mayor 
felicidad,  este  su  paisano  y  servidor. 

( Firmado )  —  José  Artigas . 
«  Somos  20  de  Febrero  1815.  » 

Al  mismo  tiempo  dirigia  el  General  la  siguiente  nota  al  Ca- 
bildo de  Montevideo: 

«  Nadie  más  interesado  que  yo  en  el  restablecimiento  de  la 
paz  y  la  unión,  y  cuando  esa  Ilustre  Corporación  me  invita 
para  realizar  tan  noble  empeño  no  ha  hecho  más  que  llenar  el 
blanco  de  mis  deseos  en  obsequio  de  la  felicidad  del  país.  Por 
ella  encarezca  V.  S.  sus  votos  ante  el  Sr.  Representante  de 
Buenos  Aires  para  que  retire  todas  las  fuerzas  de  esa  plaza  y 
del  Entre-Rios;  sin  este  requisito  ni  cesarán  las  hostilidades, 
ni  podremos  ajustar  el  convenio  por  que  Vds.  tanto  se  inte- 
resan. 

«  Tengo  la  honra  de  saludar  á  V.  S.  con  todo  respeto  y  de- 
dicarle mis  más  afectuosas  consideraciones. 

Cuartel  G-eneral,  20  de  Febrero  de  1815. 

José  Ajiiffos. 

íc  Al  Muy  Ilustre  Cabildo  de  la  Ciudad  de  Montevideo.  » 

El  Cabildo  por  su  parte,  á  pesar  de  su  posición  subalterna 
ante  la  autoridad  militar,  á  la  cual  se  habia  humillado  muchas 
Teces  de  un  modo  indecoroso,  y  de  la  cual  era  bastardo  hijo  y 
agente,  debia  indignarse  asi  mismo  ante  el  cuadro  odioso  del 
despojo  inicuo  que  se  estaba  cometiendo  en  el  embarque  de 
todo  cuanto  pudiera  arrebatarse  de  Montevideo,  y  dirigió  al 
doctor  Herrera  la  sumisa  y  deprecatoria  nota  siguiente : 


—  373  — 

€  Teniendo  en  consideración  este  Ajontamiento  que  acaso 
las  negociaciones  entabladas  con  don  José  Artigas,  pudieran 
entorpecerse  por  noticias  abultadas  que  diariamente  tiene  de  las 
operaciones  que  aqui  se  jiran,  y  siendo  requerida  por  don  Fer- 
nando Otorgues  la  buena  fé  de  su  mediación,  sensible  como  es 
justo  á  los  principios  que  la  caracterizan,  y  constante  en  ellas 
bajo  la  garantia  que  le  prometen  la  delicadeza  y  sanas  miras 
del  Superior  Gk)bierno,  suplica  á  V.  S.  se  sirva  suspender  por 
ahora  la  conducción  á  Buenos  Aires  de  los  pertrechos  de  gue- 
rra existentes  de  esta  Plaza,  hasta  tanto  que  el  resultado  de 
aquellas  disuada  sus  desconfianzas,  y  asegure  las  medidas  que 
V.  S.  tenga  á  bien  expedir  en  el  particular. 

Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años . 

«  Sala  Capitular  de  Montevideo,  Febrero  22  de  1815. 

( Firmados  )  —  Jiuin  M.  Ccddeyra  —  Pedro 
O,  Pérez — Luis  de  la  Rosa  Brito  — 
Pedro  CasaJbaUe  —  Bnino  Méndez. 

«  Sr.  Delegado  Extraordinario  D.  Nicolás  Herrera. 

Es  por  demás  asegurar  que  esta  humilde  exhortación  no  fué 
considerada  en  lo  más  mínimo,  y  que  el  embarque  continuó  de 
dia  y  de  noche  á  toda  prisa,  produciéndose  en  esos  momentos  la 
tremenda  explosión  del  polvorín  de  las  Bóvedas  en  que  pere- 
cieron 120  personas,  aterrando  á  la  población. 

El  Coronel  Otorgues  por  su  parte  expresaba  al  Dr.  Herrera 
en  los  siguientes  términos  perentorios,  las  únicas  condiciones 
en  que  podria  producirse  el  avenimiento  propuesto: 

«  Perdemos  el  tiempo  en  contestaciones  que  parece  no  tu- 
viesen otro  objeto  que  retardar  jomada  tan  interesante:  pene- 
trado de  su  importancia  y  hallándome  suficientemente  autorí- 
sádo  por  mi  General,  he  determinado  hacer  k  Y.  S.  presente 


•  *í 


—  874  — 

valias  proposiciones,  á  las  cuales  está  precisamente  conexa  la 
salad  pública  j  el  bien  del  sistema. 

«  Yo  creo  que  este  es  el  mejor  medio  de  ©vitar  paeos  que  en- 
torpezcan unión  tan  interesante,  y  que  V,  S.  no  se  desdeñará 
de  acceder  á  tan  justificadas  proposiciones;  debiendo  tener 
entendido  que  sin  estas  condiciones  ni  puedo  ni  debo  entrar 
en  convenio  alguno:  puesto  que  en  caso  contrario  quedará,  la 
Provincia  desarmada  y  espuesta  al  yugo  del  primer  invasor,  y 
aunque  no  necesitamos  cañones  de  á  veinticuatro  para  defen- 
der la  Provincia,  si  necesitamos  fusiles,  municiones  y  hombres 
de  que  queda  exhausta.  Interésese  V.  S.  por  el  bien  de  su 
patria  creyendo  que  estas  medidas  son  tan  necesarias  como 


«  Si  V.  8.  accede  á  esta  mi  justa  solicitud,  yo  protesto  & 
nombre  de  mi  General  propender  á  la  unión  sólida  que  tanto 
necesitamos,  y  suspender  al  momento  las  hostilidades ;  presen- 
tándome V.  S.  loa  correspondientes  rehenes  que  aseguren  la 
ejecución  del  Convenio. 

«  Dios  guarde  á  Y.  S.  muchos  años. 
Febrero  24  de  181B. 

(Firmado)  —  Fernando  Otorgues. 
«  Señor  Delegado  Extraordinario  don  Meólas  Herrera. 


«  Don  Femando  Otorgues  Coronel  de  Dragones  de  la.  Li- 
bertad, Q-efa  de  la  Vanguardia  del  Ejercito  Oriental,  acampado 
á  laa  márgenes  de  Santa  Lucia,  autorizado  suficientemente  por 
e!  G-eneral  don  José  ArtigaSj  G-efe  de  los  Orientales,  para  enta- 
blar y  concluir  una  negociación  con  el  Delegado  Extraordina- 
rio del  Director  Supremo  don  Nicolás  Herrera :  he  voiiido  en 
hacer  presente  á  dicho  señor  Delegado  las  siguientes  propo- 


—  375  — 

I 

liciones,  á  que  está  sujeta  precisamente  la  salud  pública,  y  el 
bien  general  del  sistema. 

«  1  .*  Desde  el  momento  en  que  sea  recibida  esta  mi  comu- 
nicación, se  suspenderá  el  embarque  de  pertrechos,  municiones^ 
bienes  secuestrados,  esclavatura,  tropas  y  últimamente  toda 
existencia  perteneciente  al  Estado  ó  á  la  Provincia. 

«  2 .  *  Quedarán  en  esa  plaza  dichas  existencias  y  toda  clase  . 
de  armas  que  existan  en  guarnición  ó  parques,  y  todo  lo  que 
en  mi  primera  proposición  queda  en  suspensión  de  embarque. 

3 .  *  Se  retirarán  las  tropas  de  Buenos  Aires  sin  armas  de  la 
plaza  de  Montevideo,  permitiéndose  sin  distinción  de  persona 
quedarse  en  el  territorio,  todo  individuo  que  asi  lo  quisiese. 

«  4.*  Se  retirarán  las  tropas  de  Entre-Eios  sin  armas,  ó  en 
la  misma  forma  que  los  de  la  plaza,  dejando  igualmente  en  su 
libertad  á  todos  los  individuos  que  quisiesen  quedarse. 

«  5 .  *  Concedidas  estas  cuatro  proposiciones:  se  entablarán 
las  relaciones  de  la  Provincia  Oriental  al  Gobierno  de  Buenos 
Aires,  y  se  entablará  una  unión  firme  y  duradera  que  nos  pon- 
ga  4  Cubierto  de  las  agresiones  ultramarina. 

«  Campo  volante,  Febrero  24  de  1815. 

Femando  Otorgiiés.y^ 

Estas  comunicaciones  no  tuvieron  respuesta  conocida. 

Los  sucesos  se  habian  precipitado;  el  embarque  de  todo  lo 
que  podia  arrebatarse  de  Montevideo,  á  titulo  de  propiedad 
del  Estado  y  de  propiedades  extrañas  confiscadas  á  los  espa- 
ñoles, se  habia  realizado  sin  pérdida  de  minutos  ;  las  fuerzas 
avanzadas  de  Otorgues  á  las  órdenes  del  comandante  Llupes, 
ocupaban  y  cerraban  ya  todos  los  caminos,  estableciendo  sobre 
la  plaza  un  rigoroso  sitio ;  mucha  parte  del  pueblo  de  Monte- 
video daba  muestras  evidente  de  una  peligrosa  exaltación ;  y 
todo  indicaba  que  el  desalojo  debia  hacerse  inmediatamente,  ó 
sobrevenir  alguna  catástrofe. 


•#' 


—  376  — 

Efi  eaos  momentos  el  doctor  Herrera  dirigió  al  oomaudat 
Llupes  y  al  Cabildo  lets  últimas  comumcaciooes  siguientes  : 

«  Con  feclia  20  del  corriente  me  informa  el  Jefe  de  loa  Orie 
tales  don  José  Artigas  desde  sa  Cuartel  General  que  para  e 
trar  ea  negocia^iiones  á  efecto  de  concluir  una  ))az  sólii 
exije  como  base  preliminar  la  evacuación  de  la  Plaza  por  1 
fuerzas  del  Ejército  de  Buenos  Aires.  Tengo  la  satisfacci 
de  liaber  prevenido  los  deseos  de  aquel  jefe.  Yo  conocia  q 
la  evacuación  de  la  Plaza  sería  el  mejor  tti^timonio  de  la  si 
cerídad  con  que  el  G-obiemo  Supremo  deseaba  concluir  u 
transacción  con  la  Provincia  Oriental.  En  este  concepto  i 
estaba  disponiendo  para  retirarme  y  al  efecto  tenia  ya  embe 
cadas  algunas  tropas,  cuando  he  recibido  la  citada  comuí 
cacion  del  Coronel  Artigae.  Mi  cálculo  ha  üido  exacto,  y  es 
aumenta  la  satisfacción  con  que  me  retiro. 

«  En  esta  propia  fecha,  oficio  al  Gefe  de  esa  Vanguardia  d 
Femando  Otorgues,  y  el  Ilustre  Cabildo  le  hace  una  Diputaci 
para  que  se  acuerde  el  modo  en  que  ha  de  entregarse  la  Fia 
En  tal  situación  de  cosas  ya  no  tiene  objeto  la  proximidad 
las  tropas  Orientales  y  muo'.io  menos  el  que  se  aflija  inútilmei 
á  este  vecindario  privándole  de  víveres.  Por  ello  suplico  á  T 
se  sirva  mandar  retirar  laa  partidas  que  están  á  la  inmedíaci 
de  nuestros  fuegos  y  permitir  entren  eu  la  Plaza  toda  clase 
comestibles. 

«  Esta  conducta,  sobre  que  debe  ser  grata  al  Gefe  de 
Vanguardia,  está  reclamada  por  la  humanidad,  y  es  un  obi 
quio  debido  á  este  benemérito  pueblo,  que  dentro  de  uno  ó  c 
días  debe  ser  ocupado  por  las  armas  de  los  Oríentalet. 

«  Dios  guarde  á  Vd.  muchos  años. 

Montevideo,  Febrero  24  de  1815. 

Nicolás  Barrera. 
Al  señor  Comandante  don  José  Llupes. 


—  877  — 

«  Después  de  haber  firmado  el  adjunto  oficio,  he  recibido 
una  comunicación  de  don  José  Artigas  como  Gefe  de  los 
Orientales  en  que  exije  pieliminarmente  la  evacuación  de  esta 
Plaza  para  entrar  en  las  transaciones  propuestas  por  el  Qobiemo 
Supremo  de  las  Provincias  Unidas.  Yo  celebro  haber  preve- 
nido los  deseos  de  aquel  Gefe.  En  este  concepto  se  verificará 
la  retirada  de  las  tropas  al  primer  viento ;  y  V,  S.  con  el  man- 
do de  la  Plaza  adoptará  las  medidas  que  crea  conveniente  para 
la  seguridad  interior  y  orden  de  la  entrega  que  se  haga  de  la 
Plaza. 

«  Montevideo,  Febrero  26  de  1815 . 

«  Nicolás  Herrera. 

«  Al  Cabildo  de  Montevideo.  » 

Simultáneamente  el  doctor  Herrera  dirijía  al  Cabildo  la  si- 
guiente importantísima  nota  entregándole  la  ciudad,  y  publi- 
caba el  siguiente  Manifiesto  al  pueblo  de  Monteyideo,  el  cual 
circulaba  en  las  calles  el  mismo  dia  en  que  los  últimos  buques 
cargados  con  los  despojos  de  la  capital  Oriental,  tratada  tan 
cruelmente  como  país  conquistado,  zarpaban  llevando  la 
execración  de  un  pueblo  justamente  indignado  contra  proce- 
deres tan  atentatorios  e  incalificables.  Hé  aquí  dicha  nota: 

«  Diez  y  nueve  días  de  tareas  en  que  el  buen  deseo,  el  candor 
y  el  interés  particular  que  como  hijo  de  Montevideo  debia  to- 
mar en  su  prosperidad,  nada  han  producido  sino  desaires,  fati- 
ga inútü  y  últimamente  el  desengaño  de  que  los  jefes  orienta- 
les, resueltos  á  descargar  un  golpe  mortal  sobre  las  tropas  del 
primer  pueblo  que  anunció  á  la  América  el  momento  de  su 
libertad,  sólo  hablan  de  tratados  para  adormecer  y  de  paz  pa- 
ra hostilizarnos.  Tales  eran  sus  designios,  mientras  yo,  cons- 
tante en  los  míos,  sacrificaba  hasta  el  decoro  de  la  autoridad  y 
el  honor  de  las  armas,  replegando  nuestras  tropas  sin  hacer 


M 


—  378  - 

oposición  &  los  insultos  de  iniB  débiles  avanzadas.  Asi  pi%{ 
rada  la  negociación  de  que  yine  encargado,  no  trepidé  en  b 
cer  nna  cesión  absoluta  de  mis  facultades,  para  que  asegura 
con  este  desprendimiento  el  crédito  de  mi  sinceridad  y  rem 
TÍdas  las  sospecbas,  fuese  más  fácil  el  avenimiento  á  unos  pe 
tidos  que  hasta  en  el  modo  de  proponerse  anunciaban  su  lib 
ralidad. 

Partieron  de  aquí  mis  diputados :  V.  S.  me  hizo  el  honor  i 
asociarles  los  suyos :  unos  y  otros  se  avistaron  con  el  gefe  < 
la  vanguardia  enemiga ;  imploraron  la  paz ;  pidieron  que 
me  oyese,  y  don  Femando  Otorgues,  inexorable  en  sus  decreti 
continuó  las  hostilidades,  me  negó  una  contestación  direcl 
y  solo  cuando  vio  convenir  á  sus  miras  me  propuso  una  entt 
vista  dentro  de  su  campo  distante  unas  veinticinco  leguas,  1 
raro  de  tal  propuesta  era  un  signo  de  sospecha,  y  la  mej 
prueba  de  que  no  se  deseaba  sino  ganar  tiempo  para  lien 
otros  proyectos.  A  la  verdad  yo  no  hubiera  jamás  atinado  c< 
ellos,  si  la  falta  de  reserva  ó  el  indirecto  manejo  de  sus  agent 
no  los  hubiesen  delatado  al  gobierno :  cartas,  proclamas,  exort 
seductores,  espias  y  cuanto  puede  emplearse  para  introduc 
el  descontento  y  la  sedición  en  los  ejércitos,  otro  tanto  se  en 
pleaba  contra  nosotros,  mientras  que  con  pálidas  promesas 
quería  persuadir  que  obraba  un  deseo  de  terminar  la  guerri 
V.  S.  ha  visto  los  hechos  y  por  ellos  puede  juzgar  de  la  justic 
de  mi  queja.  Oficiales  y  soldados  desertaban  en  medio  del  dii 
£1  pueblo,  cuyo  tratamiento  no  estuvo  en  mi  hacer  mas  duli 
por  falta  de  tiempo,  protejía  estos  escándalos,  y  para  decir 
todo  el  enemigo  mostró  cuanto  le  dominaba  su  interés  part 
cular  con  hacer  emigrar  los  vecinos  sin  motivo,  con  ínt«rpreti 
las  eperaciones  del  gobierno  de  un  modo  maligno,  con  des  il 
gar  una  sed  furiosa  de  sangre  y  venganza.  Olvidando  que  Ii 
trepas  de  Buenos  Aires  rompieron  el  yugo,  que  en  mantenerh 
dentro  de  los  moros  no  tenia  otro  objeto  que  afianzar  nna  ci 


—  379  — 

pitniacion  honorable  después  de  restablecida  la  concordia,  me 
veo  al  fin  en  la  dolorosa  necesidad  de  abandonarlos,  pero  lo 
hago  con  la  mira  de  que,  removido  el  pretesto,  pueda  el  enemigo 
gozar  de  la  plenitud  de  sus  deseos,  y  afianzada  la  confianza  en 
la  seguridad  pueda  meditar  con  reposo  las  ventajas  de  la  tran- 
sacion  propuesta.  No  tiene  otra  mira  el  movimiento  que  U.S. 
presencia :  el  saqueo,  el  pillaje,  las  levas,  lus  estorsiones  que  se 
suponian  meditadas  quedan  desmentidas.  El  ejército  se  retira 
con  el  mismo  orden  que  otra  vez  entró  triunfante  de  los  ene- 
migos que  tanto  trabajan  para  dividirnos. 

Ni  el  derecho  indisputable  de  recaudar  el  contingente  y 
otros  impuestos  he  permitido  que  sirviese  de  pretesto  para 
violar  la  propiedad  ó  interrumpir  el  sosiego  del  vecin- 
dario. 

El  gobierno  y  las  tropas,  al  partir  de  Montevideo,  marcan 
en  su  comportacion  los  sentimientos  de  la  autoridad  suprema 
á  quien  yo  represento .  Mi  dolor  es  no  haber  podido  manifes- 
tarlos en  toda  su  extensión,  restituyendo  la  paz  y  el  sosiego 
al  suelo  que  me  vio  nacer.  Acaso  un  tiempo  vendrá  en  que  mis 
votos  se  cumplan . 

Entre  tanto  usando  de  mis  facultades  he  tenido  por  conve- 
niente encargar  á  V,  S .  el  mando  político  y  militar  del  pueblo 
para  que  asegurando  el  orden  interior  disponga  su  entrega  á 
un  ejército  de  compatriotas  que  sabrá  prestarle  la  considera- 
ción debida .  Sin  embargo  de  todo,  las  negociaciones  quedan 
pendientes . 

«  Dejar  libre  la  provincia  es  facilitar  su  conclusión,  y  yo  pro- 
testo á  V .  S .  que  obrando  una  voluntad  sincera  de  concluirlas 
hallará  en  mi  el  ilustre  Ayuntamiento  la  mejor  disposición  á 
promover  la  felicidad  de  mis  compatriotas,  y  en  el  gefe  del 
Estado  toda  la    docilidad  que  pueden  apetecer  los  orien- 


—  380  — 

tales    para    ajastar   los    partidos    más    conformes    con    sus 
deseos. 

Dios  guarde  á  V .  S.  muclios  añoí». 

Montevideo,  24  de  Febrero  de  1816/ 

Nicolás  Herrera.  » 
Al  Muy  Ilustre  Cabildo  etc. 

He  aquí  ahora  el  Manifiesto  indicado  antes: 

Don  Nicolás  Herrera,  primer  Ministro  Secretario  de  Estado 
en  el  Departamento  de  Relacione»  Exteriores  y  Delegado 
del  Exmo.  señor  Director  Supremo  de  las  Provincias  Unidas 
del  Rio  de  la  Plata. 

«  La  Suprema  Autoridad  de  estas  provincias  me  hizo  el  órga- 
no de  sus  benéficos  sentimientos  al  enviarme  á  negociar  la  paz 
dolorosamente  interrumpida  en  este  territorio.  Pesaban  de- 
masiado sobre  el  sensible  corazón  de  S.  E.  los  males  de  la 
guerra  civil  y  para  terminar  sus  horrores  delegó  en  mí  sus  al- 
tas facultades. 

«  Desde  mi  arribo  k  esta  plaza  me  he  consagrado  todo  á  ha- 
cer fructuosa  mi  misión  de  paz. 

«  Mis  comunicaciones,  dirigidas  oficial  y  privadamente  á  lo» 
jefes  de  los  Orientales  nada  dejaban  que  desear  en  esta  parte. 
Sin  embargo,  una  vez  llegué  á  creer  que  serian  eludidas  las 
intenciones  liberales  del  Gobierno  Supremo.  —  Abierta  ya  la 
negociación  se  introdujeron  en  la  plaza  proclamas  seductiva» 
que  tenían  por  objeto  minar  la  opinión  de  las  tropas  de  la 
guarnición.  Una  conducta  semejante,  la  continuación  de  las 
hostilidades  cuya  suspensión  había  yo  solicitado  en  vano,  y  lo 
que  es  más  que  todo  un  eficaz  deseo  de  hacer  notoria  la  since* 
rídad  con  que  el  Gobierno  anhelaba  esta  transacion,  me  deter* 
minó  á  evacuar  la  plaza. 


—  381  — 

«  Todo  estaba  dispuesto  para  esta  operación,  cuando  esta 
mañana  he  recibido  comunicaciones  del  jefe  de  los  Orientales, 
ciudadano  José  Artigas  en  que  exige  cabalmente  lo  mismo 
que  yo  babia  resuelto  practicar.  (!) 

Mi  satisfacción  ha  sido  grande,  considerando  el  tino  y  pre- 
visión, con  que  yo  me  anticipé  á  prevenir  sus  deseos;  de  consi- 
guiente un  doble  motivo  se  presenta  ahora  para  evacuar  este 
territorio.  Después  de  haberlo  verificado  se  continuará  la  ne- 
gociación y  no  se  omitirá  medio  alguno  para  conducir  el 
asunto  k  su  deseado  fin. 

El  Gobierno  Supremo  no  desmentirá  jamas  sus  principios 
justos  y  liberales.  Desde  mi  arribo  á  esta  plaza  se  minoraron 
las  contribuciones,  y  un  sistema  de  moderación  distinguió  en 
genaral  todas  mis  providencias.  Habitantes  de  Montevideo: 
vosotros  sois  testigos  de  esta  verdad  y  de  Ib0  admirable  disci- 
plina que  han  guardado  las  tropas  en  su  reembarco.  —  Ella  ha 
sido  una  continuación  exacta  de  la  que  conservaron  en  su  en- 
trada y  en  todo  el  período  de  su  campaña  y  guarnición.  Se- 
mejante conducta,  manda  la  idea  más  positiva  de  los  sentimien- 
tos del  Gobierno  respecto  de  esm  Provincia. 

A  su  vista  deben  confundirse  los  implacables  enemigos  de 
la  felicidad  de  la  América.  Ellos  han  propalado  estos  dias  pró- 
ximos que  la.  evacuación  de  la  plaza  seria  marcada  por  el  des- 
orden, el  saqueo  y  la  violencia;  pero  el  suceso  ha  hecho  visible 
la  calumnia  de  estos  famosos  impostores. 

<c  Ciudadanos :  el  que  quiera  trasladarse  á  la  Cap^^al  puede 
hacerlo  sin  obtáculo.  Los  que  prefieran  quedarse  en  esta  Plaza 
no  deben  intimidarse  por  la  entrada  de  las  Divisiones  Orien- 
tales. EUas  se  componen  de  amigos  y  deudos  vuestros  con 
quienes  estáis  unidos  por  los  más  estrechos  vincules.  A  ellos 
toca  más  de  cerca  que  á  nadie  la  prosperidad  de  este  suelo  ;  y 
f i  conociendo  sus  verdaderos  intereses  aprovechan  como  es  de 
esperar  la  disposición  que  hallarán  siempre  en  el  Gobierno  Su» 


premo  para  concluir  nna  transaciun  fundada  sobre  princi 
de  justicia,  renacerán  entonces  entre  nosotros  dias  de  abum 
cía,  alegría  y  tranquilidad,  que  nos  indemnicen  de  los  dis 
toa  que  hemos  sufrido  en  las  pasadas  diferencias.  Yo  es 
que  ellas  terminarán  á  satisfacción  de  todos.  Esta  idei 
consuela  al  separarme  de  vosotros,  y  me  dispone  á  salud 
con  júbilo  á  mi  propartida . 

Montevideo,  Febrero  24  do  1815. 

Xicolás  Herrera.  » 

Esta  extensa  reseña,  en  la  cual  por  lo  mismo  de  ser  tan  j 
conocidos,  y  no  haberle  puolicado  nunca  los  documentof 
contiene,  hemos  excedido  los  limites  u-suales,  quedaría  asi  i 
mo  incompleta  sin'el  siguiente  interesante  docaimentí)  hisi 
co  en  que  el  Dr.  Herrera  revela  francamente  hasta  qué  pi 
era  insostenible  y  odiada  la  ocupación  de  Montevideo  por 
tropas  de  Alvear.  Ahí  ost-i  escrita  en  alto  relieve  la  triste 
tona  de  aquellos  días: 

«  Exmo.  Señor : 

«  Tengo  el  honor  de  ¡¡resentar  á  V.  E.  el  negociado  de 
Comisión  á  la  Banda  Oriental  dirigida  á  restablecer  la  coni 
dia  y  alianza  con  los  jefes  que  sostienen  la  guerra  en  aqn 
Provincia.  Por  ella  verá  V.  E.  que  nuestros  procedimier 
han  sido  conformes  á  las  instrucciones  Supremas  que  del 
reglar  mi  conducta  en  el  deüempeño  de  mis  encargos.  A 
arribo  á  Montevideo  se  liabia  ya  replegado  ¡I  la  plaza  el  c 
cito  de  operaciones. 

«  El  General  D.  Miguel  Estanislao  Soler  me  hizo  presen 
los  pocos  dias  de  mi  llegada,  que  era  necesario  embarcar 
tropas,  y  retirarse  á  la  Capital  sin  pérdida  de  instantes,  por 
la  seducción  de  los  enemigos,  el  odio  del  pueblo  y  la  escan 


losa  deserción  que  se  eeperímentaba  en  lae  tropas,  l€ 
temer  con  fundamento  una  sedición  militar  ó  una  di 
del  ejército,  cuyos  resultados  serian  los  más  funestos 
patria. 

«  Yo  no  pude  ser  indiferente  á  una  insinuación  de  < 
cié  hecha  por  un  Jefe  esperimentado  y  de  valor.  Pe 
de  no  precipitar  una  medida  que  dejaría  siii  efecto  la 
elaciones  pendientes  y  el  embarco  de  la  artillería  ytnu 
determiné  que  en  la  misma  noche  se  hiciese  una  J 
Guerra,  compuesta  délos  Jefes  de  todos  los  Cuerpos  de 
nicion,  á  la  que  asistí  con  mi  Secretarío  el  doctor  Obea 
nombré  de  tal  con  precedente  acuerdo  y  disposición 

«  Hizo  presente  el  General  Soler  los  fundamentos  ur 
BU  solicitud,  y  después  de  haberle  reflesionado  sobre  la 
fui  de  dictAmeu  con  la  mayor  parto  de  los  Jefes,  que 
rase  tres  ó  cuatro  dias,  que  era  lo  que  podía  tardar  la  c 
cion  á  mis  comiinioicionps  para  el  restablecimiento  de 
La  deserción  aumentaba,  algunos  oficiales  empezaban 
á  los  soldados  ;  y  las  circunstancias  apuraron  en  térm: 
el  General  Soler  llegó  á  ratificarme  las  protestas  de  n 
bílidad  que  había  hecho  en  la  Junta  do  Jefes  por  la 
de  la  retirada,  y  á  pedirme  lo  relevase  en  un  mando 
comprometía  por  momentos.  Eu  este  estado  de  cosas 
cesarío  el  embarco  del  Ejército,  se  dieron  las  próvida 
en  la  víspera  do  la  salida  recibí  la  comunicación  de  d 
Artigas  de  19  de  Febrero  en  quw  ofrecía  la  ceHacion  d 
lidades  y  el  restablecimieuto  de  nna  armonía  fraterna 
que  nuestras  tropa.-  evficiiasen  el  territorio  de  las  Pr 
Oriental  y  de  Entre-Rius. 

«  Yo  hice  á  V.  E.  en  el  momento  de  mi  arrivo  á  es 
tal  una  manifestación  de  lo  ocurrido :  mis  procedímien 
ron  aprobados  por  V.  E. ;  esto  basta  para  mi  satistacci 
en  un  tiempo  en  que  las  pasiones  más  bajas  han   deí 


—  384  — 

toda  su  energía,  tal  vez  no  será  snficíente  para  conse 
opinión  de  mía  concindadanos,  que  es  el  bien  qne  más 
BObre  la  tierra, 

«  Por  lo  demás  V.  E.  sabe  que  jamás  he  solicitado  '. 
pieos,  ni  los  he  conservado  con  interés.  En  esto  conco] 
siera  teñeron  mi  poder  un  testimonio  de  la  Suprema  apr 
de  V.  E.  sobre  mi  conducta  en  la  última  Comisión  par 
cario  ai  algún  dia  lo  exíje  mi  honor,  y  V.  E.  se  digna  pr 
su  consentimiento. 

«  Yo  espero  recibir  esta  gracia  de  las  consideraciones 
V.  E,  me  difitingue. 

Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  aüos. 

Buenos  Aires,  Marzo  29  de  1815. 

«  Exmo.  Señor : 

«  KicoM.^  Herrei 

«  Exmo.  Supremo  Director  de  las  Provincias  Unidas  ( 
de  la  Plata  General  don  Carlos  Alvear.  » 

Réstanos,  para  concluir  esta  extensísima  reseña,  pi 
las  dolorosas  pero  justificadísimas  consecuencias  do  su 
tico  epilogo. 

El  puehlo  de  Buenos  Aires  se  alzaba  poco  después  inc 
contra  la  tiranía  del  mandón  que  entre  los  orientales  h 
odioso  el  nombre  Argentino,  y  que  lo  mismo  en  la  capit 
©n  Montevideo,  imponía  su  desatentada  dictadura  y  su 
reprobados  por  medio  de  la  violencia  más  odiosa. 

Las  preocupaciones  populares  podrían  confundir  e 
y  han  confundido  después  al  pueblo  Argentino  con  loa  ( 
vos  autores  de  los  desmanes  y  agravios  inferidos  solo 
gobernante  y  su  circulo ;  pero  la  historia  imparcial  at 
que  la  responsabilidad  de  tales  atentados  no  fué  del 


I     ■ 


—  385  — 

que  los  execró  y  repudió,  y  qu**  en  su  indignación  dio  en  tierra 
con  ese  partido  Alvearista. 

Cincuenta  dias  después  de  la  partida  del  doctor  Herrera  y 
del  gran  convoy  de  diez  y  ocho  grandes  buques  salidos  del 
puerto  de  Montevideo,  llevando  los  despojos  de  esta  gran  pla- 
za.de  armas,  rodaba  por  el  suelo  en  Buenos  Aires,  en  medio  de 
un  popular  cataclismo,  el  poder  directorial  de  Alvear,  y  en- 
vueltos en  él  todos  sus  amigos  y  adictos  que  liabian  practi- 
cado tan  odiosos  hechos. 

Pocos  dias  después  de  ese  periodo,  el  General  Alvear,  el  doc- 
tor Herrera,  el  General  Viana^  el  doctor  don  Santiago  Váz- 
quez, junto  eon  algunos  otros  personajes,  asilados  en  una  fra- 
gata inglesa  en  el  puerto  de  Buenos  Aires,  le  escribieron  al 
señor  don  Juan  José  Aguiar,  Secretario  entonces  del  Coronel 
Otorgues,  Gobernador  de  esta  plaza,  pidiéndole  les  obtuviese 
permiso  para  desembarcar,  informándoles  si  podrian  hacerlo 
con  seguridad. 

Por  orden  de  Otorgues,  el  Secretario  Aguiar  les  contestó 
que  en  cuanto  á  la  autoridad^  nada  tendrian  que  temer,  pero 
que  no  podia  garantirles  que  el  pueblo  indignado  pudiera 
atentar  á  sus  personas. 

Con  esta  amenazante  y  previsora  declaración  la  malaventu- 
rada comitiva  siguió  su  viaje,  asilándose  definitivamente  en  el 
Janeiro,  para  sufrir  alli  entre  las  burlas  de  los  monarquistas, 
como  lo  dice  el  doctor  López,  el  triste  y  amargo  Vía-Crucis  de 
un  destierro  inexorable ;  para  volver  dos  años  después,  el  doctor 
Herrera  de  Secretario  y  Asesor  del  invasor  portugués  General 
Lecor,  y  el  General  Alvear  para  iniciar  su  desesperada  campaña 
como  federal  convencido  ya,  con  el  mando  de  un  escuadroncito  de 
gefes  y  oficiales  amigos  suyos,  junto  con  los  caudillos  federales 
Eamirez,  López,  y  el  flibustero  Carrera,  á  quienes  dos  años 


—  886  — 

antes  habría  mandado  colgax  irremisiblemente  de  la  horca  de 
donde  suspendió  al  infortunado  Übeda. 

La  perfidia  y  la  injusticia  habian  expiado  su  nefanda  obra. 
Merced  á  Artigas  el  pueblo  Argentino  y  el  Oriental  se  libraban 
simultáneamente  de  su  tirano  y  su  perseguidor ! 


Administración  política  y  económica   de  los  Di- 
rectores Posadas  y  Alvear  en  Montevideo. 


Como  lo  hemos  dicho  antes,  no  nos  proponemos  en  este  Es- 
tudio sino  presentar  algunas  breves  ó  imparciales  refutaciones 
de  las  calumnias  de  que  han  sido  víctimas  el  General  Artigas  y 
sus  partidarios,  asi  como  algunas  consideraciones  sobre  los  su- 
cesos principales  desde  1811  hasta  1820,  comprobándolas  con- 
cisamente con  documentos  de  positivo  interés,  que  en  su  ma- 
yor  parte  no  se  han  publicado  aún . 

Dejamos  pues,  la  historia  detallada  de  los  sucesos  para  el 
cuerpo  de  nuestra  obra,  limitándonos  por  lo  mismo  en  esta  sec- 
ción á  apuntar  lijeramente  algunos  de  los  rasgos  mas  notables 
de  la  dominación  Alvearista  en  Montevideo  durante  el  perio- 
do de  ocupación  de  sus  tropas,  comprobándolos  con  algunos 
documentos  inéditos  aún,  los  cuales,  mejor  qué  nuestras  obser- 
vaciones darán  idea  aproximada  ó  imparcial  do  los  principales 
acontecimientos  de  aquella  época  tempestuosa  y  confusa  en 
que  la  nacionalidad  oriental  surgia,  reaccionaba  y  se  robuste- 
cía resistiendo  al  espíritu  de  odioso  y  cruel  predominio  que 
queria  ejercerse  sobre  sus  hijos  por  algunos  gobernantes  ar- 
gentinos . 

Aunque  la  sección  precedente  nos  ha  absorvido  una  exten- 
sión demasiado  amplia  dado  el  carácter  compendioso  de  este 
Estudio,  así  mismo  creemos  conveniente  presentar  en  esta 
nueva  sección  otros  detalles  no  menos  interesantes  sobre  los 
procedimientos  políticos  y  económicos  de  la%idministracion  ¿e 
los  Directores  Posadas  y  Alvear  en  Montevideo,  los  que  no 
pueden  omitirse  en  justicia  si  se  ha  de  formar  una  idea  impar- 
cial y  exacta  de  los  enconados  agravios  que  eUos  produjeron, 


—  388  — 

exacerbando  entre  Argentinoa  y  Orientales  como  dos  pueblos 
en  violento  antagonismo,  los  rencores  y  venganzas  que  solo 
debian  abrigarse  contra  los  gobernantes  y  el  partido  que  do- 
minaba  entonces  accidentalmente  en  Buenos  Aires,  partido 
que  ese  mismo  pueblo  porteño  debia  muy  pronto  como  se  ha 
visto,  hundir  y  expulsar  de  su  seno  como  á  un  enemigo  aborre- 
cido. 

Inmediatamente  después  de  la  entrada  á  Montevideo  del 
ejército  sitiador  el  23  de  Junio  de  1814,  principió  don  Juan 
José  Duran,  miembro  influyente  del  Cabildo,  á  ejercer  las  fun- 
ciones de  Gobernador  Intendente,  no  desempeñando  ese  cargo, 
sino  por  poco  más  de  una  semana,  pues  sin  causa  ni  motivo 
legal  se  le  destituyó,  subrogándosele  con  el  Coronel  argentino 
don  Nicolás  Rodríguez  Peña,  Presidente  á  la  sazón  del  Conse- 
jo de  Estado  del  Director. 

Así  entró  desde  luego  el  Directorio  de  Posadas  á  poner  en 
práctica  su  sistema  de  desconocimiento  completo  de  toda  di- 
rección Oriental  ó  participación  de  ella  en  los  asuntos  públicos 
de  la  Provincia. 

El  mismo  sistema»  se  adoptó  respecto  del  Cabildo. — Es  indu- 
dable que  era  necesario  subrogarlo  con  patriotas,  pues  aquel  se 
componia  hasta  entonces  de  acérrimos  defensores  del  dominio 
español . 

Pero  no  se  consultó  para  nada  la  voluntad  del  pueblo,  y  el 
nuevo  Cabildo  se  formó  de  vecinos  nombrados  al  efecto  desde 
Buenos  Aires  por  el  Director  Supremo  en  una  nómina  en  que 
hasta  el  Teniente  de  Alguacil  y  el  portero  venian  incluidos, 
despojando  asi  al  vecindario  patriota  de  la  Capital  del  derecho 
que  exclusivamente  le  correspondia,  y  que  siempre  habia  ejer- 
cido desde  la  époc%del  fundador  de  Montevideo  don  Bruno  de 
Zavala,  de  elejir  por  si  mismo  sui  Cabildantes. 

Con  el  mismo  absolutismo  conque  se  habia  impuesto  á  estos 
para  la  Capital,  se  nombró  al  Gobernador  Intendente  de  la  Pro- 


—  389  — 

TÍncia,  demostrándose  asi  la  resolución  de  ejercer  sin  limite  ni 
moderación  un  dominio  que  inevitablemente  debia  hacer  cada 
dia  mas  odioso  para  los  orientales  el  nombre  de  sus  hermanos 
argentinos. 

No  se  ha  publicado  hasta  ahora  el  documento  que  transcri- 
bimos á  continuación,  y  que  evidencia  como  se  practicó  ese 
primer  acto  de  usurpación  municipal  que  venia  á  marcar  con 
un  sello  odioso  la  prepotencia  del  vencedor,  erijido  por  si  mis- 
mo en  conquistador  y  amo. 

Indudablemente  los  nombrados  en  la  lista  siguiente  eran 
vecinos  muy  patriotas,  pero  esta  circunstancia  de  ninguna 
manera  atenuaba  la  violación  de  un  derecho  que  siempre  ha- 
bia  correspondido  exclusivamente  al  pueblo  de  Montevideo  . 
SU  siguiente  documento  y  acta  del  Cabildo  cesante  asi  lo  com- 
prueban: 

«  En  la  muy  fiel,  reconquistadora  y  benemérita  de  la  Patria 
ciudad  de  Montevideo,  á  20  de  Julio  de  1814,  el  Excmo.  Cabildo, 
Justicia  y  Regimiento  de  ella,  los  señores  de  que  actualmente 
00  compone  y  firman  á  la  conclusión,  se  juntó  y  congregó  en 
la  sala  capitular,  como  lo  tiene  de  uso  y  costumbre  cuando 
trata  y  confiere  cosas  tocantes  al  servicio  de  Dios  y  bien  co- 
mún de  este  pueblo,  presidiendo  el  acto  el  señor  don  Miguel 
Antonio  Vüardebó  con  asistencia  del  caballero  Sindico  Procu- 
rador Q-eneral,  don  Nicolás  Fernandez  Miranda,  y  presente  el 
Secretario. 

«  En  este  estado  se  procedió  á  la  apertura  de  un  oficio  que 
hoy  se  ha  servido  dirigir  el  señor  don  Nicolás  S>odriguez  Pe- 
ña, delegado  estraordinario  del  señor  Director  Supremo  de  las 
Provincias  Unidas  del  Eio  de  la  Plata  con  el  mando  político 
y  militar  de  la  Provincia  Oriental  del  Uruguay  cuyo  tenor  es 
el  siguiente : 

«  Habiendo  dispuesto  S.  E.  el  Director  Supremo  que  los 
€  capitulares  que  actualmente  componen  la  municipalidad  de 


—  390  — 

€  este  pueblo  cesen  en  sus  oficios  j  sean  elegidos  en  su  lugar  los 
«  individuos  comprendidos  en  la  nota  adjunta,  dispondrá  V.  S. 
«  que  reunido  e^e  cuerpo,  precisamente  el  dia  de  mañana  y 
«  convocados  á  la  sala  capitular  los  que  deben  entrar  al  desem- 
«  peño  de  los  cargos,  se  les  dé  inmediatamente  posesión,  previo 
«  el  juramento  de  estilo  y  el  reconocimiento  del  Gobierno  Su- 
«  premo  que  rige  las  Provincias  Unidas  del  Eio  de  la  Plata,  de 
«  cuya  ejecución  mo  dará  V.  S-  cuenta. 

«  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

«  Montevideo  19  de  Junio  de  1814. 

«  Nicolás  Bodrígnez  PeTm. 

I  «  Ilustre  Cabildo  de  Justicia  y  Regimiento  de  la  ciudad  de 

¡  Monto  vid  60 . » 

«  Nota  de  los  individuo»  que  deben  entrar  á  ejercer  los  em- 
pleos municipales  dvO  la  ciudad  de  Montevideo  en  lugar  de  loa 
removidos. 

Alcalde  de  l^^"  voto  -Don  Manuel  Pérez,  Teniente  Coronel 
de  milicias  de  caballería. 

Alcalde  de  2.°  voto  —Don  Pedro  Grervasio  Pérez. 

Regidor  Decano — Don  José  Agustin  Sierra. 

Alguacil  Maj^or — Don  Salvador  García, 

Alcalde  Provincial — Don  Juan  Medina. 

Fiel  Ejecutor — Don  Pablo  Vázquez. 

Defensor  de  Pobrea — Don  Juan  Méndez  Caldeira. 

ídem  de  Menores— Don  Carlos  Vidal. 

Juez  de  Policía — Don  Juan  Correa. 

ídem  de  Fiestas — Don  Juan  Blanco. 

Sindico  Procurador— Don  Bruno  Evaristo  Méndez. 

Presidente  del  Tribunal  de  Concordia— El  Síndico  Procu- 
rador. 

Secretario  interino  del  Cabildo— Don  Bartolomé  Hidalgo. 


—  891  — 

<  El  mismo  intervendrá  en  las  actas  del  Cuerpo  Municipal 
del  mismo  modo  que  se  hacia  antes  de  la  revolución,  en  cuyo 
tiempo  no  se  habia  criado  la  escribanía  de  Cabildo  Ínterin 
no  se  resuelva  otra  cosa.  —  Teniente  de  Alguacil  Mayor :  don 
José  Zenon  Diaz;  —  Portero :  don  Alejo  Martínez,  —  Monte- 
video, Julio  19  de  1814.  —  Peña.  » 

«  En  virtud  de  lo  cual  y  cumpliendo  S.  E.  con  el'  superior 
mandato  que  queda  inserto  acordó  que  en  los  momentos  se 
pasen  las  esquelas  correspondientes  á  los  S.  S.  nombrados  para 
capitulares,  citándolos  para  las  doce  de  este  día  á  que  se  reciban 
de  sus  respectivos  empleos  y  presten  el  juramento  de  estilo 
reconociendo  la  suprema  autoridad  del  Estado  y  habiéndolo 
verificado  por  medio  del  portero  don  Alejo  Mana  Martínez  es- 
poniendo este  que  el  señor  don  Manuel  Pérez  se  halla  en  su 
casa  de  campo,  y  que  los  S.  S.  don  José  Agustín  Sierra,  D.  Juan 
Mfldína,  don  Juan  Méndez  Caldeyra,  don  Carlos  Vidal  y  don 
Bruno  Evaristo  Méndez  están  ausentes  de  esta  plaza,  dispuso 
S.  E.  que  se  diese  en  el  instante  cuenta  al  señor  don  Nicolás 
Rodríguez  Peña  de  lo  ocurrido,  y  se  le  consultase  en  compe- 
tente oficio  sí  mientras  no  comparecían  los  insinuados  señores 
han  de  estar  vacantes  sus  empleos  ó  si  han  de  seguir  en  ellos 
los  que  actualmente  los  ocupan . 

«  Y  como  á  consecuencia  de  la  invitación  que  quedó  relacio- 
nada, siendo  las  dos  de  la  tarde,  se  han  presentado  en  esta  sala 
capitular  los  S.  S.  don  Salvador  Q-arcia,  D.  Juan  Correa  y  don 
Juan  Blanco,  el  s«ñor  don  Miguel  Antonio  Vílardebó  alcalde 
de  1er.  voto  saliente,  por  ante  mi  el  infrascripto  Secretario  les 
recibibió  juramento,  que  hicieron  por  Dios  nuestro  Señor  de 
cumplir  bien  y  fielmente  con  las  obligaciones  de  los  empleos 
á  que  han  sido  nombrados,  de  reconocer  como  reconocen  el 
Oobiern-^  Supremo  de  las  Provincias  Unidas  del  Eio  de  la 
Plata,  obedecen  sus  leyes,  constitución,  superiores  determina- 
ciones, en  virtud  de  lo  cual  y  de  la  aceptación  que  hicieron  se 


—  392  — 


les  dio  posesión  de  sus  oñcios  consegiles ;  y  lo  firmaron  con 
S.  E.  y  conmigo  el  Secretario  de  que  certifico . 

«  Miguel   Antonio    Vilardebd  —  Juan    Vidal   y 
Baüle  —  Manuel  Masadmo  —  Antonio   Qahito 

—  Bernabé  Al  corta — Bamon  Dohal  —  Félix 
Soez,  Licenciado  —  Pascual  de  Arauclio  — 
Antonio  Agéll  —  Manuel  de  Santelices  —  Sal- 
vador Garda  —  Nicolás  Fe7'nande2  Miranda 

—  Juan  Correa  —  Juan  Benito  Blanco  — 
Juan  de  Dios  Dozo.  » 


Se  comprenderá  por  la  lectura  de  este  documento  por  cual 
razón  ese  nuevo  Cabildo  que  no  era  realmente  sino  una  Comi- 
sión Municipal  nombrada  por  el  General  vencedor,  recomen- 
dada por  él  á  Buenos  Aires  para  que  fuese  autorizado  ó  acep- 
tado allí  su  nombramiento,  correspondia  agradecido  á  esa 
distinción,  nombrando  á  su  tumo  al  mismo  General  Alvear 
Regidor  Perpetuo  del  Cabildo  impuesto  por  él. 

Es  asi  como  se  esplica  también  porque  durante  todo  el  tiem- 
po de  la  ocupación  de  Montevideo  se  procedió  por  ese  Cabildo 
con  la  más  absoluta  sumisión  hacia  los  gobernadores  militares 
que  se  sucedieron  en  la  ciudad^  nombrados  desde  Buenos  Ai- 
res, como  los  coroneles  Eodriguez  Peña,  Soler,  French  y  Ál- 
varez  Thomas .  Hemos  recorrido  la  correspondencia  de  et  e 
Cabüdo  con  estos,  y  en  toda  ella  no  hemos  encontrado  sino  la 
más  absoluta  obediencia  á  los  mandatos  recibidos,  no  proce- 
diendo el  Cabildo  dentro  de  la  órbita  de  su  jurisdicción  usual, 
sino  con  permiso  y  aprobación  del  señor  Gobernador^  merecién- 
dole esta  docilidad  el  honor  de  que  este  último  le  pidiese  se 
prorogase  un  año  más  sin  necesidad  de  nueva  elección. 

Aun  las  elecciones  de  Tenientes  Alcaldes  no  eran  conside- 
radas válidas  si  no  recibían  la  espresa  aprobación  del  Gober- 


—  893  — 

nador  coiiio  lo  vemos  en  una  nota  qne  publicaremos  oportu- 
namente. 

Debía  ser  tan  marcado  el  sentimiento  de  repulsión  popular 
hacia  ese  Cabüdo,  que  no  bien  hubieron  entrado  las  fuerzas 
orientales  á  Montevideo,  ya  el  26  de  Febrero  el  pueblo  reaccionó 
contra  él  reuniéndose  y  acordando  en  una  especie  de  cabildo 
abierto  la  destitución  del  anterior,  precediéndose  á  la  elección 
popular  de  un  nuevo  cabildo.  Creemos  que  será  leido  con  ver- 
dadero interés  el  acta  ó  acuerdo  siguiente  en  que  se  especifican 
discretamente  las  causas  que  produjeron  esa  reacción,  la  cual 
no  se  llevaba  á  cabo  por  medio  de  un  simple  decreto  de  la 
autoridad  militar,  como  se  habia  hecho  con  el  anterior  por  Al- 
vear,  sino  echando  mano  del  sufragio  popular,  y  buscando  en 
el  voto  de  los  ciudadanos  la  sanción  y  legitimación  de  aquel 
cambio. 

«  Acuerdo  del  Cabildo  ordenando  un  nombramiento  de  elec- 
tores por  el  pueblo  para  que  estos  eligiesen  nueva  municipali- 
dad á  virtud  de  haberlo  asi  exigido  una  reunión  popular,  apo- 
yada en  la  fuerza  armada,  cuyo  orador  don  J.  M.  Pérez, 
esponiendo  los  motivos  de  esta  exigencia  del  pueblo,  dijo  que 
debia  cesar  el  cabildo  existente  no  obstante  haberse  sus  indi- 
viduos conducido  con  el  mayor  honor  por  ser  hechura  del 
gobierno  de  Puenos  Aires. 

«  En  la  ciudad  de  Montevideo  a  26  de  Febrero  de  1815  el 
muy  Ilustre  Cabildo,  Justicia  y  Regimiento  de  ella,  cuyo» 
señores  de  que  se  compone  al  final  firman,  se  juntó  y  congregó 
en  su  sala  capitular  como  lo  tiene  de  uso  y  costumbre,  cuando 
se  dirigia  á  tratar  asuntos  concernientes  al  mejor  servicio  de 
la  patria  y  particular  de  este  pueblo,  presidiendo  este  acto  el 
señor  Coronel  don  Femando  Otorgues,  presente  el  infrascrito 
Secretario  y  Síndico  Procurador  general. 

4c  En  este  estado  se  anunció  por  su  portero  don  Alejo  M. 
Martínez,  que  ima  parte  numerosa  del  pueblo  americano,  pedía 


—  asi- 
la venia  correspondiente  para  exponer  &  su  Sría.  asuntos  de 
gran  importancia  á  la  Provincia.  Oida  esta  exposición,  acor- 
daron todos  se  permitiese  franca  entrada  á  los  individuos  que 
movian  esta  solicitud,  é  inmediatamente  compareció,  seguido 
de  un  crecido  concurso,  el  ciudadano  Juan  María  Pérez,  quien, 
después  de  haber  tomado  el  asiento  con  que  le  ofertó  su 
Sria.,  expuso:  que  el  objeto  de  su  presencia  allí,  era  animado 
de  la  libertad  que  acababan  de  recobrar  los  pueblos  del  conti- 
nente oriental,  por  el  esfuerzo  de  sus  dignos  defensores,  y  que 
por  este  principio  descansaban  bajo  la  garantía  de  la  fuerza 
armada  de  esta  Provincia,  suplicar  á  nombre  del  pueblo  que, 
siendo  incompatible  con  sus  reclamaciones  é  ilegítima  la  exis- 
tencia del  actual  Cabildo  de  la  ciudad  de  Montevideo,  se  le 
pei-mitiese  á  ella  elegirlo  nuevamente  á  su  libertad,  porque 
siendo  hechura  del  Gobierno  de  Buenos  Aires,  era  escandaloso 
subsistiera  en  el  régimen  político  de  sus  negocios,  no  obstante 
que  los  señores  que  le  componían  se  habían  conducido  con  el 
mayor  honor. 

«  Atendida  esta  exposición  por  su  señoría  tomó  la  palabra 
el  caballero  Síndico  procurador  de  la  Ciudad  y  dijo :  que  en 
uso  de  sus  deberes  creía  justísima  y  digna  de  un  pueblo  ver- 
daderamente libre  la  solicitud  que  el  de  Montevideo  hacia  pre- 
sente por  aquel  conducto,  y  á  continuación  contestaron  todos 
aprobándola,  y  habiendo  satisfecho  de  este  modo  á  los  recla- 
mantes que  al  momento  se  retiraron,  acordó  su  señoría  que  in- 
mediatamente se  circulasen  las  órdenes  respectivas  á  los  al- 
caldes principales  de  esta  Ciudad  y  sus  estramuros  á  fin  de  que 
reuniendo  cada  uno  á  los  ciudadanos  habitantes  de  sus  respec- 
tivos cuarteles  procediesen  á  elegir  con  las  formalidades  de 
estilo  dos  sujetos  de  su  confianza  que  en  clase  de  electores  con- 
curriesen, á  las  cuatro  de  la  tarüe  del  día  d©  mañana,  á  las  ca- 
sas consistoriales  donde  reunidos  todos  habían  de  nombrar  el 
nuevo  Cabildo  que  reclama  el  pueblo.    Así  mismo  dispusieron 


—  896  — 

86  iormasd  un  formal  espediente  de  la  materia  y  acreditativo 
de  las  causales  que  daban  mérito  á  esta  medida.  Con  lo  cual, 
y  no  habiendo  sido  para  más  este  acuerdo,  se  cerró  y  firmó  por 
su*  señoría  con  migo  el  Secretario  de  que  certifico. 

Juan  M.  Caldeira  —  Pablo  Pérez  —  Liiis  de 
la  Eosa  Brito  —  José  Vidal  —  Torihio 
Lo^ez  de  Obillez. 

El  anterior  Cabildo  después  de  pedir  infructuosamente 
al  Gobernador  Soler  que  se  le  devolviese  la  imprenta  que 
habia  sido  regalada  al  Cabi'do  de  Montevideo  por  la  prin- 
cesa Carlota  y  llevada  á  Buenos  Aires  por  Alvear,  se  diri- 
jió  al  mismo  General  en  Buenos  Aires,  solicitando  inter- 
pusiese su  influencia  con  su  tio ;  a  fin  de  que  se  le  devolviese 
diclia  imprenta,  se  le  reconociese  al  Cabildo  el  tratamiento  de 
Excelencia  de  que  gozaba  bajo  el  dominio  español,  y  se  le  per- 
mitiese el  establecimiento  de  una  loteria. 

He  aquí  las  contestaciones  dadas  por  el  Gobernador  Soler, 
y  por  el  General  Alvear,  demostrativas  en  cuanto  al  primer 
punto  del  empeño  de  retirar  de  Montevideo  todo  elemento  de 
publicidad  que  pudiera  con  el  tiempo  venir  á  utilizarse  en 
provecho  de  cualquier  reforma  ó  progreso  que  se  intentase 
llevar  á  cabo  en  esta  ciudad . 

«  El  Secretario  do  Estado  en  su  comunicación  de  3  del  cor- 
riente me  dice  lo  siguiente:  Hice  presente  al  Director  Supre- 
mo la  solicitud  de  ese  I.  Cabildo  que  V.  S.  me  recomienda  en  su 
oficio  del  24  del  próximo  pasado,  y  en  su  vista  me  ha  ordenado 
contestar  á  V.  S.  como  lo  verifico,  que  S.  E.  no  puede  permi- 
tir la  desmembración  de  la  imprenta  sin  desatender  los  fines 
que  se  ha  propuesto  en  su  conducción  á  esta  Capital;  pero  que 
hagaV.  S.  entender  á  ese  Cabildo  que  luego  que  llegúela 
imprenta  que  el  Gobierno  espera,  será  complacido  remitiendo 
á  esa  plaza  la  letra  que  sea  suficiente  para  los  objetoi  que  ha 


—  396  — 

expresado.  —  Lo  comunico  á  V.  S.  para  su  inteligencia.  — 
Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años.  —  Montevideo,  Octubre  2  de 
1814.  —  Migiid  Estanislao  Soler,  » 

«  Deseoso  de  dar  el  más  breve  despacbo  á  las  pretenciones 
que  ese  Cuerpo  me  hizo  el  honor  de  encomendarme  á  mi  sepa- 
ración de  esa  ciudad  para  exponerlas  al  Supremo  Director  del 
Estado  pasó  inmediatamente  á  verificarlo  después  de  mi  arribo 
¿  esta  Capital ;  y  habiéndome  impuesto  S.  E.  del  objeto  de  ellas 
resolvió  que  el  producto  del  ramo  de  la  Lotería  de  conformidad 
con  la  solicitud  relativa  á  este  punto  se  dedicase  á  los  fondos 
de  la  policía.  Y  que  respecto  á  la  del  tratamiento  no  consideran- 
do S.  E.  ser  facultad  el  deliberarlo,  decidió  por  que  TJ.  S.  dirija 
por  su  conducto  una  representación  á  ese  fin  k  la  S.  A.  G.  C . 
persuadiéndose  U.  S.  firmemente  que  será  elevada  con  toda  la 
recomendación  y  apoyo  correspondiente  á  la  buena  voluntad 
que  anima  á  S.  E.  hacia  esa  respetable  corporación. 

«  En  cuanto  á  la  imprenta  ha  considerado  el  Supremo  Di- 
rector que  el  uso  de  ella  debo  ceñirse  á  un  solo  punto  del 
Estado  para  conciliar  la  mayor  abundancia  de  letras  en  la 
Edición  Ministerial  con  aquella  unidad  íntima,  que  de  lo  con- 
trario es  difícil  conseguirse,  por  mayor  que  sea  la  dignidad  y 
el  acierto  de  prensas  diferentes  en  igual  ejercicio. 

«  Este  es  el  resultado  de  los  negocios  que  V.  S.  se  ha  digna- 
do encargarme  y  el  cual  tengo  el  honor  de  poner  en  conoci- 
miento de  V.  S.  ansioso  de  nueva  ocasión  de  ocuparme  en  otro 
igual  honroso  cargo .  — Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años# — 
Buenos  Aires,  Noviembre  2  de  1814. 

Carlos  de  Alvear.  » 

De  todo  cuanto  antecede,  se  deducirá  que  la  situación  no- 
podia  ser  más  anormal  Para  regularizar  y  consolidar  en  par- 
te, en  la  ciudad  siquiera,  este  orden  d6  cosas  tan  informal  y 
violento,  hacíase  urjente  obtener  alguna  lejitimacion  cualquie- 


—  397  — 

ra,  más  o  menos  ficticia  6  aparente,  que  equivaliese  siquiera 
ostensiblemen  el  beneplácito  6  aceptación  de  los  hijos  de  la 
Banda  Oriental,  y  representase  en  la  Asamblea  General  Cons- 
tituyente que  funcionaba  en  Buenos  Aires,  la  sumisa  volun- 
tad y  el  voto  aprobatorio  de  esta  Provincia . 

A  fin  de  asegurar  este  resultado  se  diríjió  por  el  Goberna- 
dor Soler  tan  voluntarioso  y  disciplinario  en  sus  procederes  la 
nota  siguiente  por  la  que  se  formará  una  idea  del  espíritu  de 
despotismo  y  coacción  electoral  que  predominaba  en  asunto  de 
tal  trascendencia.  He  aquí  dicha  nota  tan  característica  de 
la  dominación  Alvearista : 

«  Desde  el  instante  que  esta  ciudad  fué  arramcada  d^l  poder 
de  los  tiranos  ha  sido  de  la  atención  de  nuestro  Superior  Go- 
bierno la  unión  de  sus  diputados  á  la  Soberana  Asamblea 
conforme  á  los  decretos  de  8  y  24  de  Octubre  de  1812. 

«  El  18  de  Agosto  acordó  S.  E.  el  Supremo  Director  el  i\om- 
bramiento  de  dos  por  esta  ciudad  y  sus  dependencias,  con  los 
cuatro  que  por  la  Provincia,  deben  incorporarse  en  la  Soberana 
Asamblea  General  Constituyente  á  más  de  los  que  por  la  ciu- 
dad de  Maldonado  y  su  jurisdicción  le  están  unidos.  —  V.  S, 
SQ  halla  cerciorado  bastante  de  las  gravísimas  causas  que  han 
impedido  hasta  hoy  el  poderse  verificar  las  elecciones. 

«  Ahora  que  la  justicia  por  ante  las  armas  de  la  Patria  ha 
aniquilado  los  grupos  de  bandidos  que  alteraban  la  tranquilidad 
de  la  Provincia,  es  llegado  el  caso  de  que  se  hagan  requeribles 
las  supremas  intenciones,  y  para  ello  he  dispuesto  que  el  día 
de  mañana  se  proceda  á  la  elección  de  los  dos  Diputados  por 
parte  de  esta  Ciudad  y  sus  dependencias,  lo  que  aviso  á  Vd. 
para  lo  que  crea  conveniente. 

Al  efecto  he  circulado  las  correspondientes  órdenes  á  los 
Jueces  de  la  campaña,  y  lo  hago  hoy  á  los  alcaldes  de  esta 
ciudad  y  sus  extramuros,  insertándoles  las  instrucciones  que  he 
creído  necesarias  al  mejor  orden  y  tranquilidad  de  las  reunió- 


—  898  — 

nes,  y  al  acierto  y  libertad,  conque  debe  procederse  en  un  acto 
tan  sagrado.  Por  la  copia  de  mi  circular  pasada  á  éstos  se 
impondrá  V.  S.  de  dichas  instrucciones  la  que  acompaño  para 
su  inteligencia,  seguro  de  que  ella  servirá  para  el  acuerdo  con 
que  debemos  proceder  en  la  materia,  en  conformidad  de  lo  que 
previenen  los  citados  decretos  que  remito  á  V.  S.,  impresos. 

«  En  consecuencia  de  las  primeras,  verá  V.  S.  que  deben  los 
electores  incorporarse  en  el  dia  de  mañana  en  ese  Ayunta- 
miento para  enseguida  proceder  á  la  elección  de  los  dos  Dipu- 
tados. 

«  Yo  quedo  satisfecho  de  que  nada  tengo  que  prevenir  á 
V.  S.  sobre  este  particular.  Só  el  gran  interés  con  que  mira 
V.  S.  el  engrandecimiento  del  Estado  y  la  parte  que  toma 
conmigo  en  el  realce  de  esta  capital  y  su  provincia. 

Migtiel  Estanislao  Soler. 

Hé  aquí  las  singulares  Instrucciones  á  que  se  referia  el  Go- 
bernador Intendente  en  la  nota  que  antecede,  y  que  concuer- 
dan  con  el  carácter  de  la  nota,  haciéndose  la  elección  requeri- 
da poco  menos  que  á  tambor  batiente: 

«  Luego  que  reciba  Vd.  este  procederá  á  citar  á  los  vecinos 
de  ese  cuartel  para  que  ó  bien  en  su  casa  ú  otro  lugar  propor- 
cionado que  Vd.  designe,  se  reúnan  á  las  nueve  de  la  mañana 
del  siguiente,  y  procedan  á  nombrar  un  elector  a  pluralidad 
de  votos,  que  en  seguida  haya  de  congregarle  en  la  sala  ayun- 
tamiento de  esta  Capital  para  en  consorcio  de  este  mió,  elegir 
los  dos  diputados  que  por  parte  de  esta  ciudad  y  sus  depen- 
dencias deben  pasar  á  incorporarse  á  la  Asamblea  Constitu- 
yente de  estas  Provincias. 

«  Tengo  á  bien  hacer  á  Vd.  las  siguientes  prevenciones  para 
el  mejor  acierto  de  la  operación: — primera,  que  los  individuos 
que  hayan  de  concurrir  á  votar  para  el  nombramiento  de 
Elector,  como  también  éste,  han  de  ser  precisamente  ciudada- 


—  399  — 

danos  de  las  Provincias  unidas,  quedando  por  lo  tanto  exclui- 
dos los  Españoles  que  no  tengan  carta  de  ciudadanos.  Segun- 
da. Que  la  reunión  ha  de  ser  para  el  solo  indicado  objeto  que 
Vd.  ha  de  presidir^  y  que  los  concurrentes  han  de  dar  sus  votos 
publicamente  y  por  el  orden  en  que  estén  colocados.  Tercera. 
Que  estos  votos  han  de  escribirse  por  un  individuo  de  la  mis- 
ma junta  que  elegirá  Vd.  Cuarta.  Que  concluido  este  acto  se 
hará  un  recuento  de  los  sufragios,  y  aquel  en  que  haya  recaido 
el  mayor  número,  será  el  Elector;  y  para  el  caso  que  dos  ó  más 
individuos  salgan  con  igualdad  de  votos,  elegirá  Vd.  entre 
ellos  uno  á  pluralidad.  Quinto.  La  reunión  ha  de  ser  una  sola, 
de  modo  que  no  ha  de  disolverse  sin  haber  desempeñado  su 
objeto.  Sexto.  Que  nombrado  el  Elector  ha  de  presentarse 
inmediatamente  en  la  sala  capitular. 

«  Yo  espero  de  la  acreditada  prudencia  y  celo  de  Vd.  no 
solo  la  observación  de  evitar  prevenciones,  sino  también  el  que 
se  guarde  el  mejor  orden  y  tranquilidad  en  un  acto  tan  sagra- 
do como  el  que  va  á  practicarse.  —  Dios  guarde  etc. — Mon- 
tevideo, Octubre  18  de  1814.  —  Es  copia :  —  Somellera.  » 

Es  casi  superfino  agregar  que  con  tales  inspiraciones  los 
electos  debian  responder  fielmente  á  la  voluntad  del  Goberna- 
dor ó  á  las  recomendaciones  que  vinieran  de  Buenos  Aires  al 
efecto.  —  Coadyuvaba  á  este  mismo  resultado  el  hecho  de  que 
solo  tomaban  parte  en  esa  elección  los  electores  de  la  ciudad 
de  Montevideo  y  los  del  Peñarol,  Piedras  y  Miguelete,  por  no 
habe^  querido  concurrir  los  demás  á  ese  simulacro  electoral  y 
estar  el  resto  de  la  campaña  bajo  la  acción  de  los  facinerosos  á 
que  aludía  Soler. 

Resultaron  electos  en  consecuencia  don  Pedro  Gabino  Pérez 
y  don  Pedro  Feliciano  Cavia,  cuyas  afinidades  y  simpatías  á 
favor  do  Alvear  y  su  partido  eran  notorias .  Especialmente  los 
antecedentes  políticos  del  último,  como  expulsado  el  año  13  del 
ejército  sitiador  de  Montevideo  y  de  la  Banda  Oriental,  por 


—  400    - 

exijencias  del  General  Artigas,  eran  nna  garantía  superaban- 
danie  de  su  sumisión  y  obediencia  ¿las  ezijencias  de  la  política 
Alvearista  y  á  su  guerra  implacable  contra  Artigas. 

El  Cabildo  dio  á  éstos  diputados  instrucciones  generales  y 
vulgares  que  publicaremos  en  oportunidad,  en  las  que  no  se 
hacia  la  más  leve  mención,  pero  ni  aun  la  más  humilde  súplica, 
en  cuanto  á  la  representación  política  del  país  y  su  propia 
administración,  contrastando  asi  del  modo  más  vergonzoso  con 
la  altivez  y  extensas  vistas  y  aspiraciones  reorganizadoras  de 
las  Instrucciones  expedidas  por  Artigas  á  los  diputados  electos 
por  el  Congreso  Oriental  del  21  de  Abril  de  1813. 

Todo  esto  tenia  lugar  al  mismo  tiempo  que  las  fuerzas  de 
Alvear  expedicionaban  sobre  distintas  fuerzas  de  Artigas, 
hostilizándolas  como  á  enemigos  mortales  sin  que  una  sola  vez 
el  Cabildo  de  Montevideo  hubiese  tratado  de  interponer  una 
palabra  de  conciliación  ó  de  clemencia. 

Pero  aún  así  mismo,  estas  odiosas  imposiciones  sobre  la  ad- 
ministración política,  municipal  y  judicial  habrían  podido  to- 
lerarse y  aceptarse  con  resignada  complacencia  si  se  les  hubie- 
ra hecho  valer  para  el  bien  procomunal  y  en  servicio  y  mejora 
de  un  municipio  ó  ciudad  que  acababa  de  pasar  por  las  más 
tremendas  y  aflictivas  torturas  de  un  largo  sitio  de  cerca  de 
dos  años,  cuya  población  se  habia  diezmado  por  el  escorbuto, 
por  el  hambre  y  por  toda  clase  de  privaciones  y  miserias,  y 
que  caía  en  manos  del  vencedor  como  una  víctima  casi  cada- 
vérica, la  que  en  muchos  años  no  podría  recobrarse  de  la  si- 
tuación desesperante  en  que  las  armas  de  la  patria  la  recibían 
bajo  sus  gloriosas  banderas. 

Pero  aun  asi  mismo  existían  en  Montevideo  fuertes  capitales 
pertenecientes  á  españoles  pudientes  que  representaban  las 
primeras  fortunas  del  país. 

EUas  habían  contribuido  sin  restricción  ¿  sostener  la  lucha. 


—  401  — 

agotándose  en  atender  á  los  gastos  de  la  defensa  de  la  plaza, 
pero  asi  mismo  ofrecian  un  abundante  botin  al  vencedor . 

Dados  estos  antecedentes  de  pobreza,   casi  de  mendicidad 
se  reconocerá  cuan  profunda  y  dolorosa  impresión  debia  produ- 
cir en  el  vecindario  el  siguiente  Bando  expedido  por  el  General 
Alvear  á  los  pocos  dias  de  su  entrada  á  Montevideo. 


«  Don  Carlos  de  Alvear,  Brigadier  de  los  ejércitos  de  las  Pro- 
vincias Unidas  del  B.ÍO  de  la  Plata,  Coronel  del  regimiento  de 
infanteria  núm.  2,  Inspector  y  Q-eneral  en  Jefe  del  ejército  del 
Este. 

«  A  consecuencia  de  las  disposiciones  del  Exmo.  señor  Su- 
premo Director  del  Estado  don  Q-ervasio  Antonio  Posadas,  y 
en  conformidad  del  bando  publicado  en  Buenos  Aires  en  13  de 
Enero  de  1812,  ordeno  y  mando,  que  todos  los  negociantes, 
almaceneros,  tenderos,  pulperos  y  demás  habitantes  de  esta 
ciudad  y  su  jurisdicción,  que  tengan  en  su  poder  cantidades 
de  dinero,  efectos  ó  deudas  activas  resultantes  de  testamenta- 
rias, consignatarios,  habilitaciones,  legados,  mandas,  y  cuales- 
quiera otro  género  de  contratos  así  públicos  como  confiden- 
ciales qiie  2oertenezcan  á  sujetos  residentes  en  los  territorios  de  la 
Península,  Vireinato  de  Lima,  y  demás  pueblos  de  la  América 
subyugados  á  las  armas  de  aquella,  hagan  una  manifestación 
exacta  de  todas  ellas  en  el  término  perentorio  de  cuarenta  y 
ocho  horas,  al  señor  doctor  don  Pedro  Pablo  Vidal,  Diputado 
de  la  Soberana  Asamblea,  Canónigo  magistral  de  la  santa 
Iglesia  catedral  de  Buenos  Aires,  y  encargado  por  el  mismo 
Supremo  Director,  de  este  particular;  y  si  no  lo  verificasen  y 
se  descubriese  alguna  pertenencia  no  manifestada,  se  les  con- 
fiscará irremisiblemente  la  mitad  de  todos  sus  bienes,  é  incu- 
rrirán en  las  penas  de  expatriación  y  privación  de  patria 

27 


—  402  — 

potes^^ad,  y  demás  derechos  de  protección  que  dispensa  el  suelo- 
y  el  Gobierno . 

«  Todos  los  que  por  cualquier  causa  debiesen  á  sujetos  de 
España,  Vireinato  de  Lima,  y  cualquier  otro  pueblo  de  la  Amé- 
rica subyugado  á  aquella,  lo  manifestarán  en  los  mismos  tér- 
minos y  bajo  las  mismas  penas  al  dicho  señor  Diputado  encar- 
gado, sin  proceder  á  hacer  pago  alguno  ulterior,  en  el  concepto 
de  que  con  los  que  verifiquen  la  manifestación  ordenada,  se 
tendrá  consideraciones  proporcionadas,  para  que  en  los  ente- 
ros no  sufran  extorsiones  sus  fortunas  propias. 

«  Todos  los  Escribanos  darán  dentro  de  ocho  dias  al  mismo 
señor  Diputado  una  relación  exacta  de  todas  las  escrituras  y 
documentos  de  obligaciones,  contratos,  y  deudas  relativas  á 
las  procedencias  expresadas,  pena  de  privación  de  oficio  ;  y 
todo  sugeto  ó  persona  privada  que  sabiéndolo  no  lo  denuncia- 
re sufrirá  una  multa  considerable  y  pena  aflictiva  Todo  el  que 
transcursado  el  término  mencionado,  denunciare  caudal,  ac- 
ción, ó  deuda  de  las  antedichas  pertenencias  no  manifestadas 
por  los  interesados  obligados,  accionistas,  ó  deudores,  percibirá 
la  tercera  parte  de  lo  que  descubriere :  y  para  que  llegue  á  no- 
ticia de  todos,  y  no  pueda  alegarse  ignorancia,  se  publicará 
por  bando  en  la  forma  acostumbrada,  fijándose  este  en  los  pa- 
rajes piiblicos  y  de  estilo.  —  Dado  en  el  Fuerte  de  Montevideo 
á  4  de  JuUo  de  1814. 

Altear. » 

Es  indudable  que  la  guerra  que  se  hacia  á  los  españoles  era 
implacable  y  mortal,  lo  mismo  á  sus  personas  como  á  sus  bienes, 
habiendo  demostrado  muy  poco  antes  la  tremenda  conjuración 
de  Alzaga  en  Buenos  Aires  abortada  un  dia  antes  de  su  explo- 
sión, para  sofocarla  cual  se  ajusticiaron  treinta  y  odio  víctimas 
en  pocos  dias,  algo  como  un  cadalso  en  permanencia,  que  en 
esa  guerra  no  se  pedia  ni  se  daba  cuartel  ni  conmiseración, 
por  que  el  dinero  dejado  en  manos  de  los  españoles  empecina- 


—  403  — 

dos  de  agudla  ¿poca  era  un  elemento  peligroso  pan 
constantes  conspií'aciones. 

La  patria  en  aquellos  tormentosos  dias  carecía  de 
que  sostener  ejércitos  en  au  interior  y  en  sus  frontei 
dras  en  sus  ríos  y  puertos.  Era  necesario  luchar  por  t( 
y  para  la  lucha  el  dinero  era  la  base  principal. 

Los  recursos  propios  no  bastaban.  Era  indispens 
buscarlos  como  el  elemento  de  guerra  en  la  bolsa  t 
migos. 

Pero  el  espectáculo  que  presentó  Montevideo  en  í 
tenia  relación  ninguna  con  las  verdaderas  y  apreu 
necesidades  de  la  patria ;  y  solo  servia  para  fomen 
inicua  de  las  espoliaciones,  en  provecho  particular, 
merced  á  ellas,  escaudaloyas  fortunas  á  la  sombr 
saqueo  sistemáticamente  organizado. 

Nuestras  palabras  podrían  parecer  parciales  ó 
apasionadas,  aunque  ellas  sólo  se  inspiran  en  una  se 
tud,  flajelando  los  atentados  y  los  crímenes  alli  don 
contramos;  y  sobre  todo  enu,  vergonzosa  esplotacion 
malos  patriotas  y  traficantos  politices  de  la  más  nol 
da  de  las  causas. 

Los  documentos  que  en  seguida  publicamos,  y  qu 
manecido  inéditos  liasfca  aliora,  siendo  asi  mismo  esj 
los  que  estaban  interesados  en  ocultar  ó  disfraza 
truosidad  de  tales  procedimientos,  darán  una  idea 
pleta  de  lo  que  podríamos  hacerlo  nosotros  mismos, 
administración  que  hacia  pesar  sobre  el  nombre  a 
sobre  las  más  gloriosas  tradiciones  de  la  latria  una  1 
responsabilidad. 

He  aquí  dichos  documentos  cuya  lectura  recomer 
pecialmente,  y  los  que  arrojan  una  clara  luz  sobre 
sucesos  de  aquel  año,  sobre  el  mal  ejemplo  que  ello 
loa  orientales  en  la  inmediata  administración  de  A] 


\ 

s. 


^ 


—  404  — 

la  sucedió,  y  sobre  el  desprestigio  que  arrojaron  sobre  el  parti- 
do Alvearista  al  que  tanto  combatió  Artigas. 

Principiaremos  por  la  primera  y  suplicante  solicitud  presen- 
tada al  doctor  Henera,  llegado  dos  dias  antes  de  Buenos  Aires 
en  representación  del  Director  Supremo  General  Alvear  para 
transar  con  Artigas.  Dice  así : 

«  Si  el  objeto  primordial  de  los  Tribunales  de  Comercio  es 
protejer  en  todos  sentidos  al  negociante,  y  prepararse  caminos 
para  ensanchar  su  fortuna,  con  aprovecbamiento  del  Eraxio 
público,  V.  E.  comprendei'á  toda  la  justicia  con  que  la  Dipu- 
tación Consular  se  apresura  á  interesar  la  consideración  de  V . 
S .  en  la  consternación,  padecimiento  y  atrasos  del  Comercio 
de  esta  plaza. 

<^  Ocioso  seria  recordar  á  V.  S.  la  época  anterior  á  nuestro 
tiempo,  si  no  fuera  preciso  partir  de  este  principio  para  venir 
en  conocimiento  de  la  suerte  de  los  vecinos  de  este  pueblo,  y 
estado  de  sus  fortunas  después  que  la  energía  de  nuestras  ar- 
mas logró  subyugarlo.  Tres  años  de  guerra  la  más  obstinada 
y  desoladora  lo  habían  reducido  á  un  estado  de  nulidad  casi 
incapaz  de  sufrir  nuevas  erogaciones;  sin  embargo,  en  el  orden 
estaba,  y  muy  justo  era,  que  á  la  par  de  los  demás  pueblos, 
Montevideo  con  más  razón  que  otro  alguno  ayudase  á  sostener 
los  crecidos  gastos  del  Gobierno,  y  con  este  objeto  el  Supremo 
Director  del  Estado  tuvo  por  conveniente  comisionar  al  señor 
Canónigo  Magistral  doctor  don  Pedro  Pablo  Vidal  para  que 
derramase  una  contribución  extraordinaria  sobre  todo  su  ve- 
cindario y  comercio,  que  sin  perjuicio  de  la  ordinaria  y  men- 
sual de  que  era  encargado  por  el  mismo  Gobierno  D.  Antonio 
Islas,  contribuyese  al  fin  indicado. 

«  La  premura  del  tiempo  unida  á  la  multitud  de  ocupaciones 
que  entonces  rodeaban  a  dichos  S.  S.  Comisionados,  burlando 
su  actividad,  capacidad  y  celo,  no  les  dieron  lugar  á  formar  un 
verdadero  cálculo  sobre  el  principal  de  cada  contribuyente; 


..  405  — 

obra  no  meno^  difícil  que  expuesta  á  los  mayores  yerros  ;  y  en 
que  para  acertar  es  preciso  combinación  y  tiempo  ;  y  de  aquí 
han  nacido  los  obstáculos  que  se  han  presentado  en  la  ejecu" 
cion  de  una  y  otra;  y  los  clamores  y  lágrimas  en  que  se  vé  en- 
vuelto este  Pueblo. 

<c  Hombres  hay  ( por  ejemplo )  que  debiendo  pagar  mil,  solo 
se  les  exije  ciento,  en  circunstancias  que  se  miran  otros  que  no 
pudiendo  pagar  ciento,  se  les  demanda  mil.  Este  contraste 
opuesto  á  toda  ley  de  justicia,  al  paso  que  demanda  una  inme- 
diata reforma,  tampoco  produce  ventajas  al  Estado,  pues  no 
hace  más  que  obtruir  aquellos  mismos  conductos  que  maneja- 
dos con  igualdad  y  pulso  no  solo  contribuirian  con  lo  propor- 
cionado y  lo  justo,  sino  quo  se  pondrian  después  en  estado  de 
aumentarlo. 

«  La  suerte  del  objeto  principal  tampoco  variaría  de  un  modo 
notable  y  perjudicial  al  Estado,  pues  aunque  fuese  preciso 
descargar  á  los  pobres,  redimir  á  los  insolventes,  seria  "tam- 
bién necesario  aumentar  á  los  pudientes,  comprender  á  los  ex- 
cluidos, el  resultado  sobre  poco  más  ó  menos  siempre  seria  el 
mismo  con  la  gran  diferencia  de  haber  desterrado  las  trabas  y 
facilitado  el  camino  del  pago  sin  la  ruina  del  contribuyente. 

«  V.  S.  debe  considerar  que  los  comisionados  de  una  y  otra 
contribución,  al  tiempo  de  imponerla  tuvieron  muy  presente  y 
no  perdieron  de  vista  la  nueva  vida  que  debia  tomar  este  pue- 
blo con  la  circulación  y  libre  comercio  con  su  campaña  y  que 
habiendo  sido  dolorosamente  interrumpido  hasta  estos  mismos 
instantes,  los  contribuyentes  lejos  de  adelantar  han  apresurado 
su  ruina,  y  aumentado  sus  desgracias,  viéndose  muchos  de 
ellos  obligados  á  ser  arrestados  ó  secuestrados  por  no  tener 
absolutamente  como  cubrir  lo  que  les  habia  cabido;  por  provi- 
dencias tanto  más  gravosas  cuanto  que  no  iban  de  acuerdo 
con  las  generosas  miras  de  nuestro  Supremo  Gfobiemo.  Se 
agrega  á  esto  que  fuera  de  la  indicada  contríbticion  extraordi* 


—  406  — 

noria,  se  acaba  ds  derramar  otra  por  el  Administrador 
Aduana  comprendiendo  k  Taños,  c^ne  por  su  insolveí 
bían  sido  excluidos  de  la  primera,   aunque  sujetos  al  ] 

la  ordñmría;  de  modo  que  convencido  de  la  sinrazón  y 
na  proporción  que  se  le  ha  guardado  en  dicliaa  imposic 
no  pudiendo  escuchar  sin  dolor  los  clamores  de  tantos  i 
que  de  continuo  ocurren  á  mí  á  enjugar  sus  lágrimai 
candóme,  que,  como  Juez  y  Padre  del  Comercio,  haga  p 
al  Supremo  Gobierno  su  deplorable  situación  é  íncapac 
poder  llenar  y  dar  cumplimiento  con  el  todo  del  gn 
impuesto,  he  creido  de  mi  deber  dirigirme  á  V.  S.  p 
como  representante  del  Ex:uo.  Supremo  Director,  y  en 
de  las  altas  facultades  con  que  se  halla  autorizado,  hech 
de  cuanto  llevo  expuesto,  se  sirva  mandar  suspender  to 
contribuciones,  entre  tanto  so  nombra  una  Comisión  d 
líos  sujetos  que  crea  V.  S.  más  al  propósito,  y  de  conocii 
para  que  arreglen  la  que  á  cada  cual  le  corresponde  si 
capital  y  giro,  ordenando  al  mismo  tiempo  la  escarcela 
los  que  por  este  motivo  se  hallen  presos  por  el  Juez  6n( 
de  su  exacción. 

Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

Diputación  de  Comercio  de  Montevideo,  9  de  Febí 
1815. 

Firmado — Gerónimo  Pió  Bianí 

Ante  tan  buen  ejemplo  dado  por  la  Diputación  Con 
Cabildo  hizo  valer  también  su  influencia,  suphcando  al 
Herrera  en  el  mismo  sentido  en  la  siguiente  nota: 

«  Guando  las  calamidades  de  la  guerra  han  agotad 
loi  recursos  de  estos  habitantes,  j  gimen  con  el  pes( 
miseria  i  que  se  hallan  reducidos,  nuevos  males  au 
sus  angustias  y  talvez  sin  poderse  proporcionar  el  si 
necesario,  no  puede  ser  indiferente  el  ayuntamiento  á 
pulsos  de  la  piedad  que  le  carecteriza,  y  aunque  más 


—  407  — 

Tez  ha  querido  interponer  sus  respetos,  á  fin  de  que  desapa- 
xezcan  enteramente  de  su  vista  tan  lamentables  cuadros,  ha 
tenido  en  consideración  las  necesidades  de  la  guerra. 

«  Hoy  felizmente  parece  declinan  estas  con  el  buen  resulta- 
do que  prometen  nuestros  negocios  politices,  si  es  que  se  trata 
de  adquirir  la  paz  fundada  en  los  principios  de  la  beneficencia 
y  justicia,  y  así  es  que  no  puede  menos  que  representar  á  V.  E. 
el  pesado  gravamen  con  que  se  ven  afligidos  la  mayor  parte 
de  estos  vecinos .  No  ha  sido  suficiente  hasta  ahora  el  secues- 
tro, la  prisión  y  todas  las  medidas  que  se  han  girado  para  es- 
traer  de  ellos  la  contribución  impuesta;  de  modo  que  muchas 
familias  se  han  visto  en  la  necesidad  de  cerrar  los  ojos,  y  sepa- 
rar el  oido  del  triste  llanto  de  miserables  víctimas  arrastradas 
á  esta  cárcel  pública  donde  estaba  engrillado  su  único  sosten 
por  no  tener  como  cubrir  una  asignación  desmedida. 

«  No  es  su  ánimo  denigrar  en  modo  alguno  la  comportacion 
de  los  encargados  en  la  materia,  porque  los  apuros  pasados, 
acaso  les  obligarían  á  providencias  tan  eficaces;  pero  pues  van 
á  cesar  estos,  está  visto  que  no  es  fájil  atraer  más  que  clamo- 
res y  desdichas,  suplica  á  V.  S.  encarecidamente,  que  intere- 
sándose por  un  pueblo  tan  desgraciado,  haga  si  lo  tiene  á  bien 
uso  de  sus  altas  facultades  para  aliviarlo  de  este  pesado  im- 
puesto, disponiendo  cese  desde  hoy,  si  es  posible,  á  cuyo  bene- 
ficio retribuirán  incesantemente  eternas  adoraciones,  los  que 
tengan  la  honra  de  disfrutarlo,  y  perpetuo  agradecimiento  esta 
Corporación,  por  haber  sido  el  conducto  para  reclamarlo  de  su 
jDaternal  beneficencia.  —  Dios  guarde  á  V.  S.  muchos  años. 

Sala  Capitular  de  Montevideo,  Febrero  10  de  1815. 

(Firmados) —Pedro  O.  Pérez — Juan  M.  Cal^ 
deyra — Thoribio  López  de  Ubilhis — Juan 
B.  Blanco — José  Tidal — Bmno  Méndez. 

Señor  Delegado  del  Superior  Gobierno  D.  Nicolás  Herrera. 


—  408  — 

Terminarenios  esta  serio  de  docnmentos  con  «1  máa  exp! 
y  elocuente  de  todos,  porque  explica  mejor  que  qúigu: 
tristisima  sitoacioD  de  Hontevideo  en  aqueUa  ¿poca. 

Diez  dias  después  de  esa  comunicación  la  adminifltn 
alvearista  desaparecía  de  Montevideo,  como  lo  hemos  ( 
antes,  sin  haber  podido  llevar  á  cabo  los  propósitoa  del  d 
Herrera,  no  obstante  que  este  había  logrado  ya  cobra 
comercio  22,000  g  por  cuenta  de  su  misión  á  España  en  1 

«  La  idea,  decia  el  doctor  Herrera,  que  es  tan  fácil  forr 
del  estado  político  y  mercantil  do  esta  plaza  después  d 
largos  padecimientos,  era  por  si  muy  suficiente,  aun  cuanc 
fueran  desconocidos  los  benéficos  deseos  de  V.  E.  pan 
prender  la  reforma  de  contribuciones  de  que  instruye  ce 
documentos  1  á  3,  y  somete  á  la  aprobación  Suprema  la  C 
sion  honrosa  de  mi  cargo.  En  efecto,  sofocada  la  indu 
paralizado  el  comercio  y  exhausto  el  negociante  por  las  re 
das  erogaciones  á  que  fué  obligado  por  el  Gobierno  del  ei 
go,  no  puede  darse  una  noticia  adecuada  de  su  enervac 
consiguiente  atraso,  si  no  es  por  las  mismas  diflcultade 
se  hsji  tocado  en  el  cobro  de  la  contribución  que  con  el 
bre  de  Contingente  Extraordinario  le  impuso  el  Canónigo 
gistral  doctor  don  Pedro  Pablo  Vidal,  y  cobra  actualmei 
Administración  en  esta  Aduana.  Yo  estoy  muy  distan 
pretender  que  la  resistencia  del  negociante  sea  un  buen 
metro  para  graduar  el  estado  de  su  fortuna;  pero  la  cía 
padecimientos  á  que  él  suscribiere  cuando  le  es  dado  evil 
á  costa  de  sacrificios  pecuniarios,  será  siempre  un  pod 
indicante  de  la  imposibilidad  en  que  se  halle  para  efectué 
El  sosiego,  las  comodidades  y  los  placeres  de  la  vida  fai 
no  se  postergan  fácilmente  por  los  que  están  habitúa 
gozarlas,  y  en  Uegando  el  caso  de  hacerlo  es  preciso  inf 
que  no  hay  medios  para  evitar  el  contraste  ó  que  su  opot 
ha  tocado  el  punto  de  insuperabla  —  Asi  se  ha  visto  en 


—  409  — 

tevideo  que  todas  las  medidas  dictadas  po^  el  celo  más  acen- 
drado no  han  sido  poderosas  para  hacer  efectivo  el  cobro  del 
Contingente  Extraordinario  sino  en  una  parte,  y  esta  misma 
no  en  numerario,  sino  en  muebles  y  efectos  que  se  malbaratan 
en  las  subastas  que  padecen,  mientras  se  conservan  según  su 
clase  más  ó  menos  corruptible  y  producen  un  nuevo  daño  para 
el  comercio,  alterando  con  un  barataje  los  precios  naturales 
del  mercado. 

«  Pero  en  Montevideo  se  han  reunido  á  esos  males,  otros 
abultados,  al  paso  que  inevitables ;  porque  preparada  la  ocul- 
tación ó  concluidos  los  caudales  mientras  que  el  embargo  de 
fincas  y  otros  bienes  raices  era  un  arbitrio  precario  é  inútil,  se 
han  visto  los  ejecutores  de  la  Contribución  en  el  lance  forzoso 
de  desamueblar  las  casas  y  estender  los  embargos  á  los  útiles 
del  negociante  que  exasperado  con  lo  violento  del  recurso,  y 
presentando  su  despojo  al  vecindario  con  los  clamores  que  su- 
giere el  dolor  ó  la  venganza,  ha  conseguido  hacerse  de  parti- 
darios en  su  desgracia,  y  detractores  que  hieren,  empañan  y 
comprometen  con  sus  relaciones  el  decoro  del  Gobierno  y  la 
generosidad  de  sus  planes. 

«  El  enemigo  ha  tenido  destreza  para  sacar  ventajas  tam- 
bién de  esta  circunstancia,  y  con  sus  glosas  acaba  de  arruinar 
la  opinión  que  tanto  importa  al  mejor  suceso  de  la  negociación 
entablada  por  orden  de  S.  E.  8u  alto  discernimiento  compren- 
derá que  enij^efíarse  en  terminar  la  gn^ra  de  la  Banda  Onental 
y  al  mismo  tiempo  fomentar  una  de  stcs  cazisas,  como  don  José 
Artigas  supone  serlo  el  tratamiento  de  este  vecindario,  era  es- 
poner indiscretamente  mi  Comisión  y  los  respectos  de  V.  E . 
á  un  desaire ;  mientras  por  otra  parte  la  esperiencia  de  lo  pa- 
sado nos  hace  ver  cual  seria  el  resultado  de  una  nueva  tasa 
para  cuyo  pago  no  existen  ya  ni  los  medios  ni  el  tiempo  que 
aprovechamos  antes  con  tan  deslucido  fruto  como  dejo  anun- 
ciado. 


—  410  — 

«  Este  todo  de  consideraciones  es  el  mismo  que  repre 
do  por  el  Hustre  Ayuntamiento  y  Diputación  Consular 
al  examen  de  V.  E .  para  que  arbitre  definitivament«  I 
fuere  de  su  mejor  agrado,  llamando  antes  la  atención  Su 
hacia  el  clamor  general  del  vecindario,  hada  el  llanto  de  las 
lias,  hacia  él  desierto  qne  se  ha  formado  en  el  seno  de  la 
poliladon,  y  sobre  todo,  hacia  las  consecuencias  que  d^enioi 
rar  si  empeñados  en  sostener  providencias  inrerificables  na 
ciéramos  por  suavizar  este  cáncer  que  vá  derorando  la  ¿nfl 
del  Oohicrno  Supremo,  y  estableciendo  sobre  su  propia  de¡ 
los  triunfos  da  un  soldado  &  quien  no  pueden  oponerse  las 
por  cansas  de  que  supongo  á  V.  E.  informado,  ni  el  cono, 
el  clamor  del  pueblo  porque  no  trabajamos  para  ganarlo. 

«  Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. 

«  Nicolás  Herrén 

«  Montevideo,  14  de  Febrero  de  1815. 

«  Excmo  señor  Director  de  las  Provincias  unidas  del  I 
la  Plata.  » 


Cómo  se  traicionó  la  causa  Americana 
por  los  enemigos  de  Artigas. 


Meditando  sobre  tan  grave  atentado  reproducido  varias 
veces  por  facciones  unitarias  desde  1814  á  1819,  reconocemos 
que  se  lian  de  considerar  como  inverosímiles  nuestras  leales 
afirmaciones,  acaso  por  su  misma  franca  y  justiciera  velie- 
mencia. 

Permítasenos,  por  lo  mismo,  acudir  á  pruebas  irrefragables 
transcribiendo  en  seguida  una  nota  que  publica  el  doctor  don 
Manuel  R.  García,  actual  Ministro  Argentino  en  Londres,  en 
el  panfleto  en  que  ba  tratado  de  defender  los  procederes  do  su 
señor  padre  el  doctor  don  Manuel  J.  Q-arcia,  como  participo 
en  la  misión  á  Europa  para  poner  de  nuevo  las  Provincias  Ar- 
gentinas bajo  la  dependencia  del  Rey  de  España,  y  en  otras 
comisiones  igualmente  indignas  de  que  más  adelante  habla- 
remos. 

El  origen  de  esa  aseveración  no  puede  ser,  pues,  ni  más 
auténtico  ni  más  irrefutable.  —  La  hace  un  eminente  coadjutor 
y  cómplice. 

Dice  así  el  Dr.  García  en  la  página  26  de  su  folleto,  im¡)reso 
en  Buenos  Aires  el  año  pasado,  combatiendo  afirmaciones  on 
contrario  del  doctor  Rivadavia: 

«  Entre  tanto,  lo  que  consta  del  archivo  de  la  Secretaría  de 
«  Estado  de  Madrid  es  lo  siguiente : 

«  Primera  comunicación.  —  De  Rivadavia  á  Cevallos   (el 
«  Ministro  del  Reino). 
«  Exmo.  Señor. 

«  El  27  del  corriente  tuve  la  satisfacción  de  presentarme  á 
«  V.  E.  en  cumplimiento  de  la  Real  Orden  de  21  de  Diciembre 


—  412  — 

«  de  1815,  de  poner  en  sus  manos  la  Credencial  de  mi  Ckimi 
«  sion,  y  de  explicarle  ©1  objeto  de  ella,  así  como  los  íncidentí 
«  que  pueden  influir  más  austanoialmente  en  el  asunto. 

"■  Como  la  Misión  de  los  Pueblos  que  me  han  diputado,  s 
reduce  á  cumplir  con  la  sagrada  obligación  de  presentar  á  le 
píes  de  S.  M.  las  más  sinceras  protestas  de  reconocimifnito  de  s 
vasalJage;  felicitándolo  por  su  venturosa  y  deseada  restitucio 
al  Tronoj  y  suplicarle  humildemente  el  que  se  digna,  com 
Padre  de  sua  pueblos,  darles  á  entender  los  términos  que  ha 
de  reglar  su  Gobierno  y  administración;  V .  E.  me  permitir 
el  que  sobre  tan  interesantes  particulares  le  pida  una  contes 
tacion,  cual  la  desean  los  indicados  pueblos,  y  demande  la  si 
tuacion  de  aquella  parte  de  la  Monarquía. 

«  Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. 

«  Madrid  ¿  28  de  Mayo  de  1816. 
«Exmo.  Señor: 

«  Bernardina  Bivadavia.^ 

No  concluiremos  esta  trascripción  sin  indicar  de  paso,  y  pe 
ser  de  verdadero  interés  histórico,  que  á  pesar  de  osa  nota  ta 
vergonzosa  ó  incalificable  por  la  inicua  traicicfti  que  la  iuspin 
ba,  arrastrando  por  el  barro  las  glorias  y  sacrificios  de  la  pe 
tria,  el  negociador  recibió  á  los  pocos  diaa  un  oficio  del  Minií 
tro  Ceballos,  en  que  después  de  graves  inculpaciones  pe 
hechos  que  «  aumentan  las  sospecíias  contra  la  hiena  fé  de  gi. 
deUa  estar  animada  la  conducta  de  unos  sujetos  que  arrepentidt 
de  la  tenida  hasta  aqui  acuden  á  la  demenda  del  mejor  de  los  Si 
heranos,  »  le  enviaba  sus  pasaportes  mandándole  salir  de  Ef 
paña! 

La  traición  recibía  asi  su  condigno  escarmisoto . 


—  413  — 

Y  esto  acontecía  en  el  mismo  año  y  casi  ei 
en  que  el  Congreso  de  Tucuman  impulsado  dei 
el  entusiasmo  popular,  pj^oclamaba  al  ñn  la  íd 
las  Provincias  Unidas! 

Volviendo  ahora  al  General  Artigas  y  sus 
enemigos,  ¿  qué  respeto  ni  obediencia  podia  e 
danos  enérgicos  qué  como  él  hablan  entrado  £ 
con  toda  la  fogosidad  y  firmeza  de  sii  carácter, 
lealtad  de  su  buena  fé,  y  á  los  cuales  venia  á  i 
guida  una  sei^vil  sumisión  á  un  Notario  de  la  ( 
elevado  en  Buenos  Aires  por  las  intrigas  polit 
pada  de  su  sobrino  Airear,  y  por  las  sutiles 
misma  profesión  á  la  primera  gerarquia  nacioi 
tor  Supremo  del  Estado  ? 

¿Cómo  poder  prestigiar  ante  aquellos  ciud 
mismo  mandatario  despótico  que  para  mostrai 
expulsar  de  la  Asamblea  por  denunciar  en  el 
desmanes  y  los  de  sus  partidarios  en  el  ejérci 
Oriental  al  indomable  Coronel  Moldes,  dipi 
confinándolo  desterrado  i  Patagones,  urdiend 
cua  trama  para  invalidar  su  diputación? 

¿Cómo  podia  extrañarse  ni  censurarse  que 
cionarios  y  patriotas  de  buena  fé,  combatiese: 
á  ese  advenedizo  Director  Posadas  que  no  lli 
de  la  patria  ningitn  contingente  de  prestigio  : 
sus  antecedentes  políticos,  comparado  con 
ciudadanos  que  así  quedaban  postergados, 
habia  sabido  poner  en  hábil  juego  las  influen 
su  sobrino  el  general  Alvear;  Posadas  que  ei 
Beyes  en  Europa  para  gobernar  á  los  Arge 
'  Posadas  que  debía  dar  el  primero  en  Améi 
ejemplo  de  poner  á  precio  la  cabeza  de  un  g 


—  414  — 

dos  años   antes  había  afirmado  la  libertad  de  estas  provincias 
con  la  espléndida  victoria  de  las  Piedras? 

¿  Porqué  no  habia  de  pensar  y  opinar  el  Q-eneral  Artigas  y 
sus  partidarios  como  pensaba  y  opinaba  el  eminente  Dean 
Funes,  que  tomó  una  parte  tan  activa  é  importante  en  toda  Isi 
revolución  americana,  el  leal  historiador  que  hizo  justicia  al 
libertador  oriental,  y  el  cual  hablando  de  Posadas  en  la  publi- 
cación que  hizo  en  Buenos  Aires  el  2  de  Obtubre  de  1816,  (se- 
gún el  señor  Zinny  en  f.\x  Bibliografía  Histórica,  pag.  150)  ase- 
gura que  «  Posadas,  el  mal  arbitro,  el  ilustre  dispensador  de 
«  los  empleos,  ( refiriéndose,  entre  otros,  al  grado  de  Brigadier 
«  espedido  á  favor  de  Alvear)  la  sombra  de  los  delincuentes 
«  facciosos,  el  disipador  de  propiedades  en  deposito  y  públicas, 
«  que  desde  la  chacra,  donde  se  hallaba,  de  Santa  Coloma,  se 
«  burlaba  de  los  hombres  de  bien,  y  hacía  mérito  do  que  era 

«  inocente . »  Que  «  Vieites,  cuj^'a  vida  se  dilataba  y que 

«  constantemente  había  trabajado  por  sostener  la  facción  aba- 
«  tida,  que  era  uno  do  los  ejes  principales  de  esa  autoridad  le- 
«  gislatriz,  de  ese  monstruo  político  que  vimos  levantarse.para 
«  sellar  los  pro^^cctos  de  degradación  y  abatimiento  de  los  pue- 
«blos;  cuj'os  poduros  se  usurparon  con  dosvergúenza,  para 
«  distribuirse  los  empleo?,  sostener  al  Ejecutivo  y  para  sor  los 
«  más  fieros  as'osinos  del  honor  y  derechos  de  las  Provincias 
«  Unidas,  que  fué  obra  de  los  vericraJilvs  capaces  de  todo  lo 
«  malo,  »  etc.  ,  etc . 

Aquellas  traiciones  á  la  causa  americana  que  tanto  se  repro- 
dujeron después  en  otras  sucesivas  administraciones  como 
aconteció  en  la  inmediata  del  Director  Alvoar,  brindando  á  la 
Inglaterra  el  dominio  de  estas  provincias;  en  el  Congreso  de 
Tucuman  y  por  Belgrano  trabajando  por  levantar  en  la  re- 
publicana Buenos  Aires  el  trono  d©  un  monarca  Inca  sacado 
de  entre  los  Cuícos  del  Alto  Perú,  «  rey  de  ojotas  y  jyafas  ínter- 
cas,»  como  decía  el  cáustico  Dorrego  combatiendo  esa  seria 


—  415  — 

farsa  de  un  Carnaval  político,  de  Balcaroe,  Pueyrredon  y  del 
mismo  Congreso  pactando  alianzas  para  traer  un  príncipe  del 
Brasil,  de  Luca,  de  donde  se  pudiera,  para  gobernar  Argenti- 
nos y  Orientales;  aquellas  traiciones,  decíamos,  ¿  cómo  podia 
esperarse  que  siendo  conocidas  como  lo  eran,  á  pesar  de  las 
espesas  tinieblas  en  que  so  fraguaban,  pudiesen  inspirar  la 
menor  confianza  á  ciudadanos  altivos  y  recelosos,  que  execra- 
ban con  lealtad  de  convicciones  toda  dominación  extrangera, 
y  enaltecian  la  igualdad  cívica  como  la  primera  virtud  del  pa- 
triota ? 

En  esas  resistencias  á  los  pórfidos  planes  que  algunos  círcu- 
los imperantes  en  Buenos  Aires  trataban  de  llevar  á  cabo,  es 
en  donde  se  dallaba  el  nervio  y  la  vitalidad  délo  que  se  llama- 
ba entonces  montoneras.  Esas  muchedumbres  hallaban  su  más 
noble  bandera  en  la  guerra  á  todo  círculo,  fuese  gobierno  ó 
facción,  que  intentase  entregar  el  país  á  cualquier  monarca 
extranjero. 

Aberración  vergonzosa!  Eso  sentimiento  de  repulsión  á  las 
monarquías  europeas  en  las  masas  que  se  llamaban  hárharas^ 
era  el  que  hacia  congregar  en  un  uniforme  conjunto  á  los  más 
enérgicos  habitantes  de  los  campos,  alzándose  contra  algunas 
délas  entidades  políticas  que  prelomixiaban  en  las  ciudades,  y 
que  en  medio  de  su  refinada  educación,  de  su  distinguida  posi- 
ción social,  de  su  ilustrada  inteligencia,  estaban  siempre  pron- 
tas á  exhibirse  camo  partidarios  y  humildes  vasallos  del  pri- 
mer reyezuelo  que  so  importase  al  Eio  de  la  Plata  como  el 
grande  específico  do  tales  Dulcamaras  para  curar  el  invetera- 
do desorden  americano,  el  virus  republicano,  el  veneno  del  Ar- 
tifjuismOj  como  dice  el  doctor  López. 

Ante  esa  formidable  corriente  de  opinión  popular  que  vigo- 
rizaba la  democracia  de  los  camj^os  dirigida  por  grandes  cau- 
dillos, es  como  únicamente  puede  explicarse  la  maravillosa 
pujanza  de  su  fuerza,  que  hace  decir   asombrado  al  General 


—  416  — 

Mitre  lo  siguiente,  aunque  sin  querer  reconocer  la  justicia  que 
la  fortalecía  en  su  temible  avance: 

«  Sin  el  concurso  (Nuevas  Comprobaciones,  página  415)  del 
contingente  argentino,  j  sobre  todo  de  su  general,  la  espedi- 
cion  á  Lima  era  irrealizable.  Sin  necesidad  de  él  podia  el  go- 
bierno salvarse,  si  es  que  no  estaba  irremisiblemente  perdido, 
desde  que  contaba  con  diez  mil  cívicos  en  la  capital  de  Buenos 
Aires  y  más  de  cinco  mil  hombres  de  las  tres  armas  en  campa- 
ña, contra  1,600  montoneros  escasos  y  mal  armados  que  lo  ata- 
caban. Con  el  duplo  y  triple  de  esta  fuerza,  el  gobierno  no 
había  podido  ejecutar  una  sola  campaña  feliz  contra  la^  pro- 
vincias disidentes,  que  proclamaban  la  federación  de  hecho,  ó 
sea  la  independencia  de  su  autoridad. 

«Derrotado  en  el  empeño  de  avasallarlas,  una  vez  en  el  Para- 
guay, otra  en  la  Banda  Oriental^  tres  en  Entre -Ríos  y  cuatro 
consecutivas  en  Santa  Fó,  no  había  podido  ni  dominar  siquie- 
ra militarmente  á  la  última,  aun  contando  con  el  concurso  de 
3,000  veteranos  del  ejército  del  Norte  que  dirigió  sobre  ella. 

«El  ejército  del  Norte,  al  mando  del  General  Belgrano,  obe- 
deció á  la  primera  orden  del  gobierno  de  marchar  á  combatir 
la  guerra  Civil.  El  resultado  fué  que  se  perdió  miserablemente 
sin  combatir,  haciendo  más  desastrosa  la  derrota  y  proporcio- 
nando á  la  anarquía  fuerzas  militares  organizadas  con  que  an- 
tes no  contaba.  Lo  mismo  se  habría  perdido  el  ejército  de  los 
Andes,  como  se  perdió  muy  luego  la  parte  de  él  que  repasó  la 
cordillera  á  territorio  argentino,  salvándose  y  utilizándose  el 
resto  por  la  desobediencia  del  General  San  Martin. 

«Estos  dos  ejemplos  son  dignos  de  la  admiración  de  la  poste- 
ridad, no  obstante  sus  opuestos  resultados,  pero  no  pueden  me 
dirse  por  el  cartabón  ordinario.  »  Hasta  aquí  Mitre. 

Debemos  recordar  ahora  las  palabras  del  General  Paz  para 
justificar  los  móviles  que  lo  impulsaron  á  él  y  al  General  Bus- 
tos, a  sublevarse  cuatro  años  más  tarde  contra  el  General  Cruz 


—  417  — 

«n  el  tremendo  pronunciamiento  de  Arequito  para  extirpar  do 
raíz  los  propósitos  monarquizadores  de  Pueyrredon,  tratando 
«rl  fin  de  adoptar  el  ejemplo  que  les  Venia  dando  Artigas  desde 
1814,  de  defender  la  independencia  provincial,  y  amenazar 
con  una  invencible  resistencia  todo  proyecto  de  imponer  un 
rey  á  los  pueblos  del  Plata . 

«  ¿Qué  se  proponía  el  Gobierno  de  Buenos  Aires  (dice  en 
«  sus  Memorias  el  General  Paz,  el  eminente  disciplinario,  el 
«  correcto  militar  de  escuela,  de  la  Tablada,  de  Montevideo,  de 
«  Caaguazú)  abandonando  las  fronLeras  del  Perú,  y  renuncian- 
«  do  á  las  operaciones  militares  tanto  allí  como  sobre  los  puer- 
«  tos  del  Pacífico? 

«  ¿Qué  se  pretendía  en  esa  concentración  de  fuerzas  de  linea 
«  en  Buenos  Aires  ?  ¿  Era  para  oponerlas  a,  algunos  cientos  de 
«  montoneros,  ó  ^)ara  apoyar  la  coronación  del  Principe  de  Lu- 
«  ca?  —  Cada  uno  resolverá  esto  según  sus  convicciones  ? 

«  Preservado  Buenos  Aires  del  incendio  y  rolmsteddo  el  po- 
«  der  del  Gobierno  con  un  ejército  numeroso  y  con  algún  otro 
«  que  podría  traer  el  presente  Monarca^  bubiera  recobrado  su 
«  influencia  cuando  no  se  hubiera  emprendido  una  nueva  con- 
«  quista,  sin  advertir  que  esos  pueblos  abandonados  serian 
«  una  presa  fácil  de  los  ejércitos  españoles  que  nos  observa- 
«  ban,  y  que  no  combatían  sino  por  la  sujeción  completa  á  la 
«  metrópoli. 

Despechado  contra  esas  declaraciones  del  gran  capitán  Cor- 
dobés, trátalo  duramente  en  su  despecho  el  doctor  López  en 
su  Revolución  Argentina  (pajina  1,068,  tomo  4.°)  y  hace  in- 
discretamente esta  revelación  que  es  la  mejor  defensa  de 
Artigas : 

«  ¿  Quién  las  propagaba  ( las  ideas  revolucionarias )  ?  es  cla- 
«  ro:  los  que  encabezaron  el  motín  de  Arequito;  es  decir  el  par- 
«  tido  comunal  de  Córdoba,  que  el  señor  Paz  llama  la  gente 

28 


J 


0 


—  418    - 

«  decente,  y  que  nosotros  llamaremos  la  burguesía  anarquii 
«  montonera  que  tendía  abiertamente  á  la  disolución  del 
«  ganismo  Nacional,  E-jto  es  muy  importante  para  que  p' 
«  mos  juzgar  del  carácter  de  los  sucesos  y  do  la  conducti 
«  los  hombres  que  figuraban  on  ellos.  El  CLironel  Paz  Qra¡  c 
«  lo  vamos  á  ver,  ol  jefo  de  esto  partido  anárquico  y  disolv 
«  que  era  en  Córdoba  lo  que  ol  partido  de  Artigan  en  laB» 
«  Oriental,  lo  que  el  partido  de  Ramirez  en  Entre-Rios,  lo 
■»t  el  de  López  en  Santa  Fé,  lo  que  el  de  Araoz  en  Tuouraaj 
«  que  el  de  Güemes  en  Salta,  lo  que  el  de  Iliarra  en  Santi 
ft  y  por  fln,  lo  que  ora  en  cada  provincia  el  partido  del  caá 
«  que  la  liabia  segregado  para  poseerla  y  dominarla.  Por  ] 
«  que  sea  la  compañía,  vamos  á  ver  dolorosamente  al  Cor 
«  Paz  en  juego  y  eu  acción  con  esos  fines  después  del  escá: 
«  lo  de  Arequito.  Comprendiendo  las  tintas  sombrías 
«  aquella  época  de  su  vida  arrojaba  sobre  su  nombro,  st 
«  hecho  en  sus  Memorias,  para  justificarse,  el  eco  excesivaí 
«  te  injusto  de  todas  las  calumnias  y  de  todos  los  absurdos 
«  las  facciones  turbulentas  levantaron  entonces  contra  el 
«  lectorio  de  Pneyrredon  y  contra  los  beneméritos  hombrt 
«  la  primera  década . 

«  Para  justificar  la  revolución  inicua  de  Arequito  neo' 
«  echar  mano  como  Sarratea  y  Kamirez  de  la  alta  traicio 
«los  Congresales  que  ohrahan  fcnchromincnic,  según  él, 
«  sojuzgar  el  país  á  un  príncipe  extranjero  y  á  los  ejércitoí 
«  este  príncipe  debía  traer.  » 

Hasta  aquí  el  Dr.  López. 

Por  más  que  éste  sofiame,  como  so  ve,  queda  iv.arcado  en 
relieve  en  la  historia  argentina  que  la  niayovia  do  los  put 
execraban  la  poUtiea  funesta  y  tenebrosa  que  se  intentabs 
oer  preponderar  por  el  partido  Unitario,  fuese  él  dirigido 
Posadas,  por  Alvear,  por  Alvarez  Thomas  ó  por  Puejrred 


—  419  - 

que  éste  á  peaar  tío  tíiloa  resistencia?,  ¡■eiii 
BUS  planes  de  ilefecciou  <Ie  la  causa  repnb! 

Es  así  como  se  explica  palmariamciiti 
mientos,  tales  tliiplíciil.idcs  y  traiciones 
minar  por  su  base  toilo  edificio  político  mi 
tar  sobro  ellas  en  Buenos  Airea, 

Rubloraiido  ju-ífísima.s  roststenciay  y 
debían  venir  irivsÍK Libio»! ente  á  proj'ecl 
el  escenario  político  al  gi"an  caudillo  dircc 
cías,  á  la  inflexible  personalidad  do  Arl 
frente  do  estas,  f¡ue  las  robustecía  co:i  su  i 
veliemente  sincoriilíid  de  sus  conviccior.f  ;■ 

Es  así  como  Artigas,  ¡X  pesar  de  osas  r 
persistentes  duplicidades,  s-dvaba  la  U':i:i 
Plata  de  un  premeditado  saciificio  ofrecii.1 
narquia  oitranjeia.  Sin  él,  seríamos  búbc 
zuclo,  on  Tez  de  c¡:;dadanos  de  Kb"cs  dem 

Aun  conslilerando  en  conjunto  todas  ' 
lian  afligido  cstr.s  rojuiblicas  en  sus  atrucí 
meditando  sobre  sus  funestas  consucue;\i 
ante  la  altemati\-a  del  oprobio  de  iiua  n 
como  la  que  iiitoiítaron  implantar  entro  n 
do  Artig.is,  proíes.iiiios  y  sostenemos  la  ( 
dor  Motley  en  t,u  lutroJaecion  á  su  «  His 
Holandesa»: 

«  Im'ludi\ble;no:;tf,  (di',e  éiito)  la  Iiistori 
«  mana  en  HolaiiLla  y  Fbndes,  como  en  c 
«  dondo  existe  semejante  historia,  envtiel 
«  tuvWlencias  y  do  saugiv,  si  bien  estos  c 
«  sido  exagerados  por  los  histcriadore; 
«  misma  :-ensualJdad.  esa  soberbia,  esas  s 
«  mientos,  son  síntomas  do  vida,  —  Aque 
«  ó  comunidades  tenían  sangre  en  las  vei 


—  420  — 

«  altanería,  de  la  conciencia  de  su  propio  valer,  j  tenia] 
«  rosos  músculos.  Los  tumultos  más  sangrientos  que 
«  existido  á  la  luz  del  sol,  eran  preferibles  al  orden  y  a 
«  cío  que  reinan  en  las  oscuras  Catacumbas  del  despot 


Entre  transar  con  Artigas  ó  traicionar  la  causa 
Americana^  se  prefirió  lo  último. 


No  es  de  este  lugar  acumular  los  importantes  y  numerosos 
documentos  que  hemos  coleccionado  á  aquel  respecto,  ni  dedu- 
cir todas  las  consecuencias  que  fluyen  de  su  examen  y  estudio. 

Ellos  entrarán  extensamente  en  el  cuerpo  de  esta  obra,  de- 
biendo limitarnos  aquí  á  meras  indicaciones  de  un  carácter 
general,  aunque  no  por  eso  menos  interesantes,  ni  menos  bien 
fundadas  y  exactas. 

El  gran  cargo  que  hacían  á  Artigas  los  círculos  gnbernistas 
imperantes  en  Buenos  Aires  desde  1814  basta  1820,  era  prin- 
cipalmente el  de  encabezar  y  fomentar  en  las  Provincias  una 
anarquía  disolvente,  inconciliable  con  toda  organización  polí- 
tica más  ó  menos?  ordenada  y  dócil  á  los  desatentados  ensayos 
de  organización  nacional  que  se  iban  iniciando  dia  á  día  en  la 
capital,  y  que  se  sucedían  unos  á  otros  en  el  vértigo  revolucio- 
nario de  las  oligarquías  porteñas. 

A  su  turno.  Artigas  luchando  obstinadamente  por  la  auto- 
nomía política  y  administrativa  de  la  Provincia  Oriental,  y 
por  la  de  las  demás  que  él  acaudillaba  y  protegía,  ganaba  cada 
dia  más  terreno  y  más  prosélitos,  y  cimontaba  su  poder  anu- 
lando y  derrotando  por  do  quiera  á  sus  adversarios. 

Así  como  sus  armas  avanzaban  victoriosas,  las  ideas  iguali- 
tarias y  federativas  que  simbolizaba  su  bandera,  prepondera- 
ban cada  dia  más  en  el  ánimo  de  los  pueblos  del  Interior,  como 
el  dogma  de  una  causa  común;  y  aseguraban  rápidamente  su 
definitivo  triunfo. 

Al  llegar  aquí,  creemos  conveniente  comprobar  esta  afirma- 


^ 


hasta  aliora  no  so  Lnii  jmblicado,  dirigidos  al  fleiioi-al  Artij 
uno  por  el  Caljüiío  <\'>  Córdoba,  y  otro  por  el  Jefo  de  la  (ÍH 
Ilición  il-j  lii  misma  uiii.lad,  Q-etieral  don  Francisco  Antonio 
Ocampo.  ijl  )ni-;iii  j  qnc  mandaba  on  jefo  la  primera  oxpedici 
salida  de  Biiyii(D.s  Aires  en  ISIO  á  fin  do  sostener  la  rovoliio: 
do  Mayo  en  las  proviiii-ias  dol  interior, 

Cual  Soria  ont.(íiici'3  li  ttsmible  influencia  del  Goneral  Ai 
gas  en  la  mayor  parte  de  las  provincias  como  su  directoi 
defensor,  puedo  dcducirss  d„-l  tenor  de  esaa  comunicaciones, 
una  de  las  cuales  i'cyulta  que  á  una  intimación  de  aquel  diri 
da  desde  Entre-Tlios,  renunciaba  su  mando  el  jefe  do  las  fu 
zas  nacionali'3  on  Córdoba,  y  dejaba  a)  pueblo  cordobés  en 
bortad  de  elejir  au  nuevo  gobernador  decididamente  artigui; 

Poco  después  do  csü  singidar  cambio  de  autoridad  produc 
á  2ÍK)  leguas  do  distancia  por  un  solo  oficio  dol  Jeíe  de 
Orieutalea,  fué  cuando  las  autoridades  de  Córdoba  le  enviai 
el  presente  de  una  magnifica  espada  con  vaina  de  oro,  que 
giiarda  como  una  j)recio3a  reliquia  en  el  Museo  de  Montevie 
y  en  la  cual  se  loe  la  sigiiiente  inscripción, 

«  La  espada  del  General  Aktkjas  » 
«  Cóudoba  es  pus  rniMEnos  ensayos  a  bu  pbotectob 
EL   INMOUTAL   Geneual  VOS  JosÉ  Autígas  » 
En  la  hoja : 

«  cóedoba  independiente  a  su  pttotectob 
General  don  José  Aktigas  :  año  db  mil  ochocientos  quino 

Hé  aquí  las  notas  á  que  hornos  hecho  referencia: 
«  Si  la  Libertad,  ese  idolo  de  todos  los  pueblos  americano: 
quien  han  sacrificado  sus  fortunas,  y  consagrado  sus  vidas, 
la  tranquilidad  y   seguridad  pública,  la  moderación  parfcicu 


—  423  — 

y  el  imperio  de  las  leyes;  si  V.  S.  es  el  protector  de  esta  Liber- 
tad ;  cuan  didce  y  consoladora  debe  ser  esta  idea  al  virtuoso  y 
patriota  pueblo  de  Córdoba  que  representamos !  Invocando, 
pues,  la  patria,  los  derechos  del  hombre,  la  filantropía,  y  los 
nombres  más  sagrados,  este  Pueblo  dá  A  V.  S.  las  gracias  por 
su  protección,  y  en  vista  de  ella  ha  procedido  á  la  elección  del 
.  nuevo  Jefe  que  ha  recaído  en  el  Coronel  don  José  Navarro  Diaz. 

«  El  pueblo  de  Córdoba  después  de  repetir  á  V.  E.  su  más 
vivo  reconocimiento,  cree  que  sin  herir  la  magnanimidad  de 
V.  S.  debe  añadir  que  en  el  caso  inesperado  de  padecer  ofensas 
sus  derechos,  protesta  con  esa  misma  libertad  que  V .  S.  ha 
garantido,  que  aunque  sufriese  las  condiciones  de  su  indefen- 
sión obedeciendo  al  imperio  de  las  circunstancias,  siempre  vo- 
larán sus  deseos  hacia  la  encantadora  y  amada  imagen  de  la 
Libertad.  Asi  contesta  á  V.  S.  el  pueblo  agradecido  de  Córdo- 
va,  suplicando  se  sirva  dispensar  la  tardanza  de  la  respucjta 
que  no  ha  estado  á  su  arbitrio  el  evitar.  Dios  guarde  á  V.  S.  etc. 

«  Sala  Capitular  y  Pueblo  unido  de  Córdoba    -  29  de  Marzo 
de  181B. 

José  Norherto  Allende  —  José  Manuel  Solares 
— José  Luis  Escobar  —  José  Felipe  Matin  —  Vic- 
torio  Freites  —  Vicente  Carvalan  — Pedro  Antonio 
Latid  —  Félix  Dalmacio  Pinero  —  Felipe  Arias 

—  Mariano  Lozano  —  Por  Comisión  del  Pueblo  i 

—  José  Antonio  Cahrei'a  —  José  Roque  Lavid. 

«  Señor  General  en  Jefe  de  las  fuerzas  Orientales,  don  José 
Artigas.  » 


El  mismo  dia  en  que  el  Cabildo  de  Córdoba  aceptaba  tan 
entusiastamente  la  protección  de  Artigas;  el  General  Ocampo 
le  dirigía  esta  otra  nota  resignando  de  mal  talante^  pero  resig- 


y^ 


^ 


—  424   - 

nando  el  mando  acte  la  orden  del  prestigioso  candi! 
6308  momentos  preparaba  en  la  Bajada  del  Paraná  i 
para  invadir  la  provincia  de  Buenos  Aires  y  combatí 

«  Ni  yo,  ni  la  Guarnición  de  esta  plaza,  aunque  re 
á  la  suprema  autoridad  constituida  por  los  pueblos 
más  bemos  ORrimido  á  estos  ciudadanos.  Es  una  fue 
por  el  mismo  pueblo  para  mantener  el  orden  y  tr 
pública,  pues  jamás  ha  necesitado  de  otra. 

«  Asi  que  recibí  la  comunicación  de  V.  S.  del  24, ; 
se  de  la  que  dirigió  á  este  Ilustre  Ayuntamiento,  en 
nifiesta  el  pleno  goce  de  sus  dereclios,  y  que  habia  s 
do  y  convocado  por  eso  pueblo,  cité  por  Bando  á  tot 
dadanos  al  Cabildo  abierto:  allí  hecha  demisión  de 
me  retiré  para  que  con  entera  y  absoluta  libertad,  c 
sin  mi  asistencia  sobre  la  intimación  do  V,  S.  El  cui 
talar  le  dirá  mi  comportacion  franca  y  generosa  en 
y  que  aunque  como  hijo  de  la  Provincia  tenia,  un  reí 
recho  como  primer  ciudadano,  mi  principal  objeto  ! 
á  que  el  pueblo  goce  de  quietud  y  sosiego. 

«  Queda  pues  el  mando,  y  la  tropa  de  esta  dotaci 
sicion  del  mismo  pueblo,  y  do  la  autoridad  que  ha  c 
y  por  consecuencia  exonerado  yo  del  mando  que  n 
el  Supremo  Gobierno.  Me  retiraró  adonde  me  acoi 
soy  persona  libre  para  elegir  el  domicilio  que  más 
Devuelvo  á  V.  S.  las  mismas  espresiones  con  que  mt 

Dios  guarde  á  V.  S. 

Córdoba,  Marzo  29  de  1816. 

Francisco  Antonio  de  Oa 
Al  Señor  G-eneral  en  Jefe  don  Jasé  Artigas.  » 


—  426  — 


Hechos  de  esta  clase  tan  admirables  y  c 
el  prestigio  del  Protector  de  los  Pueblos  Libres  c 
persuadido  á  los  círculos  y  gobiernos  unitarios  do 
Buenos  Airea,  que  la  causa  sostenida  por  aquel  n 
clamaba  ser  acatada  y  aceptada  conciliatoriamen 
inevitable  trasformacion  política  sostenida  por  1e 
la  nación,  que  debía  operarse  por  la  razón  ó  la  fue 

Pero  en  lugar  de  pactar  con  aquel  movimiento 
cional  que  se  imponía  á  las  camarillas  gubemativ 
defeccionar  de  la  causa  americana,  trayendo  un 
jero. 

Necesitamos  sobreabundar  en  pruebas  á  este  ra' 
de  llevar  al  ánimo  del  lector  iraparcial  el  convencí 
quienes  fueron  los  verdaderos  autores  de  esos  ater 

Nada  puede  presentarse  más  fehaciente  y  verídi^ 
pecto  que  los  detalles  que  presenta  y  los  caliñaati 
plea  el  mísmo  General  Mitre  en  su  Sisfona  de  Be] 
rrar  los  principales  incidentes  que  prepararon  y  i 
á  la  invasión  portuguesa  contra  la  Banda  Oriental 

Vamos  á  transcribir  una  de  esas  pajinas  escríl 
habihdad  y  con  elevada  serenidad  de  espíritu  al 
hechos,  pero  en  la  que  se  conoce  cuan  violento  esi 
al  historiador  argentino  el  no  dajar  correr  la  pluí 
de  Juvenal,  flagelando  sin  compasión  las  traiciouf 
oidades,  y  las  insidias  de  los  políticos  y  diploraátic 
Directorios  que  proponían  la  venta  de  la  patria  p< 
ñeros  en  las  antesalas  de  los  Ministros  de  Negocio 
ros  de  algunos  monarcas  Europeos,  y  especialmen 
neiro  ante  el  Rey  de  Portugal, 

Podríamos  nosotros  trascribir  algnnos  de  loe  pr 
(¡amentos  que  se  encuentran  consignados  en  el 
R-oceso  original  de  <dta  traidon  formado  «n  Buem 
¿rden  del  Gtobernador  Sarratea  contra  el  gobierne 


_  42G  — 

Puoyrredon  y  contra  los  príucipales  miembios  cTel  Congi'6; 
Tiicuman;  paro  preferimos  por  ahora  autorí?;ar  nuestras 
maciones  con  las  del  mismo  Geiicriil  Mitre,  por  mas  qu« 
en  su  sistemática  é  injusta  míilovolencia  contra  el  Genera' 
tigas  haga  uso  do  frases  injui'ínntcs,  al  misino  tiempo 
arrebatado  por  sus  soutímientos  do  l';a!t;id,  reconoce  y  ena 
la  firmeza  de  convicciones  del  gran  caudillo  Oriental  y  1) 
fluencia  que  estas  tuvieron  en  la  salvación  del  sisttma  i 
blicano  entre  nosotros,  combatiendo  las  tenebrosas  iutrig. 
algunos  monarquistas  argentinos  y  orientales . 

Dice  así  el  Ganeral  Mitre,  (Tomo  segundo  pijina  409  y 
aunque  velando  con  cordial  templanza  y  con  atenuacione 
fisticaa  la  gravedad  de  los  atontados  qno  como  historiadoi 
ticiero  y  republicano  debiera  estigmatizar  sin  reticencias. 

«  Los  pueblos  anarquizados  y  los  caudillos  anárquicos 
senvolvian  fuerzas,  que  de  otro  modo  liabrian  permanecid 
tentes  destruyendo  con  ellas  el  instrumento  viejo,  obstando 
su  resistencia  inconnenic  &  qttc  triunfasen  proyectos  bastí 
como  Jos  de  San-atea,  Belgrano  y  Rivadada  en  Londres,  ; 
do  Garcia  en  Rio  Janeiro.  El  mismo  Artigas,  con  su  bn 
dad  y  sus  instintos  disolventes,  representaba  ante  Jasociabi 

ar^CIiftwa  UN  PKINXIPIO  BE  VIDA  MAS    TnASCENDBS'TAL    qUe   C 

sostenía  é!  diplomático  argentino  en  la  Corte  del  Brasi!,  ei 
jando  ó  creyendo  empujar  á  las  tropas  portuguesas  parae 
nar  una  fuerza  que,  aunque  bárbara,  era  una  fuerza  vital 
pérdida  debía  debilitar  el  organismo  argentino. 

«  Por  oso,  ante  la  opinión  ardiente  de  los  contempera 
lo  mismo  que  ante  el  juicio  sereno  de  la  posteridad,  la  pol 

TENEBROSA  QUE  VEKIÜOS  HISTOBIANDO,  HA  SIDO  rOUALHENTE 

BINADA,  porque  ella  sin  resolver  ninguno  de  loe  i)roblemas  i 
revolución,  los  co>npUcaI)a;  sacrificaba  dpon-cnir  de  la  repí 
á  los  miedos  del  momento,  y  dado  que  sus  designios  se  realít 
ene}-vaha  por  una  serie  de  generaciones  las  fuerzas  de  un  p 


>_  427  — 

independ'iento  y  Vire,  degradando  él  carader  naaonah  y  hasta 
renegaha  de  la  propia  raza.  »  ! ! 

Hasta  aquí  el  General  Mitre. 

Bastaría  á  nuestro  propósito  la  trascripción  anterior,  poro 
ella  queda  incompleta  sino  robustecemos  sus  coní^ecuenoias 
con  la  reproducción  de  varios  documentos  análogos  al  que  pu- 
blicamos antes,  de  don  Bernardino  Rivadavia,  y  que  comple- 
mentan el  triste  cuadro  de  esas  traiciones  á  la  causa  america- 
na, perpetradas  por  los  mismos  que  más  combatieron  y  calum- 
niaron á  Artigas  j  que  así  justificaron  sus  fundadas  resisten- 
cias. 

Hé  aquí  la  Instrucción  dada  por  el  Director  Posadas,  el  mis- 
mo que  puso  á  aquel  fuera  de  la  ley,  dirigida  al  General  Bel- 
grano  en  la  misión  que  envió  á  Europa  en  1814  para  traer  un 
príncipe  español  con  conocimiento  y  aprobación  de  algunos 
de  los  principales  miembros  de  la  Asamblea  General  Constitu- 
yente: 

Instrucciones  dadas  por  el  Director  Supremo  Posadas  al  Gene- 
ral Belgrano  en  su  misión  á  Europa. 

«  Como  el  exacto  desempeño  y  éxito  feliz  de  la  Comisión 
encargada  á  V.  S.  y  á  don  Bernardino  Rivadavia  exijo  que  di- 
vidan su  atención  para  gestionar  con  igual  destreza  en  las 
coi  tes  de  Madrid  y  Londres,  según  el  semblante  que  presenten 
los  tratados  en  la  primera,  se  bace  preciso  que  dirigiéndose  á 
ella  solo  su  socio,  fije  V.  S.  en  esa  su  residencia  para  aprove- 
cbar  las  circunstancias,  y  sacar  todo  el  partido  posible  de  las 
noticias  y  comunicaciones  que  deberá  hacer  aquel  a  V.  S.  des- 
de Madrid;  quedando  siempre  expedito  en  un  caso  imprevisto 
y  desgraciado  que  baga  desaparecer  toda  esperanza  de  conci- 
liación por  parte  del  Monarca,  para  adoptar  medidas  y  enta- 
blar pretensiones  de  acuerdo  en  todo  con  don  Manuel  Sarratoa 


á  efecto  de  proporcionar  las  mejores  ventajas  y  li 
de  estas  provincias,  sobre  bases  sólidas  y  permanf 
consecuencias  y  considerando  que  el  viaje  y  peri 
España  de  don  Bemardino  Rivadavia  debe  ponei 
cesídad  de  causar  mayores  gastos,  he  determina 
consigo  las  dos  terceras  partes  de  los  fondos  des 
comisión  quedando  V.  S.  con  lo  restante  para  su 
mientras  que  le  lleguen  los  socorros  pecunierioB 
de  hacer  poner  en  manos  de  V.  S.  cou  la  calidad 
dos  terceras  partes  al  expresado  don  Bernardir 
durante  su  existencia  en  España  —  Dios  guarde 
chos  años.  Buenos  Aires,  Diciembre  10  de  1814. 

Gcrracio  Antonio 

Al  Brigadier  don  Manuel  Bel  gran  o. 

La  siguiente  comunicación  revelará  también 
conyicciones  del  mismo  Gobierno  de  Posadas,  di 
Ministro  el  doctor  Herrera  al  doctor  Passo,  Envi¡ 

«  Reservado — El  supremo  Director  despacha  a 
zuela  un  Diputado,  espresándole  haber  cesado  L 
continuar  la  guerra  entre  el  gobierno  de  Lima 
provincias,  después  de  ocupado  el  trono  por  el  st 
nando  VII;  que  nosotros  nos  entenderemos  con 
dirijiremos  oportunamente  nuestros  diputados,  p 
nuestros  derechos  con  loa  que  él  tiene  al  rocon 
sus  vasallos ;  que  anuladas  las  cortes  por  su  magí 
fin  se  le  remite  copia  del  decreto  de  la  materia)  i 
principios  en  que  podía  fundar  la  agresión  k  nneí 
y  se  le  hacen  sobre  tales  bases  las  más  ser 
reencargando  la  responsabilidad  ante  el  tront 
sangre  que  se  derramase  por  su  oposición  al  retí 


—  429  — 

Desagtiadero,  dejando  libres  los  pueblos  que  corre 
¿  este  vireínato;  y  que  en  caso  de  uo  bailarse  facult 
este  procedimiento,  lo  consulte  al  virey  de  Lima,  baci 
sar  hasta  su  respuesta  las  hostilidades.  Todo  esto  es  c 
jeto  de  retardar  sus  operaciones,  paralizar  sus  movic 
adelantar  nosotros  las  medidas  que  tomamos  para  d 
con  la  fuerza  de  nuestro  territorio,  y  en  todo  caso  par 
car  co7i  uti  reconocimiento  indirecto  Jos  derechos  dd  s. 
Feí-nando.  S.  K.  me  ha  ordenado  se  lo  comunique  á  usl 
lo  verifico  para  que  ae  insinúe  con  ese  gobierno  á  efec 
dé  el  mismo  paso  con  el  General  Gainza  y  logre  por 
io  los  mismos  fiuea  que  nosotros  nos  hemos  proj 
Buenos  Aires,  Agosto  24  de  1814.  —  Dios  guarde  i  u 

«  Nicolás  de  He 

«  Señor  don  Juan  José  Passo.  » 

Los  documentos  que  anteceden  revelan  la  intima  ; 
dirección  de  Posadas  en  esos  inicuos  planes  para  tra 
los  patriotas,  y  monarquizar  la  América.  ¿  Qué  extrar 
así  procediese  el  desleal  mandatario  que  queria  gobei 
pueblos  aunque  fuera  poniendo  un  «  hanco  ó  un  fítfti 
£e¡/  de  los  argentinos  »  según  le  escribía  cinicamentt 
deau,  en  la  carta  que  éste  publicó  en  su  Auto-biogra 

Veamos  ahora  caer  y  envilecerse  en  las  mismas  d« 
vergonzosas  al  sobrino  y  sucesor  del  Director  Fosada 
nemérito  y  arrogante  General  Alvear^á  los  pocos  dia 
berlo  reemplazado  á  aquel  en  el  mando  supremo,  perc 
conservando  como  su  Ministro  de  Relaciones  Ext« 
doctor  don  Nicolás  Herrera,  proponíase  entregar  las 
cías  unidas  al  !Rey  de  Inglaterra,  cuyas  banderas  se 
ban  en  los  templos  argentinos  como  nobles  trofeos  c 


—  430  — 

ar.tos  (iiie  traiiNar  cm  los  patriotas  qno  dirigidos  por  J 
imperaban  en  las  provincias  que  ¡se  llamaban  aitarq. 
¡jori'juü  no  queiíiin  soiiieterso  al  fevroo  yugo  del  misijio 

Hi!  aquí  u;;a  do  las  notas  dirijidas  por  Alvpar,  de  i 
portador  á  Eio  Janeiro  el  mismo  doctor  don  Mannel 
qno  inició  con  ella  sn  triste  carrera  diplomática,  comi; 
ai  tfecto  para,  iipiesurar  y  realizar  esa  colosal  traición ; 
¿  no  haber  sido  por  los  suces^ís  que  sü  desenvolvian  en 
despitcs  de  la  vn->lta  de  Kapoloon  do  1a  isla  do  Elba 
Cien  día?,  y  por  las  resistonc:ias  cada  vez  más  viotori' 
Artigas,  habría  presentado  el  odioso  fonúmotio  do  un  g' 
nacional,  entregando  su  nación  á  un  odiado  poder  extr 
Y  ¡monstruosidad  pasm'sa!  elojiaso  pava  esa  entrega  al 
poder  que  siete  años  autos  había  rendido  en  un  san 
asalto  á  la  Reconquistadora  Montevideo,  dejando  atro 
cuerdos,  y  más  tai-do  en  justiciera  retaliación  rendido  s 
derosas  armas  en  tremendos  combates  en  Buenos  Aires 

!  Qué  horribles  degradaciones  oculta  nuestra  triste 
consoladora  historia ! 

lié  aquí  la  nota  dirigida  al  efecto  por  el  Director  A 
Lord  Strangford,  Ministro  Británico  en  Rio  Janeiro 
época. 

«  Muy  señor  niio :  don  Manuel  García,  mi  Consejero  de 
instruií'á  á  V.  E.  do  mis  iiltimoa  designios  co:i  respec 
jjacificacion  y  futura  suerte  de  estas  Provincias. — Cin 
do  repetidas  espcriencias,  han  hcclio  ver  de  un  modo  iiit 
á  todos  los  hombres  de  juicio  y  opinión,  qno  esto  país 
en  edad  ni  en  estado  do  gobernarse  por  f-i  mismo,  y  qu 
sita  una  mano  esLcrior  quo  lo  dirija  y  contenga  en  la  es 
orden,  nxiít:^  í¡t.\-3  ¡■■o.  prcozpito  en  los  horrores  do  la  au: 
Pero  también  ha  hecho  conocer  el  tiempo  la  imposibil: 
que  vuelvan  á  la  antigua  dominación,  pOr  quo  ol  odi 
Españoles,  quo  ha  excitado  su  orgullo  y  opresión  d( 


_  431  — 

tiempo  do  la  conquista,  lia  saljido  do  punto  con  los  si 
duaengaños  de  sa  fiereza  durante  la  revolución.  Ha  si 
sario  toda  prudencia  política  y  ascendiente  del  Gijbii 
tual  para  apagar  la  irritación  que  lia  cauando  en  la 
estos  habitantes,  el  envío  do  Dipiitado9  al  Rey.  La  sol 
composición  con  los  españolea,  los  exalta  liasta  el  fani 
todoí  juran  on  público  y  eu  secreto  morir  antes  que: 
&  la  metrópoli.  En  estas  circunstancias  solamente  la 
nación  Británica  puedo  poner  un  remedio  eficaz  á  tan( 
acojiendo  en  sus  brazos  á  estas  Provincias  que  obedí 
Gobierno,  y  recibirán  sus  leyes  con  el  mayor  placer ; 
conocen  que  es  el  único  medio 'de  evitar  la  destnic 
país,  á  que  están  dispuestos  antes  quo  volver  á  la  ant 
ridumbro,  y  esperar  de  la  sabiduría  de  esa  nación,  lui; 
cia  pacifica  y  dichosa. 

«Yo  nodulo  asegurar  áV.  E.  sobre  mi  palabradas 
este  es  el  voto  y  el  objeto  de  las  esperanzas  de  todos  los 
sensatos,  que  son  los  que  forman  la  opinión  real  de  lo: 
y  si  alguna  idea  puede  lisonjearme  on  el  mando  que 
no  es  otra  que  la  de  poder  concurrir  con  la  autoridac 
der  á  la  realización  de  esta  medida  toda  vez  que  se  a 
la  Gran  Bretaña. 

«Sin  entrar  en  los  arcanos  de  la  politica  del  Gabine 
yo  he  llegado  á  persuadirme  que  el  proyecto  no  ofrec 
embarazos  en  su  ejecución.  La  disposición  de  estas  p 
es  la  mas  favorable,  y  su  opinión  está  apoyada  en  Is  ] 
y  en  la  conveniencia,  que  son  los  estímulos  más  fu 
corazón  humano. 

«  Por  lo  tocante  á  la  Nación  Inglesa  no  creo  que  p 
sentarse  otro  incouvcuiente,  que  aquel  que  ofrece  la  c 
del  decoro  nacional  por  las  consideraciones  do  todos  á 
y  relaciones  con  el  Rey  de  España.  Pero  yo  no  veo 
sentimiento  de  nundonor  haya  de  preferirse  al  gram 


que  piiede  prometerse  la  Inglaterra,  de  la  posesión 
de  eate  continente,  y  la  gloria  de  evitar  la  deatruccioi 
parte  cousiderable  del  nuevo  mundo,  especialmente  s: 
xiona  que  la  resistencia  á  nuestras  solicitudes,  tan 
asegurar  á  los  Españoles  la  reconcjuista  de  estos  paíse 
ria  más  que  autorizar  una  guerra  civil  interminablf 
haría  inútil  parala  metrópoli  en  perjuicio  de  todas  las 
Europeas.  La  Inglaterra  que  lia  protegido  la  libertai 
negros  en  la  costa  do  Á-frica,  impidiendo  con  la  fuer 
mercio  de  esclavatura  á  sus  más  íntimos  aliados,  i 
abandonar  á  su  suerte  á  los  habitantes  del  Eio  de  la 
el  acto  mismo  en  que  se  arrojan  á  sus  brazos  generóse 
V.  E.  que  yo  tendría  el  mayor  sentimiento,  si  una  repuls 
á  estos  pueblos  en  los  bordes  de  la  desesperación;  por 
hasta  que  punto  llegarian  sus  desgracias,  y  la  dific 
contenerlas,  cuando  el  iesórdan  haya  hecho  ineficaz 
medio,  Pero  yo  estoy  muy  distante  de  imaginarlo, 
conozco  que  la  posesión  de  estos  países,  no  es  estorbe 
glaterra  para  eapresar  sus  sentimientos  de  adhesión  á  h 
en  mejor  oportunidad,  y  cuando  el  estado  de  los  neg 
presente  los  resultados  funestos  que  tratan  de  evitari 
Yo  deseo  que  V.  E.  se  digne  escuchar  á  mi  enviado 
con  él  lo  que  V.  E.  )uzgue  conducente,  y  manífestí 
sentimientos,  en  la  intelijencia  que  estoy  dispuesto  á  ■ 
las  pruebas  de  la  sinceridad  de  esta  comunicación,  y 
consuno  las  medidas  que  sean  necesarias,  para  realiza 
yecto,  si  en  el  ooncepto  de  V.  E.  puede  encontrar  una 
íeliz  en  el  ánimo  del  Eey  y  la  Nación.  —  Dios  guardt 
Buenos  Aires,  Enero  23  de  1816. 

Carlos  de  Alret 

Excmo.  señor  Tiaconde  Strangford,  Embajador  de  S. 
la  Corte  del  Brasil.> 


—  483  — 

Veamos  ahora  como  se  expedían  en  Europa  y  Brasil  los 
comisionados  de  Posadas,  señores  Sarratea,  el  mismo  que  tanto 
hostilizó  á  Artigas,  el  doctor  Eivadavia,  el  General  Belgrano, 
y  el  doctor  Garcia,  á  fin  de  traer  como  en  andas  un  Rey  Ar- 
gentino y  Oriental. 

Como  en  inculpaciones  tan  graves  como  las  que  hacemos  á 
los  mas  encarnizados  enemigos  de  Artigas,  es  necesario  ser  ante 
todo  rigorosamente  justicieros,  dando  á  cada  uno  la  j)arte  que 
le  haya  tocado  en  aquellos  siniestros  planes,  creemos  indispen- 
sable hacer  constar  la  siguiente  declaración  del  General  Bel- 
grano, que  es  sin  duda  una  salvedad,  tratando  de  demostrar 
su  rol  secundario  y  pasivo  en  esa  odiosa  negociación,  en  que 
sin  duda  era  seducida  su  candidez  por  la  sutil  astucia  y  dupli- 
cidad de  sus  colegas. 

En  un  Informe  presentado  al  Director  Supremo  interino  en 
Buenos  Aires,  el  tres  de  Febrero  de  mil  ochocientos  diez  y 
seis,  dando  cuenta  de  su  misión  á  Europa,  se  expresa  en  estos 
términos,  que  merecen  tenerse  en  cuenta  com  .^  una  atenuación 
siquiera  de  la  mal  meditada  participación  en  esas  odiosas  de- 
fecciones del  leal  y  caballerezco  vencedor  de  Salta  y  Tucuman. 

Dice  así  el  General  Belgrano  : 

«  Fué  consiguiente  a  esto  que  don  Bernardino  Eivadavia 
«  tratase  de  metodizar  el  plan  y  darle  existencia  de  un  modo 
«  sólido,  y  ponerse  todo  tan  en  orden  que  á  haber  querido  el 
«  Rey,  nada  tenia  que  hacer  sino  firmar :  enseñó  á  Sarratea 
«  como  había  de  extender  las  Instrucciones  que  todos  tres  fir- 
«  mamos,  y  como  se  había  de  dirijir  en  su  presentación  al  Rey : 
«  en  una  palabra,  Eivadavia  fué  el  director  del  asunto,  como 
«  perfectamente  instruido  en  nuestros  sucesos,  y  con  atención 
<c  á  todos  los  conocimientos  que  posee,  y  el  pulso  y  tino  que  le 
«  acompaña;  quedándome  á  mi  solo  el  ser  escribiente  del  todo.» 

Las  opiniones  individuáis  de  Belgrano,  sin  hallarse  bajo  la 
presión  de  engañosos  sofismas,  pueden  conocerse  mejor  conje- 

29 


m 


—  434  — 

turindolaB  por  el  siguiente  párrafo  de  una  carta  c 
mismo  doctor  Eivadavia  desde  Jujuy  en  19  d( 

1812,  la  que  se  encuentra  en  el  Apéndice  de  la  obrí 
Mitre. 

«  Crea  Vd,  queningan  cuidado  tengo  por  laa  c 
«  ropa;  sé  que  la  España  no  ha  de  ser  sino  lo  quo  ( 
*;  león,  y  que  en  nada  nos  puede  perjudicar  :  no 
«.  debemos  affjñmr  á  tener  relaciones  ron  ninguna  dt 
«  que  la  habitan :  cUas  iendn'm  cuidado  de  traernos 
«  temos,  y  do  buscar  nuestra  amistad  por  su  propio  in 

Permítasenos  al  llegar  aqui  un  recuerdo  de  nue 
juventud,  relativo  á  estas  mismas  tristes  revelacio 
toria  patria. 

En  la  obra  en  Inglés  de  Sir  "Woodbiue  Parish 
res  y  las  Provincias  dct  Eio  de  la  Plata  »  que  t 
anotamos  extensamente  hace  treinta  y  un  años,  d 
bamos  antes,  so  conteiiian  en  el  Apéndice  algunos 
mentes  que  evidenciaban  esas  vergonzosas  defec( 
ellos  se  iucluia  la  reverente  petición  y  siíplica  din 
IV  por  Belgrano  y  Rivadavia,  y  otros  documen' 
á  negociaciones  análogas.  Por  un  aontimicnto  d 
aun  de  candor  juvenil,  como  Argentinos,  y  aui 
amarga  decepción  á  que  no  queriamos  resignan: 
que  podíamos  creer,  esperando  á  mejores  pmebas, 
mos  á  suprimir  algunos  de  esos  documentos,  de  cuy 
autenticidad  muy  pronto  después  nos  cercioramoi 
mos. 

Con  este  motivo  decíamos  entonces  lo  eiguienti 
esa  supresión  (T.  2,  p,  394) 

«  En  el  original  inglés  hay  uh  documento  fin 
«  General  Belgrano  y  el  doctor  Rivadavia,  datadi 
«  el  16  de  Mayo  de  1816,  y  que  precede  k  los  ai 
«  flu  fecha;  pero  su  contenido  es  de  tal  carácter,  qt 


—  436  — 

«  mitido  omitirlo  en  este  apéndice.  Esta  omisión  despoja  á 
«  esta  traducción  española  de  un  valioso  agregado ;  pero  en 
«  cambio,  ella  será  bien  acojida  por  los  corazones  generosos, 
«  que  preferirán  la  privación  de  una  estéril  curiosidad,  al  opro- 
«  bio  que  pueda  recaer  sobre  nombres  y  reputaciones  que  como 
«  el  del  primero,  son  el  mas  glorioso  timbro  do  la  hidalguía 
«  Argentina.  Sírvame  esto  de  escusa,  como  tnmbien  los  esfuer- 
ce zos  (aunque  inútiles)'  que  he  hecho  por  encontrar  en  la  Bi- 
«  blioteca  de  Buenos  Aires,  y  en  algunas  particulares,  algunos 
«  documentos  correlativos  que  esplicasen  el  que  he  omifcido  ». 

Hó  aquí  aliora  los  dos  documentos  que  hemos  elejido  entre 
tantos  otros  igualmente  demostrativos  de  la  pasmosa  perver- 
sión de  ideas,  de  la  incalificable  traición  que  so  proyectaba  á 
fin  de  extirpar  del  suelo  argentino  y  oriental  las  gloriosas  tra- 
diciones do  Mayo,  al  triunfo  do  las  cuales  se  liabian  consagra- 
do en  alma  y  vida  los  ciudadanos  de  estas  provinciaSj  entro  los 
cuales  le  habia  tocado  á  Artigas  y  a  los  Orieutales  una  tan 
noble  iniciativa. 

Hé  aquí  dichos  dos  documentos: 

Froyecfo  de  convenio  con  CáriGS  IV. 

«  Don  Manuel  Sarratoa,  d^n  EoTiiardino  Eivauavia  y  don 
Manuel  Belgrado,  plcnaniQiite  facultados  por  el  gobierno  de 
las  Provincias  del  Rio  de  la  TI  ata,  para  tratar  con  el  Rey 
Nuobtro  Sefior,  el  scuor  don  Garlos  IV  (que  Dios  guarde)  á 
fin  de  conseguir  del  justo  y  piadoso  ánimo  do  S.  M.  la  institu- 
ción de  un  Keino  en  aquellas  provincias  y  cesión  de  él  al  Se- 
renísimo Señor  Infante  don  Francisco  de  Paula,  en  toda  y  la 
mas  necesaria  forma: 

Prometemos  j  juramos,  á  nombre  de  nuestros  comitentes 
que  ón  el  caso  quo  la  Corte  do  Madrid  resentida  por  tan  justa 
medida,  retire  ó  suspenda,  en  x^arte,  ó  en  todo,  las  asignaciones 


—  436  — 

qae  están  acordadas  al  Eey  Nuestro  Señor  Don  Cártos  I 
rá  inmediatamente  asistido  con  la  suma  igual  que  se  le  1 
re  negado,  ó  suspendido,  en  dinero  efectivo,  por  el  tiem^ 
durase  la  suspensión  ó  resistencia  de  la  mencionada  Ci 
cumplir  en  estas  partes  sus  obligaciones. 

Kn  igual  forma  nos  obligamos  á  que  en  caso  de  fallecí 
to  del  Rey  Nuestro  Señor  D.  Carlos  IV  ( Que  Dios  no  peí 
se  sufragarán  á  la  Rnina  Nuestra  Señora,  Doña  María 
de  Borbon,  las  mismas  asignaciones  por  via  de  vindoda 
raute  toda  su  viila  { ! ! ) 

Y  á  fin  de  que  la  prefijada  obligación  sea  reconocida  ] 
Gobierno  y  la  It  epr  es  enlacio  n  de  las  Provincias  del  Rio 
Plata,  y  el  Principe  qne  en  ellas  sea  constituido,  estén 
cuatro  ejemplares  del  mismo  tenor,  tres  de  los  cuales  se 
tiran  á  Nuestro  Rey  y  Señor;  para  que  dignándose  ai 
este  testimonio  de  nuestro  reconocimiento,  quiera  devoh 
dos  de  ellos  con  su  Real  aceptación  para  los  fines  indi 
quedando  el  cuarto  en  nuestro  archivo,  firmados  y  se 
con  el  sello  de  las  Provincias  del  Rio  de  la  Plata  en  L6n 
diez  y  seis  de  Mayo  de  mil  ochocientos  quince, 

Mamid   de   Sarratea  —  Bernaidino    Sivada 
Mannd  Bdgmno. 


Proyecto  de  convenio  con  Godoy  el  Friacipa  de  la  F 

Don  Manuel  Sarratea,  don  Bemardino  Eivadavia  j 
Manuel  Belgrano,  plenamente  facultados  por  el  Suprema 
bíerno  de  las  Provincias  del  Rio  de  la  Plata,  para  tratar 
Rey  Nuestro  Señor,  el  señor  don  Carlos  IV  (Que  Dios  G- 
y  todos  los  de  su  real  familia  á  fin  de  conseguir  del  ji 
poderoso  ánimo  de  S.  M.  la  institución  de  un  Reyno  en 


—  437  — 

lias  Provincias  y  cesión  de  ól  al  Serenísimo  Infante  don  Fran- 
cisco de  Paula  etc. 

Por  el  presente  declaramos  en  toda  y  en  la  mas  bastante 
forma:  qué  en  justo  reconocimiento  do  los  buenos  servicios 
para  con  las  mencionadas  Provincias  del  Serenísimo  Señor 
Príncipe  de  la  Paz,  hemos  acordado  á  S.  A.  S.  la  pensión  anual 
de  un  Infante  de  Castilla,  ó  lo  que  es  lo  mismo  la  cantidad  de 
cien  mil  duros  al  año,  durante  toda  su  vida  y  con  el  juro  de 
heredad  para  él  y  sus  sucesores  habidos  y  por  haber  (!!) 

En  consecuencia,  nos  obligamos  en  igual  forma;  á  que  luego 
que  los  Diputados  don  Manuel  Belgrano  y  don  Bornardino 
Eivadavia,  lleguemos  al  Rio  de  la  Plata  con  el  Serenísimo 
señor  Infante  don  Francisco  de  Paula,  se  librarán  todas  las 
disposiciones  necesarias  para  que  se  abra"  un  crédito,  donde  y 
á  satisfacción  de  S.  A.  S.  el  señor  Príncipe  de  la  Paz;  á  fin  de 
que  pueda  percibir  con  oportunidad  y  sin  perjuicio  la  pensión 
acordada,  por  tercios,  según  la  costumbre  de  las  tesorerías  de 
América. 

«  Y  á  fin  de  que  la  citada  pensión,  sea  reconocida  y  ratifica- 
da por  el  G-obiomo  y  Representación  de  las  Provincias  del  Rio 
de  la  Plata,  y  necesariamente  por  el  Príncipe  de  la  Paz,  para 
que  puesta  su  aceptación  en  dos  de  ellos  nos  los  devuelva  á  los 
fines  indicados,  quedándose  con  el  tercero  para  su  resgua^-do 
y  el  cuarto  que  deberá  registrarse  en  nuestro  archivo,  firmados 
y  sellados  con  el  sello  de  las  Provincias  del  Rio  de  la  Plata,  en 
Londres  á  diez  y  seis  d©  Mayo  de  mil  ochocientos  quince. 

« Manuel   de   Sarratea  —  Bernardmo  Eiva- 
davia—  Manuel  Belgrano,» 

Tres  años  después  de  estas  tentativas  bastardas,  cuando  es- 
taba ya  casi  consumada  la  conquista  de  la  Banda  Oriental,  y 
cuando  más  airado  se  demostraba  el  sentimiento  de  las  pro- 
vincias argentinas  contra  la  dominación  odiada  de  Pueyrre- 


v^' 


-KH 


V 


—  438  — 

don  { (Hite  su  despotismo  y  crueldad,  fusilando  á  ta 
defensores  )  por  sus  pactos  inicuos  con  el  Portugí 
invasiones  que  habia  decretado  contra  el  Entre-E: 
Fé;  en  esos  momentos  supremos  en  que  negros  nul] 
el  horizonte  político  anunciaban  la  inminencia  ñ 
trofe  final;  Pueyrredon  con  su  Ministro  Tagle,  y  e 
funcionando  por  entonces  en  Buenos  Aires,  adond^ 
trasladado  desde  Tucumati,  daban  la  última  mano 
trama  de  traer  á  las  provincias  argentinas  por  met 
Bemardino  Rivadavia,  el  ilustro  político,  pero  el  im 
diplomático  de  las  traiciones  nacionales,  y  el  canóni 
lentin  Gómez,  enviado  expresamente  para  ayudarle 
dua  empresa;  de  traer,  decimos,  para  las  provincias 
al  Príncipe  de  Luca,  bajo  e!  protectorado  de  la  Fra 
Bey  do  las  Provincias  argentinas  inclusa  la  Banda 
el  Paraguay,  debiendo  extrañarse  que  no  se  liubie 
el  Alto  Peni. 

Concluiremos  esta  serie  muy  compendiada,  trascí 
párrafo  de  una  extensa  nota  del  Ministro  doctor  Ta, 
Sotiombie  de  1819,  dirijida  al  doctor  don  Valentii 
que  es  mas  pertinente  al  caso  en  cuestión : 

<!  Si  hay  entre  los  grandes  poderes  combinación 
«  para  el  reconocimiento  en  su  caso  de  nuestra  índ 
«  bajo  formas  monái-quicas,  es  también  anticipada 
«  la  resolución  de!  Soberano  Congreso.  En  las  Instru 
«  das  a  los  Diputados  García  y  Bivadavia,  y  en  las  qi 
«  á  V.  S.;  está  marcada  la  conformidad  do  ideas  eu 
«  con  el  aditamento,  solo  de  que  no  se  admita  Prínc 
«  de  la  dinastía  reinante  en  España,  ú  otra  de  infei 
«  No  por  eso  debe  V.  S.  tomar  la  iniciativa  sobre  í 
«  miento  de  la  independencia  en  los  téi^iaos  indic 

«  Todo  lo  contrario,  y  es  de  esperar  que  V.  S.  no 


—  439  — 

«  un  punto  de  la  conducta  que  se  ha  propuesto  seguir  en  otwi 
«  parte,  y  comunica  en  su  nota  oficial  de  20  de  Abril.» 

Completarán  estas  vergonzosas  comprobaciones  la  nota  del 
Ministro  doctor  Tagle  remitiendo  al  Enviado  Extraordinario 
del  Gobierno  do  las  Provincias  Unidas  del  Rio  de  la  Plata  las 
Instrucciones  expedidas  por  el  Congreso  á  efecto  de  monarqui- 
aarlas  y  firmadas  por  el  Presidente  del  mismo  doctor  Severo 
Malavia  en  Buenos  Aires  á  13  de  Noviembre  de  1819;  casi  en 
el  mismo  mes  en  que  los  caudillos  del  litoral  en  alianza  con  el 
General  Artigas,  enarbolaban  la  bandera  que  en  la  batalla  de 
Cepeda,  junto  con  la  sublevación  de  Arequito,  dirijida  por  los 
coroneles  José  M.  Paz  y  Bustos,  debia  extirpar  esa  nefanda 
prostitución  de  la  soberania  y  de  las  glorias  de  las  Provincias 
Argentinas. 

He  aqui  dichos  documentos: 

«  En  la  adjunta  copia  tiene  V.  S.  la  resolución  del  Sobera- 
no Congreso,  y  las  Instrucciones  á  que  debe  arreglarse  sobre 
el  grande  proyecto  indicado  por  el  Ministro  francés  y  comuni- 
cado por  V.  E.  en  nota  oficial  de  18  de  Junio. 

«  Una  detenida  meditación  sobre  las  ventajas  y  desventajas 
del  proyecto  sobre  las  observaciones  de  Y.  E.  y  sus  fundadas 
sospechas,  ha  fijado  la  resolución.  Per  ella  resulta  escepcio- 
nado  el  artículo  7  de  las  Instrucciones  generales,  se  ocurre  á 
cualquiera  asechanza  que  pueda  envolver  la  propuesta,  y  se 
pone  en  manos  de  V.  S.  el  que  proporcione  á  su  país  los  días 
de  felicidad  á  que  aspira.  Si  el  Ministro  no  ha  variado  de 
ideas,  si  la  frialdad  y  especie  de  indiferencia  de  que  informa 
V.  S.  en  nota  12  de  Agosto  no  tiene  por  objeto  desistir  ó  se- 
pararse de  la  propuesta,  espera  el  Gobierno  que  sabrá  V.  S. 
manejar  el  negocio  con  el  pulso  y  madurez  que  demanda  su 
Alta  importancia,  y  que  ciñéndo8«  4  las  Intrucciones  del  Sobe- 
rano Congreso  procederá  en  todo  conforme  á  su  tenor  y  al 


•*■*   --ti 


—  440  — 

espíritu  que  arrojan. — Dios  guarde  á  V.  S.  muclios  año 

1  Baenoa  Aires,  Noviembre  19  de  1S19  -  (írefforio    Tagle.— 

jl  ñor  Enviado  Extraordinario  D.  Valentin  José  íSomez.» 

p  Institicdones  anexas  á  que  se  refiere  el  anterior. 

«  Eesebvadísiuo-  Exmo.  Señor,  El  Soberano  Congreso, 

,  biendo  examinado  en  las  sesiones  del  27  y  30  del  mes  ante 

I  y  3  y  12  del  presente,  el  contenido  de  la  comunicación  dir 

:'  da  con  fecha  18  de  Junio  último  por  el  Enviado  extraord 

f  rio  cerca  do  los  poderes  Europeos  D.  José  Valentin  Goi 

(  que  V.  S.  acoiüpañó  á.  su  nota  rescí  radisima  del  2G  del 

h  próximo  paiado,  lia  acordado  lo  siguiente: 
r  «  Que  nueítro  Enviado  en  Pans  conteste  al  Ministro  de 

■^  laciones  Exteriores  de  S.   M.   Cristianiíima,  que   el   Gong 

¿  Nacional  de  las  provincias  Unidas  en  Sud  América  ha  co 
derado  con  la  mas  seria  y  detenida  meditación  la  propu 

I  que  hace  del  establecimiento  de  una  monarquía  constitucii 

■■  ■  en  estas  Provincias,  con  el  fin  de  que,   bajo  los  auspicios 

'■  Francia,  se  coloque  en  ella  el  Dnque   de   Luca,   enlazado 

>  ana  princesa  del  Brasil,  y  no  la  encuentra  inconciliable  ni 

t'  lo3  principales  objetos  de  la  revolución,  la  Libertad,  é  Ii 

f^  pendencia  política— ni  con  loa  grandes   intereses  de  las  i 

5  mas  provincias,  Pero  sin  embargo,  siendo  el  primero  y 

sagrado  de  sus  deberes  promover  eficazmente  bu  sólida   fe 

-  dad,  poniendo  término  4  la  efusiou  de  sa.igre,  y  á  las   fle 

1^  calamidades  de  la  guerra  interior,  y  exterior,  por  medio 

;  una  paz  honrosa  y  duradera  con  la  España  y  con   los  grai 

^^  poderes  de  la  Europa,  bajo  la  base  de  su  Independencia  a 

t  luta  y  de  las  relaciones  comerciales  de  recíproca  utilidad,  ] 

^  decidii-se  por  ellas,  necesitaría  que  se  le  hiciesen  efectivas 

a  Tentajas  que  envuelve  el  proyecto,  y  por  lo  mismo  prefe; 

P  para  Gefe  del  Gobierno  al  principe  que  se  hallara  en  m 

E'  Aptitud  y  con  mayores  recursos  para  realizarlas,  y  allanar 


—  441  — 

obstáculos  que  pueden  presentarse.  Que  bajo  de  este 
píos  la  autoridad  representativa  de  la  Soberanía  de  e 
vincias  podrá,  eonformarse  con  la  propuesta,  bajo  el 
las  siguientes  condiciones:  Piimei-a— Que  S.  M.  CrÍ£ 
tome  á  su  cargo  allanar  el  consentimiento  ds  las  ci 
Potencias  de  la  Europa,  especialmente  el  de  la  Ing 
aun  el  de  la  misma  España.  Segunda— Que  conseg 
allanamiento,  sea  también  del  cargo  del  mísmo  rey 
simo  facilitar  el  enlace  matrimonial  del  Duque  de  ] 
una  princesa  del  Brasil,  debiendo  este  enlace  tener  j 
tado  la  renuncia  por  parta  de  8.  M,  P.  de  todas  bus  ] 
nes  á  los  territorios  que  poseía  la  España,  conforme  á 
demarcación,  y  á  las  indemnizaciones  que' pudiera  ta 
citar  en  razón  de  los  gastos  invertidos  en  la  actual 
contra  los  habitantes  de  la  Banda  Oriental.  Tercera 
Francia  se  obligue  á  prestar  al  Duque  de  Luca  una 
entera  de  cuanto  necesito  para  afianzar  la  monarquia 
Provincias  y  hacerla  respetable:  debiendo  compreí 
ella,  todo  el  territorio,  y  la  antigua  demarcación  del 
to  del  Río  de  la  Plata,  y  quedar  por  lo  mibrao  dentr 
límites  las  Provincias  de  Montevideo  con  toda  h 
Oriental,  Entre-Ríos,  Corrientes,  y  el  Paraguay.Cííí 
estas  Provincias  reconocerán  por  sn  monarca  al  '. 
Lu:a,  bajo  la  Constitución  política  que  tienen  jurai 
cepcion  de  aquellos  artículos  que  sean  adaptables,  á 
ma  de  Grobíerno  Monárquico- hereditario ;  los  cuales 
marán  del  modo  constitncional  que  ella  previene.— 
Que  estando  convenidas  las  principales  potenc 
Europa  en  la  coronación  del  Duque  de  Luca,  di 
lizarse  el  proyecto,  aun  cuando  la  España  insista  en 
ño  de  reconquistar  estas  provincias. — Sexta — Que  ei 
ó  hará  la  Fiancia  qne  se  anticipe  la  venida  del  Duqu 
con  todas  las  fuerzas  que  demanda  la  empresa,  ó  £ 


—  442  -^ 

este  Gobierno  en  estado  de  hacer  frente  á  Iob  esfat 
España,  auxiliando  con  tropas,  armaa,  buques  de  g 
préstamo  de  tres  ó  mas  millones  de  pesos ,  pagac 
que  se  baya  concluido  la  gueiTa  y  tranquilizado  el 
ÍÍJJIB— Que  de  ningún  modo  tendrá  efecto  este  proj 
pre  que  se  tema  con  fundamento  que  mirando  la 
con  inquietad  la  elevación  del  Duque  de  Luca^  pu 
ñarse  on  resistirlo  j  frustrarlo  por  la  fuerza. — Ofíta': 
tratado  que  se  celebre  entre  el  Ministro  de  Belacior 
res  do  la  Francia  y  nuestro  Enviado,  deberá  ser  rat 
tro  del  tármino  que  para  ello  se  señale,  por  S.  M.  Ci 
y  por  el  Supremo  director  de  este  Estado,  con  preí 
timiento  del  Sonado,  según  las  formulas  conatiti 
Novena — Que  á  este  fin  se  procurará  nuestro  Envia 
po  que  se  considera  necesario  para  que  pueda  volv' 
despacbado  este  asunto  de  tan  alta  importancia,  coi 
con  toda  la  circunspección,  reserva  y  precaución  q 
su  naturaleza  delicada,  asi  para  que  no  aborto  e 
como  para  impedir  las  consecuencias  funestas  que  ( 
(si  llega  á  traspirar  prematuramente)  las  glosas  ma 
sabrán  dar  los  enemigos  de  la  felicidad  de  nuestra  ] 

Lo  comunico  á  V.  S.  de  orden  soberana  para 
consiguientes,  con  inclusión  de  la  nota  original  de : 
viado,  y  Memoria  del  Barón  de  R-eynebal.^Sala  ( 
en  Buenos  Aires  á  13  de  Noviembre  de  1819. — Jo 
Mal  AVIA,  Presidente— /y  TiííCT  o  Nimez,  Pro-Secr 
Exmo.  Supremo  Director  del  Estado. — Es  copia — '. 

Los  documentos  que  anteceden  bastan  por  sí  sol 
car  nuestras  afirmaciones.  Habla  en  los  pueblos  un 
table  propósito  de  adquirir  á  todo  trance  la  libertí 
entusiastamente  había  prometido  la  revolución  de 

Ante  ese  acendrado  y  uniforme  patriotismo  los  d 
la  política  habrían  debido  reconocer  desde  Buenos 


■"•*'í-i»tr' 


—  448  — 

en  medio  de  las  turbulencias  tan  inherentes  á  tan  radical  tras- 
formación  política  j  social  como  la  que  se  operaba  entonces;  las 
muchedumbres  urbanas  y  rurales  entrañaban  un  amor  ardiente 
á  la  patria,  que  nada  podía  amortiguar, ni  mucho  menos  extirpar. 

Con  esa  base  inconmovible  los  hombres  de  acción  como  Ar- 
tigas habían  asegurado  su  prestigio  y  ofrecían  ante  overturas 
conciliatorias  una  ancha  puerta  para  organizar  federativa- 
mente aquellas  provincias  dispuestas  á  la  conciliación. 

Dia  más,  dia  menos,  veíase  cercano  el  momento  histórico  en 
que  hubiera  podido  surjir  una  tentativa  ó  un  ensayo  si- 
quiera de  Confederación  Argentina,  anticipándose  cuarenta 
años  á  su  definitiva  organización  actual. 

Con  menos  infatuación  y  soberbia,  y  con  mas  ilustración  y 
patriotismo,  ante  aquel  cuadro  aleccionador  de  imponentes  ó 
insuperables  resistencias  provinciales  dirijidas  por  Artigas, 
legitimadas  cada  dia  mas  por  el  buen  éxito  de  sus  armas,  los 
obcecados  directores  do  la  política  gubernativa  en  Buenos  Ai- 
res, tanto  la  tenebrosa  y  absorvento  Logia  Laidaro,  el  boa 
constrictor  de  todas  las  ambiciones,  de  todas  las  intrigas  anti- 
populares; asi  como  los  Directores  Supremos  que  allí  goberna- 
ban en  virtud  de  motines  militares,  sin  mas  prestijío  que  la 
Toluble  voluntad  de  sus  preteríanos ;  habrían  debido  compren- 
•der,  sino  por  virtud  por  dura  necesidad,  que  había  llegado  la 
hora  suprema  de  los  avenimientos  y  de  la  transacion  con  los 
hermanos  en  armas. 

Ante  las  conveniencias  vitales  del  país,  los  políticos  mas 
obtusos  y  recalcitrantes  habrían  reconocido  su  error,  condoli- 
dóse  de  los  pueblos  que  condenaban  á  una  guerra  permanente, 
y  transigido  al  menos  ante  la  fuerza  invencible  de  los  hechos, 
^on  los  caudillos  provinciales,  encabezados  por  el  formidable 
Artigas,  asi  como  se  transó  en  el  Pacto  de  Santo  Tomó  reco- 
nociendo la  autonomía  de  Santa  Fe,  jmas  tarde  en  los  Trata- 
<dos  del  Pilar,  después  de  la  oprobiosa  derrota  de  Cepeda. 


r; 


X. 


..  j  1 


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■  't4. 


*    ^1 


Mediante  mutuas  concesiones,  habriaee  llegado  asi  á  & 
nar  una  Convención  federativa  provisoria,  la  cual,  aunq 
hubiese  creado  una  Confederación  perfectamente  organ 
verdadera  utopia  que  era  de  todo  punto  prematura  eni 
dada  la  incompetencia  de  aquellos  políticos  y  estadista 
bria  restituido  al  menos  la  perdida  cohesión  á  aquellas 
vincias  que  se  desmenbraban  y  agredían  mutuamente 
bría  doctrinado  á  sus  hombres  de  acción,  habría  cegado  el 
mo  de  sus  recíprocos  odios,  y  reconocido  en  principio  1 
ya  se  imponía  por  la  violenta  preponderancia  y  coacci 
los  hechos. 

Poro  en  vez  de  aceptar  este  salvador  temperamento,  e 
co  patriótico,  el  único  honorable  y  fecundo  para  todos,  ci 
que  ¿1  importaría  una  vergonzosa  abdicación  de  las  pi 
nencias  de  la  capital  del  Vireinato,  que  se  creían  más  in 
bles  y  sagradas  por  los  Directores  Supremos  y  sus  circuí 
las  del  fuero  divino  en  las  monarquías.  Prefirióse,  ent 
mellada  y  rota  la  espada  de  las  invasiones  sangrientas 
cendiarias,  excavar  sigilosa  y  torvamente  una  solución  ■ 
medios  más  reprobados  y  execrables:  en  la  traición  á  la  | 

Durante  algunos  años  ese  fué  el  carácter  distiativo  y  e 
tro  de  la  olla  poHIica  Directorial.  Por  no  pactar  concilla 
mente  con  Artigas  y  sus  numerosos  adictos  en  las  Provi 
salvando  la  República  en  su  cohesión  nacional,  devolvié 
su  fuerza  y  su  integridad,  no  hubo  escrúpulo  en  pactar  < 
traición,  y  perpetrar  por  cuatro  veces  distintas  el  crimí 
lesa  patria. 

Últimamente  y  como  coronación  de  tan  nefanda  obra, 
rióse  ayudar  4  erijir  el  trono  de  un  monarca  extrangero 
aborrecida  dominación  sobre  las  cenizas  de  la  Banda  Ori 
labrando  con  mano  de  Oain  la  indefinida  é  irredimible 
vitud  de  BUS  leales  hijos. 


Las  pruebas  de  la  traición — CompIIcids 
invasión  portuguesa. 


Mandóse  en  consecuencia  á  solicitar  por  medio 
y  habilísimo  doctor  don  Manuel  J.  García,  al  Eio 
loa  reales  pies  de  Su  Majestad  Don  Juan  VI  de  Bn 
tenia  aUi  sii  Corte  y  gobierno,  la  mano  extranjera 
venir  á  dar  la  más  inicoa  de  las  soluciones  á  esa 
nentemente  fratricida;  coincidiendo  en  esos  mismo 
reservada  complicidad  los  dos  sucesivos  Directores 
peño  General  AWarez — Thomas  y  el  General  Ante 
les  Balcarce,  diríjidos  siempre  por  el  depravado  Mi 
tor  Tagle,  completando  mas  tarde  su  pérfida  obra 
Pueyrredon  con  el  mismísimo  Ministro. 

Pero  antes  de  entrar  á  presentar  algunas  priieb. 
bles  de  esa  inicua  complicidad,  parécenos  oportur 
bir  á  continuación  algunos  párrafos  de  la  obra  t; 
citada  del  doctor  López,  que  ratifican  la  misma  af 
dan  á  la  vez  una  idea  de  cómo  el  pueblo  de  Bi 
reprobaba  tan  culpable  política,  y  como  ese  bistori 
be  los  preliminares  de  la  traición,  presentándola  p 
y  hasta  con  fruición,  como  una  labor  de  hábil  3 
sagacidad. 

Dice  asi  el  doctor  López  en  la  página  265  del  T 

«  El  coronel  Dorrego,  don  Manuel  Moreno,  el 
Pedro  Agrelo,  malísimamente  predispuestos,  aunqv 
sos  motivos  cada  uno  para  con  el  Coronel  Moldes, 
Congreso,  y  para  con  San  Martin,  habían  comeuz: 
el  espirita  local  porteño,  poniéndolo  en  alarqias 


—  446  — 

vejámenea  y  los  peligros  que  le  vendrían  de  Tncu 
de  loB  grandes  cargos  que  comenzaban  á  propala 
8e  Iiabia  resuelto  sacrificar  á  la  Banda  Oriental 
Aires,  al  favor  do  una  infame  intriga  para  entregí 
Portugués.  Nadie  designaba  al  autor,  ni  los  detall 
estahan  profunda  mente  ronrenridos  de   la  existencia 

Era  este  uno  de  esos  rumores  auóniraos,  siiigul 
pregnaJos  d»  verdad  que  vagauy  vagan  iinpalpal 
que  son  notorios  pam  todos.  «  No  se  ocultó  nuiícs 
«  do  los  pueblos  do  la  liga  federal  (decia  dou  Estai 
'<  on un  Manifiesto)  que  el  Ex-Director  Alvarez  liab 
«  al  Ttey  de  Portugal  la  Provincia  Oriental,  y  qo 
K  fn¿  segundado  por  sus  sucesores.  No  era  pequcfK 
«  en  que  nos  pouia  una  intriga  do  esta  naturalezt 
«  dos  de  la  impotencia  á  que  nos  reducía  la  falt 
í:  para  empeñar,  con  tan  corto  número  de  trop;i3, 
«  ofoii!<iv!i  contra  el  ejército  Portugnés  y  ol  de  Bf 
«  auxiliiidoá  por  los  generales  Eclgrano  y  San  Ma 
«  mos  al  arbitrio  do  ihisfrar  á  ¡tu^.i'trDS  roiiri'cl-fhn 
«  riJ  ci>]t  gao  sa  uoíf  oM l/j/iJín  ú  hi-.tar  la  iiuiuo  de  i 
«  Df!>i¡ota  utc  f. 

«  AIvarez-Thomas  liabia  caido  bajo  esta  torm( 
Eienti^n  encontrados  y  tumultuarios  que  hacian 
Eepiiblica  (incluso  el  Corgreso  doTucuraan  )  un  i 
lie  cah'tmiiifts,  de  ainlii-iones  inicrvsiiqíica^,  ij  de prop 
■ua'ic  f:/!  entendía,  para  saber  bien  io  que  era  precis 
que  era  preciso  hacer,  Derrarabada  la  base  de  sus 
so  comprende  la  responsabilidad  del  doctor  Taglí 
que  curría,  si  se  hnhiera  descithierto  la  sohirion  ton 
querído  cortar  aquel  imdo  de  desaliños  y  de  miseria 
hombre  alguno  entonces  que  hubiera  podido  teñe 
dad,  ó  juicio  para  comprender  sus  fines,  y  para  coo 
sino  uno  solo ;  pero  San  Martin  estaba  lejos ;  y  esa 


,'\ 


■.•^ 


J; 


—  447  — 

ponía  perplejo  en  medio  de  los  conflictos  del  momento.  La  si- 
tuación era,  pues,  enteramente  nueva.  Alvarez-Thomas  habia 
sido  sostituido  por  el  General  don  Antonio  González  Balcarce, 
que  le  era  tan  inferior  en  talentos  y  en  habilidad,  como  supe- 
rior en  glorias  militares  y  en  inocencia  angelical  ( ¡ ! )  Hombre 
de  cortos  alcances,  y  subido  al  poder  baío  el  influjo  de  una  si- 
tuación tumultuaria  y  exitaciones  populares,  el  General  Bal- 
carce se  encontró  tironeado  de  mil  lados,  sin  que  le  fuera  dado 
atinar  con  lo  que  debia  hacer,  ni  con  el  rumbo  preciso  que  de- 
bía dar  á  los  sucesos.  El  doctor  Tagle,  que,  como  todo  hombek 
TRAVIESO  EBA  DOBLE  ( ¡ ! )  procurando  maniobrar  siempro  con 
aquel  egoísmo  flexible  de  los  políticos  más  consistentes,  para 
no  perderse,  imitó  á  las  orugas  :  se  volvió  concreto,  inocentón, 
impasible,  decidido  á  esperar,  para  ver  de  que  lado  se  pronun- 
ciaba el  influjo  verdadero  que  debía  dar  solución  á  las  dificul- 
tades del  día.  Fftso  im  grandísimo  cuidado  en  no  descftbi'irse, 
por  qui  los  intereses  orientales  comenzahan  á  sonar  alto  en  las 
pasiones  dominantes ;  y  se  dejó  andar  al  favor  de  todas  las  cor- 
rientes encontradas  que  se  estaban  disputando  el  poder  de 
echar  al  país  en  alguno  de  los  mil  sentidos  que  cada  promotor 
de  ideas  prefería.  Cuando  sintió  que  era  irremediable  la  caída 
desastrosa  de  Alvarez-Thomas,  el  doctor  Tagle  supo  bordejear 
diestramente  entre  los  escollos,  y  logró  conservarse  de  Minis- 
tro con  el  doctor  Obligado,  al  lado  jdel  nuevo  Director,  el  ge- 
'  neral  Balcarce.  Pero,  por  mucho  cuidado  que  pusiera  para 
ocultar  en  el  silencio  sit  atrevida  inidaUva  de  complicidad  con  él 
trono  portiígués  un  rumor  sordo  y  lleno  de  irritaciones  la  seña- 
laba, como  se  ha  vista  » 

Hasta  aquí  el  doctor  López.  Se  reconocerá  que  no  puede 
presentarse  ni  recordarse  de  un  modo  mas  acomodaticio  y  con- 
ciliador la  iniquidad  de  semejante  política  y  la  astucia  maquia- 
vélica del  doctor  Tagle,  del  iniciador  y  fautor  de  ese  diabólico 
plan. 


•i-TJ 


*:» 


—  44S  -^ 

Ya  veremos  en  otra  parte  como  trata  el  mismo  doctí 
pez  no  de  atenuar  siguiera,  sino  de  justificar  un  procedií 
tan  anti-amerícaiio  y  suicida  para  las  mísmrs  Provinci 
Kio  de  la  Plata,  en  las  que  el  sentimiento  popular,  sej 
mismo  tiene  que  confesarlo,  reaccionaba  indignado  con 
sola  sospecha  de  que  tal  crimen  pudiera  prepetrarse,  c 
perpetró,  en  laa  tinieblas  de  ocultos  conciliábulos. 

Fuera  de  muchos  documentos  que  prueban  la  traición 
tres  Directorios  sucesivos,  movidos  todos  por  el  insidi* 
Tagle,  y  los  cuales  se   hallan   consignados  en   el  escar 
Proceso  ile  Aita  Tiairhn  mandado  formar  al  Congreso  d 
cuman  y  al  Directorio  por  el  Gobierno  de  Sarratea   en 
como  sft  verá  en  el  cuerpo  de  esta  obra;  y  de  los  no  menos  im- 
portantes que  ha  publicado  el  general  Mitre  en   su  interesan- 
tisima  Vida  de  Bclffmno,  en  el  Apéndice  dol  Tomo  3.",  bastará 
á  nuestro  objeto  por  ahora  trascribir  una  nota  dirijida  por  el 
Director  Supremo  de  Buenos  Airea  al  Diputado  de  las  Provin- 
cias Unidas,  residente  en  Eio  de  Janeiro,  Dr.   don  Manuel   J, 
García,  y  las  contestaciones  de  este,  informando  á  su  Gobierno 
de  la  feliz  terminación  dada  á  esas  siniestras  negociaciones. 

La  autenticidad  de  esos  tristes  documentos  es  incuestiona- 
ble, desde  que  ellos  lian  sido  publicados  recien  el  año  pasado 
por  el  mismo  hijo  de  aquel  Agente  Diplomático,  el  Dr.  don 
Manuel  R.  García,  como  ;una  vindicación  de  las  deprimentes 
pero  justificadas  inculpaciones  que  se  han  hecho  á  aquel.  Por 
desgracia  para  este,  ellas  lejos  de  paliarse  ó  atenuarse  siquie- 
ra, 86  ratifican  ampliamente  por  esos  mismos  documentos. 

Hé  aquí  dichas  notas : 

«  El  Gobierno  ha  dado  parte  al  Congreso  Nacional  del  esta- 
do que  toman  nuestras  relaciones  exteriores ,  y  de  anuncios 
hechos  por  Vd.  sobre  laa  que  podían  establecerse  con  esa  Corte. 

«  El  Congreso  ka  mostrado  las  disposiciones  más  favorables  á 
este  remeció,  y  cree  que  los  vínculos  que  lleguen  á  estrechar 


—  449  — 

estas  Provincias  con  esa  Naciori,  sean  él  mejor  asilo  qtie  nos  reste 
en  nuestros  conflictos. .... 

«  El  negocio  se  trata  con  un  interés  y  una  teserva  que  casi 
parecen  increíbles  en  el  crítico  estado  de  nuestras  cosas.  V.  S. 
pues,  en  el  desempeño  de  su  comisión,  dehe  aprovechar  los  inS" 
tantes  para  tratar  con  absoluta  preferencia  de  este  particidary  re* 
mitiendo  un  detalle  de  cuanto  se  solicitare,  y  de  las  ventajas 
que  se  ofrezcan  á  estos  países. 

«  Al  mismo  tiempo,  debe  Vd.  indicar  todos  los  medios  que 
hayan  de  adoptarse  por  parte  de  este  Gobierno,  en  cou^bina- 
cion  con  ese  Ministerio,  para  allanar  los  obstáculos  que  pue- 
dan oponerse  á  miras  y  pretensiones  razonables. 

«  Pudiera  suceder  que  se  creyese  necesario  destinar  un  nuevo 
Diputado  secreto  a  Santa  Catalina,  ó  Rio  Grande,  y  para  tal 
caso,  deberá  Vd.  conseguir  una  orden  para  los  Gobernadores 
de  dicbas  plazas,  á  efecto  de  que  sea  recibido  sin  embarazos  el 
que  se  presente  con  despachos  de  este  Gobierno. 

«  Averigüe  si  Artigas  tiene  algunas  relaciones  con  esa  Corte 
y  de  qué  género,  pues  su  conducta  lo  hace  sospechoso.  (!!). 

No  se  detenga  Vd.  en  gastos,  si  es  preciso  hacej*  alguna  co-» 
municacion  importante,  y  de  todos  modos,  repita  Vd.,  en  cuan- 
tas ocasiones  se  proporcione,  la  relación  de  todos  los  adelanta- 
mientos que  se  hicieren  en  un  negocio  de  tanto  interés. 

El  Gobierno  descansa  todo  en  el  celo  y  patriotigmo  de  Vd. 
y  cree  firmemente  que  le  continúe  las  pruebas  de  estos  senti- 
mientos. 

Buenos  Aires,  Jlarzo  4  de  1816. 

* 

Antonio  González  Balcabce. 
Gregorio  Tagle. 

30 


—  460  — 

Y  como  si  no  fueran  suficientes  los  empeños  que  se  hacian 
en  esa  nota,  en  que  hasta  la  lealtad  de  Artigas  se  ppnia  en 
duda,  agregábale  lo  siguiente  en  otra  de  la  mismisima  fecha, 
acentuando  mas  vehementemente  el  pensamiento  que  se  vela- 
ba á  medias  en  la  primera. 

«  Todas  las  gentes  de  juicio  cuentan  además  de  los  esfuer- 
zos que  nos  restan  que  hacer  en  la  lucha,  con  los  príncij^os 
liberales  que  ha  manifestado  S.  M.  Fidelísima  el  señor  don 
Juan  VI.  y  fundan  sus  esperanzas  en  los  proj^'ectos  magnáni- 
mos que  debe  inspirar  4  S.  M.  la  aproximación  á  nuestras  Pro- 
vincias . 

«  Bajo  tales  datos,  no  omita  V.  S.  medio  alguno  capaz  de 
inspirar  la  mayor  confianza  á  ese  Ministerio  sobre  nuestras 
intenciones  pacificas  y  el  deseo  de  ver  terminada  la  guerra 

CIVIL  CON  EL  AUXILIO  DE  UN  PODER  RESPETABLE  QUE  NO    OBRARÍA 
CONTRA  SiPrs  PROPIOS  INTERESES  CAUTIVANDO  NUESTRA    GRATITUD  . 

«  Procure  Vd.  para  su  patria  dias  tranquilos  y  felices,  y 
despliegue  toda  la  eficacia  de  su  celo  para  hacerlo  recomenda- 
ble por  d  más  importante  de  todos  los  semcios.  Tales  son  los 
sentimientos  que  me  ha  inspirado  la  situación  elevada  á  que 
me  ha  conducido  la  confianza  pública,  nombrándome  interina- 
mente para  ocupar  el  lugar  que  dejaba  mi  inmediato  ant^ce^or 
el  señor  don  Ignacio  Alvarez,  por  cuya  correspondencia  quedo 
impuesto  de  lo  obrado  hasta  aquí  en  la  materia. 

Buenos  Aires,  Mayo  4  de  1816. 

Antonio  González  Balcarce. 
O^-egorio  TagU,y^ 

El  Ministro  Tagle,  el  activísimo  y  sutil  Mefístófeles  de  estas 
tramas  diAWlicas  en  que  caía  atontado  el  Directos  Balcarce,  no 


V 


/ 


/ 


—  451  — 

contentándose  con  las  notas  antecedentes  que  el  había  inspi- 
rado y  suscrito  junto  con  el  Director,  agregaba  por  su  propia 
cuenta  en  carta  particular  do  la  misma  fecíha  de  4  de  Mayo  los 
siguientes  encarecimientos  é  instancias : 

«  Convengamos,  pues,  en  la  necesidad  de  tomar  medidas 
«  prontas,  para  fijar  con  fruto  nuestra  suerte,  y  así  no  pierda 
«  Vd.  ocasión  para  alcanzarlo.   Tono  amenaza  una  disolución 

«  GENERAL,  Y  LO  MAS  SENSIBLE  ES  QUE  LOS  PUEBLOS  QUE  YA  NOS 
«  HIRAN  Y  TRATAN  Á  ESTA  CaPITAL  COMO  Á  SU  ]S£AYOR  ENEMIGO, 
«  P  JEDEN,  SI  NOS  DESCUIDAMOS,    REDUCIRNOS  Á  LA  IMPOTENCIA  DE 

«  AJüSTAR  Y  CONCLUIR  TRATADOS.  Sálveuos,  pu6s,  nuestra  dili- 
«  jencia,  y  la  seguridad  de  los  medios  que  adoptemos.  El  Con- 
«  ffreso  está  conforme  con  cuanio  asegure  la  indepimfUacia  y  se- 
<<  gtiridad  del  iiaisy  y  prciicTie  á  Yd,  obre  hajo  tal  f/araní/a  con 
«  toda  franqueza  y  empeño  y*!     .    - 

Como  respuesta  y  satisfacción  á  tan  sospocliosas  insinuacio- 
nes é  instancias,  véase  como  se  adelantaba  esta  insidiosa  cor- 
respondencia, en  el  sentido  solamente  diQ  favorecer  los  intereses 
y  aspiraciones  portuguesas. 

Se  reconocerá  sin  esfuerzo  que  el  gobernante  en  Buenos  Ai- 
res, y  su  representante  en  Rio  Janeiro  se  estimulaban  con 
ardorosa  emulación  en  su  funesta  obra.  En  nota  de  9  de  Junio 
de  1816  el  Diputado  Grarcia  hacia  al  Director  Balcarce  las 
reflexiones  siguientes,  preparando  el  terreno  para  la  invasión, 
como  podria  hacerlo  un  leal  agente  Portugués,  ó  el  mismo 
Bezerra,  Ministro  de  Negocios  Extrangeros  en  esa  énoca  del 
buen  Rey  don  Juan  VI. 

Refiriéndose  á  Artigas  decia : 

«  El  poder  que  se  ha  levantado  en  la  Banda  Oriental  del 
Paraná  filé  mirado  desde  los  primeros  momentos  de  su  apari- 
ción ,  como  un  tremendo  contagio  que  introduciéndose  en  el 
corazón  de  todos  los  pueblos  aéabarla  con  su  libertad  y  sus 
riquezas . 


\ 
\ 


—  462  — 

«  Muclios  se  han  engañado ,  6  porque  contaban  solamei 
con  sus  buenos  deaeoa ,  6  porque  solo  se  curaban  de  eacaj 
de  aquellos  malea  que  en  el  momento  lus  apremiaban  mas 
jíOrque  no  queiian  oir  otra  voz  que  la  de  sua  pasiones . 

«  Empero  ya  ha  puesto  la  experiencia  su  fallo ,  y  la  opin 
de  los  hombres  sensatos  no  puede  estar  dividida  sobre  e 
punto .  Asi  no  recelo  ya  en  asegurar  que  la  extiscios  de  ei 
PODEB  OMINOSO  es  A  toilüs  luces  no  solo  2¡roiechosa,sino  necesa 
á  Ja  salvación  drl  pais . 

«  ha,  desmoralización  de  nuestro  ejército  ha  privado  al  C 
bierno  do  la  fuerza  necesaria  para  sofocar  aquel  poder,  y 
pasmosa  Tariedad  de  opiniones,  de  pasiones  y  de  intereí 
privará  también  al  Soberano  Congreso,  do  la  gran  fuerza  d 
ral  que  necesita  para  sojuzgar  á  su  autoridad  honihres  feroce 
s«7í'íy'(?s,  y  lo  que  aun  es  mas,  acosbuiibrados  A  mandar  ce 
lUspotas  y  A  ser  acatados  de  los  primeros  magistrados  de  los  j) 
¡líos. 

«  En  tal  s¡tnadon,  es  forzoso  i-enunciar  A  la  esperanza  de  ce. 
2¡or  nosotros  uiisiiios  esta  fue^tte  primera  de  ¡a  disolución  geni 
que  nos  amejiaza. 

«  Pero  como  sus  efectos  son  igualmente  terribles  á  todos 
Gobiernos  que  están  á  su  contacto,  de  aqui  proviene  que,  a! 
mado  el  Ministerio  del  Brasil  de  los  progresos  qtie  sobre  el  I 
hierno  de  Jas  Provincias  Unidas  va  haciendo  el  caudillo  dü 
anarquistas,  no  ha  podido  menos  que  representarlo  á  S.  M 
para  que  sin  damora  pusiese  pronto  remedio  á  un  nial,  que  c 
ciendo  con  tanta  fuerza  podría  on  poco  tiempo,  cundir  por  oí 
sus  dominios,  haciendo  mayores  estragos. 

«  En  consecuencia ,  ha  bbsieelto  S,  M.  F,  EiirEfiAB  todo 
podee  paba  extinquib  paba  sieupbe ,  hasta  la  ueuobia 
tAn  Funesta  calamidad  ,  haciendo  en  ello  vs  bien  ql-e  d: 
A  sus  vasallos  y  un  beneficio  que  obee  ha  de  seb  aobadi 

DO  POa  sus  VECINOS. 


—  453  — 

«  Es  verdad  que  en  todos  tiempos  se  ha  temido  la  ingeren- 
cia de  una  potencia  extranjera  en  disturbios  doméstico».  Pero 
esta  regla,  demasiado  cierta  generalmente  me  parece  que  tie- 
ne una  escepcion  en  nuestro  caso  y  esto ,  por  dos  razones;  la 
primera ,  es  que  hemos  llegado  á  tal  extremidad ,  que  es  pre- 
ciso optar  entre  la  anarquía  y  la  subyugación  militar  por  los 
Españoles ,  6  el  interés  de  un  extranjero  que  puede  aprovechar 
de  nuestra  debilidad  para  engrandecer  su  poder. 

«  La  segunda  razón ,  es:  que  por  una  combinación  de  cir- 
cunstancies harto  feliz  imra  los  americanos  del  Sud  (!!)  los  inte- 
reses  de  la  casa  de  Braganza  han  venido  á  ser  hmnogéneos  con  los 
del  Coniine7ite,  de  la  misma  manera  que  los  de  los  lEstados 
Unidos  y  los  de  cualquiera  otro  Poder  Soberano,  que  se  esta- 
bleciese de  esta  parte  del  Atlántico 

«  V.  E.  observará  que  al  mismo  tiempo  que  S.  M.  F.  se  j)re- 
para  á  pacificar  la  Banda  Oriental,  redobla  sus  cuidados  por 
conservar  el  comercio,  y  las  relaciones  amistosas  con  el  Go- 
bierno de  las  Provincias  Unidas.  Que  los  buques  cargados  con 
las  propiedades  de  sus  vasallos,  salen  para  esos  puertos  por 
entre  la  eicuadra  destinada  á  las  costas  de  Maldonado,  y  que 
sus  tribunales  están  ahora  mismo  protejiendo  la  propiedad  de 
los  subditos  de  V.  E.  » 

Creemos  que  no  puede  constatarse  de  un  modo  más  irrecu- 
sable y  elocuente  la  inicua  confabulación  cuyos  siniestros  fru- 
tos debia  muy  pronto  sentir  la  Provincia  Oriental  en  su 
cruento  martirio. 


í^, 


^> 


r 

Fretestos  de  los  Portugueses  para  pacificar  la 

Banda  Oriental. 


Se  ha  pretendido  por  los  adversarios  de  Artigas,  y  lo  repiten 
¿  cada  paso  los  doctores  López  y  Berra,  que  fueron  los  desór- 
denes de  su  administración,  los  atentados  de  sus  inferiores,  las 
ofensas  hechas  por  sus  subalternos  á  los  habitantes  de  la  cam- 
paña, entre  ellos  á  algunos  portugueses,  los  que  autorizaron  y 
provocaron  la  invasión  realia^da ;  como  si  se  hubiese  tratado 
simplemente  de  una  medida  de  policía  rura^.  para  pacificar  la 
provincia  que  se  decia  anarquizada. 

No  puede  alegarse  nada  más  absurdo,  ni  más  irritante, 
como  colmo  de  cinismo  y  de  iniquidad,  que  aquella  causa  osten- 
sible intentándose  con  ella  dar  algún  colorido  ó  pretexto  ¿  tan 
odioso  crimen. 

Lo  hemos  dicho,  y  lo  probaremos  ampliamente. 

Ese  crimen  no  fué  consumado  por  el  Portugal  tan  solo  como 
una  consecuencia  de  la  política  usurpadora  que  sus  ambiciosos 
Monarcas  y  Vireyes  del  Brasil,  venían  haciendo  prevalecer 
desde  doscientos  años  atrás,  aprovechándose  de  la  tolerancia 
ó  de  la  pusilanimidad  de  algunos  reyes  de  España;  avanzando 
año  por  año  en  sus  poblaciones,  y  ocupando  por  todas  partes, 
por  Mattogroso,  por  San  Pablo  y  por  Rio  Grande,  los  territo- 
rios que  los  Vireyes  Españoles  les  iban  dejando  tomar. 

Ese  crimen  fué  debido  especialmente,  como  oreemos  haber- 
lo demostrado  en  las  páginas  precedentes,  á  las  incitaciones  y 
facilidades  que  los  Directorios  de  las  Provincias  Unidas,  por 
juedio  de  su  Diputado  ó  Agente  Confidencial  el  Dr.  D.  Manuel 
José  García  presentaron  á  la  Corte  Portuguesa,  residente  *en« 
toncas  en  Bio  JaneirOi  representada  por  Don  Juan  YI  de 


—  456   - 

Braganza.  En  las  páginas  de  esta  obra,  demostraremos  m¿8 
ampliamente,  aun  con  otros  documentos  irrecusables,  la  exac- 
titud de  nuestras  afirmaciones  al  respecto;  asi  como  el  perfecto 
urden  que  reinaba  en  Ja  Provincia  Oriental,  acatándose  con 
respetuosa  solicitud  todas  las  órdenes  de  Artigas  como  Jefe 
de  los  Orientales,  sin  el  menor  indicio  de  anarquía  interior, 
garantiéndose  eficazmente  la  vida  y  propiedad  de  sus  habitan- 
tes, castigándose  ejemplarmente,  sobre  todo  en  la  campana, 
todo  delito,  y  tratándose  de  regularizar  la  marcha  administra- 
tiva del  país,  imperfectamente  si  so  quiere,  pero  lo  mejor  que 
en  aquella  época  remota  podia  practicarse  en  las  condiciones 
irregulares  de  todas  las  poblaciones  hispano-americanas. 

Pero  prescindiendo  ahora  de  estos  hechos  bien  notorios^ 
baste  á  nuestro  propósito  sorprender  á  nuestros  lectores  con 
la  transcripción  di  una  nota  del  General  Artigas  al  Cabildo 
de  Montevideo,  acompañando  la  respuesta  quo  acababa  de  dar 
á  un  oficio  en  que  el  Capitán  General  del  Rio  Grande,  Mar- 
qués de  Alégrete,  le  presentaba  una  reclamación  sobre  un  su- 
puesto agravio  ó  despojo  hecho  un  año  antes  á  un  subdito 
portugués  por  la  suma  de  seis  pesos. 

Estamos  seguros  que  nadie  leerá  esa  nota  sin  sentirse  indig- 
nado al  conocer  el  absurdo  protesto  que  se  daba  para  presen- 
tar un  reclamo  con  carácter  tan  formal. 

En  toda  la  correspondencia  recibida  por  el  Cabildo  de  Mon- 
tevideo, y  por  el  mismo  General  Artigas,  que  hemos  investi- 
gado, es  ese  el  único  reclamo  que  hemos  descubierto,  sin  más 
alusión  á  hechos  de  las  autoridades  orientales  que  pudieran 
dar  lugar  á  alguna  queja  ú  ofensa  de  parte  de  los  portugueses, 
por  más  que  supongan  todo  lo  contrario  los  Dres.  López  y 
Berra. 

Sin  detenemos  en  una  prolija  argumentación,  puede  asegu- 
racse  en  consecuencia,  que  muy  escasos,  o  de  muy  insignifi- 
cante importancia  debían  ser  los  motivos  reales  y  positivos  de 


—  467  — 

agravio  que  podia  tener  el  gobierno  Portugués  contra  la  ad- 
ministración de  Artigas,  cuando  en  dicha  única  nota  se  hacia 
valer  con  carácter  de  solemne  reclamación  una  multa  de  seis 
pesos  impuesta  dos  arios  antes  á  un  siibdito  portugués,  poi'  el  Oo' 
hernador  de  Montevideo,  colocado  aquí  por  las  tropas  de  Bue- 
nos Aires,  las  que  entonces  estaban  en  guerra  con  el  mismo 
Artigas  como  lo  hemos  indicado  en  una  de  las  secciones  ante- 
riores. 

No  puede  darse  nada  más  farsaico,  pero  á  la  vez  más  irri- 
tante, que  ese  excepcional  reclamo,  sobre  todo  si  se  le  conside- 
ra ante  las  fatales  consecuencias  del  gran  crimen  que  debia 
consumarse  poco  después  al  venir  á  conquistar  a  sangre  y  fue- 
go el  territorio  Oriental,  para  suprimir  un  gobierno  prestigio- 
so y  querido  del  pueblo,  que  se  creía  habia  cometido  ese  aten- 
tado del  despojo  de  seis  pesos, 

Hé  aquí  las  notas  inéditas  aun  tan  características  de  Arti- 
gas, á  las  que  llamamos  la  atención  del  lector,  pues  en  ellas  se 
vizlumbra  ya  el  comienzo  de  la  lucha  y  la  heroicidad  de  la  re- 
sistencia: 


«  Por  la  multiplicidad  misma  de  emisarios  á  un  mismo 
asunto  «(y  los  que  sin  duda  Artigas  presumiría  con  razón  eran 
enviados  como  espías  por  el  Marqués)»  por  la  insubsistoncia  de 
los  principios  reclamatorios,  por  la  informalidad  de  no  remi- 
tirlos ante  quien  pudiera  y  debiera  remediarlos;  se  convence 
evidentemente  que  es  muy  otro  el  objeto  que  se  ha  propuesto 
(el  Marqués)  en  sus  delegaciones  con  dirección  á  ese  punto. 
Por  lo  mismo,  ordené  á  V.  S.  esperasen  el  contesto  en  la  fron- 
tera, y  he  repetido  la  orden  al  Comandante  de  Vanguardia 
para  que  no  me  deje  pasar  emisario,  pero  ni  á  ningún  parti- 
cular. *  ^ 


—  468  — 

«  Incluyo  á  V.  S.  en  copia,  la  contestación  del  oficio  dirigido 
á  mi  por  el  Comandante  de  Vanguardia,  conducido  por  el  al- 
férez Piris  de  la  Hosa,  que  llegó  á  esta  el  4  del  corriente,  y  fué 
mandado  regresar  prontamente.  Mi  oficio  viene  concebido  en 
los  términos  mismos  que  el  que  V.  S.  me  incluye  en  su  hono- 
rable del  6  del  corriente.  V.  S.  se  penetrará  de  mi  contesto 
para  la  uniformidad  del  suyo. 

«  Después  de  eso,  deje  V.  S.  qus  reclamen  daños  y  perjui- 
cios, y  que  invoquen  en  su  auxilia  el  derecho  de  gentes.  Ese 
mismo  es  el  que  nos  favorece  cuando  ellos  han  quebrantado 
sobre  nosotros  todo  derecho.  A  mayor  abundamiento  incluyo  a 
V.  S.  esa  carta  reciente  datada  en  22  de  Diciembre,  y  escrita 
desde  Rio  Janeiro.  V.  S.  advertirá  en  ella  las  varias  compli- 
caciones de  aquella  corte ,  y  sus  miras  decididas  por  la  Banda 
Oriental.  Mis  medidas  están  ya  tomadas,  y  d  Orients  hará  res- 
petar sti  libertad  con  pesar  de  sus  enemigos.  Lo  que  interesa  es  la 
enerjia  de  los  magistrados  por  un  fin  tan  digno ,  y  que  V.  S.  pe- 
netrado de  la  fatalidad  que  nos  amenazaría  en  cualquier  mo- 
mento degraciado,  dirija  sus  esfuerzos  á  ayudarme,  para  que 
todos  sean  gloriosos. 

«  La  decisión  e>s  unánime  y  firme  en  todos  los  orientales.  Sti 
genio  magnánimo  y  guerrero  solo  necesita  de  dirección  y  confian- 
za. Yo  por  mi  parte  la  he  jurado  ante  las  aras  de  la  patria  y  m- 
pero  que  V.  S.  marque  el  año  16  con  un  nuevo  trítvnfo ,  debido 

m 

todo  á  stc  celo.  Es  conveniente  reseive  V.  S.  la  carta ,  y  sirva 
solo  para  su  gobierno  entre  tanto  que  los  momentos  no  son 
apurados.  Yo  iré  dictando  mis  providencias  de  precaución  y 
todo  cuanto  pueda  contribuir  á  fijar  ima  época  gloriosa.» 

«  Tengo  la  honra  etc. 

Cuartel  Q-eneral,  Enero  12  de  1816. 

José  Artigas.  » 
€  Copia. 


—  459  — 

«  lUmo  y  Excmo  Señor :  Acabo  de  recibir  la  honorable  co- 
municación de  Y,  E.  reclamativa  de  seis  pesos,  pertenecientes  á 
propiedad  del  Presbílero  José  Gómez  Riveiro,  individuo  de 
nación  portuguesa,  y  que  S.  A.  el  Príncipe^Eejente  ha  puesto 
bajo  su  protección.  Yo  prescindo  de  la  grave  dificultad  de  si 
el  derecho  de  gentes  puede  favorecer  á  un  individuo,  que  ni 
supo  guardarlo,  ni  respetarlo :  V.  E.  sabrá  decidirlo. 

«  Sé  tan  solaKíente  que  la  exihibicion  de  dicha  cantidad  fué 
hecha  en  un  tiempo  en  que  las  armas  de  Buenos  Aires  ocupa- 
ban aquella  plaza;  por  consecuencia,  V.  E.,  debe  repetir  su  ins- 
tancia ante  aquel  Gobierno,  quien  deberá  responder  á  ose  car- 
go satisfactoriamente. 

Tengo  la  honrosa  satisfacción  de  saludar  á  V.  E.  con  mis 
más  afectuosos  respetos^  y  dejar  contestado  su  honorable  de  16 
de  Diciembre  de  1815. 

Cuartel  General,  12  "de  Enero  de  1816. 

«  José  Artigas, 

Al  Illmo.  y  Exelentísimo  Señor  Capitán  General  Marques  de 

Alégrete. 

Es  copia. 

Artíffas.y^ 


Tres  meses  antes  de  esta  nota,  el  mismo  Marques  de  Alégrete 
habia  reclamado  amistosamente  de  Artigas  por  una  pretendida 
aglomeración  de  sus  fuerzas  en  ciertos  puntos  de  la  frontera, 
cambiándose  la  correspondencia  siguiente,  que  nada  tiene  de 
alarmante  ni  de  ofensiva,  y  que  solo  revela  las  medidas  adop- 
tadas por  el  General  Artigas  para  garantir  el  orden  en  la 
campaña: 

«Adjunto  á  V.  S.  en  copia  la  comunicación  oficial  que  condujo 
á  este  Cuartel  general  el  Sargento  Mayor  de  Dragones  de  las 


-  460  — 

tropas  Portuguesas  don  Sebastian  Barrete.  Por  ellas  3 
mará  V.  S.  que  nada  tenemos  que  temer  de  aquellos  Uir 
Yo,  en  contestación  á  la  misma,  no  he  hecho  mas  que  e 
la  necesidad  de  cubrir  nuestras  fronteras  para  garai 
ese  modo  la  seguridad  de  nuestra  campaña,  y  asi  espc 
por  ambas  partes  se  observará  la  mas  escrupulosa  ai 
lo  que  trascribo  á  V.  S.  para  su  debido  conocimiento. 
Tengo  la  honra  etc. 

«  Cuartel  General,  Setiembre  2o  de  1816. 

Josí-  Alt  ¿gas 
«  Al  Muy  Ilustre  Cabildo  etc. 


«  Ilostrisimo  Señor : 

«  Constándome  habír  recibido  un  considerable  refu 
guardias  del  comando  de  V.  S.  y  dirigiéndose  á  las  fr 
de  esta  Capitanía  General  cuerpos  considerables,  me 
precisión,  de  hacer  algunos  movimientos,  únicamente  p 
tela;  y  para  que  V.  S.  no  los  considere  con  diferente 
juzgué  necesario  en  obedecimiento  á  las  órdenes  de  mi 
rano,  comunicar  esto  mismo  á  V.  S.,  de  quien  espero  re: 
para  poner  en  salvo  mi  responsabilidad. 

«  No  debo  perder  esta  ocasión  de  protestarme  de  V. 
af«nto  venerador  y  obligado. 

«  Puerto  Alegre,  3  de  Agosto  de  1815. 

«  (Firmado) — Marqués  de  .He 

«  Al  Ilnstrísimo  Sr.  D.  José  Artigas. 
«  Está  conforme. 

Artigas. » 


—  461  — 

No  terminaremos  esta  sección  sin  transcribir  en  seguida  las 
opiniones  del  mismo  General  Mitre  en  su  HisioHa  de  Bdgrano^ 
reconociendo  quizá  sin  darse  cuenta  del  alcance  de  tal  afirma- 
ción, en  cuanto  á  leis  relaciones  de  Artigas  con  las  autoridades 
Portuguesas  del  Brasil,  que  estas  se  hallaban  á  principios  del 
año  181 6,  aunque  en  entredicho  con  aquel,  realmente  sin  pre- 
textos ni  motivos  que  pudiesen  explicar  ni  autorizar  ninguna 
hostilidad,  y  mucho  menos  la  vandálica  invasión  subsiguiente. 

Es  así  como  nos  ratificamos  en  nuestro  juicio  de  que  fueron 
principalmente  las  incitaciones  de  los  Directorios  Supremos 
de  Alvarez-Thomas  y  Balcarce,  dirigidos  por  el  doctor  Tagle, 
los  que  sobreexitaron  la  codicia  lusitana,  y  los  que  aproxima- 
ron y  produjeron  la  catástrofe.  La  nota  de  Artigas  que  ante- 
cede demuestra  que  no  existían  los  pretendidos  conflictos  á 
que  hace  referencia  el  General  Mitre ;  por  más  que  este  á  ren- 
glón seguido  se  pontradiga,  ratificando  también  nuestro  aserto 
de  que  no  existía  ninguna  razón  plausible  para  la  invasión 
portuguesa. 

<c  La  sublevación  de  Artigas  (dice  Mitre,  t.  2,  p.  388)  duran- 
te el  segundo  sitio  de  Montevideo,  la  guerra  civil  que  sobrevi- 
no, la  anarquía  que  se  hizo  crónica  en  la  Banda  Oriental,  co- 
locaron á  esta  Provincia  en  una  condición  escepcioníil.  Parte 
integrante  de  las  Provincias  Unidas  de  derecho,  no  lo  era  de 
hecho;  y  se  mantenía  en  rebelión  contra  su  gobierno  general, 
presidiendo  la  resistencia  de  Corrientes,  Entre-Rios  y  Santa 
Eé,  y  estendiendo  sus  trabajos  anárquicos  hasta  el  interior  de 
la  República.  Limítrofe  del  Brasil,  no  se  hallaba  en  condicio- 
nes de  cultivar  relaciones  regulares  con  su  gobiern